Annalena Bilsini
Grazia Deledda
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Annalena Bilsini
ePub r1.0
Titivillus 15-02-2020
Original title: Annalena Bilsini
Grazia Deledda, 1927
Translation: José Miguel Velloso
Digital editor: Titivillus
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Por San Miguel, la familia Bilsini cambió de casa y también de tierra. Era una familia numerosa: cinco hijos varones, la madre viuda, y un tío de ella, que, aunque medio paralítico y sin un céntimo suyo, podía decirse que era el cabeza de familia.
Precisamente por los consejos del tío Dionisio, los Bilsini habían vendido su pequeña propiedad para tomar en arriendo una vasta finca, antiguo feudo gentilicio que, de decadencia en decadencia, comprado finalmente a bajo precio por un fabricante de escobas, les habían concedido en modestísimas condiciones anuales: ciento diez liras la biolca (unos dos mil quinientos metros cuadrados), dos capones, cuarenta huevos de invierno y un cesto de uva de mesa en verano.
Desde hacía años aquella tierra yacía abandonada; y, sin embargo, los Bilsini iban a ella como hacia la Tierra Prometida, o mejor como hacia una mina que explotar, ya que sabían que solamente allí su actividad y la fuerza avasalladora de su juventud podían desarrollarse y convertirse en oro.
Uno de los hijos, el segundo, hacía el servicio militar; el primero estaba ya casado y tenía dos niños. Su mujer y el más joven de los hermanos habían salido, por la mañana temprano, hacia la nueva morada, con un primer cargamento de cosas y con los aperos de labranza. Ahora, los demás, con un carro de muebles, el birlochito, las bicicletas, el perro, el gato y la jaula con el mirlo, enfilaban el puente de gabarras sobre el Po, avanzando lentamente hacia su meta. En el carro, tumbados entre los colchones y los cestos llenos de panes, iban los dos niños, gordos, rubios y colorados como manzanas maduras. El padre, que parecía todavía un muchacho, rubio y colorado también él, los vigilaba maternalmente; y con ellos reían y bromeaban los otros dos hermanos, que viajaban en bicicleta, uno a cada lado del carro.
Seguía el birlochito, con el tío y la madre. Guiaba ella, Annalena Bilsini, sin dejar por un momento de observar si todo proseguía en orden. Todo proseguía en orden. De repente, sin embargo, la vieja yegua, todavía vigorosa, que tiraba del birlochito, movió las orejas para indicar un inminente peligro; y las manos de la mujer, nudosas como las de un campesino, tiraron fuertemente de las riendas.
El cortejo se detuvo, a la izquierda del puente, mientras un camión, cargado de sacos de trigo, pasaba velozmente por la derecha. Todo el puente temblaba como si quisiera deshacerse; también el agua, debajo, corría con un vértigo de espanto, mientras el conductor del camión, con la cara que parecía de bronce, iluminada por el sol, cantaba a pleno pulmón, acompañando el estrépito de terremoto que levantaba su paso.
Los jóvenes Bilsini le seguían con sus gritos de protesta, los niños lloraban y el perro ladraba, sombrío. Hasta el tío, en el birlochito, mesándose con la mano izquierda su larga barba gris, murmuraba:
—Ese se va al infierno. ¡Seguro!
Sólo la mujer, echándose hacia atrás, seguía con una mirada benévola el paso tempestuoso del camión. Sus ojos celestes, en su rostro rojo y anguloso, brillaban de alegría.
—Se parece en todo a mi Pietro —dijo, aflojando las riendas; y pareció que hasta ella quisiera tomar un impulso impetuoso.
El refunfuño del viejo la frenó.
—Guapo, tu Pietro.
«Claro que es guapo mi Pietro —pensó ella, mientras su rostro volvía a adquirir su acostumbrada dureza, quemada por una voluntad sin concesiones —; guapo, pero altanero y malvado. Es mi cruz, la única rama torcida de la familia que todavía no he sabido enderezar. Pero aún es tiempo».
—Tío Dionisio —dijo luego al viejo, quien, por otra parte, adivinaba todos sus pensamientos—: Pietro me ha escrito. He recibido la carta mientras cargábamos el carro. Luego se la dejaré leer.
—He visto al cartero. ¿Qué dice aquel buen tipo?
—Dice que está bien, que está gordo, que hace de asistente con un capitán soltero, que le envía a pasear su caballo y a llevar flores y regalos a su novia. Dice, pues, que está contento de la vida militar y que piensa nada menos que en reengancharse.
—Muy bien —exclamó el viejo, satisfecho, mejor dicho, aliviado por la noticia; luego se puso de nuevo pensativo—: ¿Y qué más?
—Como de costumbre, pide dinero.
—Muy bien —repitió el viejo en otro tono.
Y un pesado silencio siguió entre los dos.
La madre pensaba:
«Sí, todo va bien por lo que toca a Pietro. De él no se sabe si desear o temer el regreso. Los hermanos no hablan nunca de él; y usted, tío, usted que recuerda que nuestra familia ha venido a menos precisamente a causa de los tíos holgazanes y viciosos, piensa que está bien dejar que Pietro sea soldado. Si viene de nuevo la guerra, puede distinguirse y hacer carrera, porque no tiene miedo ni siquiera de los cañonazos. Sólo yo, pobre de mí, deseo su regreso. Mi corazón está contigo, Pietro, porque eres la parte mala de mi vida, la llaga que hay que curar, Pietro, amor mío».
Annalena podía entregarse a sus pensamientos de madre, porque ahora avanzaban lentamente.
