Aquí París

Pío Baroja · Capítulo 31 de 33

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Aquí París

Capítulo XXII

En París ahora no pasa nada, hay una perfecta tranquilidad, no hace mucho frío, aunque deben de estar al caer las temperaturas de bajo cero.

Como en casa del doctor Marañón todas las semanas los martes. Se come bien y se habla de temas que a uno le interesan y le afectan. Es un hombre de temple, que cuenta siempre cosas interesantes, como recuerdos de sus excursiones por tierras americanas. Él está ya de vuelta de donde habría yo podido ir, pero a él no le detiene la necesidad de hablar en público, es su arte y su costumbre, y a mí me gusta hablar, sí, pero en una tertulia de amigos, no ante un auditorio numeroso y desconocido.

También me invitan algunas otras personas. El otro día, creo que era un viernes, fuimos al restaurante de La Tour d’Argent con un diplomático. El almuerzo, al que no asistían más que el anfitrión, dos invitados y yo, costó, por lo que pude ver, ochocientos francos. ¡A doscientos por cabeza, mejor dicho, por estómago! ¡Y nosotros, que comíamos en la Ciudad Universitaria por siete u ocho francos cada comida! Parece que el restaurante universitario se ha cerrado. Evidentemente, resultaba más que difícil el que pudiera resistir abierto con tales precios.

Al pasar por la calle Vaneau y mirar escaparates de tiendas de antigüedades, recuerdo los versos de un poeta moderno:

J’aime les eventails fanés Dont le lointain passé chagrine; Dans le tombeau de leur vitrine Ils dorment, les abandonnés!

El decadentismo de final del siglo XIX tenía cierta ligera defensa. El decadentismo de esa época quería encontrar en las manifestaciones enfermizas de la literatura y del arte, formas llenas de gracia y de encanto. Y en este sentido tenían razón. Es evidente que Verlaine y Laforgue tenían más gracia y encanto en sus canciones que Víctor Hugo.

Lo mismo pasaba en otras artes. Degas, Gauguin, Sisley y Van Gogh eran más atrayentes que Ingres o que Delaroche.

Un día de la primavera del año 40 acudimos hasta doce personas al restaurante Zatoste, invitadas por Ortiz Echagüe. El restaurante está cerca de la avenida de la Opera, y en aquel tiempo era muy frecuentado. Yo entonces comía normalmente en mi hotelito de la calle de Clement Marot.

Además del anfitrión, figuraban en esa comida el diplomático Loncán, el periodista Méndez Calzada y los escritores franceses Benjamín Crémieux y Leon Paul Fargue.

Al salir de esa comida, en un café, nos encontramos con Chaves Nogales y la Argentinita.

Como de ordinario, en esa clase de comidas están presentes algunas damas españolas del teatro o bailarinas.

Entre estas últimas había una andaluza, morena y agitanada, que solía expresarse con gran acompañamiento de gestos. Otra cuyas facciones, a primera vista sorprendían por su perfección, aunque miradas con más detenimiento se revelaban vulgares; ésta encubría su nombre familiar con uno de guerra. Otra era rubia, pequeña, pero muy bonita, de carácter atrevido y audaz, siempre metida en aventuras, a la que llamaban Lulú, aunque probablemente no era ese su nombre; otra pequeña también morena y de ojos claros y brillantes, muy expresivos. Raquel, mujer casada, aunque ya para entonces separada del marido, con el que se había entendido; se dedicaba a negocios no muy claros, que debían procurarle dinero en abundancia.

Encarnación López, a la que vimos después, la Argentinita, era esbelta y de cara muy correcta, pero ya no era joven. A algunas de aquellas comidas solía asistir también, aunque esa noche no estuviese, una mujer de tipo griego, sobre todo cuando permanecía seria y silenciosa, con un rostro dominado por una expresión melancólica.

Entre aquellas mujeres reunidas al azar no había simpatías, cada una marchaba por su camino y tenían que defender su vida a su manera. Entre ellas había entusiastas de Hitler, que con cierta imprudencia, no se recataban en expresar sus simpatías.

Nadie habría sido capaz esa noche de presentir la mala partida que el destino preparaba para la mayoría de las personas que se habían reunido a pasar unas horas de distracción y amenidad. Todos estábamos alegres y, sin embargo, la muerte rondaba el grupo y elegía sus víctimas.

No mucho tiempo después, el balance de aquella noche no podría haberse imaginado más catastrófico. De las personas que cenamos juntas, tres de los hombres y una de las mujeres se habían suicidado, dos de ellos muertos por enfermedad y un tercero, en un campo de concentración.

