Aristoteles De la potencia al acto

P Ruiz Trujillo · Capítulo 4 de 12

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Aristoteles De la potencia al acto

Atenas y el Liceo

Al regresar a Atenas, Aristóteles encontró una Academia dirigida por Jenócrates, quien ya había aspirado al cargo a la muerte de Platón y había acabado sucediendo a Espeusipo. Aunque el Estagirita tenía una buena relación con el nuevo director, sus intereses intelectuales eran ya muy divergentes, pues Aristóteles se mostraba cada vez más crítico con la Teoría de las Ideas platónica, así que descartó reincorporarse a la institución. La decisión estaba tomada: fundaría su propia escuela en Atenas, el Liceo, también conocida como el Peripato, en el 335 a.C., y allí permanecería doce o trece años.

Al ser Aristóteles un «meteco» (aunque suene a algo mucho peor, esto solo significa que era extranjero o forastero), según la ley ateniense de la época no podía comprar terrenos ni tampoco inmuebles, por lo tanto tuvo que alquilar las dependencias que necesitaba para crear su nueva institución. Y las encontró en el Liceo, un gimnasio situado junto a un pequeño bosque donde había un templo dedicado a Apolo Licio, de ahí el nombre de «Liceo», una denominación que, al igual que la de «Academia», se aplicará a partir de entonces y hasta la actualidad a muchas instituciones, principalmente dedicadas a la enseñanza y la cultura.

Estatua de Teofrasto en el Jardín Botánico de

Palermo.

No debe sorprendernos que una escuela de filosofía se instalase en un gimnasio. Los gimnasios de la antigua Grecia eran lugares dedicados a la educación, no solo física, sino también espiritual. Eran asimismo un centro de vida social, donde se daban cita filósofos y ciudadanos para intercambiar ideas.

Por otro lado, allí se entrenaban los atletas para las competiciones, las cuales normalmente estaban consagradas a los dioses. La palabra «gimnasio» procede del griego gymnos, que significa «desnudez», y es que era habitual realizar el ejercicio físico sin ropa, para realzar de este modo la belleza de los cuerpos de los atletas.

Las instalaciones del Liceo incluían un paseo cubierto ( peripatos en griego), en el que Aristóteles acostumbraba a dar las clases y filosofar mientras caminaba (según algunas versiones, debido a que estaba delicado del estómago) solo o acompañado de sus discípulos, pues para el Estagirita enseñar y aprender eran dos procesos inseparables, de ahí que compartiera al momento sus descubrimientos con los demás, e incluso gustara de llevar a cabo algunas de sus investigaciones en compañía de sus discípulos.

Poco sabemos de la personalidad o el carácter de Aristóteles, más allá de que era una persona que ansiaba acceder al conocimiento y se aprestaba a hacerlo con rigurosidad y método. Pero por los comentarios que han dejado sus discípulos, podemos aventurarnos a imaginarlo como un hombre acostumbrado a la vida pública, seductor, persuasivo, buen orador y mordaz cuando se lo proponía. Hay quien sostiene, incluso, que era presumido, basándose en su costumbre de llevar anillos o de lucir un cuidado corte de pelo. También era diplomático y elegante con sus amigos, como demuestra el episodio que se narra a continuación.

La Escuela de Aristóteles (1883-1888), de Gustav Adolph Spangenberg. Entre los discípulos del liceo destacaban Teofrasto, Sátiro, Eudemo de Rodas y Estratón de Lámpsaco.

Cuentan que cuando Aristóteles era ya bastante mayor y se encontraba enfermo, sus discípulos más señalados le pidieron que designara a su sucesor para dirigir el Liceo. Al parecer los dos candidatos mejor situados eran Teofrasto, natural de la isla de Lesbos, y Eudemo, originario de Rodas. El maestro les dijo que el vino que estaba bebiendo no le sentaba bien y que quería que le trajeran uno de Lesbos y otro de Rodas. Bebería el que mejor le sentara. Cuando le sirvieron ambos vinos, cató el de Rodas y dijo: «¡Por Hércules! Es un vino consistente y agradable». Luego probó el de Lesbos y sentenció: «Ambos son verdaderamente buenos, pero resulta más dulce el de Lesbos». De esta manera tan elegante designó Aristóteles a su sucesor al frente del Liceo. Efectivamente, llegado el momento, nadie puso en duda que Teofrasto debía dirigir la institución peripatética.

En el año 323 a.C. se producen dos hechos destacados en la historia de Atenas: las muertes de Alejandro Magno y de Demóstenes, el máximo agitador de los atenienses contra los macedonios. Estas dos muertes marcaron el inicio de un resurgimiento del sentimiento antimacedonio en la ciudad, del que Aristóteles ya había sido víctima tiempo atrás. En esta ocasión las sensaciones negativas se concretaron en una condena por impiedad, un «delito» que consistía en no respetar los ritos y las divinidades de la polis, algo muy grave en aquella época por lo que ya había sido condenado Sócrates hacía tres cuartos de siglo. Aristóteles había recibido la acusación por un himno que había escrito en honor de Hermias, su amigo y anfitrión durante su estancia en Asos. En el himno en cuestión Aristóteles hablaba de su amigo prácticamente como de un dios y esto, por supuesto, fue considerado por sus enemigos como una falta de respeto a las auténticas divinidades, digna de ser castigada.

Pero Aristóteles, a diferencia de Sócrates, no se quedó a ver lo que sucedía con él, sino que dejó el Liceo en manos de su viejo amigo Teofrasto y se marchó de Atenas por segunda y última vez, no sin antes dejar, según dicen, esta perla: «No permitiré que Atenas peque dos veces contra la filosofía», en clara alusión a la muerte de Sócrates. Si para Sócrates «es mejor sufrir una injusticia que cometerla», quizás Aristóteles pensó que era mejor aún evitarla.

Tenía sesenta y un años y cabe pensar que empezaba a sentirse cansado de ir de un lado a otro. Dos veces había abandonado Atenas: la primera tras la muerte de su maestro, Platón, y la segunda tras la ola de odio a los macedonios que había despertado la muerte de su discípulo, Alejandro Magno. Esta vez su destino fue Calcis, en la isla de Eubea, de donde su madre era originaria y donde Aristóteles aún conservaba algunas posesiones. Allí murió al cabo de unos meses, en el año 322 a.C., parece que a causa de la enfermedad de estómago que sufría desde hacía tiempo, tal vez la misma que le inducía a pasear continuamente por el Peripato. Antes de fallecer, redactó un extenso testamento con minuciosas instrucciones para todos los asuntos económicos y familiares, con lo que demostró por última vez su carácter práctico y realista, tan aristotélico.