Atrapados en la luna

Capitán Nemo · Capítulo 1 de 20

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Atrapados en la luna

Prólogo del capitán Nemo

PRÓLOGO DEL

CAPITÁN NEMO

 

CLASEDERECHANantes (Francia), finales del verano de 1840

La tarde se le estaba haciendo larga, muy larga, a Jules. Asomado a la ventana de su habitación, veía jugar a sus hermanos, Anna y Paul, abajo, en el patio trasero del edificio en el que vivía la familia Verne. Jules envidió la paciencia de Paul, que le llevaba varios años a Anna pero que siempre estaba dispuesto a construir con ella sus casitas con piedras y palos encontrados, o a colorear, como ella le decía, sus torpes dibujos de niña pequeña (unos paisajes marinos con olas que parecían montañas o, al revés, cadenas montañosas que parecían océanos revueltos), o a tirarle flojito y botando una pelota, pese a que ella se la devolvía mal y a ras del suelo y él tenía que agacharse una y otra vez. A eso estaban jugando en ese momento. Anna celebraba con grititos cada una de las veces que atrapaba a la primera la pelota y se reía como una loca cuando se la tiraba desviada a su hermano y él tenía que correr a buscarla. Paul se reía con ella, porque le hacía feliz ver divertirse a su hermana.

Jules pensó que aunque se llevaban poco más de un año, Paul y él nunca habían estado tan unidos como lo estaban sus hermanos, ni siquiera cuando los dos chicos eran más pequeños. Tampoco es que se llevaran mal, reñían y se reconciliaban como todos los hermanos, pero no como los buenos amigos.

En cuanto a Anna, no recordaba haberle dedicado nunca más de unos minutos seguidos, y siempre había sido a petición de su madre. Mejor dicho, por orden suya. Quería a su hermanita y la cuidaba si tenía que hacerlo, pero con la mente puesta en otra parte, sin prestarle demasiada atención a la niña.

Jules mismo reconocía que no tenía paciencia suficiente ni con Anna ni, quizá, con nadie. A veces ni con nada, pues hasta las cosas que no podían ir ni más deprisa ni más despacio podían impacientarlo, como por ejemplo aquella tarde. Su impaciencia en ese momento tenía por objeto algo tan regular, tan puntual, como la puesta de sol, que le parecía eterna en ese mes de septiembre aún veraniego, por una razón muy especial: quería que oscureciera ya.

Después de mirar al cielo y comprobar que, afortunadamente, este iba perdiendo luminosidad, observó de nuevo el juego de sus hermanos. Y volvió a asombrarse de que algo tan simplón como tirarse la pelota el uno a la otra y la otra al uno pudiera tenerlos entretenidos todo aquel tiempo. Le resultaba incomprensible sobre todo en el caso de Paul, si es que de verdad se divertía tanto como parecía. Era como si Jules y su hermano menor fuesen de mundos diferentes. Se acordó entonces de unas palabras que su madre le había dicho una noche, una de las muchas noches en que ella había ido a su cuarto para darle un beso y había aprovechado para pedirle que se portara bien, que no contrariase a su padre, que le hiciera más caso a su hermana, y no solo para chincharla, que jugara más con Paul, que hicieran cosas juntos los dos chicos; en pocas palabras: que participara más en la vida familiar.

—A veces tengo la sensación de que en esta casa hay dos mundos, y como si tú, siempre encerrado en tu cuarto con la cabeza en las nubes y construyendo artilugios que no se sabe lo que son ni para qué sirven, vivieras en uno y los demás viviéramos en el otro.

Sí, tenía razón su madre. La diferencia no estaba entre Paul y él, sino entre él y su familia. 0 entre él y el resto del mundo, quizá.

