Amores
Veintidós
Caitlin y Caleb volaron sobre kilómetros de oscuro bosque para cruzar Martha’s Vineyard y dirigirse hacia la luz vespertina del sol. A ella le asombró lo grande que era la isla. Había imaginado que se trataba de un lugar pequeño, pero cuando miró hacia abajo se dio cuenta de su enormidad. Los acantilados de Aquinnah, adonde se dirigían, estaban en la esquina opuesta de la isla, justo al otro lado. Aun volando a la velocidad que Caleb lo hacía, les tomaría un buen rato llegar.
A él no le agradaba volar si corría el riesgo de que lo vieran. No quería atraer la atención de la gente porque podría ser perjudicial para él o su raza.
Sin embargo, la isla estaba tan solitaria en esa época del año, que no le importó transportarse hasta el otro extremo, en especial, porque sólo tendría que sobrevolar una enorme franja de bosques.
La mente de Caitlin no paraba de girar. Estaba meditando sobre la Iglesia Ballenera y la pista que ahí encontraron. No era lo que ella esperaba en lo absoluto. Creyó que sería otra llave, pero en lugar de eso, había otro pergamino en el cofre. Amarillento y roto. A primera vista era obvio que faltaba la otra mitad, y que sin ella, la primera era totalmente inservible.
Contenía sólo una parte del acertijo, y dadas sus condiciones, era insólito que hubiera sobrevivido. Caitlin estaba segura de que continuaba existiendo gracias a que fue almacenada en una angosta cajita de metal a prueba de aire, la misma cajita que ahora yacía en su bolsillo.
Ella, Roger y Caleb revisaron el críptico mensaje que había en esa mitad del pergamino, pero sabían que todo era inútil. Muchas de las palabras y frases estaban incompletas. Eran sólo fragmentos, piezas de un rompecabezas que decía:
Los cuatro jinetes…
Abandonan…
Entran a un círculo…
Se reúnen en…
Y encuentran…
Junto a la cuarta…
Intentaron completar las oraciones varias veces, pero a pesar de su gran esfuerzo, jamás lograrían descifrarlo sin la otra parte.
Los tres estaban desilusionados; Roger se sentía peor que nadie. No había indicios ni pistas sobre el paradero de la otra mitad del pergamino.
Entonces Caitlin y Caleb decidieron ir al otro sitio que tenían como pista: los acantilados de Aquinnah, el lugar que había soñado.
Caitlin se empeñó en recordar el sueño, pero éste ya se veía distante y brumoso, como si lo hubiera tenido meses atrás. Empezó a preocuparle si en realidad había soñado eso. No quería decepcionar a Caleb ni hundirlo más en aquella búsqueda inútil.
De pronto dieron una vuelta y los bosques sobre los que se cernían, se abrieron ante ellos. El panorama se transformó y vieron hermosa y alta hierba que se contoneaba con el viento. El rojizo sol del atardecer la iluminaba de una forma hermosísima. Caitlin divisó una granja con ovejas y vacas diseminadas en el primitivo paisaje.
La chica percibió el aire salado, y tras dar una vuelta más, el panorama volvió a mutar para tornarse en una visión de hierbas de duna, y luego, de arena.
Los acantilados aparecieron de pronto.
Eran asombrosos. Tenían cientos de metros de altura y su arena fulguraba con un místico color rojo. Al atardecer, en particular, daba la impresión de que las enormes formaciones de roca estaban vivas y envueltas en fuego.
En la base de los acantilados había una playa de suave arena, con rocas aquí y allá de todos tamaños y formas. En medio se encontraban los ocasionales pedruscos que yacían caprichosos sobre la arena y recibían el impacto de las olas.
Su apariencia era prehistórica. Todo el lugar era mágico, como una playa de Marte. Caitlin jamás imaginó que pudiera existir un sitio como ese.
Rose también percibió la belleza de la playa porque asomó la cabeza entre los pliegues del abrigo de Caitlin y husmeó el aire salado.
La pareja rodeó los acantilados sin prisa, en busca de un lugar para aterrizar. A Caitlin le pareció que había algo muy familiar en aquella playa.
Había estado ahí antes, eso era definitivo. Sí, era el lugar que recordaba, y lo más importante era que también intuía haber estado ahí con su padre en algún momento.
No sabía si encontrarían algo, pero tenía la sensación de que estaban en el lugar preciso en donde debían estar.
La playa estaba desolada; les pertenecía por completo. Caleb aterrizó con suavidad, y de inmediato, Caitlin bajó a Rose. La lobezna corrió por la playa, saltó al agua y luego volvió a la orilla; las olas casi le alcanzaban las patitas.
Caitlin y Caleb se rieron.
Caminaron con calma por la playa tratando de inspeccionarlo todo.
Iban en silencio; Caleb tomó a Caitlin de la mano.
En la playa prevalecían el rugido de las olas al romper y el aroma del aire marino. Caitlin cerró los ojos y respiró hondo, era muy refrescante.
Caleb escudriñó los acantilados, la playa, los pedruscos. Ella también.
—Aquí debe ser —dijo Caitlin—. Sé que alguna vez estuve en esta playa con él.
Caleb asintió.
—Suena lógico. Éste es un lugar muy poderoso para los de nuestra raza.
Caitlin lo miró sorprendida.
—¿Ya habías venido? —le preguntó.
—En muchas ocasiones —contestó—. Los acantilados de Aquinnah es uno de nuestros lugares sagrados; es uno de los campos de energía más antiguos de la tierra. La arcilla roja y la arena albergan y proveen antiquísima energía que nos restaura.
—Por supuesto los humanos no lo saben. Jamás han logrado entender el significado preciso de los acantilados. Nosotros lo conocemos desde hace miles de años; es un sitio de poder, un lugar místico. Fue creado por los antiguos.
—Es lógico que tu padre te haya traído. Aquí se llevan a cabo las ceremonias de iniciación de todos los vampiros. Traemos a los jóvenes o a los que fueron convertidos. Pero principalmente, es un lugar de amor.
Caitlin se lo quedó viendo.
—¿De amor? —preguntó.
Las bodas entre vampiros son muy raras porque no podemos procrear —explicó—, y porque no tomamos a la ligera los compromisos que son para toda la eternidad. Sin embargo, cuando los vampiros llegan a
desposarse, sus ceremonias son sagradas y muy elaboradas. Pueden durar días, y casi siempre, se llevan a cabo aquí.
Caitlin miró intimidada a su alrededor.
—Las ceremonias matrimoniales entre vampiros se realizan por la noche, particularmente cuando hay luna llena —explicó Caleb—. Los matrimonios se llevan a cabo aquí porque las rocas simbolizan eternidad.
Son parte de lo más antiguo que existe en este planeta y se cree que su energía le provee a la unión un vínculo que no podrá quebrantarse jamás.
A Caitlin le emocionaron sus palabras. A pesar de que sólo llevaban poco tiempo juntos, intuía que lo conocía desde siempre. Mientras lo escuchaba hablar de la ceremonia y del matrimonio, ella se dio cuenta de que no había nada que le gustaría más, que saber que pasaría el resto de su vida con él. Le deprimía mucho saber que su vida se extinguiría mucho antes que la de Caleb, que eran de razas diferentes y que su amor estaba prohibido. Le entristecía saber que, para él, ella sólo sería un recuerdo.
Le quería decir todo eso, pero no sabía cómo expresarse. Tampoco sabía si él sentía lo mismo por ella, así que sólo continuó caminando en silencio.
Todo era tan perfecto en ese momento. ¿Por qué no podían quedarse así las cosas? Le fascinaba aquella isla, la playa; y le resultaba muy sencillo imaginarse viviendo ahí con Caleb. Se veía a sí misma viviendo con él, apartados del resto del mundo y en paz. Tal vez podrían construir una pequeña casa en la cima de los acantilados para contemplar el océano.
Dejarían el pasado atrás y comenzarían de nuevo. ¿Sería eso posible?
En las semanas recientes, Caitlin había sentido que tenía el control sobre su vida. Todo pasaba a su alrededor y los sucesos la arrastraban, pero ahora que las cosas se habían apaciguado un poco, ahora que su búsqueda parecía haber llegado a un callejón sin salida, pensó que tal vez podrían dejar de indagar. Tal vez todo podría volver a ser casi como antes.
En el fondo sabía que eso era imposible. Sabía que, sin importar lo que hicieran, ambos estaban inmersos en el destino que les correspondía cumplir; y que dentro de muy poco tiempo, la situación entre ellos cambiaría para siempre. Era algo demasiado triste.
De pronto pensó en la manera en que Caleb tocaba el piano, en la belleza de la música que había interpretado. Las notas todavía resonaban en sus oídos.
—No sabía que podías tocar el piano —le dijo en voz baja.
Él suspiró.
—Han pasado muchos años y mucho me temo que no pude hacerle justicia a la pieza. Ojalá hubieras podido escuchar a Ludwig interpretarla.
Caitlin se quedó atónita.
—¿Te refieres a Ludwig Van…? ¿A… Beethoven? —le preguntó estupefacta.
Caleb asintió.
—¿Estuchaste a Beethoven tocar eso? ¿En persona?
—Sí —le contestó—, ya hacia el final de su vida.
Caitlin estaba pasmada. Le impactaba pensar en todo lo que Caleb debió haber vivido hasta entonces.
—Entonces… ¿lo conociste? —le preguntó.
—Sí —dijo Caleb—. Era un amigo muy cercano. También era uno de nosotros.
—¿Era vampiro? —preguntó Caitlin en shock.
Caleb sólo asintió.
Quería saber más, quería saberlo todo, pero se daba cuenta de que Caleb no sentía deseos de hablar al respecto. Caitlin no estaba segura de lo que había pasado, pero era obvio que, para él, algunos sucesos habían tenido un impacto muy profundo.
—Debe haber sido increíble conocer gente así. Recordar ese tipo de cosas —dijo ella.
—A veces sí —le contestó—, pero por lo general, es sólo una carga.
—¿Por qué?
—A veces los recuerdos comienzan a pesarte demasiado. Te pierdes tanto en los sucesos del pasado, que resulta difícil vivir el presente. Es como convertirse una casa llena de cosas antiguas. Llega el momento en que resulta imposible guardar algo nuevo en ella.
Caminaron en silencio durante varios minutos. El sol había empezado a ponerse y su tenue luz lo cubría todo. Las olas rompían y Rose aullaba y daba vueltas junto a ellos. En el cielo se escuchaba el chillido de las gaviotas.
Caitlin miró alrededor en busca de alguna pista o huella que hubiera dejado su padre. Algo que pudiera recordar, pero no encontró nada.
Escuchó un estruendo, la brisa la acarició, y de repente, dos caballos pasaron junto a ellos. Caitlin volteó para fijarse de dónde habían salido,
pero no vio nada. Eran sólo caballos salvajes que pasaron galopando junto a ellos en la playa, corriendo sobre el agua y la arena.
Caleb y Caitlin se miraron. Era asombroso; jamás habían visto algo así.
—Son caballos salvajes —dijo él—, y son blancos. Excelente señal,
¡vamos a atraparlos! —gritó y comenzó a correr.
Al principio, Caitlin creyó que estaba loco: ¿cómo iban a atrapar a un caballo?, pero luego se acordó de la nueva velocidad que tenía y fue detrás de Caleb.
La chica sintió que sus piernas lo hacían todo por ella. De repente, ya estaba desplazándose a una velocidad que jamás habría creído posible.
Alcanzó a Caleb y ambos aceleraron. En unos cuantos segundos ya estaban a la par de los equinos. Rose iba atrás.
—Caleb sonrió.
—¡Demos un paseo! —dijo.
Luego saltó al lomo de uno de los caballos y Caitlin hizo lo mismo: corrió lo más rápido que pudo y dio un salto al aire para caer sobre el lomo del otro.
