Buscando al lobo de las Highlands
Capítulo 4
Lothian, Escocia, 1355.
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Alastor
No había rastro de los hombres de Tanarys y ya estaban llegando a las tierras del clan Lockhart. Existía la posibilidad de que, si el lobo de las Highlands se hubiese visto acorralado, se hubiese refugiado allí.
Vio heces de caballo entre los árboles y estaban frescas. Frenó su caballo en seco, tenían que retroceder.
Oyó el crujir de unas ramas y giró enseguida el caballo.
—¡Ingleses! —Oyó gritar a uno de sus hombres.
Si los ingleses habían llegado hasta la tierra de los Lockhart, no había sido con el consentimiento del clan, ellos siempre estuvieron en contra de Balliol.
Su caballo comenzó a andar hacia atrás a medida que los caballos ingleses salían de entre los arbustos. Los apuntaban con arcos y, por muy rápidos que fuesen sus arqueros, perdería a demasiados hombres si daba la orden. Dejarse atrapar aumentaba las opciones de supervivencia de sus hombres.
No le dio tiempo a reaccionar, tampoco a los ingleses. No sabía dónde estarían ni cómo se habían escondido cuando él mismo no los había visto. Pero los enormes hombres de Tanarys rodearon enseguida a los ingleses. Los que tenían más margen huyeron para disparar en la distancia.
Los ingleses siempre preferían correr, aun con el riesgo de ser abatidos en la huida, que ser capturados. En el último año pudo comprobar un cambio en las tropas inglesas, Balliol se valía de los más jóvenes para la frontera, dejando al ejército más fuerte y con experiencia reservado para la batalla francesa. A pesar de ser torpes y la mayor parte de veces, como en ese momento, poco numerosos eran terriblemente molestos. Sobre todo, si lograban llegar a algún pueblo tranquilo sin nadie que lo defendiese.
Por esa razón, Tanarys había llevado a sus propios hombres del norte a defender aquellas complicadas tierras. Los Úlster de las Highlands, el clan de la cabeza de lobo, con espadas demasiado largas para su gusto, pero que ellos manejaban como si fueran cuchillos de cocinar.
Apretó los labios cuando Tanarys se colocó a su lado, lo miraba de reojo con ironía. Habían logrado atrapar a tres ingleses vivos. Suponía que se los llevarían a los Lockhart. Nadie quería quedarse nunca con prisioneros si tenían opción de rechazarlos. Los ingleses no tenían ningún hilo de lealtad ni patriotismo, no accedían a intercambios de ningún tipo, les daba lo mismo un tuerto muerto que cinco. Así que había que alimentarlos hasta que tuviesen un número considerable y, en ese caso, poder pactar algo con el superior de alguna tropa inglesa. Un soldado muerto no les interesaba, pero veinte o treinta hombres nunca estaban de más en las tropas.
—La próxima vez que quieras usarme como cebo vivo, es mejor que me lo cuentes antes —le dijo, azuzando el caballo.
Oyó la risa de Tanarys a su espalda. Se alegró de que todas sus suposiciones fueran erróneas y aún más se alegró de no haber verbalizado sus sospechas respecto a los Black. Ya su relación con el joven Blaine era bastante mala como para empeorarla acusándolos de una traición.
Resopló, también se alegraba de que Tanarys estuviese bien, tan solo acechaba al escueto enemigo, como solían hacer los lobos con las presas.
Cuanto más tiempo pasaba junto a los Úlster, más entendía cuál era su emblema.
Los hombres ya habían atado a los ingleses a uno de los caballos.
—¿Se los llevamos al viejo Dewar? —Oyó decir a Tanarys.
Dewar Lockhart no tendría más remedio que aceptar si el señor de Lothian se lo ordenaba. Incluso él también.
—Yo no pienso llevarlos conmigo —le respondió a Tanarys.
