Blando por dentro
Capítulo III
Grace Clarke, mucama en la casa de Tom Grogan, se dirigió hacia el hall en cuanto oyó la llave de Tutbury en la cerradura, y allí lo esperó. Allan estaba tan preocupado que no advirtió enseguida su presencia. Pensando ir directamente a su habitación, ya había atravesado el hall y comenzado a subir la escalera, la valija en una mano, antes de divisarla oculta a medias en las sombras. Ella respondió a su mirada con una cálida sonrisa.
—Hola, Gracie —dijo él, con cierta lasitud en la voz—. ¿Levantada a estas horas?
—Mr. Grogan trabaja y quería café y sandwiches. Acabo de llevárselos.
—¿Trabajando hasta tarde? Entonces, será mejor que le comuniques mi regreso. No me esperaba hasta mañana y quizá le interese saber que he vuelto.
—Muy bien, Mr. Tutbury —aún seguía sonriendo—. ¿Ha tenido usted un buen viaje?
—No peor de lo que puede esperarse en estos días. Me alegro de que haya terminado. El viaje y todo el asunto depresivo en el otro extremo.
—Debe de estar cansado. ¿Puedo traerle algo?
Tutbury vaciló.
—No, creo que no. Di simplemente a Mr. Grogan que he vuelto y que no me acostaré hasta dentro de media hora, por si quiere verme.
—Muy bien, señor.
Grace se marchó, y él continuó subiendo las escaleras. Ante la puerta del estudio de Mr. Grogan, situado en el piso bajo, la mucama se detuvo un momento, vacilante, y luego golpeó. La voz familiar del patrón le respondió, y penetró en el cuarto.
La única luz provenía de la lámpara ubicada sobre la mesa de trabajo en la cual Grogan escribía. Ponía de manifiesto la cercanía inmediata, pero dejaba la mayor parte de la habitación casi completamente a oscuras. Grace permaneció junto a la puerta, y al cabo de algunos segundos Grogan levantó la vista.
—Sí, Gracie, ¿qué sucede?
—Mr. Tutbury acaba de llegar, señor. Está en su habitación, pero pensó que quizás usted quisiera verlo antes de acostarse. De modo que esperará aún una media hora.
—Sí, tendré que conversar algunas palabras con él. Lo llamaré por el teléfono interno cuando lo necesite.
—Bien, señor. Buenas noches, señor.
—Buenas noches, Gracie.
Mientras la puerta se cerraba detrás de la mucama, Grogan volvió a su labor. Escribía sin pausa, su pesada figura ligeramente inclinada sobre el escritorio, casi sin detenerse para ordenar los pensamientos, adiestrados desde hacía mucho tiempo para servirlo con eficiencia.
Tom Grogan era, en el sentido más completo de la expresión, un producto del propio esfuerzo. Criado en Stepney, perteneciente a una familia de siete hijos, había sufrido una dura niñez que decidió desde muy temprano su actitud frente a la vida. De los padres ya muertos no recordaba la honestidad y el duro trabajo, sino la pobreza tenaz y continua. La palabra «niñez» le producía automáticamente en el cerebro una serie de rápidas imágenes de contornos agudamente definidos. Calles bordeadas de casas pequeñas, bajas, detestables. Su madre que hacía una pausa ante la pileta, la tina de lavar ropa o la cocina, para pasarse el dorso de la mano por la frente y volver a su lugar un mechón de pelo encanecido: un gesto cansado que había llegado a simbolizar para él toda la maternidad y quizás explicaba que nunca se hubiese casado. Comidas sentados ante una mesa cubierta con un periódico en el pequeño fregadero, sombrío y siempre humeante. La salvaje depravación de los compañeros de callejeos. Las últimas y extenuadas horas del padre, agobiado por el trabajo, en un hospital. Estas imágenes nunca se ausentaban, en cierto sentido, del mundo de Grogan. Constituían los fundamentos sobre los cuales se apoyaba su vida, la inconfesada justificación de todos sus actos.
