Cena en el palacio de la discordia

Tim Powers · Capítulo 1 de 15

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Cena en el palacio de la discordia

Capítulo 1

Libro primero

Lo que pueda llevar en una mano

Y de pronto, nuestro beso no tuvo sentido

y tu rostro iluminado crece, allí donde yacemos más solitario y terrible que la luz del sol, y sordo y loco y ciego como el cielo.

RUPERT BROOKE

1

Acuclillado sobre la cima oxidada del camión, Modesto se cruzó más todavía la chaqueta sobre el pecho, se echó hacia atrás el sombrero y observó la ciudad. En aquel momento, no había nadie que resultara lucrativo de observar, pero al chico le gustaba subir allí para estar al tanto de las idas y venidas en general, sólo para mantenerse en forma. Bajo él, a la izquierda, estaba la zona de la Puerta Sur, ni mucho menos tan frecuentada como de costumbre a causa de la reciente lluvia, y más allá, hacia el sudeste -dirección que casi siempre estaba a favor del viento-alcanzaba a ver los senderos enlodados de Dogtown, cubiertos por los jirones de humo que se alzaban de los fuegos eternos de las zanjas llenas de basura.

El chico escaló la ruinosa cabina para sentarse sobre la capota y mirar hacia el norte. El destrozado camión, tan inamovible como la pared de cemento contra la que estaba encajado, no se movió bajo su peso; en realidad, nunca se había movido, o al menos nadie lo recordaba.

Las torres eran desmañadas pinceladas negras contra el cielo grisáceo del norte, y en la esquelética cumbre de la Torre Crocker alcanzaba a ver brillantes puntos anaranjados que sabía eran antorchas; los vigilantes nocturnos habían llegado temprano, y Modesto sabia que sus catalejos estarían dirigidos hacia el este, a la espera de cualquier atisbo del ejercito que se rumoreaba se aproximaba desde San Berdoo. Y aunque ni siquiera Modesto podía verlos desde allí, sabia que al norte, en las granjas del exterior, había hombres armados a caballo, patrullando la Autopista Golden Age, desde la Autopista Berdoo, al norte, hasta la Ploman al sur.

A diez metros por debajo de su posición, vio un grotesco vehículo que avanzaba hacia el sur por la calle Fig en dirección a él, y con una sonrisa medio admirativa medio despectiva, lo identificó como el carromato de Greg Rivas, el famoso pelicanista. Como la mayoría de los chicos de su

edad, Modesto consideraba que tocar el pelícano era una especie de curiosidad histórica algo embarazosa, que conjuraba implausibles imágenes de los padres de uno cuando eran jóvenes y alocados… Desde luego, a Modesto le interesaban mucho más los ritmos más consistentes y definidos del Resto, y los nuevos bailes como el Desguace, la Tenacilla o el Paso de Insecto.

Con un crujir de ejes y una alteración del ritmo en el sonido de los cascos de los caballos, el vehículo giró hacia el oeste para entrar en el Bulevar Woolshirt, y Modesto comprendió que Rivas llegaba temprano al espectáculo musical de aquella noche en el bar de Spink.

Aburrido, el chico centró su atención otra vez en las luces excitantes y ominosas de la Torre Crocker.

El carruaje consistía en una carrocería de Chevrolet, vieja pero perfectamente pulimentada, colocada sobre una plancha de madera tirada por dos caballos, y aunque la lluvia de aquella tarde había deslustrado los colores y empapado los gallardetes, era con mucho el vehículo más impresionante que circulaba por el Bulevar Woolshirt. Las viejas supersticiones, según las cuales la lluvia era venenosa, habían hecho que la multitud habitual se quedara en casa aquel día, y sólo dos chicos salieron de un portal apartado y se dispersaron.

–¡Rivas! ¡Hurra, es Gregorio Rivas! – gritaron, algo mecánicamente.

Rivas apartó a un lado la cortina de cuentas que colgaba en lugar de la puerta, largo tiempo desaparecida. Saltó a la superficie plana del carromato y, entrecerrando los ojos bajo la llovizna, se afianzó allí mientras su conductor hacia restallar las riendas y detenía el chirriante vehículo delante del edificio que era su destino.

Como la mayoría de las estructuras que se alzaban en la ciudad de norte a sur, esta era un cascarón de cemento bien conservado, con trozos de madera tallada rellenando los huecos donde otrora el cristal se había extendido a lo largo de metros y metros. El edificio tenía tres pisos de altura y, también típico de la zona, el muro superior, ahora decorado con multitud de estacas, adornos y banderas descoloridas por el sol, lucía una grieta desigual. Sobre la puerta habían colocado tiras de metal y cristal coloreado para formar, con letras de treinta centímetros, el nombre SPINK.

–Basta -dijo Rivas a los chicos-. Dejadlo por hoy, no hay nadie.

Además, creo que necesito un par de apuntadores nuevos… Últimamente,

hasta los malditos loros parecen más entusiastas que vosotros.

Como para darle la razón, uno de los loros que tenía su nido en la copa de la palmera más cercana, exclamó:

–¡ Rivas! ¡ Rivas!

–¡ Hurra! – añadió otro desde otra palmera, calle abajo.

–¿Lo veis? – señaló Rivas mientras buscaba en el interior del carromato su sombrero y la funda de vinilo de su pelícano-. Creo que es porque trabajan gratis, por amor al arte.

Se puso el sombrero, miró a su alrededor en busca de una zona de pavimento sin charcos, y saltó.

–Pero nosotros no, tío -señaló alegremente uno de los chicos.

Los dos extendieron las manos.

–Pequeños asnos mercenarios -murmuró Rivas.

Se sacó un par de tarjetitas blancas del bolsillo del chaleco y entregó una a cada niño.

–Son de un vasito cada una, debería daros vergüenza aceptar tanto.

–Nos la da, tío, en serio.

Los dos corrieron de vuelta hacia su refugio en el portal.

Rivas se detuvo un instante bajo el toldo del restaurante para colocarse en un ángulo adecuado el antiguo sombrero y peinarse con los dedos la barba oscura estilo Van Dyke. Por ultimo, empujó las puertas batientes y entró.

