Bizancio
Capítulo XXI
Actuaba de maestro de ceremonias Muntaner, quien leyó delante de la princesa las credenciales del infante en latín y dijo después que los capitanes Arenós, Berenguer y él mismo, y con ellos las tropas catalanas y aragonesas de Gallípoli, los ejércitos aliados en la persona de sus representantes en la plaza y la población civil de artesanos o de familiares de los almogávares, habían aclamado en el infante al Rey de Sicilia. Hecha la presentación de tal forma que no quedó ningún hilo suelto, la princesa extendió el brazo en la dirección del infante, quien se acercó, hincó la rodilla en tierra y le besó la mano.
La princesa lo hizo levantarse y le dijo en griego bastante despacio para que Muntaner tuviera tiempo de traducir:
—Señor infante, ya tenía yo noticia del acatamiento que os habían hecho las tropas catalanas. Esperaba tener el placer de veros, segura de que vuestra llegada mejorará las condiciones de la victoria que las tropas catalanas han obtenido sobre los enemigos míos y los que buscaban la ruina del imperio. Pero aunque os sorprenda, es por su victoria sobre mis amigos por lo que les estoy más agradecida. Sed bienvenido y aceptad nuestra hospitalidad y nuestros mejores deseos y amistades sin reparar en la falta de comodidades y lujos. Pensad que estamos en guerra y que la corte digna de un infante de Aragón no está en Gallípoli sino en Constantinopla, donde estoy segura de poder recibiros un día como merecéis.
El infante le dio las gracias y repitió los saludos de su tío el Rey y los mejores deseos de las casas de Aragón y de Sicilia por su salud y por el bienestar de su imperio.
La princesa se levantó y pasaron los dos a una sala inmediata, donde continuaron hablando en un tono más familiar. Ella dijo al infante que
habían estado esperándole en los últimos tiempos y la cuidadosa discreción con que Berenguer encubría la noticia a los demás capitanes para que no se hicieran ilusiones si por alguna razón el infante no llegaba. Hablaron de Berenguer y se quedó la princesa complacida con los respetos y consideraciones que para él tenía el infante. Se veía que don Fernando no separaba su cortesía de sus sentimientos naturales, que no era un palaciego con máscara, lo que no dejó de agradar a la princesa.
Luego habló ella de cosas sin mayor importancia, esperando a ver por dónde manifestaba el infante su manera de ser. Don Fernando seguía cuidadoso de sus palabras y parecía dispuesto a no dejar salir una sola sin haberla medido y calculado, pero daba la impresión honesta de decir lo que sentía. Y, además, no ocultaba sus manos, como había hecho don Sancho meses atrás.
Sin embargo, y viendo que no conseguía de don Fernando una palabra de amenaza para nadie ni de promesa (ella lo había llevado inútilmente al terreno de las rivalidades entre Berenguer y Rocafort), perdió la paciencia y dijo:
—Ya veo. Llegáis a Gallípoli a la hora de los laureles.
Muntaner se asustó viendo en esas palabras una señal inesperada de beligerancia. Se suponía que el infante sabía muy bien aquello y no necesitaba que nadie se lo recordara. El infante se inclinó:
—Lo que dice vuestra alteza es la pura verdad. Yo soy, por otra parte, hombre de paz y sólo tomo las armas cuando no hay otro recurso ni otro remedio. De hecho, no puedo imaginar una persona cabal a quien le guste la guerra.
—Yo, sí.
—¿A quién le gusta la guerra?
—A mí misma.
Lo decía la princesa mirándolo de frente. El infante se inclinó otra vez con una sonrisa que revelaba una superioridad natural. Era la princesa y no don Fernando quien iba descubriendo su propio carácter.
Envió aquella misma mañana Muntaner despachos a los tres capitanes.
Berenguer y Arenós, que estaban treinta millas más cerca que Rocafort, los
recibieron antes y se apresuraron a acudir. Como se puede suponer Berenguer estaba contento, pero el que mostraba más su alegría era Arenós.
El infante los recibió en la vivienda de Muntaner, que era la más rica y suntuosa después de la que ocupaba la princesa.
Abrazó el infante a los dos, llamó a Berenguer hermano y les dijo cuáles eran sus propósitos y los deseos de su tío Fadrique. Luego les preguntó por Rocafort. Muntaner dijo que le había enviado tres mensajeros, de modo que mientras uno le comunicaba la noticia en privado los otros dos la divulgaran entre sus capitanes y soldados. Esperaban así que cuando Rocafort quisiera darse cuenta tuviera el campamento entero encendido de entusiasmo y alegría y se viera obligado a seguir el humor de los demás. No dudaba Muntaner de que la reacción de Rocafort sería de obediencia, pero había creído discreto adelantarse con alguna diligencia y obligarle más. El infante sonrió como si estuviera oyendo una travesura sin importancia, pero no olvidó ninguna de aquellas palabras.
Lo que había previsto Muntaner fue exactamente lo que pasó en el campo de Rocafort, quien antes de responder a los mensajeros de Gallípoli reunió consejo y tuvieron una larga conferencia. Fuera, las tropas vitoreaban al Rey y al infante. El entusiasmo de algunos se manifestaba con expresiones de desprecio contra la casa de Andrónico, de las que exceptuaban a la princesa.
Todos los consejeros creyeron que Rocafort debía responder mostrando alegría por la llegada del infante. Estando el sitio de Nonna tan adelantado, no podía Rocafort dejar el real y así lo escribieron, añadiendo que tendría Rocafort el mayor placer en recibir al infante y en rendirle obediencia.
