Apuesta ganadora
Cap�tulo 4
Capítulo 4
—¿Juegas bien? —le preguntó Wesley a Dylan.
—Antes jugaba mucho al fútbol. Todavía puedo correr mucho —sonrió el detective.
Wesley valoró la situación rápidamente. No quería ir en el mismo equipo que Patrick, pero tampoco quería que su madre fuera con aquel hombre. Lo mejor era que su madre y él jugaran contra ellos.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer una sugerencia, Patrick se le adelantó.
—Vamos a darles una paliza, pequeño —dijo Patrick tomando la pelota y acercándose a él.
Wesley se sintió contrariado. Pero, en cuanto empezaron a jugar y los dos hombres se quitaron la camiseta que llevaban, vio que Patrick estaba en muy buena forma, y empezó a pensar que había elegido el compañero ideal para ganar.
Bronwyn sólo quería controlar la pelota y pasársela a Dylan, pero se cayó al suelo al lado de Patrick.
—¿Estás bien? —le preguntó él inclinándose sobre ella.
—Por supuesto —contestó Bronwyn.
¿Por qué estaba tan nerviosa?
¿Por qué sus manos se habían puesto a temblar al escuchar su nombre en labios de él?
Levantó la mirada y vio la barbilla de Patrick con el hoyuelo que siempre había tenido, sus pómulos prominentes como los de Viggo Mortensen y su cuerpo perfecto. Todavía estaba en buena forma.
—Creo que tengo que volver al trabajo —dijo ella mirando el reloj—.
Voy a ayudar a hacer la cena.
—Creía que trabajabas fregando los platos.
—Me han encontrado más ocupaciones.
Patrick le ofreció su mano para ayudarla a levantarse, pero ella simuló no darse cuenta.
Dylan estaba hablando con Wesley sobre el perro.
—No va a pasar nada raro mientras estés aquí, ¿verdad? —le preguntó Patrick—. Ya sabes a lo que me refiero.
—Pues, si te soy sincera, no tengo ni idea.
—A los caballos. Nadie los va a envenenar, ¿verdad?
Bronwyn se quedó mirándolo perpleja y, sin decir nada, se alejó hacia la cocina.
Tenía que decírselo a Louisa antes de que se enterara por Megan y su tía pensara que no podía confiar en él.
No quiso sacar el tema durante la cena, ya que Louisa invitó a Megan, a Dylan y a su hija Heidi. Afortunadamente, se fuero pronto para poder pasar tiempo con la pequeña, ya que al día siguiente tenía que volver a la escuela de Sidney donde estaba estudiando arte, la misma escuela en la que había estudiado Megan.
Encontró a Louisa en la caballeriza hablando con uno de los entrenadores sobre los ejercicios que había hecho Proposición Indecente aquella mañana. Patrick aprovechó para ver a su caballo, Segunda Oportunidad, y recordó los tiempos de la universidad en que había llevado a Bronwyn a casa de sus padres. Habían paseado a caballo por la playa, y aunque ella nunca había montado a caballo, había demostrado ser una verdadera atleta. Poco después, los padres de Patrick habían muerto en un accidente.
—¿Me estabas buscando? —le preguntó Louisa.
—Sí —contestó él—. Es sobre la nueva empleada, Bronwyn Davies —
empezó en el tono apresurado que utilizaba de pequeño con sus padres cuando se veía en la obligación de confesar alguna travesura.
—Sí, creo que esta mañana quisiste decirme algo.
Patrick volvió a maravillarse por los reflejos que aquella mujer tenía a sus ochenta años. A pesar del ataque al corazón que había tenido, seguía estando mentalmente mejor que cualquier anciano de los que la rodeaban.
Llevaba un bastón desde que había salido del hospital, pero Patrick sospechaba que lo utilizaba más como símbolo de autoridad que porque realmente lo necesitara para apoyarse.
—Es la viuda de Aristóteles Theodoros —dijo Patrick, lamentando
enseguida el haberlo dicho de una forma tan directa al recordar el débil estado del corazón de su tía.
