Clan Ya Ya

Rebecca Wells · Capítulo 2 de 42

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Clan Ya Ya

Capítulo 1

de la media luna está sentada la Señora Sagrada, de músculos fuertes y corazón compasivo. Balancea sus espléndidas piernas como si la luna fuera un columpio y el cielo, el porche de su casa. Saluda con la mano a Sidda como si acabara de distinguir a una vieja amiga.

Sidda se queda allí parada, a la luz de la luna, dejando que la Madre Blanca acaricie su pelo de niña de seis años. De la luna fluye una ternura que también emana de la tierra. Por un instante fugaz y luminoso, Sidda Walker sabe que no ha habido un solo momento en su vida en que no haya sido amada.

Capítulo 1

«Bailarina de claqué que maltrataba a sus hijos.» Así se refería a Vivi The Sunday New York Times del 8 de marzo de 1993. Las páginas de la semana anterior de la sección de Ocio y Arte yacían desparramadas por el suelo, junto a la cama donde Sidda estaba acurrucada, con las mantas bien remetidas y el teléfono inalámbrico sobre la almohada.

No se había producido signo alguno de que la crítica teatral estuviera sedienta de sangre. Roberta Lydell había sido tan amable, tan fraternal durante la entrevista, que Sidda había sentido que tenía una nueva amiga.

Al fin y al cabo, en su crítica anterior, Roberta había proclamado que la producción de Women on the Cusp, que Sidda había dirigido en el Lincoln Center, era «un acontecimiento milagroso del teatro americano». Con una fineza sutil, la periodista había acunado a Sidda hasta llegar a una falsa sensación de intimidad y sonsacarle información personal.

Como Sidda seguía en la cama, su perrita cocker spaniel, Hueylene, se hizo un ovillo en el hueco que le dejaban sus rodillas. Durante toda la semana anterior, ésa había sido la única compañía que Sidda había querido.

No quiso ver a Connor McGill, su prometido, ni a sus amigos, ni a sus colegas. Sólo a su perra, llamada así en honor de Huey Long.

Sidda miraba el teléfono. La relación con su madre nunca fue fácil, pero ese último episodio había sido desastroso. Por enésima vez esa semana, Sidda tecleó el número de teléfono de sus padres, en Pecan Grove. Pero por primera vez, lo dejó sonar.

Cuando Vivi contestó «¿Diga?», a Sidda se le encogió el estómago.

–¿Mamá? Soy yo.

Sin vacilar, Vivi colgó.

Sidda pulsó la tecla de rellamada automática. Vivi volvió a contestar, pero no dijo nada.

–Mamá, sé que estás ahí. Por favor, no cuelgues. Lamento mucho todo lo que ha ocurrido. Lo siento muchísimo, de veras…

–No te voy a perdonar, hagas lo que hagas o digas lo que digas -le dijo Vivi-. Para mí has muerto. Me has matado. Y ahora te mato yo a ti.

Sidda se incorporó en la cama, intentando recobrar el aliento.

–Mamá, yo no quería que pasase todo esto. La mujer que me entrevistaba…

–Te he eliminado de mi testamento. No te sorprendas si te demando por difamación. Ya no queda ninguna foto tuya en las paredes de esta casa. Y

no…

Sidda se imaginaba la cara de su madre, roja de ira. Se imaginaba cómo se le transparentaban las venitas azuladas a través de la piel.

–Mamá, por favor… Yo no puedo controlar The New York Times. ¿Has leído todo el artículo? Decía: «Mi madre, Vivi Abbott Walker, es una de las personas más encantadoras del mundo.»

–Encantadora y «tocada», decías. «Mi madre es una de las personas tocadas más encantadoras del mundo. Y también es una de las más peligrosas.» Lo tengo aquí, letra por letra, Siddalee.

–¿Has leído la parte en que te otorgo todo el mérito por mi creatividad?

Donde digo: «La creatividad la he heredado directamente de mi madre, como el tabasco que usaba para especiar nuestros biberones.» Mamá, estaban extasiados cuando les conté cómo te ponías los zapatos de claqué y bailabas para nosotros mientras nos dabas de comer en la trona. Les encantó.

–Pequeña bruja mentirosa. Lo que les encantaría fue: «Mi madre pertenece a la vieja escuela sureña de disciplina infantil para la cual un cinturón sobre la piel desnuda es la mejor forma de hacerse comprender.»

Sidda inspiró.

–Les encantó leer -continuó Vivi-: «Siddalee Walker, la directora brillante de la obra Women on the Cusp, no ha sido ajena a la crueldad familiar. Hija maltratada de una madre aficionada a bailar claqué, aporta a su trabajo de dirección raro y emotivo el equilibrio entre la implicación personal y la distancia profesional que marca el genio teatral.» «¡Hija

maltratada!» ¡Y una mierda! ¡Es una mentira asquerosa y calumniosa de una hija indecente!

