Cinco semanas en globo

Julio Verne · Capítulo 36 de 45

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Cinco semanas en globo

Capítulo XXXVI

«¡Aquí está la muerte! – se dijo-. ¡Y qué muerte!»

Luchó, forcejeó con denuedo, hasta con rabia, pero sus esfuerzos sólo servían para sepultarle más y más en aquella tumba que se cavaba él mismo. ¡Ni el tronco de un árbol, ni una miserable caña donde agarrarse!

Comprendió que todo para él había concluido y cerró los ojos.

–¡Señor! ¡Señor! ¡Socorro…! – gritó.

Y su voz desesperada, aislada, ahogada ya, se perdió en el silencio de la noche.

XXXVI

Un grupo a lo lejos. – Un tropel de

árabes. – La

persecución. – ¡Es él! – Caída del

caballo. – El árabe

estrangulado. – Una bala de Kennedy. –

Maniobra. –

Rescate al vuelo. – Joe a salvo

Desde que Kennedy había vuelto a tomar su puesto de observación en la proa de la barquilla, no cesó un momento de escudriñar con la mayor atención el horizonte.

Pasado algún tiempo, se volvió al doctor y le dijo:

–Si no me equivoco, allá a lo lejos hay un grupo en movimiento, no siéndome aún posible distinguir si es de hombres o de animales. Lo cierto es que se agitan violentamente, pues levantan una nube de polvo.

–¿No será un viento contrario -preguntó Samuel-, tromba que nos arrastraría de nuevo hacia el norte?

Y se levantó para examinar el horizonte.

–No lo creo, Samuel -respondió Kennedy-. Es una manada de gacelas o de toros salvajes.

–Tal vez, Dick; pero, sea lo que sea, se halla al menos a nueve o diez millas de distancia, y yo no alcanzo a ver nada, ni aun con el anteojo.

–De todos modos, no lo perderé de vista. Hay, en lo que vislumbro, algo extraordinario que excita mi curiosidad sin saber por qué; diríase que es una maniobra de caballería. ¡Y loes! ¡Son jinetes! ¡Mira!

El doctor observó con atención el grupo indicado.

–Creo que tienes razón -dijo-; es un destacamento de árabes o de tibúes, que lleva la misma direccion que nosotros. Pero nosotros corremos mucho más y les daremos alcance enseguida. Dentro de media hora estaremos en condiciones de ver y juzgar lo que debemos hacer.

Kennedy seguía mirando atentamente con el anteojo. La masa de jinetes se

hacía cada vez más visible; algunos de ellos se apartaban del grupo.

–Evidentemente -repuso Kennedy-, es una maniobra o una cacería. Diríase que esas gentes persiguen algo. Y me gustaría saber lo que es.

–Paciencia, Dick. Dentro de poco los alcanzaremos y hasta les dejaremos atrás, si no toman otra direccion; avanzamos a una velocidad de veinte millas por hora, y no hay caballo que resista semejante carrera.

Kennedy siguió observando y unos minutos después dijo:

–Son árabes corriendo a todo escape. Los distingo perfectamente. Hay unos cincuenta. Veo sus ropajes ahuecados por el viento. Es un ejercicio de caballería. Su jefe les precede a una distancia de cien pasos, y todos le siguen precipitadamente.

–Sean quienes sean, Dick, no deben inspirarnos ningun miedo; pero si es necesario, nos elevaremos.

–¡Aguarda, aguarda, Samuel! – exclamó Dick-. ¡Es curioso! – añadió, después de un nuevo examen-. Hay algo que no puedo explicarme. A juzgar por sus esfuerzos y la irregularidad de su línea, esos árabes no siguen, sino que persiguen.

–¿Estás seguro de ello, Dick?

–Evidentemente. ¡No me equivoco ¡Es una cacería, pero van a la caza de un hombre! El que les precede no es su jefe, sino un fugitivo.

–¡Un fugitivo! – dijo Samuel, conmovido.

–¡Sí!

–No lo perdamos de vista y esperemos.

En poco tiempo disminuyó tres o cuatro millas de distancia que separaba el

globo de los jinetes, pese a la prodigiosa ligereza con que éstos corrían.

–¡Samuel! ¡Samuel! – exclamó Kennedy con voz trémula.

–¿Qué ocurre, Dick?

–¿Es una alucinación? ¿Es posible?

–¿Qué quieres decir?

–Espera.

El cazador limpió rápidamente los cristales del anteojo y volvió a mirar.

–¿Qué? – le preguntó el doctor.

–¡Es él, Samuel!

–¡Él! – exclamó éste.

¡ Él! Aquella palabra lo decía todo. No había necesidad de nombrarle.

–¡Es él a caballo! ¡A menos de cien pasos de sus enemigos! ¡Huye!

