Bajo el sol de California

Susan Mallery · Capítulo 2 de 31

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Bajo el sol de California

Capítulo 2

«Ay, qué bien que sigues aquí» no eran las palabras que Zennie Schmitt quería oír ocho minutos antes de que acabase su turno. Llevaba diez horas de pie. El día, que podría considerarse tranquilo, había incluido dos angioplastias que habían salido sorprendentemente bien teniendo en cuenta la edad y el estado físico de los pacientes. Iba de camino a la taquilla a recoger sus cosas cuando había oído que la llamaban por el intercomunicador.

El doctor Chen se mostró aliviado de que siguiera en el hospital.

–Tengo un baipás de urgencia. ¿Te animas?

Zennie entendió la pregunta. Ya había hecho una jornada entera. Estaba cansada y, si no se veía con energía para asistir al doctor Chen en una cirugía de baipás de arteria coronaria, debía decirlo. Era más que una enfermera perioperatoria, o enfermera quirúrgica, como también se las llamaba; formaba parte de un equipo de enfermería de élite que trabajaba en uno de los hospitales de cuidados cardíacos más prestigiosos y concurridos del país. Veían a algunos de los pacientes más enfermos del mundo y cuando tenían a alguien en su mesa de operaciones, solía ser una situación de vida o muerte. Dar menos del mil por cien era inadmisible.

Se tomó un segundo para cerrar los ojos y respirar. Sí, estaba cansada pero no agotada. Con suerte solo tendrían que reemplazar una arteria, aunque era posible que hubiera otras afectadas y que una cirugía de tres o cuatro horas se prolongara mucho más. Aun así, el doctor Chen y Zennie trabajaban bien juntos y a ella le gustaba formar parte del equipo.

–Me paso un momento por la cafetería y voy para allá.

–Excelente.

El doctor Chen colgó sin decir nada como «¡vaya, qué bien!» o el esperado pero rara vez oído «gracias». Era un cirujano brillante y de gran talento que prácticamente hacia magia, hacía revivir corazones que otros consideraban insalvables, pero en lo que respectaba a sus habilidades sociales le faltaba desenvoltura. Mientras corría a la cafetería, Zennie se preguntó si alguna vez había hablado con él de algo que no fuera un paciente.

Pasó de la cafetera y fue directa a la máquina de expresos. Sabía muy bien cuánto tardaría uno doble en incrementar su lucidez mental. Hacia el final de la cirugía estaría agotada, pero para entonces tendría la adrenalina a tope, así que aguantaría bien. Al día siguiente sería supercuidadosa con la dieta para compensar la paliza que su cuerpo se iba a dar esa noche.

Ocho horas y cuarenta minutos, y un doble baipás después, por fin llegó a su coche. Estaba cansadísima y le dolía todo. Las brillantes luces del aparcamiento desentonaban con la tranquilidad y la oscuridad que había al otro lado. Pasaba de la medianoche y la buena noticia era que no tendría que preocuparse por encontrar mucho tráfico de vuelta a casa. De hecho, el trayecto, que solía durar veinticinco minutos, duró doce. Justo después de la una entró tambaleándose en su habitación.

Se quitó el uniforme y se lavó la cara y los dientes. Antes de meterse en la cama, tan agradable y mullida, agarró el teléfono y comprobó los mensajes.

Tenía un recordatorio para salir a correr en grupo a las cinco de la mañana. «Ni de coña», pensó bostezando. A nadie le sorprendería. Los viernes siempre eran un «a lo mejor» y los fines de semana un «sí, seguro», a menos que estuviera de guardia. Además, a las diez y media había quedado con Ali, su hermana pequeña, para probarse el vestido de dama de honor.

Hizo lo posible por no gruñir al pensar en las inminentes nupcias. Y no porque no quisiera a su hermana, sino porque las bodas eran una lata y, la verdad, Glen no le hacía mucha gracia. Parecía como si nunca mirara a Ali con un amor y un afecto claros. Nigel, el marido de su hermana Finola, era todo lo contrario. Cuando miraba a su mujer, podías sentir el calor.

Hablando de calor… Se colocó la almohadilla de calor debajo de la espalda. Tenía los músculos tensos por tantas horas en el quirófano.

