Cinco dedos

Gayle Rivers · Capítulo 2 de 4 · parte 1/5

Páginas del PDF

Cinco dedos

Parte 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

 

Los cazadores

A las 4 y 30 del día 13, nos llevaron en un jeep hasta un transporte militar C-130 que nos estaba aguardando. Nuestro equipaje fue colocado en unas bolsas similares a las marineras y después en cajas de madera. Caminamos hasta el avión llevando solamente nuestras armas. Nadie vino a despedirnos, ni siquiera el coronel. Cinco minutos más tarde, despegábamos. El gran aparato sobrevoló el Mar de China y nos llevó durante cuatro horas por una ruta de circunvalación que conducía al norte de Tailandia.

Descendimos en una base aérea pequeña y polvorienta, ubicada entre Chian Khan y el Mekong, que los aliados usaban como punto de lanzamiento de las incursiones de las fuerzas especiales en los territorios del norte. Atrajimos poca atención, había muchos estadounidenses en el lugar. Apilamos nuestro equipaje bajo un cobertizo tratando de pasar lo más inadvertidos que era posible. Mientras Toliver obtenía confirmación, por medio de la radio, de que nuestros escondites de armas y suministros estaban preparados, los restantes miembros de la unidad comimos, hicimos algunos arreglos finales y acomodamos mejor el peso que debíamos cargar. A poco de regresar, Toliver fue hasta el río, distante unos seis kilómetros hacia el norte, para hacer arreglos que nos permitieran cruzarlo sin llamar la atención. Hablábamos poco y el viaje en avión había transcurrido casi en completo silencio.

Dejamos la base aérea a la medianoche y llegamos al lugar donde cruzaríamos el río a la una. Nos instalamos en un anfibio Bailey, manejado por un equipo de estadounidenses. Media hora después desembarcamos en Laos, en el lecho seco de un río. El cruce había sido tan simple que había parecido un acto cotidiano.

Subimos por un camino natural que debía ser el lecho de una corriente afluente del Mekong. Ésta atravesaba un valle poco profundo, apenas poblado. Caminábamos rápidamente, protegidos por matorrales bajos que crecían a ambas márgenes. Una vez que avanzamos varios kilómetros tierra adentro, abandonamos el lecho de la corriente para doblar hacia el norte. Nos abríamos camino a gran velocidad, casi corríamos. Bordeamos unas cuantas granjas y una aldea sin que nadie nos divisara.

Marchamos en total silencio hasta la mañana siguiente a las once. Todavía no nos preocupábamos mucho de los peligros que pudieran surgir ya que, lo más intenso de la guerra se desarrollaba al sudeste de nosotros hacia Camboya. Ésa era una de las razones por las cuales habíamos partido de Tailandia en lugar de atravesar el istmo de Laos. Avanzamos en forma sostenida hacia el norte, a través de terrenos bajos, que se extendían al oeste de una cadena montañosa salpicada de aldeas rodeadas de cultivos. En las horas más calientes del día nos detuvimos y dormimos durante cuatro horas.

Durante tres días caminamos por lechos de ríos, subiendo siempre por un amplio valle, donde estaba situado el pueblo de Ban Hinkang Na. Cruzamos muchos ríos menores que se volcaban en el principal hasta llegar a un tributario, de corriente muy rápida, que en nuestros mapas correspondía con un arroyo que pasaba junto a la ciudad de Ban Muang Fuong ubicada varios kilómetros al este de nosotros. Caminamos más de tres kilómetros siguiendo el curso de un afluente, divisamos la loma que estábamos buscando, descansamos un poco y después caminamos hacia ella. Diez minutos después habíamos alcanzado nuestro primer escondite de armas y suministros que estaba bien escondido entre el follaje de la ribera.

Había allí material suficiente para reequiparnos completamente salvo los cohetes de Jackson y las municiones para mi escopeta. Lo único que recogimos fue alimentos, carne salada envuelta en lienzo, carne seca, latas de verdura deshidratada, galletas de malta y, además, cantimploras nuevas porque las que llevábamos se estaban oxidando rápidamente. Todo lo que dejamos lo escondimos entre el matorral y regresamos al camino que marcaba la corriente principal, a la mayor velocidad posible, ya que no sabíamos quién podría estar observando el escondite.

Desde un punto de descanso a otro caminamos diez horas seguidas, de un tirón, deteniéndonos sólo quince minutos cada cuatro o cinco horas, además de la pausa de media hora dedicada a la transmisión de radio. Por el momento, era fácil avanzar por la ruta establecida y lo hacíamos velozmente. Siempre iba doscientos metros adelante un grupo que jamás detenía su marcha. Si alguno de los que lo formaban se detenía para beber o para hacer sus necesidades, después tenía que arreglárselas por alcanzar a los que iban adelante. La marcha jamás se detenía y comíamos mientras caminábamos.

El ritmo que llevábamos no nos cansaba. En cierto sentido, era agradable, parecíamos gente que hubiera salido a cazar excepto que nuestra marcha era forzada. No había tiempo para permitirnos satisfacciones personales. Sencillamente, las ignorábamos. Nada de quedarse bañando en un arroyo, los placeres de ese tipo no tenían cabida entre nosotros.

Avanzábamos haciendo intervalos siempre en estado de alerta y con nuestras armas listas. Ése era el mejor modo de llevar las armas en una marcha rápida como lo era la nuestra, no hay cosa más incómoda que moverse con un arma colgada al hombro.

Hablábamos muy poco. Estábamos tensos, como un corredor ante la línea de partida. El tiempo era para nosotros como una sustancia dentro de la cual nos abríamos paso a empujones. Disponíamos de tres semanas. Queríamos apurarnos al comienzo y después darnos el gusto de demoramos.

Anduvimos durante medio día para distanciarnos del escondite y nos detuvimos por primera vez para comer. Durante nuestra caminata habíamos recogido porotos y repollo silvestre de sabor dulce. Pusimos ambas cosas dentro de una cacerola, junto con la carne y nos hicimos un guiso delicioso.

