Atrapados en la luna
Capítulo 3. Corred y no preguntéis. La casa de los petardos
Capítulo 3
CORRED Y NO PREGUNTÉIS
LA CASA DE LOS PETARDOS
Caroline y Marie se sorprendieron al día siguiente al entrar en la trastienda que era sede del club de aventureros. Las dos llegaban un poco más tarde de la hora convenida y, sin embargo, allí solo estaba Huan.
—Qué tardonas, llevo media hora esperándoos. Y menos mal que venís las dos; si alguna se hubiera retrasado más, no la habría esperado. Venga, salgamos ya.
—¿Y Jules?
—¿Salir?
—¿A él no lo esperamos?
Las preguntas se les agolparon en la boca a las chicas.
—Él ya está donde debe estar. Y supongo que nos espera con tanta impaciencia como yo os esperaba a vosotras.
—¿Y cuál es ese sitio en que está?
—El sitio al que vamos. En marcha.
—¡Yo no me muevo de aquí hasta que nos digas adónde vamos y para hacer qué! —se enfureció Marie.
—Allá tú. Además, son ganas de incordiar. Ya te dijimos ayer que vamos a tirar petardos, y el sitio al que vamos, que no sé cómo se llama, igual no tiene ni nombre, lo descubrirás por ti misma dentro de muy poco. Venga.
Las chicas se resignaron a seguirlo sin hacer más preguntas. Huan estaba desconocido, de un mal humor inusual en él. Debía de ser por la espera. Y puede que también por el esfuerzo que le costaba guardar un secreto. No se le daba bien guardar secretos, ya había puesto en dificultades alguna vez a los aventureros precisamente por lo contrario, por irse de la lengua.
—Dejemos que se le pase el enfado, y dentro de un rato, si el camino es lo bastante largo, lo sometemos a un interrogatorio —le cuchicheó Marie a Caroline mientras salían de la tienda—. Un interrogatorio duro, sin ancianas con caramelos que lo libren.
—Sí, ahora no hay nada que hacer. ¡Vaya conversación absurda la que hemos tenido!
Pero la jugada no les salió bien. A Huan se le pasó el enfado, es cierto, y el camino era lo bastante largo para que les diera tiempo a hacerle preguntas, pero el chico lo había previsto todo y andaba siempre deprisa y un par de metros por delante de ellas.
—Venga, venga, pero ¡qué lentas! —les decía.
Y, de reojo, comprobaba que seguían su ritmo pero que no se le echaban encima. Si ellas aceleraban, él también. Terminaron todos medio corriendo. Así era imposible hablar.
—Aquí es. Subamos.
Las chicas lo comprendían cada vez menos. Habían dejado atrás la ciudad y se encontraban en pleno campo, en un viejo caserón abandonado. Y Huan no solo les pedía que entraran, sino también que «subieran». ¿Pero no se trataba de tirar petardos en las afueras, al aire libre?
Él atravesó la puerta con familiaridad y subió de dos en dos los peldaños de una gran escalera que arrancaba frente a la entrada. Se movía por el edificio como si la conociera bien.
—¿De quién es esta casa? —le preguntó Caroline antes de subir—. ¿No podemos echarle un vistazo?
—No sé de quién es. De nadie, supongo —respondió Huan desde el primer piso—. Al bajar damos una vuelta por ella, si queréis. Y si tenemos tiempo. Pero no hay mucho que ver, solo unos cuantos muebles viejos y rotos.
Las chicas se encogieron de hombros y subieron también. Habían perdido de vista a Huan.
—¿Hasta dónde hay que subir? —gritó Marie—. ¿Dónde estás?
—¡Hasta arriba del todo, hasta la azotea! —les llegó la voz de Huan por el hueco de la escalera.
En ese momento, Caroline se puso a la altura de Marie y luego la adelantó como invitándola a echar una carrera. Marie aceptó el reto y la alcanzó unos peldaños más arriba.
Huan las vio aparecer al mismo tiempo por la puerta de la azotea, pero ambas decían que habían ganado. Estaba solo, con un saco medio lleno en el suelo a sus pies, junto a un parapeto bajo, un murete que corría por todo el borde del edificio. Intuyendo la pregunta que le harían las chicas al no ver a nadie más, Huan se anticipó:
—Allí está Jules, casi ha terminado.