Cuando la respuesta de Rocafort llegó a Gallípoli, el infante quiso saber el parecer de los otros tres capitanes y todos acordaron que lo mejor sería que fuera a Nonna acompañado de Muntaner. No debían ir Arenós ni Berenguer por no ponerse delante de su rival aventajados por la presencia de don Fernando, hasta que éste hubiera obtenido la libre sumisión y el acatamiento de Rocafort. La partida debía ser cuanto antes para no dejar lugar a que el entusiasmo de las tropas se enfriase y también a que Rocafort, más lenta y reflexivamente, preparara algún ardid.
Aquella noche la princesa obsequió al infante y a los capitanes en sus habitaciones, les hizo conocer a los dos galeotes, a las doncellas, al perro Llobregat —que había renunciado a ir con las tropas al asedio de Nonna—
y a los dos monos titís de la reina Irene. Con los monos entró un momento el enano que los cuidaba y que a instancias de la princesa hizo un discurso de circunstancias. Menos mal que Muntaner, al traducirlo, suprimió todas las impertinentes libertades que en casos como aquél suelen decir los bufones.
La princesa amonestó a Muntaner y lo acusó de deslealtad por no haber hecho una traducción correcta y fiel. Podía ser incómoda la princesa, pero su extrema juventud y su belleza la salvaban.
Por mucho que hacían la princesa y Muntaner para que el infante se abandonara a la confianza, sólo conseguían de él frases protocolarias, graves silencios y alusiones medidas y calculadas a hechos siempre gratos.
Con el único con quien se abandonaba el infante era con Berenguer. En sus apartes con él, reía y se permitía comentarios y opiniones atrevidas.
Berenguer estaba encantado con él y también —según advertían los otros—
cuando hablaba con el infante mostraba una clase de abandono y de placentera confianza que no veían en él a menudo.
Al día siguiente el infante partió con un lucido séquito en el que figuraba Muntaner. Éste llevaba despachos particulares de la princesa para el jefe catalán.
Quedó Gallípoli solo y abandonado. El entusiasmo por la nueva situación se manifestaba, no sólo en la alegría de la gente de paz y de los viejos soldados, sino también en una cierta sensación de seguridad política completamente nueva, ya que por vez primera se sentían todos al amparo de un rey poderoso. La vigilancia se hizo menos estrecha y las guardias nocturnas se redujeron a la mitad.
Berenguer y Arenós subían a visitar a la princesa y ella, por vez primera desde que estaba en Gallípoli, se mostraba triste y deprimida en público:
—Todo el mundo espera algo de mí. Y a veces la broma se hace pesada.
Este no lo cree —dijo ella mirando a Berenguer—; pero todo es broma en la vida, la luz, la noche, la gente. Y la sangre. Y los huesos. Los huesos articulados. Para tranquilizarme cuando no puedo más llamo a Zoe y le pido
que traiga a los músicos y que baile. Cuando lleva un rato bailando percibo su olor. Huele a maderas húmedas. Yo, aquí donde me veis, tengo un olfato de bruja bizantina y percibo las brisas del Mar Negro y las distingo de las del Mar Muerto, que son más frías.
Nadie decía nada. Muntaner volvió a encarrilar la conversación:
—En esas bromas tú siempre ganas, alteza.
—Claro que sí —dijo ella con una seguridad desafiadora—, al menos a la larga.
Volvieron a callar. De pronto, la princesa ordenó a Arenós:
—Anda a buscar a Flora. Debe estar abajo, en la sala de los correos de mar.
Arenós obedeció y al quedarse Berenguer solo con la princesa, ella se le acercó, suplicante:
—Por ahora no quiero más odio. La imagen de Roger mengua entre las voces de los vivos. Y la tuya crece. Arenós lo sabe muy bien. Todos lo saben.
—Es verdad, María —dijo Berenguer mirando a la puerta una vez más.
Con aquellas miradas a la puerta quería decir: «Estamos solos, pero Flora puede venir porque has enviado a buscarla con Arenós». La princesa dijo:
—No vendrá, porque Flora le preguntará a Arenós: «¿Con quién está la señora?». Y cuando sepa que estoy contigo, pensará: «Ha enviado a Arenós a buscarme para quedarse sola con Berenguer». Y no vendrá, o tardará bastante en venir. Flora ve siempre las dobles intenciones como una gata de Egipto.
Berenguer besó a la princesa en el cabello y le dijo:
—Yo te quiero, es verdad. Todos los que te han visto una vez te quieren, princesa María. Pero creo que debes casarte con el infante don Fernando.
Ella se separó de Berenguer y alzó la cabeza:
—Después de Rodesto no hay razones de estado. Otras, en mi caso, se casarían con el infante y tendrían a su amante cerca. Yo quiero ser tuya como una mujercita de las que se ven en las familias de mis súbditos, ni ricas ni pobres, ni envidiosas ni envidiadas. ¿Que eso es difícil, siendo yo lo que soy? Mira, te voy a decir una cosa. ¿Tú sabes por qué gozaba de la
venganza y buscaba la sangre y la exterminación hasta hace pocas semanas?
Porque mi tío, matando a Roger, me impidió ser la mujer que yo misma había soñado. El Emperador, el Patriarca, los duques, todos quieren que yo renuncie a mi pureza. Y me empujan y me ayudan diciendo cosas calumniosas de mí. Pero no he renunciado a nada. Yo puedo volver a ser la misma con todos mis sueños vivos si me caso contigo. ¿Razón de estado?
¡Pero si el estado no existe! Lo estamos haciendo ahora nosotros. Ahora son posibles todas las leyes, todos los matrimonios, todas las anarquías. Pero, además, tú eres también de sangre real.
—¿Yo?
—¿O es que me has mentido? ¿No eres tú de sangre real? El infante te llama hermano. ¿Y no estás enamorado de mí? Acabas de decir que me quieres.
—Como te quieren todos los que te ven.
—¿No estás enamorado de mí?
—Yo creo que no, señora —dijo él, en serio—. Me gustas, te deseo. A tu lado me encuentro mejor que en ninguna otra parte.