0 quizá no, por lo menos, no del todo. En el mundo había muchas otras personas interesadas en las mismas cosas que él. Lo sabía por los libros y por todas esas revistas científicas que de una u otra manera llegaban a sus manos y que él leía y releía para luego conservarlas como un tesoro. Lo sabía también por los resultados de aquellos sabios estudios y experimentos, visibles y palpables para todos. ¿0 es que los habitantes de Nantes no habían visto con sus propios ojos el globo aerostático? ¿No era inminente la construcción de una línea ferroviaria con París? ¿No atracaban modernos barcos de vapor en los muelles de la ciudad? Por no hablar del Nautilus… Claro que la gente sabía poco, en realidad, de aquella maravillosa embarcación capaz de surcar la superficie marina, pero también las profundidades. Se la consideraba un poco «rara» y nada más. Hasta se oía decir que no debía de navegar muy bien.

¡El mundo no estaba a un lado y Jules al otro! Había un solo mundo, lo que pasaba es que en él había mentes que, al ser más avanzadas, despertaban sospechas en los demás. Pero solamente hasta que veían la utilidad de las invenciones que eran producto del conocimiento.

Él también era un adelantado, puede que no a su tiempo, pero sí a su edad. Y tal vez fuese eso lo extraño en Jules, que viviera inmerso en la ciencia, cuando se esperaba que jugara con los chicos de su edad y que el estudio solo fuera para él la formación necesaria para el futuro y el cumplimiento de sus obligaciones. Es decir, que estudiase para saber lo que había que saber y, ante todo, para sacar buenas notas.

Él estaba seguro de saber todo lo que había que saber, y muchísimo más de algunas materias, pero lo de sacar buenas notas era una cuestión aparte. Para esto había que hacer exámenes brillantes y… portarse bien en el colegio. Ahí fallaba pero él no lo veía del todo así.

—No fallo yo, fallan ellos. ¡Son ellos los que se portan mal!

Se había enfrascado tanto en sus pensamientos que había hablado en voz alta sin darse cuenta.

—¿Qué dices, Jules? —le preguntó su hermano desde el patio, creyendo que se dirigía a Anna y a él.

—Yo no he dicho nada —contestó Jules para disimular, mirándolos como si acabara de descubrir entonces que estaban en el patio.

—¡Sí que has dicho algo! —exclamó Anna.

—¡Que no, cállate ya! —se enfadó Jules con la pequeña.

—¡Le voy a decir a mamá que me has hablado mal!

—Déjalo, si está pirado —intervino Paul.

—¡Pi-ra-do, pi-ra-do! —repitió Anna—. ¡Jules está pirado!

«Que se burle de mí todo lo que quiera, pero que no se lo cuente a mamá —pensó Jules—. Aunque puede que esta noche tenga más cosas que contarle».

Además, ya estaba acostumbrado a que en su familia lo consideraran un poco pirado. Y a que, en el colegio, los profesores lo miraran mal por ser demasiado sabiondo, por soberbio, por impertinente, por distraído, por rebelde y, últimamente, por gamberro. ¡Gamberro! Si sus profesores hubieran sido más abiertos, lo que ellos llamaban gamberradas no habrían sido más que bromas inocentes con pequeños ingenios, insectos o animalitos mecánicos que muy bien podrían haber servido en clase para explicar sencillas leyes físicas.

Y de sus compañeros no había recibido ninguna ayuda en esas ocasiones, pese a que admiraban sus inventos. Quizá fuera porque preferían tener a un gamberro en clase en vez de a un alumno que en realidad se tomaba en serio latazos como Física o Matemáticas. Se divertían más. Siempre estaban con la carcajada preparada para soltarla a la menor oportunidad. Y si Jules estudiaba tanto, solo era para hacer mejores gamberradas, más originales y espectaculares. En ese sentido, era su ídolo.

«Supongo que eso es lo normal a esta edad», pensó Jules, y puso cuidado en que sus pensamientos no se convirtieran en palabras que oyeran sus hermanos.

Se preguntó luego si, cuando tenían su edad, todos esos científicos, cuyos trabajos se aprendía casi de memoria a fuerza de leerlos una y otra vez, se habrían sentido como él se sentía a veces, un bicho raro en casa y en el colegio. Un extraño entre los chicos de su edad. Si era así, si los estudiosos e inventores habían sido unos incomprendidos en su juventud, algo no funcionaba bien en el mundo.

