Bestias de Gor

John Norman · Capítulo 1 de 32

Páginas del PDF

Bestias de Gor

1. El Eslín

—No hay ninguna pista —había dicho Samos.

Yo yacía despierto en el gran diván. Miré el techo de la habitación. La luz de un candil oscilaba débilmente. Las pieles eran suaves y mullidas. A un lado estaban mis armas. A mis pies dormía una esclava encadenada.

—Podría estar en cualquier parte —había dicho Samos alzándose de hombros—. Lo único que sabemos es que está entre nosotros, en algún lugar.

Sabemos muy poco de esa especie de animal llamado Kur. Sabemos que es una bestia sedienta de sangre, que se alimenta de carne humana y que está ansioso de gloria.

—No es muy distinto del hombre —me había dicho una vez Misk, un Rey Sacerdote.

Esta historia no tenía un principio muy claro. Supongo que comenzó hace unos miles de años, cuando Kur, ocupada en guerras internas, destruyó la viabilidad de un mundo nativo. En aquel entonces su estado estaba bastante avanzado tecnológicamente y pudo construir y poner en órbita pequeños mundos de metal de algunos pasangs de diámetro. Entonces los restos de las especies devastadas de un mundo que ardía bajo ellos, se dedicaron a la caza por las llanuras estelares.

No sabemos cuánto tiempo duró la cacería. Pero sabemos que hace ya tiempo los mundos entraron en el sistema de una estrella amarilla y ocuparon una posición periférica en uno de los brillantes universos en espiral.

Habían encontrado lo que buscaban, un mundo.

Habían encontrado dos mundos, uno llamado Tierra, otro conocido como Gor.

Durante miles de años los Reyes Sacerdotes habían defendido el sistema de la estrella amarilla contra las depredaciones de los ladrones kurii. Se había movido mucho dinero, pero los kurii nunca pudieron establecer una cabeza de puente en los puertos de este hermoso mundo. Sin embargo, hace algunos años, en el tiempo de la Guerra del Nido, el poder de los Reyes Sacerdotes quedó considerablemente menguado. No creo que los kurii estén seguros de ello, ni que conozcan la magnitud de la mengua.

Creo que si supieran la verdad los mensajes cifrados parpadearían entre los mundos de acero, las puertas se abrirían y las naves partirían hacia Gor.

Pero los Kurii, como los tiburones y el eslín, son bestias cautelosas.

Acechan, husmean al viento, y entonces, cuando están seguros, atacan.

Samos estaba muy alterado por el hecho de que el alto kur, llamado Media-Oreja, estaba ahora en la superficie de este mundo. Esto lo habíamos sabido por un mensaje cifrado que cayó en nuestras manos, escondido en las cuentas de un collar.

El hecho de que Media-Oreja hubiera venido a Gor fue entendido por Samos y los Reyes Sacerdotes como una evidencia de que la invasión era inminente.

Tal vez en este mismo momento las naves de Kur se dirigieran hacia Gor, tan alevosas y calladas como tiburones en las aguas de la noche espacial.

Pero yo no lo creía.

No creía que la invasión fuera inminente.

Mi opinión era que el kur había venido a preparar el camino para la invasión.

Debíamos detenerle.

¿Pero dónde estaba?

Casi grité de ira, los puños crispados. No sabíamos dónde podía estar.

No había ninguna pista.

La esclava se movió a mis pies, pero sin despertar.

Me erguí sobre un codo y la miré. Qué hermosa era; estaba acurrucada en las pieles, medio cubierta por ellas. Alcé las pieles para poderla ver por completo. Ella se movió, su mano se agitó un momento sobre la piel y alzó una pierna. Hizo un gesto como para cubrirse más con las pieles, pero su mano no las encontró. Alzó la pierna un poco y se encogió entre las pieles. Tal vez no hay nada tan hermoso en el mundo como una esclava desnuda. Llevaba al cuello un pesado collar de hierro y una cadena atada a una anilla fija en el gran diván. La piel de la esclava era suave y sonrosada, tan lisa, tan vulnerable a la luz del candil. Yo la encontraba increíblemente bonita. Su pelo, bello y oscuro, cubría a medias el pesado collar que rodeaba su cuello. La miré. Qué hermosa era. Y era mía. ¿Qué hombre no desea poseer una hermosa esclava?

