Birgit, historia de una muerte

Gudrun Mebs · Capítulo 1 de 15

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Birgit, historia de una muerte

Q ué largo se me hizo! Estuve…

Q ué largo se me hizo! Estuve con la señora Müller hasta casi pasado el mediodía y quien vino a recogerme fue papá; mamá, no. Eso ya me extrañó. Papá tenía una cara muy seria y le dio las gracias a la señora Müller, antes de irnos.

Subíamos a casa cuando le pregunté por mamá y Birgit, y entonces papá me dijo que tenía que hablar conmigo. Eso no me gustó nada. Papá empezó a hablar muy deprisa y dijo que Birgit estaba en el hospital y que mamá se había quedado con ella. Después me dijo que Birgit estaba muy enferma, porque lo había dicho el médico y los especialistas del hospital también, y que Birgit se iba a morir. Entonces se echó a llorar y yo pregunté:

—¿Por qué?

Papá me cogió en su regazo y empezó a hablar otra vez muy deprisa y dijo que los médicos habían encontrado un tumor en la cabeza de Birgit.

—¿Y qué es eso? —pregunté yo.

Papá me lo explicó; era un bulto malo que crecía y crecía dentro de Birgit y no la dejaba vivir. Eso me sorprendió, porque todos tenemos algo en la cabeza. Mamá a menudo me dice: «¡Tienes la cabeza llena de pájaros!», y hasta ahora nunca me he puesto mala por eso. Pero papá dijo que un tumor era algo distinto, algo muy grave que mataba a la gente. Un tumor en la cabeza. Y después volvió a llorar, y lloraba y lloraba y yo esperaba que mamá apareciese por la puerta en cualquier momento, porque papá lloraba de esa manera. Todavía no entendía muy bien lo que pasaba.

Al fin mamá vino a casa, pero muy tarde, y ni ella ni papá tenían ganas de cenar. Me prepararon un cacao y un poco de pan con queso pero no me gustó. Birgit no vino con mamá. Tampoco contaba con verla, sabía que Birgit estaba en el hospital, porque eso sí que lo había entendido. De todas maneras mamá me lo volvió a explicar, y también me dijo dónde estaba el hospital y que pronto operarían a Birgit. Abrirían la cabeza de Birgit para sacarle el tumor y listo; fácil, ¿no? El tumor desaparecería para siempre. Pero papá dijo que no era tan sencillo, porque un tumor significaba cáncer, y este crecería y crecería hasta que matara a Birgit porque le daba rabia que siguiera viva.

Aun así, por mucho que pensaba y repensaba, lo de la operación me seguía pareciendo fácil: hacían un agujerito en la cabeza de Birgit, le sacaban todo el cáncer y la volvían a coser para cerrarle la herida. Luego, con que se quedara unos días muy quieta en la cama para recuperarse del todo, podría volver enseguida a casa.

Eso mismo les dije a papá y a mamá, y ellos se miraron sin decir nada. Después me mandaron a la cama, pero yo no podía dormir. Seguía pensando en el cáncer en la cabeza de Birgit: ¿se movería?, ¿le haría daño? Mamá había dicho que Birgit dormía cuando se fue, pero si yo tuviera algo creciendo o moviéndose por mi cabeza no podría dormir, de eso estoy segura.

Al final me debí de quedar dormida porque a la mañana siguiente me desperté como con un susto muy extraño en la tripa, y no sabía por qué. En un primer momento, claro. Luego, me acordé de golpe. Cuando miré hacia la cama de Birgit, y la encontré vacía, lo supe. Me levanté de un salto y salí corriendo a la cocina, donde estaba papá sentado delante de su café. Me dijo que mamá se había ido muy temprano al hospital para hacer compañía a Birgit; para que al despertar no se sintiera tan sola. Me preguntó qué me apetecía desayunar y yo le contesté que no hacía falta que se preocupara por eso. Hace tiempo que lo puedo hacer yo sola, y no tenía mucha hambre. Papá tampoco. Estaba muy preocupado, como yo, porque yo también tenía muchas preocupaciones.

Al mediodía, después de clase, fui directamente a casa de la señora Müller, porque mamá no estaba en casa para hacer la comida. La señora Müller se ofreció para darme de comer. También se preocupaba, y me preparó mi comida preferida.