Sidda no podía respirar. Se llevó el pulgar a la boca y se mordisqueó las pieles de la uña, algo que no hacía desde que tenía diez años. Se preguntó dónde habría puesto el Xanax.

–Mamá, yo no pretendía herirte. Ni siquiera pronuncié muchas de esas palabras ante esa maldita periodista. Te lo juro. Yo…

–¡Maldita mentirosa egocéntrica! No me extraña que todas tus relaciones se vayan al cuerno. No sabes lo que es el amor. Tienes un alma cruel. Que Dios se apiade de Connor McGill. Tiene que estar loco para casarse contigo.

Sidda se levantó de la cama, temblando violentamente. Se dirigió a la ventana de su apartamento, en la planta vigésimo segunda del Manhattan Plaza. Desde allí se veía el río Hudson. Eso le recordó el río Garnet de Luisiana, y lo rojas que corrían sus aguas. «Mamá, vieja bruja, pensó. Bruja devoradora y melodramática». Cuando habló, lo hizo con voz acerada y controlada.

–Lo que dije no era exactamente mentira, madre. ¿O es que ya se te ha olvidado la sensación del cuero en la mano?

Sidda oyó la ruidosa inspiración de Vivi. Cuando le contestó, su voz había adquirido un registro más bajo.

–Mi amor era un privilegio que tú has maltratado. Te retiro ese privilegio. Te he expulsado de mi corazón. Quedarás exiliada en lo más lejos. Sólo te deseo culpabilidad eterna.

Sidda oyó la señal acústica. Sabía que su madre había cortado la comunicación. Pero no lograba separar el teléfono de su oreja. Se quedó helada, oyendo los sonidos de Manhattan a sus pies, mientras la fría luz de marzo se difuminaba a su alrededor.

Tras varios años de dirección escénica en teatros de ciudades pequeñas, de Alaska a Florida, tras numerosas producciones de género marginal off-off-Broadway, Sidda estaba lista para el éxito de Women on the Cusp.

Cuando por fin se estrenó la obra en el Lincoln Center en febrero, las críticas fueron unánimes y excelentes. A los cuarenta años, Sidda estaba ansiosa por bañarse en las aguas del reconocimiento. Había trabajado en la pieza con la autora, May Sorenson, desde la primera lectura de la obra en el Rep de Seattle, territorio de May. No sólo había dirigido el estreno en

Seattle, sino las producciones de San Francisco y Washington DC. Connor había diseñado los decorados y uno de sus mejores amigos, Wade Coenen, había realizado el vestuario. Los cuatro llevaban años formando equipo y Sidda estaba encantada de poder compartir con sus amigos algo de gloria.

La crítica inicial de Roberta Lydell sobre la puesta en escena alababa el trabajo de Sidda.

Siddalee Walker ha dirigido el tour de force de May Sorenson sobre madres e hijas con valor y compasión. Entre las manos de Walker, lo que podía haber resultado sensiblero y excesivamente cómico es, en cambio, impresionante, conmovedor y profundamente divertido. Walker ha oído los tonos más puros de la obra de Sorenson, divertida, compleja, triste e ingeniosa, y ha agudizado esos tonos en una producción que es más una fuerza de la naturaleza que una puesta en escena. La familia -sus secretos, sus crímenes y su milagrosa estabilidad- está viva y sana en el Lincoln Center. El teatro americano debe agradecérselo a May Sorenson y a Siddalee Walker.

¿Cómo podía imaginarse Sidda, un mes antes, que Roberta Lydell se colaría furtivamente en su cerebro, sonsacándole una información que Sidda normalmente sólo compartía con su psicoterapeuta y sus más íntimos amigos?

Tras la injuriosa descripción, Vivi y Shep -el padre de Sidda-, y el resto de la familia cancelaron sus entradas para la representación. Sidda anuló los elaborados planes que había organizado para su visita. Soñaba a menudo que Vivi lloraba. Sueños de los que ella misma se despertaba llorando.

Sidda no tuvo noticias de su hermano Pequeño Shep ni de su hermana Lulu.

Ni tampoco de su padre.

La única persona de la familia que se atrevió a decir algo fue su hermano pequeño, Baylor.

–Sidda, es la guerra. Vivi siempre había querido salir en The New York Times, pero no era esto lo que tenía en mente. No te perdonará por nada del mundo. Además, resulta que la estrella eres tú, y no ella. Y eso la está matando.