Pero un momento después fruncía los labios en gesto de irritación, porque había desperdiciado su cuidadosa entrada… Los candelabros colgantes, que habían sido bajados tras el almuerzo, seguían en el suelo, apagados, y la habitación estaba tan oscura que, de no ser por los leves olores de la cerveza y la grasa rancia, el lugar habría parecido una iglesia vacía.

–Maldita sea -se quejó al golpearse el pie contra uno de los candelabros, antes de saltarlo-. ¿Dónde estás, Mojo? ¿Cómo es que aún no has encendido estos trastos?

–Todavía es temprano, Greg -le llegó una voz desde la cocina-. Ahora lo haré.

Rivas sorteó las ruedas de madera que eran los candelabros para dirigirse a la barra, levantó la sección sujeta con bisagras y entró tras ella. A tientas, encontró la pila de vasos limpios, y manejó la bomba con

impaciencia para llenar el grifo de cerveza. El sonido levantó ecos en la gran habitación.

–Hay una botella abierta de Moneda Barrows -le gritó Mojo desde la cocina.

Rivas frunció las comisuras de la boca en una especie de sonrisa invertida.

–Prefiero cerveza -dijo con voz calculadamente indiferente.

Abrió el grifo y dejó que el chorro de cerveza fría le llenara el vaso.

El viejo Mojo salió de la cocina caminando pesadamente, con una temblorosa lámpara de aceite en la mano, y se inclinó sobre el candelabro para encender las velas con ella.

–Claro -dijo con aire ausente-, no lo gusta mucho el Barrows, ¿eh?

–Siempre bebo cerveza o whisky -respondió Rivas como sin darle importancia-. ¿Han llegado ya Fandango o los gemelos?

–Fandango si…, ya ha dejado algunos de sus tambores en el escenario.

Ha salido a por el resto.

En aquel momento se oyeron unos pasos arrastrados en la habitación de la parte de atrás, y les llegó una voz:

–¿Eres tú, Greg? ¿Te importa ayudarme con estos?

–Lo que pueda llevar en una mano, Tommy.

Se colocó el maletín del pelícano bajo el brazo y, bebiendo la cerveza mientras caminaba, Rivas se dirigió parsimoniosamente a la habitación trasera, cogió a Fandango uno de los tambores más pequeños y volvió al escenario, ahora algo más iluminado.

Fandango dejó cuidadosamente los tambores y se secó el sudor de la cara mofletuda.

–Uf -dijo, inclinándose sobre el escenario elevado-. Spink me preguntó esta mañana cuando llegarías -señaló en tono confidente.

Rivas dejó el tambor que había transportado y miró al hombre más joven.

–¿Y?

–Bueno, no se, pero parecía enfadado.

–¿Y cómo lo supiste? Seguro que hasta duerme con esa sonrisa.

–Quería hablarte sobre algo. – Fandango evitó mirar a Rivas concentrándose en apretar la clavija de un tambor-. Eh… quizá sobre esa chica.

–¿Quien, la tal Hammond? – Rivas frunció el ceño, incómodamente consciente de que Fandango había estado saliendo con la chica y se la había presentado-. Oye, al final resultó que estaba chiflada.

–Si hay que fiarse de ti, todas lo están.

–Bueno, es que la mayoría están chifladas -le espetó Rivas mientras subía al escenario-. No es culpa mía.

Desató los nudos que mantenían cerrado el maletín de vinilo, levantó la tapa y sacó el instrumento.

Aunque no media ni sesenta centímetros de largo, se decía que era el mejor de Ellay. El clavijero estaba tallado en caoba, con trastes de cobre y monedas de cobre pulido en lugar de clavijas. El cuerpo principal era una media esfera fabricada con diferentes maderas cuidadosamente pulidas y enceradas. El arco de crin estaba enganchado a la parte trasera del clavijero, y el perfil del instrumento recordaba a la cabeza de un pelícano: el cuerpo era la gran bolsa, y el largo clavijero había las veces de pico.

Puso el maletín en el suelo del escenario, se sentó en un taburete con el pelícano sobre las rodillas e hizo un punteo rápido, con ritmo de bala, casi átono; luego se lo puso al hombro, liberó el arco y lo pasó experimentalmente sobre las cuerdas, arrancándoles una nota melancólica.

Satisfecho, dejó el instrumento en el maletín abierto, y colocó el arco a un lado. Alzó su vaso de cerveza.

–De cualquier manera -dijo tras beber un sorbo-, Spink no se molestaría por una tontería así. Demonios, estamos en el undécimo año del Séptimo As…, todo eso de la castidad y la fidelidad eterna se largaron por la puerta Dogtown antes de que tú y yo naciéramos.

Como sucedía a menudo, sobre todo últimamente, Fandango no supo decir si Rivas estaba siendo sincero o amargamente irónico, así que dejó de lado el tema y se dedicó a colocar los soportes de los tambores en torno a su propio taburete.

–Oye -aventuró en voz baja unos minutos después-, ¿quien es ese tipo que esta junto a la ventana?

Mojo ya había encendido gran numero de los candelabros colgantes, y el rincón de la sala donde estaba la cocina estaba suficientemente iluminado como para mostrar a un hombre de constitución recia, sentado junto a una mesa a la derecha de la ventana que daba a la calle.

Rivas lo miró un momento, incapaz de saber bajo aquella luz incierta si el hombre miraba o no en su dirección, o siquiera si estaba despierto.

Luego, se encogió de hombros.

–Jaybush sabe.

–Y no nos lo dirá -asintió Fandango-. Oye, ¿seguiremos haciendo sobre todo bala esta noche? He estado practicando algunas canciones más recientes, unos cuantos números de esos de paso de insecto, y me parece…

Rivas apuró la cerveza.

–¡Atrapa esto! – exclamó.

Lanzó el vaso en una parábola alta en dirección a Mojo, que alzó la vista cansado, dejó la lámpara en el suelo y cogió el vaso antes de que se estrellara contra el suelo.