Ella se movió y con un escalofrío quiso coger las pieles. Yo la agarré del brazo para atraerla junto a mí rudamente, y luego la arrojé sobre su espalda. Ella abrió los ojos de pronto sorprendida, casi gritando.

—¡Amo! —jadeó—. Amo, amo —susurró abrazándome. Entonces terminé con ella—. Amo —murmuró—. Te quiero, te quiero. —Un hombre posee a su esclava sólo cuando lo desea.

Ella me abrazó con fuerza presionando la mejilla contra mi pecho.

El sexo es una herramienta que puede utilizarse para controlar a una esclava. Es tan eficaz como las cadenas y el látigo.

—Te amo —murmuró.

No la dejé apartarse de mí.

—¿Puedo pronunciar tu nombre, amo? —suplicó ella.

—Sí.

—Tarl —musito—. Te quiero.

—Silencio, esclava —dije.

—Sí, amo.

La chica que yacía junto a mí, Vella, era una esclava.

Me eché a reír. Me pregunté si me había sentido tentado a mostrar debilidad. Ella tembló entonces.

—Compláceme —le dije con voz dura.

—Sí, amo. —Comenzó a lamerme y a besarme el cuerpo.

Luego la ordené detenerse y la hice tumbarse de espaldas. Alcé la cadena atada a su collar.

—Oh —dijo ella suavemente.

Sentí sus dedos en mis brazos.

Alzó hacia mí los ojos llenos de lágrimas. Qué indefensa estaba en mis brazos.

Entonces comenzó a llorar suavemente.

—Por favor, por favor —suplicaba—, déjame pronunciar tu nombre.

—No.

—Por favor.

—¿Qué soy yo para ti?

—Mi amo —dijo asustada.

—Sólo eso —le dije.

—Sí, amo.

No permití que hablara más, sino que la forcé a resistir la violenta conmoción de la degradación de esclava, yaciendo encadenada en brazos de un amo que no quiere mostrar piedad con ella.

La traté como lo que era: una esclava. En un cuarto de ahn temblaba indefensa; su mirada era salvaje y apenada.

—Puedes hablar —le dije. Ella echó hacia atrás la cabeza y gritó estremecida de espasmos.

—¡Soy tu esclava! ¡Soy tu esclava! —gritaba. Qué hermosa es una mujer en esos momentos. Esperé hasta que se acallaron sus temblores y me miró. Entonces grité con el placer de poseerla. Ella me abrazó besándome. —Te quiero, amo —gimió—. Te quiero.

La abracé con fuerza aunque era una esclava. Ella me miró con los ojos húmedos.

—Te quiero, amo. —Aparté el cabello de su frente. Supongo que uno puede encandilarse con una esclava.

De pronto alcé la cabeza. Noté un olor a eslín. La puerta de mi habitación, que nunca estaba cerrada, se movió un ápice.

Me levanté al instante sobresaltando a la chica encadenada. Me quedé de pie, tenso, junto al diván. No me moví.

El hocico de la bestia apareció cautelosamente a través de la apertura empujando un poco la puerta. Oí el jadeo de la chica.

—No hagas ruido —le dije sin moverme. Me agaché. El animal se había soltado. Ahora había pasado toda la cabeza por la puerta. Era una cabeza ancha y triangular. De pronto los ojos miraron la luz del candil y parpadearon.

Y entonces movió la cabeza; sus ojos ya no reflejaban la luz. Me miraba directamente.

