Bésala tú por mí

Olivia Be · Capítulo 18 de 23

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Bésala tú por mí

18. Un poco de intimidad

Malena se despertó encogida dada la brisa fresca que entraba por la ventana de su habitación. Los pájaros sonaban en el alféizar como si discutieran sobre el calor de la noche y le gustaba esa sensación de tranquilidad.

Los veranos eran así, apacibles y desprovistos de prisas, familiares y entretenidos. Para ella aquel verano estaba siendo muy revelador, pues no solo se cerraba un ciclo importante con Bruno sino que comenzaba otro inmediatamente con una persona completamente distinta.

Sonrió al recordar aquellos besos apresurados y torpes en el sofá, la urgencia por acariciar a Alex y lo que vio en sus ojos mientras todo eso sucedía. En el fondo se alegraba de que Paula y sus padres hubiesen llegado a tiempo. Alex era muy especial como para empezar las cosas así, deprisa y a escondidas. Estaba decidida a vivir algo mucho más serio que unos besos robados en plena noche. O, al menos, a intentarlo.

¿Una relación? Malena sonrió al pensarlo. Lo cierto era que no tenía la respuesta. Pero sonaba absurdo y alocado y era lo que más le gustaba porque se sentía exactamente así. Tenía ganas de probar, dar un paso al vacío, dejarse llevar por una vez en la vida. Aunque fuesen despacio y ambas tuviesen que resolver algunas magulladuras de batallas anteriores.

Era todo muy confuso, pero deseaba conocer más a Alex, atreverse a ser mucho más que amigas. Se estiró en la cama y comprobó que la casa seguía en silencio, como si a todos se les hubieran pegado las sábanas tanto como a ella. Lana empezó a ladrar en el jardín como pidiendo que alguien le lanzase la pelota, así que se asomó a la ventana y miró con curiosidad.

Vio a Paula, con una tostada en la mano. Lana le ladraba a la tostada.

Siempre ladraba a la comida.

—¡Déjame en paz, pequeña ladrona! —le gritaba graciosa, pero Lana insistía.

Paula cortó un trozo muy pequeño y se lo alargó. Lana movía su rabito con alegría y satisfacción, y volvía a mirarla muy fijamente, esta vez en

silencio, sentada a sus pies.

Malena sonrió pensando lo diferentes que eran las hermanas. Paula tenía algunos rasgos en común con Alex, pero solo físicamente. En lo demás eran tan diferentes que a veces costaba creer que pertenecieran a la misma familia.

Estaba un poco nerviosa por reencontrarse con Alex. Intentó pensar cómo sería. ¿Se mirarían y sonreirían? ¿Estarían tímidas? ¿Ansiosas? Un poco de todo, pensó. Era lógico. La noche anterior había quedado suspendida en el aire. Ella le había propuesto que lo repitieran, pero temía que Alex se lo hubiera pensado mejor. Había tenido toda una noche para pensárselo, apenas unas horas, pero tiempo suficiente para que todo cambiara.

Ansiosa, se colocó unos pantalones cortos y una camiseta blanca y salió con sus gafas de sol al jardín. Pero antes se asomó al salón y comprobó que Alex estaba completamente dormida. Tenía la respiración serena y una expresión pacífica. Malena la observó durante unos segundos, fascinada de que aquella fuera la misma mujer con la que se había besado apresuradamente la noche anterior. A veces la asaltaban estas dudas, casi como si saliera de su propio cuerpo y no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Pero era muy cierto, tanto como la luz del día.

Abrió las puertas que conducían al jardín y se encontró con Paula y Lana, jugaban descontroladamente, persiguiendo una pelota. Malena las saludó de buen humor y tomó la correa de la perrita. Le apetecía dar un paseo antes de desayunar. Le vendría bien para calmarse. Lana se puso a correr en círculos y ladró con felicidad. Paula se acercó a ella mientras le ponía la correa:

—¿Te la llevas?

—Solo a dar un paseo corto.

La menor se colocó la melena con coquetería. —Oye, gracias por cubrirnos anoche —le dijo con timidez.

—Ah, no te preocupes, no ha sido nada. ¿Estás bien con él? ¿Es simpático?

—Sí, claro. Es un poco infantil para algunas cosas, ¿pero qué esperas?

Tiene mi edad. Ellos crecen más lento —opinó llena de razón.

Malena se echó a reír y se incorporó, sujetaba a Lana con la mano derecha. Paula se fue a la cocina a hacer otra taza de té.