De las mujeres, una tomó una gran dosis de un narcótico para suprimirse y dos habían desaparecido.

El escritor Benjamín Crémieux, judío, quiso hacer una manifestación contra los alemanes, le hirieron, fue trasladado a un campo de concentración, y allí encontró la muerte. El poeta Fargue murió también en París, sin duda al liquidar la enfermedad que ya llevaba en su cuerpo cuando le conocimos.

Chaves Nogales moriría de una manera rápida, de un ataque al corazón y la Argentinita desaparecería del mundo de los vivos en Nueva York, a consecuencia de una operación quirúrgica.

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XXIII

A mí me importa poco que los demás hagan lo que les parezca y que tengan éxito. Ese señor es un historiador de Derecho, el otro es un abogado elocuente, el de más allá es un economista… Bien. A mí no me produce ninguna molestia el que tengan todos ellos popularidad y el que la gente se ocupe más o menos de sus actuaciones profesionales. Tampoco me molesta la fama del dramaturgo, del novelista, del erudito o del sainetero.

Esa envidia proteica de los meridionales yo no la siento, afortunadamente para mí, pues la envidia debe ser algo que impide al que la tiene vivir tranquilo. Supongo que se debe ser muy desgraciado teniéndola.

Un anochecer en París, entre el año 39 y el 40, estaba yo cenando en el restaurante Zatoste con cuatro o cinco periodistas, y el mismo número de mujeres guapas y bien vestidas, una de ellas peliculera.

En esto pasaron en grupo cinco o seis españoles, casi todos ellos diputados socialistas. Me miraron a mí de un modo rencoroso y torvo, y se sentaron en una mesa próxima que estaba vacía. Alguna gente hubiera pensado que aquel grupo me miraba a mí con antipatía marcada porque yo tenía más dinero que ellos. Pero no había tal. Yo no contaba más que con lo imprescindible para vivir con escasez, pero en el grupo de los socialistas se notaba la antipatía por mí.

A ese banquete yo iba convidado. Hablaba medianamente el francés, ahora empiezo a olvidarlo.

Contaba algunas historias cómicas de la vida cotidiana mía, y las muchachas que cenaban con nosotros se reían. Yo notaba en el grupo socialista una antipatía manifiesta.

–Este hombre charla, se divierte y le oyen -seguramente pensaban-. No tiene veinte francos en el bolsillo, pero habla y le escuchan. Si nosotros diéramos un mitin él no iría. ¡Qué Desfachatez! ¡Qué cinismo!

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XXIV

Daba la ciudad una impresión grave y tranquila. De no ser por los vehículos que pasaban, que tampoco eran muchos, el silencio más absoluto habría reinado en su ámbito. Por aquella quietud de la circulación y por la falta de concurrencia, se veía mucho mejor que de ordinario todo lo grande, monumental y suntuosa que resultaba la mayor parte de las avenidas de la ciudad. Se revelaba en los técnicos municipales de París el propósito, logrado, de hacer de la urbe un motivo de atracción universal, una obra de arte.

Entre la gente de la calle apenas si se veía algún niño. No había sino viejos, mozalbetes y mujeres. Pero todo el mundo parecía tranquilo, sin advertirse el menor rasgo de excitación. No había riñas, ni disputas, por ninguna parte altercados, ni discusiones. Un ambiente de paz…, aunque fuese de paz en guerra. Los franceses habían cambiado. ¿En bueno o en malo? No se sabía.

Aquella actitud callejera nos sorprendía al acompañante y a mí, sobre todo, porque él había supuesto, cuando pensaba en que la guerra podría estallar de un momento a otro, que, llegado el caso, en París se reproduciría inmediatamente una exaltación, un cúmulo de nerviosidades y de agitaciones, una atmósfera similar a la que él había leído en todas las historias de la Revolución del 93, cuando al calor del suceso memorable las calles se habían llenado de oradores, surgían discusiones apasionadas e iracundas en cada esquina, y por todas partes sonaban cánticos de frenesí y de entusiasmo, un clamoreo y una conmoción que a todos transportaba en alas del ímpetu estimulante y ardoroso de la Marsellesa.

Confiaban algunos en que iban a presenciar la escenificación de « Allons, enfants de la patrie». Pero no había nada que se le pareciese, ni aun de lejos. Se había declarado la guerra, y de lo que en la imaginación de mi

compañero había tomado cuerpo, evocando recuerdos de viejas lecturas, pasajes de epopeyas desaparecidas, nada de aquello sucedía. La gente marchaba a su trabajo como de ordinario, un poco más seria tal vez que otras veces, pero pensando en sus asuntos personales con ánimo tranquilo.