El puente estaba lleno de vehículos, y con frecuencia tenían que detenerse. Pasaban carros cargados de manzanas, que emanaban un fuerte perfume de huerta; pasaban carros de uva, de zahína, de mimbres; calesas con enjutos tratantes de largos bigotes rojos en punta, que regresaban de los mercados; automóviles con gordos negociantes de cerdos, medio tumbados dentro. Se percibía, con aquel olor a fruta, a mosto, a hierbas fuertes y a juncos, el olor mismo del feraz valle cultivado hasta la exasperación, de la tierra verdaderamente impregnada por el sudor del hombre y que por ello produce con divina abundancia.
Los Bilsini, que aquel año poseían a duras penas la simiente, el maíz para hacer pasar el hambre y una escasa provisión de vino y de salazón, contemplaban, como a vehículos sagrados, los carros cargados de mercancías; y calculaban el precio de cada cosa, pero sin hablar de ello.
Hablaban, en cambio, la madre y el tío, en el birlochito familiar que les recordaba los viajes afortunados de los antepasados mercaderes y productores. En las paradas forzosas, la mujer, sin embargo, no desdeñaba contemplar el amplio paisaje fluvial y dejarse llevar por un instinto nostálgico de recuerdos y de lamentos. Por aquel puente, en aquel mismo birlochito ligero y estrecho, con un asiento para dos, había pasado muchas veces, de muchacha y de mujer casada; y cada vez, la extensión chispeante de las aguas y del horizonte, las lejanías boscosas de las orillas, con los campanarios de cimas lucientes como faros, le habían despertado una sensación de estupor, y el deseo de que una de las barcas del puente, entonces de madera, se separara y transportara a ella y a su vehículo hacia abajo, lejos, hacia las tierras desconocidas a donde el río iba.
Este deseo de lugares lejanos y no conocidos, nacía tal vez en ella del hecho de que nunca había experimentado ni gozado el amor.
Casada por interés, a los dieciséis años, con un hombre ya anciano, del matrimonio sólo había conocido las repugnancias y el dolor y la alegría de la maternidad. Por ello le quedaba en la sangre un aguijón de deseo, un germen, desconocido para ella misma, de inquietud y de tristeza. Pero la natural alegría de la raza, el amor por los hijos y la ambición de verlos un día ricos y felices, llenaban el vacío de su vida.
Cuando hubieron llegado al extremo del puente, con el carro, con los niños, el gato, el mirlo de redondos ojos idiotas, los rojos colchones incendiados por el fuego del crepúsculo, Annalena se volvió hacia la alta orilla, toda verde y dorada; y pensó en la nueva gran casa donde había tanto que hacer. Y después de haber mirado por última vez las aguas refulgentes del río, dentro de las cuales caía y se deshacía el sol, prosiguió el camino con la impresión de haber verdaderamente llegado a una orilla de su vida, completamente opuesta a la anterior.
A lo largo de la ribera el camino fue más tranquilo.
Los dos jóvenes Bilsini, que se parecían a la madre —aunque uno era pálido y tenía los ojos azules, de aquel azul frío, pero bueno, que revela el origen nórdico—, se entregaron con sus bicicletas a una carrera vertiginosa, y pronto desaparecieron en el horizonte.
El tío Dionisio repitió su acostumbrada frase misteriosa y fatal:
—Se van… se van…
Quería decir: «¿Por qué esta furia? Se van, corren y no comprenden que su prisa es inútil, porque se termina siempre muriendo».
Esta vez, sin embargo, Annalena se rebeló abiertamente; es más, la tomó con la yegua, que, acunada por la música monótona de su cencerro, caminaba despacio y parecía que fuera de la misma opinión que el viejo.
—¡Y déjelos correr, por Dios! Si no corren ahora, ¿cuándo lo harán? ¿Cuándo lleven un bastón con un lazo como el de usted?
—Se llega lo mismo.
—No es verdad. Se llega tarde cuando se va despacio. Y, ya que no hemos llegado nosotros, dejémosles llegar a ellos, por lo menos.
Y, no obstante, también ella frenó de nuevo la yegua. El sol se había ocultado; y con él desaparecieron las nubes de mosquitos y moscones que molestaban a los viandantes. Ahora todo estaba quieto. El cielo carmesí, entre los álamos de más allá del río, hacía pensar en una chimenea encendida durante un hermoso crepúsculo invernal, mientras que los prados verdísimos y los bosquecillos jóvenes, suspendidos sobre el espejo rosado de agua corriente, daban la impresión de la primavera.
Luego, de repente, el carro se separó de la ribera por el camino en cuesta que parecía hundirse en el valle; y el aire, que se había vuelto gris, el olor de la zahína cortada, el humo de alguna chimenea, recordaron de nuevo a la mujer la casa, la tierra y el trabajo que le esperaban. En el silencio se oía a los dos niños disputar entre ellos en el carro. El más pequeño apretaba algo en el puño y rechinaba los dientes para defenderse mejor:
—Es mío, es mío. Te digo que es mío.
Pero como el otro le forzaba ferozmente los dedos, y le mordía además, abrió el puño y empezó a llorar gritando. También el perro ladró. Annalena paró en seco a la yegua.
—Pero, hijo de perro —gritó al joven padre—, ¿por qué no les azotas bien en las posaderas desnudas? Ahora lo hago yo.
Con agilidad juvenil saltó del birlochito, subió a la rueda del carro, y una vez cogidos y tendidos los dos litigantes, uno después de otro, sobre los colchones, descubrió sus gordas nalgas, que, por los golpes de su mano, se colorearon como las mejillas de un borracho.