–¡Es Joe! – dijo el doctor, palideciendo.

–¡No puede vernos en su fuga!

–¡Nos verá! – respondió Fergusson, disminuyendo la llama del soplete.

–Pero ¿cómo?

–Dentro de cinco minutos estaremos a cincuenta pies de tierra; dentro de quince estaremos encima de él.

–Debemos disparar un tiro para prevenirle.

–¡No! ¡No puede retroceder! ¡Le cortan la retirada!

–¿Qué hacer, pues?

–Aguardar.

–¡Aguardar! ¿Y esos árabes?

–¡Los alcanzaremos! ¡Los dejaremos atrás! Nos encontramos a menos de dos millas de ellos; con tal de que el caballo de Joe resista…

–¡Dios bendito! – exclamó Kennedy.

–¿Qué pasa?

Kennedy había lanzado un grito de desesperación al ver a Joe rodar por tierra. Su caballo, rendido, extenuado, acababa de caer.

–¡Nos ha visto! – exclamó el doctor-. ¡Al levantarse nos ha hecho una seña!

–¡Pero los árabes van a alcanzarle! ¿A qué espera?

¡Ah! ¡Valiente! ¡Hurra! – gritó el cazador, sin poder reprimir su entusiasmo.

Joe, tras levantarse en el preciso instante en que se abalanzaba sobre él uno de los jinetes más rápidos, dio un salto como una pantera, evitó el golpe, se lanzó a la grupa, asió al árabe de la garganta, lo estranguló, lo derribó y prosiguió en el caballo de su enemigo su rápida fuga.

Los árabes lanzaron un grito de furor; pero centrados totalmente en la persecución del fugitivo, no habían visto al Victoria, que estaba quinientos pasos detrás de ellos y a menos de treinta pies del suelo. Ellos distaban entonces del perseguido menos de veinte cuerpos de caballo.

Uno de ellos estaba ya casi tocando a Joe, e iba a traspasarle con su lanza

cuando Kennedy, que seguía todos sus movimientos, lo derribó de un balazo.

Joe ni siquiera se volvió al oír el disparo. Una parte de los perseguidores se detuvo e hincó la frente en el polvo al ver el Victoria; pero los demás continuaron acosando de cerca al fugitivo.

–Pero ¿qué hace Joe? – exclamó Kennedy-. ¡No se detiene!

–¡Sabe lo que se hace, Dick! ¡Le he comprendido! ¡Sigue la dirección del globo! ¡Cuenta con nuestra inteligencia! ¡Bien, valiente! ¡Se lo arrebataremos a los árabes en sus mismas barbas! No estamos más que a doscientos pasos.

–¿Qué hay que hacer? – preguntó Kennedy.

–Deja la carabina.

–Ya está-dijo el cazador, soltando el arma-. ¿Y ahora?

–¿Puedes sostener en tus brazos ciento cincuenta libras de lastre?

–Aunque sean más.

–Bastan las que te digo.

Y el doctor fue amontonando sacos de arena sobre los brazos de Kennedy.

–Colócate en la popa de la barquilla y estáte preparado para echar todo el lastre de golpe. ¡Pero, por Dios! No lo arrojes antes de que te lo diga.

–¡Descuida!

–De otro modo, erraríamos el golpe y perderíamos a Joe irremisiblemente.

–Te comprendo perfectamente.

El Victoria caía entonces casi verticalmente sobre el grupo de jinetes que perseguían a Joe a galope tendido. El doctor, en la proa de la barquilla, tenía en la mano la escala desplegada, preparado para soltarla en el momento preciso. Joe se había mantenido a una distancia de cincuenta pies de los perseguidores, a quienes el Victoria dejó algo rezagados.

–¡Atención, Kennedy!

–Cuando digas.

–¡Joe…! ¡Alerta…! – gritó el doctor con voz sonora al tiempo que soltaba la escala, cuyos últimos peldaños levantaron polvo del suelo.

Al llamarle el doctor, Joe, sin detener el caballo, había vuelto la cabeza; la escala se desplegó junto a él y, en un momento, se agarró a ella.

–¡Abajo! – gritó el doctor a Kennedy.

–¡Allá va!

Y el Victoria, descargado de un peso superior al de Joe, se elevó ciento cincuenta pies de golpe.

Joe se agarró con fuerza a la escala para no ceder a sus violentas sacudidas; hizo a los árabes una mueca indescriptible y, trepando con la agilidad de un mono, llegó a los brazos de sus compañeros.

~¡Señor! ¡Señor Dick! – exclamó.

Y, rendido por la emoción y la fatiga, cayó desvanecido, mientras Kennedy, casi delirante, exclamaba:

–¡Salvado! ¡Salvado!

–¡Pues no faltaba más! – dijo el doctor, que había recobrado su