Bandera roja

David Priestland · Capítulo 6 de 119

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Bandera roja

Prólogo. Crisol clásico

Prólogo

 

Crisol clásico

 

I

 

En agosto de 1793, al principio del período más radical de la Revolución

Francesa, Jacques-Louis David, el artista y propagandista del nuevo régimen,

diseñó uno de los muchos festivales políticos que se organizaban en toda

Francia. El Festival de la Unidad e Indivisibilidad de la República celebraba

el primer aniversario del final de la monarquía y David diseñó cinco escenas

alegóricas para representar las fases atravesadas por la revolución hasta aquel

momento, de las que la más espectacular era la cuarta: una enorme figura del

héroe griego Hércules a horcajadas sobre una montaña postiza levantada en la

Place des Invalides de París, portando en su mano izquierda las fasces —haz

de dardos que simbolizaba en Roma el poder y la unidad—, y en la derecha

un garrote con el que golpeaba a la Hidra, mostrada como una criatura con

cabeza de mujer y cola de serpiente. Aquella escena pretendía ilustrar la

alianza del pueblo francés militante con la facción radical de los jacobinos —

la Montaña— y su portavoz Maximilien Robespierre.[1]

Esquilo había visto a Hércules como protector de los oprimidos y la

interpretación de David no era diferente. Cuando propuso la construcción de

una estatua permanente de Hércules de quince m de altura tras el festival, la

describió como alegoría «de la fuerza y la sencillez», encarnación del pueblo

francés cuya «energía liberadora» destruiría la «doble tiranía de los reyes y

los curas».[2] Sus virtudes, para que nadie pudiera dudarlo, estarían inscritas

en su cuerpo: «fuerza» y «valor» en sus brazos, «trabajo» en sus manos y

«naturaleza» y «verdad» en su torso. Representaría, pues, una parte muy

concreta del pueblo francés: el pueblo que trabajaba con sus manos, esto es,

los sans-culottes, los artesanos radicales «sin calzas» de la ciudad, que no se arredraban ante el uso de la violencia para lograr sus fines. El director del

diario Révolutions de Paris, Louis-Marie Prudhomme, veía la estatua de

David bajo la misma luz: «Vemos al pueblo en pie, llevando la libertad que

conquistó y con un garrote para defenderla. Sin duda, entre los modelos que

se presentaron al concurso, preferiremos al que mejor represente el carácter

de un [3] sans-culotte como imagen del pueblo». Sin embargo, Hércules no

simbolizaba únicamente la fuerza popular, sino también la razón, como

mostraba la palabra «luz» que brillaba en su frente. David había creado un

símbolo que mezclaba el sans-culotte con el hombre ilustrado encarnando una

visión nueva y poderosa de la política.[4] Ya no bastaba simplemente derrocar

a los tiranos y acabar con su poder, como argumentaban los liberales; el

estado tenía que ser de un tipo fundamentalmente nuevo, a la vez radical,

enérgico e inteligente, capaz no solo de integrar al pueblo sino también de

movilizarlo contra sus enemigos.

Es en el Hércules de David y en su inspiración intelectual subyacente —la

visión espartana cuasi clásica de los jacobinos— donde debemos buscar el

origen de la política comunista moderna. Evidentemente, el comunismo tenía,

como idea, orígenes muy anteriores. Los habitantes de la «república» ideal de

Platón compartían sus propiedades y el cristianismo primitivo ofrecía un

modelo de fraternidad y reparto de la riqueza. Esta tradición cristiana,

combinada con el cultivo por las comunidades campesinas tradicionales de las

«tierras comunales», fue el fundamento de los experimentos y utopías

comunistas de principios de la era moderna, ya fuera la del pensador inglés

Thomas More en el siglo [*] XVI, o la comunidad establecida por el digger

Gerrard Winstanley en las tierras comunales en Cobham (Surrey) durante la

guerra civil inglesa en 1649-1950.

Todos esos proyectos se basaban en el deseo de regresar a una «era

dorada» agraria de igualdad económica, aunque los futuros comunistas

también proclamaban su intención de crear un estado moderno basado en el

principio de la igualdad política.[5] En los jacobinos podemos ver también

esta segunda ambición: no estaban por la redistribución de la propiedad ni se

oponían al mercado —de hecho persiguieron a quienes lo pretendían—, ni

tampoco propugnaban la «lucha de clases»; pero argumentaban, como más

tarde los comunistas, que solo un partido unido y fraternal de ciudadanos, sin

privilegios, jerarquías ni divisiones, podía crear una nación fuerte y digna,

capaz de ejercer influencia en el ancho mundo. El jacobinismo era, pues, en

algunos aspectos, el preludio del comunismo moderno, y en el crisol jacobino

aparecieron muchas de las tendencias elementales de la política y el comportamiento comunistas en una forma pura y cruda. Tampoco es una