Había un mensaje de su padre con una foto de su velero anclado en una preciosa bahía caribeña.

Ojalá estuvieras aquí.

Zennie sonrió y escribió:

Sí, ojalá estuviera allí. Te echo de menos, papá.

Sabía que tardaría unas horas en volver a saber de él. Entre la diferencia horaria y que su padre y su madrastra vivían en «modo relax», las respuestas a los mensajes podían tardar un buen rato. Aun así, qué gusto imaginarse un par de semanas en un velero en algún lugar como el de la foto.

El último mensaje era de su madre. Contuvo una carcajada al leer que se ofrecía a organizarle una cita a ciegas con un «chico muy guapo que te va a encantar» antes de terminar diciendo: «Me hago vieja y espero tener nietos antes de morir».

Seguía riéndose cuando se quedó dormida.

Aun sin haberse puesto el despertador, Zennie se levantó temprano. Se duchó, se tomó un batido cargado de proteínas, hizo alrededor de media hora de estiramientos y salió a reunirse con Ali.

La tienda de vestidos de novia de Sherman Oaks era muy elegante y solo atendían con cita. Pensó que tal vez había sido un error ir con pantalones de yoga y camiseta, pero después se dijo que daba igual. De todos modos, iba a tener que quitarse la ropa.

Ali ya estaba allí, prácticamente bailando de emoción cuando Zennie entró en la tienda.

–Hola. Los vestidos han llegado y son preciosos. Vais a estar geniales.

Puede que incluso mejor que yo. Finola, seguro. Tener una hermanas preciosas es duro.

Zennie la abrazó.

–La novia eres tú y la novia siempre es la más guapa.

Ali puso los ojos en blanco, pero sonrió igualmente.

–Bueno, bueno, eso ya lo veremos. La semana pasada me probé mi vestido y me alegro de no haber comprado el más pequeño. Debo de ser la única novia de la historia que no se ha molestado en hacer dieta.

Zennie no supo qué decir. Cuando Ali se había comprometido, había acudido a ella pidiéndole una dieta y un programa de ejercicios. Zennie la había ayudado todo lo que había podido, pero Ali nunca había estado muy por la labor. Tenía diez kilos de más desde la pubertad y decía que pasarse el día trabajando en un almacén ya era bastante ejercicio. Ella había intentado explicarle que estar de pie no era lo mismo que hacer ejercicio, pero Ali nunca hacía caso. Aun así, tenía una belleza saludable, natural y encantadora, y el pelo y los ojos marrones. Era la más baja de las hermanas y la más curvilínea. Finola era la belleza alta y rubia que se mantenía delgada para salir por la tele a base de comer cantidades pequeñas y evitar los carbohidratos. Zennie había intentado convencerla de la importancia de una dieta variada, pero Finola se había negado a escucharla.

–¿Lista para ver tu vestido? –preguntó Ali–. Finola se probó el suyo cuando yo me probé el mío la semana pasada.

–Lo estoy deseando –mintió antes de reprenderse por no estar más volcada en los preparativos. La boda era un gran acontecimiento. Debería alegrarse y ser más participativa.

Pero es que el rollo ese de las bodas no iba con ella, pensó mientras Ali la conducía hacia el probador. No, se corrigió. No era solo por eso. Era por todas las expectativas creadas en torno a las parejas. Había crecido dando por hecho que cuando fuera adulta se emparejaría, como los animales del Arca de Noé. Se enamoraría, se casaría y formaría una familia. Pero eso no había pasado y, para ser sincera, no estaba segura de que quisiera.

–¡Tachán! –canturreó Ali al abrir la puerta del probador.

Un vestido largo color azul marino colgaba de un gancho ornamentado y anclado a la pared. Con mangas japonesas y escote corazón, se ceñía en la cintura antes de caer hacia el suelo con delicadeza. El de Finola era del mismo color pero con estilo diferente. Ali había tenido claro que quería encontrar estilos que les gustaran a las dos, lo cual resultaba una cualidad encantadora en una futura novia. Zennie tenía una amiga que se había convertido en una novia lunática y había vestido a sus acompañantes con unos batiburrillos espantosos de color lima y volantes.

Ali solo había pedido que fueran de color azul marino, pero por lo demás les había dejado decidir a ellas.