El animal medía unos cinco metros de largo y pesaba unos dos mil kilos, era un eslín salvaje domesticado. Tenía dos colmillos y seis patas. Comenzaba a avanzar. La piel del vientre rozaba el suelo. Llevaba un collar de cuero, pero no tenía atada ninguna cuerda.

Había pensado que estaría entrenado para la caza de tabuk con arqueros, pero estaba claro que no era el tabuk lo que cazaba ahora.

Yo conocía la mirada de un eslín al acecho. Éste era un cazador de hombres.

Avancé ligeramente y me detuve.

Aquella tarde lo había visto en su jaula con su entrenador, Bertram de Lydius, y había reaccionado ante mí como ante cualquier otro observador. Entonces aún no lo habían azuzado contra mi olor.

Avancé un paso más.

No creo que llevara mucho tiempo fuera de la jaula, porque una bestia así, el mejor rastreador de Gor, tardaría muy poco en encontrar su camino por los pasillos hasta esta habitación.

La bestia no me quitaba ojo.

Vi que sus cuatro patas traseras comenzaban a agitarse.

Su respiración se aceleraba. El hecho de que yo no me moviera lo tenía sorprendido.

Entonces dio otro paso adelante. Ahora estaba a la distancia crítica de ataque.

No hice nada que pudiera excitarlo.

Muy despacio, casi imperceptiblemente, llegué hasta el diván y agarré con la mano derecha una de las grandes pieles.

La bestia me observaba detenidamente. Rugió amenazadoramente por primera vez.

Y de pronto se lanzó a la carga arañando el suelo. La chica gritó. La piel me sirvió de escudo, envolviendo al animal. Salté sobre el diván y me envolví en la piel. Oí a la bestia husmeando la piel con un furioso temblor. Entonces se irguió rabiosa y rasgó la piel con las mandíbulas, rugiendo y siseando. La miré. Ahora estaba en pie junto al lecho con el hacha de Torvaldsland en mi mano.

Reí con la risa del guerrero.

—Ven, amigo —la llamé—, vamos a luchar.

Era una bestia valiente y noble. Creo que aquellos que desprecian al eslín no lo conocen. Los kurii lo respetaban, y eso dice mucho del coraje, la ferocidad y la indómita tenacidad del eslín.

La chica gritaba aterrorizada.

El hacha cayó transversalmente sobre la bestia, y al caer me golpeó con un lado de la cabeza.

Volví a golpearla en el suelo, medio seccionándole el cuello.

—Es un hermoso animal —dije. Estaba cubierto de sangre. Oí algunos hombres fuera en el pasillo. Thurnock y Clitus y Publius y Tab y los otros, armas en mano, estaban en la puerta.

—¿Qué ha ocurrido? —gritó Thurnock.

—Buscad a Bertram de Lydius —dije yo.

Los hombres salieron corriendo.

Me acerqué a mis armas que yacían junto al diván para coger un cuchillo.

Compartí con mis hombres el corazón del eslín, y bebimos en nuestras manos la sangre del animal según el rito de los cazadores.

—Bertram de Lydius ha huido —gritó Publius, el jefe de cocinas.

Pensé que era cierto.

Miré la sangre en mis manos. Se dice que si uno se ve negro y ajado en la sangre, morirá de enfermedad; si uno se ve herido y ensangrentado, morirá en batalla; si uno se ve viejo y gris, morirá en paz y dejará descendencia.

Pero la sangre del eslín no me habló.

Me levanté.

Pensé que no volvería a mirar en la sangre de un eslín. Prefiero mirar en los ojos de los hombres.

Me limpié en los muslos las manos ensangrentadas.

—Bertram de Lydius se acercó a un guardia que no sospechaba nada —dijo Publius—, ya que Bertram de Lydius era un huésped de la casa. Le dejó inconsciente. Descendió por la pared delta con ayuda de una cuerda y un gancho.

—Los tharlariones le atraparán —dijo un hombre.