Sin embargo, una imagen se superpuso a todos aquellos pensamientos de desaliento. Era la imagen de sus tres amigos. Si su familia lo tenía por un pirado, pues bueno, algún día se darían cuenta de que su cabeza marchaba perfectamente (y de que, a su manera, los quería); si en el colegio merecía castigos por díscolo, que se los impusieran: él no iba a cambiar. Se sentía lo bastante fuerte para aguantar todo aquello porque había personas que sí creían en él, que lo alentaban continuamente y que se entusiasmaban con sus inventos tanto como él mismo: Marie, Huan y Caroline, sus compañeros en el club Aventureros del Siglo XXI. Y el aprecio de sus amigos era muy valioso para él, porque lo conocían bien. No por nada habían corrido juntos mil peligros, habían conversado horas y horas, ¡días enteros!, y hasta habían dormido los cuatro apretujados en una tienda de campaña hecha con ramas y la lona de un globo. Se rio al recordar el tiempo pasado en una isla lejana y solitaria, y todo lo que tuvieron que ingeniar entre los cuatro para sobrevivir. Qué miedo habían sentido, pero ¡cuánto habían aprendido y cuánto se habían divertido!

—¡Ahora se ríe solo! —dijo Anna, que había alzado los ojos hasta la ventana del cuarto de Jules—. ¡Ji, ji, ji!

—No le hagas caso —dijo Paul, pero él también se rio al ver a su hermano con la mirada perdida y la boca aún abierta por la risa.

Jules los oyó y se puso serio al instante. Luego, sin embargo, cuando sus hermanos dejaron de mirar a la ventana, asomó a sus labios otra sonrisa, esta vez maliciosa, la de quien oculta algo. Observó de nuevo el cielo, que para entonces estaba más oscuro, y su sonrisa se agrandó.

—¡Mira a Jules, Paul! —dijo Anna, que en realidad no perdía de vista la ventana de su hermano—. Tiene cara de malvado, ¡me da miedo!

—¡Eh, la pelota! —la avisó Paul.

Paul acababa de tirarle la pelota, pero como la niña no estaba atenta, había pasado a su lado sin que la viera. Chocó con la pared del fondo, a un metro escaso del lugar en que estaba tumbado Flix, el gato. El animal observó el juguete sin asustarse, y tampoco hizo nada por perseguirlo. Le traía sin cuidado la pelota, él estaba muy a gusto tumbado todo lo largo que era con la espalda pegada a la pared. Además, muchas veces le había clavado las uñas al caucho del que estaba hecha y había quedado decepcionado: dentro solo había más caucho duro, y habría tardado demasiado tiempo en destrozarla. Destrozar cosas parecía ser su única y auténtica diversión.

Flix estaba en la familia desde hacía algo más de un mes y no le tenía ninguna simpatía a Jules. Y a este tampoco le resultaba simpático el escurridizo animal. Sin embargo, que los Verne tuvieran gato se debía en parte al chico.

Tras el anhelado final de las clases casi a finales de julio, la familia se había marchado enseguida al pueblo costero donde pasaban las vacaciones desde hacía años. Jules había pedido a su padre que lo dejara quedarse en la ciudad, él solo, pero lo único que había conseguido era un castigo. Un castigo curioso que para cualquier otro chico habría sido un premio: marcharse con ellos de vacaciones e ir a la playa todos los días. Nada de encerrarse con un montón de libracos y cuadernos en su cuarto de la casa junto al mar, como le gustaba hacer a Jules, ni vagabundear por el pueblo y los alrededores en busca de materiales para construir objetos estrambóticos. Para sus padres, las vacaciones consistían en hacer lo que se suele hacer en vacaciones, no en hacer otras cosas solo porque a uno le gusten más.

A la casa de la playa que alquilaban todos los años había empezado a acercarse a la hora de las comidas un gato que parecía no tener dueño. Paul se había encaprichado con él desde el principio, y tras pedirles permiso a sus padres, lo había alimentado con leche y sobras.

