Chile Mutante
El viajero del tiempo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
(Cualquier semejanza con la obra de
Herbert George Wells es mera coincidencia)
I
—Esto es Santiago, caballeros. Una ciudad guarnecida de las plagas —afirmó, sin ocultar su orgullo, el diputado Larraín.
Para apoyar su improvisada presentación, el ingeniero George Taylor, anfitrión de la velada, le había cedido uno de los mapas de su biblioteca. Sobre la amplia mesa Luis XV, de lustrosas terminaciones, yacía un grueso volumen de Historia física y política de Chile firmado por su autor, y un papiro desenrollado donde se podían apreciar todos los detalles del plano damero de Santiago. Larraín señaló cada una de las calles, al tiempo que las leía en voz alta: Avenida Matta, Matucana, Mapocho, y la Avenida Oriente.
—Debo decir que aún hoy no me simpatiza el pequeño loco de Vicuña Mackenna, que en paz descanse, pero hizo un gran trabajo como intendente. Le dio forma a esta ciudad. La europizó, y con este perímetro de áreas verdes y el alcantarillado, las plagas de ratones y enfermedades están prácticamente erradicadas. Santiago es hoy una ciudad más limpia.
Parados en torno a la mesa, Fernández, Echaurren, y el empresario Smith, escuchaban atentamente a cada palabra emitida bajo el grueso bigote del barrigón congresista. Solo Taylor prefirió mantener la distancia, el trazado lo conocía de memoria (él mismo había sido consultor en el proyecto), y seguía la conversación desde su chimenea, donde reposaba un brazo mientras se servía tabaco en su pipa.
—Algo que hayan hecho bien los liberales, en todo caso. Ya vio cómo tienen el país —afirmó Smith, cuyas mejillas rosadas se contraían en una exagerada mueca de asco al nombrar a sus contrincantes políticos.
—Yo separaría a los liberales de Balmaceda, Smith —señaló Larraín —. Ni su propio partido lo apoya a estas alturas, sé lo que digo.
—El caso es que esto resuelve el problema urbano —acotó Fernández, quien buscaba redondear la idea planteada hace unos minutos por el diputado— Ahora la ciudad debe seguir creciendo dentro de estos límites, y bajo los parámetros definidos.
—Pero eso no resuelve el problema de fondo —interrumpió Taylor, entre bocanadas de humo.
Los presentes se voltearon a escuchar al ingeniero británico. Cuyo acento, a diferencia del de Smith, era prácticamente neutro.
—¿Cómo dice, Taylor?
—Las enfermedades y las ratas, siguen ahí, diputado. Pero fuera de los “muros sanitarios” de Santiago. La inmigración campo-ciudad es un fenómeno que no se detiene, cada vez son más los chilenos que viven hacinados en la periferia.
—George tiene razón —habló Echaurren, volviendo a su sillón, con su sonrisa característica bajo su juvenil bigote castaño—, es uno de los precios de la industrialización. Las malas condiciones higiénicas de los trabajadores y de las poblaciones son el caldo de cultivo ideal para la propagación de enfermedades. Un ambiente en el cual los chilenos no crecen, ni se fortalecen, sino todo lo contrario. Se los digo yo, que hice mi tesis de eso cuando me gradué de medicina. Los problemas de los campesinos y los obreros pasarán a ser una cuestión que no podemos ignorar.
—Por favor, ¡los problemas de los piojentos son sus problemas! — exclamó Larraín, tras lo cual preparó su garganta, tras un sorbo de su copa, llevó sus manos a las solapas de su chaqueta, y adoptó una de sus posturas de orador para recitar uno de los discursos que más había empleado para defender la reforma del intendente en el congreso:
—Además doctor, usted sabe muy bien que esta política fue diseñada en base a los avances del positivismo científico. La ciudad civilizada debe quedar para la elite, mientras que esta gentuza debe quedar lo más alejada posible. Solo mire las condiciones bárbaras y antihigiénicas en que viven. La degeneración social y biológica de su raza es tal… ese es el problema del campesino chileno: heredó lo peor de los indígenas y lo peor de los españoles. Borrachos, vagabundos, promiscuos, y ladrones. Son un obstáculo para el progreso, y un peligro social para la ciudad. Solo traen enfermedades y decadencia.
Echaurren estaba a punto de decir algo, con un ánimo claramente más alterado, Taylor se le adelantó:
—¡Qué tontería más grande es esa! allá en Inglaterra estudié con hombres provenientes de distintos sectores, muchos del campo. Y en Francia incluso trabajé con ingenieros negros, igual de capaces que quien habla ¿qué pasó con eso de “Igualdad, Libertad y Fraternidad”, caballeros? Estos no son solo problemas individuales, si este país en serio quiere progresar, el Estado debe hacerse cargo…
Larraín y Smith no disimularon su reprobación en sus muecas.
—Ya estás hablando como todo un balmacedista, Taylor…
—Y yo que pensé que un compatriota mío estaría de nuestro lado. Pero estos irlandeses siempre están dando problemas…
—Los problemas los trajeron ustedes los ingleses, desde que invadieron mi país… —respondió Taylor, sin ocultar su molestia.
