Cleo
Acto I
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El rey mira por la ventana de la berlina.
Arriba, un cielo casualmente sin nubes. El rey pone cara de lamentarlo: su día final en la Tierra, entiendo, y Dios no le coloca un puñetero cirro que llevarse a los ojos.
Se revuelve: el asiento le resulta incómodo. Los guardias le miran, sentados enfrente, como si temiesen planeara un último y desesperado intento de atacarles. Pero es el rey. Los reyes no hacen eso, hombre. En el orgullo con que les devuelve la mirada lo veo.
El monarca es alto y emana vigor, su agraciada contextura apaña un empaque demasiado heroico para la imagen que históricamente se divulgara de él. Tal vez la popularidad de su joven esposa extranjera opacara las cualidades del tipo. Pero esa quijada tan varonil, esa apuesta disposición a afrontar su destino… Uy, uy, mi suspensión de la incredulidad hace aguas, no es el Luis XVI que yo me pensaba.
Solo al vislumbrar la plaza atestada un brillo en los ojos denota el miedo que siente. La cruel realidad. Como estar soñando con tu ejecución y al despertar encontrarte con que el verdugo te aguarda: ¿cabe peor pesadilla para cualquier persona?
Son miles las que allí se congregan junto al verdugo y su artefacto. El pueblo, ¡el pueblo sediento de su sangre! La berlina desfila frente al cadalso flanqueada por varios guardias armados sobre caballos vistosos. Encabezando una lúgubre comitiva sobre el tablado, el ejecutor Sanson, pálido como un muerto. Como pronto estará el monarca.
La luz es grisitriste. Se detiene el carruaje, corren más guardias con sus fusiles de bayonetas caladas, rodean la portezuela que se abre enseguida: se asoma el soberano.
El silencio de las gentes humildes en la plaza de la Revolución parece contradecir sus ansias de ajusticiar a ciegas.
El rey mira en torno, como queriendo aprehender los rostros de sus millares de asesinos. Al cochero no se le suben los humos y baja diligente a colocar el escabel donde la planta real pueda apoyarse. El rey desciende del coche sin menoscabo de su altivez. Detrás baja un sacerdote de aspecto ruin, quedan enfrentados. El cura, ataviado con ropas de oficio ya prohibidas en aquellos tiempos más revueltos que las faldas de su sotana, mira al rey y asiente compungido, como si su parte en aquella ceremonia también fuera censurable.
El viejo verdugo tiembla mientras el rey asciende al cadalso por unos escalones de madera que extrañamente no crujen bajo su peso. Su Alteza mira ahora la hoja de la guillotina, sanguina por el buen uso. Sonríe, seguro pensando en el día que recibió en audiencia a su inventor, como ya vi, y le sugirió con talante campechano que el acabado de la cuchilla fuese oblicuo y no semicircular, para tajar todos los cuellos con pareja eficacia: se había tocado el suyo propio, fornido, en gesto premonitorio de dónde terminaría poniéndolo.
El muerto prematuro a su lado se le arrima y le habla con todas las arrugas muy marcadas dentro de su blancura de susto.
La casaca, majestad, la casaca, le pide.
No es necesario quitarla, protesta él, aunque es una protesta en forma de negativa que da por sentado, sin opción a apelaciones: como protesta la sangre azul. Más comprensivo añade: es roja, no importa que se manche.
Sanson no dice nada, pero mira sudando al cura. Busca aliados que le faciliten el trabajo.
Tendremos que quitársela, padre. Y hay que atarle las manos también.
El guapo rey enarca la expresión, se le da bien ejercer de lo suyo.
¿Las manos, para qué?
Obedezca, majestad, suplica el sacerdote reverente como si el otro fuera su Creador, así se unirá a Dios en el Cielo sin nada que lamentar respecto de su servicio a su amado pueblo.
El rey refunfuña, no le convence el argumento, él los ha inventado mejores: pero se saca la casaca igual, la arroja al rechoncho ayudante del verdugo, y luego tiende atrás las manos: sabe que sería más humillante que le forzaran con violencia a acatar esas reglas. Cuando por la mirada aliviada de Sanson y el relajo del rey confirmamos que aquel ya le ha amarrado las muñecas pegadas a la espalda, el sentenciado vuelve a reparar en ese pueblo expectante y expectorado por unos flamígeros vientos de insurrección, y se acerca al borde del tablado.
Observa con desprecio a su ávido público.
Jamás os mentí ni engañé, pueblo mío. Jamás os dejé de amar. Matáis a un inocente.
Sus palabras altisonantes suscitan su efecto en la mugrienta masa. Tartajean, agachan los ojos, incluso la vieja sucia del ganchillo que siempre festeja las cabezas sueltas pierde chulería y lagrimea un poco, como si le hubieran plantado un espejito frente a la miseria de su conducta. El rey parece satisfecho: intensifica la mirada sobre la plebe y vuelve a abrir la boca para proseguir su discurso con vías a ablandar del todo a sus súbditos rebeldes.
Aún estáis a tiempo.
El retrueno de los tambores ahoga su proclama. Mira indignado a un rincón: al cabrón de Santerre que indicó a los soldados reanudar su redoble para acallar a su rey.
