Ante el fuego

Trudi Birger · Capítulo 2 de 10

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Ante el fuego

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Abandonada a mí misma

 

Mi madre y yo avanzamos lentamente, paso a paso, en la larga e irregular fila de mujeres silenciosas. Esa mañana éramos dos criaturas solitarias entre cientos, quizá miles, de mujeres —¿cuántas otras habían exterminado ya hasta ese momento?—, en un campo raso y hostil, vestidas con ropa hecha jirones, ásperos chanclos de madera en los pies y con los rostros sin expresión debido al miedo. No se veía sonreír a nadie; ningún signo de reconocimiento, ningún gesto que nos diera ánimos, nada, excepto un miedo profundo y paralizador.

La mayoría de las mujeres miraban hacia la tierra batida bajo sus pies, pisada por masas anónimas de personas llevadas a aquel lugar antes que nosotras, seres humanos reducidos a objetos diminutos de miedo y resignación. Cada una de nosotras permanecía en esa fila, sin esperanza de ayuda, para conocer su destino, una sentencia que se haría efectiva inmediatamente —vida o muerte—. La guerra se prolongaba ya desde hacía mucho y sabíamos lo que nos esperaba de los nazis.

No todas las mujeres que habían venido con nosotras en el tren desde el gueto de Kowno nos resultaban extrañas, aunque estábamos junto a mujeres provenientes de toda Europa, separadas unas de otras por barreras lingüísticas —tampoco intentábamos en ningún momento hablar entre nosotras— y aisladas por el miedo.

No teníamos ni amigos ni parientes que pudieran ayudarnos. Sólo nosotras dos, mi madre y yo, estábamos todavía allí, agarradas la una a la otra. Mi padre y mi tío habían sido asesinados. Los padres de mi madre y su hermano superviviente decidieron esconderse en un búnker cuando los alemanes desalojaron el gueto de Kowno, con la esperanza de que llegaran los rusos antes de que los nazis descubrieran su refugio y los mataran. No sabíamos si seguían todavía vivos y, sólo años después, conoceríamos la terrible verdad. Nadie había realizado ningún esfuerzo por ayudarnos a comprender la situación, por explicarnos las reglas del juego. ¿Cómo podíamos saber cuál era la decisión correcta?

Estábamos obligadas a tomar decisiones, desde la más profunda ignorancia, que podían significar la vida o la muerte. Incluso yo, todavía una niña, ya había tenido que tomar ese tipo de decisiones incontable número de veces.

Tres días antes, en la estación de Kowno, habían reinado el pánico y la confusión más brutales. Una gran cantidad de soldados se habían encargado de que todo transcurriera muy rápido. No nos dieron tiempo para comprender nuestra situación o para despedirnos de nuestros seres queridos. Nos empujaron y nos separaron a la fuerza a unos de otros. Desde su punto de vista, podría decirse que todo estaba bien organizado. Sin ninguna advertencia previa, separaron a los hombres de las mujeres y nos obligaron a miles de nosotras a entrar en los trenes en un par de horas. Fue en ese momento cuando mamá y yo perdimos el contacto con mi hermano mayor, Manfred, poco antes de que abarrotaran los trenes con todas nosotras.

Los nazis nos habían obligado a abandonar el gueto de Kowno sin más pertenencia que la ropa que llevábamos puesta. Cuando llegamos al campo de concentración nos hicieron entrar en un hangar enorme, donde tuvimos que desnudarnos. Se llevaron nuestros vestidos y zapatos. Aunque estaban hechos jirones y mugrientos después de los tres años en el gueto, y su estado había empeorado durante el viaje en los vagones de ganado repletos de mujeres, por lo menos nos pertenecían. De aquello que en algún momento fue nuestro ya no nos quedaba nada, ni siquiera una sola de las escasas pertenencias que habíamos podido conservar durante el periodo en el que vivimos en el gueto, ni siquiera una horquilla para el pelo. Ahora llevábamos ásperos chanclos de madera y los vestidos de segunda, tercera o cuarta mano que nos habían dado los vigilantes, ropa civil con una estrella amarilla cosida por detrás; no eran uniformes a rayas como los que llevaban los presos polacos que no eran judíos, a los que podíamos ver al otro lado de la valla de alambre de espino, o como los de los criminales, que daban un miedo terrible y que ayudaban a los alemanes en el campo de concentración.

Era una mañana soleada y calurosa de julio de 1944. Habíamos pasado tres días prácticamente sin comer, encerradas en vagones de ganado herméticamente cerrados y repletos de mujeres. Pero, a pesar del hambre, del agotamiento físico y del miedo, a pesar de la humillación de estar desnudas y de recibir órdenes de kapos en uniforme con látigos amenazadores sobre nuestros costados, a pesar de todo esto, el sol y el aire fresco me transmitían un poco de energía. Yo era todavía una adolescente, delgada y sin desarrollar y, a pesar de todos los años de privaciones, no era tan fácil quitarme mi vitalidad juvenil.

