Capitán Riley

Fernando Gamboa González · Capítulo 1 de 70

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Capitán Riley

Pingarrón

23 de febrero de 1937

Valle del río Jarama

Madrid, España

El sol acababa de ocultarse tras los huraños cerros que almenaban el horizonte, poniendo término al fin, a aquel sangriento día de feroces combates en la sierra madrileña.

Las primeras estrellas despuntaban con aprensión en el cielo añil, asomándose al crepúsculo, condenadas a contemplar un día más el absurdo y violento mundo de los hombres. Un mundo en el que el sargento Alejandro M. Riley las observaba absorto desde el fondo de su trinchera, del mismo modo que durante años lo había hecho centenares de veces mientras trazaba un rumbo desde la oscilante cubierta de un navío en alta mar.

En esta ocasión, sin embargo, en su cabeza no había abatimientos, marcaciones ni derivas. Solo la necia fantasía de que los comandantes de ambos bandos, reclinados sobre un mapa de España, pudieran repartirse civilizadamente los pasos de montaña y los puentes con escuadra y cartabón, mientras los soldados permanecían en sus casas con sus familias, en lugar de estar abonando con su sangre aquella tierra vieja, ingrata y estéril.

Pensó también el sargento, con una mueca agrietada por el polvo y la mugre, que en caso de disputa incluso podrían jugarse el país a las cartas. Decidir el resultado de las batallas de aquella guerra civil tan cainita y brutal, con ases de bastos o reyes de oros. Tendría su gracia —esbozó una sonrisa sin humor, imaginándose la escena entre dos generales con las cartas en la mano—; «Escalera al siete, me quedo con Albacete».

Total, el resultado no podía ser peor del que ya era, y más de uno estaría de acuerdo. Y más de dos.

Pero no.

Había que hacerlo por las malas.

—La madre que los parió a todos… —masculló entre dientes con la mirada aún puesta en el cielo.

—¿Decía algo, sargento?

—Nada, mi capitán. —Se volvió sobresaltado, al darse cuenta de que lo había dicho en alto—. Que… no me gustan los toros.

El capitán John Scout, un buen hombre de aspecto cansado y pocas palabras que llevaba en las Brigadas Internacionales desde el inicio de la guerra, miró de reojo a su segundo, —ascendido unas horas antes, cuando una granada dejó al teniente Warner con las tripas al aire y una plaza vacante—, quien arrebujado en la cazadora de piel que distinguía a los miembros del Batallón Lincoln, se aferraba con ambas manos al máuser que apoyaba en el suelo, sentado junto a él en la penumbra de la tosca trinchera.

—Ya, claro —rezongó, sin necesidad de más aclaración.

A sus espaldas, trescientos metros más arriba, se encontraba la cima —por llamarla de algún modo— del cerro Pingarrón. Una patética colina sembrada de olivos carbonizados, cuyo único mérito era hallarse junto la carretera que iba de Arganda a Morata. Según el alto mando, la arteria que nutría de sangre a Madrid y sin la cual la capital de la República se vería asfixiada y sin posibilidades de sobrevivir a un asedio por parte del ejército rebelde. Claro que, como solía suceder en esos casos, el problema era que el enemigo tenía exactamente la misma opinión sobre la importancia estratégica de dicho enclave, lo que supuso que ambos bandos lucharan encarnizadamente por la posesión del Pingarrón como si del paso de las Termópilas se tratara, y en lo que iba de día, ya había cambiado de manos tres veces a costa de la vida de más de mil soldados. Más de mil soldados que ahora eran cadáveres, sembrando con su carne cubierta de moscas las faldas del maldito cerro y tiñendo de sangre fascista y republicana, en conspiradora fraternidad, aquel suelo acre y seco de la meseta central castellana.

A última hora de la tarde, unos y otros habían hecho una pausa en la carnicería para retirar a los heridos —a los muertos ya nadie se molestaba en sacarlos, o siquiera en contarlos—, pero ello suponía que, una vez apagado el furioso zumbido de los cazas que se batían sobre sus cabezas, detenido el escalofriante tableteo de las ametralladoras y acallados los obuses que habían caído sin pausa entre géiseres de polvo, carne y huesos. Una vez que el rugido de la guerra se detuvo, se empezaron a oír los gritos. Atroces gritos de dolor de hombres heridos, mutilados y moribundos, que en su último aliento llamaban a Dios o a sus madres mientras lloraban como niños perdidos.