A los trece años abandonó el hogar en compañía de su hermano Joe, dos años mayor que él. Joe había hallado rápidamente su nivel como ratero barato, constantemente entrando y saliendo de la cárcel. Pero el menor de los muchachos mostró desde un comienzo las cualidades que lo elevarían tan por encima de sus comienzos. Después de algunos meses de existencia sumamente precaria trabó amistad con el dueño de una pequeña empresa industrial. El hombre apreció enseguida su voluntad y su rápida inteligencia y, al tiempo que le pagaba algunos chelines por tareas secundarias, lo orientó en el aprendizaje de algunos elementos de la industria liviana. Tal punto de partida era todo lo que necesitaba el decidido jovenzuelo. El resto podía hacerlo por sí solo.
Los años lo convirtieron en un mecánico experto. A los veintitrés años ganaba ya una buena suma; la mayor parte iba a engrosar los ahorros. Pero ya había puesto las miras sobre otra carrera. Su voz comenzó a hacerse oír en las reuniones de la organización sindical. Descubrió que podía hablar en forma tal de mantener la atención de sus congéneres y de conmoverlos. Era solo una vislumbre del futuro y del curso que tomaría su vida, y se entregó enérgicamente al movimiento obrero.
A partir de ese momento los pasos se siguieron con lógica precisión. Fue secretario de su filial y delegado a la conferencia anual. Su capacidad sobresaliente y, sobre todo, el tremendo empuje presente en todos sus actos, exigían reconocimiento y, a su debido tiempo, se halló convertido en organizador político en la oficina central del sindicato. Comenzó a rodearse de fama, y fue inevitable que se le pidiera presentarse a elecciones por una banca en el Parlamento. Asignado a una circunscripción casi imposible, sorprendió a todo el mundo logrando el triunfo para el partido laboralista. El día de su ingreso a la Cámara de los Comunes se permitió la conclusión de que las cosas no marchaban mal. Pero no había complacencia en esa reflexión. Se había trazado ante él un largo camino que aún debía recorrerse.
Su actividad no había sido menor en otros aspectos de importancia. Los proyectos ce Tom Grogan no contemplaban una existencia parsimoniosa de acuerdo con el sueldo de miembro del Parlamento, incrementado quizá por una pequeña asignación del sindicato. Ningún interés altruista en el bienestar de los trabajadores dictó su decisión de adoptar la carrera de representante de los obreros. Era simplemente un medio conveniente de adquirir la riqueza y el poder que constituirían los tabiques permanentes e impenetrables entre él y la escuálida pobreza de la clase de donde provenía. Todo su inmenso empuje surgía de la determinación inconsciente de eliminar de su vida el temor a esas imágenes, únicos restos de la niñez. Se desprendía de ello que no había riqueza suficiente ni grado de poder demasiado grande para confirmar esta deseada convicción de seguridad. En la vida cotidiana, este impulso halló su expresión en una búsqueda constante de nuevas maneras de ganar dinero y de nuevos campos en los cuales ejercer su dominio.
En cuanto obtuvo la banca en el Parlamento, Grogan se dispuso a aprovechar hasta la menor ventaja que su posición le ofrecía. La City siempre puede utilizar a un representante elegido por el pueblo, y Grogan se encontró al poco tiempo coleccionando puestos en directorios, así como otros hombres coleccionan relaciones. En este aspecto los ahorros demostraron toda su utilidad. Invirtió osadamente, los pocos centenares de libras acumuladas con tanto trabajo en el banco, empleando ese dinero en forma deliberada para elevar su nivel de vida hasta hacerlo coincidir con aquel al cual aspiraba. Los resultados surgieron rápidamente. Los hombres que deseaba conocer —hombres de negocios, banqueros, todos aquellos que por razones diversas están dispuestos a comprar la representación de la Cámara de los Comunes— comenzaron a buscarlo.
Por su parte, estos hombres comprendieron pronto que no tenían en Grogan una simple herramienta. Aquí había un hombre a quien se podía usar tanto por su capacidad cuanto por su posición. Gradualmente, Grogan llegó a ser una potencia a tener en cuenta en dos o tres grandes corporaciones, una de esas potencias que deciden la línea de conducta a seguir, en lugar de limitarse a dar su asentimiento. En un tiempo sorprendentemente corto era hombre rico, aunque lejos todavía de sentirse a salvo de las imágenes de la niñez.
