Bestias

John Crowley · Capítulo 8 de 9

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Bestias

Ocho: Hieracómpolis: seis vistas desde lo alto

Ocho:

Hieracómpolis: seis vistas desde lo alto

Muy pronto emprendería el viaje al sur. Sus hijos ya habían partido, y cada vez veía menos a su compañera, que exploraba más profundamente el sur. Esa noche ella no regresaría, y pronto el invierno lo oprimiría con fuerza suficiente para hacer que también él se encaminara hacia el calor. Se demoraba porque era ignorante; nunca había hecho ese viaje, no sabía por experiencia que la urgencia que sentía era esa urgencia. Había pasado el primer invierno en la calidez de una vieja granja; el segundo, había estado volando demasiado tiempo y sólo había logrado, enloquecido por la muda, el frío y el hambre, llegar hasta allí antes de que la primavera lo salvara.

Mientras regresaba al anochecer a la torre vacía, a través de las ciénagas obscuras y súbitamente despobladas, había visto al rubio grande que llegaba a pie y exploraba con cautela el lugar. Luego había dormido. Los hombres no tenían gran interés para Halcón, aunque no lo asustaban; había vivido mucho tiempo con ellos. El día siguiente llegó otro, más pequeño, obscuro. El primer visitante señaló al segundo la presencia de Halcón en la cumbre de la torre. Halcón salió a cazar, profundamente inquieto, y no encontró nada en todo el día. Pasó despierto gran parte de la noche, sintiendo la presión de las estrellas giratorias.

Más abajo, en el cobertizo, Caddie se apretaba contra Painter, se retorcía contra él como si quisiera meterse en la solidez de su carne; lágrimas de alivio y purificación le ardían en los ojos y le estremecían el cuerpo. Se taponaba los oídos, demasiado llenos de horrores, con el profundo y continuo ronroneo de su propia respiración, apretaba la carita mojada contra el tambor del pecho. No quería oír, oler, tocar, saber nada más, desde ahora y para siempre.

A la mañana siguiente la despertó el rumor creciente de un motor. Painter estaba ya despierto y preparado junto a ella. Por un momento creyó encontrarse en la cabaña de Reynard en el bosque, donde, en sus sueños, había dormido. El motor se acercó: una pequeña motocicleta; no: dos. Painter se incorporó con una gracia silenciosa, fue hasta la ventana cubierta de tablas y miró por una rendija.

—Dos —dijo—. Un chico rubio. Y con él, una chica morena.

—Sten —dijo Caddie—. ¡Sten y Mika!

Se puso de pie, riendo de puro alivio. Painter, dudando, la miró y miró luego la puerta que se abría. La luz de la mañana recortó por un instante al joven barbado.

—Sten —dijo Caddie—. Todo está bien.

Sten entró cautelosamente, mirando a Painter, que lo miraba.

—¿Dónde está Reynard? —preguntó en voz baja.

—Cierra la puerta —dijo Painter.

Mika se deslizó detrás de Sten, que cerró la puerta.

El leo se sentó morosamente, con movimientos precisos, recordando a Sten un jefe árabe que se instala en el sitio del rey sobre la alfombra de su tienda. La habitación era obscura, atigrada por franjas del Sol invernal que penetraban por las hendeduras entre las tablas de las ventanas y los huecos de las antiguas paredes.

—Tú eres Painter —dijo Sten.

Los ojos del leo parecían recoger toda la luz del recinto, y le ardían en la gran cabeza como diamantes facetados. No mostraban curiosidad.

—Así es —asintió.

—Pensábamos que estabas muerto —dijo Mika.

—Lo estaba —dijo con sencillez.

—¿Por qué has venido aquí? —preguntó Sten—. ¿Acaso Reynard...? ¿Cómo has logrado escapar? —se volvió hacia la muchacha, que desvió la mirada.

—¿Dónde está Reynard? ¿Por qué estáis aquí vosotros, y no él?

