Cancionero

Guido Cavalcanti · Capítulo 3 de 64

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Cancionero

Cancionero

I [1]

Dueña me ruega si querré decir

de un accidente, asaz frecuente y fiero,

tan altanero que es llamado amor:

y aun quien lo niega la verdá ha de oír.

Mas ahora gente competente quiero,

que a lo que infiero no a mente inferior

cabe en el tema entrar con experiencia:

la ausencia de derecho experimento

ni a mi talento iba a dejar probar

dó aquél se posa, y quién lo haga brotar,

qué serán su virtud y su potencia,

la esencia, sus efectos en aumento,

y el placimiento que nos le hace amar,

y si señal de sí brinde al mirar.

En esa parte en que el recuerdo mora

toma su estado, perfilado, como

diáfano asomo, en una oscuridad

que de Marte proviene, y se demora.

Y ya creado, y bien nombrado, es pomo

del alma, como afán de voluntad.

Surge al ver una forma que se entiende,

que prende en el obrar del intelecto,

señor electo, y hace allí afirmanza.

En lugar tal no teme malandanza,

pues no de cualidades se desprende;

y esplende en él un eternal efecto:

no cabe afecto, sólo contemplanza,

ni se presta a ninguna semejanza.

No es la virtud, pero de aquélla viene

que es perfección (y afirmación de tal),

no racional pero sensible, digo.

No hay rectitud cuando a juzgar se aviene,

pues la intención como razón le val:

discierne mal quien del vicio es amigo.

De su poder suele seguirse muerte

si es suerte que a virtud tenga impedida,

la cual comida a muy contraria vía:

no que a natura tenga antipatía;

como quien el perfecto bien no advierte,

revierte en que no pueda tener vida,

pues firme, en sí, no encuentra señoría:

de quien de amor se olvida, igual diría.

Muéstrase cuando el asimiento es tanto

que la natura en desmesura toma,

ni le soborna descansar ya más.

Llega mudando color, risa en llanto

y en mueca dura hasta la faz deforma;

pronto retoma: así también verás

cómo en gente de precio asaz se embeba.

La nueva condición llama al suspiro

y al pasmo, en tiro a un blanco sin sosiego

que ira desadormece y toma en fuego

(ni lo puede pensar quien no lo prueba),

no aprueba a imán ceder de almo retiro

dándose un giro, ni que sea por juego;

poco le importa si uno es sabio o lego.

Tiene ahí su encaje aquel mirar gallardo

que al parecer nos da placer tan cierto;

ya no encubierto va, pues dio en el centro.

Nunca es salvaje el de beldades dardo,

pues que el temer niega, al querer, acierto:

mas premio es cierto el del flechado adentro.

Y conocer no es dado su semblante:

que amante, blanco está al dar en su mano;

así, es humano, forma no se ve,

y menos a quien tuvo en ella pie.

Sin colores que lo hagan circunstante,

actuante entre las sombras, brilla en vano.

Y de antemano téngase por fe

que sólo de éste se obtendrá merced.

Tú libre de cuidado ve, canción,

adonde gustes; pues tal vas ornada

que harto alabada sea tu elección

donde afición no excuse entendimiento:

con otra gente, mal habrás contento.