–Maldita sea, Greg… -murmuró mientras se ponía en pie y caminaba hacia el bar.

–Si -dijo Rivas, frunciendo un poco el ceño al observar el paso cansino del anciano-, bala. Nadie paga por ver a Rivas haciendo paso de insecto.

«No -pensó-, para eso queréis a esos chicos salvajes que vienen del sudeste de la ciudad Dogtown, los chicos que dependen de la ferocidad de sus voces y del caos de sus instrumentos para compensar su falta de habilidad musical.»

–¿Por que lo dices? – siguió.

–No tengo bien cogido el ritmo -se quejó Fandango-. Si al menos me dejaras tocar al mismo tiempo que tú, o al menos al mismo tiempo que cantas, se me daría mucho mejor. Pero eso de una tercera y una cuarta voz, todas a ritmos diferentes, pero teniendo que alcanzar los altos y los bajos al unísono…

–Haremos bala -replicó Rivas con firmeza.

Pasaron unos instantes.

–¿Vas a tocar Bebiendo solo? – insistió Fandango-. Es la más difícil.

–Cristo, Tommy -respondió Rivas, impaciente-, es lo trabajo. Sí, pienso tocar esa canción. Si no lo quieres aprender todo el repertorio, ya te puedes dejar crecer la barba y ponerte a pedir en la calle.

–Bueno, claro, Greg, pero…

–¿Crees que llegue aquí desde Venecia trabajando así?

–No, Greg.

–Condenadamente cierto. Creo que será mejor que la repasemos antes de que empiece el espectáculo, para que practiques un poco.

Antes de que Fandango pudiera replicar, una silla se desplazó en el rincón, y el hombre que ocupaba la mesa junto a la ventana se levantó y habló.

–Señor Rivas, me gustaría hablar con usted antes de que empiecen.

Rivas miró al hombre con una ceja arqueada. «¿Qué es esto? – pensó-.

¿Un desafío por alguna hija o esposa ultrajada? ¿O un contrato para actuar en alguna fiesta privada?» Al menos, el hombre vestía de una manera respetable, con una conservadora camisa de lino blanco, pantalones a juego y un cinturón Sam Brown de piel oscura… en contraste con el llamativo chaleco de plástico rojo y el sombrero de ala ancha que lucía Rivas.

–Claro -dijo este tras una pausa-. Dispare.

–Es un asunto personal. ¿Podríamos discutirlo aquí, quizá con unas copas?

–De acuerdo.

Mojo regresó al escenario con el vaso de cerveza lleno, justo en el momento en que el pelicanista bajaba de un salto.

–Gracias -dijo Rivas, cogiéndoselo-. Y un vaso de lo que sea para aquel caballero.

Mojo se volvió hacia el desconocido.

–Un trago de ese Moneda Barrows, por favor -fue la respuesta de éste.

Rivas se dirigió a la mesa del hombre, con la cerveza en la mano derecha para tener libre la del cuchillo. Cuando llegó, empujó con el pie otra silla para él.

Mojo llegó un momento después con el vaso de coñac, lo colocó ante el desconocido, y retrocedió un paso mientras se aclaraba la garganta.

–A mi cuenta, Mojo -dijo Rivas sin apartar los ojos del desconocido…

que, según advirtió, no tenía pelo en la cabeza, ni siquiera cejas o pestañas.

–No, insisto -dijo el hombre-. Y también la cerveza del señor Rivas.

¿Cuánto es?

–Eh…, media pinta.

El desconocido sacó un monedero de la bolsa de su cinturón, lo abrió y tendió a Mojo una tarjeta de un quinto. Mojo la recogió y se marchó con paso cansino.

–No se preocupe por el cambio -le dijo el hombre.

Mojo aminoró la marcha.

–Gracias, amigo -respondió con una voz de la que no pudo eliminar una nota de agradable sorpresa.

–¿Y bien? – dijo Rivas.

El hombre dirigió a Rivas una sonrisa claramente gélida.

–Me llamo Joe Montecruz. Me gustaría contratar sus servicios.

Aunque todavía estaba algo asombrado, Rivas se relajó y se apoyó en el respaldo.

–Bien, claro. ¿Quiere también una banda de acompañamiento, o sólo a mí? Yo cobro veinte quintos por noche, y esta banda siete. Si reúno un grupo mejor, costara más, claro. Además, tengo todas las fechas ocupadas hasta…

Montecruz levantó una mano.

–No, no. No me ha entendido. No quiero contratarle por su talento musical.

–Oh. – «Debí suponerlo», se dijo-. Entonces, ¿de qué se trata? –

preguntó como era su obligación, solo para asegurarse de que estaba en lo cierto.

–Quiero que lleve a cabo una redención.

Estaba en lo cierto.

–Lo siento, me he retirado.

La sonrisa no del todo amistosa de Montecruz no vaciló.

–Creo que puedo hacerle una oferta que le sacara de su retiro.

Rivas mentó la cabeza.

–Mire, no intentaba hacerle subir el precio. Lo he dejado. Ahora gano mucho con la música…, y, de todos modos, tengo treinta y un años. Ya no poseo los reflejos y la vitalidad que hacen falta. – Ni tampoco la suerte, pensó con amargura-. Y han pasado años desde la ultima…, el terreno había cambiado. Como siempre.

Montecruz se inclinó hacia adelante.

–Rivas -dijo con tranquilidad-, estoy hablando de cinco mil quintos de Ellay.

Rivas alzó las cejas con sincero respeto.

–Bonita cifra -admitió-. No hay ni cincuenta personas en Ellay que pudieran soñar con conseguir un préstamo tan elevado. – Bebió un largo trago de cerveza-. Pero estoy retirado. Sencillamente, no quiero volver a

arriesgar mi vida y mi cordura por desconocidos. Pero hay otros redentores.

Demonios, por cinco mil podría contratar diez veces a Frake McAn.

–¿McAn es tan bueno como usted?