—¿Y no es eso el amor?
—No sé. Tal vez yo no creo en el amor —diciendo esto la abrazaba tiernamente— ni en el matrimonio. Oh, sí: yo puedo casarme contigo.
Tengo en Aragón, en el Rosellón, en Bigorre, castillos mejores que éste y gente que lleva mis armas en el pecho. En el pasado de mi familia hay de todo: infantes, duques, esclavos, sobrejunteros de Aragón, mendigos, obispos, brujas y santos albigenses.
—Y reyes.
—Sí, y reyes. Ésos son los peores.
—No peores que los míos. En todo caso, tú eres más noble que la rama griega de mi familia. Eso es lo que pasa con vosotros. Sois fuertes, dueños de todo y os arrodilláis cuando queréis arrodillaros libremente, sin que nadie os lo pida. Sois sangrientamente modestos. Sois dueños de todo, como verdaderos sobrinos de Dios. Tenéis cara de sobrinos de Dios y camináis sin querer saber a dónde vais y negándoos a que nadie os lo diga.
Así habéis llegado al umbral de mi casa. Yo tengo un libro de invitados en ese umbral y sólo hay dos nombres allí: el primero escrito con sangre:
Roger de Flor. El segundo escrito nada más con agua del mar, pero allí está y yo lo veo. Y es el tuyo.
Berenguer callaba y ella le pidió que dijera en que pensaba, pero espontáneamente y sin buscar las palabras. Ni siquiera las palabras vulgares. Hay que hacer a voces un esfuerzo para encontrar palabras vulgares y no llamar la atención En ese esfuerzo se forja la mentira.
—Dime —repitió— lo que piensas en este momento y con toda franqueza.
—No es muy agradable para ti, lo que pienso. Ni para nosotros. Pienso que no quieres a mi nación.
—¿Yo?
—Que hablas de casarte conmigo sólo para que otros no hablen de casarte con el infante. ¿Me quieres a mí de veras u odias a mi nación? Es posible que se mezclen en ti los deseos con los odios y que en los dos casos seas sincera. Pero lo uno y lo otro pueden invalidarse, y entonces es una tercera voluntad la que se impone.
—¿Qué voluntad?
—No sé. Tal vez la de tu madre. ¿Dónde está tu madre?
Se sentía la princesa confusa.
Nunca había pensado en aquello y comprendía que podía ser verdad:
—Eres un hombre fuerte, astuto y cruel.
—No. Cruel, no lo soy. Después de nuestra victoria tu madre verá con mucho gusto que nos debilitamos, que nos arruinamos, y hará lo que pueda para que sólo quede en Levante la casa de Bulgaria. El rey Azán con sus concubinas, la reina Irene con sus amantes, tú y vuestros gerifaltes de caza.
Tus gerifaltes. ¿No son tuyos?
La princesa callaba.
—Me gustaría —añadió Berenguer gravemente— averiguar cuál fue el papel de tu madre en la corte el día que mataron a Roger.
Estaba la princesa a punto de llorar:
—También yo lo he pensado a veces.
—¿Qué es lo que has pensado?
—No sé. Nunca puedo llegar a pensar nada que no me parezca una locura.
Lloraba de veras, discretamente, dulcemente. Era un llanto tímido, de niña:
—Ahora veo —dijo— que no te casarás. Que no te casarás nunca conmigo.
Berenguer sintió piedad y con la piedad deseo viril. La besó suavemente y le dijo:
—No sé. Bueno, ya veremos. Tienes que escribir en tu libro de invitados el nombre del infante. El infante es un hombre extraordinario. El único hombre puro entre todos nosotros. Yo lo conocí hace diez años en casa de los condes de Sobrarbe, en Aragón. Recuerdo que había allí un arcediano, hombre piadoso y sordo. También estaba allí el rompedor de estatuas de Bavaria que tenía dientes incisivos, molares y caninos. Y había otra persona, sin rostro, que era yo. Yo no tengo rostro. Nunca imagino mi cara entre las otras. Recuerdo que el arcediano debía ser de origen muy agreste y montañés porque en lugar de decir «hasta el día de Corpus» decía:
« diquía el corpus…». En este momento estoy hablando como tú, ¿qué te parece? ¿Ves cómo te conozco? ¿Ves cómo podría casarme contigo, querida?
Reía Berenguer y ella también, por contagio. Luego la princesa se refugió en sus brazos:
—Eso es, dime querida. Lo demás no importa. Yo sé lo que eres. Hay mil detalles en tu manera de ser y ninguno me escapa. Por ejemplo, yo sé que me deseas. Soy joven y hermosa, pero tú has sentido decepciones en tu país, en otros países. Tú recelas del amor. Te han castigado las mujeres. Tú crees, además, que por disciplina de soldado debes dejarme a mí y empujarme en los brazos de otro, del infante. No te atreves a pensar en tu propio deseo. Y me declaras noblemente que no me quieres, que sólo me deseas. Vosotros los hombres distinguís entre el deseo y el amor, pero nosotras no. Tú me deseas y, por lo tanto, me quieres. Bien, entonces…
Apareció Flora en la puerta y la princesa le preguntó:
—¿Te ha buscado Arenós?
—No, señora.
Berenguer dijo:
—Arenós comprendió, también, de qué se trataba.
Y la princesa lo miraba como si le preguntara: «¿De qué país habéis venido?». Flora se marchó sin hacer ruido como si hubiera enfermos en la sala, pensando: «¿Por qué me dice a mí la princesa esas cosas de llamarme o no llamarme? ¿Por qué había de llamarme Arenós si ella está a solas con Berenguer y es feliz?».
Entretanto, el infante don Fernando había llegado a Nonna con Ramón Muntaner y su séquito de maceros y portadores de armas reales. La comitiva entró en el campamento precedida por el gonfalonero, que iba a caballo encabritando el animal, caracoleando y haciéndolo avanzar de espaldas, siempre con su gravedad taciturna de hombre entrado en años.
