¡… Así es Moscú!

Joseph Douillet · Capítulo 3 de 14

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¡… Así es Moscú!

Parte Primera

Cómo se exhibe el paraíso rojo.— Beneficios materiales

que proporciona el régimen comunista a Rusia

CAPITULO I

ANVERSO Y REVERSO DE LO QUE SE MUESTRA A LOS EXTRANJEROS EN LA RUSIA SOVIÉTICA

El Gobierno soviético había organizado en los años anteriores en los medios obreros de Occidente una campaña metódica de invitaciones para visitar por grupos el territorio de la U. R, S. S., con ofrecimientos de gratuidad en los visados de pasaporte, transportes asimismo gratuitos y otras ventajas y atractivos.

Al decir de los Soviets, sólo por medio de estas visitas, Mediante el desplazamiento personal del obrero extranjero, podrían ser combatidas o contestadas satisfactoriamente las mil Mentiras, las inmerecidas agresiones de que eran victima, por Parte de la Prensa capitalista, que hablaba del sedicente descontento del pueblo ruso, del derrumbamiento y de la miseria del País bajo el régimen soviético.

El objeto de semejante campaña era el siguiente: se enseñaría a las Delegaciones extranjeras una serie de fábricas, hospitales, inclusas, asilos, cuidadosamente elegidos y meticulosamente apercibidos y alhajados, con la bastante antelación, con el propósito de testificar que tales instituciones eran en la U. R. S. S. enteramente irreprochables.

Tales verdaderos “oasis” en el tenebroso desierto ruso, habrían de convertirse en testimonios convincentes para una campaña, que los testigos oculares se apresurarían a hacer, de propaganda de las excelencias del comunismo entre las masas obreras occidentales.

El I. K. K. I. (Comité ejecutivo de la Internacional comunista) esperaba de este éxito feliz un crecimiento importante de sus secciones extranjeras.

El Gobierno soviético se apresuró, pues, a organizar en Moscú, en Leningrado y en otras poblaciones importantes fábricas, cárceles, escuelas, inclusas, hospitales, asilos, llamados “ejemplares”, y cada rama o aspecto de la vida social se vio dotada de algunas de estas instituciones creadas ad hoc.

El personal del Comisariado de Negocios extranjeros y el afecto a la Guépéu (antigua Cheka) facilitó los cuadros de “guías intérpretes”, a los cuales se aleccionó en cursos especiales en la Cheka, donde aprendieron a hacer ver a los extranjeros las realizaciones soviéticas.

El autor de estas lineas ha tenido ocasión de seguir de cerca esta mise en scéne y presenciar ciertos hechos curiosos acaecidos al margen de este mecanismo teatral. Personalmente pudo comprobar de qué modo se movían los hilos de la comedia. He aquí los hechos:

Era el otoño de 1924: un buen día me hallaba yo, con dos de mis compañeros, en el Comisariado del Interior.

En un rincón del despacho del jefe de la Administración central de la República federal soviética rusa, camarada Serguiewsky, esperábamos un documento que la mecanógrafa tecleaba en su máquina, en la habitación inmediata.

De pronto, irrumpió un intérprete, acompañado de un extranjero: un inglés, alto, seco, de cierta edad, sobre cuya nariz cabalgaban los lentes…

El intérprete explicó a Serguiewsky que el inglés solicitaba autorización para visitar algunas cárceles en Moscú, y que venia recomendado por la camarada Kamenev, después embajadora en Roma, por cierto.

Se entabló este diálogo:

Serguiewsky.—¡Ah! ¿Es éste?… Esta mañana recibí un aviso telefónico… Dile que espere… A propósito, ¿entiende el ruso?

El Intérprete.—No; es un idiota de toda confianza… No entiende una cochina palabra de ruso…

El comisario Serguiewsky, entonces, olvidando, acaso, nuestra presencia, hizo venir a su jefe adjunto, el camarada Zaytzev, y, dirigiéndose a él, le preguntó si había ya avisado a Sokolniki (una de las cárceles moscovitas) después de haber hablado con la Kamenev por teléfono.

La respuesta fue afirmativa.

Serguiewsky rogó a Zaytzev que confirmara telefónicamente si Sokolnild estaba dispuesta como para “recibir visitas” y que, en todo caso, se dispusiera a recibir una en el término de una hora.