Al cuarto día, entramos en terreno más alto. Se veían algunos campesinos. La vegetación era espesa, demasiado como para penetrar en ella salvo yendo por sendas o por el lecho del río; ahora estábamos expuestos a tener un enfrentamiento en el momento menos pensado y en cualquier recodo de nuestro camino. En la época del año en que estábamos el lugar más conveniente para andar eran los lechos de las corrientes, reducidas a hilos de agua que ondulaban entre los guijarros. La vegetación en ambas márgenes era espesa y eso nos proveía de un buen medio de ocultarnos. Durante el período de las lluvias los ríos vendrían muy crecidos pero, por el momento, parecían, más bien, avenidas pavimentadas toscamente. Teníamos que ser cautelosos ya que los campesinos lavaban y pescaban en el río y lo usaban como camino. Nos acercamos a Nam Lik, que significa río en el idioma de Laos y de Vietnam. En tres días, hicimos casi ciento sesenta kilómetros, sin embargo, reconocíamos que eso era lo más fácil de nuestra misión.

Hasta ese momento, nos habíamos movido empleando casi exactamente el mismo tiempo que habíamos calculado en nuestros planes. Habíamos encontrado las aldeas en el sitio y en el momento previsto. Circulamos con la mayor cautela, alrededor de ellas, para después continuar en línea recta por el campo. La escasa población estaba concentrada en pequeñas aldeas agricultoras y muy pocos de sus habitantes se alejaban de ellas. Salimos de las tierras altas a unos dieciocho kilómetros del río Lik y allí tomamos una huella que nos llevaba hacia nuestro destino.

Una vez que vimos el río Lik, que corría a la distancia, dejamos la huella y nos internamos entre los árboles en total silencio. Toliver marchaba adelante y de pronto se dio vuelta para hacernos señas de que nos agacháramos. Él, a su vez, se agachó metiéndose entre la maleza y se acercó gateando hasta nosotros.

—Hay gente en el río —dijo.

—¿Militares? —preguntó Jackson.

—No sé. No han apostado ningún guardián. Son alrededor de doce entre hombres y mujeres. Se están bañando y nadando. Tienen el aspecto de campesinos.

La descripción sólo permitía deducir que no usaban el uniforme de Pathet Lao ni el del gobierno. Por otra parte, sabíamos que la mitad de las fuerzas de resistencia que podíamos encontrar estaban formadas por campesinos.

Nos arrastramos hacia el río. El lecho del Lik se extendía unos cien metros de banda a banda y la corriente que se deslizaba sobre piedras planas a menudo no tenía más de diez metros de ancho. Exactamente, delante del sitio donde estábamos escondidos el agua había desgastado la piedra para formar una pequeña piscina donde varios hombres desnudos estaban sumergidos hasta el pecho o se zambullían. Se veía que eran jóvenes, casi todos adolescentes.

Una mujer, también joven, flotaba totalmente vestida, cerca de la margen opuesta, junto a una pila de ropa. No había forma de saber si eran campesinos que descansaban del trabajo, una patrulla de Pathet Lao o mercenarios de alguna tribu. Fueran quienes fuesen, nos estaban interrumpiendo nuestra única ruta.

El territorio que se extendía hacia el este estaba cubierto por mucha vegetación. Llegar al lecho del río iba a ser muy difícil ya que, por muchos kilómetros estaba flanqueado por un barranco abrupto. Dar vuelta por el oeste nos iba a significar la pérdida de medio día.

—Les daremos veinte minutos —dijo Toliver—. Jackson, tú y Wiley ocúpense del flanco izquierdo. Si tenemos que hacerlo, maten primero a la mujer. Tan, tú y Rivers ocúpense del flanco derecho. Nosotros cubriremos el centro. No quiero que ninguno de ellos salga del agua.

En el momento en que comenzábamos a separarnos, vi que Tan tomaba a Toliver por el brazo.

—¡Mira! —dijo.

Otra mujer se había reunido a la primera. En los brazos llevaba media docena de armas automáticas.

—Mátenlos —ordenó Toliver.

Acababa yo de ponerme en posición para disparar cuando Jackson y Wiley voltearon a las dos mujeres con dos disparos simultáneos que sonaron como uno solo. Los hombres comenzaron a gritar y a moverse hacia sus armas, que estaban tiradas sobre el suelo cerca de las mujeres. Estaban muy juntos y, mientras trataban de avanzar frenados por el agua, Tan disparó contra ellos. Wiley se puso de pie y les arrojó dos granadas. Los cuerpos desnudos saltaron por el aire, cayeron al río y se alejaron flotando lentamente sobre la corriente. Jackson mató a dos que quedaban con vida y que se arrastraban por las rocas. Fuera de él, Wiley y Tan, los restantes no tuvimos oportunidad de disparar nuestras armas.

Nos deslizamos hasta la playa y después nos acercamos al río que ahora corría enrojecido de sangre. Rápidamente, nos cercioramos de que nadie hubiera quedado con vida. Yo me acerqué a las mujeres, las dos estaban muertas, con sendos balazos en el pecho. Toliver nos hizo señas con la mano y continuamos camino siguiendo el cauce del río. No hicimos nada por ocultar la matanza, que la tomaran como el resultado de un altercado entre facciones lugareñas. Lo que deseábamos ahora era poner distancia y anduvimos a la mayor velocidad posible durante una hora al cabo de la cual nos detuvimos a descansar. No mencionamos en absoluto lo que acababa de ocurrir, a pesar de que se trataba de nuestro trabajo, ya que había sido una clásica emboscada, ejecutada con la precisión que era de esperarse de un grupo como el que formábamos. De dos disparos se habían muerto las dos personas que tenían las armas. Dos granadas y fuego de armas automáticas habían ultimado a los diez hombres restantes, en menos de tres minutos. Ninguno había sobrevivido como para denunciar nuestra presencia y nosotros no teníamos siquiera un rasguñón. Por lo tanto, nada había que comentar acerca de la operación, los miembros de las fuerzas especiales hablan solamente de aquellas que salieron mal. Personalmente, yo no sentía otra cosa que ese vacío que experimenté después de ejecutar mi primera muerte, dieciocho meses atrás.