—¿Y crees que no lo sabía ya?
—¿Cómo?
—La he visto en recepciones y fiestas durante años. Además, Megan me ha contado que te dejo para casarse con Ari hace años. Patrick, espero que no le guardes rencor todavía. Sería un comportamiento infantil en alguien como tú.
—¿Megan te lo ha dicho? —preguntó Patrick desconcertado—.
¿Cuándo?
—Hace varias semanas. Estuvimos hablando de ti, de que eres un soltero empedernido, de tus dudas sobre Dylan… Salió el tema y ella me lo contó sin ninguna mala intención. Sólo me dijo que creía que, desde entonces, recelabas de todas las mujeres.
—¿Te dijo eso?
—Yo le respondí que te consideraba lo suficientemente inteligente y maduro como para no culpar a todo el sexo femenino por un desengaño.
—Me alegro, porque así es —dijo Patrick.
No había sido ningún monje. Había salido con multitud de mujeres y hasta tenido un par de novias serias, aunque no había querido casarse con ninguna de ellas. Una cosa sí tenía clara. Cuando volviera a pedirle a una mujer que se casara con él, lo haría conociendo su respuesta por adelantado.
—¿No ves, de todas formas, un poco raro que se haya presentado aquí de repente? —le preguntó Patrick a Louisa—. Ella afirma que sabía perfectamente que yo estaba aquí.
—¿En serio? —preguntó Louisa, vagamente interesada—. Me gusta mucho su hijo. De hecho, creo que deberías enseñarle a montar a caballo poco a poco. Dale a Campero, ya es un poco mayor, es tranquilo y no le hará nada.
—¿Crees que me sobra el tiempo para hacer de niñera?
—Creo que eres el hombre adecuado para pasar tiempo con un chico que echa mucho de menos a su padre y que necesita tener una figura masculina a su lado.
—¿Tienes algún otro motivo para pedirme esto, Louisa?
—¿Como cual?
—Como intentar que Bronwyn y yo volvamos a salir juntos.
—¿Crees que me sobra el tiempo como para dedicarme, además, a hacer de casamentera? Tu vida amorosa no es asunto mío, Patrick. Me gusta Wesley Theodoros, y creo que hay pocas cosas más importantes en este mundo que educar a un niño.
Eran unas palabras sorprendentes en boca de aquella anciana. También demostraba su emoción y su vehemencia al hablar de Heidi. Louisa quería tanto a sus caballos que era fácil olvidarse de que también podía amar a un ser humano.
—¿Tengo que tomármelo como una orden? —preguntó Patrick.
—No —contestó Louisa—. Es sólo una petición.
Y, sin decir nada más, salió de la caballeriza golpeando el suelo con su bastón.
A Bronwyn empezaba a gustarle trabajar en la cocina. Marie, Helena y Howard le habían dado la bienvenida en su círculo con hospitalidad y cariño, y todos habían empezado a hacer yoga en el salón de la casa de ella.
Ninguno había tenido el valor de pedirle a Louisa un lugar para hacerlo, aunque todos creían que la gran señora no habría puesto el mayor inconveniente si lo hubieran intentado.
En su cuarta noche en el rancho Fairchild, después de acostar a Wesley y de que Beckham se recostara a los pies de la cama, Bronwyn salió al porche y se puso a hacer cuentas.
¿Cuánto dinero podía ahorrar? ¿Podía permitirse soñar con una casa propia para ella y para su hijo? ¿Había alguna posibilidad de que pudiera terminar sus estudios?
Plantearse aquellas cuestiones le permitió dejar de pensar en los dos asuntos que martilleaban su cabeza todas horas.
El primero era el si debía decirle la verdad a Patrick sobre Wesley. Los recuerdos que tenía de él eran agradables, pero no podía permitir que su hijo se convirtiera en una pieza de ajedrez entre ellos dos.
El segundo asunto era Ari.
Bronwyn lo había amado, había estado enamorada de él, pero descubrir
la verdad sobre su vida, sobre lo que en verdad había hecho durante todos aquellos años, había vuelto su mundo y sus sentimientos del revés.