–Es precioso –murmuró Zennie pensando que era perfecto y bastante bonito para ser un vestido de dama de honor.

–¿Has traído los zapatos?

Zennie le dio una palmadita a su bolsa.

–Aquí están.

Estaba segura de que Finola habría elegido unos de algún diseñador y de diez centímetros. Ella había optado por unas bailarinas planas. Por nada del mundo se pondría tacones, ni siquiera por su hermana.

Se quitó las deportivas sin cordones que llevaba, los pantalones de yoga y la camiseta. No se había molestado en ponerse sujetador, así que no tendría que preocuparse por que se le vieran las tiras. Bajó la cremallera del vestido, se lo puso y se lo subió. Ali se situó detrás de ella para subirle la cremallera y después Zennie se calzó. Las dos miraron al espejo.

–Perfecto –dijo Ali suspirando–. Venga, vamos a verte en el espejo grande. Te queda genial, no creo que haga falta modificar mucho.

La dependienta se reunió con ellas en la sala principal. Zennie se subió a una plataforma frente a un espejo enorme que intimidaba un poco.

Mientras se miraba pensó que tal vez debería haberse puesto un poco de máscara de pestañas o ahuecado el pelo.

Pero en lugar de eso, estaba como siempre: con la cara lavada, el pelo corto y de punta y sin el más mínimo rastro de maquillaje. Apartó a un lado la culpabilidad diciéndose que ya hacía un esfuerzo cuando tenía una cita.

¿Acaso no bastaba con eso?

–¿Te gusta? –le preguntó la dependienta a Ali como si la opinión de Zennie no importara–. ¿Es lo que imaginabas?

–Por desgracia, sí –Ali se rio–. ¿Lo ves? Te dije que mis dos hermanas eran fabulosas. Nadie se va a fijar en mí.

–Qué tontería. Serás la novia. –La mujer se subió a la plataforma y empezó a sacar alfileres del alfiletero que tenía en la muñeca–. Voy a ceñir un poco la tela para que te hagas una idea y luego vendrá la modista para marcar con los alfileres.

Las dos mujeres hablaron de todo, desde el largo del vestido hasta la posibilidad de bajar el escote… a lo cual Zennie se negó.

–¿Seguro que no quieres llevar ningún tipo de tacón? –preguntó la mujer.

–Segurísimo.

Ali suspiró.

–Zennie no va a ceder en eso. Menos mal que su novio no es mucho más alto que ella, porque si no quedarían raros juntos.

Zennie miró a su hermana por el espejo.

–¿Novio?

–Pues claro. Clark.

Zennie no entendía nada.

–Clark. Llevas un tiempo saliendo con él. Trabaja en el zoo. Es especialista en primates o como se llame eso.

–Primatólogo, y no es mi novio. Solo hemos salido tres veces.

Apenas lo conocía y no tenía ni idea de si le gustaba o no. ¿Novio? Ni de coña. Ni siquiera le había hablado de Clark a su madre, lo cual explicaba el mensaje ofreciéndose a organizarle otra cita a ciegas.

–Dijiste que ibas a llevarlo a la boda.

–No. Dije que a lo mejor lo llevaba a la boda.

–¡Zennie! Lo he organizado todo contando con que traerías pareja.

Tienes que traer acompañante.

¿Por qué? Esa era la pregunta, pensó mientras Ali se distraía hablando de si acortar o no las mangas.

¿Por qué tenía que llevar pareja? ¿Es que sería menos aceptable para la sociedad si no llevaba acompañante? ¿Su conversación sería menos chispeante y su cariño menos grato? No tenía ni idea de por qué había mencionado siquiera a Clark, y mucho menos por qué había comentado que podría acompañarla a la boda. No lo querría allí independientemente del estado de su no relación. Por un lado, la gente haría demasiadas preguntas.

Por el otro, su madre se volvería completamente loca ante la posibilidad de que por fin fuera a sentar cabeza con alguien y a darle nietos. Nadie podría sobrevivir a tanta presión.

Una vez le ajustaron y marcaron la tela, Zennie miró el vestido. Jamás se lo diría a su hermana, pero ella lo veía exactamente igual. Aunque, claro, tenía todos esos alfileres clavados para demostrar que no era así.

