Castillos de fuego

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 5 de 9 · parte 1/4

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Castillos de fuego

Libro cuarto. Septiembre de 1943 a marzo de 1944

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

LIBRO CUARTO

SEPTIEMBRE DE 1943 A MARZO DE 1944

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El Mancho tenía los labios sucios de moras.

—¿Ves algo?

—Qué voy a ver —contestó Eloy.

Llevaban dos horas escondidos detrás de unas zarzas. Como era seguro que el puente estaría vigilado, solo podían cruzar el río vadeándolo. Pero a veces también había Guardia Civil en el vado, así que primero mandaban a alguien a inspeccionar. Esta vez les había tocado a ellos. El Mancho agarró otro puñado de moras y se lo llevó a la boca algo despachurrado.

—Si todo fuera tan fasi como esto… —dijo con fuerte acento cordobés.

—Así era la vida en el paraíso terrenal. Si te apetecía algo, solo tenías que alargar la mano. ¿Un melocotón? Lo agarrabas y para dentro. ¿Una manzana? Lo mismo.

El otro soltó una carcajada.

—¿Y el sielo también es así?

—Supongo.

—¡Lo malo es que yo iré derechito al infierno! —Estuvo unos segundos en silencio, relamiéndose—. Ya lo sabes: desde que salí de allí, no lo puedo evitar. Cualquier cosa que se me ponga a tiro… —E hizo el gesto de lanzar un bocado—. ¡Hambre atrasada!

Cuando decía allí , se refería al Batallón Disciplinario de Trabajadores de San Roque, del que había escapado para echarse al monte. Una y otra vez contaba las mismas historias de hambre, insalubridad y vejaciones.

—Los escoltas que nos vigilaban se quedaban con lo mejor. Al caldero solo iban a parar los huesos. Y ahí estábamos nosotros, como perros, esperando a ver lo que pillábamos. Pero ni siquiera había huesos para todos.

Yo vi a uno coger un hueso que otro acababa de tirar y seguir royendo…

¡Imagínate cómo era aquello!

El sol de la tarde se filtraba entre las ramas de los árboles. Eloy, con el pantalón de felpa lleno de zurcidos y la chaqueta de pana anudada a la cintura, oteó las riberas por encima del arbusto. En los dos años que llevaba

viviendo en el monte, su aspecto se había vuelto selvático, feroz. Tenía la piel bruñida por el sol y la barba sin afeitar. Cuando volvió a mirar a su compañero, este se había quitado el poncho, que no era más que una manta con un agujero en el centro, y lo estaba enrollando para darle forma de almohada. El Mancho usaba ese poncho en verano y en invierno.

—Estás sudando —dijo Eloy.

El otro, por toda respuesta, soltó un pedo estruendoso.

—Serán las moras —dijo, llevándose la mano al vientre.

Dejó la escopeta apoyada encima del poncho y corrió a acuclillarse detrás de una encina. Eloy espantó con la mano un abejorro que zumbaba junto a su oreja. Regresó el Mancho atándose la cuerda que empleaba como cinturón. Mientras cagaba no había dejado de pensar en el Batallón.

—Nos pasábamos el día llevando sacos de arena. Cuando acababas, solo pensabas en dormir. No teníamos ni fuersas para pensar en escapar.

Eloy reclamó silencio con la mano.

—¿Has oído eso?

Empuñaron sus armas y aguzaron la vista. Una pequeña manada de lobos cruzaba el río. Lo hacían por una zona en la que unas piedras irregularmente alineadas formaban un azud natural. Eran siete lobos y no tenían prisa. Mientras unos hundían el morro atentos al rastro de algún pez, otros agitaban el lomo para sacudirse el agua. El primero que alcanzó la orilla se entretuvo revolcándose sobre unas piedras cubiertas de líquenes. El Mancho dijo:

—¿A cuánto se paga el lobo muerto?

Y Eloy interpretó su pensamiento:

—Si no les han disparado es que no hay nadie.

De todos modos, tenían que esperar. Los lobos desaparecieron y las sombras se fueron tupiendo. Cuando ya era casi de noche, llegaron los otros con los bultos. Cruzadas sobre el pecho llevaban las cananas con los cartuchos.

—¿Qué? —dijo el Chaconero a modo de saludo.

—Ya ves —dijo el Mancho.

Uno de los hombres se quitó una bota y mostró una herida en el tobillo que no acababa de cerrar. Al que sostenía la linterna lo conocían como Mancebo porque había trabajado en una botica. Dijo:

—Si no le ponemos algo para desinfectar…

Y el otro, que se llamaba Arsenio, lo corroboró:

—Lo tengo en carne viva.

—Pues tendrás que aguantar —dijo el Chaconero.

Este, mecánico de profesión, había hecho la guerra como conductor de blindados. Las dotes de mando y el apego a la jerarquía le venían de la convivencia con los instructores militares soviéticos. Hizo un gesto hacia Eloy y el Mancho.

—Vosotros ya sabéis. ¡Andando!

Los dos hombres vadearon el río por donde lo habían cruzado los lobos. Al llegar a la otra orilla, el Mancho hizo altavoz con las manos e imitó el grito del búho. Era la señal convenida. Enseguida se les unieron los otros cuatro. Sin tiempo para descansar, se repartieron macutos y petates. El jefe de la partida miró la luna, en cuarto creciente, y dijo:

— Luna mendax . Es latín. —Señaló al más viejo—. Tú, que has estudiado, ya sabes lo que significa.

Los otros rieron porque el aludido a duras penas sabía escribir su nombre: Caralarga.

—Significa que la luna miente —prosiguió el Chaconero—. Que cuando parece una ce no crece y cuando parece una de no decrece.

—Para saber eso no hacen falta muchos latines —dijo Caralarga, y los otros volvieron a reír.

—Tú delante. No te pierdas.

Echaron a andar. Marchaban en fila india, con varios metros de separación entre uno y otro y en completo silencio. Caralarga, que conocía bien la zona, solo encendía la linterna cuando era imprescindible. Trataba de caminar sobre piedras o terreno duro. Llevaban muchos meses en el monte y sabían cómo ir de un lado a otro sin dejar rastro. Se detuvieron junto a un mojón de piedra que marcaba la linde entre dos campos. Hacia el lado de los cerros se distinguían a la luz de la luna las siluetas oscuras de

unos almiares, que parecían guerreros gigantescos realizando su turno de imaginaria. Al otro lado, en una vaguada, se alzaba la tapia trasera de una casa de labor.

—Aquí te van a curar —dijo el Chaconero.

A veces, un pequeño destacamento de guardias civiles se instalaba en ese tipo de casas aisladas con el propósito de sorprender a alguna partida.

Aunque normalmente elegían cortijos grandes y ricos, no debían confiarse.