—¡Por favor, caballeros! Si vamos a discutir de política, calmemos las pasiones, porque de lo contrario podemos estar toda la noche sin llegar a ningún acuerdo, sino solo a trifulcas —interrumpió Echaurren, mientras se servía una copa.
—Les aclaro, caballeros, que yo nunca me abandero por ningún lado. Simplemente miro a largo plazo —precisó el irlandés—. Tengo mis preocupaciones fijas en el futuro… y hablando del futuro.
Taylor hizo una pausa en la cual fue a buscar una caja debajo de su escritorio. La puso sobre éste, y aflojó el seguro de la tapa.
—Mi descubrimiento, la razón por la que los convoqué esta noche, caballeros, tiene directa relación con el futuro…
La caja en sí era bastante particular. Era un cubo perfecto de treinta por treinta centímetros hecho de cuarzo, de una tonalidad que oscilaba entre el gris y el verde oscuro. La abrió con sumo cuidado, y en cuanto la tapa se desencajó del cuarzo brotó una tenue luz de los bordes. Al abrirla por completo, los presentes se asomaron con un creciente interés en sus semblantes. Estaban ante una roca verdosa, que emitía una potente luz del mismo color. Una luz que, mirada con detención, se contraía y dilataba, dando a la roca todo el aspecto de un corazón palpitante.
—Ahí lo tienen…
—Es maravilloso… Pero, ¿qué es, George?
Taylor hizo una pausa, y extrajo del bolsillo de su chaqueta un lápiz metálico, de un tono gris oscuro.
—Combarbalita. Específicamente del tipo schlossmacherita. He ahí la razón de su color verde.
—Entiendo, Taylor. Pero eso no explica el brillo, y yo que me desenvuelvo en el rubro de la minería se bastante de rocas…
Mister Smith interrumpió sus palabras al contemplar un fabuloso prodigio: Taylor había soltado la pluma a unos quince centímetros de la roca, pero esta, lejos de caer, había quedado suspendida en el aire. Moviéndose tenuemente, como si flotara dentro de una pecera.
—Es que esta roca tiene un origen muy particular, caballeros. Como pueden apreciar, contiene mucha energía.
—¿Electromagnética? —aventuró el médico, pensando en el origen metálico de la pluma.
—Me temo que no. No es solo un campo electromagnético lo que genera, sino gravitacional. Los que se entiendan mejor en la materia, sabrán que eso implica enormes cantidades de energía, enormes…
—Eso es imposible. Además, bajo esa lógica, el lápiz debería verse atraído, no repelido.
—Es que no lo repele, lo orbita, doctor Echaurren. Como si fuera un planeta, y el lápiz una luna. Pero será mejor que comience desde el principio.
El diputado Larraín había extraído un pañuelo de su solapa para limpiar su monóculo. Al devolverlo a su lugar, aprovechó de extraer su reloj de bolsillo. Quedó aún más intrigado al comprobar que era imposible ver la hora, pues las manecillas giraban descontroladamente ante la presencia de esa misteriosa roca.
—Como saben caballeros, mi especialidad es la minerología. De hecho, si llegué a este lejano país fue precisamente para aprender más de los metales ¡qué mejor lugar que esta larga franja de volcanes y minas! Siempre intuí que sería en tierras chilenas donde haría maravillosos descubrimientos. Pero nunca creí que sería uno de tal magnitud.
El diputado y el empresario intercambiaron unas inciertas miradas en el tiempo que su anfitrión detenía su discurso, preparando a los invitados para lo que seguía.
—Hace poco tuve la oportunidad de participar en la construcción del ferrocarril a Puerto Montt. Terminadas las faenas, una expedición científica francesa tuvo la cortesía de invitarme a participar de un viaje a Aysén, al poderoso Melimoyu.
—¡No me diga que andaba en Aysén, Taylor! —exclamó Fernández— ¿Qué no ha leído los diarios?
—Si lo dice por la erupción, no necesité leer los periódicos, señor Fernández. Yo la vi con mis propios ojos.
Aunque largos años dirigiendo un periódico había inmunizado a Fernández contra las informaciones insólitas, no pudo evitar dejar caer la mandíbula en su gesto de asombro y admiración.
—Debo decir que fue una magnífica explosión, caballeros. El Melimoyu es un volcán bellísimo, lo era antes, y después de la erupción. Tiene un aura mágica ese lugar, los lugareños dicen que viven gigantes en su interior… bueno, supongo que conocen las leyendas que circulan al respecto. Pero no quiero desviarlos. Lo que vi fue mucho más impresionante que gigantes.
“Estuvimos una semana estudiando los efectos de la devastación. Los cambios en la geografía, las reacciones químicas provocadas por el polvo, la ceniza, y el material expulsado. Sin mencionar el impacto sobre la flora y fauna. No pude evitar conmoverme por todos los seres vivos que perecieron en ese desastre. Afortunadamente, los pocos asentamientos humanos que había eran bases militares que supieron evacuar justo a tiempo. Árboles milenarios y pingüinos no corrieron la misma suerte. Pero a mí, en lo personal, caballeros, me obsesionaba un objeto en particular”.