–¿Puedes terminar sin mí? –preguntó Ali mirando el reloj–. Tengo que pasar por la floristería antes de volver corriendo al trabajo para una reunión.

–Tranquila. Me quedaré aquí de pie hasta que me suelten. –De nuevo pensó en cómo miraba Nigel a Finola mientras que Glen no miraba a Ali–.

¿Tu futuro maridito no debería ocuparse de algo?

–Jamás me fiaría de que Glen se ocupara de las flores. Él es de rosas rojas y eso no funcionaría lo más mínimo. –Ali se subió a la tarima y la besó en la mejilla–. Gracias por hacer esto. Te quiero.

–Yo también te quiero.

Ali corrió a la puerta y miró atrás.

–¡Trae acompañante!

–Que te den.

Ali seguía riéndose cuando salió de la tienda.

Zennie miró su reflejo e intentó no pensar en la boda. Serían cuatro, o tal vez cinco, horas de su vida. Sí, serían una tortura, pero por una buena causa. En nombre de la hermandad y todo eso.

En cuanto a lo del acompañante… Bueno, eso podría suponer un problema porque lo de Clark era imposible con toda seguridad.

Finola agarraba el volante con tanta fuerza que le dolían los dedos, pero no se atrevía a relajarse. No hasta que estuviera en casa. Condujo despacio, con cuidado de no sobrepasar el límite de velocidad al entrar en su exclusivo barrio de Encino. Según se aproximaba al portón de su pequeña comunidad, sintió que perdía el control.

«Casi hemos llegado», canturreó en silencio. «Casi hemos llegado, casi hemos llegado, casi hemos llegado».

Efectuó dos giros a la derecha y uno a la izquierda antes de acceder al camino de entrada y pulsar el botón para abrir la puerta del garaje. Al entrar se le resbalaron las manos y el coche viró un poco a la derecha. Pisó los frenos de golpe y empezó a retroceder, pero entonces se dio cuenta de que no hacía falta. ¿Qué más daba si se salía de su plaza? Nigel no iba a aparcar a su lado dentro de un rato. De eso estaba segura.

Apagó el motor y agarró la bolsa y el bolso. Una vez cerró la puerta del garaje, entró en la casa.

La recibió el silencio. Nigel y ella nunca habían querido tener servicio doméstico completo. Tenían servicio de limpieza dos veces por semana y servicio de comida a domicilio, pero los habían cancelado de cara al viaje a

Hawái. Dos horas antes el plan había sido reunirse en casa con Nigel después del programa para poder terminar de hacer las maletas y salir hacia el aeropuerto a primera hora de la mañana. Pero ahora ya nada de eso pasaría. Ni lo de hacer las maletas, ni lo del viaje, ni lo de estar los dos juntos, ni lo de hacer un bebé.

Soltó el bolso y la bolsa en el suelo y se descalzó. Necesitaba un plan.

Tenía que pensar qué hacer en primer, segundo y tercer lugar, pero a cada paso que daba el dichoso impacto se disipaba dejando tras de sí dolor, incredulidad y humillación. Primero salieron las lágrimas y luego los sollozos. Se tambaleó antes de caer de rodillas y cubrirse la cara con las manos mientras se sacaba a gritos la agonía.

Lloró hasta que le dolió el pecho y se le irritó la garganta. Lloró hasta que no le quedó más que un vacío y la certeza de que nunca volvería a estar completa. Se tendió sobre las baldosas frías y duras deseando poder estar en cualquier otra parte menos allí. En cualquier otra parte que no fuera…

–¡No! –gritó al incorporarse y secarse la cara–. En cualquier otra parte no. –En la televisión no. Estar ahí sola, confundida, triste y furiosa era mejor que mirar a esa estúpida cámara mientras todo el mundo que la estaba viendo se preguntaba qué estaba pasando.

Eso se lo había hecho Nigel, pensó mientras se levantaba con dificultad.

El muy cabrón había ido a su camerino para contarle lo de su aventura.

No, mucho peor. Le había contado lo de su aventura consciente de que su amante se encararía con ella unos segundos después. Por eso había elegido ese día, justo antes del programa. Por eso había necesitado que lo supiera. La había debilitado sabiendo que Treasure la derribaría. Le había sido infiel y después la había arrojado a las garras de Treasure.