En aquella fila densa de mujeres extrañas, en la que ninguna quería avanzar por miedo, nos dirigíamos despacio hacia un lugar en el que nos arrojarían de una incertidumbre a la siguiente. Las mujeres que estaban detrás de nosotras, empujadas desde atrás por los kapos con sus látigos y por los vigilantes situados con sus perros a lo largo de la valla de alambre de espino, nos hacían avanzar. En los límites del campo de concentración se elevaban de forma amenazadora hacia el sol altas torres de vigilancia, en las que hacían guardia soldados de las SS con ametralladoras.

Oía las voces de los vigilantes y los gruñidos de sus perros. Las mujeres se movían hacía adelante casi sin ruido; sólo se escuchaban gemidos, suspiros llenos de miedo, llantos, súplicas susurradas. El sol veraniego del norte relucía en los botones de los uniformes de los soldados y en sus armas, en las cañas brillantes de sus botas y en los broches de latón; se reflejaba en sus ojos, fijos en nosotras. Perros enormes tiraban violentamente de sus correas, echando espuma por la boca y arrufando la cara. ¿Podían olfatear nuestro miedo como lo olía yo, el amargo olor del sudor seco que se pegaba a nuestros cuerpos después de días sin poder lavarnos, el hedor a orina y excrementos que no podíamos limpiarnos, el aliento que olía a enfermedad, hambre, caries y miedo? Mi madre y yo nos agarramos mutuamente. Las mujeres, que no se conocían entre ellas, se apretaban las unas contra las otras para encontrar una protección ilusoria.

No quedaban muchas mujeres delante de nosotras para llegar hasta el médico encargado de la selección. Toda mi atención se centraba en él. En los próximos minutos decidiría mi destino. Era un hombre grande, guapo y rubio con uniforme de las SS. Estaba de pie, con orgullo, al final de la fila, y representaba el centro de aquel fragmento del universo. Observaba de forma crítica e impersonal a cada mujer que llegaba ante él y buscaba en ella deficiencias que la convirtieran en no apta para trabajar. Con escasos y fríos movimientos de manos, y casi sin hablar, enviaba a unas mujeres a la izquierda y a otras a la derecha. Entre nosotras no había ninguna que no supiera lo que esto significaba.

Estaba fascinada por aquel médico guapo y bien alimentado, por aquel hombre grande, bien cuidado y elegante. Su rostro era inteligente y reservado, no parecía malo. Quizá, pensaba yo, haga lo que espero si le sonrío amablemente. Mi madre y yo nos acercábamos cada vez más a él. En lo que a mí me afectaba, no estaba preocupaba por su decisión. Había aprendido a poner una cara alegre y a permanecer así, como sólo yo podía hacer, para mostrar que estaba llena de energía y de buena voluntad. Pero respecto a mi madre no estaba tan segura. Todavía no había cumplido los cuarenta años, pero nunca había sido una mujer especialmente vigorosa. De pequeña había tenido problemas de corazón, y mi padre siempre la había malacostumbrado. Hasta que nos hicieron abandonar nuestra casa y nos obligaron a vivir en el gueto, mi padre la había protegido de las duras realidades del mundo. Incluso en el gueto, mi padre siempre fue para mi madre un protector. Pero los nazis le habían asesinado, y mi madre había envejecido muchísimo desde aquella trágica pérdida, tan sólo un par de meses atrás. Por su apariencia, estaba más cerca de los sesenta que de los cuarenta. Tenía muchas arrugas y sus ojos no poseían ningún brillo. Además, el vestido que le habían dado en el almacén, un harapo negro y sin forma, no le daba un aspecto más joven. Ésa era mi madre, la que cuando yo era una niña se ponía sólo los vestidos más bonitos y cosidos a mano. Ahora parecía una pordiosera más.

Poco antes de que nos metieran en el tren en Kowno, nos habíamos hecho ilusiones. Los alemanes habían comenzado a evacuar el gueto. ¿Había todavía alguna oportunidad de que mejoraran las cosas? Los rusos no se encontraban muy lejos. Los alemanes estaban a punto de perder la guerra, aunque todo iba demasiado despacio. ¿Tenían quizá alguna razón para dejarnos con vida hasta el final de la guerra? Nadie nos había dicho qué iban a hacer con nosotros o qué podíamos esperar.