No podía creerlo, pero ahora estaba montando junto a Caleb. Él reía y su cabello volaba con sensualidad en el viento. Ambos cabalgaron a toda velocidad por la playa, juntos. Cada vez se acercaban más al horizonte.
Caitlin no podía creer que fuera capaz de algo así, de que su fuerza sirviera para eso. Era demasiado irreal.
Los caballos anduvieron muchos kilómetros por la playa, y sobre sus lomos, Caitlin y Caleb tenían una vista privilegiada de los acantilados, los pedruscos y la arena. A ella le impresionaron las dimensiones del lugar: parecía no tener fin.
Pero de repente, sin advertencia, los caballos se detuvieron abruptamente.
Caleb y Caitlin los instaron a moverse, pero los animales se negaron. La pareja se miró desconcertada.
—¡Supongo que quieren que desmontemos aquí! —gritó Caleb riéndose.
Caitlin miró hacia abajo y notó que el agua les llegaba a las rodillas a los caballos. Caleb sonrió y explicó:
—¡Creo que nos vamos a tener que mojar un poco! —luego saltó y cayó sobre la espuma de las olas.
Caitlin se quitó los zapatos, los sujetó con una mano y también saltó.
Sintió el agua helada con los pies desnudos y hasta las rodillas, pero cuando ésta retrocedió para formar la siguiente ola, ya sólo le llegó hasta las espinillas. En realidad era muy refrescante y la suavidad de la arena resultaba muy agradable.
Luego Caitlin volteó y vio que los caballos se alejaban galopando por la solitaria playa hacia el sol.
Rose corría en la arena. Probaba las olas y luego regresaba aullando.
Caleb vio una ola acercarse, y jugueteando, tomó a Caitlin y la cargó para mantenerla seca. Su fuerza era tal, que la ola rompió en sus piernas y él ni siquiera se tambaleó. Era como una piedra. Mantuvo a Caitlin abrazada a él.
Reían mientras él la hacía girar por todos lados.
El corazón de la chica latía con fuerza.
Cuando por fin la bajó sujetándola con firmeza, sus miradas se cruzaron. La sonrisa desapareció del rostro de Caleb y su expresión se tornó más seria; era algo muy distinto.
Caitlin vio que sus ojos cambiaban de color, del avellana al turquesa. Él fijó su mirada en ella y ambos sintieron lo mismo en ese preciso momento.
Caitlin estaba nerviosísima cuando él se inclinó para besarla.
*
Fue un beso de mil soles. El cuerpo de Caitlin estaba repleto de un calor y una emoción que jamás había sentido antes. Le correspondió a Caleb con mucha pasión, y de pronto, él ya la había levantado y sacado del mar para llevarla a la orilla.
La colocó sobre la arena seca y ahí se quedaron juntos, en la solitaria playa.
El mundo era sólo suyo. La pasión de sus besos creció y ella extendió la mano para acariciar el cabello de Caleb.
Había imaginado ese momento desde que lo conoció.
Jamás amó a alguien de esa manera.
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VEINTITRÉS
Sam estaba frente a su padre con el corazón encogido. No podía creerlo. A pesar de que la zona, las casas rodantes y el sucio vecindario lo habían desilusionado lo suficiente, nada lo había preparado para lo que sintió al verlo. Todos sus sueños se resquebrajaron de repente.
Era un hombre bajito, delgado y frágil de aproximadamente cincuenta años.
Estaba casi calvo, pero de un lado de la cabeza le colgaban varios mechones largos. No se había rasurado en días y parecía que se había dormido con la ropa puesta. Tenía la piel cubierta de arrugas y pésimo cutis lleno de acné. Sus ojos negros eran pequeños y vidriosos, y daba a impresión de que saldrían disparados de su cabeza. El hombre miró a Sam.
Era como una rata; de hecho, era la imagen perfecta de la sordidez. Y
apestaba; probablemente no se había bañado en varios días.
Aquel individuo no se parecía en nada a Sam, y por supuesto, tampoco tenía nada que ver con el padre que Sam había imaginado.
El chico no podía creer que hubiera sido engendrado por un ser así. La opinión que tenía de sí mismo, nunca fue tan mala.
Tal vez tenía la dirección equivocada. Rezó por que así fuera.
Ay no, Dios, que no sea él por favor.
—¿Sam? —preguntó el hombre de repente.
Con esa palabra, Sam obtuvo la confirmación de que había llegado a la dirección correcta. El corazón se le paró en seco. Era su padre.
El chico trató de encontrar las palabras correctas.
—Este… tú, eres, eh…
—¿Tu papá? —dijo el hombre, y cuando sonrió, Sam alcanzó a ver las hileras de diminutos dientes anaranjados—. Así es.
El hombre se asomó por encima del hombro de Sam y vio a Samantha de la cabeza a los pies. Se chupó los labios.
—Pensé que vendrías solo —le reclamó al chico sin quitarle de encima la vista a Samantha.
—Yo… —comenzó a explicar Sam— bueno, es que yo…
—¿Quién es ella? —preguntó el hombre sin dejar de mirarla.
—Ella es Samantha —dijo Sam al fin—. Ella es mi… —no sabía bien cómo presentarla.
—Novia —añadió la pelirroja con encanto.
Sam se sintió muy agradecido por el detalle. Además, le fascinó cómo sonó la palabra, en especial, cuando ella la articuló.
—Muy bien, entonces —dijo el hombre sin terminar. Dio la media vuelta y volvió a entrar a la casa.
Sam y Samantha se miraron. No sabían cómo interpretar aquella peculiar bienvenida. ¿Los había invitado a pasar?
Vacilante, el chico entró; Samantha no se despegó de él.
Antes de entrar, la vampira se cercioró de que nadie la viera, y luego cerró la puerta con firmeza y echó el cerrojo.
*
Sam observó los detalles de la oscura casa rodante. Todas las persianas estaban cerradas y la única luz era la de una lamparita en la esquina. Afuera era un lindo día soleado, pero estando en el interior, era imposible darse cuenta de ello. La casa de su padre era realmente tétrica y estaba repleta de objetos inútiles.
En cuanto Samantha vio al hombre, supo que no se trataba de un vampiro.
Si lo fuera, se habría dado cuenta. Era obvio que, quien era vampiro, no era el padre de Sam, sino su madre. Habían estado buscando del lado equivocado de la familia. Ir tras el rastro de este hombre, había sido una pérdida de tiempo, a menos… a menos de que él pudiera guiarlos hasta la verdadera madre de Sam.
El chico estaba tan decepcionado, que hasta Samantha sintió algo de pena por él. No recordaba cuándo había sido la última vez que mostró compasión por un humano, y tuvo que reprenderse a sí misma por hacerlo. Ese muchachito de verdad le había estado haciendo bajar la guardia.
—Entonces… —comenzó a decir el hombre, quien obviamente tenía problemas para socializar. Dio vueltas por el lugar sin siquiera mirarlos—.
¿Qué quieren beber? —les preguntó por fin— ¿Cerveza?
Sam tardó en responder.
—Eh, pues… lo que sea está bien —dijo.
El hombre entró a la diminuta cocina y regreso casi de inmediato con dos latas grandes de cerveza Schlitz tibia. Las colocó en la mesita de centro, pero ni Sam ni Samantha las tocaron.
La vampira se dio cuenta de que Sam estaba demasiado inquieto y no sabía que decir, igual que su padre.
En la casa se produjo un silencio bastante incómodo. Estaba sucediendo algo muy raro: o su papá no estaba feliz de verlos, o era demasiado introvertido.
Samantha miró alrededor en busca de algo extraño. Había cosas por todos lados y el lugar estaba muy desordenado. En el suelo había latas vacías y pilas de periódicos y revistas. Pero, en la esquina, había una laptop abierta.
La vampira percibió algo raro y utilizó su visión especial para alcanzar a ver lo que estaba en la pantalla. Se dio cuenta de que el papá de Sam estaba en Facebook, pero en una cuenta con otro nombre.
—Y entonces, ¿le contaste a alguien que venías a visitarme? —preguntó su papá.
Sam lo miró desconcertado.
—¿Te refieres a…
—Sí, que si le avisaste a tu madre que venías a verme.
—No —respondió Sam—. No he hablado con ella en mucho tiempo. Todo fue muy imprevisto, así, de momento. Sólo se me ocurrió que sería divertido que nos viéramos.
El hombre asintió y se relajó un poco.
—Bueno, ajá —dijo, y de su bolsillo sacó un paquete arrugado de cigarros y encendió uno. Fumó con toda calma y luego, cuando exhaló, el lugar se llenó de humo—. Entonces, eh, ¿en qué andan ustedes?
Sam y Samantha se miraron; no sabían de qué estaba hablando.
—Mmm… ¿a qué te refieres? —preguntó Sam.
Samantha volteó a donde estaba la laptop. Volvió a usar su mirada especial para ver la página de Facebook. Había algo que no le gustaba. Cuando observó bien toda la pantalla, vio que había varias pestañas abiertas al mismo tiempo. Todas en Facebook y bajo distintos nombres.
Tal vez el padre de Sam se dio cuenta porque, en ese momento, se levantó y cerró la computadora. Luego regresó con ellos.
—Me refiero a… —dijo— ustedes, muchachos… ¿tienen sexo? —les preguntó.
Samantha vio que el hombre se estiraba para tomar algo de la mesa.
También notó la confusión en el rostro de Sam y se dio cuenta de que el enojo empezaba a reemplazar a la incertidumbre.
En ese momento la vampira comprendió todo. No era su padre sino un impostor, un depredador cibernético. Era un pedófilo que atraía a la gente a través de Facebook. Ahí les lanzaba la carnada a distintos chicos y esperaba
a que alguien como Sam, alguien desesperado y dispuesto a creer que un individuo así podría ser su padre, cayera.
El hombre fue muy rápido; antes de que Samantha alcanzara a reaccionar, tomó un cuchillo grande de la cocina, corrió y sujetó a Sam del cuello. Le puso la hoja en la garganta y presionó hasta que estuvo a punto de salir sangre.
El chico entró en pánico y empezó a llorar del dolor.
—Si te mueves, lo mato —le dijo a Samantha en un tono bastante violento.
Era una situación muy interesante para la vampira. Dado que aquel hombre no era el padre de Sam, los asuntos que tenía con el chico, habían terminado, y por lo tanto, sólo estaba perdiendo el tiempo. Podía irse y dejar que Sam muriera ya que eso no marcaría ninguna diferencia. Aquella pista de Facebook que Sam tenía de su padre, era la única viable, y por lo tanto, el chico ya no le servía.
Pero algo la hizo titubear. Fue aquella peculiar chispa que había comenzado a sentir por el joven. No podía creerlo, pero en el fondo, se preocupaba mucho por él, y si había algo que odiaba más que a un humano, era a individuos tan espeluznantes como aquel pedófilo. No, no podía nada más salirse de ahí.
—Híncate y quítate la blusa —le ordenó el hombre a Samantha con su áspera voz y sin retirar el cuchillo del cuello de Sam.
El muchacho trató de soltarse pero el hombre lo sujetó con más fuerza y le sacó un poco de sangre de la piel.
Samantha podía deshacerse del hombre de inmediato, el problema era que, como tenía el cuchillo tan cerca de Sam, con cualquier movimiento en falso, le cortaría la yugular. No podía darse el lujo de actuar con precipitación.
Se arrodilló, levantó las manos, se quitó la blusa poco a poco y se quedó en brassiere.
Luego miró hacia arriba y vio la sonrisa de oreja a oreja del asqueroso individuo, y la forma en que se le iluminaban los ojos.
—Ahora quítate el brassiere —le ordenó.
Seguramente Sam notó que tenía una oportunidad de liberarse porque, en ese instante, se movió con mucha rapidez, para un ser humano, vaya. Se estiró, tomó al hombre de la muñeca y lo estrujó con toda su fuerza.