Eran una ventaja los años junto al señor de las tierras. A pesar de no compartir sangre, de ni siquiera haber nacido en el mismo extremo del país y tener un origen más que contrapuesto, consideraba a Tanarys como uno más de sus hermanos. Y sabía que Tanarys a él también.
Alastor miró el cuerno que su señor siempre llevaba en el cinturón.
—La próxima vez que oiga el cuerno no acudiré —dijo y Tanarys sonrió.
Solo en su círculo más cercano, Tanarys mostraba aquella forma de ser diferente. Para todos los que habitaban Lothian, su señor era admirado, a veces temido y en algunos clanes hasta odiado. Era estricto, justo pero duro con las normas, no muy devoto del clero, serio, distante y solitario en las reuniones si estas eran meramente festivas. Sin embargo, había podido comprobar la sensación que todo su pueblo tenía con su presencia. Podía definirla con una sola palabra: protección. Eso era Tanarys para Lothian, un verdadero escudo contra todo lo que pudiese llegar del sur. Y la muestra estaba en la crispación y el miedo cada vez que Tanarys viajaba al norte, ni él ni ningún jefe de clan podían llenar el vacío. Cuando Tanarys estaba lejos el pueblo se sentía vulnerable.
—Y esa idea de subir hasta el castillo de Lockhart, ¿es por Evaleen?
—Hizo una mueca al decirlo.
Tanarys apretó la mandíbula. De repente, volvía a ser el señor de Lothian que todos veían en él.
—Sabes muy bien una de las razones por las que me enviaron al sur.
—Ya se veía el castillo Lockhart a lo lejos—. Traje a mis hombres del clan Úlster, los casé con vuestras hermanas, con vuestras hijas y en algunos casos hasta con vuestras madres. —El semblante de Tanarys y hasta su voz
habían cambiado por completo—. Ninguna mujer puede parir a un lobo de las Highlands, tú lo has visto tantas veces como yo. Mi madre insiste en que debería escoger esposa en el clan. Mi padre insiste en que ella debe ser del sur.
—¿Y tú? ¿Qué piensas tú?
—Sabes que si no fuese por esa razón me habría casado con tu hermana. —Alastor sonrió al oírlo. Ella hubiese aceptado sin dudarlo. Y por supuesto su difunto padre también—. Pero no quiero condenar a ninguna muchacha a morir en medio de un charco de sangre.
Pudo comprobar que ni Tanarys ni él habían podido olvidar la imagen de uno de los partos de un Úlster de una mujer del sur. Solo en las peores batallas habían visto algo similar a eso, que aumentaba el dolor si la que sufría y sangraba de aquella manera era una delicada joven que apenas comenzaba a vivir. Tanarys llevaba razón, él tampoco deseaba ese destino para su hermana a pesar de que a esta no le importasen las consecuencias.
—Si no te decides, Estuardo propondrá lo que le parezca. Y nadie podremos imponernos a su voluntad.
Era la verdad. Con el rey David preso en Inglaterra desde hacía años, Estuardo era el único por encima de los señores. Nadie podía negarse a su voluntad y él insistía en la absurda unión entre clanes del norte y del sur. En la mayoría de casos esa unión había salido bien, salvo en uno, los
Úlster. En su clan había muy pocas mujeres, apenas unas pocas para perpetuar el clan puro, como a ellos les gustaba, y hasta allí las muertes de parturientas eran frecuentes. No podía llevarlas al sur. La mayoría en el clan eran varones y Tanarys se llevó a un gran número con él. Pero casar a una joven con un Úlster era condenarla.
—¿Cómo está tu hermana? —Lo oyó preguntar y miró a Tanarys con el rabillo del ojo antes de responder.
Levantó los pies para azuzar al caballo hacia el castillo.
—Como siempre —Alastor sonrió—. Deseando verte.
Lo dejó atrás. Estuardo aún no había propuesto destino para el señor de Lothian, esperaba que no le tocase a su hermana Moira.
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