Quizá la partida más importante de su activo era la desenvoltura con que ocupó su lugar, con la mayor naturalidad, en el nuevo medio en el que ahora se encontraba. Quien lo conociera ahora, durante los días de éxito, necesitaría ser muy perspicaz para adivinar sus orígenes. Era como si algún accidente, algún error de contabilidad por parte de la Providencia lo hubiese hecho llegar al mundo a través del poco alentador ambiente de esa humilde familia de Stepney. Pues todos sus instintos, todo el sentido de la vida y de todo lo que le correspondía pertenecían a una sociedad totalmente distinta. Grogan llevaba a cabo las adaptaciones necesarias sin esfuerzo alguno. Se había esfumado incluso el notable acento cockney adquirido inevitablemente durante los primeros años. Los refinamientos de conducta, establecidos quizá con la deliberada intención de clasificar a los seres humanos y mantenerlos en sus lugares, los dominaba con desenvuelta seguridad. En este sentido, como en tantos otros, era un hombre situado por encima de las reglas. Tal el concepto que Grogan tenía de sí mismo.
Grogan no carecía de generosidad, aunque tampoco era el tipo de hombre que ayudaría a organizaciones de beneficencia, demasiado impersonales para su especie de generosidad. Con no poca frecuencia ayudaba a antiguos conocidos que venían a él con historias de mala fortuna, pero era indudable que en estos casos tenía por lo menos plena conciencia del valor publicitario de tales actos. Había descubierto la sorprendente velocidad con que se propagan tales hechos, y por haber brindado ocasionalmente alguna ayuda había adquirido la reputación de nunca abandonar a un viejo amigo en apuros.
A una de las personas pertenecientes a su vida pasada, empero ayudaba Grogan sin motivo ulterior alguno. Su hermano Joe, después de servir varias condenas en la cárcel, comenzó a cansarse de la deshonestidad. Tuvo la buena fortuna de casarse con una mujer que ejerció sobre él una continuada buena influencia, pero aun así le hubiese resultado imposible ser del todo honesto sin la ayuda del hermano más próspero. Tom Grogan aportó el pequeño capital necesario para establecerles una pequeña tienda en Stepney, donde naciera luego su hija.
Para complacer a su hermano y a su cuñada Grogan asistió al bautismo. Lo habían consultado ansiosamente sobre los nombres a dar a la recién nacida. Después de mucho reflexionar los padres se habían decidido por April Phyllis Myrtle. Grogan hizo a un lado enseguida estos excesos y, hallándose bajo la influencia de una atractiva mujer que fuera su compañera de cena la noche anterior, sugirió dar a la niña un buen comienzo y llamarla Diana. Joe y su mujer acataron la decisión con algunas dudas, creyendo que ningún niño dotado de un solo nombre podía esperar éxito en la superación de los obstáculos de esta vida.
La repentina elevación a la categoría de tío agradó a Grogan y, aunque solo veía a la niña muy ocasionalmente, se encargaba de enviarle un regalo adecuado para Navidad y otro para los cumpleaños. Luego se ocupó de la educación y vigiló que recibiera una cultura más que mediana. En esta forma Diana creció con un concepto de su tío compuesto de una mezcla de temeroso respeto y rendido cariño.
A los dieciséis años Diana quedó repentinamente huérfana. Los padres perdieron la vida en un accidente ferroviario, al regresar de las acostumbradas dos semanas de vacaciones junto al mar. Grogan se enteró de ello e instantáneamente tomó una decisión. Trajo a Diana a su casa «para darle el toque femenino», según dijo.
Digamos, al pasar, que esta fue una decisión doble. Significó que renunciaba, finalmente, a la idea de contraer matrimonio.