Dada la orden, se hizo venir al jefe adjunto del servicio carcelario, que tenia su despacho a poca distancia, y se le ordenó que acompañara al inglés, no sin que Serguiewsky le gritara al salir:

—Mucho ojo, camarada. No vaya a meter los pies en el Plato…

El inglés recibió su cédula de admisión, dio las gracias, saludó cortésmente y echó a andar, escoltado por el intérprete y por el jefe adjunto de servicios carcelarios.

Serguiewsky (recuérdese que este sujeto era nada menos que subsecretario de Estado en el Ministerio del Interior), olvidando de nuevo que no estaba sólo, exclamó:

—Pero, ¡qué imbéciles son estos pobres extranjeros!…

Pero allá va otra anécdota de más general interés:

Había llegado, para visitar Rusia, la Delegación de los Trade-Unions de Inglaterra. La preparación bolchevique para esta visita fue minuciosa. Todos los detalles y circunstancias de ella habían sido cuidadosa y largamente elaborados o tenidos en cuenta. Los horarios, por ejemplo, fueron establecidos, no obstante lo cual hubo “errores” considerables en el cumplimiento del programa.

Sin la credulidad y el descuido de los delegados todo ello hubiérales aparecido patente…

Pero el caso es que muchos habían preferido, sobre toda otra ocupación, la de hacer los honores a los numerosos banquetes que a la Delegación fueron ofrecidos en todas partes; Pero, singularmente, en Tiflis y en Rostov, donde el agasajo revistió los caracteres de una saturnal… Es más que probable que haya que achacar al vino, en tales ágapes consumido, las incoherencias en que abunda el famoso informe de la Delegación británica…

Dos veces tropecé con ella: primero en la cuenca hullera del Donetz; después, en la ciudad misma de Rostov-sur-le-Don.

Voy a descubrir ahora una de las equivocaciones en que incurrió el poder bolchevique al paso de la Delegación: fue en una estación poco importante, en el territorio del Dombass (cuenca del Donetz), cruzado por un número considerable, una verdadera red de vías férreas.

El horario oficial asignaba al tren de la Delegación inglesa una parada de cinco minutos. Pero el tren estuvo allí más de una hora.

Ignoro, naturalmente, cuál fue la explicación ofrecida a los ingleses de semejante retraso. Lo que sí sé es que los campesinos del vecino pueblo conocieron muy pronto la verdadera razón de él: recibieron súbitamente la orden de movilizarse con sus caballos, con sus carros, para transportar, sin pérdida de tiempo, toda la paja de sus almiares a una fábrica hacía mucho inactiva. Allí se alimentaron los hornos fríos con el efímero combustible, y cuando, prendido éste y en llamas, coronaron las inútiles chimeneas largas nubes de humo espeso y negruzco, para producir la ilusión de una potente industria soviética en pleno rendimiento, silbó la locomotora, arrancó el convoy, y los delegados ingleses continuaron, al cabo, su viaje.

No puedo olvidar lo que pensarían los viajeros al presenciar la larga teoría de carromatos aldeanos que hormigueaban el camino vecinal contiguo a la vía férrea.

Pero sí he oído, con mis propios oídos, como suele decirse, la diabólica letanía de apóstrofes y reniegos de aquellos labradores contra los viajeros ingleses del tren inoportuno. Tampoco podré transmitir, ni remotamente, la calidad de las injurias, la abyección de las groserías —a lo Cambronne— danzadas contra los causantes odiosos de semejante molestia inexplicable…

¡No tan inexplicable cuando sepáis que el soviet local se había equivocado de fecha: esperábase a la Delegación veinticuatro horas más tarde, y su llegada sorprendió al soviet, que se vio forzado a improvisar la farsa!

Huelga todo comentario.

Expongamos ahora otro suceso del mismo género, acaecido en mi presencia y ante la misma Delegación de los Trade-Unions.

Estábamos en Rostov-sur-le-Don. Próximos a la estación se alzan, los talleres importantes que pertenecieron a la Compañía ferroviaria de Wladicaucase, y en los que ganaban su pan varios miles de obreros.

