Atlántida
N-O-U-S-A-D-V-O-Z-P-O-R-R-A-D-I-O-
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N-O-U-S-A-D-V-O-Z-P-O-R-R-A-D-I-O-
D-E-S-C-O-N-E-C-T-A-D-O-R-D-E-N-A-D-OR-
O-M-O-R-I-D
Q-U-E-D-A-P-O-C-O-T-I-E-M-P-O-
D-E-S-C-O-N-E-C-T-A-D-O-R-D-E-N-A-D-O-R-
O-M-O-R-I-D
Q-U-E-D-A-P-O-C-O-T-I-E-M-P-O-
–Alguna pista sobre cómo hacerlo sería útil -dijo Ariana al leer el mensaje-. ¡Pregúntales cómo! –
ordenó a Hudson.
Ingram y Carpenter miraban fijamente los restos de Herrín, cuya sangre empapaba lentamente la tela.
–¡Hazlo! – gritó Ariana.
El hombre de la radio sacó su llave de morse y envió cuatro letras repetidamente: C-O-M-O-C-O-M-O-C-O-M-O-C-O-M-O-
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Ariana observó a Hudson escribir las letras de la respuesta.
I-N-T-E-N-T-A-D-L-O-N-O-S-E-C-O-M-O-
T-R-A-T-A-R-E-M-O-S-D-E-A-Y-U-D-A-R-D-E-S-D-E-F-U-E-R-A-
–Pide alguna identificación -pidió Ariana a Hudson.
Q-U-I-E-N-E-S-S-O-I-S-
Las rayas y puntos regresaron de inmediato.
E-R-K-A-N-S-A-S-
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–No lo entiendo -dijo Ariana, tratando de dar sentido a las letras.
–Yo sí -dijo Carpenter. Los otros tres se volvieron hacia ella-. ER Kansas significa Equipo de Reconocimiento Kansas. Es el nombre en clave de un comando de las Fuerzas Especiales que entró en esta zona en 1968.
–¿ 1968? – repitió Ingram.
–¿Cómo demonios lo sabes? – preguntó Ariana.
–Está en el expediente clasificado de la CÍA sobre esta región que se conoce con el nombre en clave de puerta de Angkor -respondió Carpenter.
–¿Cómo lo sabes? – insistió Ingram.
–¿Eres de la CÍA? – preguntó Ariana.
–Sí.
–¿Hay alguien aquí que realmente sea quien se supone que es? – preguntó Ariana.
–Eso ya no importa -repuso Carpenter-. Lo más importante es que nos larguemos de aquí cuanto antes.
–¿Cómo? – Ariana señaló la escotilla con un ademán-. Ya has visto a esa criatura. Ahora sabes que dije la verdad sobre la serpiente de siete cabezas. No sé cómo ni por qué, pero está ahí fuera.
–Alguien está intentando ayudarnos -dijo Ingram, señalando el bloc de Hudson con los mensajes en morse.
Ariana se pasó una mano por su pelo largo y notó lo sucio que lo tenía mientras pensaba a toda velocidad.
–¿Quién está intentando ayudamos? ¿Quién es el ER Kansas y cómo es posible que esté ahí desde 1968?
–Lo formaban cuatro hombres -explicó Carpenter-. A tres de ellos los dieron por desaparecidos.
El jefe del comando era el sargento Flaherty..
–Pregunta si es Flaherty -ordenó Ariana.
Él pulsó la pregunta. La respuesta fue concisa.
–Sí -dijo Hudson, sin molestarse en escribirla.
–¿Fue Flaherty el que consiguió salir? – preguntó Ariana.
–No. Flaherty fue uno de los dados por desaparecidos en acción -respondió Carpenter.
–¿Cómo es posible?
–No lo sé, pero si hacemos lo que nos dice, tal vez pueda ayudarnos a salir de aquí.
–Muy bien -dijo Ariana, dando una palmada en la consola de comunicaciones-. Estoy harta de esperar de brazos cruzados. ¿A alguien se le ocurre cómo desconectar Argus sin que nos quedemos fritos?
–Destruyendo el avión -respondió Carpenter.