—Reynard ha muerto —susurró Caddie, sin alzar los ojos.

—¿Muerto? ¿Y cómo lo sabes?

—Lo sabe —dijo Painter— porque ella lo mató.

Caddie tenía la cara entre las manos. Sten no dijo nada, incapaz de concebir una pregunta que tuviera sentido.

Con los ojos cubiertos, decidida a no mirar, Caddie explicó lo ocurrido; les habló de la capital, del hospital, del hombre con barba, inexpresivamente, como si todo le hubiese ocurrido a otra persona.

—Él me obligó —dijo finalmente, alzando los ojos—. Él me obligó. Dijo que no había otro modo de liberar a Painter que a cambio de ti, Sten. Y que no había otra forma de impedir que él dijera todo lo que sabía. Entonces lo planificamos todo. Creamos una confusión en el hospital, una muchedumbre, para que Painter pudiera escapar. Dijo que no había otra manera —suplicaba en silencio—. Dijo que lo deseaba. Me dijo: «Hazlo sin vacilar. Y hazlo bien.». Oh, Dios...

Mika se acercó a Caddie, se sentó junto a ella, la rodeó con un brazo, conmovida. Era terrible. Pensó que Caddie lloraría, pero no fue así. Tenía ojos grandes, obscuros y líquidos como los de un animal, pero estaban secos. Caddie aferró la mano de Mika; aceptó, ausente, algún consuelo, pero no se consoló.

Nadie hablaba. Sten, abatido, se sentó frente a Painter. Mika sintió, a pesar de la firme mirada dorada de los ojos del leo, que él no veía nada, o veía algo que no estaba presente, como si fuera un gran fantasma inmóvil. ¿Qué sería de ellos? Vivían en el Mundo de las bestias. Reynard había utilizado a Caddie como un arma para meterse el cañón en la boca. En la Montaña había visto cosas inexplicables. Ahora, en este derruido cobertizo, sintió intensamente el horror a lo extraño que Reynard le había inspirado la primera vez; el mismo horror y equívoco que sentía cuando pensaba en ciertos actos sexuales, en crueldades terribles, o en la muerte.

—Él nos ha traído aquí a los dos —dijo Sten suavemente al leo—. Quería que nos encontráramos, parece —alzó la cabeza y endureció el mentón en un gesto que, como Mika sabía, indicaba que se sentía inseguro, y qué no deseaba demostrarlo—. Tengo la intención, cuando las cosas... progresen algo más, de protegerte. De protegerte a ti y a todos vosotros. De ofreceros mi protección.

Mika se mordió el labio. No era lo que convenía decir. El leo no se movió, pero la carga que había entre él y el hermano de ella se incrementó palpablemente.

—Protégete a ti mismo —dijo Painter.

No hubo más palabras.

Mika sintió que estaban empeñados en algún gran combate; pero no sabía si era contra el leo, o aparte de él, ni para qué. Y la única criatura que podía resolverlo estaba muerta.

 

Hay sentidos brillantes y sentidos obscuros. Los sentidos brillantes, la vista y el oído, crean un mundo patente y ordenado, el mundo de la razón, frágil pero lúcido. Los sentidos obscuros, el olfato, el gusto, el tacto, crean un mundo de sabiduría percibida, sin argumento, inarticulado pero evidente.

En el halcón predominaban los sentidos brillantes. Su visión de bisturí, amplia, exacta, brillantemente colorida, le presentaba el Mundo como un plan, como una geografía íntegra e inmediata, sin secretos, un mundo que la noche (y en su juventud la caperuza) aniquilaba y el día recreaba.

El perro no distinguía mucho entre el día y la noche. Unos ojos de corto alcance y ciegos al color no generaban tanto un mundo como una confusión; no podía tenerla en cuenta, y para descubrir la verdad debía recurrir al olfato.