Había advertido Rocafort a la tropa que nadie vitoreara al infante para evitar que el enemigo se enterara de su presencia, y el silencio hacía más solemne la recepción. Los soldados se quitaban la gorra o el yelmo y los almogávares el capacete enrejado. En todo aquel aparato de corte veían el símbolo vivo de las glorias de su país. Los soldados eran políticamente felices por vez primera desde la muerte de Roger.
El infante iba vestido de soldado y nadie dudaba, viéndolo con su coraza y su yelmo empenachado, que, si el caso se presentaba, no fuera el buen guerrero que prometía. Los soldados se decían mirándolo: «He aquí lo que estamos defendiendo en Tracia». Y se sentían un poco más seguros de sí. Muntaner iba al lado del príncipe y excusaba a las tropas por su silencio, que el príncipe atribuía a razones militares, aunque sabía muy bien que podía tener otros motivos. En el centro del campamento no se pudo evitar que el entusiasmo se manifestara por fin de alguna manera. Los primeros en aclamar al infante don Fernando fueron seguidos por muchos más.
Acudió Rocafort a tener el estribo, hincó la rodilla y besó la mano del príncipe. Después lo acompañó a su alojamiento.
Durante todo el día fue y vino con el infante, siempre destocado y tratándolo como a su superior. Esperaba el infante que Rocafort reuniera a sus capitanes y consejeros y declarara pública y oficialmente su sumisión, pero no decía nada. Así transcurrieron dos días visitando las instalaciones de guerra, viendo los baluartes movedizos y torres de asalto y observando las maniobras de la caballería turca.
Rocafort no hacia diligencia alguna en relación con la sumisión del campo.
Al tercer día el infante pidió a Rocafort que reuniera a los soldados catalanes y aragoneses. Poco después estaban todos juntos. Los que no podían acudir por hallarse de facción habían enviado sus delegados. Habría más de quinientas personas y, desde luego, todos los capitanes. El infante estaba acompañado de los gentilhombres de su casa, sentado en un estrado cubierto de rica alfombra. Sacó las cartas de su tío el Rey y las entregó a un secretario para que las leyera. Leídas, el infante se puso en pie y comenzó a hablar. Dijo brevemente que el Rey Fadrique, movido por las súplicas del ejército allí presente, había admitido el juramento de fidelidad que le hicieron y, aunque para sus reinos no podía ser de gran utilidad encargarse de la defensa de Tracia, Macedonia y otros territorios de tan lejano Imperio, había querido mostrar el amor que les tenía posponiendo su conveniencia a la de ellos, y así le había mandado que con su persona fuese a gobernarles en su nombre y les ofreciese que siempre acudiría con mayores socorros en la medida que los tiempos aconsejaran. Comunicándolo al ejército cumplía el infante una obligación placentera y honrosa.
La respuesta se la dio en nombre del consejo un capitán que había conferenciado antes largamente con Rocafort. Se limitó a declarar el contento y la alegría de todos, puso de manifiesto los respetos que debían al Rey y la promesa de tomar acuerdo todos juntos en el real y en el plazo más corto sobre lo que debían responderle.
Les dio las gracias el infante y volvió a sus aposentos. Quedó la asamblea reunida y Rocafort subió a la tribuna y dijo que el caso del que iban a tratar no debía discutirse entre tanta gente porque la multitud de opiniones siempre trae consigo alguna manera de confusión y propuso que escogieran cincuenta personas, las de mayor autoridad y confianza para que
—eran sus palabras— «fueran estudiando y platicando el suceso». Una vez que esa junta tomara una determinación, saldrían a comunicarla a la asamblea, de manera que todo el ejército la condenara o la aceptara con entera libertad. Lo que la asamblea decidiera le sería comunicado a su alteza real en el acto.
La gente aceptó de buen grado y nombró cincuenta delegados, olvidando que más fácilmente se puede coaccionar y cohechar a pocos que a muchos. Y con los cincuenta se puso a deliberar Rocafort en la tienda inmediata. Había tenido la habilidad de hacer nombrar a los adictos suyos y, sabiéndose entre incondicionales, les dijo:
—Yo os propongo recibir y acatar al infante don Fernando, pero no como lugarteniente de su tío el Rey, sino como príncipe absoluto y sin sujeción ninguna. Hagamos de él nuestro rey con el título que quiera. Rey de Tracia o de Grecia. Sería poco razonable escoger al Rey que vive en Sicilia, tan lejos de nuestros campamentos. Mejor es pensar en este príncipe que ha de quedarse aquí cerca y correr la misma suerte de cada hijo de perra de los que peleamos. Si recibimos a don Fadrique por Rey, tenemos que estar seguros de que no hará nada por nosotros, digo, en persona. Y nos mandará quien en su nombre nos gobierne. El remedio será peor que la enfermedad. ¿Qué mayor desgracia si por premio de nuestros trabajos y de nuestras victorias venimos a ser gobernados por una mano extraña y no por nuestro príncipe? Con ese gobernador vendrán otros, que se ocuparán más de su bolsillo que del nuestro. No digo que el Rey, desde lejos, no quiera ayudar a nuestro bienestar, pero sólo mientras su ayuda no estorbe a la defensa de su reino de Sicilia.
»¿Qué pensáis vosotros, villanos como yo o nobles mejores que yo?
¿No hay una desigualdad enfadosa? Yo así lo veo, con mis cortas luces. Si aceptamos al Rey don Fadrique, los trabajos, miserias, desgracias y ruinas serán para nosotros solos. Y la gloria y el provecho y los dineros y los honores serán para él, es decir, para un Rey que está lejos. Si nos pasan a cuchillo a todos en una noche, don Fadrique seguirá siendo tan rey como antes. Pero si ganamos nuevas tierras, no serán nuestras sino del Rey.