En pocos minutos habíamos perdido de nuevo todas las esperanzas. Nos metieron en vagones de ganado y los precintaron. En el interior reinaba una estrechez inhumana. Hacía demasiado calor y el aire estaba muy cargado. Las mujeres chillaban, respiraban con dificultad, se desmayaban. No nos dieron nada de comer, aunque había siempre agua, que bebíamos de unos depósitos oxidados. El viaje duró tres días, que se nos hicieron como tres años. Era un extraño viaje hacia la nada, a veces muy rápido, otras despacio, y de vez en cuando el tren se paraba. Parecía que los alemanes no sabían muy bien qué debían hacer con nosotras. Todo esto nos provocaba miedo, pero yo protegía a mi madre simulando optimismo.

Algunas veces abrían las puertas y los vigilantes se situaban a lo largo de todos los vagones. Por altavoz, nos avisaban repetidamente: “Se disparará a la que intente saltar del tren”. Oíamos disparos, pero no podíamos saber si realmente alguien había intentado huir del tren o si los vigilantes pretendían simplemente atemorizarnos. Nos insultaban una y otra vez y nos llamaban “cerdas asquerosas”.

Mientras continuaba el viaje, me iba acercando todo lo que podía hacia las puertas abiertas. A veces, cuando pasábamos por algún bosque, el tren iba más despacio. Los árboles estaban muy cerca de las vías del tren. Con audacia, se podía saltar del tren y desaparecer entre los árboles antes de que los vigilantes pudieran disparar. A través de las ramas veía casas. Quizá alguien que viviera en alguna de ellas se compadecería de nosotras. Los rusos estaban cada vez más cerca.

Me hallaba con mi madre junto a la puerta abierta.

—Saltemos —le susurré.

—No puedo —me dijo al oído—. Salta tú.

Tenía razón. Estaba demasiado débil para saltar. No tenía valor para huir hacia el bosque. No la podía abandonar y tampoco podía sacarla conmigo del tren. Entonces me juré que o seguiríamos con vida las dos o moriríamos juntas.

Me instó a saltar. Intentó incluso empujarme, pero no tenía suficientes fuerzas.

Cuando se paró el tren todavía no sabíamos dónde estábamos. Era Stutthof, en la costa del mar Báltico, no muy lejos de Gdansk. Los nazis ocultaban al mundo exterior que se trataba de un campo de concentración. Cuando llegamos, una pequeña orquesta de músicos no judíos con uniforme nos saludó en la explanada entre el muro gris de cemento del campo de concentración y la vía del tren. En un primer momento, sentí esperanza de nuevo de forma instintiva. Quizá se trataba de algún tipo de campo de tránsito, en el que podíamos esperar el final de la guerra y la liberación por parte de los rusos.

El campo estaba aislado. Lo bordeaba un muro de piedra alto, que disimulaba su auténtica finalidad. El paisaje alrededor era llano y arbolado. Los vigilantes nos empujaron a través de un pórtico gigantesco y comprendimos de inmediato dónde estábamos. Vimos la valla de alambre de espino electrificada y, al otro lado, a los criminales y a los presos políticos vestidos con uniformes a rayas. El campo de concentración tenía unas dimensiones tan grandes que no se podía abarcar con la mirada. Parecía extenderse hacia el infinito. Todas nuestras ilusiones se desvanecieron. De una chimenea alta salía humo. Imaginé que era una panadería o una fábrica. Todavía no había oído hablar de los hornos crematorios.

Masas de mujeres judías se amontonaban en la entrada y eran empujadas hacia un hangar inmenso en el que los kapos nos tatuaban números en el brazo. Las mujeres que nos vigilaban disfrutaban haciéndonos sufrir. Nos daban latigazos y nos pegaban de forma arbitraria, simplemente porque les divertía. Tuvimos que desnudarnos y ponernos la ropa que nos dieron. A mi madre le tocó un vestido negro sin forma y a mí una falda azul y una blusa roja.

Ahora estábamos las dos frente al médico. Su mirada atravesaba nuestros vestidos y buscaba nuestros puntos débiles. “La mujer mayor, hacia la izquierda. La joven, hacia la derecha”. Yo no me moví del sitio. Permanecí allí y observé exactamente hacia dónde llevaban a mi madre; a través de una puerta, hacia la otra parte de la valla, a unos barracones largos de madera no muy alejados. No me moví de donde estaba, pero los kapos me hicieron avanzar hacia un grupo de mujeres que estaban colocadas en filas de seis. Ésa era la formación para trabajar. De un momento a otro nos llevarían a realizar trabajos forzados. Yo no había estado totalmente sola nunca en toda mi vida. Las otras mujeres permanecían allí pasivas y esperaban resignadas lo que viniera. Pero yo no me podía conformar con lo que me estaba pasando.