Se acercó Caralarga dando un amplio rodeo. Del único ventanuco abierto escapaba un débil resplandor de quinqué. Un perro flaco y oscuro dormitaba delante del pajar. Caralarga, sigiloso, abrió el portillo. El perro tensó las orejas e inició un gruñido de advertencia. Antes de que llegara a convertirse en ladrido, el hombre tendió la palma de la mano, en la que llevaba unos azucarillos. El perro acudió moviendo el rabo con mansedumbre. Podía ser que se acordara de alguna vez anterior o simplemente que agradeciera el obsequio. Para los perros de caserías y cortijos siempre tenían azucarillos. Caralarga dejó que le lamiera una mano mientras con la otra le acariciaba la piel lustrosa.

—Eres bueno, eres muy bueno… —susurraba.

Salió a abrirles un hombrecillo menudo, de ojos brillantes.

—¡Salud! —dijo el Chaconero, empujando la puerta con una mano y sosteniendo la escopeta con la otra.

Hicieron una rápida inspección de la vivienda, que no podía ser más modesta. Un cuarto con aperos de labranza y sacos de arpillera, otro con una mesa y unas sillas de madera tosca, y dos más, muy angostos, con unos camastros de cañizo y farfolla puestos directamente sobre el suelo: eso era todo. Desde uno de los jergones, apretujados el uno contra el otro, dos niños miraban con expresión asustada. Volvieron a la estancia principal, la de la chimenea, que por toda decoración tenía un higrómetro con la imagen de un fraile y una estampa de la Virgen de la Fuensanta cubierta de alhajas y envuelta en suntuosos mantos recamados en oro. Del caldero escapaba el gluglú de la ebullición. Una nube de vapor lo impregnaba todo de un olor dulzón.

—¡Dulce de membrillo! —El jefe de la partida aspiró con fuerza—.

¡Me recuerda a mi madre!

—Es la temporada. Lo vendemos en Pozoblanco —dijo el hombre, como disculpándose, y encendió otro quinqué para que hubiera más luz.

En algún momento, la mujer, sentada muy quieta en el poyo de piedra, se cubrió la cabeza con un pañuelo. Llevaban los dos sendos mandiles. El Chaconero señaló a Caralarga y Eloy.

—Vosotros. Echad una mano. Y tú. —Ahora hablaba con Arsenio—.

Enséñale el pie a la compañera.

Los dos primeros se disponían a pelar unos cuantos membrillos, pero el hombre insistió en que no hacía falta. Arsenio se quitó la bota y mostró el tobillo tumefacto, de un color rojo tirando a cárdeno, con pequeñas hendiduras en forma de U.

—Un cepo para lobos —explicó.

Entre Mancebo y la mujer limpiaron la herida con alcohol de quemar, cortaron la piel sobrante y vendaron el pie. Los otros, mientras tanto, se quitaban las cartucheras y los correajes, los amontonaban a la entrada junto a los petates y estiraban brazos y piernas para desentumecer los músculos.

El Chaconero, por consideración a sus huéspedes, trató de entablar conversación.

—¿Qué? ¿Cómo andan las cosas por Europa? Lo último que supimos es que los yanquis estaban ya en Italia. Pero eso fue hace semanas. Algo más habrá ocurrido desde entonces. ¿Ya la han ocupado entera? —Y, como el otro no decía nada, prosiguió—: Me imagino que no tienes radio. ¿Algún periódico, aunque sea viejo?

—En esta casa no… —El hombre, avergonzado, dio a entender su analfabetismo.

—Algo habrás oído. En el mercado. En Pozoblanco.

—Abilio, el sacristán, dijo que los alemanes no pueden perder la guerra porque tienen un arma secreta.

—¡Patrañas! Si esa arma secreta existiera, ya la habrían utilizado. ¡Los rusos les están dando para el pelo a los alemanes! ¿Has oído hablar de Stalingrado? —El otro se encogió de hombros—. Y de Stalin…, ¿tampoco has oído hablar?

Ahora no se atrevió a decir que no.

—Es-ta-lin —silabeó, muy serio.

El Chaconero, exasperado, lo señaló con el dedo.

—Una cosa te digo: Italia está a punto de ser liberada y la siguiente será España. ¿Por qué los italianos sí y nosotros no? Los yanquis están ya a punto de entrar. Cualquier tarde te los encuentras ahí fuera. —Levantó el índice y lo hizo girar como una hélice—. ¿Sabes lo que es un paracaídas? Si un día sales y ves a alguien colgado de un alcornoque…

—¡Puede que sea la Virgen de Fátima! —bromeó alguien.

—¡O una novia antigua que ha venido a buscarte! —dijo un tercero.

Unos y otros celebraban con risas cada nueva ocurrencia. Eloy, mientras tanto, observaba con atención el higrómetro de la pared. Era el clásico higrómetro del frailecillo barbudo que pronosticaba el tiempo señalando con la vara una columna en la que, a diferentes alturas, estaba escrito SECO , REVUELTO , VIENTO , BUENO … Chascó la lengua.

—¿Pero esto acierta alguna vez?

Como la pregunta iba dirigida a todos y a nadie en particular, no obtuvo respuesta. Se oyó la voz de Mancebo:

—Esta herida ya está.

El Mancho se dio unas palmadas en la tripa.

—¡Pues a ver si ahora curamos esta otra, ja, ja!

Se sentaron y la mujer les sacó un cuenco de aceitunas, una hogaza de pan, unos chorizos, algo de queso, un platillo con higos… No era mucho, pero seguramente era más de lo que la propia familia había cenado. A pesar de todo, hubo protestas: ¿no había vino en esa casa?, ¿dónde se había visto una cena sin vino?

—Pagaremos lo que haga falta —declaró con solemnidad el jefe de la partida.

Llegó el hombre con dos cuartillos de vino. Mancebo, que había visto de dónde lo traía, se levantaba una y otra vez a rellenar las jarras.

—Tú siéntate —le decía, amistoso—. Siéntate y bebe con nosotros.

En menos de una hora estaban todos borrachos, incluido el hombre de la casa, que de vez en cuando reía sin motivo, ji, ji. La mujer, entretanto, había vuelto a lo suyo: a pelar y trocear unos membrillos, a escurrir otros y

desmenuzarlos con el pasapuré. Los de la partida se pusieron a cantar canciones de antes de la guerra, pero había muy pocas que supieran todos.

El cabecilla entonó con voz de barítono:

—«Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, en el frente de batalla…»

Tampoco ahí hubo consenso porque cada cual adaptaba la letra a su propia hoja de servicios. Según quién cantaba, el paradero era un regimiento o una brigada o un destino determinado en primera línea de fuego. Todos, medio en broma, medio en serio, competían por imponer sus propias versiones, y el guirigay no paraba de aumentar. El hombrecillo, al que con el vino se le empezaba a soltar la lengua, se dirigió al Mancho.

—Yo a ti te conozco.

—¿A mí?

—Tú tenías una novia en Belalcázar.

El Mancho negó con la cabeza, sonriendo.

—Una morena. Alta. Bien plantada.

El guerrillero seguía negando.

—La hija de Ramiro, el del fielato.

—No conozco a ninguna hija de ningún Ramiro.