Podría haberle dicho quién era. Podría haberla advertido, haberle dado un segundo para recuperar el aliento, pero había permitido que se quedara descolocada. No solo la había engañado, sino que no la había protegido. La había expuesto sin pensar en su trabajo o en su carrera o en lo que pasaría en la televisión en directo. ¿Y si se hubiera derrumbado? ¿Y si Treasure le hubiera dicho algo al público?

Distintas posibilidades desfilaban ante ella como una pesadilla. Gracias a Dios que era fuerte, pensó con tristeza. Lo bastante fuerte para sobrevivir a Nigel.

Sacó el teléfono del bolso. Ningún mensaje de su marido. Bueno, tampoco era de extrañar, pensó llorando otra vez. ¿Qué se había creído?

¿Que se disculparía y le suplicaría que volviera? Ni siquiera ella era tan tonta.

Recorrió descalza la casa, sumida en el silencio, antes de subir. El dormitorio principal era grande con puertas de cristal dobles que daban a un balcón. Ignoró la belleza del espacio que había adorado hasta ese momento.

Ignoró la gran cama y las sábanas que Nigel y ella habían elegido juntos.

Contuvo la sensación de sentirse expuesta, contuvo el dolor y la sensación de traición. Tenía que seguir respirando, seguir moviéndose. Tenía que pensar qué narices iba a hacer ahora. ¿Esperar? ¿Esperar a tener noticias de él? ¿Se habría ido para siempre? ¿Era solo una aventura? ¿Cuánto tiempo llevaba acostándose con Treasure? ¿Había otras mujeres? ¿Cuánto tiempo llevaba mintiendo, encandilándola mientras se reía con su amante?

Las lágrimas volvieron. Las ignoró y entró en la zona del vestidor que pertenecía a Nigel. Faltaban secciones enteras: camisas y trajes, vaqueros, camisetas. Alargó la mano como si las prendas no faltaran, como si solo fueran invisibles para ella.

Pero sus dedos no agarraron nada. Allí solo quedaba el espacio que una vez había ocupado la ropa de su marido. Cerró los ojos y se dejó caer en el pequeño banco del vestidor. Justo la noche anterior habían salido a cenar, pensó con desesperación. Justo la noche anterior habían estado hablando de Hawái. Habían ido al restaurante favorito de los dos, un pequeño bistró en Ventura Boulevard, y se habían sentado en su rincón favorito. Habían hablado de sus anteriores viajes y él la había hecho reír, como siempre. La había hecho sentirse amada y especial porque así era él. O así había sido.

Ella había estado a punto de contarle su plan; de mencionarle que había dejado de tomar la píldora y que estaba lista para formar una familia con él, o mejor dicho, ansiosa por hacerlo. Pero había esperado porque había querido sorprenderlo.

Todo había sido mentira. Cada gesto, cada palabra, cada abrazo. No habían hecho el amor, pero la había abrazado y le había dicho que la quería, y todo ello sabiendo lo que le haría al día siguiente. Lo había planeado.

Se rodeó la cintura con los brazos y se balanceó en el pequeño banco.

Gritó y el desgarrador sonido resonó por los espacios vacíos. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué le había hecho daño? ¿Por qué…?

El teléfono sonó. El sonido la sorprendió. Después se levantó de un salto y buscó el teléfono. Lo vio en una estantería y se lanzó a por él segura de que sería Nigel. Se había dado cuenta de su error y se arrepentía.

–¿Sí?

–Hoy estabas rara. ¿Te encuentras bien?

La voz familiar debería haberla reconfortado, pero no fue así. Aunque su madre siempre la apoyaba en todo, no era especialmente cariñosa. Y

tampoco entendería cómo era posible que una zorra estrella del country-pop le hubiera quitado el marido a su hija mayor. Un instante antes de hablar, Finola se planteó soltar la verdad, pero luego lo descartó.

–He tenido… una intoxicación alimentaria –mintió, pensando que era más sencillo ceñirse a lo que ya les había dicho a Rochelle y a Melody–.

Acabo de vomitar.

–Ah, eso lo explica todo, porque estabas muy tensa con esa tal Treasure.

Por cierto, no me ha gustado su canción, aunque claro, tampoco es que yo sea su público destinatario, ¿no? ¿Estarás bien para volar a Hawái mañana?