Durante tres años, desde el verano de 1941 hasta el de 1944, había realizado trabajos forzados para los nazis, pero siempre tuve a mi madre a mi lado. Nos habíamos cuidado mutuamente, nos habíamos sacrificado la una por la otra, en el sentido literal de la palabra. Cada mañana a las siete nos colocábamos en una fila a la entrada del gueto y nos conducían desde allí a nuestro lugar de trabajo. Mi madre y yo habíamos trabajado casi todo el tiempo en el Kriegslazarett, un hospital militar en el que se cuidaba a los soldados alemanes heridos. Nuestro trabajo consistía en limpiar los cuartos de baño y todo lo más repugnante que podían encontrar para nosotras. Pero, por lo menos, habíamos estado la una junto a la otra. Mi madre había cuidado de mí.

Pero ahora no la necesitaba para que me cuidara. Sabía que eso tenía que hacerlo yo misma. Mi padre fue asesinado en una Aktion el 28 de marzo de 1944, el día de su cuarenta y siete cumpleaños, cuando los alemanes juntaron a todos los niños que todavía quedaban en el gueto y los mataron. Mi padre había intentado salvar a un grupo grande de niños escondiéndolos debajo del tejado de la casa del Comité Judío en el que trabajaba, pero los alemanes los descubrieron, los transportaron al fuerte número nueve, en una colina de la ciudad, y los mataron a todos, incluido mi padre, con ametralladoras. Lo que ocurrió lo supimos por varios testigos. Mi padre no tendría que haber muerto entonces. No tendría que haber emprendido el intento inútil de salvar a aquellos niños que ya estaban condenados a la muerte. Pero aquella forma de actuar era característica suya, siempre pensando, en primer lugar, en los demás.

Su muerte fue un golpe del que mi madre nunca más se recuperaría, pero yo me obligué, de alguna manera, a mantener la esperanza, aunque no hubiera ninguna esperanza. Hasta la muerte de mi padre, los dos se habían animado mutuamente y me habían ocultado sus miedos, me habían protegido de las escenas de horror en el gueto, en la medida en que les era posible. Hacíamos todo lo que podíamos para permanecer juntos y para mantener la esperanza de continuar con vida, todo ello en una situación en la que no había ninguna razón para creer que conseguiríamos sobrevivir. Después de la desaparición de mi padre, mi madre ya no pudo ocultar más su desesperación. Ahora tenía que ser yo la fuerte, era yo quien tenía que preocuparse de que mi madre comiera lo poco que había para comer, quien tenía que lograr que ella no se diera por vencida. Y tenía que hacer como si esperara un milagro: los rusos iban a llegar pronto y entonces los nazis huirían.

Desde mi puesto en la columna de mujeres destinadas a trabajos forzados, valoré con rapidez la situación. Detrás de mí llegaban más mujeres, relativamente jóvenes y fuertes. Delante de nosotras vi el pórtico principal del campo de concentración y un tren que estaba esperando para transportarnos. De un momento a otro nos harían franquear la puerta, subir al tren, y no volvería a ver a mi madre. Miraba permanentemente a través de la valla de alambre para ver hacia dónde se la habían llevado. Al otro lado de la valla, las mujeres no tenían que formar filas. Andaban errantes alrededor de los barracones, sin ser vigiladas por los kapos. La atención de éstos se centraba en el lugar donde el doctor guapo y rubio estaba seleccionando a las mujeres. Creí haber descubierto a mi madre con su vestido negro, haberla visto desaparecer tambaleándose en la esquina de un barracón. Era imposible, pero tenía que llegar hasta ella.

En el gueto siempre había sido una chica llena de recursos, y todavía me pregunto hoy día de dónde sacaba tanta imaginación. No era ninguna niña de la calle, acostumbrada a sobrevivir en un mundo hostil, obligada a defenderse permanentemente a sí misma porque estaba desatendida. Al contrario, había sido una niña malcriada. En Francfort, donde nací, tenía una niñera, una enfermera con su diploma que llevaba una cofia con una estrella de David roja en la parte delantera. ¡Qué ironía, cuando pienso en ello ahora! Nuestra niñera no judía había llevado con orgullo lo que se convirtió después en el símbolo de nuestra persecución. Atendía nuestras necesidades más pequeñas. Mi hermano y yo éramos de los niños mejor vestidos de la ciudad. Incluso después de que huyéramos de Francfort, pues mi padre ya no era tan rico como antes —aunque todavía disponía de unos ingresos adecuados —, crecí con todo el confort que podía permitirse.

