Chico de barrio

Ermanno Olmi · Capítulo 15 de 44

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Chico de barrio

Cuatro

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No habían terminado aún los sonidos de las sirenas cuando se oyeron los primeros estallidos lejanos: «¡Es la antiaérea!», gritaron desde el patio.

Otras voces dijeron algo, pero no les dio tiempo a acabar, porque algunos retumbos desgarraron la noche. Hubo una breve suspensión en la que todo pareció paralizado y en seguida otra ola de explosiones muy seguidas y aún más estruendosas sacudió las paredes de la casa. Se alzaron gritos. La gente se apresuraba por los corredores y se precipitaba por las escaleras. Estaba todo obscuro y en el cielo grisáceo de niebla se reflejaban llamaradas rojizas.

Y aún no se había disuelto el fragor en el aire cuando otra descarga de bombas nos dejaba aturdidos. En el rellano del último tramo de escaleras vi a la hermanita de Sarina, que lloraba. Una mujer la recogió y se la llevó. El padre de Sarina estaba pegado al borde de la barandilla como paralizado.

En el refugio la gente lloraba, se buscaba, se llamaba. Los retumbos se repetían con la misma cadencia, pero atenuándose. También las voces se hacían cada vez más apagadas, como queriendo conceder al oído la posibilidad de escuchar el peligro que se alejaba, y en aquel vocerío ya débil de lamentos se distinguía cada vez más el lloriqueo de una niña. Debía de ser la hermana de Sarina, seguro. En efecto, iba repitiendo con la cantinela del llanto: «Papá, papá». Entonces alguien encendió una linterna en la obscuridad. El haz de luz buscó a la niña, que, como de costumbre, estaba acurrucada en brazos de su hermanita, y Sarina cerró los ojos, porque le molestaba la luz, pero tal vez también porque no quería ver a nadie. Alguien preguntó: «Pero ¿dónde está tu papá?». Las niñas no respondieron. En cambio, respondió una voz en la obscuridad: «Cuando he pasado, lo he visto parado junto a la barandilla». «¡Habrá salido con la UNPA!», añadió otro, pero se apresuraron a corregirlo: «¡Qué va! ¡Esta noche no estaba de servicio!». «¿Y la mamá?», preguntó, apremiante, otra voz. Alguien intervino desde la parte opuesta: «¿Cómo queréis que lo sepan las niñas?». La linterna se apagó y de nuevo todos quedaron sumidos en la obscuridad. Junto a mí advertí un susurro: «Pero ¿cómo se les ocurre en momentos así dejar en casa solas a dos pobres criaturas?». La ventanita de la salida de seguridad dejaba filtrar un poco de azulito y de allí procedían también los ruidos de fuera. «Podríamos ir a ver dónde está el padre. Ahora ya ha pasado lo peor. ¿Quién viene conmigo?». «Yo voy», respondió una voz masculina y al instante se encendió una linterna que se movió hacia la salida.

Encontraron al papá de Sarina presa de temblores, como si tuviera fiebre. Las manos seguían aferradas al hierro de la barandilla, pero ahora estaba desplomado, como de rodillas. «Pero ¿qué le pasa, señor Guido?», preguntó uno de los hombres. El pobrecillo no respondió. Entonces intentaron levantarlo: el cuerpo parecía un trapo; en cambio, las manos parecían de mármol, de tan apretadas como estaban. Lo levantaron, lo arrastraron hasta su casa y lo tumbaron en un sofá. «Se habrá sentido mal», susurró uno de ellos. Y el otro: «Es que a veces el miedo gasta bromas y te quedas paralizado».

Llegaron gritos de la calle. Pedían socorro. En una calle cercana se había derrumbado una casa y bajo los escombros había quedado gente atrapada en el refugio. Los medios de auxilio estaban ya todos repartidos por otras partes de la ciudad: «¡Dicen que se oyen voces que piden ayuda desde debajo!».

Acudieron muchos, pero encontraron solo algunas palas: los otros trabajaban, de todos modos, con las manos. Estuvieron excavando toda la noche y también el día siguiente hasta que dejaron de oírse las voces.

Después de aquel bombardeo, comenzaron las evacuaciones. Muchas casas quedaron vacías; se dejó lo estrictamente necesario para los que estaban obligados a quedarse. Se veían furgonetas, carros de caballos y también carritos con pedales, todos sobrecargados con cosas que llevar a sitio seguro en alguna parte. También Sarina, junto con su madre y su hermanita, abandonaron su casa. Partieron con el motocarro de la UNPA, después de que hubiera hecho dos o tres viajes cargado de muebles y utensilios.