Tratando de abstraerse de aquellos pensamientos, Alex Riley levantó de nuevo la mirada para contemplar lo que quedaba de la primera compañía del batallón, compuesto en exclusiva por jóvenes norteamericanos que un día se presentaron voluntarios en aquella primera guerra contra el fascismo que se libraba en España, pero que en ese momento hubieran cambiado la mitad de sus ideales por unos huevos con beicon, un café caliente y una manta.

El aspecto de aquellos muchachos imberbes —y vírgenes en su mayoría—, pero ya con decenas de muertos a sus espaldas, no podía ser más desolador. Casi todos estaban heridos de mayor o menor gravedad, cubiertos de sangre propia y ajena, oliendo a sudor, miedo y orines, exhalando nubes de vaho apretujados unos con otros, tratando de entrar en calor como sucios y macilentos corderos que se sabían a las puertas del matadero. Sumaban menos de la mitad de los que eran esa misma mañana, y en las pupilas de cada uno de ellos se podían leer los nombres de los camaradas y amigos que habían perdido. En un solo día habían matado, visto morir y vivido cien vidas. Nunca, ninguno de ellos, volvería a ser el mismo.

Alex dejó a un lado su fusil y se subió la cremallera de la cazadora, preparándose para el espantoso frío de la ya inminente noche, que de nuevo volvería a bajar de cero y se llevaría con ella a los más débiles. Hurgando en los bolsillos encontró unas migas del pan que repartieron el día anterior, y juntándolas en la sucia palma de la mano como a una recua de diminutas vacas se dispuso a comérselas. Sin embargo, se volvió hacia su capitán y alargando la mano le ofreció compartirlas.

—No, gracias, Alex —alegó el oficial, frotándose la barriga—. Creo que no me sentó bien la tarta de manzana del almuerzo.

Alex, que sabía que Scout no había comido nada en dos días, asintió con la cabeza.

—Es que en España no tienen ni idea de cómo hacerlas —coincidió circunspecto —. Siempre se les va la mano con el glaseado.

En ese preciso momento una sombra apareció desde la retaguardia zigzagueando con la cabeza gacha y, tras preguntar a un soldado varios metros más atrás, se acercó a donde ambos estaban.

Un mal presagio cruzó la mente de Alex, y cuando descubrió que se trataba de un mensajero y que de su pequeño zurrón sacaba una carta que entregó al capitán, el presagio se convirtió en terrible sospecha. De ahí a la fatídica certeza mediaba solo el contrariado suspiro de su oficial y la forma en que este lo miró justo antes de abrir la boca.

—Nos ordenan que tomemos las posiciones enemigas —dijo con resignado fatalismo.

—¿Cuándo?

—Ahora.

—Pero…

—Lo sé.

—Mierda.

—Prepara a los hombres —ordenó, sacudiéndose la guerrera y asumiendo de nuevo el papel de oficial al mando—. Y por los clavos de Cristo, cambia esa cara, que hemos de dar ejemplo.

—Lo que usted ordene, mi capitán —afirmó tras inspirar hondo, tratando de que el aire frío le insuflara la fuerza necesaria para acercarse a sus compañeros de armas y pedirles un último esfuerzo, un penúltimo sacrificio.

El sargento Riley se incorporó trabajosamente, y procurando no asomar la cabeza por encima del parapeto, se aproximó a los exhaustos soldados que alfombraban la trinchera recostados unos sobre otros.

—Camaradas… —dijo alzando la voz para que todos le oyeran—. El alto mando acaba de ordenarnos que retomemos el cerro. Así que comprobad los fusiles, recoged la munición y poneos bragas limpias. Esta noche dormiremos en las trincheras fascistas.

Una retahíla de bufidos, quejas y velados improperios recorrieron lo que quedaba de la maltrecha compañía. Alex Riley compartía aquellos reproches, y sabía tan bien como ellos que sus vidas valían más que todos los Pingarrones del mundo juntos. Pero habían recibido una orden, y aunque eran soldados voluntarios en una guerra que no era la suya, en un país que no entendían, como carne de cañón en un improvisado ejército liderado por incompetentes generales a los que detestaban casi tanto como al enemigo, no les quedaba más remedio que obedecer y rezar para llegar vivos al día siguiente.

—No quiero oír ni una protesta más —atajó Alex, endureciendo el tono—. Hemos venido aquí a luchar y a morir si es preciso. Así que dejad de comportaros como unas señoritas remilgadas y coged vuestros fusiles. El enemigo está ahí arriba —señaló hacia la cumbre, tratando de arengarlos—, a solo unos cientos de yardas. Son los que hoy han matado a Lipton, a Hicks, a Paletti… a todos nuestros camaradas, que ahora están ahí fuera, pudriéndose, asesinados por defender la libertad. ¿Dejaréis que sus muertes hayan sido en vano? —Y paseando la mirada entre los rostros demacrados, añadió con una mueca feroz—: ¿No creéis que se merecen una buena venganza?