Antes de la guerra, cuando vivíamos en el puerto de Memel, una ciudad en el mar Báltico al norte de Stutthof, llevaba a menudo vestidos de organdí y zapatos de charol cuando mi tía Tita me acompañaba a reuniones de té con baile. Me pedía un chocolate caliente y yo bailaba valses y tangos con los muchachos de doce años de edad. Conservo el recuerdo del chocolate caliente como un tesoro y soñaba noche tras noche con él. Me juré que lo primero que haría cuando terminara la guerra sería tomarme una taza de aquel delicioso chocolate caliente y cremoso.

Cuando pienso en todo esto quizá la metamorfosis que experimenté no fue tan sorprendente. Es verdad que disfruté de una educación privilegiada, pero mi padre nunca me permitió olvidar que los privilegios siempre van acompañados de responsabilidades. Los judíos alemanes son conocidos por su actitud rigurosa ante la vida, y nosotros éramos una familia ortodoxa, de forma que nuestra existencia se regía por deberes y obligaciones por partida doble. Debíamos ajustarnos a criterios morales estrictos, incluso aunque fuésemos ricos.

Aprendí rápidamente a desenvolverme en el gueto. Mis padres me cosían bolsillos secretos en la ropa y yo introducía de forma clandestina comida en el gueto para las personas mayores que no podían trabajar. Los vigilantes nazis nos controlaban en la entrada, pero yo me obligaba a mí misma a sonreír y a disimular mi miedo, y me dejaban pasar. Yo siempre estaba dispuesta a correr riesgos. Confiaba en mi suerte y en mi inteligencia.

Me gustaba encargarme de hacer cosas cuando tenía posibilidad de hacerlas. En el gueto, cuando todavía podíamos comprar comida, yo cocía pan para todos nuestros vecinos; para ello comprábamos un cubo de harina. Todo eso era posible al principio, cuando los judíos todavía podían comprar con dinero o cartillas de racionamiento.

Lo primero que hacía era dejar un poco de harina en remojo por la noche para obtener levadura. Después lo mezclaba todo y lo amasaba. En aquella época yo tenía trece años recién cumplidos y era pequeña para mi edad. Uno de nuestros vecinos decía: “Eres tan pequeña que tu brazo casi no llega hasta el fondo del cubo”. Pero yo me sentía orgullosa de cocer pan para todo el mundo. Había un horno antiguo en nuestra casa. Lo ponía en funcionamiento y cocía pan sin ayuda de nadie; salía rico. La gente me llamaba “la pequeña panadera”.

¿Cómo imaginarse entonces que dos años después, cuando la comida se convirtió en un bien escaso en el gueto, el pan de harina recién hecho supondría un manjar tan exquisito que algunas madres estaban dispuestas, desafiando el decoro y la estricta moral judía, a permitir que sus hijas se acostaran con los vigilantes nazis sólo a cambio de un trozo?

Otra vez conseguimos unas zanahorias y preparé una tarta de zanahoria. Me gusta esa imagen que tengo de mí misma, la de una pequeña muchachita rubia con los brazos enteros metidos en un cubo lleno de masa. Ésa fue la muchacha que sobrevivió a la guerra, no la pequeña niña mona con zapatos de charol y vestido de organdí que asistía a los bailes de salón en un elegante café de Memel.

Ahora habría de desenvolverme de nuevo con más audacia y determinación que en toda mi vida. Tenía que llegar hasta donde estaba mi madre a cualquier precio. Me di cuenta de que no muy lejos había una puerta sin vigilar en la valla de alambre electrificada. Comencé a separarme discretamente de mi fila de seis mujeres para deslizarme hasta la siguiente fila. Las otras mujeres permanecían pasivas, inmóviles, todavía afectadas por el viaje en el tren, por la conmoción de la llegada a Stutthof, por la peligrosa selección y por el alivio que sintieron cuando fueron asignadas hacia la derecha, el lado de la vida, —quizá también por la tristeza de la separación de sus seres queridos—. Con la ropa que llevábamos, nos parecíamos mucho unas a otras. Me deslicé de nuevo hasta la siguiente fila, en dirección a la puerta sin vigilar.

Los vigilantes notaron que había algo que no estaba en orden. En la fila que yo había abandonado había sólo cinco mujeres y en la que acababa de colocarme, siete, pero yo había avanzado ya cuatro o cinco filas hacia delante. Los vigilantes no sabían dónde tenían que buscarme. Ahora estaba ya junto a la puerta. Dios sabrá cómo supe inmediatamente por dónde podía pasar, por dónde tenía que tocar el picaporte para evitar la corriente eléctrica. Los vigilantes gritaban alrededor, daban órdenes para hacer un recuento, buscaban con la mirada a la persona desaparecida. Bajé el picaporte de la puerta y pasé al otro lado.