Era curioso, unas semanas atrás se negaba en rotundo a bajar al sur para pasar unos días con los amigos de sus padres y ahora le resultaba cómodo y familiar compartir con ellos muchísimas cosas. Las ganas de ver a Alex crecían por momentos. Quería mirarla a los ojos, ver en ellos qué estaba pensando, porque lo vería, los ojos de Alexia eran sinceros y transparentes.

Malena suspiró. Estaba nerviosa. No debía pensar demasiado en ello. El tiempo le diría cómo comportarse. El tiempo se lo diría todo.

—Vamos, Lana, iremos por ahí —le dijo a la perrita señalando hacia la derecha.

Lana iba olisqueando todas las esquinas y rincones, a veces se detenía demasiado y Malena tenía que animarla a seguir. Cuando llegaron a la zona de la costa, se fijó en los veraneantes que madrugaban para ir a la playa y en los barcos que habían salido a faenar. Eran de distintos colores y se confundían con los veleros blancos de los turistas. Malena soltó a Lana en la arena y se sentó a mirar el mar.

Qué lejos le quedaba la vida ajetreada de Barcelona, el metro, la gente, los mercadillos. De repente todo aquello le resultaba ajeno y solitario. No quería volver. No quería aquello otra vez, ese estrés tan desagradable, los ansiolíticos para dormir, las obligaciones, los amigos ocasionales para salir los viernes… Y después estaba Alex. ¿Qué pensaba hacer con ella? El verano se estaba acabando. Alex se iría en unos pocos días. Ella estaría en Madrid y Malena en Barcelona. Había aviones, pero no era lo mismo. A Malena le gustaba que la recogiesen en el trabajo, pasear de la mano, ir al cine, vivir el día a día, no necesariamente bajo el mismo techo, pero tenerla cerca. Dormir a veces con ella…

¡Dormir con Alex!

¿Dormir con Alex?

Y entonces esbozó una sonrisa.

Sí. Dormir con Alex.

Si el día anterior no las hubiesen interrumpido, estaba segura de que ahora no se estaría haciendo esta pregunta. Su madre iba a volverse loca si llegaba a enterarse. ¿Qué le diría? ¿Cómo reaccionaría ella? ¿Y su padre?

Descubrió mientras contemplaba el mar que le daba igual. Algo en su interior le decía que lo que estaba a punto de ocurrir era del todo irremediable. Ocurriría. Si Alex también quería, ocurriría por el simple hecho de que su corazón así se lo pedía. Pensarlo hizo que se estremeciera.

Había ido a la playa para calmarse y, sin embargo, estos pensamientos consiguieron avivar su nerviosismo. Pero estaba hambrienta, con ganas de café y tostadas, y no podía esperar para ver a Alex. Deseó que estuviera despierta.

Llamó a la perrita y regresaron a la casa. Escuchó voces nada más atravesar la verja y supo que todos estaban despiertos. Al acercarse a la parte de atrás vio que estaban desayunando en familia en la mesa del porche. Las conversaciones eran cruzadas, pero Malena no estaba escuchando.

¿Dónde estaba Alex?

La buscó con la mirada, un poco ansiosa, y solo sonrió cuando la vio salir de la cocina devorando unos churros con azúcar que alguien había traído. Sus ojos se encontraron en ese momento y Alex le sonrió con timidez. Bien. No había miedo en ellos, solo una calidez que se propagó rápidamente por el pecho de Malena.

—Buenos días a todos —los saludó por fin, soltando a Lana por el jardín.

—Buenos días, hija, ¿has desayunado? —se interesó Sonsoles.

—No. Y me muero de hambre.

—¿Te sirvo café?

—Sí, por favor —dijo, sentándose y mirando a Alex fijamente.

Alexia parecía ahora un poco avergonzada y no levantaba la vista de su plato. Malena estuvo a punto de estirar la mano y acariciarle el brazo, pero

se frenó en el último momento, recordando que no estaban solas. En lugar de eso tomó asiento justo enfrente y la asaltó una idea.

Isabel estaba explicando algo sobre la casa de los amigos que habían visitado el día anterior. Su madre parecía tan centrada en la conversación que Malena aprovechó para dirigirse a Alexia:

—¿No vas a decirme buenos días?

Alexia sonrió con timidez. —Buenos días, Male.

—Así me gusta, ya puedes seguir comiendo.