“Este objeto no lo había visto solo yo. Como saben, tuvimos la increíble fortuna de que el volcán despertara en un momento que coincidió con nuestra visita. Aunque la humareda y los efectos telúricos previos nos había advertido de lo que podía pasar, desafiamos a la suerte, y con todo el ímpetu y curiosidad que nos envolvía el ansia de conocimiento científico, nos quedamos. Casi en primera fila, pero a una distancia prudente, del espectáculo que se venía. Así fue que pude contemplar desde la cubierta del barco con mi catalejo, algo que había sido expulsado del volcán. No era azufre, no era una simple roca. Era un material incandescente. Emitía un resplandor verdoso, de una intensidad tan poderosa que pudimos divisarlo a diez kilómetros de la chimenea del volcán. Casi como si fuera una estrella fugaz…”
—O un ángel caído —acotó Fernández.
—Algo así, señor Fernández. Un Lucifer que vino desde las entrañas de la tierra a nuestro mundo. Yo no solo bajé hasta el fin del mundo, caballeros. Yo bajé al infierno mismo, y traje esto conmigo —la sonrisa que dibujó Taylor en su rostro fue imbuida de un aura maliciosa, al ubicarse éste justo sobre la luz de la roca. Las sombras que proyectó sobre las formas de su cara combinaron muy bien con el tono juguetón de su voz—… pero bueno, dejemos las metáforas a un lado. Lo concreto es que estuvimos una semana buscando este prodigioso bólido, en paralelo con nuestras demás faenas científicas. Fue gracias a un derrumbe de tierra y lodo que pudimos rescatarla. Allí estaba, intacta, con el mismo poder luminiscente…
—Pero, ¿qué es? ¿Combarbalita? ¿No se supone que solo se da en el norte chico, en Combarbalá? —inquirió Smith.
—Eso pensaba yo, pero Chile da para muchos más prodigios, caballeros. Verán, he estudiado esta roca durante meses. Como ya debe saber, mister Smith, la combarbalita es una roca volcánica, compuesta, entre otras cosas, por distintos óxidos, principalmente el cobre. En este caso, eso le permitiría ser un poderosísimo conductor de electricidad. Y es que esta piedra posee propiedades únicas. No solo eléctricas, ni metalúrgicas. Tras arduas jornadas de estudio, he llegado a la conclusión que el origen de esta roca, no es solo volcánico. Si bien tiene la misma composición a la combarbalita que conocemos, esta parece ser originaria del mismísimo centro de la tierra…
Tras enigmáticos instantes de silencio, el doctor Echaurren solo atinó a decir:
—¿Está seguro?
—Completamente. Más que eso, caballeros. Esta roca no solo nos puede ayudar a entender los fenómenos que se encuentran en el centro magnético de nuestro planeta. Sino que, de alguna forma, parece haberse imbuido de toda la fuerza gravitacional y electromagnética que concentra ese enigmático punto del orbe. Las altísimas temperaturas, los enormes campos energéticos, el plasma… todo eso forjó en el núcleo de esta roca algo conocido como “energía de punto cero”, término acuñado por un científico serbio. Señores, les estoy hablando de cantidades inconmensurables de energía.
—¿Y cuál es la aplicación práctica que se le puede dar a algo como eso? Usted mencionó el futuro.
—Me alegro que pregunte, Fernández. Estoy pensando en el futuro de Chile. Caballeros, hace solo un rato hablábamos de los desafíos que debía encarar esta pequeña y joven república de cara al futuro. Antes de la modernización de la capital, alcanzamos a hablar algo de la Guerra del Salitre.
—Querrá decir la Guerra del Pacífico —precisó Larraín.
—Claro, diputado. La Guerra del Pacífico. Este país pasa por un periodo de bonanza económica. Los grandes yacimientos de salitre se han convertido en el sueldo de esta nación. Lamentablemente, deben estar al tanto de que no pueden vivir para siempre de la misma exportación. Los yacimientos no son eternos. Además, los alemanes ya están trabajando en un sustituto sintético…
—¡No sea catastrofista! —exclamó Smith—. Tardarán años en encontrar algo capaz de hacerle competencia al salitre chileno.
—Pero es algo inevitable. El futuro no estará en el salitre, sino en el cobre. La electricidad es lo que se viene, y el cobre es la llave para el futuro. Claro que lo que yo tengo aquí, les puede asegurar eso y mucho más.
—¿A dónde quiere llegar, Taylor? —interrogó el congresista.
—El sur de Chile esconde todavía muchas riquezas, diputado. No estoy hablando de carbón, mucho menos de oro. Lo que yo rescaté del Melimoyu es solo una pequeña porción de un cuerpo mucho más grande. El resto de ese bólido debe estar repartido por esa zona. Y estoy convencido, y los franceses también lo estaban, de que explorando los demás volcanes del extremo sur de Chile descubriremos muchas más sorpresas.
“Caballeros, ahora les pido que tengan un poco de visión. No a largo plazo, ni siquiera a mediano. Sino aprovechando el presente, una oportunidad única que nos da la naturaleza. Mi ideal es poder formar una expedición que se adentre en las profundidades del Melimoyu. Si encontramos más de este material…”
—¡Descender dentro de un volcán activo! ¡eso sería un suicidio! — exclamó Smith.
—No dentro de seis meses, para entonces la actividad volcánica estará más que controlada. Además, estoy trabajando en un nuevo tipo de traje que permitirá a un grupo de expertos descender y explorar el volcán. Mi ideal es incluso construir una cápsula acorde a las condiciones naturales que enfrentaremos. Para eso necesitaré financiamiento del gobierno…
—Así que ya llegamos al grano, Taylor —dijo Larraín mientras bebía un sorbo de su copa.