Ahora estaba en el lado de las almas condenadas. Los vigilantes, con perros, me vieron correr, pero no podían abrirse camino a través de la columna de mujeres para atraparme. Corrí lo más deprisa que pude hasta mezclarme entre un grupo de mujeres. Teníamos todas el mismo aspecto. Era imposible descubrirme para castigarme. Además, me encontraba en el lado en el que todas serían enviadas a la cámara de gas. Eso ya era suficiente castigo.

A ese lado de la verja, reservado a la muerte, dejaban a las presas andar de un lado para otro hasta que se realizara la selección diaria. Aquí no dominaba la estricta disciplina del otro lado, en el que las mujeres se tenían que alinear en filas para ser transportadas enseguida hacia el campo de trabajo. No había ningún interés especial por las mujeres situadas en el lado sin esperanza hasta el momento en el que se las matase; de vez en cuando, si tenían ganas, los kapos les pegaban. En la explanada había filas de barracones de madera lóbregos y sin revocar, en los que los nazis encerraban a las mujeres y casi las dejaban morir de hambre hasta enviarlas a la cámara de gas.

Había visto desaparecer a mi madre detrás de uno de aquellos barracones. Corrí hacía allí para buscarla. Casi no prestaba atención a las otras mujeres, salvo para asegurarme de que ninguna de ellas era mi madre. Cada una, de cientos y cientos de mujeres solitarias, agotadas, invadidas por una profunda tristeza, estaba en el camino hacia la muerte segura. ¿Cómo hubiera podido mirarlas? ¡Cuánto dolor inimaginable había allí! Yo las interpelaba, a una tras otra, escrutaba un rostro tras otro, pero descubría sólo vacío y terror, y no los bellos rasgos de mi madre. “Yo no soy tu madre”, me respondían algunas.

Cuando mi madre era joven le habían apodado “la bella Rosel”. Aunque no hacía mucho tiempo de aquello, era como si hubiese sido en otra vida. Antes de la guerra, siempre se había vestido con un gusto exquisito. Sus vestidos estaban todos hechos a medida, cosidos a mano, discretos pero elegantes y adornados con bordados. En aquellos días, tenía unos treinta años de edad. Su pelo, castaño, estaba siempre perfectamente peinado. El olor de su perfume fue el olor de mi infancia. Cuando tocaba el piano, sus delicadas manos eran la materialización de la ternura, del talento y de la perseverancia. Era una mujer culta, que había leído mucho, y que probablemente conocía la literatura y la música alemanas mejor que los brutales vigilantes “arios” de Stutthof. A pesar de su juventud, mi madre había sido una de las mujeres más eminentes de la comunidad ortodoxa de Francfort. Había fundado una guardería para niños pobres. Incluso en el gueto, ella consiguió conservar su encanto y dignidad.

Quizá encontrase a mi madre, pero nunca volvería a encontrar a la mujer de antaño. No podía creerlo, pero poco después la entreví entre todas aquellas almas perdidas. Justo en ese momento se estaba anudando un calcetín al cuello para estrangularse. No creí lo que estaban viendo mis ojos. Me precipité hacia ella y le grité: “¡Rosel, Mamá!”

Pero no respondió. Se quedó horrorizada cuando me vio. No quería reconocer en mí a su hija.

—¡Mamá! —le grité de nuevo.

—Yo no soy tu madre —me contestó.

Quería morir sola. Pero le quité el calcetín del cuello.

Finalmente, sin resistirse más a mi presencia, me habló en su modo antiguo, elegante y literario: “Mi niña, has llegado a perderte en el reino de la muerte”. Eso yo ya lo sabía, pero me resultaba indiferente. Sin ella, yo estaba muerta en cualquier caso.

“Si no podemos permanecer con vida las dos juntas, moriremos la una junto a la otra”, le dije. Me había hecho aquel juramento de forma definitiva en el tren hacia Stutthof.

Súbitamente, se me ocurrió una idea. ¿Por qué habían enviado a mi madre hacia la izquierda, hacia el lado de la muerte? Todavía no tenía cuarenta años y contaba con una salud aceptable. Era el vestido negro que llevaba, sin forma, el que le hacía parecer vieja.

“Intercambiemos nuestros vestidos”, le dije. Ella no comprendía. No se lo podía explicar. Había que hacerlo sin más. “Intercambiemos nuestros vestidos”. Rápidamente, me quité la falda azul y la blusa roja. Le hice quitarse el vestido negro y ponerse mi ropa, y yo me puse su vestido negro. Entonces retrocedí un paso y la miré de nuevo. Parecía diez años más joven. No obstante, sus mejillas estaban demasiado pálidas. Me humedecí con saliva un dedo, lo froté contra la estrella amarilla de mi vestido y extendí el color en sus mejillas. Una y otra vez, embadurné su rostro con color. Quizá fuese sólo el masaje y no el color de la estrella de tela, pero sus mejillas adquirieron un poco de color.