—Ahora te merecerías otro tanto tú, que no sabes educar a tus hijos —dijo al joven, mientras los niños se levantaban desfallecidos.
El tío Dionisio callaba; pero cuando la mujer subió de nuevo al birlochito y azuzó a la yegua con su largo ihú de carretero, él se mesó la barba con la mano sana (la otra le colgaba siempre, pendulante, como un peso inútil) y sentenció:
—Se darán muchas, si viven.
—¿Por qué? Mis hijos, tanto de pequeños como de mayores, han ido siempre de acuerdo. Así les he enseñado y así debe ser. La unión hace la fuerza.
—¡Bueno está! —exclamó el viejo; y parecía que se burlaba de la mujer.
Cuando llegaron a la nueva morada, el último resplandor del crepúsculo iluminaba la valla de la era, y los dos altos plátanos, uno a cada lado de la gran cancela, a través de la cual se entreveía la casa antigua, con las paredes desconchadas y las persianas rotas; y, al lado, una torrecilla presuntuosa, color de chocolate, donde la nuera Bilsini había ya instalado los pichones.
El lugar era tranquilo, tal vez también melancólico, situado en un ángulo entre dos caminos solitarios completamente cubiertos de hierba y flanqueados de setos y zanjas. El resplandor del crepúsculo, filtrándose entre las ramas de los plátanos, ponía de relieve, junto a la cancela, un nicho abierto en el muro, y destacaba dentro de él a una Virgencita toda amarilla, roja y azul con un Niño en brazos, que parecía una muñeca.
Annalena notó que la lamparilla de la capillita estaba apagada; aquel vaso sin aceite, con el pabilo envuelto por una tela de araña, le dio la impresión de aquello que, sin su llegada y la de su familia, era el estado de la casa y de la tierra a su alrededor.
La primera cosa que hizo, pues, al entrar en la gran cocina en desorden, fue poner aceite en el vaso; luego encendió el pabilo y, protegiéndolo con la mano, llevó la luz a la capillita.
Le pareció que la Virgencita, librada de su fría soledad, le sonreía. Entonces se persignó y, guiñando el ojo izquierdo como hiciera a una antigua amiga, dijo en voz alta:
—Estoy aquí, Virgencita. Y tú protege mi alma y haz prosperar a mi familia.
Luego fue de uno a otro de los plátanos y tocó sus troncos, que parecían de serpentina. Trazaba así, ante el portal y la nueva vida, un cierre impenetrable.
Dentro, en el patio y en la casa, los hombres descargaban y entraban las cosas. Por todas partes había una fantástica confusión de muebles, de objetos, de sacos y de cestas; pero la amplitud medieval de la entrada, de la cocina y de las otras habitaciones, obstruida sólo por los escalones altos y bajos que separaban las estancias, permitía poder moverse libremente a pesar de ella. La cocina, sobre todo, era amplísima, con dos altas ventanas al patio y una chimenea monumental, en la que un antiguo aparato para dar vueltas al asador, de hierro colado, traía el recuerdo de los señores del lugar y de sus banquetes. Bajo la campana de la chimenea se podía estar sentado. En un tronco, en efecto, bien cortado como un taburete, apoyado en el interior del estípite derecho, se había acomodado ya Primo, el mayor de los niños; su hermano Secondo le disputaba el sitio, de manera que Annalena, cuando volvió a entrar, tuvo que separarles otra vez, enviándoles a cada uno a una parte de la cocina.
Al verse tratados de igual modo, no protestaron; solamente el pequeño, cuando se encontró solo y perdido en el rincón donde había sido colocada la artesa, se puso a llorar de miedo; pero su llanto no desentonaba en la casa, ya llena del rumor de la familia.
El otro hermano, en cambio, se consolaba contemplando a su madre, que estaba haciendo la polenta. Ya ella había apoyado en el puchero pendiente de la cadena, para tenerlo quieto sobre el fondo de la chimenea, un eje, sobre el cual oprimía una rodilla; y curvada, sin miedo al fuego, meneaba la mezcla hirviente con un largo tubo de punta inclinada. Dentro del puchero la polenta empezó a resoplar, amenazando con separarse de las paredes de cobre brillante. La mujer redobló entonces la fuerza, sin dejar un instante de estar atenta a la evolución de la pasta, que parecía que fuese adquiriendo forma con dolor; y cuando la vio separada y densa, con un garfio descolgó rápidamente el puchero del gancho, y, de golpe, con una habilidad que le permitió no sentir siquiera el calor del recipiente, la vació sobre el tablero de la artesa.
Entonces también el pequeño Secondo se consoló. Con el rostro tenso fijo en la artesa, veía a su madre preparar la polenta con el cucharón, para formar una especie de torta redonda y prominente. Encima, con el borde de la mano, trazó una cruz, y al niño, que le preguntaba con insistencia por qué lo hacía, le dijo, un poco fastidiada, que la abuela lo quería así.
—Porque es la primera polenta que se hace en esta casa.
Poco satisfecho, el niño buscó otra explicación, y al no obtenerla de su madre, la encontró por su cuenta:
—Es Jesucristo quien lo quiere así.
La madre tenía otras cosas en que pensar. Tenía que poner la mesa, y los objetos necesarios para ello había que buscarlos y pescarlos en los lugares más disparatados. Encima de la mesa, larga y embebida de vino, como las de las posadas, una lámpara de petróleo humeaba sin lograr vencer el resplandor del fuego y el último destello rojo de las ventanas.