Las chicas miraron a donde señalaba Huan con el brazo y vieron a Jules a lo lejos, en un antiguo campo de labranza abandonado que se extendía desde el caserón hasta un encinar. Tenía en las manos lo que parecía un saquito blanco, agujereado en un pico para que saliera un polvillo con el que estaba acabando de trazar una línea blanca en el terreno. Era la quinta línea; había otras cuatro a intervalos regulares de unos diez metros en paralelo a la fachada de atrás del caserón. Se había guiado por los viejos surcos y le habían salido unas rayas muy rectas.
Cuando terminó la quinta línea, Jules miró a la casa y los vio. Alzó un brazo para saludarlos.
—Ahora viene, y ya empezamos —dijo Huan.
Las chicas ni se molestaron en preguntarle qué era lo que iban a hacer. Marie observó el saco, tumbado de costado en el suelo y de cuyo lado sin coser, aunque con los picos anudados, sobresalían los extremos de unas varitas. Caroline, por su parte, giró sobre sí misma para contemplar el paisaje de alrededor. Todo eran bosquecillos y campos de cultivo; se notaba los que habían sido propiedad de los dueños del caserón porque estaban descuidados, terrenos pardos en los que no crecía nada o solo unos hierbajos; los demás se veían segados o arados, listos para la próxima siembra.
—Si no estuviera tan lejos, esta sería la sede ideal para el club —dijo—. Es como otro mundo, un mundo que solo nos pertenecería a nosotros.
—Y en el que mi madre no nos traería la merienda —comentó Huan con su gran sentido práctico.
Jules llegó entonces con dos saquitos en las manos, el agujereado, casi vacío, y otro.
—Es cal —les explicó a las chicas—. Y había traído otro porque pensaba que alguien me ayudaría a trazar las líneas que veis.
—¡Otro que nos regaña por llegar tarde! —refunfuñó Marie.
Caroline fue más irónica:
—Comprende que se pongan así, Marie, los chicos no podían esperar para arruinar a petardazo limpio la paz de este lugar tan bonito…
Se rieron los cuatro y sus risas sirvieron para olvidar finalmente el asunto del retraso. Jules se acercó al murete, desanudó el saco y cogió un cuaderno, un lápiz y una de las varitas que asomaban. Era un pequeño cohete.
—Los hemos hecho nosotros —dijo Huan.
—¿Y para qué es el cuaderno? —preguntó Marie.
—Para anotar las distancias —le aclaró Jules.
La chica se fijó en que la página por la que Jules había abierto el cuaderno no estaba en blanco. En ella había dibujada una tabla de dos columnas, una ya rellenada con números.
—Son las cantidades de explosivo, una mezcla de nitrato de potasio, carbón y azufre, o sea, pólvora —le dijo Jules, que había seguido su mirada.
Las chicas lo observaron admiradas por sus conocimientos. Si les hubieran preguntado a ellas, habrían dicho que la pólvora era un polvillo que existía tal cual, no una mezcla de todo eso. Pero no les pasó por alto que, en realidad, Jules no estaba respondiendo a sus preguntas.
—Muy bien, pero ¿para qué has escrito esa ristra de cantidades? ¿A qué vienen estos peligrosos juegos con pólvora? ¡¿Para qué demonios hacéis todo esto?! —empezó a perder los nervios Marie.
—Para saber cuánto sale propulsado un cohete con cada cantidad de pólvora.
Caroline hizo la siguiente pregunta antes de que la planteara a grito pelado Marie.
—¿Y es muy importante conocer esa propulsión? —dijo la chica, a la que tampoco le gustaba demasiado aquel experimento con el explosivo.
—Bastante importante —fue la breve y poco esclarecedora respuesta de Jules. Y ya no les dio oportunidad de hacerle más preguntas porque apuntó el cohete hacia el campo con las rayas de cal y dijo:
—Enciende, Huan.
Su amigo se pegó al parapeto, encendió un fósforo y lo acercó a la mecha. Las chicas se taparon los oídos.
—No va a explotar, la pólvora solo sirve para propulsarlo —las tranquilizó Jules.
Así fue. Cuando la mecha se consumió y prendió la pólvora, el cohete salió disparado muy derecho, hizo una curva baja en el aire y cayó entre la primera y la segunda línea blanca. Marie vio que Jules anotaba en el cuaderno «14 m».