Eso sí, durante los días de la semana, en muchas calles se veían bastantes tiendas que permanecían cerradas, sin que hubiesen pegado sobre sus cierres anuncios de defunción. Sobre todo las que se dedicaban a comercios de mercancías que no eran de primera necesidad, como las librerías de viejo y las tiendas de antigüedades o aquellas donde se vendían cuadros o estampas. Sobre el cristal de muchos escaparates y en los de las ventanas que cubrían sus huecos en las fachadas de las casas, se habían pegado tiras estrechas de papel, formando ordinariamente cuadrados y rombos. En otros edificios esas tiras formaban estrellas, que resultaban adorno más pintoresco. Se creía que así se evitaría su rotura, en caso de explosiones de bombas arrojadas por los aeroplanos. Algunos edificios, con aquel aditamento de las tiras de papel, habían adquirido cierta distinción que no tenían antes. Y no había faltado algún tendero artista, que aconsejado por una norma de previsión a poner en sus cristales tales pegotes, había compuesto con ellos complicados paisajes.

A lo largo de las grandes avenidas, tan desiertas, se alineaban los árboles, como centinelas de la ciudad, en guardia permanente contra el enemigo que podía de un momento a otro atacarla, mostrando el follaje amarillento de la estación.

Para defenderlos contra la metralla de las bombas, a los monumentos levantados en plazas y encrucijadas, se les había cubierto con sacos llenos de arena, o armado en torno suyo barreras de tablones. En el Puente Nuevo apenas si se dejaba ver la estatua de Enrique IV, el Bearnés, y su cabeza erguida sobre su envoltura de tierra, y en la plaza de las

Victorias al amigo de la Pompadour y de tantas otras de su especie, le habían encarcelado en una jaula lisa de tablas.

El Puente Nuevo había desaparecido y la fuente de Médicis del Luxemburgo estaba despojada de sus estatuas.

Reinaba el otoño, los árboles, negros, desprendiéndose de sus hojas, dejaban el suelo de los jardines cubierto por una alfombra amarilla.

Vencía la tristeza del momento la admirable delicadeza con que el otoño parisiense había convertido en oro la verde esmeralda de los parques. Por los andenes, poco frecuentados, pasaban gorriones vivarachos, tordos petulantes y palomas retozonas, sobre la capa muelle de hojas secas, amarillas. Algunos gatos famélicos se movían por allí, haciendo huir a los animales desconfiados, aun más cuando los veían también los huesos.

En los oídos del paseante parecían sonar, como un bordón, impregnado de nueva melancolía, los conocidos versos de Verlaine:

Les sanglots longs des violons de l’automme.

Pero se diría que era una música inoportuna, extemporánea. Aquello debía servir únicamente para época de paz. La idea de la guerra había desinfectado el espíritu de la melancolía. No se captaba ya en los jardines más que la belleza fina de los colores y de las líneas.

En algunos parques y en algunas plazas lejanas, se veían globos sobre la hierba, que debían pertenecer a los servicios de defensa antiaérea. Algunas veces, en las primeras horas de la mañana, cuando el curioso salía a dar una vuelta mientras le hacían el cuarto, había visto aquellos globos remontarse en el aire, cabeceando como si aún no se hubieran desprendido por entero de los vapores del sueño.

Había también parques donde se habían cavado algunas trincheras. Sobre terraplenes de tierra removida, se veían los cañones antiaéreos, unos tubos delgados y negros, como los anteojos de los astrónomos, sólo que en esa ocasión aquellos tubos no se utilizarían para buscar estrellas, sino

para descubrir, si era posible y derribar, aeroplanos enemigos.

Anochecía cuando, ya por las orillas del Sena, iluminadas por la luna, vieron que el escenario ciudadano adquiría de repente una belleza romántica. Al descubrir a lo lejos la silueta de las torres de Nuestra Señora, la isla de San Luis y los puentes, la fachada del Louvre mirándose en las aguas del río, podría creerse en un teatro, y sentir la impresión de que, de un momento a otro, aparecería un barítono, con el laúd en la mano, y sonaría en el aire quieto el trémolo de una romanza.

Reinaba ya demasiada oscuridad para que el andar en automóvil no fuese un trabajo difícil y peligroso.

Por las aceras, las gentes, no muchas, que seguían arrimadas a las casas, pegadas a las fachadas, se alumbraban con lámparas eléctricas de bolsillo. Aquellos botones luminosos daban a los transeúntes al aspecto de una procesión de fantasmas.

–Bueno, señores, ya están ustedes en su casa -dijo el dueño del coche, deteniéndose junto al borde de la acera.

