Chile Mutante

Diego Escobedo · Capítulo 1 de 9

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Chile Mutante

Nota del autor

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Para mis abuelas, Eva y Elizabeth

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Nota del autor

 

“Actualmente, la literatura fantástica oscila entre dos

caminos. Uno, el onírico, el de Henry James, el de Arthur Machen y el de Kafka; otro el científico, el de Wells y el de Ray Bradbury, que prefiere atribuir sus maravillas a invenciones mecánicas. El anillo de Gyges hace que su poseedor sea invisible; Wells opta por un líquido imaginario en el que se baña un albino. Ambos medios son lícitos. En cuanto a mí, creo tender al primero, al onírico, al mágico, al tal vez real”.

Jorge Luis Borges

 

Lo que el lector tiene en sus manos es el resultado de años de acumular cuentos en distintas carpetas del escritorio de mi notebook. Tras pulir y reescribir varios de ellos, he decantado esta cuidadosa selección de siete relatos de ciencia ficción, fantasía y horror, sin otro propósito que causar en el lector el mismo placer que sentí yo al escribirlos.

Recalcar que cada uno cuento es independiente entre sí, y no forman parte de un universo común. No tienen más orden que el cronológico, según la época en que se encuentran ambientados. Desde el siglo XVII, al siglo XXII.

El primero, es una aventura de fantasía, que busca homenajear a La Historia Sin Fin y las novelas de caballería que leyó el Quijote hasta secarse los sesos. Obtuve la idea a partir de mi obsesión por la heráldica (que espero desarrollar más adelante en un próximo libro). El segundo, y tal como lo indica el título, es una aventura de ciencia ficción steampunk ambientada, como casi todo el steampunk de este país, en la Guerra del Pacífico. El tercero, El Viajero del Tiempo, lo escribí hace cuatro años con la idea de hacer una relectura del clásico de Herbert George Wells, adaptando su sátira social al contexto nacional.

El siguiente es una ucronía, la única de este libro, y que nace de mi interés por la figura del general Ibáñez, y por nuestro escritor maldito por antonomasia: Miguel Serrano. Es quizás el más fácil de malinterpretar, así que aprovecho de aclarar algunas cosas: primero, que todos los personajes mencionados en este cuento existieron; segundo, que también existió el Instituto de Defensa de la Raza, que fue fundado durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (su sede actualmente es la casa central de la Universidad Bernardo O’Higgins); y tercero, que la fantasía distópica que narra, está basada en la seudoreligión e ideología construida por Serrano en sus libros. Cuyo rol de canciller tomé prestado de la también ucrónica Synco, novela de mi maestro, y el culpable de que empezara a escribir ucronías, el gran Jorge Baradit.

Le sigue Balance patriótico, cuento donde también vuelco todo mi amor por la ciudad de Santiago y su patrimonio, y realizo un ejercicio similar al de Italo Calvino en su cuento Moctezuma, tomando a varios de nuestros próceres y enjuiciándolos con la mirada del presente y del pasado.

El sexto cuento es el único de terror que el lector podrá encontrar en este libro, y la idea se me ocurrió a raíz de una pesadilla que tuve. Repitiendo el ejercicio que realizaron James Cameron y H. P. Lovecraft, que, a partir de imágenes oníricas, al despertar escribieron las historias de Terminator y Cthulhu, le di forma a este relato de una casa embrujada. Un subgénero incombustible de las historias de horror.

Finalmente, el último aborda un tema que no podía faltar. Mis primeros escritos fueron de ciencia ficción, y el universo de este relato no busca ser ni distópico ni utópico, ni cyberpunk o space opera, sino algo más apegado a la realidad: un punto medio sin épica ni heroísmo, donde las crisis y los inventos prodigiosos están normalizados. Un mundo donde los adelantos tecnológicos son gigantescos, pero los problemas que aquejan a la humanidad siguen siendo, en buena medida, los de ahora. Un mundo donde la Tierra agoniza… y como siempre se las arregla para resucitar.

Sin nada más que agregar, no me queda más que invitar al lector a ponerse el cinto espacio-temporal de Mampato, y comenzar nuestra aventura en el Chile colonial. Como dijo alguien por ahí, “todos tenemos una máquina del tiempo. Las que nos llevan al pasado son recuerdos, y las que nos llevan al futuro son sueños”.

 

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