Era mi primera misión de combate, un patrullaje de reconocimiento que partiendo de Terendak penetró en Indonesia. Estábamos en la selva y era de noche. Ocho de nosotros se encontraron con veinte terroristas indonesios que avanzaban formados en V. Los vimos y nos arrojamos al suelo antes de que nos descubrieran. El grupo principal se acercaba, pero uno, que se había desprendido de él, avanzó directamente hacia mí. La lógica más simple me decía que si yo no lo mataba a él, él me mataría a mí. No podía darme el lujo de analizar por qué estábamos peleando. Eso ya lo había hecho antes de salir de misión.

Esperé a que llegara bien cerca, entonces me puse de pie, lo tomé del cabello y, apoyándolo en la rodilla, lo hice inclinarse hacia atrás. Aquello de rebanar el pescuezo a alguien no es muy exacto. Si se lo hubiera rebanado, en la forma que la gente imagina, sus gritos se hubieran escuchado varios kilómetros a la redonda. Lo que hice fue clavarle el puñal al costado del cuello y moverlo hacia adelante, con lo que le corté la tráquea y la vena yugular. Ni siquiera pudo hacer el ruido propio del que se ahoga. La operación completa me llevó más o menos cinco segundos. Como me había acercado demasiado al hombre, en el momento en que lo degollé me saltó un chorro de sangre a la cara. También me las ingenié para cortarme dos dedos de la mano izquierda. Realmente había actuado con torpeza pero lo importante fue que los indonesios jamás echaron de menos al muerto y que nosotros pasamos a su lado sin que se enteraran.

Descendimos por la pared norte de una garganta muy escarpada, siguiendo a Toliver, que nos guió hacia el lecho seco del Nam Lik. La misma escarpa nos ocultaba de los que nos pudieran divisar desde un sendero que iba bordeando la garganta y, por ese motivo, durante los casi cuarenta kilómetros siguientes tuvimos que continuar por ese camino. El Lik tiene un curso muy caprichoso; durante muchos kilómetros corre hacia el nordeste, después hacia el este y finalmente, vuelve a orientarse hacia el norte. Allí se divide en dos, un brazo sigue rumbo norte y otro se orienta decididamente hacia el este. Este último, era camino casi directo a nuestro punto de destino, sin embargo, elegimos el primero, que tocaba Ban Namon, ya que el brazo este pasaba frente a Vangvieg, donde estaba el cuartel general regional de Pathet Lao, y donde desarrollaban actividades tribus mercenarias, hacia el sur y oeste de la planicie de Jarres.

Nuestro plan era continuar por el lecho del Lik hasta cerca del punto donde éste cruzaba la ruta número 13 y después caminar por las estribaciones de las lomas que se elevaban al oeste, paralelas a la ruta, hasta llegar a su punto de unión con las rutas 4 y 7, de modo que el río quedara entre nosotros y aquélla. Cuando estas tres rutas se reunieran para formar la principal, que corría hacia el oeste, hasta Luang Prabang, la cruzaríamos, después de haber cruzado el río, y nos dirigiríamos hacia el norte. Esto significaba abandonar el curso del Lik hasta llegar a la última aldea que quedaba después de Ban Namon. Se suponía que íbamos a llegar a ella a la noche y que la rodearíamos al amparo de la oscuridad pero arribamos a última hora de la tarde, después de cinco días de marcha. Mientras esperábamos que la noche cayera, desde la margen opuesta observábamos la aldea, construida junto al río y formada por unas cuantas chozas. Antes de que cayera la noche pasaron por ella dos patrullas de Pathet Lao. Ambas doblaron hacia el oeste tomando el mismo rumbo que íbamos a seguir nosotros. Según nuestros mapas, saliendo de la aldea hacia una extensión de campo raso que nos llevaría dos horas en atravesar. Tendríamos que movernos con más precaución que nunca.

—Dieciocho hombres —contó Tan luego que pasó la segunda patrulla. La primera contaba con menos de la mitad de hombres. Tan observaba provisto de unos enormes prismáticos.

—¿Qué es eso? —preguntó Morrosco al verlos.

—Son de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a un almirante alemán.

—¿Dónde los conseguiste?

—Los compré en Tokio.

—¿Ves algún combate naval? —preguntó Morrosco.

—Veo dieciocho hombres que siguen nuestra misma ruta.

La sonrisa de Morrosco desapareció.

Yo observaba la partida de la patrulla con mis propios prismáticos pequeños y de fabricación alemana. Estaba comandada por un nervioso joven que gritaba y empujaba a los restantes a medida que iban saliendo de la aldea. Los altos oficiales de Pathet Lao eran soldados evolucionados, que sabían cómo imponer respeto, pero los oficiales más jóvenes a menudo eran campesinos que a duras penas podían hacerse respetar y que, por ello mismo, con frecuencia lograban un efecto cómico. Fuera de esto, estas pequeñas unidades —formadas generalmente por treinta o menos hombres — eran muy disciplinadas y estaban muy entregadas a su causa y constituían un eslabón dentro de una bien definida cadena disciplinaria. Incluso durante el combate eran muy controlados, al extremo de que tenían que limitar hasta sus disparos. Disponían de un buen sistema de comunicación regional y de un eficiente servicio de inteligencia. Debido, quizás, a esta misma disciplina, sus métodos guerrilleros eran muy convencionales, en contraste con los de los mercenarios que llegaban a veces a emplear recursos inimaginables.

Cuando se hizo de noche nos deslizamos hasta el río. El lugar más seguro para cruzar estaba a quinientos metros río arriba donde la barranca no alcanzaba la altura de un hombre. La corriente, que corría sobre guijarros, tenía unos cien metros de ancho y era muy escasa, salvo al medio, en que el agua llegaba hasta la rodilla.

Nos quedamos ocultos hasta la medianoche, hora en que la aldea se sumió en el sueño. Toliver mandó a Jackson y a Morrosco adelante. Descendieron la barranca, cruzaron el río y llegaron a la otra banda en menos de un minuto. Los restantes nos quedamos tirados en el suelo, silenciosos, durante quince minutos, antes de que Wiley y Prather comenzaran a andar. Después Tan cruzó solo y recién pasados cuarenta y cinco minutos más, cruzamos Toliver y yo.

Me satisfacía esa obsesión que Toliver tenía porque cuidáramos de mantenernos inadvertidos, ya que la única forma de sobrevivir era ésa. Un grupo pequeño podía cruzar ante una patrulla enemiga sin que ésta lo viera pero con uno de siete hombres la cosa era diferente y si alguien los estaba buscando, en el mundo entero no encontrarían un escondite donde meterse.