Los otros le manifestaron su agradecimiento, y, después de darse las manos, se metieron en el hotel, mientras el automóvil, arrancando nuevamente, desaparecía al doblar la primera esquina de la calle.

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XXV

Hoy la lluvia me retiene en casa sin poder salir, y en el cuarto pequeño del hotel me ofrece la imaginación, con cierta melancolía, a tantos kilómetros de distancia de aquella casa madrileña de la calle de Mendizábal, donde viví muchos años antes de la revolución, casa que ya no veré más aunque vuelva a Madrid, porque unas bombas lanzadas desde un aeroplano la incendiaron y la convirtieron en un montón de ruinas calcinadas.

Allí fue donde conocí bastante gente, que llamaron a mi puerta para contarme sus vidas, por si hallaba en ellas algún detalle pintoresco aprovechable para mis libros, pero con la intención primordial de que las socorriese o favoreciese. Eran ordinariamente, éstos que tenían la ingenua aspiración de encarnarse como personajes de novela, individuos pintorescos, gentes del hampa, desharrapados, física y sentimentalmente, ninguno de los cuales habría leído nada mío, pero que tal vez hubiesen oído decir que yo me interesaba por las vidas de los que iban consumiendo su existencia a puñetazos contra realidades inclementes.

Yo he recibido siempre a todo el que ha llamado a mi puerta, sin preguntar a nadie ni su nombre, ni su condición social. Muchas veces no han necesitado ni anunciarse para que les acogiera, porque yo mismo les abría la puerta. Ese modo de ser, indudablemente, ha multiplicado en todo tiempo las visitas de mi casa. Habría podido obrar de otro modo, por la experiencia que tuve respecto al motivo auténtico que les llevaba a verme.

El que yo recibiese a los desconocidos con esa facilidad, el que no pocas veces socorriese su situación miserable con algunas pesetas, motivó el que algún periódico llegó a insinuar que yo daba dinero a rédito, porque el duro que les daba me producía material para mis trabajos literarios. No era cierto.

La mayoría eran sablistas vulgares, que estrujaban su fantasía para adornar su charla ganzúa. Recuerdo entre ellos el caso de un catalán, que se presentó como representante de los soviets, que le habían enviado nada menos que hasta Australia, y había regresado por África, recorriendo, según decía, en dos meses y a pie, la distancia de la colonia del Cabo hasta Tánger.

Cuando terminó su relato, viendo en mi expresión que no había logrado hacerme tragar el anzuelo, extrajo por debajo de la capa raída un gran cartel que decía: "Se ruega un donativo".

Aquí, a orillas del Sena, mi situación no me ha permitido recibir como antes a los que pudieran haberse acercado a mí para conseguir una ayuda. Ya el expatriado no viene a mi cuartucho a pedir algo. Aquí estoy muy lejos de encontrarme en situación de echar mano de la fantasía para procurarme medios de vida; y carezco de la audacia necesaria para emplearla según el sistema de los sablistas, y aplicarla a un trabajo literario. Siempre es difícil valorizar esto cuando no se manifiesta en el idioma que uno emplea.

Algunos me reprochan que vuelva a España. No son capaces de comprender lo natural que resulta este propósito mío. ¡Es el único sitio donde podré seguir viviendo! ¡Qué se le va a hacer!

¡Qué manera tan ridícula tiene de pensar la gente!

Juzgan de uno sin tener para nada en cuenta su posición. No parece sino que es cosa fácil hoy en el extranjero, sin fortuna, con el ambiente hostil de nacionalismo rabioso que reina ya en todos los países, buscarse la vida. Se puede obtener algo siendo obrero o técnico de una industria nueva; pero los demás, el médico, el abogado, el escultor, no pueden ganar nada, o casi nada.

Los que me censuraron al verme dispuesto a dejar París, no tenían en cuenta el que habría sido en mí suicida, afrontar el peligro de que me encontrasen allí los alemanes hitlerianos, después de haber incurrido en la estupidez, en

dos entrevistas celebradas conmigo por periodistas franceses, de decir cosas bastante crudas contra aquellos, obrando con la mayor ingenuidad, sin prudencia alguna.

No es que me fiase demasiado en la resistencia francesa, sino que me mostré mal calculador, con grave peligro para la vida o por lo menos para mi libertad.

Cierto que el doctor Marañón dijo cosas parecidas en un periódico y luego no le pasó nada, pero a veces la suerte de uno es distinta de la de otro.

Tenía miedo y era natural que lo tuviera. No sentía la menor curiosidad por conocer personalmente la vida en los campos de concentración, establecidos en Alemania, donde más adelante perdieron su vida no pocos escritores franceses y no franceses.