El chico sacó otro cohete y ella se fijó en que el cartucho de la pólvora llevaba escrito el número 2. Entonces contó las varas que quedaban. Eran dieciocho. En total, iban a lanzar veinte cohetes numerados, y cada vez, Jules registraría la distancia que alcanzaban.
—Me parece que voy a aburrirme un buen rato —dijo.
—No creas —le dijo Huan.
En ese momento estalló un petardo detrás de los cuatro. Jules, Marie y Caroline dieron un respingo y chillaron; a Jules se le cayeron al suelo el cuaderno y el lápiz. Hasta el propio Huan se asustó, pese a haber sido él quien había encendido y tirado el pequeño explosivo cuando los demás no miraban. Y no lo había cogido del saco, lo llevaba en un bolsillo.
Se asustó, pero también se rio como un descosido.
Las chicas se abalanzaron sobre Huan y le sujetaron los brazos a la espalda entre las dos.
—¿Qué hacemos con él? —dijo Marie—. Yo digo que lo tiremos desde aquí arriba.
—Sí, no es mala idea —la apoyó Caroline—. Pero se me ocurre otra mejor y que le va a dar más rabia: que no vuelva a encender él los cohetes. Lo haremos nosotras y, de paso, nos aburriremos menos.
Dicho y hecho, a partir de ese momento no dejaron que Huan se acercara a los cohetes, y fueron ellas las que, por turno, encendieron las mechas. Al principio les dio un poco de miedo. Marie encendió el primero que le tocó con el brazo muy estirado y la cara medio vuelta. Caroline, cuando el fósforo iba a llegar a la mecha, cerró los ojos y casi le quema una mano a Jules.
—¡Cuidado! —dijo él apartándose.
—¡Perdona!
Pero también Caroline venció su miedo y las chicas solo tomaron aquellas precauciones con sus primeros cohetes; los demás los encendieron con confianza y los siguieron con la vista hasta que cayeron en el campo.
Los cohetes no eran veinte, sino cuarenta, porque había otros con vara más corta que no sobresalían del saco y que Jules lanzaba casi en vertical. Calculaba a ojo la altura a la que ascendían y la apuntaba al lado de la columna de las distancias.
Era casi de noche cuando terminaron de lanzar los cohetes, y en los dos últimos, los que más pólvora contenían y volaban hasta más lejos, Jules tuvo que anotar la distancia con un ligero margen de error, por ejemplo, «46-48 m», porque no veía bien el punto en el que habían caído. Una enorme luna llena había salido ya por el este y Jules se quedó mirándola fijamente.
—Qué bonita —dijo entonces Caroline, que se había quedado tan embobada con el astro como su primo. Se acercó a él hasta que sus hombros se tocaron—. También sería un buen lugar de reunión para nosotros, pero ese sí que está lejos.
—No tanto —respondió sorprendentemente Jules.
Caroline no se lo discutió porque sabía que su primo sería capaz de decirle entonces a qué distancia exacta estaba, cuál era su circunferencia y cosas así, y para ella no era un buen momento para las cifras ni para el saber científico, sino solo de contemplación.
La que sí arruinó un poco aquel momento fue Marie. La chica se había pegado a Jules por el otro lado.
—Bah, la luna —soltó. Sin embargo, estaba disfrutando de aquella imagen igual que sus amigos.
—Si fuera nuestro lugar de reunión, tampoco merendaríamos todas las tardes —reflexionó Huan—. Por cierto, mi estómago me dice que es la hora de cenar.
El estómago de Huan no se equivocaba nunca: daba puntualmente la hora del desayuno, la del recreo, la de la comida, la de la merienda y la de la cena, así que debía de ser tarde. Tendrían que correr, como siempre.
Huan, quizá por el hambre, parecía tener más prisa que ninguno y fue el primero en bajar. Cuando sus tres amigos estaban ya en el último tramo de la escalera, comprendieron la verdadera razón de su apresuramiento. En la planta baja estallaron tres petardos seguidos que resonaron como cañonazos en el caserón vacío y los dejaron sordos unos instantes.
Volvieron a hacer el camino hasta la ciudad corriendo: Huan en cabeza, con las chicas detrás persiguiéndolo, y Jules porque los demás corrían.
Sin proponérselo, Huan había evitado de nuevo el interrogatorio de Caroline y Marie, hartas de tanto misterio.