Por desgracia, el hombre también tenía mucha energía. Los años que había pasado sometiendo a muchachitos tal vez le habían ayudado a desarrollar, en el interior de aquel cuerpo flacucho, cierta resistencia que le servía en momentos como ese. Sam forcejeaba, pero de repente, el pedófilo se liberó y le hizo una cortada en la mejilla.
El chico aulló de dolor y levantó las manos. Había sangre por todas partes.
Luego el individuo sujetó de nuevo el cuchillo con fuerza y Samantha alcanzó a ver que se preparaba para hundirlo en el pecho de Sam.
La vampira entró en acción. De repente saltó, sujetó la mano con la que el individuo sostenía el cuchillo y luego le jaló el brazo hacia atrás con suficiente fuerza para dislocárselo.
El hombre aulló y soltó el arma.
Pero Samantha aún no había acabado. Con su fuerza sobrehumana lo tomó del cuello y con un ágil movimiento, se lo rompió.
El hombre cayó al piso como un saco inerte.
Todavía llena de rabia, la vampira volteó y vio que Sam estaba en shock y la observaba estupefacto. Su sorpresa era tanta, que ni siquiera le prestaba atención a su dolor. Samantha estaba segura de que el chico jamás había presenciado algo así en su vida y tal vez no volvería a hacerlo.
Sam había tratado, en verdad había tratado de salvarla a pesar de que tenía el cuchillo en el cuello. Entonces Samantha pensó en que nadie había tenido con ella un gesto como ese en siglos.
Tal vez sí debería conservarlo con vida después de todo.
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VEINTICUATRO
Ya era de noche cuando Caitlin y Caleb despertaron. Estaban acostados juntos sobre la arena. La brisa era cálida y los iluminaba una hermosa luna llena.
La playa todavía estaba vacía y el sonido del romper de las olas los rodeaba.
Se quedaron ahí desnudos, abrazados. Habían usado sus abrigos para cubrirse y Rose estaba junto a ellos.
Ambos habían cambiado mucho.
Se miraron a los ojos y volvieron a besarse sin prisa.
Su relación había cambiado para siempre. Caitlin también, y no había nada que la pudiera hacer más feliz.
Ya no eran sólo dos personas o amigos reunidos al azar para cumplir una misión. Ahora eran amantes. Eran una pareja. Y estaban juntos.
Caitlin sólo esperaba que eso durara para siempre.
Había muchas preguntas que quería hacer, como ¿y ahora qué? Él había roto una ley; su amor estaba prohibido. ¿Qué iba a suceder si lo encontraban?, ¿lo matarían?, ¿lo había arriesgado todo por ella?, ¿creía que ella bien lo valía?
Y ahora, después de lo que sucedió, ¿la iba a abandonar?, ¿existía alguna manera en que permanecieran juntos?, ¿que su relación durara?
¿Qué les depararía el futuro?
Caitlin estaba demasiado emocionada de saber lo que Caleb había sacrificado por ella.
—Tengo miedo —dijo en voz baja.
—¿De qué? —preguntó él.
—De nosotros —contestó—. De morir. Tú vivirás para siempre pero
—le costaba trabajo articularlo— yo… no —masculló—. Quiero estar contigo, quiero ser como tú. Inmortal —le confesó.
El semblante de Caleb se tornó sombrío. Se vistió con calma y se levantó.
Miró al océano.
Ella también se vistió. Agradeciendo el calor que le proporcionaba su abrigo, tocó el bolsillo para asegurarse de que el diario y el medio pergamino siguieran ahí. Luego se paró junto a su compañero.
—Yo también quiero estar contigo —dijo Caleb—, pero créeme, ser inmortal no es agradable. Es una maldición. Morir es mucho mejor; poder
comenzar limpio, de cero. Empezar una nueva vida en otro lugar, en otro tiempo y con otro cuerpo. No tener que recordar. Permitir que el ciclo de la vida siga su curso. Nosotros, los vampiros, somos… antinaturales.
La miró.
Nada me gustaría más que tenerte a mi lado, pero volverse inmortal sólo para estar conmigo para siempre, no vale la pena.
— Por favor —, le dijo, tomándolo de la mano—. Eso es lo que yo deseo.
Conviérteme —le imploró mirándolo a los ojos.
—Conviérteme para que pueda ser una vampira de verdad; para que pueda estar contigo para siempre.
Caleb tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No podría hacer eso jamás a pesar de lo mucho que te amo —le explicó
—. Quedarías atrapada en el limbo para siempre. No podrías procrear y a mí no me gustaría causarte ese dolor. Ni siquiera para mi beneficio.
Además, si te convirtiera sin autorización, mi castigo sería muy duro.
Caitlin sintió que se le encogía el corazón. Tal vez nunca tendría lo que deseaba, después de todo.
Caleb la tomó de la mano en silencio.
—Si vamos a pasar la noche aquí, lo mejor será que busquemos refugio y encendamos una fogata —le dijo y luego caminó con ella por los acantilados en silencio.
—Creo que vi un lugar hace rato, cuando montábamos a caballo —dijo Caleb—. Era una cueva —añadió—. Ahí —dijo señalando.
Efectivamente había una pequeña cueva en el acantilado. No era muy profunda ni amplia, pero sería suficiente para brindarles resguardo.
El suelo de la cueva era de la misma arena que había en la playa, y la luna alcanzaba a iluminar el interior. Había una gran pila de madera quemada al centro; era obvio que el lugar ya había sido usado antes. Tal vez era popular para hacer fogatas, o incluso, para que los amantes pasaran la noche.
Caleb se frotó las manos con gran rapidez, y de la misma manera que lo había hecho en la cabaña, encendió el fuego en unos cuantos segundos. En muy poco tiempo tenían una fogata que iluminaba toda la cueva. Rose se acercó y se sentó cerca del calor que comenzaba a generarse.
Caitlin también se acercó. Estaba de pie junto a Caleb y con un brazo lo rodeó de la cintura.
Ambos se sentaron y miraron el techo de la cueva. Había grafiti por todos lados. La parte superior tenía forma de bóveda y reflejaba la luz de un
millón de maneras diferentes.
—¿Cuál será el siguiente paso? —preguntó Caitlin.
Hablaba acerca de la espada, pero también se refería a ellos.
—No lo sé —contestó Caleb—. Creo que llegamos a un callejón sin salida.
—Lo siento —se disculpó ella—. Tal vez mi sueño… tal vez mi sueño no significaba nada. Quizá tomamos la dirección equivocada y ahora tenemos que volver a la Casa Vincent. Puede ser que hayamos soslayado algo, alguna pista que…
De pronto Caleb la tomó del brazo y le indicó que guardara silencio. Tenía la mirada fija en las paredes de la cueva.
Ella volteó también y lo vio.
Ambos se pusieron de pie.
Ahí, en la esquina más alejada, en lo alto, había un hueco en la pared. Tenía la forma de una cruz. Era irreal y muy extraño. Lograron verlo sólo gracias a la luz de la luna y a la que les proveía la fogata. De no haber sido por eso, jamás habrían dado con él. Era muy pequeño. Si Caleb no hubiera observado con tanto esmero, jamás lo habrían visto.
Caitlin se estiró y limpió el hueco; éste comenzó a tomar forma. Era un espacio muy pequeño que dibujaba la silueta de una llave.
La chica sacó la llavecita de plata y miró a Caleb.
Él asintió.
Caitlin la introdujo y vio que cabía a la perfección.
Se miraron desconcertados.
Luego la chica le dio vuelta y escuchó un clic. En la pared de roca se abrió un pequeño compartimiento. Ella metió la mano y sacó lo que ahí había.
Era la mitad de un pergamino.
*
Caitlin sacó la otra mitad que tenía en su abrigo. Por suerte, lo habían transportado en el pequeño contenedor de metal y éste había evitado que el viento o el agua lo dañaran.
Juntaron las dos partes y se acercaron a la luz de la fogata. Entonces pudieron leer la inscripción completa:
Los cuatro jinetes cabalgan por la senda de la libertad
Abandonan el terreno común,
Entran a un círculo de sangre,
Se reúnen en la casa
Y encuentran a sus seres amados
Junto a la cuarta punta de la cruz.
La pareja se miró. Estaban desconcertados por el hallazgo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Caitlin.
—No… estoy seguro. Pero todas estas frases… “la senda de la libertad”, “el terreno común”… Tal vez me equivoque, pero creo que todo señala a El Camino de la Libertad de Boston. Eso explicaría la primera oración. Y la palabra “común” debe referirse a Boston “Common”, el lugar. No sé con exactitud hacia dónde nos dirige este acertijo, pero estoy seguro de que es en alguna de las paradas del Camino de la Libertad. Sí, suena bastante lógico: Salem, Edgartown, Boston… Los tres sitios están fuertemente vinculados.
Caitlin se esforzó mucho por entender las pistas.
—Pero… ¿cómo es posible? —preguntó—. Todo parece muy aleatorio.
¿Por qué habremos encontrado el pergamino aquí?, ¿en esta cueva, en este lugar? No es lógico. ¿Qué tal si hubiéramos ido a otro sitio?
—No, yo creo que sí es lógico —contestó Caleb—. Piénsalo. No llegamos aquí por accidente. Tu padre te visitó y nos guió hasta acá. Además, los caballos nos dejaron justamente afuera de la cueva.
Caitlin tenía sus dudas.
—Los caballos son de gran ayuda para la raza de los vampiros. Son seres místicos; mensajeros. Nos han acompañado desde el principio de los tiempos. Llegaron cuando los necesitamos; no fue coincidencia. Nos condujeron hasta acá—insistió—. A veces los hechos fortuitos son los más planeados de todos.
Caitlin observó el pergamino. Le maravillaba lo antiguo de la escritura y la concatenación de sucesos que los habían conducido hasta ahí. De pronto intuyó que todo estaba destinado a suceder.
Esperaba que pasara lo mismo con la relación que tenía con Caleb.
—¿Y entonces?, ¿a dónde vamos? —preguntó—. ¿A Boston?
Él asintió.
—Creo que vamos a tener que abordar ese bote otra vez.
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VEINTICINCO
Kyle caminaba como león enjaulado en la cubierta del pequeño yate.
Aunque era muy temprano, la embarcación se dirigía a toda velocidad a Martha’s Vineyard y el vampiro mostraba gran ansiedad. No podía quedarse en paz. Odiaba los barcos, también el agua. Lo peor de todo era que, como casi todos los de su raza, odiaba transportarse por mar. Lo odiaba más que ningún otro vampiro tal vez.
El chico ruso insistió en que encontrarían a Caitlin si se dirigían al mar, así que lo siguió. Subieron por la costa, a lo largo de toda la carretera, pero la búsqueda terminó cuando llegaron a la bahía. El muchachito señaló el mar.
Dijo que aquella estúpida chica, la culpable de todos sus problemas, se encontraba en la isla.
Kyle estaba tan furioso que no podía controlarse. Esa muchachita no sólo lo había hecho perseguirla por toda la Costa Este y perderse la guerra que ya se estaba librando; también lo había forzado a abordar una embarcación y transportarse sobre agua. Para conseguir el yate, Kyle caminó al muelle, eligió el primero que vio, subió a bordo y mató a toda la tripulación en ese instante. Arrojó a los hombres al mar, se apoderó del barco, y luego él y el ruso emprendieron la travesía. Al menos, asesinar a todos esos hombres había apaciguado un poco su rabia.
Pero ahora que estaban en el mar, y que todo lo que los rodeaba era azul, había vuelto a enfurecer de nuevo. Ya estaba harto de perseguir a la chica. Quería encontrarla y matarla, justo después de obligarla a que le dijera dónde estaba su padre… o la espada.
Tenía tanta prisa por encontrarla que le daban ganas de salir corriendo por ella. Fue hasta donde estaba Sergei navegando el yate y volvió a gritarle:
—¡Quiero más velocidad!
—No puedo, amo —explicó temeroso el joven—. Esto es lo más rápido que se puede navegar en este bote.
—¿Estás seguro de que ella está en esa isla? —le preguntó por décima vez.