De nada me habría servido en esa ocasión el que en el país me hubiesen considerado algunos como un precursor del fascismo. Claro que los que así pensaban incurrían en un error. No había tal. Lo que yo había defendido era que un país, en momentos difíciles, debe llegar, si es preciso, hasta la dictadura. Pero siempre pasajeramente, para salvar el momento de un bache, pero no para vivir años y años con ese régimen.

A mí me parece lógico y natural que un gobierno que quiera sostenerse y que crea estar en su sitio, porque tiene conciencia de que está haciendo lo que debe hacer, lo lógico y lo justo, pueda llegar a la dictadura. Si no está perdido. Todos los países, en tiempo de guerra, hacen lo mismo.

Ya antes, en primer viaje a París del tiempo de la guerra última, me había pasado que, no pudiendo sostenerme allí, a pesar de mis pocas aspiraciones y de mis escasas necesidades, porque no encontraba medios de vivir, tuve que regresar a Vera. Iba confiado en que allí me encontraría a gusto. Recordaba que años atrás nos habíamos quedado, mi madre y yo, dos inviernos en Vera, y que no lo habíamos

pasado mal. Ella con su vida silenciosa y atareada, yo también casi solitario, y a vueltas con mis cuartillas.

Después de comer íbamos a la biblioteca, en donde había una estufa encendida y lucía una luz brillante y hermosa.

La habitación tenía un aire atrayente y confortador. La temperatura era templada, la luz, clara, el silencio del exterior, sólo interrumpido por el ruido del arroyo; todo daba la impresión de algo fantástico y cómodo. Mi madre hacía alguna labor, y yo escribía. Ella solía marcharse antes de que diesen las doce a su alcoba. Yo me quedaba un rato en la biblioteca, seguía escribiendo envuelto en el más absoluto silencio y cuando me cansaba de escribir me iba a la cama. Por entonces estaba leyendo a Renán, y ya acostado, reanudaba esa lectura noche tras noche. Cuando se me cargaban los ojos, dejaba el libro sobre la mesilla, apagaba la luz, y trataba de conciliar el sueño.

Con la esperanza de ese recuerdo volví a Vera, confiando, aun descontada la falta de la compañía de mi madre, en que el pueblo me acogería sin cólera, con su silencio envolvente y reparador. Mas una vez en él, vi que aquello estaba muy triste y sombrío, y no pudiendo resistir el ambiente demasiado tiempo, me volví a la capital francesa, sin que a mi regreso hallara que las probabilidades de sostenimiento para mí, al menos, habían variado o mejorado.

A fines de mayo había estado en el Hospital de San Luis, que era donde me habían visto la oreja, después del diagnóstico de Marañón, y donde me habían comenzado a tratar lo que tenía. Los médicos me dijeron que todo iba mucho mejor, que no era menester seguir sino con curas que yo mismo podría hacerme y que me podía marchar cuando quisiese. Entonces fue cuando decidí emprender las gestiones para dejar la capital.

Recuerdo que una tarde, poco antes de la guerra, fui en el auto de mi amigo el escultor Sebastián Miranda a casa

del doctor Marañón, que vivía en el campo, a cincuenta o sesenta kilómetros de París. Estuvimos allí durante toda la tarde, y luego salimos ya de noche a tomar la carretera para volver a la ciudad. Esto sería en 1940, poco antes de iniciarse la invasión alemana. La carretera, limitada por los bosques espesos, estaba sombría, y en algunas partes, arrimadas a sus bordes, se veían filas interminables de camiones, «roulottes» de vendedores ambulantes y en las ventanas de los carros automóviles brillaban lucecitas pequeñas.

A mí aquello me produjo una gran impresión. Veía en esto un preludio de tragedia terrible.

Había que arreglar los papeles, tenerlos preparados, era preciso procurarse el salvoconducto indispensable para dejar París. Debía obtenerlo en la oficina del 8º distrito, Campos Elíseos. ¿Para dónde pedirlo? De momento, para Bayona, donde me detendría, para lo cual escribí inmediatamente allí, a un amigo, para que me buscase un sitio donde poder alojarme a mi llegada.

Vería si podía encontrar a orillas del Adour seguridades suficientes, alejándome de los puntos más accesibles al invasor. Y, de no ser así, entonces no habría más remedio que cruzar la frontera e ir de nuevo a meterse en la casa Itzea, de Vera.

Cuando llegó el día de la partida, mi amigo Sebastián Miranda me llevó en su auto a la estación del Quai d’Orsay.

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XXVI