—Diputado, usted es amigo del ministro de minería— le espetó Taylor, acercándosele con una expresión llena de esperanza—. Si el gobierno me da su apoyo, podemos hacer un descubrimiento enorme. Y esto puede llevar al país a una etapa de riqueza material y tecnológica sin precedentes.
—Pero si ya tenemos toda la riqueza que podemos necesitar en el norte. ¿Para qué andar buscando problemas en el sur? Piense que nuestros hombres aún no logran domar del todo a los indígenas allá en la Araucanía. Además, si se trata de tecnología, el gobierno está más enfocado en continuar con la industrialización de las zonas mineras. Es muy difícil que alguien quiera financiar su invento loco para explorar un volcán al que nadie más que usted se quiere acercar, Taylor.
—Me decepciona su derrotismo, diputado ¿qué me dice usted, mister Smith?
—La guerra ya nos dio suficientes recursos, Taylor —respondió Smith —. El salitre está en su mejor momento, no tenemos necesidad de buscar un sustituto todavía. Además, ningún empresario en su sano juicio querría financiar algo que puede hacer tambalear la industria salitrera, que es el sustento de este país, y de la fortuna de muchos hombres de negocios, me incluyo.
—Pragmático como siempre, Smith. ¿Qué me dice usted, Fernández? Creo que le acabo de dar una buena portada para su periódico.
—Siento que también voy a decepcionarlo, Taylor; —el joven periodista sacó un pañuelo de su solapa y estornudó antes de continuar — pero mi diario, y en realidad casi todos los de esta ciudad, andan más preocupados de la difícil situación política del país. Si bien su descubrimiento es una curiosidad de gran interés, dudo que pueda darle lugar en algún segmento de mi publicación. Lo lamento.
—Entiendo… —volvió a depositar, con sumo cuidado, la tapa sobre la caja. A la sombra de sus ojos, le sucedió una espontánea sonrisa, y un pequeño aplauso con el que retomó el ánimo y la palabra— bueno, caballeros. Creo que será mejor que continuemos esta velada en la mesa. Mi empleada preparó langosta.
Tras una opípara cena, en que la pugna entre el presidente y el congreso había sido el tema principal de la sobremesa, además de otros infructuosos intentos de Taylor para convencer al diputado y al empresario de actuar de mecenas para su proyecto, los invitados se retiraron poco después de que el sereno anunciara las diez de la noche. Taylor los fue a despedir a la puerta de su casa. El diputado se fue en su carruaje por la calle Phillips. Las herraduras del caballo zapateando contra el piso empedrado de las calles del centro de Santiago acompañaron a Taylor y Smith, en un breve diálogo en su lengua materna, antes de que éste se fuera. Le siguió Fernández, quien también se fue a pie, al edificio de su periódico.
Taylor le dedicó una larga mirada al cielo santiaguino antes de cerrar la puerta. Bajo la diáfana bóveda nocturna, y a los pies de la mole oscura de la cordillera, yacía su apacible barrio, a pocas calles de la casa de gobierno, y con elegantes edificio de corta altura (los terremotos no permitían construir nada muy alto) afrancesados y neogóticos. Era un barrio apacible, donde todos sus vecinos eran hombres de Estado o de negocios. Un ingeniero europeo tenía muy buena cabida en esa ciudad. No así un científico, y eso era algo que hacía tiempo podía palpar.
Volvió a entrar a su hogar, donde el doctor Echaurren lo esperaba junto a la chimenea, leyendo el periódico en su sofá. Al cerrar la puerta le dirigió su impecable sonrisa.
—Es difícil hacer ciencia, ¿verdad?
—Y que lo digas— lo acompañó sentándose en el sofá contiguo, con la vista fija en el fuego.
—Lo que tienes entre manos es algo grande, George. No los necesitas a ellos para explotarlo, de hecho, dudo que alguien en este país tenga el coraje suficiente para brindarte su apoyo ¿por qué no vuelves a Inglaterra? Seguramente ellos querrán ayudarte.
—Oh, no. El imperio británico ya tiene suficientes descubrimientos bajo su nombre. Además, a diferencia de Smith, yo no vine a Chile buscando riquezas. Yo creo en el potencial de esta joven república. Si saben explotar bien sus innumerables recursos, es mucho lo que se puede lograr.
Recogió el fierro metálico ubicado a los pies de la chimenea, y revolvió la madera que crujía y se consumía abrasada por las llamas. Imagen que se reflejaba claramente en las pupilas de sus meditativos ojos. Una chispa de ingenio brilló en su expresión, y extrajo su reloj de bolsillo. Al igual que el del diputado, las agujas giraban descontroladamente, a pesar de encontrarse a una buena distancia de la caja, y ésta sellada.
—Fernando… ¿tú qué harías con toda la energía que dispone esa roca?
El médico hizo una mueca dubitativa antes de contestar, ladeó la cabeza y dijo:
—Bueno, qué no se puede hacer con algo como esto. En industria las aplicaciones son innumerables. Y en transporte, podríamos crear un tren que nunca se detenga, sin necesidad de cargarlo con carbón. O un barco incluso…
—Movimiento, claro ¿pero por qué espacial? Con toda esa energía ¿No es posible transportarse en otro sentido? No necesariamente espacial, sino temporal.
