Aquí, Borya

Alberto Lati · Capítulo 5 de 32

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Aquí, Borya

Cap�tulo 5

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“Yo era Jessy Aguirre… Pero el third, porque hubo un Jessy Aguirre Senior, otro Junior y luego ese que era yo…”, relataba Absalón con tono jocoso mientras cruzábamos un interminable desierto e intentaba ordenar mi cabeza en esa carretera. “Pero más importante que ser el tercero, era pronunciarlo Aguayer… Jessy Aguayer. Segurito, clavado a los ojos. Ya luego fui Goriot Ángel (en inglés, Gou-raiot Einyel), Artemio Jefferson, Raven Archimboldi y no sé cuántos nombres más que costaban de a dos mil dollars. Me aprendí dónde estudió cada uno, número de Social Security, en qué hospital nacieron y todavía te puedo decir…”.

El discurso fue interrumpido por la sirena de una patrulla fronteriza.

Con la experiencia que da haber sido deportado tres veces, pero haber burlado la deportación al menos otras veinte, Absalón se identificó como Fileas Menard, lo que resultó mucho más convincente para el agente que lo que yo tenía que decir: que iba a un lugar de Arizona a desenterrar un libro.

¿Qué libro? Uno jamás leído.

Ya habían sido muchos kilómetros de aleccionamiento de Absalón-Jessy-Goriot-Artemio-Raven-Fileas: “Mejor dile que vendes hierba, que traficas riñones o que eres talibán, pero no chingues… Esa historia está peor que la de mi compadre que cruzó en Juárez con pasaporte ruso… Desde entonces le decimos el Rodión Románovich, que era su nombre comprado… ¡Quién le iba a creer al pinche Genaro!”.

Poner cara de turista me fue fácil, sobre todo al enseñar mi inofensiva cámara de fotos, y el policía se tragó aquello de que iba a Columbus para conocer el sitio atacado por Pancho Villa en 1916, aunque, al no haber escuchado ni de la existencia de Villa ni de un ataque a Estados Unidos que

no fuera el de las Torres Gemelas, tomó agobiadas notas y pasó reporte de que un Pancho planeaba atacar a su patria. Pronto retomamos camino por la avenida Porfirio Díaz, perdiéndonos en la aridez y en los mil nombres de Absalón que al inicio de la caída del sol se ponía solemne y admitía ser en realidad Dante.

La recta parecía interminable y daba tentación rebasar la velocidad límite, generosa para el resto de Estados Unidos, de setenta y cinco millas por horas. Apenas vimos coches en cualquier dirección, anunciados desde lejos por la polvareda que les precedía. El pesado sol hacía muy molestas las manchas de insectos muertos apiñadas contra el parabrisas. Me preocupaba llegar con al menos media hora de luz, pero Jessy me tranquilizaba: “si no se nos poncha una llanta o nos cacha la migra, tú no tienes que preocupar”.

Y no mintió, pero el problema surgió una vez que llegamos a la dirección acordada. Cavé varios metros a la redonda y no encontré nada; rabiosamente removí piedras y desenterré un cactus; en mi torpeza rompí la pala y dejé media uña; cotejé con otro mapa y giré grotescamente cual brújula, con la espalda, porque tenía engarrotado el cuello; caí en súbita euforia cuando sentí rascar la carátula de un tomo de pasta dura, sólo para cotejar que se trataba de un lagarto. Nada. Ninguna página del presuntamente jamás leído Adentro del sol que me habían ofrecido. Ni siquiera hubo explicación en la asfixiante tortillería vecina, donde recité la contraseña convenida para cualquier eventualidad. “Hojas sin ojos”, murmuré, y al hacerlo ya sabía que me veía ridículo. “Hojas sin ojos”, cuna de este desastre, origen de esta humillación.

Mi antología seguía trabada en el primer renglón y ex Jessy Aguirre, con esa capacidad para consolar que tienen quienes más han sufrido, me animaba entre taco de aire y taco de aire.

El nombre es lo de menos. Lo demás, también.

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