Aquella luz cálida y ambigua se avenía a la figura un tanto enigmática de la mujer joven. Alta y delgada, pero un poco dura, toda vestida de negro por la muerte del padre, oscura de cabellos, de ojos, de piel, con la boca grande y carnosa, parecía una mujer del sur trasplantada entre la raza blanca y rubia de los Bilsini.
Cuando hablaba, el albor de sus dientes brillaba con un tono azulado, como el de los ojos; pero hablaba poco y tenía siempre los párpados entornados. Parecía triste, preocupada por un pensamiento secreto, cosa que, sin embargo, no le impedía ejecutar con cuidado, casi con disciplina, sus más pequeñas labores.
Tendió los manteles de manera que no hiciesen una arruga, limpió una vez más los platos y los vasos antes de ponerlos en la mesa, cortó en lonchas transparentes el jamón y batió prolijamente los huevos para la tortilla; y fue ella quien distribuyó las rebanadas de polenta, llevándolas calientes sobre la palma de la mano, como sobre un hermoso plato vivo: primero, al tío Dionisio, luego, a la madre, luego, al marido y a los cuñados y, por último, a los niños.
Todos se habían sentado ya alrededor de la mesa, por el orden en que solían hacerlo en la antigua casa. Sólo la madre permanecía en pie, en la cabecera de la mesa, frente al tío; y dijo, con voz fuerte:
—Antes de tocar la comida deberíamos decir el Padre Nuestro.
Uno de los hijos, el pálido, se rio, mientras los otros se quedaban con las lonchas de jamón suspendidas entre los dedos. Entonces el tío, después de haberse sentado a duras penas, se levantó severo y dijo con voz de mando:
—¡En pie!
Todos se levantaron, incluso el pálido, que, es más, lo hizo con exagerada prontitud; y sus voces siguieron la de la madre que recitaba con acento sonoro, como un cura en la iglesia, la plegaria en latín. También los niños, apaciguados y llenos de curiosidad por la novedad de la escena, dorados y frescos como los angelitos que acompañan a los santos en los cuadros, respondía saltándose las palabras.
La escena era verdaderamente grandiosa: en aquel fondo de interior, hecho todavía más amplio por el claroscuro rojizo de los rincones, con las ventanas todavía abiertas a la noche glauca de septiembre, los cuatro hermanos Bilsini, alrededor del viejo barbudo, que parecía un tronco medio quemado por el rayo, representaban la fuerza y la juventud del hombre.
Los dos más jóvenes, Baldo y Bardo, uno de dieciséis y el otro de diecinueve años, eran los más altos de estatura. El primero, con los cabellos rizados y mórbidos que recordaban los sarmientos nuevos de la vid, con grandes ojos celestes asombrados y la boca y las mejillas como teñidas de carmín, parecía escapar por todas partes de los vestidos usados; mientras que el otro vestía con un cierto rebuscamiento, era pálido como el color del pan y tenía una sonrisa casi maligna en la boca sutil, de comisuras hacia arriba, y en los ojos de malaquita.
Oses, el mayor, sentado, riendo entre sus niños y Giovanni, que servía pensativo y taciturno al viejo tío, se parecían a la madre hasta en su estatura media, robusta en su aparente agilidad.
La luz rojiza y circular de la lámpara encerraba como en una aureola la mesa, y daba tonalidades cobrizas a los cabellos de los jóvenes y de los niños. Cuando Annalena levantaba los ojos del plato, creía entrever todavía, en el color de sus hijos, los campos de zahína y de maíz, y los frutos embebidos de sol. La tierra, bendecida por Dios, se reflejaba en ellos, y Dios no dejaría de mandar a la nueva casa, por obra de sus brazos, el pan cotidiano multiplicado hasta el infinito.
Cuando les vio bien refocilados dijo:
—Y mañana, a levantarse pronto. Las cosas de la casa las pondremos en su lugar nosotras, las mujeres; vosotros salís y empezáis a trabajar el campo por la parte del torrente.
Bardo intentó rebelarse.
—Mañana yo quiero dormir. Por lo menos el primer día…
—Tú, en cambio, serás mañana el primero en levantarte. No hay ni primero ni segundo día.
Pero el Mustio, como le llamaban sus hermanos, insistió con ironía:
—Además, yo, mañana, precisamente para celebrar el primer día, quiero ir a misa.
Entonces todos, comprendido el tío, se echaron a reír y se burlaron de él. Él no se dio por vencido:
—Sí, queridos, deseo ir, además, para que me vean las muchachas del lugar y decirles: «Ya estamos aquí, alerta».
—¡Pero si la misa es a las seis! Irán las viejas centenarias. Anda, querido hermano, es mejor que vengas al campo por la parte del torrente.
Era Giovanni quien hablaba, con acento serio; y a él resultaba difícil replicarle. La única esperanza de Bardo fue beberse entera la botella de vino que tenía que partir con su hermano.
Luego le tocó la vez a Osea. Después de haber servido a los niños, que tenía a ambos lados, bien apretados a él, miró de reojo a su mujer; y se alegró al ver que no estaba cansada después de la larga jornada de ajetreo. Ella no se sentaba a la mesa. Había preparado hábilmente la tortilla y ahora la depositaba sobre la mesa, dentro de una gran fuente azul, grande y amarilla como la luna llena al salir. Con el cuchillo afilado que le servía para todo, empezó a dividirla y a distribuirla por el orden acostumbrado, atenta y con sus largas pestañas negras entornadas sobre sus ojos de animal nocturno. De improviso, sin embargo, esas pestañas se abrieron en círculo, como rayos; y los ojos refulgieron casi dorados como por un reflejo lejano, que era, en cambio, una luz interior de desdén y de dolor. Ya que el marido, burlón, pero cruel, hablaba como si todavía fuera soltero.