–Infinitamente mejor, puesto que yo ya no lo hago. Gracias por la cerveza… Y ahora, de verdad, tengo que enseñar a ese estúpido de tamborilero lo que quiero que haga.

Se puso de pie.

–Un momento -dijo rápidamente Montecruz, alzando la mano y empezando a parecer menos confiado-. Usted es el único que ha llevado a cabo ocho redenciones.

–Seis. Dos entraron en la Ciudad Santa antes de que los alcanzara.

–De acuerdo, seis. Aún sigue teniendo el récord. El padre de la chica quiere al mejor, y escuche, esta no será tan difícil como las otros. Lo único que tiene que hacer es localizarla, la familia llevara a cabo el secuestro y la cura…

–La familia puede hacerlo todo -replicó Rivas, irguiéndose-. He dicho que lo he dejado, y va en serio. Puede contratarme como pelicanista, o como escritor de canciones, siempre que quiera… Ahora, son mis únicas ocupaciones.

Dio media vuelta y echó a andar hacia el escenario, pero Montecruz, ágil para un hombre tan grueso, rodeo la mesa y agarró a Rivas por el codo cuando éste sólo había dado cuatro pasos.

–¡Subiremos a diez mil! – siseó.

Exasperado, Rivas se volvió hacia el hombre.

–Ya le he dado mi respuesta.

Durante un par de segundos, el rostro de Montecruz quedó inexpresivo, con un aspecto extrañamente infantil.

–¿Para cantar? – dijo luego, con la voz aguda y cargada de un incrédulo desprecio-. ¿Ha dejado de salvar vidas…, ¡almas!…, para sentarse en un bar a cantar? Pero claro, sólo lo hizo mientras necesitaba dinero, ¿no? Y

ahora que puede ganarlo tocando, los demás pueden…, pueden ser destripados, despellejados, que a usted no le molestaría tanto como una arruga en su precioso traje, ¿eh? Debe de ser agradable ser la única persona digna de su atención.

Una sonrisa retorcida, sin alegría, había aparecido en el rostro del pelicanista durante el discurso de Montecruz.

–¿Por que no se va a casa y habla de cosas de las que entienda algo, mutante? – dijo cuando hubo terminado.

Había hablado en voz baja, pero Mojo y Fandango le oyeron y alzaron la vista, alarmados.

El insulto, especialmente cruel dado al aspecto de Montecruz, quedo suspendido en el aire durante varios segundos, y los músculos endurecidos de la barbilla de Montecruz hicieron que su rostro, repentinamente pálido, pareciera aún más ancho.

Rivas se sacudió la presa del brazo y retrocedió dos pasos, con la piel tensa sobre los pómulos y la mano izquierda cerca de la funda del cuchillo.

Por ultimo, Montecruz, cuya mano se había dirigido velozmente hacia su propio cuchillo, tomó aliento y luego lo dejó salir para tranquilizarse.

–No lo olvidare, Rivas -susurró-. Espere y verá.

Dio media vuelta y salió del edificio.

Cuando las puertas batientes se hubieron cerrado tras él con un crujido, Rivas miró hacia el techo y emitió un largo silbido. «He perdido el control -

se dijo-. Mejor será que dejes la cerveza, amigo…, ya has tomado suficiente aquí y en casa como para mantenerte engrasado toda la noche.»

–Dios, Greg -dijo Fandango asombrado mientras el pelicanista volvía al escenario-, estabas enfadado, ¿verdad? Me acabo de dar cuenta de que nunca lo había visto enfadado…, sólo gruñir un poco cuando algo no salía bien, ya sabes. ¿Qué te dijo para que le echaras así? ¿A qué se refería con lo de cantar, y lo de lo ropa? ¿Y qué vida quería que…?

–Oh, cállate, Tommy -dijo Rivas, cansado.

Mojo había encendido las brillantes lámparas situadas frente al escenario, así que se las arregló para que su expresión sólo fuera de cierto enfado mientras subía.

–No me puso furioso, ¿vale? Estoy cansado de que todo el mundo piense que tiene derecho a mi tiempo, eso es todo. Y no pretendía echarlo.

Recogió su instrumento y el arco de Grin, y le avergonzó advertir que le temblaban las manos. Las bajó rápidamente, y dirigió una mirada gélida al tamborilero, pero Fandango sacudía la cabeza mientras marcaba un ritmo rápido en uno de sus tambores, y era obvio que no lo había advertido.

–Pero le llamaste mutante -dijo el tamborilero-. O sea, a mí también me lo llamas cuando meto la pata de vez en cuando, pero ese tipo lo era…, era calvo, lo vi desde aquí.

–Si no lo aprendes este ritmo, empezare a pensar que eres un mutante mental -replicó Rivas-. Ahora, desde el principio, y que salga bien.

Dio tres golpes con el pie mientras Fandango fruncía el ceño en gesto de concentración, y luego empezaron a tocar.

Tuvieron que detenerse unos minutos después, cuando Mojo empezó a girar las ruidosas ruedas oxidadas que subían los candelabros encendidos hasta el techo. Pese a su resolución anterior, Rivas dejó el pelícano y se dirigió a la barra para volver a llenarse el vaso. Regresó y se sentó con las piernas cruzadas en el taburete, para limitarse a mirar con gesto ausente los rincones aún sombríos del techo, donde largos festones de polvorientos muñecos de papel colgaban como enormes telarañas por tres de las paredes.

Para cuando Mojo terminó su ronda por las ruedas, sólo unos cuantos clientes habían llegado y estaban sentados, y Fandango miró a Rivas con gesto inquisitivo, pero el pelicanista parecía haber olvidado su disgusto con el tamborilero. Entró más gente, y los candelabros dejaron poco a poco de girar mientras los jirones de conversación tenían un tono cada vez más elevado, y las risas y el chocar de vasos se hacían más frecuentes. Pero Rivas seguía distraído, y cuando llegó la pareja de gemelos chinos, típicamente silenciosos, con la guitarra y el carillón, la señal de saludo de Rivas fue tan inconsciente y automática como el estremecimiento en el flanco de un caballo cuando una mosca se posa sobre el.