Subí hasta la ribera y me quedé quieto tirado en el suelo. Estábamos todos juntos y de pronto me di cuenta de que había tres cuerpos más. Se trataba de los cadáveres bañados en sangre de tres campesinos. Sin decir una palabra, Jackson y yo los arrastramos hasta los matorrales y les quitamos sus anillos y las billeteras que luego iríamos arrojando por el camino. De esa manera, los aldeanos echarían la culpa de lo sucedido a los bandidos.

En las montañas que se elevaban más allá de la aldea el bosque desaparecía para dar lugar a un paisaje de pastizales rocosos. Avanzamos hacia el noroeste hasta dar con las estribaciones y después tomamos rumbo norte, caminando paralelamente a ellas. Toliver quería cruzar la ruta exactamente sobre Muang Kasi para distanciarnos de Luang Prabang. Muang Kasi estaba situada a unos treinta kilómetros hacia el norte sobre un terreno áspero y abrupto pero eso no era gran obstáculo ya que marchábamos a buena velocidad. Después de una subida muy empinada que nos llevó dos horas, llegamos a un lugar donde las estribaciones formaban una planicie boscosa. Los árboles crecían tupidos pero la subvegetación era escasa. De rato en rato, salíamos del bosque y caminábamos por amplias extensiones cubiertas de hierba. Aquí no teníamos mucho dónde ocultarnos pero, afortunadamente, la región estaba deshabitada y no perdimos el ritmo de la marcha. Llegamos a Muang Kasi medio día antes, ya que estaba previsto realizar el cruce a la noche. Acampamos mirando hacia la aldea y esperamos la señal radial. Descansamos durante toda la tarde hasta la noche. Yo saqué un higo seco, comencé a chuparlo y me volví hacia Toliver. Los dos nos habíamos organizado de manera tal que nuestros momentos de descanso coincidían.

—¿Quién mató a esos tres tipos? —pregunté.

—Yo —contestó Jackson—, yo y Morrosco. Cuando salí del agua, uno de los tipos estaba sentado en la playa y se levantó para ver qué pasaba. Caminó justamente hacia la punta de mi puñal. Desgraciadamente, al morir hizo un ruido y los otros dos, que deben de haber estado con él, salieron de entre los yuyos, corriendo, y yo y Morrosco tuvimos que liquidarlos.

Desde el lugar donde estábamos descansando podíamos ver la ruta número 13, que corría paralela a la otra ribera, pasando por Muang Kasi. Había dos puentes que conectaban con la ruta, huellas que salían de la aldea. En los dos había mucho movimiento, carros tirados por bueyes o caballos, uno que otro jeep, además de campesinos que circulaban a pie. Nuestros mapas mostraban que más allá del segundo puente corría un brazo poco profundo del río por el que podríamos cruzar sin peligro. Al llegar la noche, la aldea se sumió en el sueño y nosotros bajamos hasta el lecho del río y comenzamos a caminar rodeando la ribera oeste. Apenas habíamos empezado a movernos cuando varios campesinos aparecieron caminando por la ruta. Nos zambullimos en el agua que nos llegaba hasta el pecho protegidos sólo por la barranca sobre la que corría la ruta.

Permanecimos en el agua hasta llegar al primer puente y allí salimos para ocultarnos entre los matorrales de la ribera. Wiley fue el primero en salir. En cuanto los restantes comenzábamos a movernos, lo vimos agacharse, obligando a Toliver a hacer lo mismo. En la palidez de la noche divisé un pequeño bote de madera que navegaba hacia nosotros. Todos nos volvimos a sumergir en el agua. Había tres hombres en el bote, que conversaban apaciblemente, y cuando el bote viró, nosotros nos deslizamos detrás de él. Llegué hasta Wiley y nuevamente me sumergí en el agua. Durante un cuarto de hora permanecimos quietos, en medio de la suave corriente, entonces Toliver tocó el hombro de Wiley y comenzamos a avanzar.

Cruzamos bajo el segundo puente sin contratiempos pero inmediatamente nos dimos con un puente de pontones que no estaba señalado en nuestros mapas; era una trampa para peces o un muelle para botes de reciente construcción. Estaba construido con barriles de corcho amarrados sobre sí por sogas y cubierto por tablas. El piso estaba a más de dos metros sobre nuestras cabezas. Nos quedamos estudiándolo durante un rato y entonces Toliver dijo a Prather:

—Lew, fíjate si te puedes meter por debajo. Prather se quitó la carga, se la entregó a Tan y a Morrosco, respiró hondo y se sumergió. Luego de treinta segundos salió para tomar otra bocanada de aire y volvió a desaparecer de nuestra vista. Hizo esto dos veces más. Después de la cuarta tentativa emergió resollando.

—Hay muchos pilotes y no pude encontrar un espacio por donde pasar. Podríamos encontrarlo si nos tomáramos más tiempo pero de todos modos alguno podría ahogarse allá abajo. Creo que no vale la pena correr ese riesgo.

—Entonces tendremos que subir y pasar por encima —dijo Toliver—. Ve y echa una mirada, Lew.

A ambos lados del puente, en ambas riberas, había senderos que desembocaban sobre él de manera que hasta que pasáramos y alcanzáramos el río, al otro lado de la construcción, estaríamos expuestos a la vista de cualquiera. Tendríamos que pasar a toda velocidad. Prather preparó su puñal. Morrosco y Wiley lo ayudaron a trepar por la resbalosa pendiente que se elevaba allí tres metros. De pronto, sus botas mojadas resbalaron y se deslizó hacia abajo la mitad del camino que llevaba recorrido hasta que se tomó de una raíz. Volvió a trepar y ya se tomaba con ambas manos del borde cuando escuchó que alguien se acercaba. Vi que Prather levantaba la cabeza para espiar, luego oí la voz de un hombre que hablaba más en tono de curiosidad que de sospecha. Prather trataba de subir hasta el sendero pero sus pies continuaban resbalándose en el barro. Mientras luchaba por no caer del todo, el hombre volvió a hablar.

—¿Qué le contesto? —preguntó Prather sin volver la cabeza. —Por amor de Dios, ¡mátalo! —respondió Toliver en un susurro.