–Da la casualidad de que estamos dentro de él -replicó Ingram.
–Vamos a tener que salir de él tarde o temprano -respondió Carpenter.
–¿Cómo podemos destruirlo? – preguntó Ariana.
–Volando los depósitos de combustible -respondió Carpenter.
–No podemos -replicó Ingram-. ¿No te has enterado? Han desaparecido las alas, lo que significa que han desaparecido los depósitos de combustible.
–No todos. – Carpenter señaló-. El depósito de la sección central está debajo del fuselaje principal, entre las alas. Contiene casi cuarenta mil litros de combustible, más que suficiente para hacer estallar este avión.
–Pero ¿cómo vamos a prender fuego al depósito? – preguntó Ariana.
–Yo puedo hacerlo -respondió Carpenter.
–Di a Flaherty que vamos a volar el avión -dijo Ariana, volviéndose hacia Hudson-. Dile que necesitaremos su ayuda para escapar una vez que esté todo listo.
–No tiene por qué preocuparse por Syn-Tech -dijo Sin Fen a Paul Michelet.
Michelet tiró del cinturón de seguridad y se lo abrochó, mientras los pilotos aumentaban la potencia de las turbinas.
–¿Cómo lo sabe?
–Estoy en contacto con alguien que lo sabe -respondió ella.
–Si mi hija no estuviera mezclada en esto…
–Por favor, no amenace a la ligera -lo interrumpió Sin Fen-. Podemos trabajar juntos. Sólo tiene que hacer lo que yo le diga.
Un camión se acercó al helicóptero y se detuvo con un chirrido. De él bajaron dos hombres vestidos con mono negro y una bolsa de lona al hombro. Se acercaron a grandes zancadas al helicóptero y dejaron caer las bolsas dentro antes de subirse.
Sin Fen miró a Michelet, que sonrió con frialdad.
–Prevención -explicó.
Con un estremecimiento, el helicóptero se elevó del asfalto.
Sin Fen se quitó los auriculares para no tener que seguir escuchando a Michelet. Acarició las orejas de Chelsea.
–Así me gusta.
Chelsea volvió la cabeza y alzó sus ojos dorados hacia Sin Fen.
–Tranquila, no le pasará nada -dijo ella.
–Estamos recibiendo lecturas extrañas, señor.
–Especifique -replicó el capitán Rogers, mirándolo.
La sala de control de operaciones del Wyoming era muy distinta de las atestadas y oscuras salas metálicas de los submarinos de la Segunda Guerra Mundial. Rogers estaba sentado en una silla de cuero sujeta firmemente al suelo, desde donde podía ver a todos los que se encontraban en la sala de alta tecnología. La sala estaba iluminada con luces tenues que permitían a cada miembro de la tripulación concentrarse en las pantallas de sus ordenadores y demás aparatos.
–La radiactividad es superior a la normal. Estamos detectando interferencias electromagnéticas.
–¿Peligroso?
–No a estos niveles.
–¿Fuente?
–Algo que hay más adelante en el agua.
–¿Distancia?
–Ochenta kilómetros.
–Bien, tenemos órdenes de acercarnos al límite. Vamos allá. Seguid vigilando y avisadme cuando se produzca algún cambio.
CAPÍTULO 13
–¡Esto es asombroso! – exclamó Beasley, recorriendo con las manos la piedra y los dibujos grabados en ella-. Nadie ha descubierto nunca nada igual. Ni siquiera se sospechaba que pudiera existir algo así. En Angkor Wat no hay nada que se le parezca. Y esto es más antiguo. Mucho más antiguo.
Dane escuchó al historiador hablar consigo mismo mientras observaba a Freed, que recorría con la mirada la zona donde se había estrellado el helicóptero. Los canadienses también habían visto el helicóptero destruido y Dane percibió su inquietud ante la perspectiva de adentrarse en el valle.
–No hay supervivientes -dijo.
–¿Cómo lo sabe? – preguntó Freed, bajando los prismáticos.
–Tiene que empezar a creer lo que le digo -replicó Dane-. De lo contrario, ¿qué sentido tiene que les acompañe?
–No me gusta esto -repuso Freed, mirándolo fijamente.