El halcón, que se cernía sin esfuerzo —el menor desplazamiento de las alas lo mantenía estable sobre la Tierra incesantemente variada—, percibía al perro sin ser percibido. El perro no le interesaba demasiado, no más que cualquier cosa que se moviera por debajo de él. Registró al perro y las formas del perro. Lo incluyó. No le prestó atención. Buscaba otra cosa.

Un cuervo de hombros rojos, allí entre las cañas. Giró apenas para colocarse detrás del semicírculo de visión del cuervo, estudiando la mejor manera de caer sobre él.

A través de un universo de olores mezclados y sin embargo precisos; olores de distinta forma y tamaño, pero jamás discretos, jamás discontinuos, en continua evolución, envejeciendo, muriendo, de nuevo frescos, el perro Sweets buscaba sin descanso un olor determinado. Para que lo percibiera, bastaba una millonésima parte, una sola molécula en todo el ambiente. Y molécula por molécula había juntado, con ilimitada paciencia y profunda atención, el comienzo de un ovillo.

Por momentos, éste había sido muy tenue y casi inexistente; por momentos lo había perdido del todo. Entonces, avanzaba o retrocedía, desolado e inquieto hasta que volvía a encontrarlo. La manada, sin saber qué buscaba ni por qué, lo imitaba, en general sin disputas, lo seguía cuando él rastreaba la huella de ese olor. Lo seguían ahora quizá a varios kilómetros de distancia; él había dejado un rastro evidente, pero se había lanzado hacia adelante, buscando frenéticamente porque al fin, después de un año, el hilo se había vuelto grueso y fuerte, era un cordel, una soga que tiraba de él.

Algunos días más tarde, al regresar de la margen del mar gris, fatigado, con las garras vacías, vio desde gran altura al hombre que avanzaba con dificultad sobre el terreno cenagoso; siguió con fastidio sus movimientos. Los hombres hacían que todo buscara refugio, se mantuviera inmóvil, del color de las ciénagas, inalcanzable en un gran círculo alrededor de donde estaban: tenían algún poder. El hombre lo miró, protegiéndose los ojos.

Loren se detuvo para mirar al halcón que caía en diagonal, tan limpia y velozmente como un cuchillo arrojado contra un blanco. Cuando ya no pudo verlo, continuó su marcha, hundiendo las botas en el fango frío y absorbente. Se sentía animado y casi feliz. Era un halcón peregrino; tenía que ser uno de los suyos. Al menos una de sus aves había sobrevivido. Parecía una señal. No entendía qué significaba, pero era una señal.

La torre parecía desierta. No había actividad, ningún signo de que estuviera habitada. Parecía de algún modo preñada de sentido, consciente, expectante; pero siempre había sido así, ésa era su expresión de costumbre. Enseguida el corazón se le hinchó dolorosamente. Un joven alto y barbado salió de la puerta de la torre y lo miró. Se detuvo y lo miró, inmóvil. Loren, recurriendo a toda la serena fuerza que le quedaba, obligó a sus piernas a moverse.

Mientras avanzaba hacia Sten, ocurrió una cosa extraña. El muchacho al que había llevado tan lejos, el niño rubio cuyos ojos estaban llenos a veces de promesa, a veces de confianza, la mayoría de las veces de desdén y amarga reprobación, se alejó de él. Los ojos tímidos que se encontraron con los suyos cuando él entró en el patio de la torre no reflejaban a ese niño; miraban desde la realidad ajena de Sten, y anularon en un instante al otro Sten, el Sten que Loren había inventado. Con alivio y excitación, vio que el joven era un extraño. Loren no lo abrazaría, ni lo perdonaría, ni sería perdonado por él. Todo eso había sido un sueño, un congreso de fantasmas. Simplemente, debía extender la mano. Debía sonreír. Y tendría que comenzar por decir hola.

—Hola —dijo—. Hola, Sten.

—Hola, Loren. Esperaba que vinieras.