Después de darle vueltas a las cuentas, Bronwyn hizo planes para ir al colegio más cercano con el objetivo de apuntar a Wesley. Mientras tanto, Louisa le había dicho a Wesley que quería que aprendiera a montar a caballo.
¡Y era Patrick quien le iba a enseñar!
Un ruido captó su atención. Intentó mirar entre la oscuridad y vio la silueta de un hombre.
Era Patrick.
Llevaba una azada en la mano y ropa de trabajo, como si hubiera estado haciendo algo en la pradera cercana a los bungalows.
—¿Todavía estás despierta?
—Sí.
—El trabajo duro es bueno. Así puedes ver cómo vive la otra mitad del mundo.
—Nunca lo he olvidado —dijo Bronwyn, recordando la frase que tantas veces él le había dicho en la universidad—. Si te acuerdas, yo servía mesas mientras tú estudiabas las guerras napoleónicas y la antigua Grecia. Luego, mientras tú te ibas de copas con tus amigos, yo seguía sirviendo mesas.
«No debería hablarle así al sobrino de la jefa», pensó Bronwyn. «Estoy poniendo en peligro mi trabajo».
—Lo siento. Patrick. Ha sido un día muy largo. Olvida lo que he dicho.
Patrick la miró como si no le bastara con esa disculpa.
—Es evidente que, con el tiempo, te has vuelto un hombre muy trabajador y práctico. Supongo que el hecho de que te rechazara te ha sentado muy bien.
—¿A qué te refieres?
—Pareces satisfecho con tu vida —respondió Bronwyn, intentando poner fin a aquella conversación cuanto antes.
—Lo que me ha sentado bien ha sido el trabajo —dijo, apoyándose en la azada—. Descubrí lo que realmente quería en una mujer.
—¿Y qué es? —preguntó ella, oyendo unos ladridos dentro de la casa.
—Una persona que no quiera depender de mí.
—Ya te he dicho que no…
Un grito procedente del interior de su casa la dejó con la palabra en la boca.
Corrió a toda velocidad y entró en la habitación de su hijo.
La luz de la mesilla de noche estaba encendida, Wesley estaba de pie en la cama. En el suelo, Beckham ladraba y le enseñaba los dientes a una serpiente.
Helena, que se había levantado y había entrado en la casa, gritó detrás de ella.
Entonces, casi sin darse cuenta, alguien atacó a la serpiente y la cortó por la mitad.
—Gracias, Dios mío… —murmuró Bronwyn, viendo a Patrick con la azada en la mano.
Marie, que también había acudido por los gritos, coreo las palabras de Bronwyn.
Wesley bajó de la cama y tomó al perro.
—¡Buen chico! —exclamó mirando a su madre—. La serpiente no lo mordió, mamá. Él me defendió, se enfrentó a ella.
Patrick tomó los dos extremos de la serpiente y los llevó fuera, mientras Helena y Marie regresaban a su casa.
—Dios mío… —dijo Bronwyn acostando a su hijo en la cama, temblando todavía de la impresión.
—Beckham lo ha hecho muy bien —dijo Patrick, entrando de nuevo en la habitación—. Ha sido tan valiente como Rikki-Tikki-Tavi.
—¿Y quién es Rikki-Tikki-Tavi? —preguntó Wesley, mirando el lugar donde había muerto la serpiente.
—¿No has oído hablar de Rikki-Tikki-Tavi? —le preguntó Patrick, abriendo los ojos—. Era mi historia favorita cuando era niño. Yo también tenía mucho miedo de las serpientes.
Patrick prefirió no decir que había sido una serpiente la que había matado a uno de sus perros. Al matar a la que había amenazado a Wesley, en cierto modo, se había vengado por la muerte de su viejo labrador.
—Rikki-Tikki-Tavi era una mangosta de la India.
—¿Qué es una mangosta? —preguntó Wesley, emocionado al tiempo
que Beckham se subía a la cama con él.