—Luego se echó otro novio. Uno que estudió en el seminario… —

Entornó los ojos—. ¿Cómo se llamaba? ¿Gabriel? Sí, Gabriel. Pero ya no están juntos. La chica lo plantó poco antes de la boda, ji, ji. Fue un escándalo en Belalcázar.

El Mancho levantó la jarra para rellenarle el vaso.

—Me confundes con otro. Menuda tajada llevas. —Y, volviéndose hacia la mujer, pidió probar ese dulce de membrillo que llevaban oliendo desde que habían llegado.

—Pero si aún no ha reposao … —objetó ella con escasa convicción.

Alguien se arrancó con ¡Ay, Carmela! y los otros le acompañaron dando golpes en la mesa y gritos:

—«El ejército del Ebro, rumba la rumba la rum…»

El hombre se levantó y la mujer le envió una mirada de advertencia.

—Han dicho que pagarán —susurró él, mientras agarraba dos de los moldes.

El dulce de membrillo todavía humeaba. Ellos hundían los dedazos, arrancaban un puñado y se lo metían entero en la boca, haciendo burdos gestos de aprobación. El Chaconero lo encareció:

—Ni mi madre lo hacía tan rico.

Y la mujer, sentada bajo la estampa de la Fuensanta, correspondió con una sonrisa apagada.

—¡Riquísimo! —corroboró el Mancho.

Uno de los niños, atraído por el vocerío, lo miraba todo desde las sombras del otro cuarto. El cabecilla reparó en su presencia y lo llamó. El niño acudió con docilidad de animalillo. El Chaconero se lo sentó en las piernas, plantó la mano en la mesa y jugó a clavarse el cuchillo de cazador entre los dedos. La mujer, tan sumisa hasta ese momento, hizo un gesto instintivo de alarma.

—¿Qué te parece, chaval? —decía el jefe de la partida—. Otra vez. Y

otra. ¡Ahora más rápido!

La punta de hierro rebotaba sobre la madera levantando pequeñas astillas y haciendo un ruido de repiqueteo. El niño lo contemplaba todo con la boca muy abierta y los ojos brillantes. La mujer agarró el cubo de los restos y se lo tendió a su marido.

—Hay que dar de comer a las gallinas. —Como él no parecía captar el mensaje, lo miró con intención—. Que Rafaelito te acompañe.

—¿Las gallinas a estas horas? —protestó el Chaconero—. ¿Cuándo se ha visto eso?

El hombrecillo se quedó a medio camino, paralizado por el miedo o el alcohol. Tuvo que ser la mujer la que saliera con el cubo y el niño para alejar a este de los guerrilleros. El perro aprovechó para entrar, se plantó delante de Caralarga y lo miró con ojos suplicantes.

—¿Qué quieres tú? ¿Eh? ¿Otro azucarillo? —rio, mostrando las manos vacías—. ¡Pues no es listo el animal!

—Vamos a hacer cuentas. —El Chaconero buscó a Eloy—. ¡Secretario pagador!

Cuando volvió la mujer, los hombres, ante la mueca de impotencia del marido, cargaban en sus petates hogazas de pan y ristras de chorizo. El niño, ajeno a todo, corrió a jugar con el perro. Eloy sostenía una cuartilla al

lado del quinqué. Leyó:

—«Por la presente, en pago por la adquisición de víveres, el Gobierno de la República de España se compromete al pago de la cantidad de…» —

Consultó con la mirada al Chaconero, que dijo:

—Veinte pesetas.

—Vein-te-pe-se-tas. —Eloy, con el lapicero en la mano, buscaba un sitio donde apoyar el papel—. Ya está. Solo falta la firma.

El Chaconero estampó un garabato, señaló al campesino y dijo, rumboso:

—No te quejarás. Eso no lo ganas tú en el mercado. —Luego añadió, sin venir a cuento—: ¡Salud y República!

Indeciso, el hombre de la casa se quedó mirando la cuartilla. Estaba escrita a máquina y llevaba un sello en tinta azul que le daba cierto aire oficial.

—Tú guárdalo bien guardado y, cuando llegue el momento…

Ante la mirada inclemente de la mujer, el otro solo acertó a farfullar:

—Me busca usted la ruina.

—¿No crees en la victoria?

—No es eso… Es que si vienen los guardias… Si se enteran de que han estado aquí y les hemos dado de comer… Por menos que eso te matan a golpes. O te meten en la Prisión Provincial.

—Para eso luchamos, camarada. Para que nunca un guardia civil se atreva a tocarte un pelo. Ni a ti ni a tu familia.

—Si me encierran, ¿quién se ocupará de la cosecha?

—¿Pero no te he dicho lo de los yanquis? ¡Franco está a punto de caer!

El Chaconero, jovial, le dio una palmada en el hombro. Luego se volvió hacia sus hombres, que llevaban otra vez las cananas puestas.

—Vosotros. ¿Estáis listos? —Y salió de la casa sin decir nada más.

Marcharon de nuevo en fila india. Cerraba el grupo Eloy, que apuró el paso para preguntar al Mancho:

—¿Qué decía ese de una novia?

—¿No has visto que estaba borracho?

Anduvieron toda la noche. Tan pronto iban cuesta arriba como cuesta abajo, y a veces daba la sensación de que volvían a pasar por el mismo roquedal o a cruzar el mismo arroyo, como si caminaran en círculos. Pero Caralarga no dudaba. Cuando por fin se detuvieron, un resplandor difuso más allá de la sierra anunciaba un amanecer sin nubes.

—¿Es aquí? —dijo el Chaconero, escéptico.

—Es aquí —dijo el guía, muy serio, casi ofendido.

Los hombres, derrengados, se dejaron caer sobre sus macutos. Unos desleídos rayos de sol rebotaban en las altas paredes de los peñascos y esparcían la claridad muy poco a poco, como asperjándola. Las sombras iban adquiriendo proporciones y contornos. Encima de ellos, entre las afiladas piedras de los riscos, crecían solitarios matojos que brillaban como recién regados. Más abajo, unos arbolitos retorcidos se asomaban al despeñadero como si fueran a saltar. Aquel sitio era una atalaya privilegiada. Desde allí se dominaba el llano en quince o veinte kilómetros a la redonda.

—¡Olé! —exclamó el Mancho apartando un pedrusco y metiendo la mano en una oquedad.

Sacó una caja de latón con cepos para pájaros y conejos. Habían estado en esa base hasta finales de mayo. El terreno era escarpado y pedregoso, y abundaban los escondites en los que ocultar los objetos que no podían llevarse. De un sitio sacaron los rollos de mecha y los botes de tomate que usaban para hacer bombas. De otro, los cacharros y las escudillas de aluminio, la lona para las tiendas… Recuperaron también los fardos de ropa, grandes, apretados, semienterrados bajo montones de ramas y raíces.

Caralarga iba de aquí para allá cortando los cordeles con el cuchillo. Las prendas quedaban desparramadas.

—Preparado para el frío —dijo Mancebo, agarrando una pelliza de piel de cordero y una gorra rusa con orejeras.