Esa era la palabra clave: venganza. A esas alturas de la guerra, los ideales ya no valían ni el papel en que estaban escritos. Cuando la muerte se convierte en una presencia diaria, real, palpable como el hambre en las tripas, y los amigos caen uno tras otro para ya no volver a levantarse, los soldados dejan de luchar por una causa, una bandera o un trozo de tierra. Lo hacen tal como lo hicieron los espartanos, los macedonios o los romanos, cientos o miles de años atrás, por el hombre que tienen a su lado. Luchan por su vida y por la de sus compañeros, por aquellos que saben que también darán su vida por ellos y les vengarán si es preciso. Al final todo se reduce a eso, y el sargento Riley, de profesión marino mercante y que no llevaba ni un año siendo soldado, ya lo sabía por experiencia propia.

—¡Vamos! ¡Arriba! —insistió, viendo cómo los primeros comenzaban a ponerse en pie con cansancio—. Que nadie pueda decir jamás que en el Batallón Lincoln hubo un solo cobarde. Acabaremos con esos hijos de puta fascistas. ¡Por nuestros hermanos caídos! —gritó al fin, alzando el fusil por encima de la cabeza—. ¡Por la libertad!

—¡Por nuestros hermanos! —corearon los soldados, imbuidos de un súbito coraje impensable minutos antes—. ¡Por la libertad!

Fue entonces cuando el capitán Scout se aproximó a ellos y tras cruzar una breve mirada con su sargento desenfundó su Colt del 45 y se volvió hacia sus hombres.

—¡Primera compañía! —gritó, encaramándose sobre el parapeto—. ¡Adelante!

Y no bien había terminado de decir la última sílaba, que una ráfaga de ametralladora barrió las defensas y el capitán Scout cayó de bruces en la trinchera, ya muerto, con tres agujeros de bala atravesándole la espalda.

Tras un breve instante de desconcierto, Alex Riley comprendió que acababa de ser ascendido y que la suerte de los soldados que miraban atónitos el cadáver desmadejado del capitán, ahora estaba en sus manos. Durante un segundo, escuchando como las balas del nueve largo zumbaban sobre su cabeza, se planteó desobedecer la orden de ataque y salvar la vida de muchos de aquellos hombres. Hombres que, comprendiendo cuál era la línea de sucesión en la cadena de mando, lo observaban con preocupado interés, atentos a cuál iba a ser su primera decisión.

Alex, a su vez, también los miraba a ellos. Reparó en el soldado Curtis de Seattle, que se alistó siguiendo a su hermano mayor en su cruzada personal contra el fascismo, y que ahora era hijo único. En el soldado Hall de Vermont, impecable con la boina azul y su chaqueta de cuero hasta el punto de parecer que venía de dar un paseo por el parque, y que le hizo merecedor del apodo «el pulcro». O el cabo Joaquín Alcántara, un gallego al que todos llamaban Jack y que siendo un niño emigró a los Estados Unidos de la mano de sus padres, echó raíces en Nueva York, y en cuanto supo del golpe de estado militar en la tierra que lo vio nacer, dejó su trabajo como chef en un restaurante de la setenta y cinco con Ámsterdam para alistarse en la Brigada Lincoln. Cuando lo conoció, debía pesar sus buenos ciento treinta kilos y aún no se explicaba cómo pudo superar el examen físico, pero con el tiempo demostró poseer una inimaginable agilidad, fuerza, resistencia y, sobre todo, un valor y una lealtad como pocas veces había visto.

—Cabo —dijo, dirigiéndose precisamente a él—, ahora es usted el segundo al mando. Si algo me sucede… Bueno, ya sabe.

—Lo sé, mi sargento. Esperemos que no se dé el caso.

—Yo también lo espero, Jack. Yo también lo espero.

El corpulento cabo, quien aun habiendo perdido quince o veinte kilos seguía disfrutando de una rotunda humanidad, se giró primero hacia sus compañeros, que se apretujaban en la trinchera temblando de frío y miedo, y luego hacia su superior.

—Entonces… ¿cuáles son sus órdenes?

Riley inclinó la cabeza hacia atrás, respiró hondo, exhaló y descorrió el cerrojo del máuser para cargar la primera bala en la recámara.

—Tenemos un trabajo que hacer —respondió, ocultando el temor en la voz—. Y por nuestro honor y el de nuestros muertos —miró el cuerpo inerte del capitán—, juro por Dios que vamos a hacerlo.