“Vamos”. No esperé su respuesta. No le expliqué mis intenciones, sin más la arrastré de la mano conmigo.

Si he de decir la verdad, no tenía ningún plan. Sólo sabía que, de una manera u otra, teníamos que volver a pasar a través de la valla a la otra parte del campo de concentración, abandonar a las mujeres destinadas a morir y llegar hasta aquellas que todavía tenían alguna esperanza de permanecer con vida. ¿Qué podíamos perder?

Llevé a mi madre de la mano hasta un barracón para poder observar discretamente lo que estaba pasando a nuestro alrededor. El proceso de selección seguía su curso igual que antes. Del hangar en el que se cambiaban de ropa las mujeres salían nuevas víctimas. Una larga fila era conducida hacia el médico alto y guapo, que daba su dictamen y las enviaba con escasos movimientos de manos hacia donde quería, mientras los vigilantes y los kapos empujaban a las mujeres hacia su destino. Los vigilantes mantenían bajo control a las mujeres seleccionadas para trabajar y se encargaban de que formaran filas ordenadas de seis en seis; pero no prestaban demasiada atención a las mujeres que estaban al otro lado de la valla, condenadas a morir. Nos daban la espalda, como si ya estuviéramos muertas.

De vez en cuando, empujaban a un gran grupo de mujeres a través de la puerta en dirección a los barracones de la muerte, apelotonándonos. Yo avancé con mi madre un poco, siempre cerca de otras mujeres para no llamar la atención. Nos acercamos hacia la valla de alambre de espino tanto como pudimos y yo esperé hasta que un nuevo grupo de mujeres fue empujado hacia nuestro lado a través de la valla. Comprobé que había una posibilidad de traspasar rápidamente la entrada y perderse entre la multitud de mujeres que todavía no habían pasado la selección, simplemente porque los nazis no se podrían imaginar que alguien pudiera querer repetir aquel proceso por voluntad propia. Una mujer de la fila que se dio cuenta de lo que había hecho por mi madre me llamó la “hija pródiga”. Sus palabras me hicieron ganar un poco más de confianza en el éxito de mi plan.

Enseguida un gran grupo de mujeres se agolpó en la puerta de paso. Me acerqué un poco más hacia allí y arrastré a mi madre conmigo.

—¿Hacia dónde me llevas? —me preguntó, casi con lágrimas en los ojos.

—Al otro lado.

—No, déjame quedarme aquí y morir. Ve tú sola allí.

Comenzó a separarse de mí, pero yo no solté su mano para impedir que se alejara. Mientras tanto, no perdía de vista lo que estaba pasando en el lugar donde se estaba realizando la selección. Los vigilantes estaban a punto de empujar a un gran grupo de mujeres hacia nuestro lado a través de la puerta de entrada.

—Tienes que venir conmigo. ¡Venga, ahora!

La arrastré hasta la puerta y, en la confusión que reinó mientras las mujeres que habían sido seleccionadas para morir eran empujadas a nuestro lado, conseguimos pasar rápidamente al otro sitio y mezclarnos entre las que todavía no tenían un destino asignado. Ahora ya no nos podían distinguir del resto de mujeres. Y como realmente no habíamos intentado huir, no había ninguna razón para perseguirnos.

Cada vez nos acercábamos más, por segunda vez, al médico. Como al resto de mujeres, nos latía el corazón de angustia. ¿Nos enviaría esta vez a las dos hacia la derecha, hacia el lado de la vida? ¿Nos reconocería y nos mataría allí mismo de un tiro? Puede ser que simplemente nos castigase enviándonos hacia la izquierda a las dos. Tenía una mirada muy penetrante. ¿Nos reconoció? ¿Se dio cuenta de lo que intentábamos hacer?

Es terrible que el propio destino de uno esté a merced del capricho de una única persona; pero eso ha ocurrido numerosas veces desde mi infancia, una y otra vez.

Cuando vivíamos en Francfort, los domingos, que era cuando libraban la niñera y la criada, los dedicábamos a estar en familia. Cuando hacía buen tiempo, papá nos llevaba siempre en nuestro resplandeciente Mercedes negro hasta Taunus, un lugar magnífico entre colinas, conocido por sus restaurantes, frecuentado cada fin de semana por la flor y nata de la burguesía de Francfort. Sin embargo, nosotros íbamos hasta allí de gira. Papá colocaba el coche siempre en un lugar con hierba suave y árboles que nos daban sombra. Mi madre extendía manteles de lino blanco sobre la hierba y nos sentábamos alrededor. Comíamos en platos de papel de excelente calidad que producía la fábrica de mi padre, y todo transcurría en un orden impecable. Mamá llevaba un vestido deportivo y zapatos planos; papá, un traje de verano y un sombrero inglés de fieltro, de color gris. Aunque era una gira, se esperaba de nosotros, los niños, que no nos ensuciáramos y que comiéramos de forma correcta.