Grogan tenía un interés más que mediano por las mujeres y por los placeres del buen vivir. Pero con notable determinación había dado la espalda a estas cosas durante los años en los cuales se concentrara en la tarea de abrirse camino. Había sido un camino deliberado, adoptado en virtud de la comprensión de que necesitaba todos sus poderes para poder conquistar la meta que él mismo se había impuesto, y basado en la convicción de que llegaría el momento en que podrir entregarse a ellos con la plenitud que deseara.
Ocho años atrás juzgaba llegado ese momento y con la seguridad característica, reorientaba su vida en ese sentido. El primer movimiento fue comprar la casa que ahora ocupaba en Saint John’s Wood. Crampton Lodge era una hermosa residencia antigua que dominaba Regent’5 Park, rodeada por un parque que, para una casa de ciudad, podría casi llamarse extenso. Gastó una buena cantidad de dinero en agregar mejoras y se sentía particularmente orgulloso de la biblioteca, que convirtió en el propio estudio. La casa poseía carácter y tradición, cosas ambas que valoraba sobremanera. Ellas proporcionaban el trasfondo por cuya adquisición él había trabajado arduamente.
Con la casa vino Allan Tutbury. Era secretario privado del inquilino anterior, quien, preparado ahora para acogerse al retiro, lo recomendó calurosamente a Grogan. La primera entrevista de Tutbury con su futuro patrón fue en extremo curiosa. Grogan demostró muy poco interés en la capacidad del joven, dispuesto a aceptarla de acuerdo con la recomendación del antiguo patrón. Todas sus preguntas se dirigieron a descubrir en primer lugar la naturaleza de la educación de Tutbury y de sus antecedentes y, enseguida, su punto de vista. De las respuestas del joven logró establecer para satisfacción suya, que Tutbury poseía la educación y el adiestramiento que él buscaba, y también que se hallaba en presencia de un muchacho que sería eminentemente flexible en manos de una personalidad fuerte como la suya. Estas características decidieron el nombramiento de Tutbury.
Superficialmente, la relación se había desarrollado de manera perfecta. El joven demostró ser eficiente y seguro. Gozaba de la confianza del patrón y, en presencia de él, se comportaba con respeto casi sicofántico. Pero Grogan sabía que su secretario lo odiaba. No lo deducía de acuerdo con algún lapso en la conducta de Tutbury, sino de acuerdo con una suerte de lógica interior. Sentía que debía ser así, y en general prefería que así fuese.
Diana vino a la casa inmediatamente después de concluidos sus días escolares. A los dieciséis años era aún una niña sin experiencia, pero llena de promesas, dotada de cuerpo ya atractivo y de ojos oscuros, plenos de secretos. Grogan no la había visto durante un año o más, y cuando ella llegó a la casa la examinó críticamente y se sintió muy complacido con ella.
A su llegada la condujeron al estudio, y se dirigió enseguida hacia su tío, quien se levantó de la mesa para recibir el beso de la sobrina. Luego, retrocedió unos pasos.
—Déjame mirarte —dijo Grogan.
Diana soportó, inmóvil, un examen abiertamente sexual. No se trataba de que Grogan abrigara propósito alguno respecto de su sobrina, sino simplemente de que pensaba sobre las mujeres solo en forma física.
—Hum —dijo Grogan, con evidente aprobación—. Quítate el tapado, Diana.
Ella obedeció enseguida, mirándolo directamente a la cara durante todo el tiempo. Llevaba un vestido ajustado, de mujer mayor que sus años y de un tipo común en las tiendas suburbanas; pero el dibujo floreado y la brillante frescura sentaban muy bien a su aspecto juvenil. Parecía mayor de lo que era, en parte por la hermosa figura, pero en especial por la serenidad y la plena seguridad de sí misma que revelaba.
Es cierto que nunca la habían mirado tan abiertamente, pero soportó muy bien la prueba, aun joven como era. Las mejillas se le cubrieron de ligero rubor, pero no había en ella la menor turbación.
Fue esta actitud la que agradó, por sobre todo, a Grogan y ganó su respeto. Desde ese momento abrigó la convicción de que Diana pertenecía como persona a su misma clase, que, en realidad, «se parecía a él».