Bronwyn lo miró, pero Wesley la ignoró, y ella no quiso insistir. Le había dicho a su hijo que no quería que el perro se subiera a la cama, pero después de aquel acto de valor, no podía llevarle la contraria.
—Mamá, él me dijo que la serpiente estaba aquí —dijo el pequeño—.
Empezó a ladrar y yo pude subirme a la cama para que no me mordiera.
Quise poner a salvo también a Beckham, pero tenía miedo.
—Fuiste muy valiente y muy listo —dijo Patrick.
Bronwyn se emocionó al escuchar aquellas palabras en labios de Patrick, el verdadero padre de Wesley.
—¿Qué es una mangosta? —repitió Wesley.
—Si quieres, mañana puedes venir a mi despacho y lo miramos juntos en Internet, porque ahora mismo no lo recuerdo muy bien, y podría equivocarme.
«Podría equivocarme», repitió Bronwyn para sí. No recordaba haberle escuchado nada parecido a Ari en toda su vida.
—¿Te gustaría? —le propuso Patrick.
—¡Sí! —respondió Wesley—. ¿Tú sabes quién es Rikki-Tikki-Tavi, mamá?
—Claro —respondió ella—. Pero no me acuerdo bien de la historia.
—Yo tampoco, pero la miraremos juntos —dijo Patrick—. La historia de Rikki-Tikki-Tavi la escribió un escritor llamado Rudyard Kipling.
—¡El libro de la selva! —exclamó Wesley.
—Muy bien —dijo Patrick—. Pues, como iba diciendo, Rikki-Tikki-Tavi era una mangosta y vivía en la India.
Bronwyn estaba impresionada por la facilidad de Patrick para contar la historia. Se recostó en la cama junto a su hijo y se dejó llevar por el relato.
Patrick emulaba con la voz a todo tipo de animales, a las serpientes, a los tigres, a los monos…
Estaba cautivada por su dulce voz. Empezó a recordar lo que aquella voz le había hecho sentir en el pasado, siempre que no decía cosas como:
«No estoy seguro de lo que voy a hacer en el futuro…», «tal vez escribir un libro…»
Había sido tan poco realista…
Era evidente que la vida le había enseñado mucho, ya no era un romántico con demasiados sueños en la cabeza y pocos planes reales.
Cuando la historia acabó, Wesley se incorporó en la cama.
—Quiero ver cómo es una mangosta —dijo—. ¿Por qué no hay mangostas en Australia?
—¿Sabes? —respondió Patrick—. Yo me pasé toda mi infancia haciéndome la misma pregunta que tú. Odio a las serpientes.
—Tú mataste a la serpiente, y era muy grande —dijo el pequeño—. A mí me dio mucho miedo.
—No te preocupes, ya verás como no vuelves a ver ninguna más —dijo Patrick—. Nunca habían aparecido por aquí. ¿Sabes que hace poco hubo un gran incendio? Es posible que la serpiente tuviera que irse de su casa y que por eso haya llegado hasta aquí.
—Entonces, es posible que haya más por los alrededores, ¿no? —
preguntó Wesley.
—Tienes razón. Si te parece, voy a dar una vuelta por los alrededores para asegurarme de que no haya más.
—Sí, por favor… Muchas gracias, señor.
—Por cierto, Louisa me ha pedido que te pregunte si te gustaría montar a caballo —dijo Patrick.
—Eso es muy generoso por su parte —dijo Bronwyn—, pero tiene que empezar a ir al colegio.
—Será sólo un rato de vez en cuando —dijo Patrick—. Por cierto,
¿cómo piensas ir hasta allí?
Bronwyn ya lo había consultado con sus compañeras, que le habían sugerido que esperara a que alguno de los empleados del rancho se desplazara hasta allí para pedirle que los llevara.
Se lo dijo a Patrick.
—Podrías estar esperando todo el día —comentó él—. Te propongo otra cosa. Yo os llevaré mañana en mi coche. Luego regresaremos e iremos a montar a caballo.
