Camas

Groucho Marx · Capítulo 2 de 7

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Camas

Camas

Groucho Marx

 

ePUB v1.0

Traduttore Traditore 10.04.12

Título original: Beds

Autor: Groucho Marx

Fecha de publicación original: 1930

Traducción: José Luis Guarner

 

Foto de la cubierta: Groucho Marx y Elliott Gould fotografiados por Ellen Berman

Introducción

Aquéllos sí que eran tiempos. Un éxito en Broadway meses y meses… un contrato en Hollywood a la vista… un cuarto de millón de dólares invertido con todas las garantías en el futuro de América…

Me encaré conmigo mismo (siempre ando cerca por lo que pueda ocurrir) y exclamé:

—¡Groucho, ésta es una época de vacas gordas!

Yo estaba bien instalado con mis hermanos en el firmamento teatral. Pero ahora puedo contemplar mi vida desde una perspectiva analítica y valorar qué cosas echo en falta. Los cubiertos de plata de la familia, mi Pierce Arrow y mi leal sirviente. Tal vez tenía que haber revisado sus referencias más a fondo, pero me pareció que una estancia en la misión de San Quintín era ya suficiente recomendación.

Siempre he lamentado que mi educación terminase en la quinta elemental. Resulta endiabladamente difícil introducirse en el gran mundo y crearse una imagen de sofisticación. La anfitriona podría sorprenderme con teorías sobre Schopenhauer o Kafka. ¿Y qué aportaría yo a cambio? La tabla de multiplicar hasta el siete.

En defensa propia, me convertí en un lector voraz. Acompañaba a mis amigos con un libro en la mano y, si la conversación se ponía intelectual, enterraba la nariz en las páginas y subrayaba cada frase con un gruñido de impaciencia. Pronto adquirí fama de empollón. Y eso que nunca he tenido plumas. Y siempre he detestado el pollo.

Tras leer a Stephen Leacock, O. Henrv y otros de su pinta decidí que podía hacer lo mismo. Y me hice escritor. Me cosí parches de cuero en el codo de todas las americanas. Cambié los cigarros por una pipa, y empecé a decorar mis frases con palabras como «cacofónico» y «consanguinidad».

Conseguir que los editores se disputasen mi primer opus no fue difícil. Al primero que apareció, le expliqué que estaba escribiendo sobre un tema que todo lector lleva muy cerca del corazón. Mi primer libro, hice sabor, se titularía Camas. Y enarqué significativamente una ceja, y luego otra.

La noticia corrió como reguero de pólvora por el mundo de la edición. Casi se matan todos para hacerme firmar un contrato. Tened presente que aquellos eran los días de la Prohibición.

Acepté la primera oferta con gancho: dos docenas de cajas de whisky escocés. Y no porque me quemase la sed, ni porque fueran a engancharme un bloque de cemento en alguna de mis extremidades si no me ponía a trabajar. ¿Para qué andarme con titubeos si había decidido escribir un libro?

Underwood en ristre [1], me senté ante el escritorio y empecé a dictar. Tenía que concluir deprisa. El escritorio no estaba pagado. La señorita Agnes, mi secretaria, puso objeciones a mi puntuación, pero yo estaba convencido de que un pequeño asterisco aquí y allá no hace daño a nadie. Sin embargo, aunque hice cuanto pude, acabar el libro me tomó largo tiempo. Casi una semana.

—Acuérdese de que Roma no se levantó en un día, señorita Agnes —advertí—. Y, si se acuerda, es que es usted mucho más vieja que yo.

(Roma tenía que hacerse en ocho días. El contratista pensó que levantar Roma no tomaría más tiempo del que tomó crear el universo. Tenía que haber hablado conmigo. Mi hermano era italiano. Chico empezaba una frase el miércoles, y entre que concluía las comas y le ponía el punto, ya era viernes. No me sorprendería nada que levantar Roma les llevase más de tres semanas. O el doble incluso).

Por fin, se publicó Camas. ¡Qué memorable acontecimiento aquel día de otoño de 1929! Fue la ilusión de mi vida —un tipo como yo, sin instrucción, y una taquígrafa alta y rubia, codeándonos con inmortales como Shakespeare, Tolstoy y Longfellow. Me vi en el más allá, al otro lado del paraíso, discutiendo con ellos de taquígrafas altas y rubias.

Mientras el editor lanzaba mi libro a tambor batiente, el mercado de acciones se desplomó con un golpe sordo. En vez de precipitarse a comprar Camas, la gente se metió en las suyas. Lo mismo que yo.

Hubo quien tomó la salida más airosa. Saltar. Yo hubiera saltado también, pero mi habitación no tenía ventanas.

En el tejado, encima de mi cuarto, se aglomeraba tanta gente para tirarse, que tenían que pedir turno. Procuré olvidar que mis 250 mil habían saltado sin necesidad de turno de ninguna clase.

En los cuarenta años que siguieron, la gente no quiso tener nada que ver con Camas. Familias enteras dormían de pie. Camas se quedó en dique seco cuando podía caerse la sopa en la miel. Pero lo que cayó en la sopa fue mi antaño esplendorosa pelambrera. Hasta que un editor se puso en contacto conmigo para reimprimir Camas. Se le habría subido el alcohol a la cabeza. Mis cabellos habían bajado en número.