Por ultimo, Fandango tuvo que darle un codazo.

–¡Atención, Greg! – susurró cuando apareció el propietario caminando entre las mesas, en dirección al escenario.

Steve Spink y Rivas tenían aproximadamente la misma edad y constitución -treinta y tantos, esbeltos pero con cierta tendencia a la obesidad en la cintura-, pero Spink, con su sonrisa rápida y su indisciplinada mata de pelo rubio, irradiaba una alegría infantil, mientras que el pelo oscuro de Rivas, la barba y las mejillas arrugadas le daban un aspecto casi teatral de desdén.

Spink se inclinó hacia el escenario mientras Rivas, sobresaltándose sólo un momento, saltó apresuradamente de su taburete, recogió su instrumento y parpadeó, sorprendido al encontrar la habitación llena.

–¿Estas bien, Rivas? – preguntó Spink con amabilidad.

–¿Eh? ¿Qué? – Rivas se dirigió al borde del escenario, y dio una patada involuntaria al olvidado vaso de cerveza. El vaso se rompió, y la cerveza

salpicó la costosa chaqueta de piel de Spink.

–Maldita sea, te he preguntado que si estabas bien. Pero no lo parece.

¿Aún puedes tocar?

Rivas frunció el ceño y se irguió en toda su estatura.

–¡Claro que puedo tocar! ¿Qué quieres decir con eso de «aún»? Dios mío, sólo porque he roto un vaso barato…

–¿Desde cuándo es barato el cristal? A la hora del almuerzo ha venido a hablar conmigo un tipo viejo. Dijo que en el pasado fuiste un jaybird. ¿Es cierto?

–Si -replicó Rivas, desdeñoso-. No es ningún secreto. He sido muchas cosas en mi vida.

–Pero de las demás sueles hablar. ¿Tomabas el sacramento muy a menudo?

Por segunda vez aquella noche, Rivas sintió que la rabia se apoderaba de él.

–¿Qué estas insinuando, Steve?

Spink permitió que su sonrisa habitual se relajara para convertirse en un ceño fruncido.

–Lo siento, Greg. Pero estoy seguro de que comprendes mi preocupación. No puedo permitir que la gente en la que confío se ponga birdy.

–Empieza a preocuparte por eso cuando no pueda llenar hasta los topes tu condenado local.

–Tienes razón, Greg. Perdona. No debí hacer caso al viejo.

Se volvió hacia el publico, y Rivas vio como la sonrisa volvía a relampaguear.

–Señoras y caballeros -anunció Spink-. Una vez más, tenemos esta noche el privilegio de contar entre nosotros con Gregorio Rivas, de Venecia.

El aplauso llegó en su debido momento, y tuvo un volumen y una duración satisfactorios. Rivas sonrió con la arrogancia acostumbrada mientras se inclinaba para recibir la ovación…, pero, en el fondo, estaba intranquilo. «¿Cómo sonaría el aplauso si no hubiera colocado a unos cuantos apuntadores pagados entre la multitud? ¿Y cuánto tiempo más podré contar con el peligroso glamour de Venecia? Después de todo, hace cinco años que me marche de allí, y aunque es cierto que la presentación habitual de Steve sigue haciendo que los forasteros arqueen las cejas y

susurren admirados, el viejo Mojo se sorprendió de verdad el otro día cuando mencione que había trabajado en el bar Bom Sheltr de Venecia…

Dijo que pensaba que la historia era para atraer a los turistas, como los falsos altavoces que colgaban del techo.»

Cuando los aplausos empezaron a remitir, Rivas se volvió hacia Fandango y los gemelos e, impulsivamente, les hizo la señal de Todos quieren fumar mi Comoy, su canción más característica, la que solía utilizar para animar a un publico apático. Fandango hizo sonar el ritmo rápido de la apertura de la canción, y la multitud reaccionó con un entusiasmo inconfundiblemente auténtico, y durante los minutos siguientes Rivas olvidó sus dudas mientras se concentraba por completo en tocar y cantar.

Durante un largo diálogo entre la guitarra y el tambor -una secuencia con la que Rivas sabia que no tenía problemas- aprovechó la oportunidad para escudriñar la multitud…, no sin cierto nerviosismo, porque temía que la chica, Hammond, se presentara para hacer una escena. A Spink le habría gustado, seria una prueba de que el pelicanista era un autentico calavera veneciano, pero Rivas temía aquellos encuentros, por inevitables que parecieran. Examinó todos los rostros que pudo distinguir a la luz de los candelabros y las velas situadas sobre las mesas, y suspiró aliviado al no verla.

«Y, desde luego, se habría sentado donde yo pudiera verla -pensó con un estremecimiento ligeramente ebrio-. Maldita sea. ¿Por qué las chicas no asumen el hecho de que una ruptura no puede parecer trágica a quien la ha provocado? Sólo le parece trágica al que recibe la patada; para el que la da, es… aire fresco, una carga que desaparece, nueva energía en el paso y un silbido en los labios…, todo lo contrario a una tragedia.»

«Que demonios -pensó-, a mi también me lo han hecho; sólo una vez, sí, pero era tan ingenuo, había invertido tanto aquella vez -mucho más de lo que nunca tendrá esta Hammond- que aún cargo con la perdida, igual que cargo con mi esqueleto, es inevitable. Y como el viejo acero inoxidable, no se oxida con el tiempo, su color no cambia para fundirse con el entorno, sino que brilla siempre, despiadadamente, como si fuera nuevo.»

Rivas se volvió hacia el que tocaba el carillón y le dijo con su clave de señales: Recuérdame luego… acero inoxidable… óxido… colores de camuflaje. El hombre asintió.

Sí, pensó Rivas con cierta satisfacción, bonita imagen. Encajara bien en una canción, con una manera dramática de perder a la chica…, muerte, quizá… incluso suicidio…

… Cualquier cosa menos la manera en que había perdido a Urania en la realidad…

Intentó esquivar la imagen de el mismo a los dieciocho años, acurrucado tras un arbusto, vestido con las ruinas de un traje alquilado que apestaba a vómitos y a coñac…, y, para su eterna vergüenza, ladrando como un perro.