El poder soviético había cuidado de que estos talleres estuvieran preparados para recibir la visita de los extranjeros; pero tratándose de las Delegaciones inglesas se había ideado algo mejor: varios centenares de obreros fueron advertidos de que en ese día podrían gozar de un permiso extraordinario, y también de que les estaba rigurosamente prohibido el acceso a los talleres.

Los obreros de esta manera eliminados eran social-demócratas, reputados como desafectos a la causa comunista y soviética… Se temía que pudieran ser peligrosos en el instante de la visita de la representación de los Trade-Unions, para una exhibición comunista ortodoxa.

Pero, con asombro de cuantos permanecieron en las naves durante la visita, no hubo un solo empleo en los talleres que no apareciese servido y aparentemente atendido, no obstante la ausencia de los socialdemócratas sospechosos, porque se hicieron venir los sustitutos de la Guépéu, de Rostov, que está en el número 33 de la calle de Federico Engels.

Los miembros de la Delegación capaces de leer entre líneas deplorarían, evidentemente, el haber sido engañados por procedimientos tan vulgares y tan grotescos.

Muy particularmente curiosos fueron los preparativos reamados en las Uniones Profesionales, de Rostov, para la recepción de los Trade-Unions.

El edificio ocupado por las Uniones Profesionales en Rostoy era enorme, de cinco pisos, cuya fachada principal cae a la calle Sadowaia —hoy de Federico Engels— en la esquina de la Avenida Stolypine —hoy Avenida Voroschilov.

Las oficinas de las Uniones Profesionales (tales como las de socios sin trabajo, asignaciones, consultas jurídicas, etc.), fueron trasladadas de la fachada del inmueble a dependencias a las que no había acceso sino por la Avenida Vorochilov.

La entrada principal, de este modo desembarazada, quedaba a la sola disposición de las Delegaciones de los Trade-Unions y de las personalidades importantes de Rostov, encaradas de recibir a los ingleses.

Los Soviets temían, sobre todo, que la Delegación británica se pusiera en contacto con obreros rusos auténticos, y que éstos “visitantes de distinción” pudieran presenciar las escandalosas escenas que, a cada momento, se producían en el Sovprof —Asamblea de Uniones Profesionales— entre los obreros literalmente perseguidos en las fábricas soviéticas y las Uniones Profesionales “gubernamentales”.

Se dispuso, pues, todo, de manera que los obreros que necesitaran acudir, para un asunto cualquiera, a las oficinas, lo hicieran por una escalera de servicio, evitando así el que pudieran encontrarse con los obreros del Reino Unido.

A los visitantes se les recibió en las salas anteriores, donde varias mesas, sobre las cuales se ostentaban carteles, inscripciones y avisos de todo género, estaban dispuestas para producir a los Trade-Unions la ilusión de un contacto fraternal entre las Uniones Profesionales soviéticas y las masas proletarias. Estas masas habían sido reclutadas entre lo que llamaremos los coristas de la Guépéu.

Tales seudo-obreros agitábanse a los ojos de los delegados en un vaivén permanente, como para dar la impresión de una muchedumbre de peticionarios, de buscadores de informes, de reclamantes… Parecían ser acogidos con los brazos abiertos por los representantes de las Uniones Profesionales, que simulaban gran celo y voluntad en complacerlos.

Semejante detestable comedia fue maravillosamente representada, y los Trade-Unions quedaron esta vez convertidas en ingenuas víctimas de la repugnante mixtificación.

Algunos banquetes, muchos mitines y cierto número de aparatosas sesiones solemnes, debidamente decoradas de alocuciones propias del caso, coronaron el éxito y conquistaron definitivamente los corazones de los delegados ingleses, persuadiéndolos de que el socialismo triunfaba en la Rusia soviética en toda la linea.

Este sistema de falsificación, de trucos, como ahora se dice, ha sido metódicamente aplicado por los soviets a todas las Delegaciones obreras y a todos los viajeros extranjeros en U. R. S. S.

La población guardaba silencio ante estas grotescas mascaradas, preguntándose cómo era posible que todos estos extranjeros fuesen tan cándidos y tan poco clarividentes, para que no se les transparentase la verdad.