—Mientras pasábamos por el puente de gabarras, ¿ha visto, tío Dionisio, a aquella muchacha vestida de rojo, a la que se le había deshinchado un neumático de la bicicleta? Estaba allí, muy disgustada, y casi lloraba. ¡Guapa muchacha, maldita sea! Y yo que le digo: «¿Quieres venir, que te llevo la bicicleta en el carro?». Y ella, ¿sabéis qué me contesta? «¡Si estuviéramos los dos solos, sí!».
—Podías echar al río a tus hijos —dijo Bardo, mientras la mujer, con los párpados entornados de nuevo, seguía distribuyendo la tortilla.
—¡Y cómo me miraba! Si no hubiéramos tenido prisa, me habría detenido de verdad. Pero tal vez no me faltará ocasión. ¿Qué dices a eso, Gina?
—Contesto yo por tu mujer —dijo entonces la madre—; y te digo que harías bien en darte cuenta de que ya es hora de acabar de ser bobo.
Los hermanos, especialmente el Mustio, sonrieron.
—Y bien, ¿qué mal hay en pararse a hablar con una muchacha guapa? Lo hemos hecho ya otras veces.
—Tú no puedes pararte con nadie: tú estás secuestrado.
—Además, aquella muchacha me miraba a mí, no a él —reanudó Bardo con seguridad—. Me pidió incluso si tenía una bomba para la bicicleta.
Entonces fue Osea quien sonrió.
—¡La bomba, ah, la bomba! Quería tu bomba. Pero ¿cuál? ¿La de limpiarte la nariz?
Y la disputa hubiera adquirido un tono serio sin la intervención del tío barbudo. Mientras con la mano izquierda se ingeniaba por cortar su ración de tortilla, sin levantar los ojos, dijo:
—¿Por qué discutís? Aquella muchacha me miraba a mí, no a vosotros.
Y una carcajada general puso de acuerdo a los contendientes.
—Poco hay de qué reírse —reanudó, hablando como siempre, con una leve dificultad, y parecía que lo hiciera a propósito para aumentar lo irrisorio de sus palabras—: ¿No soy soltero también yo? Y si lo estoy no es porque las mujeres no me hayan mirado. Annalena, vuestra madre, aquí presente, puede decirlo. Yo seguramente no he tenido otra dificultad que la elección, por eso me he quedado sin mujer; pero todavía estoy a tiempo. Lo que pasa es que soy difícil de contentar. Eso es…
Gina, que se había sentado en el rincón, junto a la artesa, y, aprovechándose de la penumbra, se consolaba también ella de las palabras del marido comiendo los residuos de la cena, miraba y escuchaba al tío; y finalmente sonreía. Annalena, en cambio, si bien reprochaba con frecuencia al viejo su modo tétrico de ver las cosas, ahora parecía descontenta de su manera de hablar. Pero aquella era una noche excepcional y precisaba tener paciencia.
Baldo dijo:
—Tendrías que contarnos, tío, cómo te fue aquella vez con la mujer del tendero.
Era una historia sabida y resabida que a Baldo le gustaba extraordinariamente, porque la primera vez que la había oído, todavía niño, le pareció una fábula. Ahora también los dos pequeños rubitos se disponían a escuchar; y el mismo perro, apoyando en las rodillas de Annalena su gran cabeza, mansa y lanuda como de oveja, miró al viejo con sus ojos verdes y buenos, esperando la historia.
—¡Ah!, ¿aquella vez? Bueno, era la mujer de un tendero… Pero es preciso contarlo todo desde el principio y por orden. Bueno: ya sabéis, muchachos, que nuestra familia era rica. Poseía casas y campos, vacas, caballos y cerdos. Mi padre Giovannon, como lo llamaban porque era grande y gordo, y sus hermanos, cinco en total, como vosotros, no estaban, sin embargo, bien guiados. La madre había muerto y el padre se emborrachaba y jugaba. El mal ejemplo arruina a las familias: es como un espejo donde nos vemos feos y torcidos. Entonces uno dice: ya que el señor Jesús me ha creado así, yo seré así, o sea, que me iré al infierno y me divertiré con los diablos.