—Este dice que va a llover —dijo Eloy.

—¿Este? ¿Quién?

—Valle-Inclán. —Mostró el higrómetro con el frailecillo de las barbas largas—. ¿Ves?

Con el dedo indicó la vara, que estaba apuntando hacia abajo, entre los letreros de HÚMEDO y LLUVIA .

—¿Lo has robado?

—Lo he cogido.

—Eso es robar.

El Chaconero, que acababa de encaramarse a un promontorio con los prismáticos en la mano, impuso su autoridad:

—Mis hombres no roban. ¡Mis hombres incautan!

Los guardias jamás atacaban de noche, al menos no en la sierra, pero durante el día había que tomar precauciones para no encontrárselos. De hecho, la partida tenía órdenes de no alejarse del campamento. El problema era que para la techumbre de los chozos necesitaban retama y para encontrar retama debían bajar hasta un campillo que había en la ladera sur, la más soleada. Así que algún riesgo tenían que correr. Caralarga iba delante y Eloy detrás. El primero llevaba la escopeta a la funerala. El segundo, que iba unos cuantos pasos por detrás, la llevaba colgada del hombro. Caralarga se volvió y señaló unos arbustos altos y espesos en la linde de un campo abandonado. Gritó:

—¡Mira, León! —Porque en la partida nadie conocía su verdadero nombre.

Eloy se asomó a los arbustos y soltó un silbido de admiración. Cuando volvió junto al otro, se había quitado el pañuelo del cuello para usarlo como bolsa. En su interior llevaba una docena de huevos pardos, con manchas.

—¿Cómo sabes siempre dónde están los nidos?

—La perdiz es lista. Sabe esconderse. Solo hay que ser un poco más listo que ella.

Siguieron andando. Caralarga, los labios fruncidos, la expresión alerta, se mantenía atento a las particularidades del terreno. A Eloy le parecía que ese hombre, iletrado, leía la naturaleza con la misma facilidad con la que otros leían libros o periódicos. Donde los demás no veían nada especial, Caralarga veía una serie organizada de signos y los interpretaba atinadamente.

—Liebres —dijo ahora, agachándose.

Sobre un mantillo de tierra gris había una veredita sutil, casi imperceptible, en la que Caralarga identificó unas huellas recientes. Por ahí cerca debía de haber una madriguera. Miró a su alrededor como imaginando posibles recorridos y señaló el punto en el que esos recorridos deberían confluir. Luego sacó del zurrón un cepo oxidado, ajustó el fleje y lo colocó en el suelo, medio tapado por hojas y tallos secos.

—¿Te acordarás del sitio, León? —preguntó, poniéndose otra vez en marcha.

Aún se detuvieron una vez más, debajo de un madroño que crecía al borde de un barranco. Estaba cargado de bayas amarillas y anaranjadas, y solo en las ramas superiores despuntaba el color rojo de las bayas maduras.

Caralarga apoyó la escopeta en el tronco, se encaramó con agilidad al árbol y agitó enérgicamente las ramas. Cayeron ocho o diez madroños.

—¿Pero esto se come? —dijo Eloy.

Le hincó el diente a uno. Estaba duro pero bueno, con un sabor como el de las moras. Caralarga aterrizó de un salto a su lado y recuperó la escopeta.

—En mi pueblo se tomaba para los dolores de tripa.

Llegaron por fin al retamar. Había allí plantas de dos y hasta tres metros de alto, las más resistentes, las mejores para cubrir los chozos.

Hicieron pronto dos grandes pacas, que ataron con tallos más finos y flexibles, y se las cargaron a la espalda. Sonaba a lo lejos un rumor de esquilas y balidos. El rebaño estaba en el valle, entre los primeros bancales y un camino de herradura bordeado de encinas. Las ovejas pastaban, quietas como figuritas de belén. Al pastor no se le veía por ningún lado, lo que quería decir que él sí los había visto y que trataba de pasar inadvertido. Era lo habitual. Los labradores y los pastores evitaban todo contacto con la guerrilla. Lo hacían sobre todo por miedo a los interrogatorios de la Guardia Civil: si no veían nada, no había nada que pudieran contar, y así se ahorraban represalias de unos y otros. Eloy tenía a veces la sensación de haberse vuelto invisible. Cuando estaban en temporada de siega y pasaban junto a un campo de cereal lleno de campesinos trabajando, permanecían todos imperturbables, fingiendo no reparar en su presencia.

—Espera —dijo, dejando en el suelo la paca y el pañuelo con los huevos.

Bajó a paso ligero hasta el camino y se internó entre las encinas. Un perrillo gris con las orejas en punta lo recibió ladrando y luego no paraba de dar brincos a su alrededor. El pastor no podía estar muy lejos. Lo encontró subido a un árbol. Era un chico de unos catorce años, feo, enclenque, pelirrojo, que lo miraba con cara de espanto. Del bolsillo le asomaba una armónica. Eloy le apuntó con el cañón del arma pero blandamente, sin intimidación, como quien señala con una varita.

—Abajo. —Torció la cabeza y el chico obedeció con presteza—.

¿Cómo te llamas?

—Ginés.

—¿Vives con tus padres?

—No.

—¿Con quién?

—Con un tío.

—¿Dónde?

—A la entrada del pueblo. —El chico hizo una señal hacia el camino

—. Enfrente del tejar.

—Escúchame, Ginés. Esta tarde te quiero ver otra vez por aquí. ¿Me has oído? Y no te me escondas. Si no estás, iré hasta donde haga falta para encontrarte.

El perro, sin parar de ladrar, iba y venía entre ellos y las ovejas. El pastorcillo asintió en silencio.

—Pues eso.

Volvió Eloy sobre sus propios pasos y se echó a la espalda su carga de retamas. Caralarga, cansado de esperar, ascendía ya por la empinada ladera.

Visto desde abajo, era una maraña de ramas y poco más, como un nido de cigüeñas ambulante. No lo alcanzó hasta veinte minutos más tarde. Estaba extendiendo los tallos encima de una roca plana y sujetándolos con piedras.

—Cuando están secos son más fáciles de limpiar —explicó.

Extendió también Eloy los suyos y dijo:

—Vivimos como hombres primitivos.

Pero el otro no pareció entenderle.

Lo primero que hicieron en el campamento fue lavarse las manos, pringosas de resina. En un lado, el Chaconero dormía con las piernas dobladas y la boca abierta, roncando con fuerza. En el otro, en una hondonada protegida por árboles, el Mancho colgaba el caldero de un trípode de ramas y empezaba a preparar el rancho. Más allá, Arsenio cortaba el pelo a Mancebo, sentado a lo indio. Arsenio y Mancebo eran del mismo pueblo y en agosto de 1940 habían escapado juntos de la cárcel de Hinojosa del Duque haciendo un agujero en la pared. Caralarga llevó al Mancho los huevos de perdiz y se entretuvo encendiendo el fuego con ramas de jara, que casi no hacían humo. Después, mientras cavaba el hoyo para los desperdicios, canturreó:

—«El ejército del Ebro, rumba la rumba la rum…» —Y, hablando consigo mismo, protestó—: ¡Desde la otra noche no me la quito de la cabeza!