—Es que no puedo izarme.

De pronto, el hombre apareció al borde del barranco y se detuvo junto a la cabeza de Prather. Estaba vestido con un uniforme improvisado y llevaba un rifle con el cual apuntó al inglés. Nos debió de haber visto claramente a los siete pero, sin embargo, parecía estar totalmente tranquilo. Ésa era una actitud típica de la milicia campesina de cualquier lugar, como si el individuo se negara a creer en la realidad de la guerra, aunque la viera ante sus narices.

En ese momento un pie de Prather encontró una piedra y subió arriba del barranco como quien trepa una escalera saltando los peldaños de tres en tres. El hombre debió, entonces, reconocer en la silueta de Prather algo que no era oriental. Brincó hacia atrás, trastabillando, trató de apuntar pero sus movimientos eran inseguros y, además, estaba asustado. Se sintió un fuerte crujido cuando Prather le dio una bofetada que pareció romper la cara del individuo. La sangre le manaba de la nariz y de la boca. Mientras caía, Prather lo agarró por la manga, le colocó la cabeza bajo el sobaco y le dio un tremendo golpe hacia abajo. El cuello del hombre se quebró como madera seca y el cuerpo cayó por su propio peso. Prather desapareció de nuestra vista y todos permanecimos quietos, esperando dentro del agua, con las armas listas. Un momento después, el inglés asomó la cabeza por el borde del barranco y dijo:

—Era él solo.

Le entregamos la carga y después él nos izó uno a uno hasta que todos estuvimos arriba. Inmediatamente, nos sumergimos en el agua al otro lado del puente. Prather nos alcanzó el cuerpo del soldado muerto y Tan y Morrosco lo ataron con listones de tela, arrancados de las camisas, a los pilotes de la construcción. Pasarían muchos días antes de que pudiera flotar hasta la superficie.

Durante casi dos kilómetros bordeamos el lecho del río, vadeamos los pantanos formados a su costado; cruzamos la ruta 13 y doblamos hacia el noroeste para tomar las lomadas que se elevaban paralelas al camino. Todos sentimos un gran alivio al saber que entre nosotros y cualquier actividad en las afueras de Luang Prabang estaba la ruta. Durante seis kilómetros caminamos por campo abierto y después subimos por una serie de lomadas donde la vegetación se volvía espesa proveyéndonos de una protección que nos permitía relajarnos. Prather encendió su pipa y Wiley se sentó a armar un cigarrillo. Comenzamos a hablar en voz baja. Me reuní con Toliver y me senté a su lado. —Tuvimos demasiada suerte —dije.

—Tienes razón —respondió Toliver—. Ese tipo podía haber hecho volar a Lew del barranco.

—Pero no debemos confiar en la suerte —repliqué. —Jamás pensé en eso —me contestó Toliver un poco sorprendido.

—Si ese tipo hubiera tenido un poquito de pasta de soldado, el infierno entero se nos hubiera venido encima.

—Pero no tenía esa pasta —dijo Toliver y se fue a donde estaba el resto de la unidad.

Me hacía sentir frustrado y disgustado el pensar en tantas cosas imprevisibles que controlaban nuestro destino. Cuando estábamos en el puente, ¿por qué había muerto el soldado y nosotros habíamos quedado con vida? ¿Era acaso uno de los altibajos de la suerte? Me producía una desagradable sensación en el estómago ver cómo a veces el peor de los soldados sobrevivía a uno y otro error mientras el mejor parecía caminar derecho hacia la bala que lo mataría. La muerte no tenía lógica.

Mientras trepábamos, el paso espeso se fue transformando gradualmente en selva. Al comienzo, la vegetación era verde y tierna y el follaje denso crecía en busca del sol. A medida que subíamos se tornó más seca y achaparrada. De pronto, nos encontramos caminando en medio de matorrales espinosos que nos desgarraban la ropa y nos rasguñaban manos y cara. Al final, desembocamos en una ladera escabrosa cubierta de matas de pasto duro que nos llegaban hasta la rodilla. Caminamos durante tres horas, al descubierto, sin ver ninguna señal de presencia humana.

Nos estábamos acercando a la aldea de Ban Oho Khuan, que pensábamos eludir para retomar la ruta 13 más adelante. Cerca de la medianoche, comenzamos a encontrar sendas y cruzamos por arrozales aislados cerca de los cuales había unas cuantas chozas. De nuevo, nos sumimos en silencio. Escuché a Wiley toser suavemente. Toliver también lo oyó y se volvió para caminar a su lado.

—No llegué a secarme bien. Me parece que me estoy por resfriar —dijo Wiley sin que le preguntaran nada.

—Será mejor que hagamos un vivac y que descansemos un poco —dijo Toliver.

Durante seis días habíamos marchado a un ritmo sorprendente. Nuestra tenacidad era lo único que nos hacía dominar el agotamiento físico pero éste, tarde o temprano, se haría sentir. Toliver se apresuró para buscar un buen lugar donde acampar.

—Nos detendremos aquí —nos dijo, cuando los restantes nos reunimos con él en un claro de la selva.

Antes de sentarnos atendimos al cuidado de nuestras armas.

En la selva no teníamos mayor problema con la oxidación pero, en cambio, la humedad y la transpiración de las manos las volvían resbaladizas. Primero, las untamos con aceite y luego las frotamos hasta casi dejarlas secas. Las partes movibles recibían una gota de aceite y, después, una cobertura de una pasta compuesta, básicamente, de carbón vegetal, parecida al betún de las botas, que les daba una terminación mate muy peculiar.

Tan y yo atamos unas doce ramas y las cubrimos con lonas para formar una especie de tinglado bajo el cual pudiéramos dormir todos. Después de unos minutos de haber cesado la marcha, la fatiga pareció adueñarse de la unidad. Despaciosamente, comimos nuestra comida fría. Morrosco curó una herida de instrumento filoso que se había hecho Prather cuando mató al tipo junto al puente.

—Ah, muchacho, estamos desafiando al tiempo. Muchos kilómetros en sólo seis días —dijo Morrosco dándole a Wiley un golpecito en el hombro.

—Pareciera que somos invisibles —comentó Wiley.