—Estoy seguro de que cruzó por el agua en esa dirección —contestó
—. Siento su esencia en mis venas.
—Eso no fue lo que te pregunté —agregó Kyle con un tono intimidante.
El ruso levantó la cabeza e inhaló otra vez. Parecía algo confundido, como si no estuviera seguro o como si fuera a cambiar de opinión. Daba la impresión de que había perdido el rastro.
Pero Kyle lo mataría si eso llegaba a pasar.
—Eee…stoy seguro de que vinieron en esta dirección. Percibo con mucha fuerza sus presencias. Pero… eso es todo lo que sé —dijo.
Furioso, Kyle se dirigió al barandal. Tenía la cara roja del coraje. Se estaba perdiendo la contienda; después de miles de años de esperar esa guerra, su guerra, ahora ésta libraba sin él. La peste se había empezado a dispersar en Nueva York en ese preciso momento. Era su obra en todo su esplendor. Y él, estaba ahí, lejos de todo y atrapado en un barco con un estúpido cantante de ópera ruso sin poder disfrutar de la batalla. Sin ver a los patéticos humanos gritar y correr para salvar sus vidas: la parte del espectáculo que más había estado esperando.
En verdad iba a hacer que esa muchachita pagara.
Kyle sujetó el barandal con ambas manos y con tanta cólera, que lo dobló por la mitad y luego lo arrancó por completo de la cubierta.
*
Caitlin estaba parada en el transbordador, agarrada del barandal. El agua se movía con gran velocidad. Tenía a Rose arropada en su abrigo y Caleb estaba a su lado. La chica miraba al horizonte; no podía ver tierra pero sabía que estarían ahí pronto.
Caitlin deseaba no volver jamás porque, mientras permanecieran en el mar, rodeados del agua azul, las cosas no cambiarían. Ella y Caleb estarían juntos. Cuando divisó la primera señal de que se acercaban a la costa, supo que la vida comenzaría a cambiar inexorablemente. En cuanto llegaran a tierra, el corazón de Boston los atraería como un imán para conducirlos por el Camino de la Libertad. Ella sabía que ésa sería la última parada de su viaje. Lo presentía y le aterraba.
Caleb lucía nervioso. Caitlin lo observó y notó que él también se aferraba al barandal mientras miraba al frente. La preocupación se le notaba en el rostro. Ella había comenzando a reconocer sus expresiones faciales y sabía que la que tenía ahora, no la usaba con mucha frecuencia. Aquel temor no era producto de su temor al agua; era algo más. ¿Tendría miedo del futuro?, ¿de lo que sucedería cuando encontraran la espada?
Ambos intuían que cuando el arma apareciera, Caitlin ya no podría estar con Caleb. Él trataría de participar en la guerra de los vampiros, sirviendo a su cofradía, y Caitlin sabía que ya no habría lugar para ella. En el fondo, ni siquiera se imaginaba como sería la vida sin él.
La relación entre ellos era muy distinta ahora. Caleb deslizó su brazo alrededor de la cintura de Caitlin y la estrechó; ella se dio cuenta de que nunca se había sentido tan cercana a alguien. Era como si fueran una sola mente contemplando el agua del mar. Caitlin era una mujer distinta y creía que, de alguna manera, aunque fuera leve, él también había cambiado después de la noche que pasaron juntos.
Ambos guardaron silencio en el trayecto de regreso. Ninguno de los dos estaba preocupado por la pista que acababan de encontrar; tampoco trataron de descifrar el acertijo ni de especular sobre el lugar en donde podría estar la espada. Sólo disfrutaban de estar juntos. No había necesidad de hablar; era la calma antes de la tormenta y ambos querían gozarla.
De repente Caleb hizo una mueca. Apretó la mandíbula, gesto que Caitlin le había visto hacer cuando se aprestaba a pelear.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
Él se quedó viendo al horizonte; entrecerró los ojos y rechinó la mandíbula. Hubo un prolongado silencio.
—Presentí algo —contestó él.
Caitlin esperó a que le diera más información, pero no lo hizo.
—¿Qué? —le preguntó.
Él guardó silencio por un rato.
—No lo sé —dijo—. Hay un gran alboroto. Siento que mi gente está sufriendo… Hay personas… buscándonos y, creo que… nos dirigimos a un peligro muy grande.
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VEINTISÉIS
El yate se detuvo en el puerto de Edgartown. Kyle ya no podía esperar más, así que saltó casi diez metros desde la cubierta y aterrizó con destreza en el muelle. Al ruso lo dejó atrás para que amarrara la embarcación.
Pisar tierra firme lo hizo sentir más cómodo de inmediato.
El muchacho se apresuró. Apagó el motor, ancló el yate y siguió a su amo.
—¡Oigan, no pueden amarrar aquí su bote! —escucharon gritar a un hombre panzón de mediana edad con las mejillas rojas—. ¡Es un muelle privado! Está reservado para…
Antes de que terminara la frase, Kyle lo sujetó del cuello con una sola mano y apretó con tal fuerza que lo levantó más de un metro del suelo y lo sostuvo en el aire.
Al hombre se le salieron los ojos de sus órbitas y la cara se le puso morada.
Kyle hizo una mueca y, con un solo movimiento, lo arrojó al agua.
El hombre cayó muy lejos y salpicó agua por todos lados.
El vampiro esperaba haberlo matado; tal vez debió estrujarlo por más tiempo.
—¿En dónde está la chica? —preguntó Kyle entre dientes.
El ruso miró alrededor con nerviosismo. Trataba de orientarse.
Levantó la nariz y husmeó en todas direcciones.
—Si la perdiste, te mato —le dijo Kyle amenazante.
El ruso volvió a buscar con el olfato y se detuvo cuando señalaba hacia la Avenida Principal.
—Se fue por ahí —dijo.
Caminó hacia la avenida y Kyle lo siguió de cerca.
*
Kyle y Sergei subieron por la escalinata de la Antigua Iglesia Ballenera de Edgartown. Al llegar a las puertas abatibles, Kyle las abrió de una patada y sin aminorar la marcha.
El ruido fue bastante fuerte y Kyle atravesó el vestíbulo hasta llegar al centro del templo. Sergei iba detrás de él. Se detuvieron en medio de una gran sala y miraron a su alrededor.
No había nadie ahí.
Kyle sujetó al ruso de los hombros.
—¡Estoy cansado de esto! —gritó—. ¡¡¿EN DÓNDE ESTÁ?!!
—En un lugar en donde jamás la encontrarás —dijo una apacible voz desde la parte trasera de la iglesia.
Kyle y Sergei voltearon al mismo tiempo.
Ahí, en la entrada, estaba Roger muy tranquilo.
Kyle percibió el cambio de energía y supo que se enfrentaba a uno de los suyos. Al fin. No más humanos para jugar. Por fin se estaban acercando.
Kyle avanzó poco a poco con Sergei a su lado.
—Al contrario, tú me vas a decir exactamente en dónde está, quién es, quién la acompaña y a dónde se dirige —le dijo a Roger para presionarlo.
Roger dio unos pasos hacia ellos y luego, de repente, tomó algo que les lanzó con rapidez.
Kyle lo vio venir pero Sergei no fue tan hábil.
Era una larga y afilada lanza de vampiros que se dirigía a ellos a toda velocidad. Kyle se agachó justo a tiempo pero Sergei no. La punta de plata de la lanza le rasgó la cara; atravesó la piel y le cortó la mejilla antes de continuar su trayectoria. No fue un golpe directo pero sirvió para provocarle una fuerte hemorragia.
Sergei gritó de dolor y se llevó las manos al rostro cubierto de sangre.
Kyle no titubeó. Subió tres escalones, dio un salto y, con ambos pies, le plantó una fuerte patada a su oponente en el pecho. Roger salió disparado por la sala hasta que se estrelló contra la pared.
Antes de que pudiera incorporarse, Kyle ya estaba encima de él ahorcándolo. Percibió la energía de Roger y se dio cuenta de que era un vampiro de los antiguos; un vampiro tan viejo que ya no tenía la misma fuerza de antes. Kyle era superior y sabía que lo podría matar con facilidad.
Pero antes, se iba a deleitar torturándolo… con toda calma.
De repente Kyle notó que Roger hacía un rápido movimiento con la mano.
Alcanzó a ver una luz amarilla, y, antes de reaccionar, lo supo.
Roger se acababa de meter a la boca una pastilla para suicidarse.
Era demasiado tarde.
Su cuerpo se quedó sin vida en los brazos de Kyle.
Furioso como nunca antes lo había estado en su vida, Kyle echó la cabeza atrás y aulló. Fue un primitivo rugido que provocó que todas las ventanas de la iglesia se hicieran añicos.
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VEINTISIETE
Todo le seguía dando vueltas a Sam. Lo sucedido en la casa rodante había sido tan intenso, que todavía no podía procesarlo. El asqueroso individuo, el cuchillo, la riña, su mejilla. Y luego, Samantha. Lo había matado. Había sido asombroso. ¿Quién era ella?
Cuando estuvo sentado en el gabinete del merendero de la carretera, cuando la tuvo frente a él, la miró con intensidad. Se sentía más atraído a ella que nunca, pero también, más preocupado. Debía ser cauteloso. La vampira lucía completamente relajada bebiendo su malteada de vainilla. Sam no lo entendía. ¿Era la misma chica? Ahí estaba, tan serena y candente; la increíble muchacha con la que le encantaba estar. Pero también era esa loca sicótica que asesinó al pedófilo sin siquiera parpadear. ¿De verdad estaba interesada en Sam?
Todo fue tan rápido y el lugar estaba tan oscuro, que el chico no estaba seguro de lo que había pasado. Se acordaba del ruido, del espantoso crujido que escuchó cuando ella le rompió el cuello al hombre; y también recordaba que había visto el cuerpo de éste aflojarse y caer al suelo. Parecía que estaba muerto, pero no podría asegurarlo. Tal vez Samantha sólo lo había noqueado; aunque, de todas maneras, ¿cómo? El tipo era fuerte y tenía un cuchillo.
Por millonésima vez, se odió a sí mismo. Había sido tan estúpido, tan ingenuo. ¿Cómo se le ocurrió creerle?, ¿cómo fue a caer en la trampa de un depredador cibernético?, ¿en verdad era tan idiota?, ¿en qué estaba pensando? También se sentía muy avergonzado, sobre todo eso. Ahora estaba más convencido que nunca de que jamás encontraría a su padre.
Para colmo, había arrastrado a Samantha en todo aquel enredoo y ni siquiera la había podido proteger. En lugar de eso, fue ella quien salió en su defensa. Qué vergonzoso. Lo más seguro era que lo considerara un idiota.
A Sam le preocupaba que se fuera, pero no podría culparla si lo hacía.
Samantha miró su mejilla y le preguntó:
—¿Te encuentras bien?
Entonces él se acordó y se quitó la toalla de papel que tenía pegada a la cara. La revisó. La hemorragia se había detenido pero todavía le dolía muchísimo.
—Ajá —contestó y luego la miró y se dio cuenta de que ella no tenía ninguna herida—. Y… dime, ¿cómo hiciste eso? Me refiero a…
¿cómo hiciste para patearle el trasero así?
Samantha se encogió de hombros.
Estudié karate la mayor parte de mi vida. Espero no haberte espantado, pero ese tipo era peligroso y no quise correr ningún riesgo. En realidad le apliqué una técnica bastante sencilla. Puedo enseñarte cómo hacerlo.
Ella siempre encontraba la manera de hacerlo sentir mejor. Era como si adivinara lo que estaba pensando y luego hiciera lo necesario para tranquilizarlo. Era fabulosa. En ese momento, todas sus preocupaciones salieron volando por la ventana.
—Lo siento mucho —dijo él—. Soy un verdadero idiota; no puedo creer que te haya llevado a ese lugar.
—Oye —dijo Samantha—, queríamos dar un paseo, ¿no es así?
Él la miró y ambos se carcajearon.