–Ese es el plan –dijo haciendo lo posible por controlar la voz mientras las lágrimas le caían por las mejillas–. Ir a Hawái con mi marido.

–Deberías hablar con él sobre quedarte embarazada. Ya va siendo hora, Finola. Y, lo más importante, quiero nietos. Todas mis amigas los tienen, y la mayoría tienen varios. Algunas tienen tantos que hasta se quejan. Eres la única que está casada, así que en tus manos está.

Esas palabras pretendían hacerla sentir culpable, pero Finola dudaba que su madre quisiera saber cuánto daño causaba con ellas. Se sentó en el banco e intentó detener la hemorragia emocional.

–Ali se va a casar.

Su madre emitió un sonido de desdén desde lo más profundo de la garganta.

–¡Por favor! Esperará al menos un año para quedarse embarazada y yo quiero nietos ya.

–Pues es una pena que no se puedan pedir por Amazon. Eres miembro Prime, así que podrías tener uno el martes.

–Muy graciosa. Vale, ya veo que vas a ignorarme, como de costumbre, pero a pesar de eso te quiero y espero que Nigel y tú lo paséis de maravilla.

Cuando volváis de vacaciones, puedes ayudarme a preparar la casa para

venderla. Hay mucho por hacer y espero que vosotras hagáis gran parte del trabajo.

Ahora mismo Finola no podía lidiar con eso.

–Claro, mamá. Te llamaré cuando esté en casa. Adiós.

Colgó antes de que su madre pudiera decir nada más y después tiró el teléfono sobre la moqueta.

¿Y ahora qué? No tenía ni idea de qué hacer, ni cómo hacer que el dolor fuera menos insoportable. Quería ir arrastrándose hasta un lugar oscuro y esconderse ahí como un animal herido. Quería volver atrás para poder impedir la aventura de su marido.

¿Cómo podía haberle hecho algo así? Se suponía que tenía que amarla para siempre. Eran un equipo, una pareja.

El teléfono zumbó cuando la entrada de un mensaje iluminó la pantalla.

Pulsó un botón para que volviera a aparecer y se le aceleró el corazón al ver que era de Nigel.

Tenemos que hablar. Me pasaré el domingo a mediodía y veremos qué hacer. Está pendiente el viaje a Hawái. Tú tienes toda la documentación.

¿Puedes cancelarlo?

Un segundo mensaje apareció debajo:

Lo siento.

–¿Y ya está? –gritó Finola a la pantalla–. ¿Es todo lo que tienes que decir? ¿Solo eso? ¿Dónde está la explicación que me debes? ¿Por qué no lo estás solucionando?

No hubo respuesta, ni sonido, nada más que la pantalla fundiéndose en negro lentamente.

Se levantó. Nigel se había ido y no sabía si iba a volver. Siempre había estado a su lado, amándola, haciéndola sentirse increíble, y ahora todo eso había desaparecido. Así, sin más. Y lo peor de todo era que no sabía cuánto de su matrimonio había sido mentira.

Fue a su zona del vestidor y se puso unos vaqueros y una sudadera. Se lavó la cara para desmaquillarse, entró en su pequeño despacho y encendió el portátil. Gracias a Dios que existía internet, pensó con amargura. Solo

hicieron falta dos clics y nada de conversación para cancelar el viaje. Una vez estuvo hecho, entró en la habitación de invitados, cerró las persianas, se metió en la cama y se echó las sábanas sobre la cabeza.

Se acurrucó todo lo que pudo y se dijo que debía seguir respirando. Era lo único que tenía que hacer. Todo lo demás se solucionaría solo. Nigel no era idiota; recordaría cuánto la amaba y lo bien que estaban juntos. Treasure no era más que una aventura. Se olvidaría de ella y volvería al lugar donde debía estar. Irían a terapia de pareja, donde él se daría cuenta de todo el daño que le había hecho y le suplicaría que lo perdonara. Ella se negaría al principio, pero después Nigel se la ganaría con su amor y su ternura. La grieta en su matrimonio se repararía y seguirían adelante, con leves cicatrices pero habiendo aprendido algo y más enamorados que nunca.

Envejecerían juntos, tal como ella había imaginado siempre. Todo saldría bien. Tenía que salir bien.

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