Durante los años que siguieron Diana llenó un lugar vacante en la vida de Grogan, lugar que quizá debiera haber sido ocupado por una esposa o un hijo. La mimó y la echó a perder como a una hija favorita y la aceptó como compañera, como si se tratase de una esposa cuidadosamente elegida. A medida que Diana crecía, comentaba franca y divertidamente las aventuras amorosas de su tío, que tendían a aumentar en número, y lo divertía enormemente con la historia de sus propias relaciones con hombres. Nunca cruzaron una palabra áspera, y ella era la única persona en el mundo cuya ausencia Grogan hubiera lamentado seriamente. Grogan le tenía mucho cariño, tanto, que aquí, su acostumbrada sagacidad lo abandonaba y creía, erróneamente, que ella le correspondía con igual cariño.
Durante los años cruciales de la guerra Grogan pronunció numerosos discursos en diferentes partes del país, instando a los oyentes a realizar mayores esfuerzos y hablando con frecuencia de la necesidad de presentar un frente unido ante el enemigo y, sobre todo, de la igualdad de sacrificio. En su propia casa, empero, no carecía de comodidad alguna y se jactaba de que nada había que él no pudiera obtener mediante sus amigos del mercado negro, donde incluso había invertido algún dinero. Jamás se le ocurría, que eso era injusto, pues creía absolutamente en los derechos del privilegio. No apoyaba los privilegios tradicionales del nacimiento, pero creía a pie juntillas en los derechos superiores de los más capaces y los más inescrupulosos. En pocas palabras, creía que los más hábiles debían ser también los mejor servidos.
Hacia el fin de la guerra se hallaba establecido en una posición inexpugnable; era un hombre cuya presencia se hacía sentir continuamente en el mundo comercial y político. El éxito laborista en las elecciones de posguerra abrió un nuevo campo a sus actividades. Entró a formar parte del Gobierno con el no poco importante puesto de ministro de Economía, con carta blanca para impedir el alza de los crecientes costos de producción. Sus reformas organizativas y las economías logradas mediante ellas le valieron abundante y favorable publicidad. Sus numerosos y exitosos esfuerzos por evitar aumentos de salarios se desarrollaban entre bambalinas y muy difícilmente podían echársele en cara. La popularidad de que gozaba en todo el país alcanzó rápidamente un nivel aun más elevado, y con gran habilidad se ingenió para asegurarse la aprobación de ambas fracciones del frente laborista.
Tenía todos los motivos necesarios para creer que pronto sería miembro del Gabinete. Pero sus ambiciones iban aun más allá y provocaban la angustia de algunos de los hombres más importantes del Gobierno. Un periódico enemigo se había referido en tono sarcástico al «predicamento de estos caballeros, que no pueden decidir si tratar de granjearse su amistad o hacer todo lo posible para obstaculizar sus nuevos progresos». Grogan sonrió al leer el artículo.
Pero, naturalmente, a un hombre de semejante carrera e influencia se lo trataba con especial respeto en casi todos los cuarteles políticos, donde se aceptaba el éxito y la influencia como indicadores del carácter y las intenciones de un hombre. Todos hacían la vista gorda ante su vida privada y sus relaciones comerciales; todos, salvo los extremistas de izquierda, a quienes de todas maneras nadie escuchaba seriamente.
Por sobre todas las cosas, la seguridad de la posición de Grogan residía en su inmensa popularidad entre los trabajadores, quienes, por irónico que pueda parecer, lo admiraban por la honestidad y porque era «uno de ellos», creencias fomentadas por Grogan en cuanto estaba a su alcance, excepto en merecerlas.
Continuaba hablando con frecuencia en los pueblos del interior, pues creía que eso constituía una buena publicidad. Sus opiniones sobre las dificultades en que se hallaba el país, aparentemente reflexivas y emitidas en tono de hombre de Estado, eran simplemente un reflejo de los planes para proteger los propios intereses.