La tensión se relajó.
Sam le dio una enorme mordida a su hamburguesa y Samantha vio su muñeca, entonces, lo sujetó con sus gélidas manos.
Sam bajó la hamburguesa, no sabía lo que ella trataba de hacer.
Samantha jaló a Sam del brazo y se quedó viendo el reloj. Estaba viendo su reloj.
Su expresión había cambiado por completo; ahora estaba muy seria, como en trance.
—¿Qué pasa? — preguntó Sam.
—¿De dónde sacaste esto? —le preguntó con muchísima gravedad.
Él miró el reloj; ya había olvidado que lo traía puesto. Siempre lo usaba, desde que era chico. Era parte de él y ya ni siquiera se daba cuenta cuando lo tenía. Era un reloj bastante raro, tenía que admitir, pero, a pesar de eso, no podía entender por qué Samantha lo miraba de esa forma.
—Es de mi papá —dijo—, o al menos, creo que le pertenecía.
Estaba demasiado chico y no recuerdo. Siempre lo he tenido.
Sam lo miró con curiosidad. Estaba fabricado con algún metal raro; él siempre había pensado que se trataba de una aleación de platino. Tenía peculiares gravados a un lado. De hecho se veía bastante antiguo y hacía un tic bastante raro. Curiosamente, jamás había tenido que darle cuerda ni cambiarle la batería. Siempre funcionaba y daba la hora a la perfección.
Samantha lo recorrió con sus dedos.
—Toma —le dijo él y se quitó el reloj—. Vamos, revísalo. Póntelo si quieres. Tiene algo genial en la parte trasera, pero nunca pude descifrar su significado—le dijo y se lo entregó.
Cuando lo tuvo en la palma de su mano, Samantha lo admiró como si fuera una niña con un juguete nuevo. Lo volteó y lo revisó con mucho cuidado. La vampira había quedado estupefacta; genuinamente sorprendida.
—¿Qué pasa?, ¿puedes leer lo que dice? Creo que es como francés o algo así —dijo Sam.
—Es latín —corrigió ella en un murmullo. Se había quedado sin aliento.
Samantha miró a Sam con sus hermosos ojos bien abiertos, llenos de sorpresa y emoción.
—Significa: La Rosa y la Espina se reúnen en Salem.
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VEINTIOCHO
Caitlin y Caleb estaban en Boston Common, en la cima de una pequeña colina desde la que inspeccionaban el parque. Él tenía un mapa de El Camino de la Libertad que acababa de comprar en una tienda. Pasó su dedo sobre el papel una y otra vez. Caitlin estaba a su lado y sostenía las dos piezas del antiguo pergamino.
—Vuélvelo a leer —dijo Caleb.
Caitlin entrecerró los ojos para alcanzar a ver bien las palabras: Los cuatro jinetes cabalgan por la senda de la libertad Abandonan el terreno común,
Entran a un círculo de sangre,
Se reúnen en la casa
Y encuentran a sus seres amados
Junto a la cuarta punta de la cruz.
—“La senda de la libertad”, repitió Caleb en voz alta tratando de concentrarse—. Debe ser una referencia al Camino de la Libertad que comienza en Boston. Eso sería muy lógico. Está justamente a la mitad, entre Salem y Martha’s Vineyard. Estamos en el centro.
—Y “terreno común” debe ser una referencia a Boston Common, el lugar en donde nos encontramos ahora.
Eso también sería muy lógico. En el siglo XVII colgaban a las brujas aquí. Es un sitio muy importante para la raza de los vampiros.
—El pergamino… dice que los jinetes “abandonan el terreno común”. Eso significa que comenzamos aquí, pero no estoy seguro por qué.
Y lo demás… “un círculo de sangre”… “se reúnen en la casa”, “la cuarta punta de la cruz”… Ya no sé a dónde ir a partir de aquí.
Caitlin miró otra vez alrededor. Tenían un panorama imponente desde la cima. A pesar de que la temperatura ya había subido un poco, aún quedaba algo de nieve y había varios niños jugando con un trineo del otro lado de la colina. Gritaban de alegría y sus padres los acompañaban. Caitlin divisó un hermoso parque, casi idílico. Resultaba difícil creer que ahí solían colgar a las brujas.
Volvió a revisar la cima de la colina, pero lo único que vio fue un árbol grande. No había ninguna pista.
—¿Por qué “cuatro jinetes”? —preguntó—. ¿A qué se refiere?
—Es una referencia al Apocalipsis. Son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que cabalgaron por todos los rincones de la tierra. Creo que quiere decir que, si no encontramos la espada, comenzará el Apocalipsis.
—O tal vez —especuló Caitlin—, que el Apocalipsis comenzará si sí la encontramos.
Caleb reflexionó.
—Tal vez —dijo en voz baja y luego miró alrededor.
—¿Pero por qué aquí? —se preguntó de nuevo— ¿Por qué en este lugar?
A Caitlin se le ocurrió algo.
—Tal vez no habla de este sitio en particular —explicó—, sino de irse de aquí. Se refiere al viaje —añadió.
Caleb la miró.
—¿De qué estás hablando?
—El pergamino habla sobre un viaje; habla de abandonar un lugar e ir a otro. Tal vez sólo tenemos que ir a esas locaciones, emprender la travesía.
Quizá no tengamos que ir encontrando objetos en el camino, sino sólo hacer el viaje.
Caleb frunció el ceño.
—Es como la gente que entra a los Laberintos —dijo Caitlin—. Entran para hacer el recorrido, no para llegar a algún lugar. Caminar en ciertas direcciones, describir patrones… se supone que te cambia de alguna manera.
A Caleb comenzaba a gustarle la idea.
—Está bien —dijo—. Voy a creerte, pero, si así fuera así, de todas formas,
¿a dónde caminaríamos?, ¿a dónde tendríamos que ir ahora?
—Bien —dijo Caitlin pensativa—, dice que abandonemos el “territorio común” y entremos al “círculo de sangre”, así que nuestra siguiente parada deberá ser el círculo de sangre.
—¿Y eso es…? —preguntó Caleb.
Ella se paró junto a él y vio el mapa. El camino de la libertad tenía dieciocho sitios históricos. Era un recorrido de cuatro kilómetros. Sólo de verlo se sintió abrumada. No sabía a dónde se dirigirían. Revisó cada uno de los sitios pero ninguno parecía tener forma de círculo, y ciertamente, no había ninguna referencia a un círculo de sangre.
También leyó las acotaciones del mapa pero no encontró nada.
Y entonces, lo encontró.
En la parte baja del mapa había una nota a pie de página. Estaba debajo de la acotación para la Antigua Casa de Gobierno. Decía: “En la base del edificio, sobre la calle, se encuentra el punto que señala el sitio en donde tuvo lugar la masacre de Boston.
—Aquí —dijo emocionada y señaló—, La masacre de Boston. No dice nada sobre un círculo, pero creo que califica para sangre.
—¿Qué opinas? —le preguntó a Caleb.
Él revisó el mapa y, después de unos instantes, le dijo:
—Hagámoslo.
*
Caitlin y Caleb abandonaron el parque, dieron vuelta en Court Street y se dirigieron al corazón del distrito histórico de Boston. De repente divisaron la Casa de Gobierno. Era un edificio grande de ladrillos que había sido preservado desde el siglo XVIII. Tenía muchas ventanas y, en la parte más alta, una cúpula. Su belleza y sencillez eran asombrosas.
Cuando llegaron a la base rodearon la estructura en busca del lugar de la masacre de Boston. Después de dar la vuelta en la esquina, por fin lo encontraron.
Ambos se detuvieron.
Era un círculo, un círculo perfecto.
El punto que marcaba la masacre de Boston, era bastante pequeño; apenas más grande que una alcantarilla. Caitlin y Caleb se acercaron para examinarlo.
No tenía ninguna seña particular, sólo era un modesto círculo de pequeños mosaicos incrustados en el piso, junto a la Antigua Casa de Gobierno.
—Sí, parece lógico —dijo Caleb—. Definitivamente vamos por el camino correcto.
—¿Por qué?
—Ese balcón que está allá arriba —dijo señalándolo—, ahí es en donde se leyó por primera vez la Declaración de Independencia.
Caitlin observó el balconcito.
—¿Y? —preguntó.
Caleb respiró hondo y se preparó para explicarle.
—La fundación de esta nación, fue en realidad la fundación de una nación de vampiros. Libertad y justicia para todos. Libertad para no sufrir persecuciones religiosas. Un pequeño grupo de personas conquista una nación enorme y poderosa. ¿Tú de verdad crees que un modesto contingente de humanos lo habría logrado?
—Fuimos nosotros. Fue nuestra raza. Pero eso no lo dicen los libros de texto. La fundación de los Estados Unidos fue la fundación de nuestra nación.
—Pero las razas más oscuras de vampiros, como la Cofradía de Blacktide, han tratado de sabotear nuestra labor desde entonces. Por eso siempre han existido dos grupos en guerra. El bien y el mal, la libertad y la persecución.
Y siempre que haya uno presente, también estará su contraparte.
—Estoy seguro de que tu padre, quien quiera que haya sido, fue uno de los fundadores: uno de los vampiros más poderosos. Ellos poseían las armas con mayor alcance y las almacenaron para las generaciones futuras.
—¿Las almacenaron? —preguntó Caitlin, tratando de asimilar toda la información.
—La espada que buscamos, la espada turca, fue diseñada para proteger, no para atacar. Pero sólo si la usan las manos correctas. En las manos equivocadas, puede convertirse en un arma letal. Por eso se le escondió con tanto cuidado. Se supone que sólo la gente adecuada la debe encontrar, y si acaso hubo alguien en posición de ocultarla, ése debió ser tu padre.
Era demasiada información, demasiados datos para guardarlos todos. Era muy difícil creer que fuera verdad, pero al parecer, los elementos eran acumulativos. Caitlin sintió que se estaban acercando al fin del camino.
—No veo pistas aquí —dijo mirando alrededor.
—Yo tampoco —añadió Caleb—. Así que, si tu teoría es correcta, y lo que tenemos que hacer es el viaje, entonces eso significaría que teníamos que ver esto por alguna razón, y luego seguir el camino.
Caleb tomó el pergamino y volvió a analizarlo al lado de Caitlin.
—“Se reúnen en la casa” —leyó Caleb con calma. Luego se quedó pensando—. ¿Cuál casa? —preguntó en voz alta.
Caitlin volvió a tomar el mapa del Camino de la Libertad.
—Hay muchas casas en el camino: la de Paul Revere, la de John Coburn, la de John J. Smith. Podría ser cualquiera de ellas. O tal vez es una casa que ni siquiera es parte del recorrido —añadió Caitlin.
—Creo que nos trajeron a este camino por alguna razón —dijo Caleb—.
Cualquiera que sea, creo que la casa debe ser parte de El Camino.
Ambos revisaron el mapa otra vez, y de repente, Caitlin se detuvo porque le ocurrió algo.
—¿Y qué tal si ni siquiera es una casa? —preguntó ella.
Caleb se la quedó viendo.
—Por alguna razón, me parece que hacer referencia a una casa, tal cual, es demasiado obvio. Las demás claves son mucho más sutiles. ¿Qué tal si el significado no es literal sino metafórico?
Caitlin recorrió el camino en el mapa con su dedo.
—Por ejemplo, ¿qué tal si en realidad es una casa? Mira —dijo señalando
—, “Casa de Reunión”, se trata de otra iglesia, y además, está aquí a la vuelta.
Caleb la miró con un gesto de aprobación y sonrió.
—Me da gusto que estés de mi lado —le dijo a Caitlin.
*
Ambos caminaron de prisa por Washington Street y en unos cuantos minutos ya estaban frente a la Iglesia denominada “Casa de Reunión”. Era otro templo histórico completamente restaurado.
Una empleada los detuvo cuando entraron.