Callaban también por temor de perder la libertad, y, acaso, la existencia. Nadie osaba el acercarse a un extranjero, sabiendo lo que esta audacia podía acarrear; y todo bajo la mirada incisiva del Guépéu, que velaba por “la paz y la seguridad” de las Delegaciones y de los consabidos visitantes de distinción.

Algún inocente extranjero ignorará siempre las consecuencias trágicas que sufrió el indígena al cual se permitió alguna vez hacerle una pregunta de las más vulgares que un forastero puede formular al primero que pasa…

Ved aquí otro hecho, confirmatorio de lo que voy diciendo, y que tuvo por base la gorra de uno de los miembros de la Delegación de los Trade-Unions.

En el vagón-restaurante (uno de los que los Soviets robaron a la Sociedad Internacional de vagones-camas) enganchado al tren en que viajaba la tantas veces nombrada Delegación: sus miembros se habían sentado a la mesa.

En el comedor no había ningún viajero ordinario, de los cuales fueron admitidos algunos, acabado el almuerzo de los delegados, en segunda serie. Uno de ellos, al ocupar su silla, advirtió una gorra olvidada en ella y se disponía a llamar la atención del personal cuando, de pronto, entró en el comedor un delegado inglés. Reclamó su gorra al camarero; pero éste no le entendía…

Entonces el primer viajero, que hablaba inglés, se levantó, y, devolviendo la gorra a su propietario, le dijo algunas palabras explicativas del caso. El delegado manifestó su gratitud, y, gozoso de poder hablar en su idioma natal con alguien, se dispuso a entablar un diálogo con su interlocutor.

Mas en este instante llegó precipitadamente en busca del delegado uno de los guías intérpretes, de tipo semita muy acentuado y característico. Se acercó, dijo algunas palabras al delegado y se lo llevó.

No habían acabado los viajeros su sopa, cuando penetraron en el restaurante los agentes de la T. G. P. U. (la Checa ferroviaria) luciendo el uniforme de la gendarmería, y arrastraron, bajo la mirada espantada de los concurrentes, al viajero que había encontrado la gorra del inglés.

En la estación inmediata, el desgraciado abandonó el tren bajo la custodia de algunos chequistas.

¿Qué le ocurrió? ¿Cuál habrá sido su destino?

Yo, testigo de esta escena, creí ignorarlo siempre. ¡Pero, el mundo es tan pequeño y los caprichos de la suerte tan grandes!

Poco después fui yo arrestado también y encarcelado por la Guépéu en la prisión de Boutyrki, en Moscú, y allí pude conocer el epílogo de este suceso.

El detenido en el restaurante había sido inculpado (en virtud del párrafo 66 del Código penal soviético) de espionaje en provecho de un Estado extranjero.

Milagrosamente no fue fusilado en el acto: pagó su “delito” con una reclusión de tres años en un campo de concentración, en la isla Solovetzky, cerca de Arkángel.

Ahí tenéis un hombre castigado por haber sido cortés, por azar, con un desconocido. He ahí la sanción de un hombre condenado por crimen de “buena crianza” hacia un extranjero.

No se trata de casos aislados, no. Yo he tenido ocasión de encontrarme en la cárcel con algunas personas condenadas por haber entablado “relaciones con extranjeros”.

Elijo, al paso, algunos hechos; pero volveré sobre la materia cuando me toque hablar de los calabozos soviéticos y del terror que en ellos reina todavía.

Un ejemplo: trátase de un chauffeur, simple obrero judío, que hablaba el youdisch o yddisch, y que confesó haber figurado por convencimiento en el seno del bolcheviquismo. En 1925 estuvo afecto, en calidad de “mecánico adjunto”, a un circuito de coches automóviles. Pues bien; este sujeto, estando de servicio, se permitió dirigir personalmente la palabra, quiero decir, sin valerse de intérprete oficial, a un chauffeur alemán. El agente de la Guépéu, presente a la terrible osadía, tomó explicación de aquel infeliz, que sufrió tres años de reclusión en el campo de deportación de la isla Solovetzky.

En otro caso advertiremos circunstancias aún más imprevistas; esta vez fueron desgraciados protagonistas un hombre de las milicias rojas, o dígase polizonte soviético, en Moscú, y su esposa, que tenía a su cargo el fregado de la vajilla en la Embajada alemana, en el número 10 del Léontiewky Péréoulok.