—¿A qué te refieres, George?
El sabio británico meditó un segundo. Se mordió la comisura del labio, luego guardó su reloj, y volteó hacia su amigo.
—Nada. Solo que seguiré trabajando en esa cápsula. No me importa tener que poner mi propio dinero para construirla.
Había pasado seis meses desde esa reunión. Seis meses en los que el ingeniero irlandés había sido visto muy poco en la ciudad. Luego de que otros empresarios, y la sociedad científica chilena, declinaran en darle su apoyo para la cápsula, se había encerrado a trabajar en su taller. No obstante, a través de su empleada (muy proclive a los chismes), y sus inquisitivos vecinos, se difundieron diversas informaciones. Corrían los rumores más inverosímiles sobre los extraños experimentos que realizaba en su laboratorio. Se hablaba de explosiones de energía, de objetos que flotaban en el aire, e incluso de otros que desaparecían como si nada. La sirvienta contaba, muy angustiada, que su mayor temor era que el amo terminara matándose con alguna de sus endemoniadas locuras. Fernández, por su parte, llegó a oír que hacía mucho que Taylor ya no estaba trabajando en una cápsula para adentrarse en un volcán, sino que se había embarcado en la demencial construcción de una máquina del tiempo. Eso le había comentado al doctor Fernando Echaurren, en la misma sala donde se había encontrado hace medio año. Y con los mismos invitados.
Echaurren, que, si bien era un cercano amigo del ingeniero, poco y nada lo había visto en ese tiempo. Solo una vez lo había dejado entrar a su laboratorio, ocasión que el sabio irlandés había aprovechado para mostrarle un prodigioso truco de magia: había hecho materializar un reloj de bolsillo sobre su mesa de trabajo. No quiso darle detalles al respecto. Solo la promesa de que se lo explicaría con detalle dentro de una semana, fecha para la cual estaba convocada dicha reunión. Los cuatro ilustres invitados mataron el tiempo comentando las extrañas circunstancias que rodeaban al encuentro, y a su anfitrión. Solo Ecahurren había sido invitado en persona, los demás recibieron una invitación por correo. La situación política de Chile había pasado a segundo plano, el tema del que todos hablaban en la ciudad era el excéntrico ingeniero, y sus misteriosas experiencias científicas. Aunque proyectada para ser una ciudad, Santiago conservaba mucho de su carácter de pueblo provinciano, y los chismes corrían con facilidad.
Con una inusual tardanza, Taylor apareció en la puerta de su laboratorio. Estaba irreconocible. Con la ropa rasgada, sucia, el rostro sudado, y cubierto de cicatrices y moretones. La empleada no pudo evitar un grito de espanto. Por un segundo creyó que su temor se había vuelto realidad.
Lo sentaron a la mesa, y le sirvieron agua. Parecía no haber comido en días. Saludó a los presentes, y se excusó por su deplorable estado, con todo el ánimo que pudo reunir a pesar de su exhausta figura.
—¡¿Pero qué demonios le ha pasado Taylor?! —preguntó Larraín.
—No me diga que estuvo adentro de un volcán probando su cápsula —inquirió el periodista.
—A decir verdad, no me he movido de mi laboratorio, señor Fernández —contestó Taylor.
—¿Sufrió una explosión, tal vez? —Smith.
—Ojalá fuera eso.
Tras observarlo un buen rato devorar un trozo de pan, Echaurren preguntó:
—¿Ha estado viajando en el tiempo, Taylor?
El británico hizo una pausa, en la cual miró fijamente a los presentes, con ojeras colgando de sus ojos. Tomó aire, y afirmó: “Será mejor que comience desde el principio”.
Dicho esto, dio paso a un largo y fantástico relato.
II
Como saben, caballeros, dediqué estos últimos seis meses a construir una cápsula que me permitiera adentrarme en el volcán del que les hablé. Para ello, basé mi trabajo en mi descubrimiento más prodigioso, la combarbalita. Originalmente, esa roca debía ser la fuente de poder de mi nave. No obstante, no tardé en darme cuenta que la radiación que emitía tenía un potencial mucho mayor.
Sometí a la roca a todas las pruebas que pude, todas con increíbles resultados. Pero el más asombroso vino cuando pulvericé una pequeña porción de combarbalita, y la sometí a un proceso de sublimación directa para obtener un gas. Así descubrí que esta roca emite un tipo de radiación muy especial. Luego de varios experimentos en una válvula termoiónica (o tubo de vacío) logré destilar un gas con un tipo particular de energía. Se trataba de una poderosa partícula llamada Gravitón. Una partícula hasta ahora hipotética para la comunidad científica, pero yo logré demostrar empíricamente su existencia. Caballeros, lo que yo tenía entre mis manos era la razón de ser de la gravedad misma. Todas las preguntas que surgieron desde que una manzana cayó sobre la cabeza de Newton partían con esta partícula. Toda la materia conocida de por sí la posee, está en las bases de su estructura subatómica. Pero el centro de la tierra, de donde es originaria esta roca, y el de los demás cuerpos celestes, deben ser auténticos reactores de esta radiación, fuente de su enorme fuerza gravitacional. He ahí la razón de que la combarbalita distorsione la gravedad en torno suyo.