–¿Y papá? – le preguntó Sidda-. ¿Por qué no ha llamado?

–¿Estás de broma? Mamá le tiene acogotado. Le he preguntado por qué no te mandaba unas líneas. Y ¿sabes lo que me ha contestado? «Soy yo quien tiene que convivir con Vivi Walker.»

Sidda no quería colgar después de que su hermano menor le dijera aquello. Quería que alguien la ayudara a despojarse del sentimiento de haberse quedado huérfana. Así que escribió a Vivi: 18 de abril de 1993

Querida mamá:

Por favor, perdóname. Nunca he deseado hacerte daño. Pero es mi vida, mamá. Necesito poder hablar de ello.

Te echo de menos. Echo de menos tu voz, tu loco sentido del humor.

Echo de menos tu cariño. Se me parte el corazón al pensar que te has divorciado de mí. Por favor, intenta comprender que no puedo controlar lo que escriben los demás. Por favor, has de saber que te quiero. No te pido que dejes de estar enfadada, sólo te pido que no me eches de tu corazón.

Sidda.

La publicidad del perfil de Sidda espoleó la taquilla. Women on the Cusp logró mayor éxito. Sidda apareció en la revista Time, en un artículo sobre las mujeres y el teatro. Fue contratada por American Playhouse para dirigir la adaptación de la obra a la televisión, y la CBS telefoneó a su agente para ofrecerle una serie. Teatros de todo el país que la habían rechazado durante años empezaron a pedirle que dirigiera para ellos.

En medio de todo ese trajín, May adquirió los derechos teatrales de The Women, de Clare Boothe Luce, y estaba escribiendo una adaptación musical. El Rep de Seattle había recibido una jugosa subvención para contratar a May, Sidda, Connor y Wade para una producción de estudio.

A medida que se avecinaba la fecha de su traslado a Seattle, el cuello de Sidda iba bloqueándose cada vez más en un espasmo constante. Se sentía como una terminación nerviosa ambulante. No sabía qué le dolía más: si los calambres en el cuello o la pena que se le liberaba cuando Connor le daba un masaje. Sidda tenía la vida que siempre había soñado: era directora de escena, estaba en el candelero, comprometida con un hombre al que adoraba. Pero lo único que deseaba hacer era tumbarse en la cama, comer macarrones y queso Kraft y protegerse de los caimanes.

Justo antes de partir para Seattle, intentó un acercamiento distinto a Vivi. Le escribió:

30 de junio de 1993

Querida mamá:

Sé que todavía estás furiosa conmigo. Pero necesito tu ayuda. Voy a dirigir la versión musical de The Women de Clare Boothe Luce en Seattle y no sé por dónde empezar. Tú lo sabes todo sobre la amistad femenina. Has sido uña y came con Caro, Teensy y Necie durante más de cincuenta años.

Eres una experta. Y tu sentido innato del drama es irrecusable. Para mí supondría una ayuda enorme si me mandaras ideas, recuerdos… cualquier cosa sobre tu vida con las Ya-yás. Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por el teatro americano. Por favor. Con todo mi cariño, Sidda.

Sidda y Connor salieron para Seattle a mediados de julio. Al subir al avión, Sidda se dijo: mi vida es estupenda. Me voy a casar con el hombre a quien amo el 18 de diciembre. Mi carrera está despegando. Tengo éxito.

Tengo amigos que celebran mi éxito. Todo va bien. De verdad.

El 8 de agosto de 1993, en mitad de la noche, mientras la luna se reflejaba en la lisa superficie del lago Washington, Siddalee Walker se quedó sin respiración y se despertó sudando. Los ojos húmedos, la boca seca como el esparto, la piel escocida, estaba segura de que su querido Connor se había muerto mientras dormía, en la cama, a su lado.

Lo sé, se dijo. Me ha dejado. Se ha ido. Para siempre.

Cada átomo del cuerpo en tensión de Sidda se esforzó por averiguar si Connor todavía respiraba. Las lágrimas la asaltaron en oleadas calientes y mudas y el enloquecido repiqueteo de su propio corazón ahogó todos los demás sonidos.

Apretó la cara contra la de su amante. Las lágrimas de Sidda despertaron a Connor cuando le cayeron en la barbilla. Lo primero que hizo fue besarla.

–Te quiero, Sidd-o -murmuró, medio dormido-. Te quiero, preciosa.

Tal signo de vida asustó a Sidda, que se sobresaltó.

–Sidd-o ¿qué te pasa? – susurró Connor, que luego se sentó, la atrajo hacia sí y la abrazó-. Sidda, no pasa nada… Tranquilízate.