Bronwyn no estaba muy segura de cómo interpretar aquella repentina muestra de interés de Patrick hacia su hijo, el hijo de ambos. Hacía menos de tina hora, él le había hablado de lo que el rechazo de ella le había hecho,
de lo que había buscado desde entonces en una mujer, en un tono que había dejado claro que no la consideraba entre las candidatas.
Sin embargo, Patrick se estaba portando muy bien con Wesley.
—Si tienes miedo, avísame —dijo Bronwyn arropando a su hijo.
—No lo tengo —dijo Wesley, que no quería parecer asustado delante de Patrick.
Cuando salieron de la habitación y cerraron la puerta. Bronwyn acompañó a Patrick hasta el porche.
—Bronwyn, ¿tienes miedo? —le preguntó él.
—Sí, pero, al menos, ahora confío en el perro —contestó ella sonriendo
—. Muchas gracias por lo que has hecho. ¿En serio odias tanto a las serpientes?
—Cuando era pequeño, una serpiente mató a mi perro.
—Nunca me lo habías contado.
—No es algo que me guste recordar. En cualquier caso, yo también confío en Beckham. Por no mencionar a Wesley. Siento haber sugerido que tu intención al venir aquí era vivir de mí o algo parecido. Pero, sigo sin saber la verdad. ¿Por qué estás aquí, Bronwyn?
¿Había llegado el momento? ¿Debería arriesgarse?
—Me gustaría mucho decírtelo, pero creo que ahora no es el mejor momento —dijo ella—. ¿Te importa esperar hasta…? Ahora mismo he conseguido una oportunidad para empezar de nuevo. El jefe de la cocina está interesado en mis conocimientos sobre nutrición. Marie y yo tenemos algunas ideas sobre platos que le podrían servir a Louisa a reponerse más rápidamente de su ataque al corazón. Y, además, hemos empezado a hacer ejercicio para ponernos en forma, y es muy divertido.
—Nunca terminaste la carrera, ¿verdad? —preguntó Patrick, que sabía la respuesta pero quería conocer los sentimientos de Bronwyn al respecto.
—No —contestó ella—. Me hubiera gustado mucho, pero Ari insistió en que no era buena idea, que no era necesario.
—¿Cómo lo estás llevando?
—Intento no pensar en ello —dijo Bronwyn—. Nunca supe nada acerca de… Bueno, ya sabes, todos sus asuntos ilegales. No lo supe hasta que lo arrestaron. Al principio, me negué a creerlo. Después, me sentí como una
verdadera estúpida. Pero nunca he dejado de verlo como a una persona que significó mucho para mí. Nunca podré verlo como a un monstruo. No puedo odiarlo, porque lo amé de verdad. Lo único que pasa es que resultó que no era la persona que yo creía que era.
Patrick estaba conmovido por la confesión que Bronwyn le estaba haciendo. Le recordó a la antigua Bronwyn, a la chica que veía la vida llena de personas que actuaban basándose en motivaciones no siempre fáciles de entender.
Por un momento, pareció que le estaba hablando como a un amigo, algo a lo que Patrick no estaba acostumbrado. Las mujeres nunca querían entablar una amistad con él, sólo casarse para tener la vida resuelta.
Bronwyn nunca había sido así. Nunca había tenido reparos en mostrar sus verdaderas opiniones y sentimientos.
Había llegado el momento de marcharse. Una cosa era hablar con Bronwyn amigablemente, apoyar a su hijo, darle clases de equitación por petición de Louisa, matar a una serpiente, llevarlos en coche al colegio…
Pero pasar tanto tiempo con Bronwyn… Seguía siendo la representación de la belleza femenina. Todo en ella era asombroso. Incluso allí, en medio de la oscuridad, su rostro era la encarnación de la perfección.
Si seguía un minuto más allí, iba a correr el riesgo de querer tocarla.
—Bueno, buenas noches —dijo de una forma un poco violenta, y se fue sin mirar atrás.
Mientras regresaba a la casa, se dio cuenta de la facilidad con que había evitado explicar por qué estaba en el rancho Fairchild. A pesar de todo lo que había sucedido, Patrick seguía pensando que, de una manera o de otra, tenía algo que ver con el dinero.
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