Eloy se dejó caer junto a los petates y miró a los demás: el Chaconero, el Mancho, Arsenio, Mancebo, Caralarga… Estaban juntos. Estaban juntos pero estaban solos.

—«… Una noche el río pasó, ¡ay, Carmela!, ¡ay, Carmela…!» —

canturreó también él.

Luego rebuscó entre sus cosas hasta encontrar una cuartilla que había dejado a medio escribir y leyó para sí:

Hermana querida:

Desde la última vez que os vi han pasado, ¡Dios mío!, más de dos años. ¿O son tres? Ya lo ves: estoy perdiendo la cuenta de los días que llevo fuera de casa. Me pregunto si todavía, después de tanto tiempo, puedo hablar en esos términos: «mi casa». Me ocurre lo mismo con los recuerdos de mi vida de entonces, cuando estaba con vosotras. ¿Esa casa y esa vida siguen siendo «mi casa», «mi vida»? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que las cosas dejen de pertenecernos? ¿O es que dejan de pertenecernos en el mismo instante en que se convierten en recuerdos y creemos que seguimos teniendo algo que en realidad ya no tenemos? A veces pienso que el recuerdo es como una vaina vacía, una cáscara: creemos que tenemos algo pero solo tenemos lo de fuera, y dentro no hay nada.

Pero, ¡ea!, dejémonos de filosofías. Si hoy me he puesto a escribirte, es porque me he levantado optimista y quiero compartir mi optimismo contigo.

Supongo que sabrás que en Italia han encarcelado a su dictador. ¿Sabes lo que significa eso?

Que después de Mussolini caerá Hitler y que Franco será el siguiente. Sí, Franco, el más débil de los tres, el que menos tiempo lleva en el cargo… ¿Por qué tendría que resistir él si los otros dos no resisten? Puede ser que, dentro de unos pocos meses, España sea otra vez un país libre y nosotros volvamos a ser dueños de nuestras vidas. ¡Ojalá!

Aquello no era más que un borrador que días atrás había dejado a medias. Sacó otra cuartilla, copió el primer párrafo (el único que la censura militar podría autorizar) y siguió escribiendo:

No quiero ni pensar que esta carta acabe perdiéndose y no llegando a tus manos. Ya sabes el bien que me hace escribirte: escribirte para no decirte casi nada y sabiendo que no obtendré respuesta, pero al menos sentirte cerca, en contacto, saber que sigue habiendo algo que nos une, unas palabras que salen de mí y llegan a ti, un papel que yo he tocado y luego tocarás tú. Confío en que también a ti te ocurra lo mismo. Y a mamá, claro. Me pregunto cómo está. Espero que muy bien.

(No le leas esta parte de la carta, por favor. Antes, cuando pensaba en ella, me la imaginaba joven, sana, risueña, como cuando éramos niños. Ahora, no sé por qué, me cuesta no recordarla en la cama, triste, llorosa, enferma, con esos bracitos que tenía la última vez que la vi y esa carita de gorrión, que daba auténtica pena. No sabes lo preocupado que estoy. Es como si mi cabeza estuviera tratando de mandarme algún mensaje. En todo caso, un mensaje que me niego a aceptar.)

En fin, cada vez estoy más seguro de que el momento del reencuentro está muy cerca. Y solo puedo decirte que el tiempo que llevamos sin vernos es un sacrificio que no puede quedar sin recompensa…

Te mando muchos besos para ti y muchos también para mamá.

Volvió a rebuscar entre sus cosas hasta encontrar un sobre con las leyendas habituales de ¡VIVA FRANCO! y ¡ARRIBA ESPAÑA! Escribió como siempre las señas del taller de Balbino y para el remite, que cambiaba cada vez, utilizó un nombre inventado y la dirección de un cortijo cualquiera de las cercanías.

Después del rancho volvió a bajar hacia el campillo de la retama. Hizo el mismo recorrido que por la mañana. Al pasar junto al cepo de Caralarga, vio que había una liebre atrapada. El animalillo había pisado el cepo con una de las patas delanteras, que al partirse se había doblado en un ángulo imposible, el hueso asomando entre tendones. Ahora, exhausto, sin energía ni para forcejear, permanecía inmóvil, temblando apenas, y observaba de reojo a Eloy. Este lo liberó de la trampa y lo acarició un poco para tranquilizarlo. Luego, asiéndolo con ambas manos por el cuello, le partió el espinazo, ¡clic!, con un movimiento seco y sencillo, parecido al de dar velocidad a una moto. Ya solo faltaba desollarlo. Con la punta del cuchillo le hizo una serie de incisiones en las patas, primero transversales, como recortando unos calcetines, y después longitudinales. Continuó luego con el

tronco hasta que, llegado un momento, bastó con dar un tirón para que el pellejo se despegara limpiamente, como la piel de un plátano, y quedara colgando de la cerviz como un paraguas vuelto del revés. Apoyó entonces el bicho en una piedra y de un solo tajo le arrancó la cabeza. Lanzó los despojos a unas zarzas, volvió a colocar el cepo y agarró la liebre por las patas traseras.

El rebaño seguía en el mismo sitio que por la mañana. Eloy bajó hasta el camino y gritó:

—¡Ginés!

Entre las encinas asomó primero el perro, más tranquilo que por la mañana, y luego el chico. Cuando Eloy lo vio andar, se dio cuenta de que cojeaba del pie izquierdo, como él mismo.

—¿Qué te pasó?

—Nací así.

—¿Sabes echar una carta? —Le tendió el sobre—. Pero que no se entere nadie. Ni siquiera tu tío.

Ginés asintió. Ahora Eloy le tendió la liebre. El perro, hambriento, soltó un gemido.

—Tenla un par de horas colgada de un árbol.

Los enlaces se captaban así. Un pequeño favor un día, una transacción al día siguiente, un encargo mayor al cabo de un tiempo… Pero había que tener mucho cuidado, porque el enlace era el primero que, por conveniencia o coacción, podía traicionarte. Había que confiar y desconfiar a la vez.

—¿Y qué le digo a mi tío?

—¿Con quién hizo la guerra?

—Primero con los rojos, luego con los fascistas.

—Entonces no le digas nada.

El chico se quedó quieto, como esperando nuevas instrucciones. Eloy exclamó:

—¡Hala! ¡Lárgate! —Y Ginés echó a correr, seguido del perro.

Olía a barniz y el suelo estaba lleno de virutas y serrín. A la luz de los rayos de sol que entraban por los ventanucos traseros se veían motas de un polvillo minúsculo que flotaba en el aire y hacía cosquillas en la nariz. El local estaba por la zona de Usera. Al fondo, más allá de la mesa con la sierra y las herramientas, dos aprendices desbastaban tablas con el cepillo.