—No —dije yo—. Le esperará un barco.

—No puede haber ido muy lejos —dijo Thurnock.

—Habrá un tarn en la ciudad —dije—. No le persigáis.

—Miré a los hombres—. Id a descansar.

Salieron de la habitación.

—¿Y la bestia? —preguntó Clitus.

—Dejadla. Y dejadme solo.

Nos quedamos solos la esclava y yo. Cerré la puerta y eché los cerrojos. Luego me volví hacia ella.

Parecía muy pequeña y asustada, encadenada a mi lecho.

—Bueno, querida, veo que todavía estás al servicio de los kurii.

—¡No, amo! —gritó—. ¡No!

—¿Quién limpió mi cámara esta mañana? —pregunté.

—Fui yo, amo.

—De rodillas —le dije.

Ella bajó del diván y se arrodilló en el suelo ante mí, sobre la sangre del eslín.

—En posición.

Ella asumió rápidamente la posición de esclava de placer. Se irguió sobre los tobillos con las rodillas bien abiertas, las manos en los muslos, recta la espalda y alta la cabeza. Estaba aterrorizada. Bajé los ojos hacia ella.

Me agaché y la cogí de los brazos.

—¿Amo? —me preguntó. La hice tumbarse de espaldas sobre la sangre y la sujeté para que no pudiera moverse y la penetré—. ¿Amo? —preguntó ella asustada. Comencé a moverme en su interior. La cálida cercanía de su cuerpo, tan hermoso, tan indefenso, me embargó. Ella comenzó a responderme asustada.

—Todavía trabajas para el Kur.

—No, amo —gimió—. ¡No!

—Sí.

—No. No, amo.

—Habían azuzado a la bestia contra mi olor.

—¡Soy inocente! —dijo ella temblando debajo de mí—. Por favor, no hagas que me rinda a ti de esta manera, amo —lloró—. Oh —gritó—. ¡Oh!

—Habla —le dije.

Ella cerró los ojos.

—¡Ten piedad! —suplicó.

—Habla.

—Iba a llevar las túnicas a las cubas, para ponerlas junto con las otras. —Se debatía debajo de mí con los ojos muy abiertos en una mirada salvaje. Era muy fuerte para ser una chica, pero las chicas son débiles. Volví a hacer que se tumbara, con los hombros y los cabellos en la sangre. Echó hacia atrás la cabeza y se agitó. Qué débil era, qué vanos sus esfuerzos.

—Habla.

—Me engañaron —sollozó—. Bertram de Lydius me siguió por los pasillos. Yo no le presté atención, pensé que sólo quería ver cómo me movía por la casa, que sólo me seguía como un hombre que de vez en cuando sigue a una esclava, por el placer de contemplarla.

—Y eso te gustaba, ¿verdad, zorra?

—Sí —dijo enfadada—. Me gustaba. Era un hombre guapo y fuerte, y goreano, y yo era una esclava. Pensé que tal vez querría utilizarme, y que tú se lo permitirías de acuerdo con la cortesía goreana.

“Me habló así que me volví y me arrodillé ante él con las túnicas en los brazos. “Eres muy bonita”, me dijo, y eso me agradó. Entonces él me preguntó si le conocía. Le respondí que si: “Eres Bertram de Lydius, huésped de la casa de mi amo”, le dije.

““Tu amo ha sido muy amable conmigo”, dijo él. “Voy a hacerle un regalo como prueba de mi agradecimiento. No sería cortés por mi parte aceptar su hospitalidad sin expresar de alguna forma la estima que le tengo y la gratitud que siento por su generosidad”.

““¿En qué podría yo ayudarte, amo?”, le pregunté.

““En Lydius tenemos muchas pieles de eslín de nieve, hermosas y cálidas. También tenemos sastres excelentes que cosen vestimentas con hilos de oro y bolsillos secretos. Me gustaría regalarle a tu amo un vestido así, una chaqueta que pueda usar para montar en tarn.”