Después de haber bebido un sorbo de agua, ya que, con gran disgusto por su parte, no podía beber vino, el viejo reanudó su relato:
—Sí, las cosas iban mal. De los hermanos, uno jugaba y fumaba; otro bebía; otro iba con mujeres. En casa siempre había un desorden que aturdía, gritos, juramentos y palos. Sólo dos jóvenes iban relativamente bien: mi padre, Giovannon y su hermano, Alessandro. Y eran siempre los que recibían, porque no reaccionaban. El tío Alessandro se escapó, desesperado, y se fue de soldado con los alemanes. Mi padre se casó y llevó a su mujer a casa; y nacimos nosotros dos, yo y vuestra abuela Lena. Nuestra infancia no fue alegre: a fuerza de beber el abuelo se había vuelto idiota y deliraba. Los tíos estaban siempre de francachela; y los campos disminuían, uno tras otro, como roídos, pedazo a pedazo, por los zorros. Los malos zorros eran ellos, los tres hermanos. No es que en el fondo fueran malos, ya que, por ejemplo, eran incapaces de robar ni siquiera un huevo; pero no amaban el trabajo, y quien no trabaja es doblemente maldecido por el Señor Dios. —Cada vez que nombraba al Señor, el viejo se persignaba rápidamente y abreviadamente con la mano izquierda—. Así, pues, como decía, la tierra nos iba faltando, y nuestra madre tenía mucho trabajo en sacar la casa adelante; empezaban a faltar incluso los víveres. Hasta que un buen día, el tío Alessandro anunció su regreso. Él había hecho durante ocho años el servicio militar con los alemanes; y os digo que si había recibido más patadas que sus otros hermanos, también de ellos había aprendido a dominarse y a dominar a los demás. Su corazón, sin embargo, seguía siendo generoso, tanto, que llegó a casa con una muchachita que había encontrado perdida pidiendo limosna por los caminos, antes de la frontera, ya que había regresado andando y tenía los pies cuando llegó, me acuerdo, hinchados y heridos. Los primeros días después de su llegada fueron alegres: todos iban de acuerdo; es más, los hermanos le tenían respeto y escuchaban sus historias como vosotros escucháis ahora las del pobre tío Dionisio. Se acogió bien a la muchachita: uno más, uno menos, en nuestra mesa, aunque con estrecheces, el sitio para los huéspedes estaba siempre dispuesto. Era una rubita también ella, guapilla; pero olía como una cabra, de sucia que estaba, y tenía los cabellos enmarañados y llenos de piojos. Nuestra madre dijo que había que meterla en la colada, y, en efecto, la lavó con agua caliente y le rapó los cabellos. Así, pareció un muchacho: negra de cara, con los ojos verdosos y los pies grandes. Debía de ser una zíngara. No sabía una palabra de italiano, y, sin embargo, lo entendía todo; y el tío Alessandro, que conocía el alemán, la instruía. Tenía mi edad, unos ocho años; pero era más alta y más fuerte que yo. Durante los primeros días, como si tuviera miedo de nosotros, procuraba siempre esconderse; pero cuando recomenzaron en la familia los dolores de cabeza (porque el tío Alessandro dijo a sus hermanos que el que quisiera comer tenía que ganárselo, y ellos se le sublevaron, y él echó de casa a tino, prometiendo hacer lo mismo con los otros dos), ella cobró valor, como si se encontrara bien en la confusión, y estaba en todas partes y jugaba con los niños; se hizo amiga de nuestra madre, y sobre todo del abuelo.
El viejo bebió otro sorbo de agua, y prosiguió, mientras Giovanni y Baldo, cada uno por su lado, le escuchaban cono hechizados:
—El abuelo estaba siempre sentado en el zaguán, con las manos apoyadas en el bastón, y no se levantaba si no le ayudaban. No era paralítico, sino que estaba atontado, y ya no tomaba parte en las cuestiones de la familia. El médico había prohibido absolutamente que se le diera vino; y él, perdida la única finalidad de su vida, había caído en la melancolía. Ni siquiera me hacía caso a mí, que antes había sido su preferido; y, por tanto, me sentí roído por los celos cuando vi que la zíngara le caía en gracia. Parecía que su compañía le reanimara. A veces le daba algún dinero, la enviaba a hacer recados secretos y le enseñaba algunos juegos sin sentido con el hilo y la rueca, que ella aprendía en seguida. Poco a poco fijé tomando dominio en la casa. Empezó por pegar a la pequeña Lena; y como yo defendí a mi hermanita, se abalanzó también sobre mí y me mordió. Lo curioso es que nuestra madre la quería y la defendía. «Es una pobre huérfana —decía—; está lejos de su tierra. Es una hija del buen Dios, y hay que ayudarla». Pero no era esto solo; también los tíos, los labradores, los vecinos, todos le tenían cariño. Sólo yo le ponía mala cara; y ella se me acercaba siempre y me picoteaba como una corneja. Y si hablaba, con su lenguaje propio de zíngaros, que a mí me costaba trabajo entender, se burlaba de mí y me pegaba. Dos años pasó en nuestra casa. No aprendía a trabajar; pero no se estaba nunca quieta. A veces desaparecía durante días enteros, y nadie conseguía saber por dónde andaba. Le habían crecido los cabellos, ensortijados y encrespados; cuando nuestra madre se los peinaba, gritaba, y luego huía a los campos, como si le hubieran hecho una grave ofensa. Un día se desnudó completamente y se arrojó a la acequia, chapoteando con las ocas. Nuestra madre decía que le faltaba algún tornillo en la cabeza; pero luego empezó a preocuparse también ella, cuando, un día, nos dimos cuenta de que los huevos disminuían extraordinariamente del cesto donde las gallinas los ponían. A lo primero me culparon a mí. ¿Yo? ¡Maldita sea! —imprecó el tío Dionisio, ofendido todavía por el recuerdo—. Yo, que no hubiera dado aquel disgusto a nuestra madre aunque el hambre me hubiese obligado. Entonces me escondí en el pajar, y vi que era precisamente ella, Betta, la zíngara, quien los robaba. Sin embargo, ella lo negó; me acusó de que la calumniaba y amenazó con escaparse. Luego me di cuenta de otra cosa. Cuando los tíos y mi madre estaban en el campo trabajando, ella aprovisionaba al abuelo de vino, que, a veces, conseguía coger de la bodega, y otras iba a comprar. Por eso él la prefería. Yo la denuncié. Ella negó fieramente; y el abuelo se levantó con el bastón en alto contra mí.