Junto con el contrato, me tendió veintitrés páginas llenas de preguntas que Camas había dejado sin respuesta.

—¡Protesto! —protesté—. Es una obra definitiva.

Di una patada en el suelo. El suelo no dijo nada. Agarré la boina y salí hecho una furia. Iba a doblar la esquina cuando me di cuenta de que había dejado al editor sentado en mi vestíbulo.

Volví sobre mis pasos. El editor llevaba ahora la ventaja. Me miró con ironía.

—¿Por qué no escribe lo que entretanto haya aprendido de camas? —insinuó.

Y siguió cortándose las uñas de los pies. Comprendí que él y yo veíamos las cosas de la misma manera.

Al menos, esta «Introducción» debe contestar a una pregunta candente: «¿Pierde el chicle su sabor de la noche a la mañana si se lo deja pegado en una pata de la cama?».

Y ¿qué pasó con Camas entretanto? La edición original se ha convertido en una pieza de colección cuyo precio ni siquiera yo podría pagar. Contaría qué pasó en enero de 1939, pero prefiero hablar del 13 de abril de 1931.

Bueno, basta de digresiones. ¿Qué pasó entretanto con Camas? Pues la cama de motel; la cama gigante, en la que caben muchos enanos; la cama de agua.

Los moteles han proliferado como setas desde que se publicó Camas por primera vez. Bien dispuesto a ponerme a la altura de los tiempos (siempre tengo una banqueta a mano), decidí mudarme a un motel.

La cama era muy estrecha. Podías caerte a cualquier lado. Un día me caí, y allí me quedé tirado veintiséis meses. Fui rescatado al fin, cuando me expulsaron del motel por tirarme a la madre del dueño.

Algo tenía que hacer para que me rescataran.

Eso es todo cuanto tengo que decir en lo que a moteles se refiere: «Aquí durmió Groucho Marx… mal».

Y ya que estamos en el tema, ¿qué pasó con las camas Murphy? Algo desconcertante. Tan anticuadas quedaron que generaciones enteras no han oído hablar de ellas. Es una cama que se saca de un armario y que invariablemente te da en lu cabeza. Abres la puerta y la cama baja a por ti. Francamente, prefiero mi colchón, por muchos bultos que tenga. ¡Pobre Murphy! ¿Qué fue de él? Le perdí la pista desde que se alistó en la Marina.

Esto me lleva a las camas de agua. Tráeme la cama de agua, Hilda. ¿Tengo que hablar sobre las camas de agua? Ah, ¿nunca habéis discutido el tema en promiscuidad? Ya me lo figuraba. Bien, si nos dejáis solos, caballeros, le contaré a esa encantadora personita que se sienta a mi lado, impúdica desvalida, todo cuanto hay que saber acerca de Arquímedes.

Supongo que había que inventar las camas de agua. Ofrecen la única posibilidad de beber algo a media noche sin pisar al gato.

Había que inventar la nevera. Edison tuvo que inventar el piano. ¿Se imaginan lo tétrico que puede ser un party sin piano? Por eso llamaron a la época que lo precedió la Edad de las Tinieblas.

Con todo, se puede organizar un party sin necesidad de piano. ¿Se imaginan un party en la cama, con un piano? En lo que a mí concierne, no me suena bien. Aunque si yo fuera parte del party, sería otra cosa, naturalmente.

Respecto a las camas gigantes, ¿qué queréis que os diga? Además, ¿qué pinto yo en una cama gigante? Es ridículo, vaya. ¿Me habéis tomado por Pulgarcito? Vivimos amontonados en la parte baja de Nueva York. Pero tampoco hay que exagerar.

Dicen que en una cama gigante pueden dormir cinco personas. Pues los cinco hermanos Marx dormían en una cama doble, dos a cada extremo. Claro que eran los años treinta. Y mi prima Polly no contaba.

Duermo ahora en una cama muy sofisticada, con muchos botones para levantar la cabeza y los pies. Como la mecánica nunca se me ha dado bien, muchas noches tengo que dormir en un ángulo de cuarenta y cinco grados. A veces, en mitad de la noche, marco una combinación que me dobla en tres, como un desplegable de «Playboy».

Entra con el carrito del desayuno la enfermera del piso superior, cosa extraordinaria considerando que yo soy bajito.

—Es hora de levantarse, Groucho —me espeta, con voz que parece un ladrido.

Quisiera pedir unos minutos más de reposo, pero no me da tiempo: al apretarse un botón, me encuentro en posición vertical, con la azotea debajo de la nariz.

La realidad de mi presente condición me golpea de lleno en el rostro.

Me subyuga la promesa de un nuevo día, de antiguas amistades que renovar, nuevas amistades que iniciar… no, lo escribiré de otra manera… hay miles de cosas que hacer todos los días. Fuera la colcha. Salto de la cama. Me dispongo a enfrentarme con la vida.

Tomo a la taquígrafa en mis brazos y releo las páginas precedentes. ¿Dónde podría resumir? ¿Qué podría mejorar?

La taquígrafa aguarda, con el lápiz y el bloc de notas preparados. Yo continúo escrutando con atención.

Pronto se impacienta.

—¿Qué hay de nuevo en materia de camas, Groucho? —pregunta.

—Lo no va más eres tú —replico.

¿Di cuerda al agua y calenté el reloj? (De la edición original de Camas).