–Eso está bien -respondió Dane.
–No me refiero a eso. – Freed señaló con el pulgar la niebla-. No me gusta que usted nos acompañe, ni me gusta esa extraña mujer que ha aparecido en el aeródromo. No me gusta que
ocurran cosas que no entiendo.
–Creo que reunimos con la gente debería ser nuestro objetivo principal. – Dane señaló el otro lado del río-. Sugiero que se quede aquí con los canadienses y me deje entrar solo.
–No puedo hacerlo -replicó Freed.
–Ya me lo parecía, pero no estoy muy seguro de que vaya a convencer a los canadienses para que lo acompañen.
–Lo harán -dijo Freed con un tono que indicó a Dane que probablemente lo harían.
Ambos se volvieron al oír la exclamación de Beasley.
–¡Estoy empezando a entenderlo! – El profesor seguía absorto en las imágenes del muro de piedra, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, la destrucción del helicóptero borrada ya de su mente.
–¿Entender qué? – preguntó Dane.
–Es increíble -respondió Beasley, haciendo un gesto de sorpresa.
–¿El qué?
–Lo que dan a entender estos textos y estos símbolos -respondió Beasley tambaleándose-. Si no los tuviera delante, no creería que son reales.
–Explíquese -dijo Dane con voz serena, tratando de calmarlo.
–Está bien. Déjenme pensar un momento. – Beasley se frotó la frente-. Según esto, el reino khmer se estableció aquí hace más de cinco mil años. Dice que los khmer llegaron aquí procedentes de otro lugar, donde habían gobernado un reino enorme durante cinco mil años. Pero eso es imposible.
–¿Por qué? – preguntó Freed.
Dane observó cómo Beasley se obligaba a no estallar ante tal pregunta.
–¡Porque según nuestra definición de la historia, la civilización humana empezó hace sólo tres mil años! Los khmer no pudieron tener un imperio siete mil años antes. – Beasley se toqueteó la barba-. Pero aquí dice que lo hicieron. – Señaló una sección de piedra-. No sólo eso, sino que… -Se interrumpió.
–¿Qué? – preguntó Dane.
Beasley pareció comprender de pronto, y su voz cambió, volviéndose de pronto más segura.
–No, no es imposible. Tiene sentido.
–¿Qué tiene sentido? – preguntó una vez más Dane.
–Los khmer. De dónde vinieron. La civilización. – Beasley hablaba de forma apocopada, mientras se movía a lo largo del muro y seguía leyendo.
Dane se obligó a esperar. El profesor se detuvo por fin y se volvió hacia ellos.
–Según estas inscripciones, antes de trasladarse al Sudeste asiático el imperio khmer era una gran isla situada en el mar, al otro lado de la Tierra, al otro lado del mar. – Se apresuró a añadir-: Lo interpreto como una isla del Atlántico, y la tierra al otro lado, el continente americano.
–Pero… -empezó a decir Dane, pero Beasley lo interrumpió.
–Menciona una Sombra oscura. Aquí explica cómo los khmer abandonaron su antigua tierra natal y viajaron por el océano para huir de la Sombra, pero ésta los siguió. Cómo los guerreros montaron guardia durante generaciones contra la Sombra.
–¿Y? – preguntó Freed.
–No creo que tenga un final feliz -dijo Dane mientras Beasley seguía leyendo.
–Aquí dice algo de enfrentarse a… uf… -Beasley hizo una pausa.
–¿A qué? – preguntó Freed.
–A monstruos -respondió Beasley, dedicando una sonrisa a Dane. Los naga y demás. – Señaló hacia el muro del este-. Allí habla de la época anterior. Antes de que los khmer llegaran aquí. Cuando la isla en la que vivían fue destruida por lo que llaman el «fuego de la oscura Sombra», hace unos cinco mil años, y la gente se desperdigó por la Tierra.
»Pero la descripción de la isla. Los círculos de tierra y agua alrededor de una colina central sobre la que se erigían un templo y el palacio de los gobernantes. Que yo sepa, sólo existe otro lugar que se haya descrito así. ¡Que coincida exactamente con las antiguas leyendas! ¡La isla de la Atlántida!