—Me temo que ya cerramos —dijo—. Esta iglesia opera como museo y ya son las cinco de la tarde —les explicó—. Pero pueden volver mañana.
Caleb volteó a ver a Caitlin y ella supo de inmediato lo que estaba pensando. Quería que probara su poder de persuasión con esa mujer.
La chica se la quedó viendo fijamente y le envió una sugerencia mental. Los dejaría entrar; haría una excepción para que pasaran.
La mujer parpadeó y, de repente, les dijo:
—¿Saben qué? Son una pareja muy agradable; voy a hacer una excepción pero no se lo digan a nadie —y les guiñó.
Ambos sonrieron y entraron a la iglesia.
Era bellísima. También era un espacio muy amplio y abierto con enormes ventanas en todas las paredes; repleto de reclinatorios de madera vacíos.
Tenían todo el lugar para explorarlo con libertad.
—Es inmenso —dijo Caitlin—. ¿Y ahora qué?
—Para empezar, sigamos el camino —sugirió Caleb y señaló la ruta que el museo marcaba con grandes flechas rojas para guiar a los visitantes.
Estaban parados justo encima de ella.
El camino conducía a una serie de exhibidores y pequeñas placas que se mostraban a lo largo del barandal de madera. Se detuvieron a leerlos.
Caitlin abrió los ojos sorprendida.
—Escucha esto —dijo—. “En 1697, en este lugar, el Juez Sewall se disculpó por haber sido uno de los jueces que juzgaron a las brujas de Salem en 1692, y las condenaron a muerte.”
Caitlin y Caleb se miraron. La referencia a Salem les causaba mucha emoción; estaban en el lugar correcto. Todas las pistas que habían encontrado en su búsqueda, comenzaban a converger. Se sentían muy cerca, casi como si la espada estuviera oculta bajo sus pies.
Pero se fijaron bien alrededor y no encontraron ninguna pista que les señalara a qué otro lugar debían ir.
—Bien, pues esta debe ser la “casa de reunión”, y si estás en lo correcto y todo se basa en el recorrido, entonces la pregunta sería: ¿Cuál es el cuarto lugar?
Caleb volvió a sacar el pergamino.
Abandonan el terreno común,
Entran a un círculo de sangre,
Se reúnen en la casa
Y encuentran a sus seres amados
Junto a la cuarta punta de la cruz.
—Ya abandonamos el “territorio común” —dijo—, entramos al “círculo” y nos “reunimos en la casa”. Ahora tenemos que encontrar a sus seres amados, junto a la cuarta punta de la cruz. Entonces, si estás en lo correcto y todo tiene que ver con el recorrido, significa que nos falta un lugar.
Ambos se quedaron pensando.
—Creo que “encontrar a los seres amados” se refiere a encontrar a tu padre
—dijo—. Me parece que sólo nos queda un sitio más, ¿pero cuál?, ¿cuál es la cuarta punta de la cruz?, ¿será otra iglesia?
Caitlin reflexionó; buscó y buscó en su mente. Repasó el pergamino y volvió a revisar el mapa. Ella también intuía que estaban bastante cerca, que sólo les faltaba un sitio por visitar. Pero no se le ocurría nada. Verificó
cuáles eran las otras iglesias en el camino de la libertad, mas no tuvo ninguna corazonada con ellas.
Y de repente, se le ocurrió. Dio un paso hacia atrás y volvió a escudriñar el mapa. Con su dedo marcó el camino que ya habían recorrido y los ojos se le iluminaron.
—Una pluma —dijo jadeando—. Rápido, necesito una pluma.
Caleb corrió por el pasillo, encontró una pluma en uno de los reclinatorios y regresó presuroso.
Caitlin dibujó una línea en el mapa del camino de la libertad.
—Es un patrón —dijo—. Hemos estado caminando sobre un patrón.
Comenzamos en Common —dijo y lo marcó con un círculo—. Luego entramos al círculo de sangre —también lo marcó con un círculo y lo conectó con una línea—. Luego fuimos a la casa de reunión —también conectó ese punto con una línea y lo marcó con un círculo.
Luego levantó el mapa y se lo mostró a Caleb.
—Mira por dónde caminamos y fíjate en la figura, en el patrón que se forma.
Caleb entrecerró los ojos; no estaba seguro de entender.
—Todavía no está terminado, por eso es que no lo vez. Sólo hemos caminado a tres puntos, pero, el cuarto, completaría la figura.
Entonces dibujó una línea recta para completar el patrón.
Caleb se quedó boquiabierto cuando lo reconoció.
—Es una cruz —dijo en voz baja—, se supone que debemos caminar sobre una cruz.
—Sí, —dijo Caitlin emocionada—. Y si seguimos la línea, si completamos la cruz de forma simétrica, te darás cuenta que sólo conduce a un lugar.
Ambos siguieron la línea que había dibujado Caitlin.
Justo ahí, en ese lugar, en la cuarta punta de la cruz, estaba el cementerio de King’s Chapel, o la capilla del rey.
—Los seres queridos —dijo Caleb—. El cementerio.
—Ahí debe estar enterrado él —agregó Caitlin.
—Y por lo tanto, te apuesto que la espada también está ahí.
*
Samantha conducía el BMW a toda velocidad en las afueras de Boston y Sam iba sentado a su lado. Se dirigían por la carretera a Salem. Ella estaba
cada vez más desesperada por todas las dificultades que se les habían presentado al buscar al padre de Sam. Cuando vio los mensajes de Facebook y Sam le contó tan emocionado que había estado en contacto con su padre, Samantha pensó que sería bastante fácil encontrarlo. Creyó que sólo tendría que llevarlo a Connecticut, y que después de eso, encontraría la espada.
—Pero las cosas se habían complicado. No esperaba encontrarse con aquel pedófilo, y sobre todo, tampoco creyó que se encariñaría con Sam. Todo era más confuso y ella se sentía menos alerta. Su plan original era muy simple: encontrar al padre, matarlos a ambos y regresar con la espada. Pero ahora ni siquiera estaba segura de querer asesinar al chico. En especial cada vez que veía aquella cortada reciente sobre su mejilla: un recordatorio de cómo había tratado de salvarla.
Estaba enojada consigo misma, más que nada, por su falta de disciplina.
Odiaba los sentimientos, siempre se interponían.
Lo pudo haber matado después de que vio su reloj y consiguió la pista que conducía a Salem; pero por alguna extraña razón, quería tenerlo cerca. No entendía por qué. Le había dicho que necesitaba su ayuda para hacer algo muy importante, y que tendrían que ir a Salem. ¿La acompañaría? Él le brindó una enorme sonrisa. Era obvio que a ese chico no le interesaba volver a la escuela.
Además, todavía lo podía utilizar para encontrar al padre. Había corrido con buena suerte al encontrar el reloj, pero Salem era un lugar muy grande y la inscripción podía significar cualquier cosa. Tenerlo con ella, de hecho, sería bastante útil.
De repente presintió algo y frenó abruptamente. El auto rechinó y se detuvo en medio de la carretera.
—Guau —dijo Sam al mismo tiempo que golpeaba el tablero con las palmas—. ¿Qué pasó?
Varios coches más tuvieron que detenerse de forma inesperada detrás de ellos y se empezaron a escuchar los claxonazos.
Pero a Samantha no le importó. Había detectado algo en el aire; una vibración.
Se quedó sentada y levantó la barbilla para percibir mejor.
Sí, ahí estaba otra vez, muy cerca. Era una señal inconfundible.
Había un gran bullicio entre los vampiros, ahí, en Boston. La vibración pasó
por sus venas, estaba muy cerca. De pronto se inquietó y pensó que, tal vez, hasta tenía algo que ver con la espada.
De repente Samantha abandonó el grupo de coches, dio una cerrada vuelta en U, y el tránsito de ambos lados de la carretera se tuvo que detener de golpe para que ella pudiera pasar a toda velocidad por el lado opuesto de Storrow Drive.
Sam estaba pegado a la puerta y trataba de recuperar el equilibrio.
—¿Por qué la prisa? —preguntó sorprendido y un poco espantado.
Samantha condujo por unos treinta metros más y dio vuelta a la izquierda.
Se produjo un rechinido muy agudo e interrumpió cuatro carriles.
—Cambio de planes —contestó.
*
Kyle saltó del yate antes de que éste llegara siquiera al muelle y aterrizó con destreza sobre los adoquines de Boston. El ruso cayó junto a él.
Había pensado varias veces en matarlo en el bote, pero aunque eso le brindaría una alegría pasajera, no le proveería lo que necesitaba. Por eso decidió darle una última oportunidad para ver si ésta vez lograba señalar la dirección correcta.
Si al llegar a Boston el ruso seguía confundido, entonces lo mataría sin duda alguna, y encontraría otra manera de hacer las cosas. Kyle lo miraba con impaciencia.
Por lo menos el chico todavía tenía aquella gran herida. Kyle estaba seguro de que le quedaría una linda y enorme cicatriz en la mejilla. Sólo de pensarlo se sentía feliz.
Por fortuna para el ruso, sus ojos se iluminaron de pronto y señaló en una dirección.
—Ahí está, amo, estoy seguro —dijo con emoción—. La siento con gran fuerza; es a sólo unas cuadras.
Kyle sonrió de nuevo. Esta vez parecía real. Sí, le creía; a unas cuadras, le gustaba mucho cómo sonaba eso.
El vampiro se acercó a un nuevo y reluciente auto de lujo. El conductor estaba de pie frente al vehículo.
El ruso se acercó, abrió la puerta del pasajero y se subió.
—¡Hey! —gritó el conductor.
Pero antes de que pudiera reaccionar, Kyle ya lo había noqueado con un solo golpe haciéndolo volar varios metros. Sin siquiera detenerse, el vampiro subió al asiento del conductor y huyó en el auto que ya lo esperaba encendido.
Condujo a toda velocidad por las calles de Boston. En el camino viró sin aviso y le pegó a un coche por el puro placer de hacerlo. Los cláxones empezaron a sonar a su alrededor. Sonrió, estaba feliz y el bullicio lo hacía sentir un poquito mejor.
Sabía que la espada sería suya en cuestión de minutos.
Luego mataría a todos.
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VEINTINUEVE
Cuando Caitlin y Caleb salieron de la Casa de Reunión, dieron la vuelta en School Street y divisaron el cementerio de King’s Chapel. Estaba a dos cuadras de distancia y sólo tenían que continuar caminando en línea recta.
La cuarta punta de la cruz, pensó Caitlin, es perfectamente lógico.
A la chica le parecía asombroso que hubieran estado caminando sobre la forma de una cruz durante todo el recorrido; como si los guiara una mano invisible.
De pronto el corazón comenzó a palpitarle con mayor rapidez. Le daba nervios conocer a su padre, si es que aún estaba vivo. También ver su tumba, si es que ya había muerto. No sabía cómo reaccionaría en ninguno de los casos, pero también estaba emocionada porque al fin sabría quién era y de dónde venía. Le ilusionaba conocer su linaje y su destino.
Por otra parte, le afectaba saber que, tal vez, el fin entre ella y Caleb se aproximaba. ¿Qué pasaría si realmente encontraban la espada?, ¿qué haría él?, ¿se iría a luchar en su guerra?, ¿salvaría a su cofradía?, ¿y cuál sería el papel de ella en todo eso?
Caminaron hacia el cementerio tomados de las manos; eran sólo unos treinta metros. Caitlin sintió que Caleb la apretaba con fuerza; tal vez estaba pensando en lo mismo. Lo que encontraran en ese lugar cambiaría sus vidas para siempre. Rose se ocultó más en el abrigo de Caitlin.
El sol se estaba poniendo cuando entraron al pequeño cementerio. King’s Chapel era más o menos oscuro. Era el edificio más pequeño de las dos construcciones históricas de Boston que operaban como camposantos. En realidad no era muy grande; tal vez unos treinta metros de ancho y unos treinta de profundidad en los que había varias tumbas desperdigadas. Las lápidas eran bastante modestas y se les podía calcular unos cien años de antigüedad.