Así, no solo tenía una roca con un núcleo de energía inagotable, también con la facultad de alterar la gravedad. Intenté usar ese poder para construir una nave que se moviera verticalmente, como un globo, pero con mayor maniobrabilidad. No obstante, una maquina voladora era poco comparado con lo que tenía entre manos. La energía de la que disponía no solo era suficiente, sino que excesiva. Cualquier máquina voladora que utilizara esta roca para funcionar hubiese explotado. En palabras simples, hubiese sido el equivalente a querer filtrar toda el agua de una represa de un caudaloso río por un pequeño agujero del diámetro de mi pulgar. La presión hubiese sido suficiente para, no solo agrandar el hoyo, sino que, eventualmente, colapsar la represa.
Luego me vi en la necesidad de resolver otro problema: el material. Necesitaba uno capaz de resistir las altísimas temperaturas de un volcán. Inactivo o no, pensaba llegar preparado. Fue entonces que descubrí que no necesitaba innovar con ningún material. Y no, no pensé en usar la combarbalita como un escudo, hubiese sido un desperdicio. Así como es posible generar un campo de fuerza gravitacional espontáneamente, descubrí la forma de canalizar esa misma energía en una especie de campo de fuerza energético. No es un material sólido, es energía pura. Y todo lo que se guarnece al interior de éste es inmune a prácticamente todo. Calor, frío, balas, el escudo perfecto y el arma perfecta… y mucho más también.
No tardé en darme cuenta que extraños fenómenos ocurrían al interior de este campo, cuando sintonizaba el campo de energía en una frecuencia de onda de alta intensidad. Lo probé con distintos objetos, lápices, tornillos, relojes… todos desaparecían al interior del campo. Inicialmente pensé que se desintegraban. Para mi sorpresa, todos esos objetos se materializaban nuevamente en la misma mesa de trabajo donde los había hecho desaparecer, exactamente tres días después. Pero mi confusión fue aún mayor cuando llegó el turno del reloj de desaparecer… estaba sincronizado en la misma hora, y en la misma fecha en que había experimentado con él, tres días atrás. Más adelante le mostraría ese mismo fenómeno al estimado doctor Echaurren, como un anticipo de mí descubrimiento. Pero volviendo al reloj, fue como si para él no hubiese pasado ni un minuto entre un día y otro… estaba anonadado, pero di con la solución.
Hace poco llegaron a mis manos los trabajos de un científico ruso de apellido Minkowski, que postula que tiempo y espacio son uno solo. No los aburriré con más detalles, pero los astrónomos afirman que el tiempo avanza más rápido donde hay fuertes campos magnéticos y gravitacionales. Ambas fuerzas estarían entrelazadas. Pudiendo manipular esas fuerzas, en teoría… se podría manipular el tiempo y el espacio.
Tenía que pensar en grande. Esta milagrosa roca no daba para otra cosa. Caballeros, lo que logré construir allá atrás en mi laboratorio, es algo que escapa de la imaginación de todo hombre. Tras innumerables cálculos matemáticos, y procesos de ensayo y error, construí algo magnífico. Algo que cambiará a la humanidad para siempre: construí una máquina del tiempo.
Tengo que decirlo, pero este invento es mi mayor orgullo. La construí con los materiales más nobles que pude conseguir. Todos de origen chileno. Circuitos y tubos de cobre mueven la electricidad por su estructura. Palancas de lapislázuli componen los comandos. El ser este material un conductor eléctrico por propiedad me permitía ajustarlo a lo que necesitaba. Hacia atrás está el reactor de combarbalita, la fuente de poder de la máquina. Por adelante y por atrás se ubican los “emisores de fuerza”, una especie de paraguas metálicos, dorados y brillantes. Ambos hechos de una aleación especial, basada, entre otras cosas, en la roca que hizo posible todo esto. Justo en el centro se ubica el asiento del viajero, y frente a éste, los comandos.
Créanlo o no, hace solo una hora yo me encontraba vestido con mi mejor traje. Me arreglé lo mejor que pude para un viaje histórico. Estaba impecable, muy distinto a mi actual aspecto. El caso es que subí a la máquina. Comparé la hora del reloj de mi laboratorio, ubicado frente a la máquina, con mi reloj de bolsillo. Estaban sincronizados perfectamente.
Luego comprobé la fecha en los comandos. 25 de octubre de 1889. Nuestra fecha actual. Activé los comandos, el reactor comenzó a vibrar, y luego accioné los emisores de fuerza. Estos se expandieron ligeramente, y comenzaron a girar, cada vez más rápido. En torno a estos se iba generando un campo de energía. Luego llevé mi mano a la palanca de lapislázuli. Esta brillaba ahora con un azul intenso y, suavemente, la empujé hacia adelante.
Mis primeros experimentos fueron precavidos, avancé diez minutos. Después media hora. Después un día entero. El reloj en frente de mí me confirmaba el avance del tiempo. Y mi reloj de bolsillo que, para mi marco de referencia, solo había transcurrido unos segundos.