—Pocos hombres de Puerto Kar me consideran un tarnsman —dije yo—. Y yo nunca le dije a Bertram de Lydius que lo fuera.

—No lo creo, amo.

—¿No crees que es un regalo extraño para un mercader y marinero?

—Perdona a esta esclava, amo. Pero en Puerto Kar hay algunos que saben que eres un tarnsman, y el regalo parece apropiado para ser hecho por quien dice ser del norte de Lydius.

—El auténtico Bertram de Lydius no tendría por qué saber que soy un tarnsman.

—Entonces era un impostor —dijo la esclava.

—Creo que era un agente kurii.

La embestí salvajemente y ella gritó mirándome. Estaba cubierta de sudor. Llevaba el collar al cuello.

—Me engañó —gimió.

—Te engañaron, o eres un agente kur.

—No soy un agente kur —gimió. Intentó levantarse, pero la retuve, sus pequeños hombros en la sangre del suelo. No podía enfrentarse a mi fuerza.

—Aunque seas un agente kur —le dije suavemente—, has de saber que primero eres mi esclava.

—Sí, amo. —Se retorció moviendo la cabeza a un lado—. Me pidió la túnica sólo un momento.

—¿Le perdiste de vista? —pregunté.

—Sí. Me ordenó que me quedara en el pasillo y que le esperara allí.

Me eché a reír.

—Sólo se la llevó un momento —dijo la esclava.

—El tiempo suficiente para presionar la túnica contra los barrotes de la jaula del eslín y susurrarle a la bestia la señal de caza.

—¡Sí! —gimió ella.

Entonces la embestí una y otra vez, con el ritmo creciente y salvaje de un amo, hasta que ella, que una vez fue una chica civilizada, gritó y se estremeció y se rindió a mí sin asomo de dignidad ni orgullo, tan sólo una esclava entregada en mis brazos.

Me levanté y ella quedó a mis pies, encadenada, sobre la sangre de eslín.

Cogí el hacha de Torvaldsland y me quedé de pie mirando a la esclava.

Ella alzó los ojos hacia mí. Tenía la rodilla alzada y sacudió la cabeza. Cogió el collar con las manos y lo apartó un poco de su cuello.

—Por favor, no me mates, amo —me dijo—. Soy tu esclava.

Bajé el hacha, sosteniéndola ante mí con las dos manos. Y la miré con enfado.

Ella relajó el cuerpo y se quedó quieta sobre la sangre, aterrorizada. Puso las manos en el suelo, con las palmas hacia arriba. Las palmas de las manos de una mujer son suaves y vulnerables, y ella las exponía ante mí.

Yo no levanté el hacha.

Oí sonar la campana de la gran sala, y luego unos pasos en el pasillo.

—Ha amanecido —dije.

Thurnock apareció en la puerta de la habitación.

—Ha llegado un mensaje de la casa de Samos —dijo—. Quiere hablar contigo.

—Prepara el barco —respondí. Iríamos hasta su casa a través de los canales.

—Sí, capitán.

Dejé el hacha a un lado. Me lavé con el agua de un recipiente y me puse una túnica limpia. Me abroché las sandalias.

La chica no dijo nada.

Alcé una espada sobre mi hombro izquierdo, una hoja admirable.

—No me has dejado atarte las sandalias —dijo la esclava.

Cogí la llave del collar, me acerqué a ella y lo abrí.

—Tienes tareas que atender —le dije.

—Sí, amo. —De pronto se abrazó a mis rodillas, gimiendo arrodillada y mirándome—. Perdóname, amo —gritó—. ¡Me engañaron! ¡Me engañaron!

Bajó la cabeza hasta mis pies y me los besó. Luego alzó los ojos hacia mí.

—Si hoy no te complazco, amo, hazme empalar.

—Lo haré.

Me di la vuelta y me marché.