De modo que hablaron en el patio de la torre. Alguien que los hubiera visto desde lo alto no habría oído lo que decían, sólo habría visto lo más importante: que hablaban, que habían iniciado el ciclo de llamada-y-respuesta, el programa habitual de los extraños que se encuentran y empiezan a conocerse. En realidad, hablaban del halcón que flotaba en lo alto, un punto negro sobre las nubes.

—¿Puede ser uno de los que trajiste, Loren?

—Creo que sí.

—Podemos examinarlo para saber.

—No me parece posible. No tenían anilla.

—¿Podría ser Halcón?

—¿Halcón? No creo. No. Eso sería... Eso sería muy improbable, ¿verdad?

Hubo un silencio. Habría otros, con frecuencia, durante un tiempo. Loren apartó la vista del joven rubio, cuyo nuevo rostro había empezado ya a hacerse vívidamente familiar y terriblemente real para él. Se pasó la mano por el pelo negro, se aclaró la garganta, sonrió, pisó la hierba muerta a sus pies. El corazón, tan larga y dolorosamente enajenado, tanto tiempo fuera de su cuerpo, comenzaba a retornar a él, con cicatrices pero entero.

Painter estaba tendido cuan largo era en su colchón de paja, en el extremo obscuro del edificio en que Loren había vivido una vez. El calentador iluminaba con vaguedad su extraña forma. Alzó la pesada cabeza cuando ellos entraron, fácil y cuidadosamente. Si los había estado observando en el patio de la torre, no lo demostró.

—Un amigo —dijo Sten—. Se llama Loren Casaubon. Es mi mejor amigo. Ha venido a ayudar.

El leo lo miró largo tiempo sin hablar, y Loren permitió que él lo estudiara. Había estado así, pacientemente, a menudo, mientras alguna criatura lo estudiaba y trataba de saber cómo era; esto no lo irritaba ni confundía. Devolvió la mirada, empezando a conocer al leo, fascinado por lo que podía ver, olfateándolo igual como el leo lo olfateaba. Mitad hombre mitad león, decían siempre la televisión y las revistas. Pero Loren sabía que no era así, que no existe una media bestia: Painter no era la mitad de nada, sino enteramente un leo, tan completo como un ciervo o una rosa. Era asombroso que la vida hubiese producido un ser semejante; valiéndose del infinito ingenio y la curiosidad del hombre, la vida había equilibrado su propia evolución. Casi rió. Ciertamente sonrió: una sonrisa de maravilla y de placer puro. El leo era, fuera cual fuese su origen, un hermoso animal.

Painter se irguió. Todavía no se había recobrado de la prisión; cuando se puso de pie, una brusca obscuridad se interpuso entre el hombre y él. Por un segundo no supo nada; luego se vio sostenido por Sten y Loren.

—¿Por qué has venido? —preguntó.

—Reynard me ha enviado. Para ayudar a Sten.

El leo se desprendió de los dos.

—¿Puedes cazar?

—Sí.

—¿Sabes usarlas? —Painter señaló las viejas trampas de alambre colgadas en un rincón.

—Yo las hice —respondió Loren.

—Entonces podremos vivir —dijo Painter; fue hacia donde estaban las trampas y las alzó con dedos gruesos y torpes—. Trampas. Los hombres entendían de estas cosas. ¿Puedes enseñarme? —preguntó.

—¿Si puedo enseñarte a ser un trampero? —Loren sonrió—. Creo que sí.

—Muy bien —miró a los dos humanos, que de pronto parecían estar muy lejos, como si los viera desde una altura.