—Tratemos de continuar siendo así —dijo Toliver mientras estudiaba los mapas —. Tenemos que andar 16 kilómetros para cubrir la distancia entre la ruta 13 y la 7. Tendremos que hacerlo de noche. Es la una —dijo mirando su reloj—. Descansaremos tres horas. Jackson, divide la guardia con Morrosco. Despiértame a las cuatro.

Era mejor que cinco hombres durmieran bien y no los siete mal.

La noche era totalmente oscura cuando Morrosco me sacudió para despertarme. Cargamos nuestro equipaje y nos pusimos en marcha. Rápidamente, salimos de las montañas y llegamos al fondo de un valle situado detrás de Ban Pho Khuan. Rodeamos la aldea y atravesamos arrozales situados al sur de ella donde, sin mayor problema, cazamos varias gallinas y las atamos a las mochilas para después prepararnos una comida caliente. Antes de que el primer campesino se despertara estábamos bien lejos de la aldea a mil metros de la cual, el sendero que salía de ella, desembocaba en la ruta 13. Todavía nos quedaba una hora antes de que comenzara a amanecer. La ruta estaba vacía.

Marchábamos dejando unos metros entre uno y otro, por el borde del camino, y a la mayor velocidad posible. Yo sentía que a cada paso la tensión que antes había sufrido iba disminuyendo y se debía a que ahora no teníamos que abrirnos paso en medio del matorral. La sangre parecía correr libremente por mis piernas y se me aliviaban los calambres que me habían mortificado durante toda la noche. En la vida guerrera yo había conocido pocos momentos de alegría y éste, de caminar bien de mañana por la ruta, era uno de ellos. Mientras la luminosidad que precede a la salida del sol se extendía por el campo, esa marcha forzada se transformó en una agradable caminata. Por primera vez, en una semana, disponía de libertad para pensar. Cuando tenía que subir y bajar montañas y tratar de sobrevivir a dificultades que se me iban ofreciendo sobre el terreno, me veía obligado a olvidarme de las meditaciones. Los ríos y las montañas desgastaban los nervios. Las peleas con armas de fuego los forzaban hasta su extremo máximo para después dejarlos torpes y pesados. Pero esa mañana, mientras caminábamos por la ruta, yo sentía como si me hubieran quitado de los hombros una docena de kilos. Caminaba a trancos largos. La articulación de mis piernas con las caderas parecía haberse librado de todo el polvo y la arena acumulados durante seis días.

Tan iba al frente caminando a paso rápido. Yo podía comprobar que los que marchaban delante de mí aparentaban estar tan rejuvenecidos como yo pero esa sensación no nos inducía a demorar la marcha. Un hombre que hace seis días anda por territorio enemigo jamás pierde el estado de tensión, sin embargo, había en nuestro paso una elasticidad, fruto del sentimiento de estar gozando de un momento de alivio, que aprovecharíamos para fortalecernos y enfrentar mejor nuestro próximo futuro.

Estábamos a pocos kilómetros de la unión de la ruta 13 con la 7. Las dos tenían mucho tráfico militar. Durante largo rato lo único que escuchamos fueron los ruidos del bosque y de las armas que llevábamos y el murmullo del roce de la lona y el cuero de nuestra ropa. El tránsito comenzó al tiempo que el paisaje empezó a colorearse. Escuchamos el ruido distante de un jeep que se acercaba y nos escondimos entre los árboles hasta que pasó. Poco después apareció otro. La tierra despertaba. Dejamos el camino y continuamos la marcha por las lomadas que se levantaban al este; subimos hasta una altura para desde allí hacer un reconocimiento de la zona. La selva bullía del movimiento de pájaros, insectos y animales escondidos entre el follaje espeso. Mientras caminaba observaba cómo el sol iba iluminando las montañas del oeste. Me acordé de otra mañana, fría y de aire gélido, no sofocante, en la cual siendo niño subí las montañas acompañando a un grupo de hombres. En esa ocasión, había sentido una libertad que luego, cuando bajé, se desvaneció. Recordaba a esos hombres, a esa montaña y sentí que la emoción renacía.

Un pájaro de brillantes colores se echó a volar ruidosamente desde los árboles que teníamos adelante. Hizo un círculo, batiendo furiosamente las alas sobre la fronda, a unos quince metros sobre nuestras cabezas. Apunté, aguardé y apreté lentamente el gatillo. El pájaro hizo un giro violento y cayó al suelo entre una lluvia de plumas. Prather disminuyó la velocidad de su paso para permitir que yo lo alcanzara.

—Qué hermosa vista la de las montañas a la mañana —dijo. Yo asentí. Por un momento, había vuelto a mi infancia en Nueva Zelanda.

—¿Estabas pensando en tu patria? —me preguntó. —La mañana es momento propicio para hacerlo —respondí. Prather señaló hacia el oeste donde el sol iluminaba el río que iba haciendo meandros al pie de las montañas.

—Si la luz fuera más suave, esas montañas podrían ser de Devon —dijo.

—¿Tienen mucha selva en Devon? —preguntó Morrosco, que se había reunido a nosotros—. Es divertido —continuó— pero estas montañas me hacen acordar al Lower East Side. Mi padre tiene una plantación de cocos en una montaña muy parecida a ésas, cerca de Washington Square.

—¿Qué puede saber del campo un muchacho de ciudad? —Si este muchacho de ciudad hubiera sabido lo que es el campo, se hubiera vuelto a la ciudad. En cambio, ustedes nacidos en el campo no tienen excusa para estar aquí.

—No digas tonteras, Morrosco —dije sin malicia. Había observado que durante la semana que había transcurrido nos habíamos vuelto más unidos. Allá abajo, donde cada paso nos acercaba a un enemigo invisible, donde cada movimiento era una lucha contra un ambiente hostil, yo a veces me sentía completamente solo, como si arrastrara, casi como un autómata, mi fatiga, mis ansias y mi cuerpo hacia un objetivo fantástico e imposible. Pero aquí arriba, en las montañas, donde podíamos ver a kilómetros de distancia, donde nuestros pasos no eran una lucha contra plantas espinosas ni suelos resbaladizos, donde podíamos respirar tranquilos y conversar sentía que nos entendíamos hasta formar un grupo estrechamente unido. Casi se podría decir que estábamos gozando de la vida. El natural buen humor de Morrosco, decaído durante varios días, volvía a brillar. Prather iba callado, probablemente pensaba en su familia. Incluso, Tan se mostraba más franco y sus ojos no tenían esa expresión furtiva. Por primera vez, después de varios días, caminábamos derechos. Nuestras espaldas estaban erguidas y los hombros tomaron una postura más relajada.