Para moverse entre las tumbas, era necesario recorrer el angosto camino adoquinado que atravesaba el cementerio. Caitlin bajó a Rose y los tres caminaron juntos. Caitlin y Caleb revisaron cada una de las lápidas. A ella le palpitaba el corazón con fuerza cada vez que leía una nueva. ¿Sería ésta la de su padre?, ¿sería aquella?
Comenzaron en la parte trasera, desde la última fila. Revisaron lápida por lápida en busca de una pista, de cualquier cosa. A Caitlin le llamaban la
atención los monumentos más grandes. Esperaba que su padre hubiera sido un hombre importante, en cualquier época que haya vivido, y que alguna de las grandes criptas le perteneciera.
Pero no. De hecho no encontraban su nombre en ningún lugar.
Cuando terminaron de buscar y volvieron al sitio en donde habían comenzado, Caitlin se fijó y vio que todavía quedaba una hilera de tumbas.
Era la más cercana a la calle. Caminaron junto a ella para revisar lápida por lápida.
Y ahí, justo al final, la encontraron.
La lápida decía “Elizabeth Paine. Murió en 1692”.
Era la misma Elizabeth Paine de Salem, la mujer de La letra escarlata de Hawthorne. Aquella que, según Caleb, había tenido un hijo con un vampiro.
Era su apellido y estaba enterrada ahí.
¿Sería la persona a la que habían estado buscando todo el tiempo?
Entonces, ¿Caitlin no había buscado a su padre sino a su madre?
¿O el vampiro era en realidad el esposo de Elizabeth?
Caleb se acercó y se arrodilló junto a la tumba con Caitlin. Rose también se sentó junto a ellos y observó la lápida con mucho cuidado.
—Ésta es —dijo él con sorpresa—. Aquí es adonde se suponía que teníamos que venir. Es el lugar de descanso de tu ancestro.
—Entonces… —ella no sabía por dónde comenzar— ¿hemos estado buscando a mi mamá?
—No lo sé —contestó Caleb—. Podría ser que ella fuera la vampira. O tal vez, sólo se casó con alguien de mi raza.
—Pero —seguía confundida— ¿entonces eso significa que están muertos?,
¿o siguen con vida?
Caleb sacudió la cabeza.
—No lo sé —repitió y volvió a sacar el pergamino: “Y encuentran a sus seres amados junto a la cuarta punta de la cruz”. Miró alrededor.
—Éste debe ser el lugar, aquí están “sus seres amados”. Creo que ésta es la cuarta punta de la cruz; no podría estar en ningún otro sitio —dijo mientras escudriñaba el cementerio de nuevo—. El problema es que no veo ningún indicio de en dónde pueda estar oculta la espada. ¿Tú sí?
Caitlin miró alrededor; la roja luz del sol poniéndose caía sobre el cementerio como si fuera sangre. La chica suspiró. No. No había pistas.
Pero entonces, se le ocurrió algo.
—Léelo otra vez —le indicó—, pero con calma.
—“Y encuentran a sus seres amados” —leyó— “junto a la cuarta punta de la cruz”.
—“Junto” —dijo Caitlin y los ojos se le iluminaron.
—¿Cómo —preguntó Caleb.
—Dice junto a la cuarta punta de la cruz, no en la cuarta punta de la cruz.
Al mismo tiempo ambos voltearon y se fijaron en la construcción de piedra que estaba al lado.
Era King’s Chapel.
*
Caleb cerró la puerta en cuanto entraron. Ésta produjo un sonido que resonó. La iglesia estaba cerrada con llave, pero el vampiro había usado su fuerza para romper la cerradura y ahora podrían inspeccionar el lugar con tranquilidad.
Caminaron por la hermosa y pequeña capilla iluminada por la luz solar que entraba por los vitrales. Cailin se sintió en paz de inmediato. Era un lugar acogedor y elegante; los reclinatorios estaban divididos en secciones familiares y tapizados con terciopelo rojo. Todo estaba tan bien conservado, que le dio la impresión de que habían entrado a otro siglo.
Caleb caminaba junto a ella; ambos revisaron el lugar. Se percibía cierta inmovilidad en el ambiente.
—Aquí es —dijo él—, lo sé.
Y por primera vez, Caitlin compartió su sensación.
Se dio cuenta de que estaba comenzando a percibir todo con mucha más fuerza. Y ciertamente, intuía la presencia de la espada. Era electrizante. No sabía qué le producía más emoción: que la espada estuviera ahí, o poder sentirlo por sí misma.
Caitilin puso a Rose a un lado y caminó sin prisa sobre la alfombra del pasillo tratando de ver si sus exacerbados sentidos le indicaban dónde podría estar. De repente fijó la mirada en el púlpito.
En el otro extremo de la capilla, una delicada y pequeña escalera en forma de caracol, subía hasta él. Daba la impresión de que los ministros habían dicho sus sermones en ese púlpito durante cientos de años. Algo la llamaba hacia ese lugar.
—Yo también lo siento —dijo Caleb.
—Ve —le contestó él—. Sube, es tu espada, tu linaje.
Ella siguió caminando por el pasillo y subió poco a poco por la escalera.
Rose caminó junto a ella y se quedó sentada abajo. Vio a su ama subir y sollozó un poco.
Caitlin llegó a la parte más alta. Era un pequeño cubículo en donde sólo había espacio para un predicador. Revisó los detalles de madera preguntándose en dónde podría estar la espada. No había ninguna señal obvia, sólo el barandal de madera y de forma circular que le llegaba al pecho. Pasó la mano por la superficie. Tenía siglos de uso. No vio ningún compartimiento, ningún cajón.
Pero entonces, lo encontró.
Era una ligera impresión sobre la madera, algo que estaba pintado. Tenía la forma de una pequeñísima cruz del tamaño de su dije.
Caitlin raspó la imagen y retiró años de pintura. Efectivamente, había un orificio. Se quitó el dije y lo insertó; cabía a la perfección.
Luego lo giró y escuchó un suave clic.
Jaló y no pasó nada. Luego jaló con un poco más de fuerza y escuchó cómo se quebraba la pintura que cubría las bisagras. La retiró por completo y luego introdujo los dedos lo suficiente para sujetar la puerta y abrirla. De pronto vio la parte lateral de un compartimiento muy angosto. Volvió a jalar.
Hasta que lo abrió.
De ahí salió el aire que había permanecido durante siglos ahí, junto con una nube de polvo.
Y cuando el polvo se dispersó, Caitlin abrió muy bien los ojos.
Ahí estaba.
La espada.
Era asombrosa. Estaba cubierta de oro y joyas de una punta a la otra. Sintió su poder de inmediato; casi le daba miedo tocarla.
Luego se inclinó y, de una manera casi reverencial, la sujetó.
Con una mano la tomó de la empuñadura, y con la otra, de la vaina. La sacó poco a poco y la sostuvo en alto para que Caleb la viera.
Él se quedó boquiabierto.
Sujetó bien la vaina y sacó la espada. Se produjo un delicado y hermoso sonido, y entonces, pudieron ver la espada. Había sido fabricada con un metal que ella no reconocía, y brillaba como ningún otro objeto que hubiera visto en su vida.
La energía que manaba era abrumadora, como electricidad. Recorría su mano y luego le subía por el brazo.
Sintió que, armada con esa espada, podría hacer cualquier cosa.
*
Samantha llegó rechinando el BMW y se detuvo en frente de King’s Chapel. Dio un salto para salir y dejó el auto en medio de la calle. Sam también saltó del asiento del pasajero para seguirla.
Se escucharon los cláxones.
—¡Oiga, señorita, no se puede estacionar ahí! —le gritó un policía que ya se venía en camino.
Samantha se acercó a él y lo golpeó en la cara con el puño cerrado. Le había roto la nariz; el oficial cayó de rodillas inconsciente. Pero antes de que llegara al suelo, Samantha sacó la pistola que traía en la funda.
Sam se quedó boquiabierto; estaba conmocionado.
—Demonios… —comenzó a decir.
Y antes de que terminara de hablar, Samantha lo tomó del cuello, lo levantó y lo cargó. Luego subió por las escaleras de la capilla.
—¡Samantha! —trató de gritar— ¿Qué crees que…
La vampira lo arrastró y, con una patada, golpeó la puerta para abrirla.
—¡NO TE MUEVAS! —gritó.
Samantha estaba ahí de pie en el pasillo de Kingś Chapel. Había tomado a Sam como prisionero y le estaba apuntando a la sien con una pistola con la mano derecha.
La vampira miró a la chica. Era Caitlin. Estaba en el púlpito y tenía la espada entre sus manos. Su espada, la espada que necesitaba.
Del otro lado vio al vampiro que había traicionado a su cofradía: Caleb. Y
al frente, sobre el pasillo, había una lobezna.
—Suelta la espada —gritó Samantha— ¡o mato a tu hermano!
Sam trató de librarse pero ella lo superaba en fuerza por mucho.
—Por favor —dijo Sam—, no hagas esto. ¿Qué es lo que quieres? —
lloriqueó.
Samantha notó que Caitlin estaba confundida, no sabía qué hacer. No dejaba de ver a Caleb como si le estuviera pidiendo consejos sobre qué hacer.
—No le des la espada —dijo Caleb con firmeza.
—Si no me la das, ¡lo mato! —gritó la vampira— ¡Te lo juro!
—¿Sam? —gritó Caitlin.
—Lo siento, Caity —gimoteó su hermano—. Entrégale la espada por favor; no dejes que me mate.
Entonces se produjo un pesado silencio mientras Caitlin pensaba qué hacer.
Rose comenzó a gruñir al mismo tiempo que se acercaba a Samantha.
—Está bien —gritó Caitlin después de unos instantes—. Si te doy la espada,
¿lo dejarás ir?
—Sí. Arrójala —ordenó Samantha—. Al suelo, lentamente.
Caitlin titubeó un poco más.
Y de repente, arrojó la espada.
Cayó en el pasillo produciendo un fuerte ruido metálico, justo al centro del triángulo que formaban ella, Caleb y Samantha.
En ese momento, Rose corrió y se le aventó encima a la vampira.
Ésta le apuntó a la lobezna y le disparó.
*
De repente se escuchó un estruendo en la puerta y Kyle y Sergei entraron casi a la velocidad de la luz.
En el de por sí caótico recinto, los visitantes desconcertaron aún más a todos.
Kyle aprovechó la confusión, y antes de que alguien reaccionara, corrió por el pasillo y noqueó a Sam y a Samantha con un solo golpe. La pistola cayó al suelo y se patinó.
Caleb no perdió ni un segundo. Se apresuró a ir por la espada que seguía tirada en el piso. Pero Kyle ya la había visto también, y corrió tras de él.
Antes de que Caleb llegara, Kyle le saltó encima y lo golpeó con el codo, dejándolo tirado en el piso.
Luego ambos lucharon en el suelo, a unos cuantos metros de la espada.
Sergei aprovechó y se dirigió a donde estaba la reliquia.
Al principio, la confusión había conmocionado a Caitlin, pero ahora estaba lista para actuar. Tenía que salvar a Caleb. Kyle estaba sobre él y le llevaba ventaja; estaba tratando de sacarle los ojos con los pulgares.
La chica saltó desde el púlpito, voló por los aires y aterrizó a unos cinco metros sobre el piso de la iglesia. Corrió hacia Kyle y lo golpeó con fuerza en las costillas. De esa manera liberó a Caleb justo a tiempo.
Y luego, de pronto, comenzó a sentir un dolor insoportable.
Aulló cuando sintió que el frío metal le rasgaba la espalda, la piel, los intestinos y el estómago, y salía con la misma rapidez con la que había entrado.
Cayó arrodillada y la sangre le subió por la garganta: brotó por la boca, entre los dientes y le colgó de la barbilla.
En la conmoción de su agonía, miró hacia abajo y se dio cuenta de que le habían enterrado la espada por atrás.