Después di un salto mayor. Avancé dos años en el futuro. Me detuve en septiembre de 1891. Detuve la máquina, y me bajé de ésta. El taller estaba a oscuras. Ya no estaban ni mis pizarras llenas de ecuaciones ni las bobinas Tesla. Todas las ventanas estaban tapeadas. Al adentrarme en la casa, no tardé en comprobar que estaba abandonada. Solo había oscuridad, telarañas, y puertas cerradas con candado.
El sonido de un cañonazo me sorprendió mientras trataba de retirar una de las tablas que obstruía la ventana principal. Originalmente pensé que era el cañonazo del Santa Lucía. El que se repitiera tres veces más me indicó que se trataba de algo distinto.
Cuando finalmente logré salir me recibió un Santiago distinto. Uno convertido en un auténtico campo de batalla. No había civiles en las calles, sino soldados. No vestían el tradicional traje rojo y azul, sino uno blanco. Soldados y distintos bandidos, de esos que husmean debajo del Mapocho, saqueaban los edificios vecinos como si fuera lo más natural del mundo. Rompían las ventanas y se llevaban todo lo que encontraban de valor.
Primeramente, pensé que se trataba de una invasión extranjera. Luego me dirigí hacia el final de la calle Phillips, donde había una hoguera en plena calle. Estaban quemando periódicos, todos oficialistas. No logré rescatar ninguno de las llamas, pero tuve la suerte de encontrar uno al otro lado de la acera. Era, por cierto, un periódico del señor Fernández. Aunque estaba húmedo y medio diluido logré leer el titular. Así me enteré que el país había vivido una sangrienta guerra civil el último año, y que el presidente Balmaceda fue derrocado y se había suicidado.
No voy a ocultar que me conmovió profundamente ese hecho. Si bien nunca simpaticé con Balmaceda, no hay nada más desgarrador que una guerra civil. Los resultados los tenía ante mis ojos. No obstante, procuré mantenerme sereno. Aún tenía esperanzas en el futuro. Solo había avanzado dos años, y este país debía tener mucho más por delante. O al menos eso creía.
Decidí que era más seguro no interactuar con nadie. Seguramente me debían tomar como un hombre desaparecido, y era mejor que siguiera siendo así. En todo caso, no se veía ninguno de mis ilustres vecinos. Solo una turba de soldados y saqueadores que avanzaban, raudos y energúmenos, desde el fondo de la calle. Lo mejor era irse. Volví a mi antigua casa, y reactivé mi máquina, con rumbo hacia el futuro.
Me embarqué nuevamente hacia eras desconocidas. Vi en cosa de minutos como mi casa era derrumbada, y en su lugar era erigido un paseo peatonal. Gracias a eso, pude ver cómo iba cambiando el barrio. Los edificios residenciales fueron dando paso, progresivamente, a negocios y oficinas públicas. La arquitectura fue cambiando. Las terminaciones y ornamentaciones historicistas fueron desapareciendo, dando paso a construcciones más grises y sobrias. Cada vez más gente cruzaba el paseo, a la velocidad del rayo, y el cielo se iba poniendo progresivamente más opaco.
Una repentina explosión me hizo detener la máquina. Otra vez en septiembre, esta vez en el año 1973. Me encontraba en una acera, justo a un lado del paseo peatonal. El mundo que me recibió era gris, frío y sucio. El cielo estaba muy nublado, y las calles estaban hechas un desastre. A un lado barricadas, y al otro, brotaban humaredas y cenizas.
Descendí. Poderosas alarmas retumbaban en el aire. Camine hasta el origen de la humareda. Tras de mí divisé un verdadero monstruo metálico. Era una especie de cañón verde obscuro con ruedas, pero de un enorme tamaño y varias toneladas. Aplastaba toda la basura a su paso, y se desplazaba a la velocidad de un hombre caminando por el paseo. Yo me escondí detrás de un kiosko. Al pasar tan cerca, pudo sentir como el piso retumbaba ante la marcha de la mole metálica. Tras él venía un batallón de soldados. Todos vestían un extraño uniforme verde oliva, y un austero casco sobre sus cabezas. Nuevamente pensé que se trataba de una invasión extranjera, hasta que vi la bandera chilena estampada en el hombro de cada uno de los soldados.
Desde uno de los edificios, alguien anónimo arrojó, de un cuarto piso, una botella con un pañuelo prendido en fuego. El proyectil golpeó la mole metálica, estallando en cristales rotos y alcohol en llamas. Los soldados no tardaron en responder, se ubicaron en posiciones estratégicas, y dispararon a matar sus rifles hacia la ventana. Eran armas mucho más avanzadas a los rifles convencionales. Tenían el poder de disparar hasta tres balas por segundo. La ola de balaceras que le sucedió hizo tronar el aire de una manera ensordecedora.
Espantado ante esa imagen de desproporcionada brutalidad, retrocedí sigilosamente. Doblé en la calle Huérfanos, siguiendo las humaredas. En una decadente escena, vi como los soldados hacían fogatas donde quemaban grandes cantidades de libros. El conocimiento destruido por una brutalidad inexplicable. Paralelo a esto, los uniformados hacían redadas en los edificios. Los vi sacar a punta de pistola a docenas de civiles. Hombres, mujeres y niños. Los registraban, les gritaban, los hacían acostarse en el piso… ¡Hasta vi a embarazadas ser pateadas en el piso por los militares! Impactado, pero sin detener el paso, seguí hasta ver una imagen que me dejó en shock.