A lo largo de los años siguientes, en un par de ocasiones, durante sus escasos estados de ánimo objetivos, se le había ocurrido que quizá algún día el recuerdo le resultaría divertido. Ciertamente, tal día no había llegado aún.

En cualquier caso, le alegraba que la chica Hammond pareciera dispuesta a desaparecer de manera indolora. Le había resultado interesante durante un tiempo, pero no era Urania. Ninguna lo era.

Ya era casi el momento de que el pelícano interviniera de nuevo; acababa de coger el clavijero y situar el arco sobre las tensas cuerdas, cuando vio junto a la barra a un hombre bien vestido que le observaba.

Se le heló la sangre varios segundos antes de comprender conscientemente quien era, y perdió el compás de entrada.

El guitarrista alzó la vista algo sorprendido, pero, sin titubear, inició la frase una vez más.

Aún así, tuvo que empezarla una vez más, permitiendo que los espectadores más atentos se dieran cuenta de que algo iba mal, porque Rivas recordaba ahora quien era el anciano que le miraba con asombro, odio y, después de más de una década, un poco de miedo.

–iGreg! – susurró Fandango, apremiante-. ¡Entra ya!

Rivas parpadeó, concentró parte de su atención en la música y, en el momento exacto, deslizó el arco sobre las cuerdas, y la canción siguió como de costumbre.

Hizo una señal a los otros músicos para que esta vez dejaran de lado las largas florituras del final, y mientras Fandango, obediente, marcaba con el tambor una rápida conclusión, Rivas, ahora mucho más sobrio que un minuto antes, bajó su instrumento y se adelantó hacia la parte delantera del escenario.

–Vamos a tomarnos un breve descanso -dijo lacónico.

Dejó el pelícano junto al taburete, bajó de un salto y se dirigió a la barra…, y consiguió hacerlo con bastante rapidez, porque hasta el más borracho de los clientes pareció percibir una peligrosa tensión en él, y todos apartaron las piernas y acercaron las mesas a las sillas para dejarle paso.

Para cuando se detuvo frente al anciano, la sorpresa se había mitigado lo suficiente como para permitirle deducir lo que debía de haber pasado para que el hombre acudiera allí.

–Hay una habitación privada junto a la cocina -le dijo Rivas con una voz a la que las emociones encontradas privaban de toda inflexión-. Espera a que lleguemos allí para contármelo. Whisky -añadió en voz más alta, dirigiéndose a Mojo-. Doble, y con una cerveza.

Mojo llenó rápidamente los dos vasos, y Rivas los recogió y guió al anciano había una puerta, en un rincón sombrío.

–Coge alguna lámpara -espetó el pelicanista al anciano, mientras tomaba los dos vasos con una mano para abrir la puerta con la otra-.

¡Venga, deprisa!

El rostro del anciano tenia la expresión de quien ha descubierto que su cena consistirá en los restos de los mozos del establo, y el cambio que sufrió ahora fue como si le hubieran dicho que además debía sentirse agradecido. Pero, sin decir palabra, hizo lo que se le decía, y cogió una lámpara del rincón del bar.

Rivas se quedó junto a la puerta y la cerró tras ellos cuando el anciano hubo vuelto con la lámpara. La mayor parte de la superficie estaba ocupada por una mesa de plástico, con media docena de sillas entorno a ella. Rivas ocupó una silla y colocó las bebidas ante él.

–Esta tarde debiste decirle a Spink quien eras -dijo-. Le habría impresionado conocer al hombre que destila el dinero de Ellay.

La lámpara se posó sobre la mesa con un ruido seco, y la llama temblorosa hizo que las sombras de los dos hombres se fragmentaran sobre las paredes de madera.

–A ninguno de los dos nos conviene que se sepa que Irwin Barrows tiene algo que ver con Gregorio Rivas -fue la seca respuesta.

Rivas tomó un sorbo de whisky y lo hizo bajar con un largo trago de cerveza.

–Cierto -dijo fríamente-. De hecho, ¿para qué va a saberlo siquiera Rivas? ¿Quién era tu negociador de esta noche? ¿Algún capataz de

destilería? No se puede decir que manejara el asunto como un profesional…, casi terminó retándome a duelo.

Irwin Barrows le miró con gesto especulativo.

–Había considerado la posibilidad de no decirle esto -respondió por ultimo-, pero lo haré, porque no creo que altere tu decisión. El acaloramiento de Montecruz tiene excusa…, están prometidos. Van a…, iban a casarse el mes que viene.

Rivas se sorprendió ante la ráfaga de tristeza que amenazó su autocontrol -e incluso llegó a estremecerlo, porque notó que el color huía de su rostro rígidamente inexpresivo- y comprendió que el dolor que había cultivado como un jardín durante trece años había dejado de ser salvaje, espontáneo; era ahora algo domesticado. Y un momento después, se dio asco por concentrarse de una manera tan obsesiva en los sentimientos de Gregorio Rivas. «Dios mío -se dijo-, ese hijo de puta de Montecruz tenia razón: para ti, todo existe en función de si complace o molesta a tu persona favorita: tú. Pero no la rescatare para él.»

Se bebió rápidamente lo que quedaba de whisky, pero, en vez de la neblina difuminadora que esperaba, le trajo una indeseada claridad de ideas; y comprendió con desesperación que no podía dejar que los jaybird se la llevaran.

Ojalá no lo supiera -pensó-, ojalá no hubiera sido uno de ellos durante casi tres años, entonces probablemente podría rechazar su petición. Ojalá no hubiera visto como el jaybush destroza metódicamente las mentes humanas, consume las almas como si fueran leña, entonces probablemente podría escupirle a Barrows en la cara y marcharme de aquí, podría rechazarle. “Tú me apartaste de ella hace trece años…, ahora soy yo quien te aparta de ella.