Cristina se llevó los dedos a las ventanas nasales pero, ¡achís!, no pudo contener un estornudo. Uno de los chicos dijo:

—Espera aquí. —Y se dirigió hacia la oficina, que estaba en un altillo.

Cristina, intrigada, miró junto al contador de la luz. Había allí una repisa en la que solían dejar recibos, correspondencia, etcétera. Le extrañó que ese día la repisa estuviera vacía. Notó trasiego en el altillo.

—Ahora voy —oyó.

—Cuando pueda —dijo ella.

El que había hablado era un navarro fuerte y coloradote apellidado Ochoa. Debido a la alta demanda de motores de gasógeno, los talleres mecánicos no paraban de prosperar. Hacía casi un año que el padre de Balbino había trasladado el suyo a una nave más grande y mejor situada, con espacio para la compraventa de vehículos. Ochoa había establecido la ebanistería en el local del antiguo taller. Las cartas que Eloy escribía a su hermana seguían llegando a esa dirección.

—Voy —volvió a decir el hombre desde arriba.

La escalera era de forja, semicircular, con unos peldaños estrechos y asimétricos que exigían la máxima atención. El hombre no soltó la barandilla hasta que estuvo abajo. En la mano libre llevaba un sobre.

Cristina reconoció la caligrafía de Eloy.

—Eres la hermana de Balbino… —Ochoa alargó tanto la última sílaba que la afirmación se convirtió en pregunta—. Viniste hace unos meses.

Luego seguiste viniendo…

Los dos aprendices habían soltado sus herramientas y se mantenían atentos.

—Pues sí que está ocupado ese chico.

—Mucho. —Cristina tragó saliva—. El otro día…

—El otro día me encontré con su padre. Y me dijo que Balbino no tiene hermanas. Digo yo que no se habrá equivocado… ¡Siendo el padre! —

El hombre, para celebrar su propia ocurrencia, echó un vistazo hacia sus empleados. Luego se puso serio—. ¿Quién eres? ¿Por qué te haces pasar por otra persona? ¿Y por qué tienes tanto interés en estas cartas?

—Aunque ponga Balbino, son para mí.

Ochoa levantó el sobre y lo miró al trasluz.

—¿Qué hay aquí? ¿Dinero? —Leyó el remite—. Viene de Córdoba. ¡O

sea que tienes un novio cordobés!

—Démela. Es mía.

A Cristina le temblaba la voz. El otro, en cambio, parecía disfrutar.

—¿Sabes qué voy a hacer? La voy a abrir y la voy a leer. Así saldremos de dudas.

—¡No tiene derecho!

Ella alargó la mano hacia el sobre y él lo retiró con presteza. Luego ella trató de sorprenderle por el otro lado y nuevamente él fue más rápido cambiándoselo de mano… Desde lejos podría parecer que estaban jugando.

Cristina, con lágrimas en los ojos, lanzó un último zarpazo antes de desistir y salir corriendo.

—¡Espera! ¡No te vayas! —oyó a su espalda, pero ni siquiera se volvió a mirar.

Regresó por la noche con Virgilio, que no paraba de refunfuñar:

—¡No sé cómo me he dejado convencer! ¿No te das cuenta de que estoy fichado?

Habían pasado varias veces por delante para inspeccionar el terreno.

La puerta estaba cerrada y las luces apagadas. No parecía haber nadie dentro pero, para estar seguros, el chico tenía que acercarse y llamar con los nudillos.

—¿Y qué hago si abren?

—Di cualquier cosa. Que te has equivocado.

Cristina parecía tenerlo todo planeado. Tras comprobar que, en efecto, el taller estaba vacío, se metió por un callejón cercano y se encaramó a una tapia. Como no tenía linterna, había comprado unas cerillas largas, de las que usaban los señores para los puros. Prendió una y la mantuvo encendida

hasta que la llama le rozó las yemas de los dedos. No se veía nada de lo que había en el patio. Prendió otra, y lo mismo. Podía ser que hubiera una zanja, un pequeño huerto, un cobertizo… El chico, que la seguía a regañadientes, estaba ya a su lado.

—Voy a saltar —susurró ella.

—¿Estás loca?

—Ya no me puedo echar atrás.

—¡Haz lo que quieras!

Cristina se meció a un lado y a otro. Luego deslizó el culo hasta el borde de la tapia y se dejó caer poco a poco hasta que los brazos no dieron más de sí y se soltó del todo. Sonaron casi a la vez un ruido metálico, un gemido de dolor y un maullido furioso.

—¿Estás bien? —dijo Virgilio.

Entre las sombras de allá abajo se abrió paso la tenue claridad de una llama. Se veían unas puertas viejas, unos marcos de ventanas, una carretilla medio volcada. Cristina había aterrizado sobre la carretilla, que estaba tapada con una lona, y la había derribado. Ahora, cubierta en parte por la lona, encendía una cerilla detrás de otra para terminar de orientarse.

—Allá voy —anunció el chico.

Se descolgó con cuidado, apartó la carretilla y tendió una mano a su amiga. Esta señaló un rincón en el que brillaban unos acusadores ojos de gata. Pese a la oscuridad, se veía que era una gata inmensa, probablemente a punto de parir.

—¡Menudo susto que le he dado!

Encontraron la puerta del almacén, que estaba cerrada con un simple pestillo. Bastó con un par de empujones para abrirla. El fresco de la noche había diluido los olores, pero el polvo del serrín permanecía en el aire.

¡Achís, achís…! Cristina estornudó una, dos, tres veces seguidas.

—¿Quieres parar? —dijo Virgilio, irritado.

Fue dejar de estornudar y empezar a reír. Con los nervios le había dado la risa floja y no podía parar. Mientras ella trataba de contenerse, él no cesaba de soltar bufidos. Del almacén pasaron al taller y desde allí subieron al altillo. Las ventanas de la oficina daban a la calle, así que no podían arriesgarse a encender la luz. Cristina rebuscaba con una mano entre los

rimeros de papeles y carpetas mientras con la otra mantenía en alto la cerilla. Virgilio, entretanto, curioseaba aquí y allá. En la pared, entre calendarios y esbozos de muebles, había varias fotos de Ochoa con el uniforme de requeté. En una de ellas sostenía una bandera de España con el escudo navarro y llevaba un crucifijo enorme colgado del cuello. Murmuró:

—¡Valiente meapilas! —Y, sin pensárselo, la descolgó e hizo el gesto de lanzarla al suelo.

—¡Déjala donde está!

—¿A ti qué más te da? —replicó Virgilio, que sin embargo obedeció.

Cristina le pasó las cerillas. Era una manera de tenerlo ocupado.

—Enciende tú. Y alumbra por aquí. Por la mesa.

Entre las páginas de un libro de contabilidad asomaban varios sobres.

Uno de ellos era el de Eloy. Cristina lo cogió y se lo acercó a los labios, como si fuera a besarlo. Virgilio se agachó y abrió uno de los cajones de abajo.

—¡Mira!