Llegué al origen de las columnas de humo. Era el mismísimo palacio de gobierno. La Moneda estaba en llamas, semidestruida, y siendo constantemente bombardeada por docenas de esas moles metálicas. Pude ver como los militares entraban por la fuerza a la entrada de Morandé y continuaban, desde dentro, con sus incesantes disparos.
Yo debía ser el único hombre vestido de civil contemplando ese infernal espectáculo. Mis ropas también eran muy distintas a la de los habitantes de ese futuro, por cierto, lo que me hacía destacar aún más. Era inevitable que unos soldados se me acercaran para detenerme. Con un lenguaje soez y lleno de improperios, me hicieron ponerme contra la pared, y con las manos tras la cabeza. Llegué a tener a tres soldados acosándome, preguntándome quién era, qué estaba haciendo allí, exigiendo ver mi “Cédula de identidad”. Yo no supe qué contestarles, solo les exigía que no me gritaran, traté de hacerles entender que no era un peligro. No me escuchaban, solo apuntaban la punta de sus rifles contra mi espalda.
Estaban a punto de llevarme con el grupo de detenidos que vi más atrás, cuando ocurrió una poderosa explosión. La cornisa del edificio más cercano se derrumbó, y los escombros casi nos aplastan. Yo me apegué a la pared, mientras que los soldados se alejaron lo más que pudieron. Cuando el polvo se había disipado, pude distinguir que los proyectiles venían esta vez del cielo. Al levantar la vista, divise unas prodigiosas máquinas voladoras. Tenían una forma alargada, oscura, como de un triángulo escaleno. Eran más veloces que un águila, e irrumpían en la atmósfera con un poderoso bramido, que cortaba el aire con la intensidad de un tambor. Estas águilas metálicas no tenían como objetivo los hombres en el piso. Sino La Moneda. Continuaron su bombardeo al palacio de gobierno, el cual sucumbió ante el acoso y el fuego de las armas aéreas y terrestres.
Aproveché la confusión para escapar. En todo caso, los militares ahora estaban más preocupados en continuar su lucha que en perseguir a un extraño fugitivo. Acorté camino por unas galerías, y volví al paseo donde estaba mi máquina. Accioné los controles, y me despedí de las sirenas y el olor a incendio.
De nuevo hacia el futuro. Mientras la máquina avanzaba no dejaba de preguntarme cómo había terminado los chilenos destruyéndose entre sí ¿no se suponía que este era un país tranquilo? Sea como sea, los cambios a mí alrededor no se detuvieron.
Incrementé un poco más la velocidad, y los destellos del mundo a mi alrededor, en continua mutación, fueron cada vez más imperceptibles. Solo lograba distinguir a los edificios, que eran cada vez más altos y brillantes. El cielo, en cambio se volvía cada vez más gris y sucio. Luego, una intuición pasó a convertirse en una certeza. Algo que ya llevaba unos minutos percibiendo. La máquina se estaba moviendo, y me refiero espacialmente. Me estaba desplazando, cada vez más notoriamente hacia el oriente. Ya estaba bastante lejos del paseo, de hecho, me estaba acercando al cerro Santa Lucía. Estuve a punto de detenerme, pero consciente de que no pasaría nada, preferí ver qué pasaba. Atravesé el cerro. La oscuridad del interior de la tierra no habrá durado más de unos minutos. Luego salí, y entonces tuve una mejor vista de Santiago. Me movía cada vez más rápido, fue como si lo atravesara en carruaje, y con mucha prisa. El mundo también mutaba cada vez más vertiginosamente. Las torres eran cada vez más colosales, hechas enteros de cristal, conectadas por distintos tubos y pasarelas entre sí. Y entremedio, revoloteaban docenas de objetos voladores cuya forma no pude percibir muy bien. Pero ahora me aproximaba hacia el cerro San Cristóbal.
Desconcertado, busqué una explicación para ese fenómeno. La máquina solo debía moverse por el tiempo, no por el espacio. ¡Pero claro, ahí estaba el problema! Era imposible pretender estar en un punto fijo para siempre. El ambiente alrededor de la máquina no era lo único que cambiaba, también la ubicación en sí. Recordemos, caballeros, que la Tierra experimenta movimientos de rotación, junto con los de traslación. Es más, nuestro sistema solar, e incluso nuestra galaxia entera también se desplazan. Consciente de esto cuando construí la máquina, la sincronicé con el campo magnético de la Tierra, para que permaneciera constante el punto terrestre en que iniciara el viaje. De lo contrario, durante todo ese tiempo habría estado presenciando los cambios del sistema solar, no los del barrio. Algo había salido mal con mis cálculos. Pues me estaba desplazando en la misma dirección que la rotación de la tierra, hacia el este.
Iba a detenerme, pues me encontraba peligrosamente cerca del San Cristóbal, y atravesarlo hubiese significado un largo rato bajo la tierra. Pero volví a sentir bombardeos, esta vez venían del este, luego del oeste. No quise detenerme para averiguar detalles, ya me había arriesgado demasiado. Si las armas en el siglo XX eran así de mortíferas, quién sabe qué vendría después. Retiré mi mano de la palanca y dejé que siguiera su curso.