—Está muy delgado, seguro que en el pueblo nadie le da nada —había dicho el chico el primer día que le puso un cuenco con comida al gato, que estaba sentado sobre sus patas traseras a unos metros y los miraba fijamente mientras terminaban su almuerzo al aire libre.

—Bueno, Paul —le había contestado Jules—, los gatos saben alimentarse por sí solos. Por ejemplo, se les da muy bien cazar…

—¡Calla, Jules, todos sabemos lo que cazan los gatos! —había cortado su madre la explicación—. Y a mí no me apetece oírlo cuando todavía estoy comiéndome el postre.

—¿Por qué, mamá, qué cazan los gatos? —había preguntado la pequeña Anna con curiosidad.

—A niñas pequeñas como tú para devorarlas muy poquito a poco; primero el dedo meñique…

—¡Jules! —había exclamado su padre, y con esa palabra había bastado para que todos callaran.

El gato se había convertido en una presencia habitual durante aquellos días de vacaciones. Era muy independiente, pero admitía las caricias de Paul y Anna, y hasta se subía al regazo de la madre a dormitar. Con el padre guardaba las distancias, y a Jules lo evitaba instintivamente.

—Porque tú sabes que yo lo sé todo de ti, felino cazarratones —le decía el chico—. Pero te envidio porque haces lo que te apetece, a ti nadie te impone nada.

No, al animal no le imponían nada, solo parecían exigirle que fuera tan bonito como era —de un gris claro que se oscurecía gradualmente hasta volverse negro en el lomo y las orejas— y dócil, como también lo era. Pero no que los acompañara a la playa, pues parecía desagradarle el agua, ni que adaptara sus horarios a los de la familia.

A Jules le habría gustado que lo dejaran llevar la misma vida que el gato, que lo dejaran a su aire. Y no le habría importado tener tumbado al felino sobre sus piernas mientras leía sus «libracos» y acariciarlo entre las orejas como veía hacer a su madre.

Cuando las vacaciones llegaron a su fin y se preparaban para regresar a Nantes, Paul quiso llevarse con ellos al gato. Para que no se escapara en el carruaje, lo metería en una caja con agujeros de ventilación que se pondría él sobre las rodillas, así no estorbaría a los demás en el carruaje y se aseguraría de que no le pasaba nada al animal. Su padre lo miró severamente, pero antes de que pudiera negarse a adoptar al gato vagabundo para siempre, Paul se le adelantó con un argumento que los convenció a todos y avergonzó a Jules:

—Yo tenía una mascota, la tortuga que mató Jules. Tengo derecho a quedarme con este gato.

Qué crueles le habían sonado a Jules aquellas palabras. Era responsable de la muerte de la tortuga, sí, la había subido de pasajera a un pequeño globo aerostático de fabricación casera que no había volado bien, pero en ningún caso había querido matarla. Y no le habían dejado hacer la prueba como él quería; cuando iba a dejar que el globo se elevara desde el balcón, todo se había precipitado por las ruidosas protestas de su familia y lo había tenido que lanzar impulsivamente.

—Está bien, Paul, puedes quedarte con el gato, pero tú te encargarás de alimentarlo y de que no ensucie, sabes a lo que me refiero —había contestado su madre.

—Y a ti, Jules, ni se te ocurra hacer experimentos con él, ¿me oyes? — había añadido su padre.

El gato, pues, había pasado a formar parte de la familia. Y para Jules era como un recordatorio perpetuo de su mala conducta.

Jules lo miraba ahora. Después de ver pasar la pelota, había vuelto a dejar la cabeza reposando de lado. El chico lo intuía más que lo veía, porque la luz había disminuido por fin y el contorno de las cosas empezaba a difuminarse. El juego de Paul y Anna se había vuelto más impreciso aún con la penumbra, pero a juzgar por sus risas, así se divertían más.