¿Puede algún hombre que no sea un borde lanudo dar obediencia a un rey tan lejano? No seré yo. ¿No os acordáis de la paga que nos dio por tantos servicios anteriores cuando salimos de Sicilia? ¿Qué fue más que un poco de galleta y pan sin sal y otras menudencias que no se le niegan ni siquiera a los siervos y esclavos?
»No, amigos. No nos conviene don Fadrique. ¿No estáis viendo lo que pasa? ¿No veis que no nos manda ahora en sus galeras ni armas, ni gente, ni
comida ni dineros, es decir, nada de lo que nos hace falta para la guerra, y nos manda, en cambio, una cabeza para regirnos, como si no hubiéramos sabido regirnos en tiempos peores con nuestra cabeza propia? Ah, compañeros, hay que pensar dos veces la cosa antes de decir amén a las palabras de un rey. Yo soy el primero en respetarlo, pero por todas las razones que he dicho resuelvo pediros que no penséis más en don Fadrique y que recibamos y proclamemos a don Fernando. Que se quede don Fadrique con su reino de Sicilia ganado y conservado por nuestros brazos.
Deje a don Fernando su sobrino los trabajos de la guerra todavía insegura y peligrosa, el provecho de estas tierras y la esperanza de conquistar otras nuevas. Ese es mi parecer y ahora quisiera escuchar cuál es el vuestro.
Hubo un gran silencio y los oficiales y soldados, viendo que Rocafort no se negaba a dar servidumbre al príncipe, sino que, por el contrario, lo respetaba y honraba más de lo que él mismo quería, comenzaron a pensar que todo aquello era razonable.
Discutieron los que habían acordado repitiendo las palabras de Rocafort, que fueron recibidas con aclamaciones y vítores.
Desde allí los cincuenta delegados fueron a las tiendas del infante pensando que iban a llevarle la mejor noticia que podía esperar. Pero las cosas resultaron de otro modo. Del modo que esperaba Rocafort.
El infante respondió que había salido de Sicilia y llegado a Gallípoli y al campamento de Nonna como enviado de su tío el Rey. Era con el dinero del Rey y su autoridad y sus galeras como había tomado a su cargo la empresa.
—Sería yo desleal a mi tío el Rey —concluyó— si no ejecutara exactamente las órdenes que me dio al salir. Agradezco el ofrecimiento, pero no puedo aceptarlo.
Volvió a pedir que lo recibieran como lugarteniente de su tío.
Rocafort había advertido sagazmente a los delegados que el príncipe no aceptaría la proposición, al menos la primera vez que se la comunicaran, por respeto a su tío. Y que no hicieran caso de la negativa del príncipe porque más tarde cambiaría de opinión. Rocafort engañó así a los delegados, quienes se mantuvieron firmes en no aceptar a don Fadrique.
No era éste el único ardid de Rocafort.
El capitán estaba seguro de que el príncipe consideraría aquel ofrecimiento como una inocente atención y cortesía de los soldados. Así fue. El infante don Fernando pensó que los soldados acabarían por aceptar a su tío.
Con esa doble esperanza, ninguno de los dos bandos mostró prisa ni se creyó obligado a insistir por el momento. Y se creó una situación confusa y dilatoria que permitió a Rocafort un nuevo paréntesis para seguir maniobrando.
De momento, Rocafort había conseguido lo que se proponía. No era muy inteligente en otras materias, pero tenía la astucia natural del guerrero cuando se trataba de situaciones delicadas de las cuales dependía algún provecho personal. Esperando los unos que el príncipe aceptara la corona de rey absoluto y éste que los soldados reconocieran a don Fadrique, pasaron algunos días más sin que nadie volviera a dar un paso en aquel asunto. El único que no decía nada, pero se daba cuenta del doble juego, era Muntaner. Como Rocafort tenía de su parte a las tropas turcas y turcopoles, aunque hubiera catalanes de otro aviso no se atrevían a contradecirle.
Entretanto se supo que Berenguer y Arenós habían vuelto a sus reales y que el asedio de su plaza iba avanzando y prometiendo una victoria próxima.
Rocafort apretó también el de Nonna.
En aquellos días consiguió Rocafort por nuevas intrigas que todo el ejército a sus órdenes se confirmara públicamente en aceptar al infante y rechazar al Rey. El acto fue memorable. Pero Muntaner no se llamaba a engaño.
—Capitán, podrías equivocarte —advirtió a Rocafort—, y no sería bueno para ti quedar al descubierto.
—Fuerzas tengo para cubrirme. Y si no las tuviera, todavía me quedaría la inocencia de mi amor por el príncipe don Fernando. Yo no me niego a ser gobernado por la casa de Sicilia, sino que le ofrezco a don Fernando más autoridad de la que él mismo quiere. Y eso lo hago de verdad y con todo el corazón. ¿Qué más me puede pedir nadie? Ya digo que lo hago todo de corazón.
Golpeó Muntaner con el puño amistosamente dos o tres veces en el peto acerado de Rocafort:
—Tu corazón, ¿eh? Por el camino que llevamos, tu corazón y el mío se los van a comer los perros de Tracia y de Frigia.
Declaró Rocafort que la culpa no sería de él, sino de todos, si ese caso llegaba. Y comenzó a disculparse con más franqueza:
—¿Qué quieren, que baje la cabeza después de habérmela jugado cien veces? Yo lo haría si no hubiera moros en la costa. Pero están detrás los almibarados, los nobles. Están Berenguer y Arenós. Además, sé muy bien por las doncellas de la princesa que ella quiere casarse con Berenguer. Si se queda el infante, tendremos ya la corte formada. Don Fernando, rey.