Una noche, terminado su servicio, el miliciano se trasladó, a las once, a la Embajada, donde recogió a su mujer, y con la que pasó el resto de la velada, como un legitimo esposo que era.

A las nueve de la mañana siguiente, cuando se despedía de su esposa y ganaba la calle, los agentes de la Guépéu le detuvieron para encerrarle en el inmueble número 2 de la Checa, en la Lubianka, de donde fue trasladado a la cárcel de Butyrki. Allí le encontré.

Me refirió su historia. En vano rogó al juez de instrucción que examinara sus pasaportes, para que en ellos comprobase cómo era cierto que aquella mujer era su esposa, y, por tanto, él su marido “titular y legitimo”. En raí tiempo, es decir, en febrero de 1926, fue condenado a cinco años de reclusión, que debía cumplir en un campo de concentración. A principios de marzo le vi partir para Kem, en demanda de la isla de Solovetzky.

Vengo omitiendo nombres propios para no perjudicar a personas que siguen en poder de los Soviets. Conviene que se sepa.

Afortunadamente, puedo hoy puntualizar nombre y dirección de otra víctima, que, por suerte suya, ha abandonado el territorio de la U. R. S. S. Voy a hablar de un súbdito letón, prisionero, como yo, en Butyrki y canjeado contra agentes soviéticos detenidos en Letonia.

Este desdichado compañero de calabozo me escribió en enero de 1927 para anunciarme su libertad y para referirme lo ocurrido después de mi marcha en la cárcel de Butyrki, con motivo de la visita de una Delegación obrera belga al establecimiento.

La carta dice así:

“Nuestro amigo X… sigue tan belicoso como siempre. Por haberse atrevido a hablar en francés con la Delegación belga estuvo a punto de sufrir un duro castigo, del que le pudimos salvar merced a una amenaza de plante.

”Por el mismo procedimiento escapé de la celda de castigo, donde me querían encerrar, y aun lo intentaron, por haberme permitido conversar con la delegación de “librepensadores alemanes”.

No puedo nombrar a la persona que mantuvo ese diálogo con la Delegación obrera de Bélgica: vive aún en Rusia…

Pero, en cambio, me pongo enteramente a disposición de cada uno de los miembros no comunistas de la mencionada Delegación para proporcionarles cuantos detalles apetezcan sobre la conversación aludida, y hasta, si preciso fuera, enseñarles la fotografía de aquel individuo, para convencerlos de hasta qué punto han sido engañados por el Gobierno soviético.

Por lo que toca a la persona, firmante de la carta, a que antes me he referido, es el ex prisionero de la celda número 10 de la prisión Butyrki; artista decorador, Eugenio Carlos Smidt, habitante en Letonia, y cuya dirección exacta es: Riga.—Calle Palasta, 4.

Pero hay un sector, un grupo de individuos en la U. R. S. S. que no son comunistas y que, por su situación especial, se ven obligados a ponerse en contacto con los extranjeros. Son los sabios rusos, muchos de los cuales son mundialmente conocidos y llevan nombres ilustres. No es posible escamotear tales figuras a la mirada de los viajeros cultos… Es, además, necesario a los Soviets ostentarlos para convencer al mundo de que la intelectualidad rusa, no sólo no protesta contra la tiranía soviética, sino que, por el contrario, se muestra altamente satisfecha del régimen bolchevique.

¿Cómo se logra aherrojar de tal modo la opinión y comprar la aquiescencia de estos hombres? ¡Cuán cobardemente!… Estos hombres tienen una familia, una esposa, hijos o padres que en manos del tirano comunista no son sino rehenes…

El destino, la vida de esta familia puede depender de una palabra imprudente o poco meditada. ¿Qué hacer? El intelectual ruso no comunista prefiere eludir, por cualquier medio, las preguntas indiscretas de algún colega occidental.

La famosa V. O. K. S. —Sociedad para la Unión cultural con el Extranjero— y al frente de la cual se encuentra la compañera Kamenev obtiene de esta vergonzosa explotación del terror de los profesores, sus compatriotas, el ciento por ciento de su propaganda en los medios políticos, científicos y literarios de Occidente.