Solo ante dos personas admitía Grogan abiertamente estas características suyas: la sobrina y el secretario. Confiaba en ellos por motivos diferentes: en Diana, pues estaba seguro de su benevolencia; en Tutbury, porque creía que su carácter débil se hallaba totalmente sometido al del patrón.
A los cuarenta y nueve años de edad Grogan estaba en plena posesión y madurez de sus facultades. Detrás de cada uno de sus actos se hallaba el respaldo de la experiencia acumulada durante una vida de trabajo y de progreso. Con la edad había aumentado de peso, pero aún producía una impresión de vitalidad sin mengua, y sus movimientos eran todavía rápidos y decisivos. La mayor parte de la gente le atribuía una salud perfecta. En esto se equivocaban. El corazón le había ocasionado molestias durante algunos años, y hacía solo pocos meses se había hecho sentir nuevamente con un ataque severo.
Tenía los ojos pequeños y brillantes, profundamente hundidos en una cara ancha, de tez oscura, más imponente que bien parecida. Debido a la falta casi completa de cuello, la cabeza parecía hallarse directamente unida a los hombros anchos y al pesado cuerpo que la sostenían. A pesar de su dudosa educación y de la ruda labor de los primeros años de trabajo, observaba una limpieza personal escrupulosa, y las ropas —en forma recatada, sin ostentación— eran, de corte perfecto y las usaba con aire tranquilo de utilitarista distinción.
Su sonrisa era pronta, pero, excepto en compañía de la sobrina, rara vez producía tranquilidad o placer en aquel a quien iba dirigida. Pocos hombres podían soportar el efecto devastador de la personalidad de Grogan, sea cual fuere el estaco de ánimo en que se encontrara. Una entrevista con él era prueba terrible para todos, a excepción de los muy seguros de sí mismos.
Aún ahora, sentado ante la mesa de trabajo, escribiendo en la tranquilidad del estudio, su personalidad parecía llenar todo el ámbito de la habitación, extendiéndose más allá del círculo de luz arrojado por la lámpara e invadiendo libremente hasta los rincones más apartados. Ese cuarto había existido durante dos siglos y había conocido muchos dueños; la mayoría de ellos, en su tiempo, dejaron su sello sobre él. Pero Tom Grogan había expulsado esos recuerdos sin esfuerzo y completamente, y ahora era como si nunca hubiera existido.
Al cabo de unos veinte minutos dejó de escribir y reuniendo las cuartillas las leyó rápidamente, introduciendo alguna corrección ocasional. Luego miró el reloj del escritorio y tomó el auricular del teléfono interno.
—¿Está todavía levantado, Tutbury? ¿Quiere venir un momento?
Abrió la agenda ubicada junto a la gran carpeta cubierta de papel secante que ocupaba parte de la mesa, hizo en ella algunas anotaciones y volvía a cerrarla cuando el secretario entró en la habitación.
—¿Cómo está, Tutbury? —dijo, en tono agradable—. ¿Ha marchado bien todo?
«Parece de muy buen humor, —pensó Tutbury—. ¿Qué será lo que tanto lo ha complacido?». Al penetrar en el círculo de luz que circundaba la mesa experimentó una sensación ya conocida por él; el sentimiento de aproximarse al sumo sacerdote en su santuario. Pero en esta ocasión la imagen se modificó rápidamente y más parecía una convocatoria ante el director de una prisión. ¿Qué prisión? ¡Qué absurdo!
—Muy bien, gracias, Mr. Grogan. Dejé las cosas más o menos en orden, y un primo lejano pondrá en claro los últimos detalles.
—Situaciones depresivas, los funerales. Condenadamente depresivas. Cuanto más pronto terminen, tanto mejor. Me alegro de verlo tan pronto de regreso. Aquí está mi discurso para mañana por la noche en Southport.
—Lo haré copiar a máquina por la agencia, mañana por la mañana. ¿Tomará usted el tren de costumbre?
—Sí. Y aquí hay algunas cartas que esperan respuesta. Las notas que les he agregado le darán la clave de lo que quiero. El Primer Ministro me llamó hoy. ¿A que no imagina usted para qué?