Jules supo que la sorpresa que con tanta impaciencia esperaba había hecho su aparición en el patio precisamente por el gato, al que se había quedado mirando. Aunque el animal no era más que un pequeño bulto oscuro en el ángulo entre el suelo y la pared, el chico se dio cuenta de que había alzado bruscamente la cabeza. El brillo de sus ojos le decía que tenía la vista clavada en algo. Algo que al felino no le gustaba nada, porque empezó a soltar bufidos combativos.

Lo siguiente fue un chillido de pavor de Anna. Luego, con la boca abierta pero muda, levantó el brazo para señalar algo detrás de Paul. Este se dio la vuelta y lo vio. El sonido que emitió tampoco significaba nada:

—¡¡Aaaah!!

A Jules le hizo gracia aquel coro de sonidos, pero evitó sonreír y miró también al lado abierto del patio trasero, hacia donde sus hermanos dirigían la vista.

Una forma extraña y no muy grande se aproximaba despacio. Era una figura que recordaba las ilustraciones de fantasmas de los cuentos infantiles de terror, una especie de masa flotante de brazos como alas extendidas. Pero con algunas diferencias: no era blanquecina, sino de un verde sucio tirando a gris, y no emanaba luz de todo el cuerpo, sino solo de dos puntos: lo que sería la frente y el pecho si se hubiera tratado de un ser humano. Era una luz débil y poco nítida, como tamizada por un velo, lo que la hacía más espectral aún.

—¡Socorro, socorro! —gritó la pequeña Anna, que corrió a abrazarse a las piernas de Paul.

Paul no se movió, ni siquiera le pasó un brazo por los hombros a su hermana para tranquilizarla. No podía, su mente le daba a las piernas la orden de correr para ponerse a salvo, pero sus piernas no obedecían. Estaba paralizado.

El gato, por su parte, había imitado a Anna y de tres largas zancadas se había pegado también a las piernas de Paul, pero por delante. Su actitud, sin embargo, era muy diferente, parecía haberse unido a un batallón de ataque que solo esperara una orden para arremeter contra la aparición; sus bufidos así lo indicaban.

—Ju-Jules… —consiguió decir Paul.

—¡Un fantasma, Jules, ayúdanos! —dijo Anna antes de pegar otro chillido que animó al gato peleón a bufar más.

Jules dejó pasar unos momentos antes de contestar, como dándole tiempo a la figura misteriosa de acercarse y aterrorizar aún más a sus hermanos. Cuando por fin habló, lo hizo de una manera fría, calculada:

—Si os interesa la opinión de vuestro hermano el pirado, os diré que no estoy de acuerdo en que sea un fantasma. Esas luces deben de ser sus ojos, y los fantasmas tienen los ojos donde los tenemos nosotros, porque son espectros de seres humanos. No, eso no es un fantasma.

—Y… ¿qué es? —gimió más que dijo Paul, que seguía tan rígido como antes.

—No estoy seguro, pensemos un poco. Humano no es, se ve perfectamente. Y, que yo sepa, no existen animales con esa forma y los ojos luminosos. Así que si no es un humano ni un animal, solo puede tratarse de un extraterrestre.

—¡Un marciano! ¡Un lunático! —chilló Anna.

La pequeña, ante la escasa protección que representaba su hermano Paul, corrió hacia la puerta del patio para entrar en el edificio.

—Supongo que te refieres a un habitante de la luna —decía mientras tanto Jules—, pero los habitantes de la Luna se llaman selenitas y no lunáticos.

Antes de que Anna llegara a la puerta, esta se abrió y apareció la oronda cocinera de la familia Verne. Debía de haberlo visto todo desde la ventana de la cocina y se había armado con un cazo metálico antes de bajar al patio.

Sin dejarse impresionar por la aparición, y con la niña agarrada a sus faldas detrás de ella, se dirigió sin pensárselo hacia el espectro, el ser del espacio o lo que fuera, con el cazo levantado y la intención de asestarle un buen golpe con él.