¿Qué te gusta?” Sí, pasárselo por esa nariz tan celestialmente superior hasta ahora…, mandar su desprecio por la puerta Dogtown…, hacer que él me suplicara por ella, despedirle humillado…

»¡Ojalá no lo supiera!»

Pero cuando repitió el ultimo pensamiento y consideró lo mucho que le definía, tuvo que reprimir un escalofrío, porque, por un momento, el mero hecho de ser Gregorio Rivas le había dado nauseas.

Por ultimo, alzó la vista.

–Tienes razón -dijo, deseando que su voz no sonara tan ronca para la ocasión-. Eso no altera mi decisión. Lo haré.

Barrows inclinó la cabeza.

–Gracias.

–¿Cuando la cogieron?

–Anoche, a última hora. Estaba en una fiesta, al norte de aquí, y no se sabe cómo pero quedó sola, y una banda de ellos empezaron a decirle algo…, supongo que conoces sus malditos argumentos y trucos tan bien como cualquiera…, y cuando su perezoso guardaespaldas, que ha perdido su empleo, la alcanzó por fin, llegó justo a tiempo para ver a Urania alejándose en un carromato jaybird.

–¿En que dirección?

–Hacia el este.

–¿Sólo un carromato?

–Eso dice el guardaespaldas.

Rivas se echó hacia atrás y tamborileó con los dedos sobre la mesa.

Se le fue la vista mientras, por primera vez, en tres años, planeaba una nueva redención.

–Debiste acudir a mi inmediatamente -dijo-, y no perder el tiempo intentando estropear mi trabajo aquí y enviando a ese payaso. Pero es buena señal que sólo hubiera un carromato y que se dirigiera al este. Eso quiere decir que el pastor quería reclutar al menos a una o dos personas más antes de volver al campamento de su caravana. Puede que aún estén en la zona, acampando en alguno de los barrios olvidados, fuera de la muralla.

–¿Puedes averiguarlo esta noche?

Rivas sonrió ante lo ingenuo de la pregunta.

–Imposible. No se puede ir y preguntarle al jaybird más cercano dónde ha ido uno de sus carromatos. Y aunque estuvieran ahí fuera, aunque hubiera luna llena en vez de estar el cielo encapotado, ¿sabes cuántos kilómetros cuadrados de ruinas hay?

–Entonces, mañana por la mañana. Bueno, supongo que Montecruz habrá empezado a explicártelo, todo lo que tienes que hacer es…

–… Localizarla. Sí, ya me lo dijo, pero no será así. Yo me encargare también del secuestro y de la cura.

Los ojos de Barrows se estrecharon y su rostro asumió la expresión de decisión pétrea que Rivas recordaba tan bien.

–No -dijo con firmeza-. Eso queda fuera de cuestión.

Rivas echó la silla hacia atrás y se levantó.

–Frake McAn vive en la pensión de Lou, en la calle Sandoval. No le digas que lo envío yo, sólo serviría para que albergara prejuicios contra ti.

Y no pierdas tiempo -añadió, señalando a Barrows con un dedo-. Algunas caravanas de reclutamiento van directamente hacia la Ciudad Santa.

Cogió el vaso de cerveza y se dirigió hacia la puerta.

Barrows alzó una mano frágil.

–De acuerdo -dijo, cansado-. Espera, siéntate, lo haremos a tu manera.

Tú te encargaras de todo.

Rivas abrió la puerta y se asomó al exterior.

–¡Mojo! – llamó-. ¡Trae otra cerveza! – Cerró la puerta y volvió a sentarse-. Entonces, trato hecho. – Sin darse cuenta, se pasó los dedos por el cabello, despeinándose-. Diez mil quinientos de tu coñac Moneda. Una transferencia bancaria de cinco mil ahora, y otra por el mismo valor cuando y si traigo a Urania dentro de los muros de Ellay.

–No lo entendiste bien. Cinco mil es el precio total.

–Montecruz subió a diez mil.

–Montecruz se dejó llevar por la ansiedad, creo que es comprensible.

Pero no…

–Eso acláralo con él más tarde -le interrumpió Rivas-. Acepto la oferta que se me hizo.

–El precio que te ofrezco -dijo Barrows, furioso- sigue siendo mucho más de lo que lo han pagado nunca.

La puerta se abrió desde fuera. Mojo entró renqueando, dejó la cerveza sobre la mesa, recogió los vasos vacíos y salió.

–Evidentemente, para ti ella vale cinco mil -señaló Rivas-, pero no diez.

¿Recuerdas la dirección de McAn? En la pensión de Lou, en…

Barrows le miraba con desprecio.

–Esto es muy interesante -le interrumpió con voz tensa-. Yo creía que el uso abusivo del Sacramento jaybird se limitaba a erosionar la inteligencia del comulgante, pero ahora veo que es mucho peor…, veo que puede destruir la misma humanidad de la persona, dejando sólo… una especie de insecto artero y astuto.

Rivas sabía que Barrows buscaba provocar su ira, así que se echó hacia atrás y dejó escapar una carcajada.

–¡No esta mal, Barrows! Me gusta, escríbemelo para que pueda usarlo en alguna canción. – Se inclinó hacia adelante y desplegó su sonrisa-. Y

espero que comprendas que un «insecto artero y astuto», como tú lo has expresado tan diplomáticamente, es exactamente lo que necesitas ahora. Sí, fui un jaybird durante tres años después de que me echaras de la finca Barrows, y tome su devastador Sacramento unas cuantas veces (como debe de estar haciendo Urania ahora mismo, bonita idea, ¿eh?), aunque pronto descubrí maneras de bloquear sus efectos, de hacer que mi mente no fuera accesible a él. Pero por eso soy la única persona que ha conseguido con éxito arrancar gente de manos del jaybush…, o de su plato, por así decirlo.

Seguro que eso te gusta más, te agradan las metáforas, ¿no?

La puerta se abrió de nuevo, pero esta vez fue un Steve Spink furiosamente sonriente quien se asomó.

–¿Vas a volver, Greg? La gente empieza a marcharse, y aún recuerdo eso que me dijiste sobre llenar el local hasta los topes.

