Capitán Riley
1937-1941
Dos años después de la batalla del cerro Pingarrón, la mañana del 1 de abril de 1939, el general rebelde Francisco Franco —quien desde ese día y durante los siguientes cuarenta años iba a ejercer como dictador absoluto sobre una España devastada por tres años de guerra fratricida—, declaró en un breve parte radiofónico que la guerra había terminado.
Aquel conflicto se había saldado con más de trescientos mil muertos entre ambos bandos —dos terceras partes civiles, y más de la mitad víctimas de represalias a manos de los fascistas—, y la victoria inapelable de Franco y sus tropas, en parte gracias a la decisiva ayuda militar y económica de los regímenes de Mussolini y Hitler.
A los cinco meses de finalizar la guerra civil española, comenzó la segunda guerra mundial.
El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia y se desató la guerra en Europa. En el transcurso de los siguientes dos años, los ejércitos nazis conquistaron un objetivo tras otro y parecían imparables en su avance hacia el este, donde las fuerzas de Stalin se habían replegado hasta las mismas puertas de Moscú. Mientras, en el frente occidental, Bélgica y Holanda habían sido borradas del mapa y la Wehrmacht desfilaba ampulosa por las calles de París con la complicidad del gobierno títere del general Pétain. Gran Bretaña, el último bastión aliado en el viejo continente, resistía los intensos bombardeos a los que era sometida a diario, sobreviviendo solo gracias al frágil sustento de los convoyes que, sorteando a los temibles submarinos alemanes, llegaban desde el otro lado del Atlántico cargados de víveres y armas.
Estados Unidos, sin embargo, y a pesar de la ingente ayuda material y financiera que ofrecía a los Aliados, seguía declarándose neutral y su presidente Franklin Delano Roosevelt se mostraba renuente a enfrentarse a Hitler y su aparentemente invencible maquinaria de guerra.
Mientras tanto, en España, la dictadura del general Franco se mostraba abiertamente simpatizante con el régimen nazi, pero aun así neutral en aquel terrible conflicto europeo que ya había pasado a ser de carácter mundial. El desolado país, gobernado con saña por los vencedores de la guerra civil, permanecía ajeno a lo que sucedía al norte de los Pirineos, sumido en una posguerra que para muchos estaba siendo más cruel aún que la propia guerra. A la escasez y la pobreza de una nación en ruinas se sumaba ahora la represión fascista, ejercida de forma sumarísima sobre todos aquellos sospechosos de haber simpatizado con el bando republicano.
Mucho tiempo atrás, sin embargo, antes incluso de que finalizara el conflicto, vencidos, decepcionados, ignorados por sus compatriotas y repudiados por un gobierno que los tachó de simpatizantes de los comunistas, casi todos los supervivientes de la Brigada Lincoln ya habían regresado a los Estados Unidos, con la esperanza de retomar sus vidas como civiles en un país en paz.
Casi todos.