Yo me he visto en el caso de organizar el reparto de los Socorros que el Profesorado europeo enviaba a sus compañeros de Rusia durante los años de hambre. Estos profesores rusos me han suplicado que haga conocer a sus compañeros del resto de Europa la trágica situación en que les ha sumida la espantosa dictadura comunista.

Hoy, por ejemplo, se ven obligados a protestar contra la ruptura anglosoviética; pero no lo hacen por convencimiento, sino por coacción. Es un nuevo caso, y muy calificado, de la vergonzosa mentira organizada que es la U. R. S. S.

Se explicará el lector que el pueblo ruso no se atreva a comunicar a los extranjeros que los visitan la verdad sobre su existencia de parias europeos.

Contempla a los extranjeros que llegan a Rusia con desconfianza. Les supone benevolentes para el poder soviético, porque sólo así, en virtud de esta simpatía hacia sus verdugos, se explica la autorización para la visita a la U. R. S. S. ¿No sabe todo el mundo la serie de dificultades, la carrera de obstáculos que supone cada visado de pasaporte?

Estas son, por tanto, las razones por las cuales el papel de informador extranjero en Rusia es muy difícil. No hay medio de comprobar o aquilatar los datos que se sirve darle el guía soviético a quien ha sido confiado.

Por otra parte, el informador lo ignora todo, o casi todo, de los tiempos precedentes a la revolución. Y así se explican inepcias como ésta, que figura en el dictamen de la Delegación obrera de los Trade-Unions: “el transporte ferroviario en la Rusia soviética mejora y progresa”.

¡La Delegación de los Trade-Unions, sin embargo, ha viajado por caminos de hierro que hoy son de vía única y que, antes de la revolución, tenían vía doble!

Ha sido preciso arrancar una de ellas para el entretenimiento de la otra. Tal ocurre, y podrían multiplicarse los ejemplos, con el ferrocarril del Norte del Cáucaso. Los delegados de los Trade-Unions, ignorantes de esta circunstancia, han podido decir lo que afirmaron, puesto que no tenían la menor idea de lo que fueron los ferrocarriles en la época zarista.

A cierto inglés, que llegó a Moscú para asuntos comerciales, le fue enseñada la Universidad, que es la más antigua de las Universidades rusas, fundada en el siglo XVIII por la Emperatriz Isabel, hija de Pedro el Grande.

A este inglés se le hizo creer que la Universidad había sido establecida por el poder soviético, y que antes de eso el edificio había tenido no sabemos qué destino fiscal. ¡Otro extranjero ignorante, propicio al embuste bolchevique! He aquí a los Soviets transformando un inmueble sin relieve cultural en palacio de la ciencia…

No le fue enseñada, en cambio, al inglés, la casa número 14 de la Lubianka, que fue, en tiempo de los Zares, escuela de segunda enseñanza —el tercer Liceo de Moscú— y que la revolución decomisó para alojar en ella la cárcel de la Checa, en el centro mismo de la capital.

Fácil le sería a cualquier extranjero en Rusia, si se le permite circular por sus poblaciones en plena libertad, comprobar que la revolución ha disminuido considerablemente de escuelas, al par que se incrementa el de cárceles, cuyo número, siempre en aumento, no basta para las necesidades del régimen bolchevique.

Pero el obrero europeo, rehaciéndose contra este amasijo de farsas indignas, va comprendiendo hasta dónde liega la odiosa mentira que le brinda el comunismo vociferador y demagógico.

Por eso, una Delegación escandinava, clarividente, llegó a Moscú con un plan de visita por ella misma confeccionado.

Los Soviets le propusieron cambiar ese programa por el oficial, con su correspondiente itinerario, poniendo a las órdenes de los delegados un grupo de guías intérpretes soviéticos.

La Delegación escandinava rechazó tal imposición. Y, entonces, el Gobierno de los Soviets prohibió a esta Delegación la estancia en la U. R, S. S. y la intimó a abandonar el territorio en el término de cuarenta y ocho horas.

A poco nos comunicaba un miembro de la segunda Delegación obrera alemana, el panadero delegado profesional Ostermayer:

Der Socialistiche Bote.

N.° 2/3 (144-145).

5 de febrero de 1927.