—Bueno, ¿qué plan tenemos para hoy? —preguntó José, sumergido en la lectura del periódico—. A mí me apetecería ir en barco. Hace unos días que no vamos.

—Eso estaría muy bien —opinó Isabel, buscando la complicidad de los padres de Malena, que asintieron entusiasmados ante la propuesta—.

¿Vosotras que plan tenéis?

Alexia empezó a explicar que todavía no lo había decidido, tenía que quedar en algún momento con Carolina para despedirse, pero tenía pocas ganas. Mientras explicaba esto, Malena aprovechó para descalzarse.

Cuando su sandalia tocó el suelo, alargó su pie desnudo y con él rozó la pierna de Alex. Ella se puso en guardia inmediatamente. Su gesto se tensó en ese mismo momento y una de sus frases se quedó en el aire.

—¿Qué te pasa, hija? ¿Te has atragantado? —preguntó Isabel.

Malena reprimió una carcajada al ver su cara descompuesta.

—No me pasa nada —carraspeó, incómoda.

—¿No?

—Pues no.

Subió un poco su pie por la pierna de Alex, a punto de morir de la risa, hasta llegar al interior de su muslo.

—¡Male! —gritó Alex.

Todos la miraron como si hubiese perdido la cabeza completamente.

—Dime.

—No, dime tú —replicó Alexia.

—No sé de qué me hablas. ¿Por qué me gritas? ¿Te encuentras bien?

—Sí, hija, ¿qué te ocurre? —intervino Isabel, acariciando el brazo de Alexia con preocupación. Los demás estaban pendientes.

—No, nada… Es que he recordado que el coche hacía ayer un ruido muy raro… —se inventó Alex ruborizada.

—¿Mi coche?

—Sí, Malena, tu coche. Anoche hacía un ruido, ¿no te acuerdas?

—Pues yo no recuerdo nada, la verdad. Pero, papá, ¿podrías echarle un vistazo? Alex, ¿le explicas a mi padre qué hace el coche exactamente además de run run cuando arranca?

Alexia la fulminó con la mirada, pero Malena se lo estaba pasando demasiado bien para detenerse ahora. Para su alegría, Ricardo se levantó rápidamente y le propuso a Alexia que lo acompañase un momento hasta el coche, mientras los demás acababan su desayuno. Alex no tuvo más remedio que seguirle refunfuñando, arrepentida por sus propias ocurrencias.

—¿Y tú qué, hija? ¿Te vienes en barquito? —se interesó Sonsoles.

Malena seguía un poco enfadada con su madre, pero ambas tenían la capacidad de dejar de lado sus cuitas y se hablaban con normalidad.

—Creo que sí —dijo—. Y creo que Alexia también vendrá —añadió sonriendo con diversión, mientras clavaba la mirada en la espalda de Alex, que se dirigía con su padre a comprobar en qué estado se encontraba su coche.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió Isabel.

—No sé, un presentimiento… —dijo, encogiéndose de hombros.

—Bien, pues no se hable más. Nos vamos todos en barco. Venga, a prepararse, que no queremos salir muy tarde.

***

Malena se puso el bañador y se acercó a la proa del velero, donde Isabel, Sonsoles y Paula tomaban el sol. Para su desgracia, no había tenido ocasión de hablar todavía con Alex, pues ambas familias habían empleado sus coches para ir hasta el puerto y como no deseaba levantar ninguna sospecha, acabó conformándose con el asiento de atrás del vehículo de sus padres.

Acababan de salir de puerto, pero los minutos previos fueron de preparativos. Acomodar los alimentos para el almuerzo en el pequeño camarote, retirar los cabos, izar las velas, preparar las toallas, quitarse la ropa… pero la calma por fin había llegado y al ver a Alex, sentada en la cubierta, con las piernas colgando del velero, decidió acercarse a ella aprovechando que los demás estaban distraídos.

—¿Te animas a darte un baño? —le preguntó, mientras tomaba asiento a su lado.

Alex la miró, sorprendida de encontrarla allí. —No lo sé, a lo mejor más tarde, antes de la comida. Me vendrá bien después de haber pasado casi una hora analizando tu coche —protestó.

Malena se echó a reír. Le encantaba la cara que se le ponía cuando estaba así de furiosa.

—Oh, vamos, lo siento. Es que yo solo quería estar cariñosa y tú dijiste esa tontería…

—Si quieres ser cariñosa, hazlo. Bésame, si es que te atreves, y déjate de piececitos por debajo de la mesa —la retó Alexia.