Colocó sobre la mesa un objeto cuadradote, recio. Era una de esas huchas de acero que llamaban caudalitas . Tenía la llave puesta. La abrieron. Junto a unos sellos y algunas monedas, quedaron a la vista tres apretados fajos de billetes, doblados sobre sí mismos y sujetos con gomas.

Eran billetes de cien pesetas. Virgilio y Cristina se miraron en silencio. Al chico la codicia le brillaba en los ojos.

—Necesitamos una imprenta y ¡mira por dónde…!

—¿Necesitamos? A mí no me incluyas.

Virgilio agarró un fajo, lo desdobló y, pasando por el canto la yema del pulgar, calculó la suma total.

—Con esto habrá suficiente. ¡Para una imprenta de las buenas!

Cristina le señaló con el dedo.

—Vuelve a dejar todo eso en su sitio. ¿No ves que, si falta algo, irán a por mí?

—A lo mejor, si cogemos solo un poco… —Se hacía el remolón.

Cristina le quitó los billetes, les puso la goma y los guardó en la hucha junto a los otros fajos. Luego cerró la hucha con llave y la devolvió al cajón. Virgilio la dejaba hacer.

—¿Quién te dice a ti que no voy a volver dentro de un rato? —dijo—.

Sabiendo cómo se entra y dónde está…

—Tú eres tonto. Si me detienen a mí, el siguiente eres tú. ¿No lo entiendes? —Le quitó la caja de cerillas—. Y ahora vámonos.

Estaban cerca de la Colonia Moscardó, un barrio de casas baratas, todas idénticas, de tres alturas, alargadas, blancas, que vistas desde lejos parecían fichas de dominó. En torno a la colonia no había más que explanadas y desmontes sin iluminar por los que daba miedo caminar.

Había que llegar hasta el puente del Matadero para volver a ver alguna farola, algún rótulo luminoso, algún vehículo con los faros encendidos.

Cruzaron el Manzanares y Virgilio hizo una señal con la cabeza.

—Por ahí conozco yo una taberna. Por la zona de Yeserías.

La taberna no estaba donde él decía, pero acabaron encontrándola. En las paredes había azulejos con propaganda de Anís del Mono, carteles de corridas de Marcial Lalanda y fotos de los futbolistas del Atlético Aviación que habían ganado la Liga un par de temporadas atrás. Las ventanas eran de cuarterones, con postigos verdes repintados y vueltos a pintar. Los cristales, gastados o sucios, parecían empañados como en las tardes de lluvia. El camarero les sirvió un platillo de aceitunas en adobo y un vino de Valdepeñas oscuro, casi negro, y cargado de posos. Cristina no le prestó atención. Sacó la carta. Al ver la cuartilla manoseada, no pudo ocultar su rencor:

—¡Qué hijo de mala madre el ebanista! La ha leído.

Luego la leyó ella, para sí y haciendo leves gestos de asentimiento.

Parecía contenta pero, cuando por fin dijo algo, sonó como un sollozo:

—Casi prefiero que no me escriba.

—¿Pero por qué dices eso?

—¡Para lo poco que cuenta…!

Virgilio comía aceitunas frenéticamente. Se deshacía de los huesos lanzándolos a una palangana de loza que servía de escupidera. No fallaba nunca.

—No te pongas así, mujer. —Trataba de consolarla pero no sabía cómo.

Cristina, sin reparar en lo contradictorio de su propia actitud, añadió:

—¡Y ahora, encima, no podré volver por ese sitio a recoger sus cartas!

—Se le quebró la voz—. ¿Cuándo volveré a tener noticias suyas?

—Pero si acabas de decir que casi no cuenta nada… —dijo él, y ella replicó, muy digna:

—¡Sé muy bien lo que acabo de decir! Mi hermano me seguirá escribiendo y sus cartas se irán amontonando. ¿A ti te haría gracia saber que un desconocido tiene unas cartas tuyas y que nunca las podrás leer?

Cogió otra vez la cuartilla y, en un estado de total recogimiento, releyó en voz baja alguna frase:

—«¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que las cosas dejen de pertenecernos?»

Tenía los ojos húmedos, como a punto de llorar, y cuando elevaba la vista parecía una Inmaculada de Murillo. De repente, se incorporó con gesto resuelto y rompió aquel papel en trozos muy pequeños, que tiró a la palangana, junto a los gargajos y los huesos de aceituna.

—¡Hala! —exclamó, hinchando los carrillos como para hacer una pedorreta.

—A ti no hay quien te entienda —dijo el chico, meneando la cabeza.

Las paredes todavía olían a pintura. Gloria dejó la chaqueta en el perchero y saludó con una sonrisa a la bibliotecaria, que estaba ordenando unos estantes medio vacíos. Luego colocó sus cosas en el extremo de una de las largas mesas, cerca del mirador que daba a la calle Ramón de la Cruz, cerca también de la estantería de los diccionarios. La Casa Americana había inaugurado su biblioteca a principios de año. Gloria iba todos los sábados por la tarde y se sentaba siempre por la misma zona. Le gustaba tener los diccionarios a mano para sus ejercicios de inglés. Era una estudiante aplicada y metódica. Copiaba los enunciados, incorporaba las soluciones y comprobaba los aciertos y los errores, que luego repasaba en su casa.

Cuando terminaba con los ejercicios probaba a traducir algo: un poema, un fragmento de novela, un artículo de una revista. Entonces los diccionarios y los manuales revelaban con crudeza sus limitaciones. ¡Cuántos matices importantes se perdían por el camino! Gloria había descubierto que la

lengua era a veces como una ostra con una perla en su interior y que en las traducciones la ostra casi siempre acababa vacía, sin la perla. Sacó un lapicero del plumier, abrió el cuaderno y empezó a transcribir el primer ejercicio.

— Everything fine? —oyó.

Era Frances, la bibliotecaria, que depositó a su lado un ejemplar de Life .

— Everything ok —asintió ella.

Frances respondía a la imagen que se tenía de las norteamericanas: pálida, con la cara llena de pecas y un eterno aire juvenil, con la melena más corta y la ropa más moderna que las españolas. Precisamente porque había tenido que recurrir a ella para consultar sus dudas, habían acabado entablando amistad. La norteamericana le escogía textos para traducir, le recomendaba lecturas (casi siempre de Hemingway y Steinbeck) y le daba conversación en inglés. A cambio, Gloria la ayudaba a perfeccionar su español, le enseñaba rincones pintorescos de la ciudad y la invitaba a tomar cócteles de champán en el Embassy, que estaba a solo una manzana de allí y era la única cafetería con ambiente cosmopolita que conocía.

Completó la tanda de ejercicios y agarró el Life . En la cubierta aparecía fotografiada una joven con trenzas que había llegado a piloto de las fuerzas aéreas estadounidenses. Estaba sentada en el ala de un avión de combate y llevaba puesto un mono de mecánico. En España una foto así era impensable. En España cualquier mujer que hiciera un trabajo masculino levantaría todo tipo de suspicacias, como las madrileñas que durante la guerra se habían hecho cargo de los tranvías para que los hombres pudieran marchar al frente.