Ella dejó que la abrazara, pero sin creerse que no pasara nada. Al cabo de un rato, se tumbó junto a él y fingió que dormía. Permaneció así tres horas, rezando. Santa María, murmuraba en silencio, sosiego de las almas torturadas, ruega por mí. Ayúdame.

Cuando el sol asomó por encima de Cascade Mountains y los cuervos empezaron a discutir en las ramas de los pinos Douglas, Sidda salió al

porche con Hueylene. Hacía una mañana gris y fría de agosto en Seattle.

Cuando volvió a entrar con el cocker, Sidda se arrodilló a rascarle la barriga. Acaso, pensó, mi destino es amar sólo a los perros.

Se dirigió al dormitorio y besó a Connor en la frente.

Él abrió los ojos y sonrió. Ella miró aquellos ojos azules y pensó que siempre eran más oscuros cuando se despertaba.

–Connor, tenemos que posponer la boda… Connor, escúchame, por favor -le dijo, sintiéndose enferma al ver la expresión de su cara-. No sé si puedo soportarlo.

–¿Soportar el qué?

–El hecho de que te mueras y me dejes sola.

–¿Yo?

–Sí, tú. Finalmente. No sé cuándo, ni cómo. Pero ocurrirá. Y no creo que pueda soportarlo. La noche pasada dejaste de respirar. O al menos eso me pareció.

Connor se la quedó mirando. Sidda Walker tenía un buen coco. Él lo sabía. Y le encantaba.

–Por Dios, Sidda. Gozo de perfecta salud. No dejé de respirar la noche pasada, estaba durmiendo. Ya sabes que duermo como un tronco.

Sidda se volvió a mirarlo.

–Esta noche me he despertado convencida de que te habías muerto.

Él le acarició la mejilla. Ella se apartó y bajó la vista hacia las manos, que tenía entrelazadas sobre el regazo.

–No podré soportar lo que he sentido esta noche nunca más. No quiero quedarme abandonada.

–¿Pero qué es todo este número, Sidda?

Connor apartó las sábanas y se levantó de la cama. Su cuerpo, alto y delgado, llevaba las marcas del sueño, olía a algodón y sueños. Tenía cuarenta y cinco años y era ágil, fuerte y ligero.

Hueylene golpeó el entarimado de madera con el rabo. Connor se agachó a acariciarla. Después se arrodilló delante de Sidda y le cogió las manos.

–Sidda, no es nada nuevo que me vaya a morir cualquier día. Tú también. Eso no es ninguna novedad, cariño.

Sidda intentó respirar hondo.

–Para mí sí -dijo.

–Estás obsesionada, ¿verdad?

Sidda asintió.

–¿Es por ese asunto con tu madre?

–No -contestó ella-. No tiene nada que ver con mi madre.

–Sabes -le dijo él-, yo también tengo que asumir que algún día tú puedes faltar, Sidda. Quiero decir que podrías morirte antes que yo. Podría ser yo el que se quedara solo.

–No, eso no ocurrirá así.

Connor se incorporó. Cogió un albornoz verde de encima de la mecedora y se lo puso. Sidda seguía cada movimiento de Connor con los ojos.

–¿Quieres cortar? – le preguntó él dulcemente-. ¿Es alguna manera educada de Luisiana de mandarme a la mierda?

Ella se levantó de la cama y se le acercó, le abrazó por la cintura y reclinó la cabeza en su pecho. Su coronilla encajaba justo debajo de la barbilla de Connor.

–No -susurró-. No quiero terminar, Connor. Te quiero. Siempre te querré. Lo siento.

Connor bajó la cabeza hasta ponerla a su altura. Sidda sentía los latidos de su corazón.

–¿De cuánto tiempo estamos hablando, Sid?

–No lo sé. No mucho. No lo sé.

Él se desasió y se dirigió a la ventana.

Sidda esperó, aterrorizada de haber llegado demasiado lejos.

–No tengo interés en estar colgado en el limbo eternamente -dijo él mirando las montañas-. No juegues conmigo, Sidda. No soy masoquista.

«Dios mío, por favor, no dejes que pierda a Connor», rezó ella.

–Muy bien -dijo él finalmente, volviéndose hacia ella-, de acuerdo. No estoy muy contento, pero de acuerdo.

Volvieron a meterse en la cama y Sidda se acurrucó contra Connor.

Permanecieron así largo rato, sin hablar. Había tardado cuatro años, cuatro años de amistad, cuatro años de trabajo en el teatro, cuatro años en admitir que le quiso desde el día en que le conoció. Ella estaba dirigiendo un montaje en el Goodman Theater de Chicago y Connor era el escenógrafo.

Deseó besarle en cuanto le vio. Algo en su lenta sonrisa, en la forma de su