Toliver determinó una dirección y comenzamos a caminar más rápidamente. Íbamos por los campos verdes como si voláramos. No sentía sobre mi espalda el peso de mi equipaje. Subíamos las lomadas y bajábamos a los valles y, sin embargo, no nos sentíamos ni cansados, ni sedientos, ni hambrientos.

En el lugar donde la ruta 13 doblaba en ángulo hacia el oeste, rumbo a Luang Probang, rodeamos Ben Pho Tout y continuamos hacia el norte por el empinado cajón de un río. Queríamos mantenernos bien al este de las patrullas que protegían la capital situada a sólo unos quince kilómetros de distancia. Primero, anduvimos por un camino de tierra, después por senderos abiertos en la selva que llevaban a caseríos diseminados por zonas en que el territorio era arable. Ahora, nos movíamos con más cautela. Cuando vimos que el camino continuaba rodeando una loma baja, decidimos subir por ella. Al descender por la ladera opuesta, nos encontramos con un sembrado oculto por la selva.

—Amapolas —comentó Tan.

Instintivamente, preparamos las armas. Los servicios de inteligencia no nos habían mencionado la existencia de opio en esta región oeste pero todos sabíamos de los ejércitos privados que custodian estas plantaciones.

Yo detesto las drogas tanto como a los comunistas. Uno de los pocos roces que tuve con las autoridades fue a causa de ellas. Un grupo de nosotros estaba trabajando en el control de suministros que llegaban de las montañas de Camboya. Como no nos gustaba dejar pasar los bultos sin saber qué contenían, cierta vez nos encontramos con que el envío era una partida de opio que nos apuramos en destruir. Todo el alto comando nos cayó encima porque habíamos provocado una situación incómoda con el gobierno camboyano. Aunque no nos mencionaron nada acerca de la partida, nos exigieron que en el futuro nos atuviéramos estrictamente a las órdenes. No pensaba hacer caso y hubiera destruido otra partida en caso de encontrarla.

Rodeamos el cultivo y salimos al camino que corría más abajo, para luego dejarlo por una huella que iba por la montaña. Era de suelo firme y tenía marcas recientes del paso de un jeep. Hacia adelante subía y doblaba en curva cerrada a la derecha. Los árboles que la bordeaban nos ocultaban de modo que continuamos avanzando confiados.

Súbitamente, sin que nada nos lo hubiera anunciado, tres vehículos militares abiertos aparecieron uno junto al otro por la curva, en dirección a nosotros.

Los hombres que viajaban en ellos venían riéndose, zarandeándose cada vez que los vehículos rebotaban sobre los baches. Unos pocos llevaban el uniforme de los mercenarios tribales y, el resto, el de Pathet Lao. Todos estaban borrachos y provistos de armas automáticas. La selva había apagado el rugido de los motores y solamente los escuchamos una vez que los tuvimos encima de nosotros.

Huimos hacia los árboles. Prather y yo automáticamente fuimos hacia la izquierda mientras que los otros corrieron hacia la derecha pero los que viajaban en el automóvil principal nos habían visto. Gritaron algo a los demás y señalaron hacía el lugar donde habíamos desaparecido. Primero, los vehículos disminuyeron la marcha momentáneamente pero, después, el conductor del primero cambió de idea y aceleró por la huella rumbo a nuestro escondite. Los otros automóviles lo siguieron mientras los hombres disparaban con sus automáticas sacudiéndose con los barquinazos. Cuando el primer automóvil estuvo frente a Tan, éste le disparó con su M-3. El parabrisas se hizo añicos. Los dos hombres sentados ante él se arquearon sobre los asientos y cayeron hacia atrás. El automóvil perdió la dirección, se fue hacia la derecha, golpeó contra una roca, volvió hacia la izquierda, anduvo un trecho ondulando hasta que, patinando, frenó a quince metros de donde estábamos Prather y yo. El segundo automóvil chocó contra el primero, patinó y se detuvo. El tercero hizo un viraje hacia el otro costado del camino, arrancó un arbusto y cayó dentro de la banquina polvorienta.

—¡Cuatro a un automóvil! —gritó Toliver.

El primer automóvil había separado a Prather y a mí de nuestros compañeros pero nos escudaba de los otros. De los dos pasajeros que estaban con vida, uno saltó fuera y buscó protección detrás del vehículo. El otro buscaba desesperado un arma. —¡Me les voy a acercar! —le grité a Prather. Mientras yo salía de entre los árboles pude escuchar a Prather que me cubría con su fuego. El hombre que había buscado protección junto al vehículo, jamás me vio. Esperé hasta haberme acercado a cuatro metros y le tiré. Su cabeza voló de su lugar entre los hombros, hecha una nube de huesos y carne. Apunté al segundo hombre que tenía un arma y trataba de deslizarse hacia el costado opuesto del automóvil. Antes de que yo le pudiera dar, saltó hacia atrás con un balazo de la M-3 de Prather en el pecho. En ese instante, yo también disparé y el estómago se le abrió y volvió a cerrar antes de que quedara tendido sobre el suelo. Entonces, Prather corrió hacia mí y se tiró a mi lado. Los laosianos se habían reunido junto a los otros automóviles sin tener la menor idea de que nosotros dos estábamos a sus espaldas. Cuando Toliver nos vio que hacíamos fuego contra el segundo automóvil, salió de entre los árboles y corrió hacia el tercero. — ¡Toliver, avanza! —gritó Wiley.