—¡NO! —gimió Caleb y se apresuró a llegar a su lado.
Estaba tan distraído que no vio a Sergei de pie junto a ellos, empuñando la espada llena de sangre. Lucía complacido con su trabajo y sonreía malévolamente.
—Tú me mataste antes de que llegara mi hora —le gruñó a Caitlin—, y ahora te he devuelto el favor.
Entonces corrió por el pasillo de la capilla.
Kyle también salió disparado y se dirigió a la puerta del frente.
Cuando pasaron junto a Samantha, ésta ya había recobrado el conocimiento, y con un ágil movimiento cargó a Sam sobre su hombro y corrió detrás de los otros dos vampiros.
En la capilla sólo quedaron Caitlin y Caleb, y a su lado, la lobezna que no dejaba de sangrar y sollozar.
—¡Caitlin! —gritó Caleb mientras la sujetaba de los hombros. Se inclinó hacia ella y le acarició el rostro. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Le había impactado tanto ver que la lastimaban, que ni siquiera pensó en la espada. En el fondo sabía que todos se habían ido, que habían huido con el arma. La espada que había jurado proteger toda su vida.
Pero ahora, al verla tirada ahí, sangrando, agonizando, Caitlin era lo único que le importaba. Tirada sobre el suelo de la capilla, la chica sentía que el mundo se iba enfriando. Un indescriptible dolor le atravesaba la espalda y el estómago, y la sangre abandonaba su cuerpo con rapidez. De una manera muy tenue, percibía las manos de Caleb sosteniéndole la cabeza y acariciándole el rostro.
Miró hacia arriba y vio el techo. Y a Caleb. Contempló su hermoso rostro.
Sabía que estaba muriendo, pero a pesar de todo, a pesar del dolor, no estaba triste por sí misma. Lo único que le provocaba nostalgia era la idea de no estar con él.
—Caitlin —dijo Caleb sollozando—. Por favor, no te vayas, ¡no me dejes!
Caleb lloraba mientras la mecía.
La chica vio sus enormes ojos que ahora eran de color negro. Trató de enfocarse bien en ellos.
— No te vayas.
Pero no podía evitarlo.
—Caitlin —dijo él entre lágrimas—. Quiero que lo sepas; ahora lo veo. Ya sé quiénes fuimos en nuestras vidas pasadas. Ahora lo veo todo —sollozó Caleb.
Caitlin trató de hablar, de encontrar las palabras, pero las cuerdas vocales se le estaban cerrando para siempre y la sangre no le permitía hablar bien. Se esforzó, pero lo único que salió fue un murmullo demasiado tenue.
—¿Qué? — le preguntó Caleb y se acercó más a ella— Dímelo otra vez.
Luego se inclinó lo más que pudo y colocó su oído muy cerca de la boca de Caitlin.
—Con… viér…teme —dijo ella.
Caleb se la quedó mirando aterrado. No estaba seguro si la había escuchado bien.
Con la última fuerza que le quedaba, la chica se levantó un poco, lo sujetó de la camisa y lo acercó a ella lo más que pudo.
—¡Conviérteme! —le ordenó.
Era el último remanente de fuerza.
Cerró los ojos y sintió que el mundo desaparecía.
Y lo último que vio fue a Caleb acercándose más y más a ella con los dientes asomándose entre sus labios.
Luego, cuando los dos colmillos le perforaron la piel, sintió un exquisito dolor en el cuello.
Y el mundo oscureció por completo.
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HECHOS CONTRA FICCIONES
HECHO:
En Salem, en 1692, doce chicas adolescentes conocidas como “las afligidas” sufrieron de una misteriosa enfermedad que las condujo a un comportamiento histérico y a asegurar con vehemencia que en la comunidad había brujas que las atormentaban. Lo anterior dio origen a los juicios de Salem.
Hasta la fecha no se ha podido explicar la misteriosa enfermedad que aquejó a las jóvenes.
HECHO:
La letra escarlata, la obra más conocida de Nathaniel Hawthorne, está basada en la vida de una mujer llamada Elizabeth Paine, quien vivió en Salem y fue castigada por negarse a revelar la identidad del padre de su hijo.
HECHO:
Nathaniel Hawthorne no sólo escribió acerca de Salem, también fue residente del pueblo toda su vida. Provenía de varias generaciones que también habían vivido ahí. Su bisabuelo fue uno de los jueces principales de los juicios de brujas de Salem. La casa de Hawthorne fue conservada y permanece intacta en Salem hasta la fecha.
HECHO:
En el siglo XVII en Boston, las brujas eran colgadas en la cima de la colina de Boston Common.
HECHO:
Elizabeth Paine está enterrada en el cementerio de King’s Chapel, en Boston. Su lápida se ubica en la primera hilera de tumbas junto a la capilla.
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¡YA ESTÁ DISPONIBLE!
En TRAICIÓN (BETRAYED) (Libro #3 de Diario de un Vampiro - The Vampire Journals), Caitlin Paine despierta después de estar en un coma profundo, para descubrir que ha sido transformada. Convertida en una verdadera vampiro, se sorprende con sus nuevos poderes, incluyendo su capacidad para volar y su fuerza sobrehumana. Se da cuenta de que su verdadero amor, Caleb, sigue a su lado, esperando pacientemente que se recupere. Ella tiene todo lo que podría soñar.
Hasta que todo, de repente, sale terriblemente mal.
Caitlin se horroriza al descubrir a Caleb con su ex esposa, Sera, y antes que de Caleb tenga la oportunidad de explicar, Caitlin le dice que se vaya.
Descorazonada, confundida, Caitlin quiere hacerse ovillo y morir, su único consuelo es su cachorro de lobo, Rose.
Caitlin también encuentra consuelo en su nuevo entorno. Se da cuenta de que ha sido puesta en una isla escondida en el río Hudson: Pollepel, entre un aquelarre de vampiros adolescentes de élite, chicos y chicas, 24 en total, incluyéndola a ella. Se da cuenta de que este lugar es para marginados, al igual que ella, y conoce a su nueva mejor amiga, Polly, y empieza a ser entrenada para el combate de vampiros de élite, y se da cuenta de que por fin ha encontrado un lugar que puede ser su hogar.
Pero una guerra de vampiros se avecina, y su hermano Sam sigue ahí afuera, secuestrado por Samantha. El malvado Kyle, también, ahora empuñando la mítica Espada, todavía está en pie de guerra y no se detendrá
ante nada para acabar con Nueva York. Caitlin, a pesar de su nuevo hogar, y a pesar de haber encontrado un nuevo amor en el vampiro escurridizo, Blake, sabe que solo puede permanecer en esta isla el tiempo necesario antes de ser llamada a su destino. Después de todo, ella sigue siendo la Elegida y las miradas todavía están sobre ella para encontrar a su padre y al arma que podría salvarlos a todos.
Dividida entre sus nuevos amigos y sus persistentes sentimientos hacia Caleb, ella debe llegar a decidir dónde están sus verdaderas lealtades y si ella está dispuesta a arriesgarlo todo para tratar de encontrar a Caleb y tenerlo en su vida una vez más.
TRAICIÓN (BETRAYED) también se destaca como una novela independiente. TRAICIÓN (BETRAYED) tiene más de 60,000 palabras-Los Libros # 4 -- # 10 de DIARIO DE UN VAMPIRO (THE VAMPIRE
JOURNALS) ¡ahora también están disponibles!
“TRAICIÓN (BETRAYED) es una gran entrega de esta saga. Morgan Rice realmente ha llegado con un ganador en esta serie. De ritmo rápido, llena de acción, amor, suspenso e intriga. Si usted no ha leído sus dos primeras novelas, léalas y luego ponga en sus manos TRAICIÓN (BETRAYED). He leído estos libros en orden, pero cada uno de estos libros también están diseñados para leer de forma individual; por lo que incluso si usted no ha leído los dos primeros, lea TRAICIÓN (BETRAYED). Estoy seguro de que va a terminar consiguiendo los dos primeros – vale la pena leerlos…¡o releerlos!”
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“El final de gran suspenso de TRAICIÓN (BETRAYED) dejará al lector jadeando por más y TRAICIÓN (BETRAYED) recibe un diez de calificación por su ritmo de lectura, y por su imaginativa historia”.
--The Dallas Examiner
“TRAICIÓN (BETRAYED) tiene buen romance, un argumento fuerte, mucha acción y un ritmo muy rápido. Está escrito en un tono un poco más tenebroso que las anteriores entregas, pero conocemos más la historia de fondo, lo que ayuda a entender un poco más a los personajes. Los
personajes secundarios se vuelven más fuertes y ayudan a construir las diferentes líneas de la historia juntos... Morgan Rice ha llevado la historia a un nivel más alto. Hay tantas sorpresas maravillosas que usted no querrá dejar de leerlo hasta el final”.
--The Romance Reviews
El Bestseller # 1 de Morgan Rice, de la saga LA TRILOGÍA DE
SUPERVIVENCIA, un thriller distópico, pos apocalíptico, ahora también está disponible a la venta Y el Bestseller # 1 de Morgan Rice, de la saga de fantasía, EL ANILLO DEL HECHICERO, (THE SORCERER'S RING), comprende diez libros (y siguen llegando) ya está disponible también—
empezando con el Libro #1, A QUEST OF HEROES!
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Libros de Morgan Rice
THE SORCERER’S RING (EL ANILLO DEL HECHICERO)
A QUEST OF HEROES (Libro #1 del Anil o del Hechicero) A MARCH OF KINGS (Libro #2 del Anil o del Hechicero) A FEAST OF DRAGONS (Libro #3 del Anil o del Hechicero) A CLASH OF HONOR (Libro #4 del Anil o del Hechicero) A VOW OF GLORY (Libro #5 del Anil o del Hechicero)
A CHARGE OF VALOR (Libro #6 del Anil o del Hechicero) A RITE OF SWORDS (Libro #7 del Anil o del Hechicero) A GRANT OF ARMS (Libro #8 del Anil o del Hechicero) A SKY OF SPELLS (Libro #9 del Anil o del Hechicero) A SEA OF SHIELDS (Libro #10 del Anil o del Hechicero) A REIGN OF STEEL (Libro #11 del Anil o del Hechicero) THE SURVIVAL TRILOGY (LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA) ARENA ONE (ARENA UNO): SLAVERUNNERS (TRATANTES DE ESCLAVOS) (Libro #1 de la Trilogía de Supervivencia)
ARENA TWO (ARENA DOS)
(Libro #2 de la Trilogía de Supervivencia)
THE VAMPIRE JOURNALS (DIARIO DE UN VAMPIRO)
TURNED (Libro #1 del Diario de un Vampiro)
LOVED (Libro #2 del Diario de un Vampiro)
BETRAYED (Libro #3 del Diario de un Vampiro)
DESTINED (Libro #4 del Diario de un Vampiro)
DESIRED (Libro #5 del Diario de un Vampiro)
BETROTHED (Libro #6 del Diario de un Vampiro)
VOWED (Libro #7 del Diario de un Vampiro)
FOUND (Libro #8 del Diario de un Vampiro)
RESURRECTED (Libro #9 del Legado de un Vampira)
CRAVED (Libro #10 of del Legado de un Vampiro)
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Acerca de Morgan Rice
Morgan es la escritora número uno de bestsel ers de las series para adultos jóvenes de THE VAMPIRE JOURNALS, (DIARIO DE UN VAMPIRO) que comprende ocho libros, que han sido traducidos a seis idiomas.
Morgan también es autora del libro bestsel er #1: ARENA UNO y ARENA DOS, que son los primeros dos libros de la TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, una novela de suspenso, de acción apocalíptica, ambientada en el futuro.
Morgan también es autora de la serie de fantasía, bestsel er # 1 de THE
SORCERER’S RING, (EL ANILLO DEL HECHICERO), (GRATIS) que comprende seis libros, y siguen sumándose.
A Morgan le encantaría tener comunicación con usted, así que visite
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