Berenguer, César y archiduque y príncipe consorte. Arenós, maestro de campo. Todos nobles, todos de alta cuna. Y yo seré el villano de la historia.
Soy bueno a la hora de batir el hierro. Malo en los estrados de la nobleza.
Rocafort será el don Nadie cuando el reino junte los colores de Grecia con los de Bulgaria y Aragón. Berenguer. Muy bien, Berenguer. No digo que sea un mal soldado ni un hombre de mal concierto o aviso. Pero estaría a muchas leguas de aquí si yo no hubiera sostenido las tierras que él perdió por quedarse a beber con los genoveses. ¿Es que después de lo que había pasado en Constantinopla podía beber con los genoveses y subir a su galera capitana y ni siquiera escuchar sus saludos de bajel a bajel? A mí no me han atrapado ni con ánforas de vino griego ni con armas.
Advirtió Muntaner que el hecho de que Berenguer y Arenós se hubieran quedado en Gallípoli en lugar de ir al campo de Nonna con el infante demostraba que el príncipe no quería provocarle con la presencia de aquellos capitanes ni pensaba hacer favores especiales a unos o a otros, sino estricta justicia. Pero Rocafort sabía ver detrás de los hechos aparentes:
—Si el infante les ha prohibido venir, es para suavizar sus diligencias conmigo y dorarme el embeleco. Se da cuenta de lo que pasa y quiere taparme los ojos. Eso demuestra que el infante tiene confianza en Berenguer y en Arenós y que ellos la tienen lo mismo en el infante. ¿Y tú, Muntaner? ¿Por qué te pones tan conciliador si sabes que las cosas no tienen remedio? Más valdrá que pensemos en levantar los baluartes de asalto y entremos en la ciudad si las tropas han de seguir comiendo. Porque no hay más bastimentos en toda Tracia que los que podamos garbear en Nonna. En diez jornadas alrededor de Gallípoli no hay un pedazo de pan ni
una mata de nabo ni un triste cordero. Hace tiempo que comemos carne de caballo, pero no vamos a matarlos a todos para mantenernos.
Muntaner afirmaba con aire reflexivo. Creía que habría que abandonar Gallípoli y marchar en masa con las mujeres, los niños y los viejos a alguna provincia donde no hubiera habido guerras. A Macedonia, por ejemplo, que estaba intacta y donde había trigo y carne.
—Cristopol sería la salvación de todos por algunos meses —dijo Rocafort.
Se quedó pensando Muntaner y como el que toma una resolución le dijo:
—Convence a tu consejo y yo convenceré a los otros capitanes.
Rocafort afirmó pero añadiendo que antes debían tomar Nonna y Megarix y descansar en ellas con las tropas algunas semanas.
Arenós y Berenguer entraron por fin en Megarix y al día siguiente Rocafort, estimulado y un poco agraviado por la anticipación, tomó Nonna, donde pasó a cuchillo a la mayor parte de los hombres de armas y se apoderó de un importante botín. Establecidos en aquellas ciudades esperaron los unos y los otros el orden y concierto de las operaciones futuras, convencidos de que sólo podrían sostenerse si llegaban a Cristopol en Macedonia y lo tomaban antes del invierno.
Para entrar por Macedonia hasta Cristopol tenían que caminar más de ochenta leguas por territorio enemigo, donde no tenían apoyo de ninguna clase y ni siquiera conocimiento previo del terreno.
Puestos de acuerdo sobre la necesidad de abandonar Gallípoli, se reunieron delegados de todos los ejércitos con el infante Fernando y se tomó el acuerdo de ir sobre Cristopol. Las ventajas de aquella ciudad eran ser plaza de mar abierto, más segura que Gallípoli por estar libres de la dificultad del estrecho, que podía ser cerrado a los socorros con algunas naves enemigas bien armadas. Muntaner embarcaría en treinta y seis naves
—entre ellas cuatro galeras fuertes— a todas las mujeres, niños y viejos de Gallípoli y marcharía con ellos y con algunas docenas de soldados hacia Cristopol, esperando a dos jornadas de la ciudad el asalto de las tropas de tierra. Tardaría en salir sólo el tiempo que necesitara para organizar la expedición.
Se fijaron fechas calculando las distancias. Al volver Muntaner a Gallípoli corrió a comunicarlo a la princesa. Ella se apresuró a declarar que no iría por mar con la gente inválida, sino por tierra y a caballo:
—Iré a Megarix cuanto antes y me reuniré con Berenguer. Quiero correr su fortuna.
Muntaner creyó también que era mejor que caminara con el ejército de tierra. Su presencia y la del infante podían ser factores de moderación y concordia entre los dos bandos.
Hizo la princesa preguntas sobre el orden de la expedición. Saldrían un día antes las tropas de Rocafort y cuando se hubieran adelantado bastante seguirían las de Berenguer para que no se reunieran en el campo, lo que podía dar lugar a incidentes. El infante iría con el ejército de Rocafort si la princesa iba con el de Berenguer.
Como Nonna estaba treinta millas más adelante que Megarix, aunque salieran el mismo día llevarían una distancia y apartamiento bastante grande, pero, así y todo, acordaron que los de Megarix esperarían veinticuatro horas antes de ponerse en camino.
Apremiaba el tiempo y Muntaner tomó a toda marcha las disposiciones para abandonar Gallípoli. Había mil problemas imprevistos. Las pequeñas dificultades le irritaban más que las grandes y en ellas intervenía la princesa con sus doncellas y hasta con los dos galeotes. Las masas de mujeres y viejos se hacían más remisas y difíciles cuando veían que alguien se ocupaba de ellas. Los niños débiles y enfermos se mostraban más enfermos y más débiles, y las mujeres más tímidas y temerosas. Había que recordarles su epopeya contra los genoveses para animarlas.
