Cartas a Renata

Borís Pasternak · Capítulo 1 de 8

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Cartas a Renata

Presentación

Borís Pasternak

Cartas a Renata

ePub r1.0

Titivillus 01.05.2023

Borís Pasternak, 1968

Diseño de cubierta: diego77

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

PRESENTACIÓN

 

Parece un cuento. Y lo es. En el sentido de que todo cuento, el más fantástico y aparentemente irreal, echa raíces en la fabulosa tierra de la realidad. Las cartas de Boris Pasternak que aquí publicamos pertenecen también a esta doble perspectiva de la vida, hecha de encuentros, de pequeños estallidos cotidianos, de aventurosos cruces de fronteras, los cuales, enfocados bajo su simple unicidad cotidiana, no quieren decir nada o muy poco. Reunidos en un volumen, en algo que los auné y los haga perceptibles en su común significación ascensional, se transforman de repente en una novela, quiero decir en un conjunto simbólico y representativo, en un peso vital.

Toda existencia humana es, bajo este aspecto, una novela, y cada

aventura un capítulo palpitante, un escalón hacia el más arriba, donde todo se junta con el fin de formar nuestra unidad definitiva, nuestro paréntesis fenomenología.Así estas cartas. Una joven poetisa alemana, Renata Schweitzer, al escuchar un día la lectura radiofónica del capítulo «La muerte de Jivago», transmitida por una emisora alemana, escribió una carta a Pasternak e incluyó en el mismo sobre algunos de sus poemas. Esto sucedió el 13 de marzo de 1958. En aquellos días empezaba a cruzar los mares de la notoriedad la nueva y extraordinaria carabela del «Doctor Jivago». El 10 de abril, Renata Schweitzer recibió la primera respuesta. En el otoño del mismo año, Pasternak fue galardonado con el Premio Nobel y excluido de la Sociedad de Autores de su país. El escándalo —ni el primero ni el último dentro de la seudo república oficial de las letras contemporáneas— dio la vuelta al mundo y Pasternak se transformó en amigo o en enemigo del género humano, según el matiz político que se le otorgaba. Lo literario se unía, en injustas nupcias, con la política. De los dos esposos, por suerte, sobrevive siempre el primero.

Poco a poco, esta correspondencia forma, por encima de los dramas

oscuros y sangrientos que constituyen la historia de aquellos años, un lazo humano, luego un idilio platónico, entre la joven poetisa alemana y el gran poeta y novelista ruso, como si quisiera enseñar a sus contemporáneos cuál era el verdadero motivo, diría musical, que enlazaría, en el mismo concierto cultural, las profundidades de Alemania y de Rusia. Una humanidad modelo, perteneciente a un posible futuro o a un pasado ideal, aparece formándose a través de estas cartas, prolegómenos, según mi opinión, para una verdad europea, la única aceptable.

Pocas veces he leído un documento más conmovedor. El poeta adulado

por el mundo entero y perseguido por los suyos, encuentra en esta correspondencia un ancla de seguridad. Y es apasionante seguir, mes tras mes y año tras año, el ritmo de elevación de está unión anímica, de esta nueva entelequia que se está esbozando y que, en este caso, trasciende lo personal para invitarnos y purificarnos a todos.

El sueño de Renata es el de ir a ver a su correspondiente. Y un día lo

consigue. La aldea, la casa del poeta, su modo de ser y de hablar, aquel rincón ruso, tan noble y sencillo, espiritualizado por la presencia de Pasternak, tan distinto de la imagen colectiva que de la U.R.S.S. nos hacemos a través de sus antipoetas, configuran algo así como un retrato del genio en sus últimos momentos. Ya que, poco después, tal como la última carta nos lo deja presentir, el poeta muere, no antes de enviar a su Renata alemana un telegrama patético, su adiós terrenal. Todo un misterio acaba con esta muerte, pero continúa, de otra manera, en la consciencia literaria de los lectores, drama momentáneo, igual a tantos otros, eternizado por su arte o virtud representativa.

El libro, igual que una novela metafísica, termina como había empezado.

Renata Schweitzer abre la radio en la noche del 31 de mayo de 1961 y escucha la tremenda noticia, la que ponía fin a esta correspondencia, no a lo que ella significará para siempre en la vida de todos los que la hayan leído e incorporado a lo mejor de sus almas. Los lobos que aúllan alrededor de la casa donde el doctor Jivago y su Lora vivían un amor imposible, seguirán aullando. Son el símbolo de la crueldad, de la vida que pasa, que hace daño y que conserva, dentro de su misma y tremenda realidad, la posible existencia de los símbolos en que solemos reconocernos y sobrevivir.

Después del «Doctor Jivago», estas cartas, este concierto a cuatro

manos, constituye la mejor obra de Pasternak, no sólo por su calidad literaria, sino también por su valor histórico, por el alcance autobiográfico de sus páginas, tan poderoso y vasto como la sombra de una novela.

VINTILA HORIA