“Cuando nuestra Delegación llegaba a un establecimiento cualquiera, los jefes de las Uniones Profesionales se le presentaban para ofrecerle una lista de las empresas que sería posible visitar, y con el fin de que se eligiera la que conviniese.

Llegados a Toula, comenzamos por una fábrica de samovars (teteras). Después nos llegamos a una tenería, tras de la cual se convino en recorrer una ciudad obrera; pero escasos de tiempo, hubimos de renunciar, y, en cambio, se nos ofreció visitar una panadería de poca importancia, que no requería más de diez minutos. Nos vimos en el caso de declarar categóricamente a nuestros guías que no deseábamos ver más “grandes empresas” y que preferiríamos conocer alguna casa comercial de menos rango.

—Comprendido —se nos respondió—; y apiñados en tres automóviles recorrimos la ciudad de punta a cabo. Al pasar por delante de una panadería, tiré de la manga al guía y le dije: —Camarada, veamos eso. A lo que me replicaron: —No, ésa no. La que está enfrente.

A pesar de contarse en la dudad de Toula hasta tres panaderías cooperativas, se nos hizo visitar la mayor.

Cito estos hechos para explicar que no se nos ha permitido ver lo que nos interesaba, sino lo que a ellos les convenía o deseaban enseñarnos.

Venía con nosotros un salchichero, y, como es natural, pidió ver algunos establecimientos de su profesión. Se nos respondió con un cortés no ha lugar, so pretexto de que todas las salchicherías sufrían en aquel momento transformaciones y estaban en obra…

En la cuenca minera del Donetz, en Makéewka, visitamos una cooperativa, de la cual se nos aseguró que formaban parte panaderías, salchicherías y almacenes diversos.

Aprovechamos la ocasión para manifestar nuestro deseo de conocer un establecimiento de cada una de estas ramas; pero se nos dijo, en las oficinas, que la salchichería no podría ser visitada sino quince horas más tarde, cuando comenzase el trabajo, Comprendimos que era un pretexto: a esa hora teníamos señalada la de nuestra comida.

Solicitamos, entonces, visitar la salchichería fuera de la hora de trabajo, pues deseábamos ver, no a los obreros, sino la instalación. Tampoco podía verse: estaba asimismo en obra….

Tuvimos aún valor para insistir: no importaba; lo interesante para nosotros era comparar lo que hubiera, en ese ramo, en el antiguo régimen, con los adelantos introducidos bajo el poder soviético.

Todo nos fue rehusado. Como compensación visitamos los mataderos, al abandonar los cuales reiteramos nuestro afán de contemplar en funciones una salchichería… Pero, entonces, un miembro de las Uniones Profesionales se decidió a declarar:

—Camaradas, os debo confesar que aun cuando fabricamos morcillas excelentes… no estamos dispuestos a conduciros donde las hacen…”

Aún agrega M. Ostermayer algo sabroso acerca de la vida del obrero ruso:

“Hemos de reconocer que la indumentaria del obrero alemán es un objeto de lujo para el camarada ruso, porque son artículos demasiado caros para él, aunque se le den facilidades de pago…

Si se nos quiere hacer creer que el obrero ruso vive bien, yo, que lo he visto, afirmo lo contrario.

En Alemania se pueden adquirir más cosas por un marco, que son 48 kopecks, que en Rusia por un rublo…

… Todos los lugares que hemos visitado tenían noticias de nuestra llegada con una semana de anticipación…

En la Rusia de hoy no disfrutan los proletarios ni siquiera de la libertad de que gozaban bajo el régimen zarista. Recordad que en éste había hasta cuatro partidos políticos, que hoy no existen. En toda mi vida, ni aun bajo el yugo estrecho del servicio militar, he experimentado una tiranía semejante a la que reina en Rusia”.

En este terreno, como en tantos otros, los Soviets se apuntan un fracaso más.

Las Delegaciones obreras extranjeras comienzan a abrir los ojos y a ver claro en las mentiras que les son infligidas por el Gobierno de las U. R. S. S.

Es muy lamentable, no obstante, que la Delegación de los Trade-Unions haya colaborado conscientemente en la propaganda por Europa de la gran farsa comunista.

¡Sírvales, al menos, de lección para el porvenir este hecho profundamente deplorable!