—¿Ah, sí? ¿Eso quieres? ¿Qué te bese aquí, delante de todos? Ya sabes que no tengo demasiados problemas con eso. Podría hacerlo.

—Sí, no me cabe ninguna duda —rumió por lo bajo Alex, girándose para comprobar si las madres estaban pendientes. Tanto Sonsoles como Isabel tenían los ojos cerrados mientras tomaban el sol y dudaba mucho que la brisa del mar les permitiera oír lo que estaban diciendo. Esto envalentonó todavía más a Malena.

—Estás muy guapa hoy, Alex…

—Mira quién fue a hablar…

Ambas se miraron y Malena se cercioró de que los padres estaban también ocupados. Se encontraban en el camarote, comprobando no sé qué de la pequeña cocina. Paula parecía haberse quedado dormida. Así que se acercó a ella velozmente, cubriendo los pocos centímetros que las separaban y la besó. Esta vez Malena no dudó en el beso, segura de lo que estaba haciendo. La atrajo todavía más y sonrió dulcemente al ver que Alex no podía evitar devolverle el beso con la misma intensidad.

—¿Y eso? —le preguntó Alex, cuando se separaron.

—Llevaba toda la mañana queriendo hacerlo. —Malena tomó aire. ¿Se atrevería a decírselo? Sí, ¿por qué no?—. Eso y mucho más.

Miró a Alexia para comprobar que había entendido el mensaje y la vio enrojecer, respirar profundamente y perder la mirada en el mar. Realmente era adorable.

—Uff, tú quieres matarme, ¿verdad? —dijo Alex—. De un infarto o algo así.

—Sí, de algo así —afirmó Malena con una sonrisa divertida. Se le ocurrieron de repente muchas formas de “matar” a Alexia, pero solo una de ellas era la que en verdad le apetecía—. Ahora me estoy arrepintiendo de no habernos quedado en la casa —dijo, mirando por encima de su hombro con ansiedad.

No sabía por qué, pero cualquier contacto con Alexia se transformaba en un incendio en cuestión de pocos segundos. Le había robado un beso rápido, insignificante, con otras personas ni se habría inmutado. Y sin embargo, con Alexia le bastaban unos segundos de contacto para sentir aquel fuego incendiando su vientre. Supo que si hubiesen estado solas, ahora estarían tumbadas sobre la cubierta del velero, a punto de lanzarse al vacío de sus cuerpos y la certeza de todo aquello le hizo levantarse sin pensárselo dos veces.

—Ven —le dijo, extendiendo la mano.

—¿A dónde?

—Dentro.

—¿Dentro? —Alexia arrugó el ceño—. Dentro están nuestros padres.

—Sí, pero están en la cocina, no en el camarote, y te juro que si no te beso como necesito ahora mismo, acabaré explotando.

Alexia se quedó pálida durante unos segundos, como si no la creyera o no la reconociera en absoluto. Estaba muy lejos todavía de saber hasta dónde podía llegar cuando quería algo. Porque cuando Malena quería algo, lo quería allí y ahora, sin demoras, y esta era una de esas ocasiones. Creyó que se volvería loca si no la besaba pronto.

Arrastró a Alex por la cubierta del barco. La seguía como si fuera un ser inánime que se dejara llevar por los deseos de otro, pero podía sentir su corazón latiendo deprisa en su muñeca, y la anticipación plasmada en su cara. ¿Se atreverían a hacerlo? ¿Allí, en el barco? ¿Con toda la familia cerca? Estaban locas…

—Hola, papá. Hola, José —saludó a los progenitores cuando bajaron la escalerilla. Los hombres estaban intentando arreglar uno de los fogones de la cocina.

—Hola, chicas —saludó Ricardo—. ¿Qué hacéis por aquí?

—Vamos un momento al camarote. Alex necesita…hmmm enseñarme algo. Cosas de chicas, ya sabes.

Ricardo asintió y en su tranquilidad habitual dio media vuelta y siguió inspeccionando el fogón junto a José. Malena tiró de la mano de Alexia para que entrara en el camarote y cerró la puerta de golpe. No esperó ni dos segundos. Antes de que Alex pudiera mediar palabra, atrapó su cuerpo contra la puerta y empezaron a besarse. Parecían dos animales enjaulados.

Con prisas, Alex puso las manos en su culo y la apretó todavía más contra su cuerpo. Malena gimió levemente de puro placer, pero Alex le tapó la boca, horrorizada.