Sin duda, ese llamado era lo que tanto lo había complacido.
—¡Para ofrecerme un título! ¿Qué le parece? Y se expresó en tono muy amistoso. Dejó caer toda una serie de insinuaciones sobre futuros favores. Debe querer algo.
Tutbury dijo, mansamente:
—Bien, congratulaciones, Mr. Grogan. Ha sido una gran sorpresa, ¿no es así?
E inmediatamente agregó, para no dar lugar a malos entendidos:
—Pero bien merecido, sin duda.
Grogan le dirigió una mirada satírica.
—Gracias, Tutbury. Me alegro de que usted lo apruebe. Sí, fue una gran sorpresa. Tanto, que me vi obligado a pensar rápidamente. El viejo quedó asombrado ante mi negativa. Parece que no se le había ocurrido eso.
Tutbury miró fijamente a su patrón. ¡Rechazar un título de nobleza! Era raro. Y luego, reflexionó. «No, es lógico, un hombre como Grogan haría precisamente eso». Debía haberlo comprendido enseguida.
—Esto le demuestra —continuó Grogan, con voz plena de satisfacción consigo mismo— que ni siquiera el Primer Ministro es tan inteligente como usted lo creería. Conozco perfectamente la manera de trabajar de su mentalidad. «He ahí a Tom Grogan, —se ha dicho para sí—, hombre ambicioso si alguna vez lo hubo. Y hombre que podría resultar muy útil con la popularidad de que goza entre la gente. Le daremos un título, para mantenerlo en buena disposición hacia nosotros». Y admito que fue una tentación. Pero una tentación que no puedo arriesgarme a seguir. Es cierto, un título de nobleza podría serme muy útil, y algún día lo aceptaré, cuando me convenga. En este momento puede rendirme mayores beneficios el relato de mi rechazo. La noticia dará calor al corazón de todos los trabajadores del país. «Ese es el viejo Tom Grogan, siempre el mismo, — dirán—. No puede sobornárselo con aparatosidad. Es un trabajador, uno de nosotros». Piense usted, Tutbury, en el valor de tal afirmación para las próximas elecciones.
Tutbury estaba pensando en eso, sin necesidad de la advertencia. ¡Qué intuición perfecta poseía Grogan para la política! ¿De dónde provenía? ¿De su desprecio por el hombre común? Así parecía. Se calificaba a sí mismo de realista en política, lo que quería decir estar alerta para atrapar la oportunidad principal y nunca cometer el error de colocar a la conducta humana en un plano superior al de la estupidez o la avaricia. En cierra forma tenía mucho en común con Sanger. La diferencia consistía en que Grogan sacaba provecho de su baja apreciación de la naturaleza humana, mientras a Sanger solo lo hacía infeliz. Sí, Tutbury no había pensado en esto antes. Hugh era el hombre más desgraciado que él había conocido, a pesar de la apariencia de seguridad en sí mismo que lograba presentar al mundo exterior.
—Ahora, lo que quiero que usted haga —continuó Grogan— es que hable mañana con algunos periodistas y les haga saber, en forma absolutamente casual, que he recibido esa oferta y la he rechazado. Usted sabrá a quiénes conviene abordar. Esta es precisamente la clase de noticia política que les agrada; hace que los directores crean que ellos están realmente interiorizados de las cosas. Y puede usted agregar, como de pasada, que siendo como es un hombre sencillo, rudo, trabajador, Tom Grogan no siente atracción alguna por todo este asunto de los títulos. Pero no haga demasiado hincapié en ello. Limítese a dejar caer alguna insinuación sobre la línea que ha de adoptarse y deje que ellos se encarguen del resto. No nos fallarán.
—Muy bien, Mr. Grogan.
—Eso es todo por ahora. No necesita permanecer levantado por más tiempo; debe de estar cansado del viaje. Lo veré por la mañana.
Mientras Tutbury ascendía lentamente la escalera que conducía a su habitación, se preguntaba por qué, entre una masa de bullentes emociones que se agitaban dentro de él, la predominante era el odio hacia sí mismo.
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