Camino de perdición
La Coleta
–El muestrario de primavera-verano no está completo -informó- pero ya hay prendas y género suficientes, que te lo preparen las chicas…
Tras la cristalera la imagen sumergida del almacén parecía fraccionarse en infinitas cuadrículas que llenaban las paredes del suelo al techo, conformando una precisa geometría que aliviaba la excesiva mercancía allí acumulada, y contribuía a recrear el orden perfecto de la colmena.
–Vete por el buen camino… -era la recomendación con que don Birlo solía despedir a sus viajantes, tras entregarles el listín de clientes y el libro de duplicados donde debían tomar nota de los pedidos.
Sebastián Odollo sonrió resignado al escuchárselo una vez más y, como siempre, su mano se detuvo un instante, indecisa de estrechar aquella que traía prendido el insecto.
LA COLETA
–Yo lo siento -le decía Pablo Llantas en la barra del Solares, que mostraba el vacío de la media mañana-. Lo que menos podía pensar es que me cayera la de Alivio ahora que me corto la coleta.
Sebastián removía el café después de haber vertido el azúcar.
–Soy el único que debe sentirlo, Llantas -reconocía pesaroso-, porque, a fin de cuentas, me lo tengo merecido.
Cuando se va por la vida, como yo voy, de eterno liado, lo propio es que te enreden en cualquier esquina. Don Birlo me pone en el disparadero con la dichosa confianza y, ya se sabe, a bailar con la más fea…
Pablo Llantas sujetaba la taza de café en la mano temblorosa y constataba el desequilibrio de su pulso.
–Hasta aquí hemos llegado, Sebas -indicaba apesadumbrado mientras la taza bailaba descontrolada para alcanzar con dificultades los labios-. Esto no es parkinson ni se cura con pastillas. Todas las rutas de mi vida, y lo que conllevan, suman veintitrés años y muchos miles de kilómetros.
–Haces bien en cortártela -aseguraba Sebastián viendo cómo la mano de Pablo Llantas depositaba agitada la taza vacía en la barra y se acercaba a la copa de coñac-. Si yo pudiera…
El pulso recuperaba una extraña firmeza cuando Pablo Llantas se apoderaba codicioso de la copa.
–Don Birlo me ofrece volver al almacén y dejar la ruta pero no te creas que lo hace exclusivamente, como él dice, por mi bien.
Genaro se le jubila y yo voy a salirle más barato. Aparte de que conmigo la confianza la tiene muy mermada, ni subo los clientes ni incremento los pedidos, estoy demasiado visto por esos andurriales y tengo la moral floja.
–Vistos y cansados estamos todos dijo Sebastián-.
Berto y Linares han hecho la temporada de invierno a la baja, yo con el incremento reducido y Curto, además de las complicaciones, anda extraviado por la Campiña, tenía que haber vuelto hace una semana.
–La temporada -opinó Pablo Llantas, que en dos imperturbables acometidas había vaciado la copa-, es de las peores porque el invierno empezó tarde y se quedó corto, pero eso a don Birlo no lo pone nervioso, el género se guarda para mejor momento.
Volvía a constatar el temblor de su mano que reposaba inquieta sobre el mármol de la barra.
–Me la corto, Sebas -dijo convencido, asintiendo con la cabeza para reafirmar su decisión____________________. Me corto la coleta y dejo esto -señaló con el índice la copa-, y le hago caso de una puñetera vez a Olina y me olvido de todos los líos que tengo por ahí esparcidos.
–Yo haría lo mismo.
–Tú todavía eres joven pero yo ya no tengo años para seguir rociando por el Secano y la Ribera y la Campiña y el Litoral, tirado por las rutas como un perro abandonado. Me quito de todo lo que me está matando, Sebas, que es lo que ella quiere, y me voy a cuidar y a dejar que me cuiden.
Sebastián sonrió compasivo dándole una palmada con la sensación de que también se la daba a sí mismo. Las mismas palabras regresaban a su memoria con la insistencia de tantas situaciones parecidas, en la misma barra o en los infinitos lugares compartidos por las jornadas de la ruta.
–Hago la de Alivio -decía Pablo Llantas- y se acabó lo que se daba. Voy a mudar de vida, Sebas, a mudar para vivir tranquilo lo que me quede. Se lo debo a Olina, como hay Dios que se lo debo.
Me recojo.
La copa de coñac volvía a estar llena. Tras la barra la sombra blanca del camarero apenas rompía la soledad del local. – ¿Qué puedo hacer con Curto? – preguntó Sebastián.
Pablo Llantas lo miró absorto y tardó en decir algo.
–Habla con él, llámalo al orden, ponle las cosas peor de lo que están. Emilio nunca me cayó bien ni yo a él tampoco pero si hay que echarle una mano me lo dices; es posible que el dinero, sea el que sea, tenga que reponerlo, eso en el mejor de los casos, si don Birlo consigue que no se entere doña Marita. – ¿Pero qué pinto yo en esto, Llantas, con qué cara me lo echo encima?
–Le vas a hacer un favor, a él y a don Birlo, por supuesto. Este hombre tiene menos carácter del que aparenta, ya lo sabemos, y no es capaz de afrontar directamente el asunto. Pero Emilio está pringado en las cuentas, en las justificaciones, y no es el primer tropiezo que se le conoce porque de algunos anteriores, como recuerdas, nos resentimos todos. ¿De dónde surgió la necesidad de un aval para los muestrarios? Perder siempre se puede perder género, pero tanta mala suerte y tanta reincidencia…
La mano de Pablo Llantas regresaba codiciosa y segura a coger la copa.
–Si lleva unas semanas sin aparecer -dijo- a lo mejor es que anda receloso y se esconde o que no piensa volver. Nunca me gustó Emilio Curto.
Sebastián recordó la nariz de Curto, aquel apéndice extremadamente afilado que daba a su rostro una vivacidad de pájaro extraño. Sus ojos saltones parecían incapaces de unificar la mirada, escindidos sin paliativos.
–Me viene fatal la de la Campiña -confesó quejoso-. Tiene uno tantos compromisos y componendas por esas plazas. Me hacían falta unos meses lo más lejos posible, por el Secano y la Ribera ya que la de Alivio no puede ser.
–Yo ya te digo que lo siento, para cortarme la coleta me daba lo mismo acabar en una u otra.
Sebastián observó la mano de Pablo Llantas depositando segura la copa vacía y enseguida el temblor que la dominaba cuando aún no la había retirado de la barra.
–Podemos vernos en Bituana -propuso-. Si para el quince o el dieciséis estás allí y yo ando por Barreno, subo una noche y lo celebramos.
–No es mala idea -reconoció Sebastián.
–Luego vamos a tener pocas ocasiones, muy pocas. La vida para mí ya no