—¡Te van a escuchar!

—Me da igual.

—Ya, pero a mí no. No quiero que piensen que te estoy violando.

—Alex, calla. Piensas demasiado —le dijo, reanudando los besos.

Malena tenía tantas ganas de que Alexia se dejara llevar que, sin pensárselo, se quitó la camiseta, se quedó en bikini y tomó una de las

manos de Alexia hasta llevarla a su pecho.

—Acaríciame —le pidió, casi con dolor.

Alexia se dejó llevar y empezó a acariciarla como ella había demandado, mientras sus labios se enterraban en su cuello y Malena apretaba más su cuerpo contra el suyo. Todavía podía escuchar las voces de los padres al otro lado de la puerta, pero a partir de ese momento dejó de oírlos. Alexia apuró los besos y la hizo caminar de espaldas hasta quedar tumbada sobre ella en la cama.

—¿No llevas demasiada ropa? —preguntó Malena con picardía, aprovechando que Alexia estaba a horcajadas sobre ella para quitarle la camiseta.

Empleó unos segundos en admirar sus pechos como nunca lo había hecho antes. Alexia llevaba el bikini, la había visto con él muchas otras veces, y sin embargo, esta era diferente, sus ojos eran diferentes, la observaban ahora de otro modo, con pasión, deseo, anhelando que esa prenda cayera muy pronto al suelo junto con sus camisetas.

Malena reanudó entonces los besos y colocó mejor su cuerpo para quedar encajada con el de Alexia. Nunca antes había estado con una mujer en una situación tan íntima y cercana, pero no necesitó seguir ninguna instrucción. Le bastaba con dejarse llevar, estar pendiente de sus sensaciones, de la respiración de Alexia, de sus gemidos sordos para que los padres no las oyeran. Quería hacer el amor y quería que fuera con una mujer. Con esa mujer. Y lo deseaba con tanta fuerza que se asustó cuando unos nudillos sonaron en la puerta y tuvo que ser Alexia quien se lo hiciera notar.

—Chicas, ¿vais a tardar mucho?

—¿Es mi padre? —le preguntó Malena en un susurro, incorporándose.

Alexia estaba girada, mirando la puerta con verdadero terror. —No, es el mío —dijo—. ¡Enseguida salimos!

—Siento molestar, pero tenemos que mirar una cosa en el cuarto de baño

—les informó José—. ¿Podemos entrar?

—¡NO! —chillaron las dos a la vez.

—Vale, pero no tardéis.

Malena puso los ojos en blanco. No podía creer su mala suerte. Qué horror. En verdad era como volver a estar en el colegio, bajo la mirada inquisitoria de sus padres. Miró a Alexia y no supo si deseaba reír o llorar.

Optó por la primera opción.

—Creo que deberíamos salir —sugirió a Alexia.

—Lo sé. Pero los mataría con mis propias manos, te lo juro.

Alex sonrió como solo podía hacerlo ella y eso no mejoraba las cosas, las empeoraba. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora con lo que sentía?

Con su respiración agitada, las palpitaciones de deseo, el sudor, las manos temblorosas, los labios ligeramente hinchados… ¿Qué debía hacer con todo aquello? ¿Salir a la cubierta y sonreír como si no se estuviera muriendo por hacer el amor con Alexia? ¿Fingir durante el resto del día que eran amigas, hasta que volvieran de nuevo a la casa? ¿Y entonces qué? ¿Más fingimiento, más excusas, más encuentros donde nadie podía verlas?

Esa era su vida ahora y Malena no daba crédito. Tenía que haber algún modo.

Observó que Alex ya se había puesto la camiseta y se peinaba un poco.

Ella la imitó mientras intentaba calmarse antes de que abrieran la puerta.

—¿Lista? Voy a abrir —le advirtió Alex, inclinándose para robarle un último beso.

Malena cerró los ojos y sonrió. Se levantó. Estaban listas para continuar con la función. Alexia abrió la puerta en ese momento y salieron del camarote.

—Pues sí que habéis tardado —opinó Ricardo.

—No tanto como nos hubiese gustado —dijo Malena en un susurro para que fuera Alexia la única que la escuchara.

Miró a Alex y vio el mismo dolor reflejado en su semblante. Aquello tenía que cambiar, necesitaban un poco de intimidad cuanto antes, ¿pero cómo? Y lo más importante: ¿Cuándo?

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