Bestias de Gor

John Norman · Capítulo 21 de 32

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Bestias de Gor

21. El Rostro en la Nieve

Seguimos avanzando hacia el norte.

Habían pasado cuatro sueños desde que dejamos el primer refugio de nieve, cuando nos atacaron los eslines. En cada sueño habíamos construido un refugio similar.

Nuestro eslín se tranquilizó rápidamente, pero lo dejamos atado, soltándole las mandíbulas sólo para comer, a causa de la proximidad de los eslines salvajes. Después de dormir en el primer refugio hicimos un reconocimiento. La mayor parte del rebaño había desaparecido, saciado de carne. Imnak recuperó su cuchillo. Por las cercanías quedaron unos cinco eslines, husmeando entre la piel y los huesos de los animales muertos.

Dejamos el refugio y nos dirigimos al norte, enjaezado de nuevo nuestro eslín.

Alcé los ojos al cielo, a los hilos de luz verdosa a cientos de kilómetros de altura. Se trata de un fenómeno atmosférico provocado por las partículas eléctricas que el sol bombardea sobre la atmósfera. Pero era extraño que ocurriera en aquella época del año. Suele ocurrir con más frecuencia durante el equinoccio otoñal e invernal. En diferentes condiciones de luz, esos hilos pueden aparecer violetas, rojos o naranjas, dependiendo de su altura. Esta silenciosa tormenta de partículas cargadas que se extiende millones de kilómetros en el espacio es muy hermosa. En la Tierra este tipo de fenómeno se conoce como la aurora boreal.

Llamé a Arlene, que vino seguida de Audrey. Nos quedamos quietos un rato observando las luces. Luego las mandé volver al refugio.

Un ahn más tarde Arlene yacía en mis brazos.

—Ha sido muy hermoso —dijo.

—Sí.

—La noche está tan quieta. Qué hermoso puede ser el norte.

—Sí —dije. Todo era tranquilo, quieto, apacible.

—¿Qué es eso? —preguntó ella de pronto.

—Imnak —llamé.

—Ya lo he oído —dijo él.

Escuchamos con atención. Por un rato no oímos nada. Luego oímos el crujido del hielo y la nieve en el exterior. Había algo rondando por allí.

Arlene preguntó:

—¿Es un eslín?

—No —dije—. Camina sobre dos pies.

Después de un rato, el ruido desapareció. Oí que Imnak volvía a guardar el cuchillo. Yo también enfundé el mío.

—Voy a salir —dije.

Me dirigí agachado hacia la puerta. El techo del túnel de salida medía un metro de altura en la parte interior y se iba estrechando. Generalmente dentro de un refugio de nieve se monta una tienda de campaña que proporciona un mayor aislamiento. Pero para este sueño no habíamos montado ninguna tienda. En la parte final del túnel, el techo medía un metro y medio de altura.

Comencé a salir por el túnel. Oí a Imnak detrás de mí.

Al llegar al final quité los bloques de hielo con los que se cierra el refugio. Naturalmente el refugio nunca queda cerrado del todo, porque sería extremadamente peligroso ya que debe estar bien ventilado, especialmente cuando hay alguna lámpara encendida.

Cuando salí al exterior, cuchillo en mano, miré cautelosamente alrededor. Un momento más tarde salió Imnak, también cuchillo en mano.

Todo parecía tranquilo.

Las chicas también salieron, primero Poalu y luego Arlene y Audrey.

Todo estaba tranquilo y desolado y frío.

La aurora boreal aún danzaba en el cielo.

Imnak y yo fuimos a inspeccionar el terreno.

—No he encontrado nada —le dije a Imnak.

—Ni yo —dijo él.

—Pero había algo por aquí, porque lo hemos oído.

—¿Has encontrado huellas? —preguntó Arlene.

—No —dije.

—El hielo es duro —dijo Imnak.

—Pero aquí había algo —dije.

—Sí.

Volví a mirar a mí alrededor.

—Se ha ido. —Guardamos los cuchillos.

—Tal vez no era nada —dijo Arlene—. Tal vez sólo era el viento y el hielo.

—¡Aayyy! —gritó Imnak de pronto señalando hacia arriba. Arlene soltó un grito.

Entre los sutiles y trémulos hilos de luz en el cielo, a varios kilómetros de altura, por un instante se perfiló claramente el gigantesco y horrible rostro de un kur.

Imnak se quedó mirándolo en silencio, y yo también. Poalu no dijo nada. Audrey gritó y se dio la vuelta. Arlene permaneció a mi lado aferrada a mi brazo.

No había error posible. Aquel rostro recortado entre la luz y las tinieblas era el rostro de un kur. Era peludo. Sus ojos parecían arder como si hubiera un fuego encendido tras ellos. Tenía la nariz distendida. El rostro frunció los labios enseñando los colmillos en un gesto de anticipación, de placer. Luego echó atrás las orejas. Y entonces la cara se desvaneció y desapareció, los ojos lo último, tan súbitamente como había aparecido. Yo había visto que una de las orejas estaba medio arrancada. Entonces desaparecieron también las luces, y sólo quedaron las estrellas y la noche polar sobre el desolado horizonte.

—¿Qué era eso? —preguntó Arlene.

—Era aquel al que tú servías —le dije.

—¡No, no!

—Debía ser una señal para que volviéramos atrás —dijo Poalu.

—No —dijo Imnak.

—¿No crees que es un signo? —preguntó ella.

—Creo que es un signo.

—¡Debemos volver atrás! —exclamó Poalu.

—Creo que significaba que es demasiado tarde para volvernos atrás —dijo Imnak.

—Creo que tienes razón, Imnak —le dije.

Alcé los ojos al cielo. Era demasiado tarde para volver atrás. Sonreí para mí. Después de una larga búsqueda había llegado a la tierra de Zarendargar, a las cercanías del campamento de mi enemigo, a las cercanías del campamento de Media-Oreja.

—Imnak —dije—, creo que estoy a punto de encontrar al que buscaba.

—Tal vez él ya te ha encontrado —dijo él.

—Tal vez. Es difícil saberlo.