Involuntariamente, Rivas vio una rápida imagen de sí mismo tal como sería si perdía aquel trabajo y fracasaba en el asunto de la redención…, un hombre ya no tan joven, tocando a cambio de vasitos en una esquina de Dogtown, con la barba espesa y descuidada, adiós al símbolo viviente de que se podía cruzar la frontera entre la clase baja y la clase alta…, pero bebió un sorbo pausado y se las arregló para que su voz sonara despreocupada.

–Volveré dentro de un momento, Steve. No creo que se olviden de quién soy.

–Espero que estés seguro, Greg -dijo Spink, añadiendo un par de dientes a su sonrisa. Entonces, vio al compañero de Rivas-. Oye, ése es el anciano que…

–Ya lo se, Steve. Un minuto más.

La puerta volvió a cerrarse, aislándolos del ruido de la multitud, y Rivas se volvió hacia Barrows con las cejas arqueadas.

–¿Y bien?

–De acuerdo -accedió el anciano con tranquilidad-. Diez. Cinco ahora y cinco cuando la traigas.

–Hecho. Reúnete conmigo cuando acabe el espectáculo de esta noche para ultimar los detalles.

Barrows asintió, se puso de pie y rodeó la mesa en dirección a la puerta, pero se detuvo.

–Oh, por cierto -dijo, inseguro.

Rivas alzó la vista con evidente impaciencia.

–Eh…, hay algo que me ha estado… intrigando durante trece años.

Quizá no debería preguntarlo.

Rivas se temía lo que se le avecinaba, pero consiguió mantener un tono de indiferencia en la voz.

–¿Sí?

–Bueno…, perdona, no insistiré en que me respondas…, pero aquella noche, cuando hice que te echaran, ¿por qué estabas tras aquellos arbustos, a cuatro patas, vomitando y… ladrando?

Rivas se sintió humillado al darse cuenta de que estaba enrojeciendo.

«¿Por qué no podemos olvidar aquel condenado incidente?», pensó.

–¿Llevas trece años preguntándotelo? – quiso saber.

–Sí.

Rivas meneó la cabeza y señaló la puerta.

–Sigue preguntándotelo.

En cuanto Barrows se marchó, Rivas se sentó y alzó de nuevo el vaso.

De mala gana, se rindió y se permitió recordar aquella desastrosa noche…, la primera y ultima vez que probó el coñac Moneda.

Fue en el otoño del -Rivas contó los años con las menos- sexto año del Sexto As, y Urania Barrows había decidido invitar a Gregorio, su amante campesino, a la fiesta de su decimoséptimo cumpleaños.

Aunque no era más que el hijo de un granjero, Gregorio, a sus dieciocho años, había conseguido ahorrar algo de dinero -un quinto y algo de cambio, mucho para un peón campesino- y el día de la fiesta se lo gastó todo en alquilar un traje, hacerse cortar el pelo y conseguir un afeitado insolentemente aristocrático. Acudió a la fiesta y, pese a sentirse terriblemente nervioso en compañía tan sofisticada, causó buena impresión… hasta que se sirvió el coñac.

El joven Gregorio había bebido vino desde que era niño, pero desconocía por completo los licores destilados, y no sabía que debía beberlos con más lentitud. Al final, se dio cuenta de que estaba estúpidamente borracho, de que avergonzaba a Urania, así que abandonó la fiesta…, y, en cuanto salió al aire fresco, comprendió que se encontraba mal.

No quería que nadie le viera vomitar, y se salió del sendero hacia un pequeño claro, tras unos arbustos. Allí, apoyado sobre las manos y las

rodillas, comenzó el largo proceso de expulsar el coñac de su estómago.

En un momento dado, cuando se detuvo a tomar aliento, oyó a una dama en el sendero, preguntando a alguien sobre los extraños ruidos que se oían tras los arbustos. Una voz de hombre replicó que parecía un perro.

Ahora, Rivas se estremeció mientras apuraba la cerveza. Recordó que había deseado desesperadamente que olvidaran los ruidos y se marcharan, y de alguna manera llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer para convencerlos de que sólo se trataba de un perro, y así no investigaran, era… ladrar.

El Rivas del presente se levantó y abrió la puerta, pero no pudo evitar rememorar el resto, sus últimos momentos conscientes de aquella desastrosa velada… cuando por fin abrió los ojos y vio las botas de Irwin Barrows a menos de quince centímetros de su rostro.

Salió de la pequeña habitación, cerrando la puerta de golpe tras él, y, mientras volvía al escenario -el alcohol había vuelto a dominarle-, sus ojos contemplaron sólo a medias el bar en penumbra, el escenario y los rostros intranquilos que le observaban. Tras aquella escena, como una segunda transparencia, veía también la Autopista Uno-a-Uno, a la que la espesa niebla hacia parecer un sendero solitario a través del cielo frío…, un sendero por el que él había huido a pie, aquel terrible amanecer de hacia trece años. Había estado muerto de frío; mareado tanto por el golpe como por la resaca, ya que el airado Irwin Barrows le había dado una buena patada en la cabeza antes de sacarlo de entre los arbustos y encargar al personal de la cocina que se lo llevaran fuera de sus posesiones.

Caminó todo aquel día y, mientras se alzaba el sol, dispersando gradualmente la niebla, vio por primera vez las ruinas cubiertas de vegetación de la vieja Ellay, donde sólo se oía el parloteo de loros y monos.

El tiempo había dado a los edificios, aún imponentes, un aire de grandeza trágica que no pudieron tener en vida, y su inmenso número -se extendían como hileras de tumbas descuidadas hasta el horizonte- asombró al joven Gregorio; en muchas ocasiones la curiosidad superó al malestar físico y mental, y se dedicó a explorar habitaciones, subiendo y bajando por escaleras alarmantemente viejas. Para cuando por fin avistó el alto muro oeste de Ellay, el bajo sol rojizo solo iluminaba ya las almenas de su cima.

El río bajo de verano, más allá de la ciudad, quedaba invisible en la