Aquella noche la princesa escribió a su madre: «Vamos a acercarnos a Tesalónica, de modo que será casi como estar en el castillo al lado del tuyo.
Vamos a Cristopol de Macedonia. Ejércitos por tierra y algunas fuerzas por mar. Comienzo a sentir pena por la desolación de estos territorios de Tracia.
No queda en estas provincias de tu hermano Andrónico sino algún cementerio con inscripciones falsas, es decir, en idiomas que para los indígenas son faltos de sentido.
»Yo no me considero responsable de nada y, sin embargo lo soy como cuando tenía ocho años y robaba las muñecas de los hijos de los Nastogo
sólo por el gusto de privarlos de ellas. ¿Te acuerdas, madre, lo que hacía?
Todas las muñecas venían de la China y algunas cerraban los ojos al acostarlas porque tenían dentro un contrapeso de yeso blanco, aglutinado con alguna materia que no sé lo que era. Y yo les abría la cabeza sacando los contrapesos de los párpados, los lamía un poco —sabían dulce— y luego los tiraba. Tenía un perro al que le gustaban y se los comía. El archimandrita me hablaba del alma de las personas y yo dudaba a veces y me preguntaba si aquel contrapeso blanco y dulce sería el alma de la muñeca. Parece este recuerdo una de las tonterías que suele escribir Gayo Sorinópulos. Pero es verdad. ¿Por qué hay verdades en la vida de una que pueden ser tonterías?
»Comienzo a ver las cosas de un modo diferente, pero no tanto como sería de desear en vista de las novedades que se presentan. Por el momento estoy enamorada de Berenguer y espero que podamos irnos contigo. ¿Qué te parece? No olvido que te estoy descubriendo los planes del ejército y por eso te pido que no alertes a nadie para que la gente no se prevenga en Cristopol, lo que haría la empresa más difícil y tal vez imposible.
»Berenguer tiene un alma que no es de yeso dulce sino de hierro. Y me quiere y cree que yo le hago un gran favor, aunque mi tío el Emperador no le daba —cuando lo hizo megaduque del Senado— sino lo que él merecía.
Es curiosa su manera de sentirse delante de Andrónico y conmigo. Yo le hago preguntas a Berenguer sobre eso y él me dice: “Es que tu tío no es un Emperador genuino y tú eres una infanta verdadera”. Berenguer habla poco porque ve demasiado y no cree que valga la pena decir todo lo que ve, ni siquiera a mí.
»Nos casaremos en Cristopol. Su catedral es tan antigua como la de Constantinopla y quiero que el día de la boda suenen todos los campaniles de la ciudad, que son más de trescientos. Nos casaremos al día siguiente de entrar en la ciudad, es lo que hemos acordado Berenguer y yo, y nadie lo sabe todavía, aunque nadie se extrañará cuando lo sepa. Ni siquiera esa bestia de Rocafort.
»Por ahora me siento tan feliz que tengo que ir todos los días a ver a las mujerucas de los almogávares. Paso revista a sus caras sonrientes y bravas, no pocas de ellas con cicatrices, y delante de ellas recuerdo otra vez las
muñecas y el yeso dulce. Están contentas porque imaginan a mi tío vencido y muerto y a mi primo vencido, golpeado y ultrajado. Los dos en la vertiente del muladar. Hemos sido vengados ya y lo que hacemos ahora ya no es venganza, sino conquista limpia. A mi manera he sido ladrona del fuego y lo he conservado para todas estas mujerucas que son buenas para sus hijos y para la memoria de Roger, como buenas perras mordedoras. Yo las quiero y las odio al mismo tiempo y a mi manera. Sin fervor en mi simpatía y sin veneno en mi odio. Ya me conoces, madre.
»Las desconcierta un poco verme tan sola. Me atribuyen amantes nocturnos y maridos para el día de mañana. Como no acaban de comprender en qué país están, por debajo de sus hipótesis pasan príncipes, capitanes, almirantes y hasta hileras de chinos con las manos metidas en las bocamangas. Estas mujeres, tan simples a su manera, no acabo yo de entenderlas, porque cualquiera que sea su estado de ánimo siempre me reciben con cara de pascua. Es la desventaja de los príncipes. Yo me acerco a ellas con mi cara natural y ellas me reciben, como digo, con cara de circunstancias. Preferiría ver en ellas lo que veo desde mi terraza cuando ellas no saben que las miro: la conciencia del pecado de todos. Esas mujeres, sin saberlo, tienen el perfil taciturno de esa conciencia de nuestro pecado. (Del tuyo también y del mío.)
»No es que ellas lleven en su imaginación ningún sentimiento de culpa, no es eso, y no podría ser porque todas se redimen con su manera de tener hijos y de respetar a sus viejos. Es que en los últimos tiempos los buitres y los cuervos acuden a las almenas en cantidades mayores que nunca porque también están en necesidad y vienen a buscar los desechos de los caballos que matamos. Se oyen de día y de noche sus plumas remeras rasgando el aire al otro lado de las ventanas. Las mujeres cetrinas y taciturnas oyen esas alas y piensan que son un aviso. Para ellas, las alas son aviso en la guerra y en la paz. Como las del arcángel San Gabriel para la Virgen.
»Muntaner dio la orden de que nadie molestara a los cuervos ni a los buitres, y esos animales se han familiarizado de tal manera que a veces hay que apartarse para no pisarlos. Muntaner dijo que ayudaban a mantener limpios los fosos y los aledaños y también las calles de la ciudad. En el
rastro, es decir donde matan los caballos para hacer carne, hay siempre más de cien aves de esas, esperando. Les gusta la carne fría, como a ti.
»Ayer hablé otra vez con las mujerucas. Dicen cosas exquisitas, como pasa con la gente que no lee libros ni acude a las conversaciones de los estrados. Un viejo me decía: Yo tengo mi buitre y me sigue y me mira desde la rama del árbol y me espera. Por eso quiero salir también de Gallípoli.