Echó un vistazo al índice y escogió un artículo sobre la penicilina. El texto hablaba de unos laboratorios en el estado de Illinois en los que habían conseguido acelerar la producción del antibiótico, lo que reducía drásticamente los costes. Si tres años antes el precio de una dosis era desorbitado, ahora no pasaba de los veinte dólares, y se calculaba que en muy poco tiempo llegaría a estar por debajo de un dólar. Entonces, y solo entonces, empezaría a distribuirse la penicilina por todo el mundo y se daría un paso de gigante para erradicar enfermedades que habían azotado a la

humanidad desde el principio de los tiempos… Volvió a notar la proximidad de Frances, que recorría los pasillos entre las mesas ofreciendo con gestos de azafata ejemplares de Semanario Gráfico . A las personas con las que no tenía familiaridad les advertía:

—Léaselo aquí pero no se lo lleve a casa. —Y bajaba la voz para añadir—: Hay policías que lo consideran propaganda política.

Era el boletín de la delegación madrileña de la Office of War Information, apenas media docena de folios ciclostilados y grapados por una esquina. A diferencia de las noticias siempre sesgadas que difundía la prensa española, las de Semanario Gráfico , libres de censura, se consideraban fidedignas. Como se publicaba precisamente los sábados, esos días era habitual el ir y venir de jóvenes que acudían a informarse de las últimas novedades sobre la guerra. A Gloria le parecía que ese trasiego había aumentado los últimos sábados, debido seguramente al curso que estaban tomando los acontecimientos. En lo que llevaban de otoño todo habían sido malas noticias para la Alemania de Hitler: los bombardeos de las aviaciones británica y norteamericana habían certificado su hegemonía en el cielo europeo, Italia había cambiado de bando y declarado la guerra a su antiguo aliado… Hasta Franco, adelantándose al desenlace del conflicto, había abandonado a Alemania para regresar a la neutralidad y ordenar la repatriación de la División Azul. Ahora España se definía como una democracia «orgánica», lo que, según los ideólogos del régimen, quería decir jerárquica, unitaria, nacionalsindicalista, cristiana, ordenada y justa.

Al llegar junto a Gloria susurró:

—A ti no hace falta que te diga nada.

Era cierto que había policías que merodeaban por la entrada y recelaban de las publicaciones de la embajada. Como no se podía descartar que alguno de ellos se asomara de vez en cuando a fisgonear en la biblioteca, nadie se arriesgaba a hacer comentarios en voz alta y mucho menos a exteriorizar su satisfacción por las desventuras del ejército alemán, que tras la debacle de Stalingrado había perdido el aura de invencibilidad.

Sin embargo, a pesar de los silencios y los disimulos, en todos esos lectores que aparecían los sábados para echar un vistazo al boletín de la OWI creía percibir Gloria una alegría y un optimismo difíciles de ocultar.

De vez en cuando, Frances salía al mirador a fumar un cigarrillo y Gloria le hacía compañía. Para cerrar la puerta, que carecía de picaporte exterior, tenían que arrastrar el canto de la hoja con la punta de las uñas, cuidándose de apartar a tiempo la mano. Gloria comprobó que la puerta quedaba medianamente encajada y dijo:

—Un día me voy a pillar los dedos.

—¡Qué luz tan linda! —exclamó su amiga, que había aprendido español en México.

A esas horas de la tarde, las cristaleras reflejaban unos rayos de sol que llegaban desmayados, perezosos, como deslizándose por los tejados. Sacó el paquete de Camel y se encendió un cigarrillo.

—Es como si estuviéramos dentro de una burbuja. —Echó el humo por la nariz—. ¿Qué estás traduciendo?

Gloria resumió el artículo, insistiendo en el hecho de que en muy pocos años la penicilina salvaría millones de vidas en todo el mundo.

Añadió:

—¿Sabes por qué me gusta tanto venir aquí? Porque es como vivir en el futuro. En un futuro mejor. Dentro de un tiempo se curarán enfermedades que ahora son incurables. Dentro de un tiempo se podrán leer libros que ahora están prohibidos. —Hizo un gesto hacia la sala de lectura y su ejemplar de Life —. Dentro de un tiempo las mujeres pilotaremos aviones… ¡Aviones de combate!

La americana subió y bajó los brazos como si fueran alas, al tiempo que hacía con los labios un ruido de petardeo. La española le siguió el juego imitando el sonido de una explosión. Rieron las dos. Luego Gloria bajó la voz:

—¿Sabes que el Embassy está lleno de espías?

—¿Quién te lo ha dicho?

—Mi marido. Espías ingleses, alemanes… ¡Y nosotras ahí, tan tranquilas, tomándonos nuestro cóctel!

—A mi manera, también yo soy una espía.

Gloria volvió a reír, pero su amiga no hablaba totalmente en broma.

—¿Para qué te crees que estoy aquí? Para convencer a los españoles de que nuestro modo de vida es preferible al de los otros países. Para predicar la fe en Estados Unidos.

—Pues las novelas que me recomiendas son muy críticas con tu país.

—Pero son mi país. ¿Qué te crees? ¿Que mi gobierno prefiere que leas novelas alemanas aunque sean contrarias a Hitler? —A través del cristal señaló una de las estanterías del fondo—. ¿Ves esas revistas de allí?

Era la sección de arquitectura y decoración: The American Home , Architectural Record , House Beautiful , House & Garden … Algunas de ellas estaban entre las lecturas habituales de Gloria, que asintió con la cabeza. Frances prosiguió:

—Algún día viviréis en casas así, como las nuestras, y… —Se entretuvo aplastando la colilla en el cenicero, lo que impacientó a la otra.

—¿Y?

—…Y mi gobierno ya no se preocupará por lo que leéis o no leéis.

Gloria tuvo nuevamente la sensación de que su amiga hablaba bastante en serio. Prefirió bromear:

—Pues para ser espía no das demasiado miedo.

Volvieron a sus sitios. Pasado un rato, Frances vio que un hombre se asomaba a la sala con expresión apurada y como buscando a alguien. Era Félix Benítez, pero ella aún no lo conocía. Salió a ver. Llegó al pasillo a la vez que Gloria. La conversación entre los dos cónyuges fue breve y llena de sobrentendidos. Félix silabeó, sin llegar a pronunciarlo del todo:

—Tu padre.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Gloria recogió sus cosas y se detuvo un instante delante de Frances, que dijo:

—¿Qué ocurre? ¿Algún problema? Espero que no sea nada grave.

—Me tengo que ir. Ya te contaré. —Y, poniéndose la chaqueta sobre los hombros, corrió a colgarse del brazo de su marido.

El taxi los estaba esperando. Cruzaron la avenida del Generalísimo y recorrieron Bravo Murillo hasta más allá de Tetuán de las Victorias. De repente estaban en Valdeacederas, una barriada miserable, de calles

Seguir: parte 2 de 4