Un domingo, para darme una alegría, mi padre me preguntó: “Trudi, ¿por qué camino te gustaría regresar con el coche?” Le pedí volver por la carretera más larga, que tenía vistas panorámicas, y se dejó guiar por mí. Poco después de haber pasado por una de mis granjas preferidas, con vacas bien cuidadas y limpias que pastaban en los prados, un camión lleno de soldados nos bloqueó el camino y nos ordenó detener nuestro Mercedes. Apuntándonos con sus armas, nos obligaron a bajar del coche. Todo esto debió de pasar poco después de que los nazis tomaran el poder; entonces yo tenía seis años.

Mi hermano y yo nos agarramos a la falda de mi madre, mientras escuchábamos cómo aquellos soldados arrogantes interrogaban a mi padre y le humillaban. Mi padre había dejado de ser un industrial prominente y respetado, un ciudadano de Francfort cultivado y refinado. Ahora era sólo un sucio judío, y cualquier palurdo uniformado le podía golpear e incluso matar si le venía en gana. Nos estaban apuntando con sus fusiles y uno de ellos gritó: “¡Matad inmediatamente a estos cerdos judíos! ¡Es una orden!” Yo estaba convencida de que dispararían.

Ya resonaban los disparos en mis oídos. Rompí a llorar y me aferré a mi madre. Papá avanzó un par de pasos hacia delante, para interponerse entre los soldados y su familia, como si su cuerpo pudiera protegernos de sus balas. Nosotros estábamos temblando de miedo, y aquellos soldados estaban disfrutando con el espectáculo. “Escuchad el gimoteo de estos asquerosos judíos”.

Finalmente, uno de ellos dijo: “Va, dejadles marchar”. Quizá fuese el sargento, no me acuerdo, pero todavía hoy día puedo imitar el tono exacto con el que pronunció aquellas palabras; no con compasión, sino con desprecio, como si no valiera la pena que desperdiciaran balas en matarnos. Los soldados se subieron al camión y se alejaron contentos, riéndose. Nunca olvidaré aquel momento. El alivio de haber salido con vida no podía borrar el horror de ser amenazados de muerte. Lo que pasó transformó mi vida para siempre.

Aquélla fue nuestra última gira a Taunus. El mundo seguro de mi infancia se descompuso con violencia. Y ésa fue sólo la primera vez de tantas otras en las que el capricho de un soldado era lo único que me separaba de la muerte. Todavía hoy día, cuando viajo en coche, si alguien me pregunta qué camino debe tomar no puedo responder. Me paralizo. Esa inocente pregunta me llena de terror. De repente, me convierto de nuevo en una niña pequeña y, si doy la respuesta equivocada, pienso que soldados nazis me estarán esperando detrás de la curva. Todo esto no es el recuerdo del miedo, sino el propio miedo ante un peligro, ubicuo, que me acecha cuando tomo una dirección equivocada.

Rozar la muerte bastaría para marcar a cualquier persona para el resto de su vida, pero ésta no fue más que la primera de las muchas vivencias de este tipo que siguieron. Cuando nos internaron en el gueto no pasó ni un día sin un peligro igual o peor. A cualquier soldado alemán que se encontrara con un judío por la calle se le podía ocurrir matarlo si le entraban ganas de hacerlo, lo cual pasaba con frecuencia. Tenían una cuota diaria de muertes arbitrarias. A menudo, había selecciones, registros y recuentos bajo cualquier pretexto que se le ocurriera a los nazis. Yo aprendí a sonreír amablemente a aquellos hombres uniformados que podían matarme sólo para agradarles y que me perdonaran la vida.

Ahora estábamos por segunda vez, de forma no oficial, en la fila. El médico me escrutaba minuciosamente. Le sonreí y le miré a los ojos para ver si me reconocía. Su mirada no delató nada. No manifestaba de ninguna manera que me hubiese visto antes. En cualquier caso, nosotras no contábamos como personas para él.

De nuevo me envió hacia la derecha; y esta vez también mandó a mi madre a las filas de las mujeres destinadas a los campos de trabajo. Yo había ganado. Mi madre estaba de nuevo junto a mí. Temblorosas, nos apretamos la una contra la otra en una fila de seis mujeres; ahora formábamos parte de una brigada de trabajadoras y no estábamos condenadas a una muerte inmediata.

Pero que nadie piense que estábamos locas de alegría; estábamos muertas de miedo.