Desde aquel momento en que había comprobado, en la ciudad muerta, que no era posible escapar de los hombres, ni encontrar un sitio que ellos no alcanzaran, una llama se había encendido dentro de él, una llama que era como un propósito o una meta, y que parecía existir por ella misma. Estaba en él, pero no era suya. Casi se había extinguido en la prisión negra, pero había resurgido fulgurante cuando había aferrado entre sus garras al hombre llamado Barron. Durante los días que había pasado echado con Caddie en el lecho de paja, en la obscuridad, había empezado a discernir la forma de la llama. Era más grande que él; él solamente era el portal que a ella conducía. Ahora, mientras miraba a los hombres y los veía pequeños y lejanos, esa llama ardió de nuevo cálidamente, tan cálidamente que él abrió las puertas de la boca y les dijo, sin saber con exactitud por qué, ni qué quería decir:

—Haz de mí un trampero. Yo os haré cazadores de hombres.

Furioso, Halcón interrumpió su caída y con un amargo chillido se lanzó hacia la horqueta de un árbol muerto. El conejo que se debatía en el suelo, herido, indefenso, era la primera criatura comestible que había visto en todo el día. Y justamente cuando se lanzaba hacia ella con infinita precisión, presintiendo ya el sabor de la carne, el gran hombre rubio había emergido de la espesura con un grito.

Halcón observó al intruso que se inclinaba sobre el conejo. Se erizó, y el pico se le abrió en una mueca de deseo frustrado. Lo estaban expulsando: le quitaban su hogar, su subsistencia. También el viento lo impulsaba a marcharse: le erizaba las plumas plateadas y hacía crujir el viejo tronco. Sin que él lo supiera, había una familia de ardillas acurrucadas dentro del tronco, debajo de él, muy cerca; permanecían absolutamente inmóviles; percibían el olor de Halcón y el miedo las mantenía alerta. Halcón no las veía: no había ardillas.

Painter cortó limpiamente el palpitante cuello del conejo y luego intentó sacarlo de la trampa. Los dedos desmañados se le movieron con lenta paciencia a lo largo del alambre. Podía aprenderlo. Le sugirió al hombre que llevaba dentro que participara también y le ayudase.

Luego quitó las vísceras al conejo, cortó una ranura en el tendón del tobillo y pasó por ella una pata del animal para poder transportarlo. El método era preciso, satisfactorio, inteligente. Él no hubiera pensado en él: el joven Sten se lo había enseñado.

La debilidad de la prisión empezaba a desvanecerse; y mientras sus fuerzas volvían a organizarse, con los nervios templados de algún modo por las penurias y la prisión, sintió que también se organizaba todo su ser, en una nueva forma. Mientras llevaba el conejo, gozando del pequeño triunfo de la trampa, subió a una colina baja desde donde se veían las marismas. La débil luz del Sol lo calentó. Pensó en sus esposas, en alguna parte, muy lejos. Pensó en su hijo muerto.

No pensó nada acerca de él ni de ellas; no llegó a conclusiones. Sólo pensó en ellos. Los pensamientos lo llenaron como un recipiente, y se desvanecieron. Quedó vacío. El viento sopló a través de él. Un viento veloz y brillante. Algo fresco, luminoso, absolutamente nuevo lo llenó como con un agua clara. Supo, con una certidumbre tan brusca como una ola, que estaba en el centro del Universo. De algún modo, quizás, y probablemente por casualidad, aunque no importaba, había llegado a encontrarse allí y ser ese centro. Miró a lo lejos el Mundo invernal de color castaño, aunque no alcanzó a discernir la forma de lo que había en sus fronteras, ni lo intentó. Vendría hacia él de todas direcciones. Pensó: si me elevara hasta un lugar alto, atraería a todos los hombres.

Su mirada se movió por el Mundo. Vio a lo lejos al perro, que venía hacia él, entre las cañas y el fango. Mientras miraba, el perro ladró, saludando.

Sweets no necesitaba volver a llamar, ya estaba viviendo con Painter; esa forma obscura en la colina era su propio centro, rico e imperioso, que se extendía infinitamente; Sweets había sido atraído por los más débiles, tenues, distantes átomos del leo. Había sido suficiente. Ahora Sweets sólo necesitaba sumergirse en ese centro, probarlo con la lengua, y olvidar que existía cualquier otra cosa.