¡Cabrón, cabrón!, le grita, y lo sé por los movimientos labiales, pero tampoco le oigo yo. Santerre bizquea hacia aquel cielo sin nubes, se hace el loco, enjuto y marica, apretando más su sombrero contra el costado del pecho. Hay algo interesante en él, en su pelo decolorado y corto, un penacho de algodón azucarado, su postura algo adelantada y desafiante, un cierto aplomo nasal y un deslome de párpados que delatan su aburrimiento por verse obligado a estar presente en aquella ceremonia sangrienta. El rey maldice al responsable militar por su desentendimiento y su mancilla. Y, cuando ya no le mira, Santerre sonríe con terrible impudicia.
Sanson siente que es hora de conducir al monarca a la máquina tajadora y el monarca no halla más motivo de esperanza para excusar la dilación. Sigue al verdugo y se arrodilla y apoya el cuello recio sobre la ranura maldita. En este instante su rostro se abstrae inexpresivo, no quiere hacer más drama ni el panoli.
Sanson seca el sudor de su cara de pergamino seco con un pañuelo muy blanco, más blanco que nada allí, incluso más que la camisa de lino del reo. Luego se acerca al artilugio: no veo cómo lo acciona, se nos escatima ese detalle macabro pero necesario para entender la Historia, y la cuchilla cae como tantas veces vimos caer sobre otros personajes, por suerte no sobre nuestros gaznates.
Rueda la cabeza hasta unas alpargatas bastas. Por un momento temo que vayan a jugar al balompié con ella, pero el ayudante de Sanson se agacha, más sansónico él en su enormidad, la agarra del fino pelo y la muestra a los exsúbditos del decapitado.
Donde hubiera sido de recibo un clamor de emoción y morbo saciado, solo resuena un cobarde silencio de ciudadanos consternados: es como si un profesor hubiera muerto debido a la travesura de sus alumnos y ahora los niños lo contemplasen arrepentidos, dispuestos a pedirle perdón por si aquellos oídos aún escucharan. ¿Hay alguna manera de volver a pegar la cabeza al cuerpo como si nada hubiera pasado?
Poco a poco, el pueblo sale de su hipnosis de remordimiento, celebra con asentimientos no muy convencidos. Algunos más avezados de entre la audiencia se escabullen bajo el tablado y extienden los brazos con pañuelos no tan blancos, que empapan en la sangre real filtrada entre tablones. Los pañuelos rezuman.
Sangre para el recuerdo de su infamia. Lindo y significativo souvenir.
Pero esa sangre de Luis XVI no es roja. Ni siquiera azul.
Es negra y poco a poco nos acapara hasta llenar toda la imagen.
—¡Corten!
La grabación prosigue con nuevas tomas, ahora en color. El regidor que ha dado la orden sonríe relajado y el director se adelanta para felicitar a los actores. Es pequeño, avanza a saltitos y se le ve entusiasmado, especialmente con el protagonista. Le ofrece un cigarrillo con un dejo de ansiedad en su talle esmirriado y ambos filman, más delectado el actor, el realizador inusitadamente nervioso. Diríase que quiere que su estrella esté a gusto.
Ambos intercambian impresiones que el sonidista no recoge.
El actor lanza la colilla al suelo y la peluca al regidor, como si su doble acción marcara un cambio íntimo de registro. Extrañamente, se acerca a guardarropía y con cierta ceremonia exige que le alcancen la casaca roja. Al recolocársela, recupera un poco la majestad resignada de su papel. Pero su pelo natural, negro y laureado con un mechón ondulado y altanero, le confiere mayor clase.
El verdugo sale entonces al escenario, revisando las bielas de su Glock. El verdugo real, quiero decir. Aquí al lado tengo su nombre: Francisco Mejías Duende, 47, N.° Sind. 455583. Por la pinta destila carisma de extra, de puro insignificante. Pero no.
Se sitúa al lado del actor, don Harold Martínez Rodero, 52, DNI 636267, independiente. Por el otro costado se aproxima el inspector identificado en la matriz como Bernardo Santos Fuente, 33, N.° Sind. 461134, que le hace firmar el consentimiento eximente. Luego, Harold se vuelve a la cámara y distintamente pronuncia, al tiempo que acompaña sus aspavientos de unos pasos sobreactuados:
—¡¡¡Matáis a un inocente!!!
Y suelta una estruendosa carcajada asustada ante su propio chiste.
El verdugo rebufa molesto, su mediocridad trajeada vuelve a recuperar la altura del actor, le pregunta si está listo. El otro ni le mira, no aparta la vista de la cámara, no para de observarnos. Llega a hacerse enojoso.
Esa mirada suya a cámara me hace sentir pueblo.
Sobre todo cuando el tal Mejías levanta el arma y le estampa el tiro en la sien. Es un disparo preciso que apenas provoca un aflujo de sangre. Lo podemos apreciar mientras el actor deja de mirarnos y cae al suelo instantáneamente muerto.
En efecto, del orificio mana con mucho un reguerito chistoso. Parece mentira que esta sangre sí sea de verdad.
Pero pese a ese chirimiri de gotas, es sangre roja y real, y su color llena la pantalla. Nunca me voy a acostumbrar a esto.
Fundido a rojo.