Aquí el hombre calló un momento y quedó pensativo. La boca, un poco torcida por la parálisis parcial, pareció que se negara a continuar, haciendo el esfuerzo de hablar; pero luego tío Dionisio sacudió la cabeza, y reanudó:
—Al día siguiente de este hecho, Betta desapareció. La culpa, naturalmente, me la echaron a mí, y las bofetadas y los puntapiés me cayeron de todas partes. Por lo que respecta al abuelo, tenía que pasar muy lejos del alcance de su bastón. Lena lloraba porque a Beata se la había comido el lobo; y también mi madre lloraba, porque la hija del buen Dios ya no estaba en nuestra casa para robar los huevos. Los tíos dieron una batida para encontrarla. Unos dijeron que la habían visto con una tribu de zíngaros; otros, que se había arrojado al río. El hecho es que no apareció hasta unos años después, casada con un mercader ambulante, oriundo de nuestro pueblo. Abrieron un tenducho, donde ella vendía agujas y botones; mientras su marido iba por los pueblos, vendiendo ropa. Ella vino a vernos, como si no hubiera pasado nada, y se rio al conocer las versiones dadas a su fuga. «He estado siempre en Milán —dijo, en el más hermoso dialecto de esa ciudad—. Fui hasta allí a pie. Me detenía en las casas apartadas y decía que iba a ver a mi madre, que se estaba muriendo en el hospital, y todos me daban de comer y dinero para el viaje. En Milán pedí limosna, hasta que la Policía me atrapó. Me metieron en un hospicio, y luego me mandaron a servir. Era una vida que no me gustaba. Sin embargo, pronto encontré a mi Martino; me casé con él, y le he convencido de que volviéramos aquí. ¿No he hecho bien?». Se había vuelto una guapa muchacha, ¡maldita sea! —exclamó el viejo, con los ojos encendidos por el lejano recuerdo—. Pero cuando se reía, echándose hacia atrás los cabellos, que seguía llevando cortos, me hacía pensar en una leona que había viste en un circo de saltimbanquis en Mantua. Apenas se hubo ido, mi madre dijo: «No me gusta y no me gusta. Mejor es que esté lejos de casa». Y prohibió a Lena que fuera a la tienda de Martino, llamado el Palurdo.
El viejo bebió otro sorbo del agua y vaciló antes de reanudar la historia, porque el recuerdo de cuanto le quedaba por decir, aunque muchas veces repetido, le despertaba siempre una sensación mezcla de placer, de rencor, de vergüenza, y también escrúpulos de hacer cosa perjudicial para los jóvenes. En efecto, los veía vueltos hacia él, con atención maliciosa; pero también esta vez los desilusionó, omitiendo ciertos detalles.
—A mí, sin embargo, no se le ocurrió prohibírmelo. E hizo mal. Tenía dieciocho años y no me había echado todavía novia. Fui, y ella me acogió bien. Como a un hermano, decía. Y en los primeros tiempos todo fue bien. Ella bromeaba conmigo, como bromeaba con todos. Cuando no vendía sus chucherías, estaba en la calle, apoyada en la pared, entre otras mujeres desocupadas, y reía y bromeaba. Era alegre; y a mí esto, acostumbrado como estaba a la seriedad de mi madre y de Lena, me gustaba. Un día, en el tenducho, encuentro a un amigo mío, mayor que yo: un tratante en escobas, que ganaba bastante. Su novia le había engañado, y él aquel día se lamentaba de ello con Betta. Decía: «Yo ya no vuelvo a enamorarme en mi vida, aunque encontrara la mujer más guapa del mundo. No; gato escaldado…». «La segunda vez, sopla cuando le escaldan», dijo Betta, burlándose de él. Encontré otras veces al muchacho en su casa, y sentí celos, porque, vosotros ya lo habréis adivinado, yo estaba enamorado de ella: enamorado perdido. Cuando se lo dije, me miró mal y me echó en cara mis persecuciones de muchacho «Si no hubieras hecho lo que hiciste, yo no me habría escapado y te hubiese querido, y a lo mejor nos casábamos».
El tío Dionisio hizo otra pausa; y su mirada vagó a lo lejos, hacia el último resplandor de la ventana, y más lejos todavía, como si quisiera recorrer el tiempo a la inversa, para adivinar cuál hubiera sido su porvenir y el de Betta si ella no hubiese robado los huevos y comprado vino al abuelo.
—Pero no me echó de casa; solamente me prohibió hablarle de amor. Esto, se comprende, atizó mi pasión. Así pasó un año. Yo adelgazaba y no me preocupaba de esconder mi pena. Hasta en casa lo sabían y se burlaban un poco de mí y un poco se preocupaban. Mi madre me decía: «¡Anda! ¿Qué te ha dado esa zíngara? Pero si te ha dado alguna cosa para ponerte malo, te daré otra para curarte». Y así fue, en efecto —observó el viejo, con un gran suspiro, en parte verdadero y en parte fingido—. Es necesario observar, sin embargo, que nadie en casa me prohibía ir a ver a Betta, y yo iba, y además le llevaba regalos a escondidas; cosas, claro, que robaba de casa. Estábamos de nuevo relativamente bien. El abuelo se había muerto; dos tíos habían emigrado a América, y los demás trabajábamos todos; y como yo no tenía otra compensación, me creía en el derecho de llevarme de casa alguna botella y alguna gallina. Así pensaba entonces, obcecado por el amor. Y Betta recibía los regalos sin cumplidos. Había nacido zíngara, y zíngara seguía siendo. Un día, le llevé una oca. Era el día de San Martín, y en esa ocasión todos deben comer oca. El marido, aunque fuera su santo, estaba fuera, con su metro en la mano, ¡pobre infeliz! Yo, para completar la fiesta, llevé además dos botellas de vino viejo. Hicimos una juerga en la cocina que había junto al tenducho. Hicimos una juerga —repitió, volviéndose de repente rojo, como si todavía estuviera invadido por el antiguo calor—, y luego sucedió el patatrac.