Painter aguardó en la colina, mirando al perro que se agazapaba, saltaba y se esforzaba por llegar hasta él. El invierno se profundizaba hacia la hora de la muerte del Sol. La víspera del solsticio, Halcón ya no pudo continuar negándose a la insistente llamada. Había regresado para su descanso nocturno, pero mientras se acercaba advirtió que en la torre había alguien más. Voló un rato alrededor. De todos modos, no quería descansar: quería elevarse, navegar, derrotar a la noche con sus largas alas. Este Mundo había envejecido. Echó a volar buscando una corriente rápida.

Mientras se alejaba, Loren y Sten lo miraban alternativamente con los binoculares de Loren.

—Algo brilla —comentó Sten— cuando le da la luz... ¿Ves?

—Sí.

—La anilla. En la pata.

—Seguramente.

—Era Halcón.

—Pienso que sí. No me imagino cómo.

—¿Volverá el año próximo?

—Tal vez.

—Podríamos recuperarlo.

—No —Loren había interpretado la señal—. No una vez que ha sido libre. Ahora no hay modo de meterlo en una jaula. Ya no es el halcón de nadie, Sten —y no agregó: y tú tampoco.

Desplazó los binoculares. A lo lejos algo flotaba: no era un ave. Parecía buscar algo, como una libélula cazando. Luego se movió rápidamente en línea recta hacia ellos: pudieron oírlo.

Todos, en la torre, lo oyeron. Mika miró por las hendeduras de la ventana; Sweets alzó las orejas y gruñó sordamente, hasta que Painter lo hizo callar.

—Viene hacia aquí —dijo Mika—. Es negro.

Como un halcón, permaneció pensativo un tiempo en lo alto, moviéndose levemente y acechando una presa (todos lo sentían) que estaba seguro de encontrar allí, aunque se ocultara. Luego se dejó caer: el ruido aumentó y el remolino de viento agitó las hojas muertas, las pajas, el polvo y los detritus del invierno. Las palas giraron más lentamente, pero continuaron cortando el aire. La cabina estaba teñida de color, de modo que nada pudieron ver. Luego se abrió.

El piloto saltó a tierra. Sin mirar a su alrededor, empezó a bajar cajas, paquetes, provisiones. Las puso en el suelo de cualquier manera; una brillante caja de aluminio se abrió y dejó caer su contenido como un tesoro. Recogió tres largos rifles y los agregó a la pila. Metió la cabeza dentro. Se apartó mientras el pasajero salía con cierta dificultad; luego subió rápidamente y cerró la cabina. Las palas rugieron: el visitante se inclinó y cerró los ojos mientras el aparato se elevaba, y le sacudía la capa. Luego la figura se enderezó, arreglándose las ropas.

Reynard estaba en el patio de la torre, apoyado sobre un bastón, aguardando.

Todos salieron lentamente de sus escondites. Reynard saludaba a cada uno cuando aparecía, señalándolo con el bastón.

—Mika —dijo—. Y Caddie, Sten y... y Loren. ¿Dónde está el leo, Painter?

—Estás muerto —dijo Caddie, manteniéndose alejada—. Yo te maté.

—No —dijo él—. No estoy muerto —avanzó hacia ella, sin cojear, y ella se alejó; él parecía vivaz, joven, casi alegre.

—Sí que te maté —Caddie rió con una risa loca y sofocada.

—Al que mataste —dijo Reynard— era mi padre. Yo soy... su hijo. En cierto sentido. En otro sentido, soy tan él como él mismo —miró en torno—. Convendría que me trataseis como si yo fuera él —sonrió mostrando las puntas de sus dientes amarillos—. Porque, ¿cómo podría morir Reynard el Zorro?

Painter salió del cobertizo, y también Sweets, que torció el hocico ante el olor del zorro. Painter atravesó el patio hasta el punto donde la pequeña figura lo esperaba.