¿En qué árbol le espera?, pregunté. Ah, yo no sé cómo se llama ese árbol, que no soy hortelano, yo. Sólo fui soldado toda mi vida. Y yo conquisté Sicilia para don Fadrique. Pregunte vuestra merced en Mesina por Paco el de Bellver. Ése soy yo y así me nombran. Algunas noches me echo en el adarve para dormir y llamo a la muerte y digo: Ya es hora. Y cuando me doy cuenta, veo que el sol amanece entre mis pies otra vez. Así, comprendo que tengo un día más. Eso decía el viejo y añadía: ¿Para qué? La verdad es que llamo a la muerte y cada vez que la llamo acude la vida. Es que no me entienden. Eso me ha pasado toda mi vida, igual en el campo de batalla que en la paz.
»Pero el viejo no había terminado. Me preguntó: ¿Es verdad que vamos a tomar Cristopol y que es una ciudad con más de cien mil hijos de puta griegos? Las mujeres que había cerca le hicieron callar. Yo soy griega al fin.
Pero les dije: Es verdad que vamos a tomar la ciudad de Cristopol. La palabra puta no me parece fea a mí. Y añadí: Vosotros, los catalanes, y yo, que soy búlgara y no griega, vamos a tomar la ciudad. El viejo dijo señalando un escudo colgado del muro, todo abollado: Tengo que darle un repaso con el martillo. Todavía cree que la toma de Cristopol dependerá de él.
»¿Es verdad que iremos en una nave? —me preguntaba otro viejo con el brazo alrededor de la cintura de su mujer—. Yo le dije envidiando aquella felicidad simple de los dos viejos y pensando en Berenguer: Iremos en treinta y seis naves. ¿Todas ellas galeras? No. Entre ellas habrá cuatro galeras con remos y armadas. Galeras de cinco y de ocho bancos a cada lado. Y artillería en la popa, bien alta. (Comprendo que estos informes son delicados y aventurados y que debes también reservarlos para ti.) Entonces el viejo se puso a decirle a su mujer que esas galeras con artillería en la popa son el género de barco más endemoniado del mundo y que no hay
quien pueda con ellos. Dijo algo absolutamente indecente refiriéndose a la manera de pelear. Y luego me explicó que no le gustaban los barcos de vela sin remos porque cuando no hay aire se están quietos o bailan encima de las olas y cuando hay aire a veces se ponen a dar vueltas como borrachos. Y
explicaba el viejo a los otros que en el estrecho por donde los treinta y seis barcos iban a navegar no habría olas grandes y que, por lo tanto, ni las mujeres se marearían ni los hombres tendrían miedo.
»Nos vamos de aquí. Si seguimos entre los buitres y los cuervos, un día comenzaremos a decir en voz alta lo que hicimos en Rodesto y a sentir arrepentimiento.
»Cuando hablaba días pasados con el infante yo le enseñaba los dientes como hacen las hienas reidoras. No lo podía evitar porque he descubierto que ese infante tiene algo de mi primo Miguel, aunque más limpio y noble.
En cuanto a sus relaciones con Rocafort, siguen en el mismo estado.
»Yo creo que el poder da a los hombres (a todos ellos) ese aire de aves mojadas con collares prestados, cantos prestados y plumas de faisán.
Prostituye la victoria, el poder. Lo bueno de todos estos amigos nuestros es que después de la victoria no hacen sino matar a los enemigos y comérseles la cena. Hay que vivir, es verdad. La autoridad al estilo de mi primo Miguel les tiene sin cuidado, pero son sensibles a otra forma de autoridad, la de las aldeas que se despueblan delante de sus caballos cuando alguien dice que ha visto catalanes en el camino.
»Hasta hace poco, madre —hasta que regresó Berenguer— yo sólo creía en la nada, es decir, en la venganza. Según los teólogos de Santa Sofía, el pecado es el camino de la nada, la negación. Bien, yo creía en esa nada.
Todavía llevo en los oídos la voz de aquellas makarietas, porque en grupo y con las bocas abiertas parecía que cantaban. Parece que cantan ahora todavía, en el recuerdo. Y no me asustan en absoluto. Me parecen más bien cómicas.
»Luego he seguido creyendo en la nada, pero al llegar Berenguer esa nada se me hizo como un barrio no advertido de la creación del Señor, otra vez. Y he olvidado la nada y el pecado, es decir, la venganza. Ahora —es lo que pasa con los enamorados— lo amo todo otra vez. Hasta a los buitres.
Ellos tienen su hambre y yo mi sed, una sed que existía antes que el mundo
y antes de que el sol nos iluminara. Miro a los buitres que acuden a mi terraza y tengo que salir a echarlos, pero se me adelanta Nicodemos, quien tiene que amenazarlos y a veces empujarlos con las manos, afuera, para que se vayan. Luego se lava las manos y dice que los buitres tienen piojos.
Nicodemos habla muy poco porque dice que comprende que sus ideas son raras. Ayer entró y me dijo: Ese no es un buitre, sino una especie de gallina que muda de pelo.
»Yo le dije: El diablo te va a llevar un día, Nicodemos, y el buitre lo sabe. Y Nicodemos respondió: No, el diablo no me llevará. El diablo se llevará a Simeón porque no se ríe nunca. No puede reír. Tiene un secreto muy feo, más feo que el peor crimen. Y por eso el pobre no puede reírse. Se le queda helada la intención en los laberintos de la memoria. Y no puede reírse. Él no tiene la culpa, claro.
»Cuando vaya a Tesalónica llevaré a los galeotes y a las doncellas.
Aunque no sé todavía si iré, porque en este momento tengo mis propósitos diseminados y mis aficiones esparcidas. Después será diferente.
»Digo, después de tomar Cristopol».
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