Aquí los muchachos se echaron a reír. Con la cara colorada también, los ojos, los dientes y los labios brillantes, recordaban a las hermosas granadas maduras cuando se abren en el árbol dorado y dejan ver las perlas granate de sus semillas. Reían también los niños, por reflejo de la alegría de los grandes; y una luz alegre aclaraba los ojos severos de la madre y los melancólicos de la esposa.
Sólo él, el viejo, no reía; es más: la hilaridad de los otros parecía ensombrecerle. Al cabo reanudó, un poco fastidiado y como cansado de hablar:
—A partir de aquel día me convertí en el amigo de Betta. A decir verdad, me avergonzaba de ello, y me daba lástima el pobre Martino; pero parecía que realmente la mujer me hubiese dado un filtro, y sin ella no podía vivir. Ella, por otra parte, me dejaba entender que había estado enamorada de mí desde niña, y que su verdadero marido era yo, fieles el uno al otro hasta la muerte, amén. Ahora bien: he aquí que una noche llego de improviso a su casa. El pobre Martino estaba fuera, con sus telas y su metro; y yo sabía que ella, si quería, podía recibirme impunemente. La ventana de la cocina está iluminada; yo llamo, y no recibo respuesta; llamo otra vez, y finalmente ella se digna abrir. La mesa está puesta para dos; y de la sartén, sobre el hogar, sale un buen olor de pollo asado. «Tal vez esta noche llega Martino —me dice ella, para explicarme aquellos preparativos—. Ya comprenderás que debo darle de comer al pobrecito». Y me acogió muy fríamente, como a un simple amigo de la familia, escuchando siempre por si se oían fuera los pasos del marido. Yo, sin embargo, me daba cuenta de la comedia, y pensaba que esperaba a otro; por tanto, no me movía, y ni siquiera me moví cuando alguien llamó a la puerta, y a las preguntas de ella: «¿Quién es, quién es?», respondió la voz de Martino. Pálida como una muerta, sin hablar, ella me cogió por un brazo, y, con gestos excitados, me obligó a entrar en un tabuco contiguo a la cocina. Luego cerró la puerta con llave. Aquél fue el momento más terrible y ridículo de mi vida. Desde entonces me hizo considerar a las mujeres como unos seres infernales. Porque, muchachos, al abrir la puerta, dentro del tabuco iluminado de improviso por la luz de la cocina, yo había visto a un hombre. Era el hombre con el que ella estaba en el momento de mi llegada y con el que tenía que cenar y pasar la noche. ¡Y si hubiera sido un hombre simplemente! Lo terrible era que iba enmascarado. Llevaba un largo capote negro, con capucha y un antifaz en la cara. Cuando yo le vi, tieso en un rincón, me pareció el Diablo; tanto, que la emoción y el terror, en el primer momento, me impidieron oír las mentiras con que la zíngara explicaba al marido los preparativos de la cena. Luego, poco a poco, me recobré, y explicándome a mi vez su actitud al recibirme, empecé a hacer las más amargas reflexiones sobre ella y sobre mí. Y experimentaba una especie de respeto y de miedo de aquel otro, que, sin duda, me había reconocido y se burlaba de mí. Pero al fin pensé: «Poco a poco con burlarse. Somos los dos los burlados, compadre, y nada me costaría echarme encima de ti y estrangularte». Sí, muchachos —dijo el tío Dionisio, levantando la voz, todavía indignada—: de tal manera se me subía la sangre a la cabeza, de dolor y de rabia, que, por vengarme, estuve a punto de agredir al hombre enmascarado. Y él debía de pensar lo mismo, porque de repente se me echó encima como un pajarraco de presa. Yo conseguí cogerle las manos, que todavía me parece sentir entre las mías, calientes como cuatro carbones encendidos. Betta, que debía de tener alerta sus finos oídos de raposa, tal vez oyó el ruido de nuestra silenciosa lucha, porque con su voz y sus palabras nos detuvo y salvó. «Martino mío —decía —, ¿dónde has puesto tu revólver?». «Lo llevo en el bolsillo —le dijo él, mientras se comía tranquilamente el pollo—. ¿Por qué?». «No, por nada; porque creía que lo habías olvidado en alguna parte». Él replicó algo que la hizo reír; luego se rio también él. Oímos el ruido de una botella al ser descorchada, y al fin aquel pobre marido dijo: «Esta noche sí que dormiremos bien, mujercita mía, que me tratas así». Nosotros, adentro, nos separamos. Estallábamos de ganas de reír; pero eran unas ganas amargas, os lo aseguro, muchachos, y no respiramos bien hasta que la zíngara, después de haber convencido al marido de que se fuera a la cama, abrió la puerta de la calle, y luego la de nuestra infame prisión, y, escondiéndose detrás de ésta, nos hizo salir, corridos como ovejas esquiladas. Eso me pareció mi rival: una oveja esquilada, cuando, por la calle, se quitó el antifaz y la capa. Era mi amigo, el tratante de escobas. Soplándose los dedos, dijo solamente estas palabras: «¡Y pensar que el pollo y la botella los había llevado yo!».