—Buenas tardes, consejero —dijo.

—Hola, Painter.

—Se supone que has muerto.

—Pues bien, así es. No está bien, lo sé, que solamente Judas se levante de la tumba. Pero así es —miró largamente la maciza cabeza que tantas veces había oído describir y visto en la pantalla, pero que no conocía; e incluso en el primer instante del encuentro advirtió el error de su padre, con asombro—. No debes sentirte engañado —dijo—. El que te traicionó ha muerto. Pero quería que aun así gozaras de sus servicios. Mis servicios. Para siempre. Como sabéis —dijo, incluyendo a todos pero mirando intensamente a Painter y a Sten— soy estéril. Asexuado, en realidad. Por lo tanto, para continuar, tendrían que recrearme, clonarme, a partir de una de mis células. Mi padre comprendió que había llegado a un callejón sin salida, y que la única forma de huir era su propia muerte. Yo estaba preparado para sucederle. Mi educación debería haber sido más larga, pero fui liberado cuando él murió —alzó la vista al cielo—. Fue una larga espera.

—¿Lo hizo en secreto? —preguntó Loren—. ¿Cultivó un clon? ¿Y nadie se enteró?

—Él era... Yo soy... bastante rico. Hay hombres a quienes pago bien. Hombres capaces, y eso. Si soy cuidadoso, soy inmortal —volvió a sonreír—. Una perspectiva menos encantadora de lo que podríais imaginar.

—Sabes lo que él sabía —dijo Sten.

—Soy él.

—Entonces conoces sus planes. Por qué estamos aquí.

—Él no tenía ningún plan.

La voz de Reynard se había debilitado y era ahora casi inaudible. Tenía rastros de escarcha en las ventanas de la nariz. Poco a poco, la noche, la más larga del año, los había rodeado.

—¿Ningún plan?

—No —lentamente, como si se arrugara, se sentó; era una pequeña figura plegada —. Los hombres hacen planes —dijo Reynard—. Yo no soy un hombre. La apariencia es un engaño. Una mentira. Charla —pronunció la palabra como un breve ladrido—. Pura charla.

Mika se estremeció violentamente. Cuando habló, lo hizo con la garganta contraída.

—Tú has dicho que Sten sería rey.

—¿Sí? Pues supongo que eso es. Un rey.

—¿Qué debo hacer? —dijo Stein.

—Si eres un rey, tú mismo tienes que decidirlo, ¿no es verdad?

—Has dicho que Painter era el rey de las bestias —dijo Caddie.

—Así es. ¿Cómo podía saber que era verdad? Mi padre murió al descubrirlo — todos se habían acercado para oír su voz delicada, exhausta—. Yo no hago planes — dijo—. Lo que hago es discernir lo que ocurre y actuar en consonancia. Nunca podréis confiar en mí. Yo debo actuar: ésa es mi naturaleza. Nunca me detengo. Vosotros. Vosotros haréis el futuro. Os conocéis. Yo actuaré en el mundo que hagáis. Todo está en vuestras manos.

Uno por uno se sentaron o acuclillaron a su alrededor, todos menos Painter, que seguía de pie, remoto, inmutable como un ídolo con ojos enjoyados. Todavía no era de noche, aunque ese día había sido casi enteramente un ocaso. Aún podían verse mutuamente las caras, extrañas, de color mate, como las caras de las personas dormidas. Mañana el día sería imperceptiblemente más largo. El Sol se agitaría en su largo sueño.

—Sea lo que fuere lo que hagamos —dijo Reynard—, por lo menos todos estamos aquí. Todos los que conozco. Menos Meric. Está bien. Él está preparando el camino. De alguna manera —con su mano pequeña y su larga muñeca ofreció a Painter un sitio en el círculo; esperó a que el leo se acomodara, el perro se arrastró hasta él—. Bien, ¿empezamos? —dijo Reynard.