Para el gato fue como si acabaran de dar la orden que aguardaba, y de un salto larguísimo, cayó sobre la figura de ojos luminosos con las garras por delante. Se enganchó con las uñas y quedó colgado de la aparición. Fue solo un momento, porque después empezó a resbalar. No resbalaba él, en realidad, sino una capa externa que cubría a la criatura y que no tardó en quedar arrugada a sus pies como una tela (lo que era) con el gato encima, que la rasgaba con las uñas y la mordía con furia.

Resultó que el marciano o selenita, al descubierto, tenía cabeza, dos piernas y dos brazos. Aunque solo se veía su silueta a contraluz, estaba claro que era humano, un humano no muy mayor y más bien bajito. Las luces eran dos ingeniosas lámparas circulares con una llamita en el centro: llevaba una sujeta a un sombrero y la otra colgada del cuello.

No dio tiempo a fijarse más en él porque huyó a todo correr ante la amenaza de la cocinera, que blandía un cazo.

La mujer profirió unos cuantos insultos contra el fugitivo y luego le quitó la tela al gato, que casi la había hecho tiras. Miró un momento aquel andrajo verdoso y luego alzó la vista hasta la ventana de Jules.

—¡Estoy segura de que esto es cosa suya, señorito Jules!

—Yo no tengo nada que ver, créame —se defendió él.

Mentía. No del todo, pero mentía. No era cosa suya, pero algo sí tenía que ver. Y con la intervención de la cocinera, la broma podía salirle más cara de lo que había pensado. Más que a Huan, que no pararía de correr hasta ponerse a salvo en su casa. La cocinera con el cazo le había pegado un susto más gordo que el que él les había dado a Paul y Anna. Le estaba bien empleado; después de todo, la idea de la aparición de un extraterrestre al anochecer había sido suya, Jules solo le había dicho que utilizara las lámparas de carburo que habían fabricado hacía algún tiempo para bajar a una cueva, y había propuesto a sus hermanos como víctimas. Todas las tardes jugaban en el patio antes de la hora de la cena, eran un objetivo seguro. Y él lo vería todo desde la ventana de su cuarto.

Eso no había estado bien y quizá tendría serias consecuencias.

 

Un par de días después, Jules le contó a Caroline la mala pasada que Huan y él les habían jugado a sus hermanos pequeños. Y Caroline decidió comenzar con ella el relato de la nueva aventura de los cuatro amigos, el que vosotros ya habéis empezado a leer.

Esa aventura fue la quinta que Caroline narró en los cuadernos que, tiempo más tarde, me entregó para que yo los conservara. Por decisión de sus amigos, desde el principio la chica se había encargado de registrar por escrito las andanzas del grupo, y lo hizo magníficamente. Los cuadernos que redactó son una lectura que me ha acompañado toda mi vida y a la que he vuelto muchas veces. Por eso determiné que se publicaran tantos años después, en el siglo XXI, con el que tanto habían soñado aquellos jóvenes aventureros del siglo XIX.

Por lo que supe días más tarde, no es extraño que a Huan se le ocurriera aparecer como un extraterrestre a la luz incierta del crepúsculo ni que Jules lo ayudara. Por entonces, ambos, y no solamente Jules, tenían la cabeza en las nubes. Mejor dicho, mucho más allá de las nubes, incluso más allá de nuestra atmósfera, en un astro del espacio. Enseguida sabréis por qué lo digo.

Lo que sí me asombró, en cambio, cuando tuve conocimiento del proyecto que había concebido Jules, fue la ambición del joven. Una ambición infinita, pero saludable, que hasta yo le envidié un poco. Era como si tras conocer por dentro el océano a bordo de mi buque, el Nautilus, el chico necesitara explorar y dominar otro elemento. Si el ferrocarril recorría ya la Tierra a velocidades hasta hacía poco inimaginables y yo había demostrado que era posible desplazarse por las profundidades marinas, ¿por qué no viajar por el aire hasta el propio cielo? Así imagino que funcionó su mente. Y su mente, lo reconozco, empezó a ir unos pasos por delante de la mía.

CAPITÁN NEMO