Mientras Prather continuaba tirado en el suelo, cubriéndonos con sus disparos, yo volví a meterme entre los árboles y salí nuevamente cerca del tercer automóvil. Al lado opuesto estaba Toliver, disparando desde el costado del camino. Había matado a dos de los cuatro que viajaban en ese vehículo, mientras que los otros dos, agachados delante de mí, disparaban desesperadamente hacia el sitio donde estaba Toliver. Cuando llegué a los árboles que estaban exactamente a sus espaldas, Toliver avanzó hacia ellos. Los dos hombres se pusieron de pie para dispararle mientras yo avanzaba. Un grito proveniente del segundo automóvil los alertó y ellos comenzaron a girar a ambos lados en forma desesperada. Yo cambié tres veces de dirección en los casi veinte metros que me separaban de ellos y no disparé hasta que estuve lo suficientemente próximo como para no errar. Entonces, les hice fuego, y estaba tan cerca del segundo hombre, que pude ver la incrustación de oro de sus dientes al tiempo que trozos de carne y de cartílagos me salpicaban la cara y se me adherían a la ropa. Pasé junto a los dos cuerpos y corrí en busca de más enemigos. Los treinta segundos que habían pasado en medio de un ensordecedor fuego de armas automáticas fue seguido por la rápida sucesión de los estallidos de tres granadas. Yo me arrodillé sobre una pierna y aguardé. Una granada había arrancado los costados del segundo automóvil y entonces el ruido y el movimiento cesaron con la misma rapidez con que habían comenzado. Toliver nos nombró y le respondimos con voz ronca. Ninguno había recibido heridas.

—¡Quítenles las armas y los efectos personales! —ordenó Toliver.

Carecía de sentido esconder los cadáveres ya que quedaría el testimonio de los automóviles, en cambio, si les quitábamos armas y efectos personales, se pensaría que habían muerto en manos de otros mercenarios tribales. Yo estaba cubierto por la sangre de los hombres que había matado pero no había tiempo para que me limpiara. Cuando desaté el pañuelo que tenía anudado al cuello, para secarme la cara, la punta de un dedo pulgar cayó de entre los pliegues. Fregué las manchas de sangre y los pedazos de carne que se me estaban adhiriendo a la epidermis.

Los demás ya estaban recogiendo las armas. Yo tomé un cuerpo y lo saqué de un automóvil. Busqué entre sus ropas y saqué la billetera en la cual probablemente llevaría su identificación, dinero y quizás una fotografía de su familia y la arrojé a un costado sin siquiera abrirla. Quité un reloj pulsera ordinario y tuve que cortar dos dedos para sacar un delgado anillo de oro.

Inesperadamente, sonó un disparo. Yo me agaché junto al automóvil y tomé mi escopeta, Divisé a Wiley que con una pistola en la mano estaba parado junto a un cuerpo. Probablemente, dio con un hombre que conservaba la vida y que todavía tenía el propósito de continuar peleando. Era la costumbre de Wiley recorrer el lugar donde había ocurrido la acción para cerciorarse de que ninguno de los enemigos quedaba con vida. Yo solía hacer lo mismo, era una reacción espontánea y cuando eso me sucedía, la pistola parecía ubicarse ella misma en mi mano. Sin embargo, ahora no disponíamos de la suficiente cantidad de municiones como para andar desperdiciándolas y si Wiley hubiera tenido más tiempo, sin duda habría empleado su puñal.

Despojé otros dos cadáveres más y cargando el botín en mi camisa me dirigí hacia un pozo profundo que Toliver había cavado en medio de lo más espeso de los matorrales. Eché todo adentro y regresé a recoger armas. Wiley se acercaba a mí sin siquiera mirarme. En un brazo llevaba armas y efectos personales y en la mano que le quedaba libre una gran hoja de papel que ondulaba a su paso.

—Mira, Kiwi, mira lo que llevaba uno de los tipos —dijo y me alcanzó el papel.

Era el pliego central de la revista «Playboy», una fotografía arrugada y desteñida por el tiempo de una joven desnuda.

—Seguramente se la quitó a un yanqui —comentó Wiley.

Me la sacó de la mano, la dobló y la guardó cuidadosamente en el bolsillo superior de su camisa.

En diez minutos, habíamos escondido todo en medio del follaje espeso, en un pozo cavado a quince metros del camino, jamás podrían encontrar nada. Habíamos destruido lo que probablemente eran los únicos automóviles con que contaba la vecindad pero, sin duda, los campesinos habrían escuchado el tiroteo. Por lo tanto, sin demorar más, penetramos en el bosque y empezamos a trepar, en busca de terreno más alto.

Por un instante, me quedé mirando la devastación que dejábamos atrás. Pensé que ninguno de nosotros tenía la más leve herida. Jamás antes había visto una unidad como la que formábamos, nada semejante a ella. Parecía que cada uno leía los pensamientos de los otros. Por ejemplo, a mí nadie me había dicho que Toliver estaba al lado del camino, exponiendo la vida mientras disparaba y, sin embargo, yo me había puesto en marcha hasta colocarme de su lado opuesto, casi al mismo tiempo en que él comenzaba a planear sus movimientos. De la misma manera, en el instante en que yo me arrodillé para comenzar a moverme, Prather empezó a disparar para cubrirme. Nunca hasta esa vez había visto un esquema de ataque como aquél, en que nos comunicábamos con nuestras armas como si éstas fueran extensiones de nuestros miembros.

Formando una fila nos dirigimos hacia el norte, rumbo al río Suong. Estábamos a sólo unos trece kilómetros de Luang Probang, es decir, lo suficientemente cerca como para encontrarnos dentro del campo de acción de las fuerzas allí estacionadas. Sin embargo, teníamos una cadena de picos de dos mil setecientos metros de altura que nos separaba de esa capital. A medida que avanzábamos, la población disminuía. Íbamos rápido para alejarnos del sitio del tiroteo. Mientras marchábamos por la ladera oeste de la cadena más baja, la selva poco a poco desapareció para dar lugar a un pastizal que nos llegaba hasta la cintura, salpicado de matas e interrumpido de rato en rato por bosquecillos de árboles de hojas caducas. Comenzamos a pensar que nunca podríamos andar por terreno llano ya que trepábamos o bajábamos, una y otra vez, durante horas y horas. Recorrimos trece kilómetros de montaña desafiando el paso del tiempo con un solo descanso de dos o tres horas para comer y escuchar la señal de radio. El ritmo que llevábamos hubiera liquidado a un soldado común pero nosotros nos habíamos ejercitado para aguantarlo y podríamos haberlo seguido durante semanas.

Seguir: parte 2 de 5