Clan Ya Ya
Sección 1
Clan Ya Ya
Sobrecubierta
None
Tags: General Interest
OceanofPDF.com
Clan Ya Ya
Sobrecubierta
None
Tags: General Interest
OceanofPDF.com
Clan Ya Ya
Rebecca Wells
OceanofPDF.com
Este libro está dedicado a
Tom Shworer, mi marido
y buen compañero, mi mejor amigo.
Mary Helen Clarke, partera de esta obra,
de inquebrantable amistad.
Jonathan Dolger, mi agente, que sigue creyendo.
Y al clan de las Ya-yás, en todas sus encarnaciones.
No nacemos de una vez, sino por partes. El cuerpo primero y el espíritu después… Nuestra madre padece los atroces dolores de nuestro nacimiento físico; nosotros tenemos que sufrir los más dilatados, de nuestro propio crecimiento espiritual.
Mary Antin
El perdón es el nombre del amor practicado por las personas que aman mal. La verdad, la pura verdad, es que todos amamos mal. Necesitamos perdonar y ser perdonados todos los días, a todas horas, incesantemente. Ésa es la gran obra de amor de la hermandad de los débiles que es la familia humana.
Henri Nouwen
Al penetrar tantos secretos, dejamos de creer en lo incognoscible. Y sin embargo, aquí lo tenéis, relamiéndose tranquilamente.
H.L. Mencken
Prólogo
Sidda vuelve a ser una niña en el cálido corazón de Luisiana, un mundo de pantanos, de santos católicos y reinas del vudú. Es el Día del Trabajo de 1959, en la plantación de Pecan Grove, el día de la cacería anual de palomas de su padre. Mientras los hombres, sudorosos, están pegando tiros, una mujer muy atractiva, Vivi, la madre de Sidda, y su pandilla de amigas, las Ya-yás, juegan a bourrée, un poker implacable de Luisiana, en el interior de la casa, refrigerada. La pizarra de la cocina ostenta las palabras: «Fuma, bebe, no pienses» que cantaba Billie Holiday. Cuando se toman un descanso, las señoras se dedican a dar de comer a los Petites Ya-yás (como llaman a sus vástagos) empalagosas guindas al marrasquino, que sacan del frigorífico del bar.
Esa noche, después del gumbo de paloma (huesecillos de pájaro flotando en cuencos de porcelana Haviland), Sidda se va a la cama. Horas más tarde, se despierta sobresaltada de una pesadilla. Se acerca de puntillas a la cama de su madre, pero no logra despertar a Vivi de su sopor empapado en bourbon. Sale descalza a la húmeda noche y la luz de la luna baña sus hombros cubiertos de pecas. Junto a una inmensa encina, al borde de los campos de algodón de su padre, Sidda mira al cielo. En el hueco cóncavo