Cómo hablar con un progre
Introducción
La sociedad actual se ha convertido en un escenario complicado de entender, y que no vamos a lograr comprender si no nos alejamos del discurso políticamente correcto que está predominando. Un problema que no es propio de una sola sociedad, sino que, como la peor de las plagas, se extiende a lo ancho y a lo largo del globo terráqueo introduciéndose, cual Caballo de Troya, en la esencia de cualquier mesa familiar, bar, programa de radio, columna de prensa, tuit o post.
No es difícil encontrar las causas, pero es complicado hallar las herramientas correctas. La absoluta falta de valores (y no me refiero aquí a los valores conservadores que llaman a odiar a los gais o a hacerse los ciegos ante las drogas y el aborto), de principios claros (tampoco hablo de los principios de nuestros abuelos de permanecer casados ante el escándalo del divorcio, o de soportar infidelidades) y, sobre todo, de una conciencia crítica y analítica sobre la realidad hacen fácilmente permeable el discurso buenista del que el progresismo ha hecho su seña de identidad.
Un discurso que, en palabras de Valentí Puig, «se desentiende del conflicto porque siempre hay fuerzas exteriores y malignas a quienes atribuirles el mal. El mal de todos no existe, sino el “buenismo”: la agresividad es una entelequia porque sólo se puede dar la agresión del imperio contra la colonia, del gran capital contra el “okupa” del sistema contra la solidaridad de las ONG. La confluencia de sentimentalismo y vestigios utopistas, a veces empaquetado todo en nuevas versiones del viejo izquierdismo y otras como indicio de idealismos emocionales todavía por
definir, ya es un factor de la vida política, y a la vez condimento de la antipolítica».[1]
Este discurso infantil y maniqueo, que hace un par de décadas parecía sólo propio de los populismos iberoamericanos que muchos ciudadanos sufrimos desde hace décadas, se extiende hoy por todos los países encontrando, en sociedades intervenidas y silenciosas ante las acciones de los gobernantes que van sin oposición, terreno abonado para volverse dictadores electos de manera democrática.
No pretendo sacar a los progres de su error. En el mejor de los casos, como ya ha pasado con muchos «exprogres», su propia realidad les hará darse cuenta de que cuando quieres ser respetado, lo primero es respetar. Que cuando no quieres que te impongan ideas, lo primero es no imponer las tuyas. Y ojo, que imponer ideas no es escribir libros o hablar en las redes sociales. Al fin y al cabo, quien no quiera leer tu libro no tiene por qué hacerlo y quien no quiera verte en sus redes sociales no tiene más que hacer clic y bloquearte, y con ello ignorarte. Imponer ideas es alabar a quienes a punta de pistola fusilaron a quienes no comulgaban con las suyas. Imponer ideas es escribir manifiestos donde justifiques quitarles la vida a otros porque tienen un empleo distinto al tuyo. Imponer ideas es no aceptar más voluntad que la tuya. Cuando pides diálogo, lo primero es ser capaz de dialogar. En definitiva, cuando pides, lo primero que tienes que estar es dispuesto a dar.
Sí pretendo en cambio ofrecer una guía que ayude a identificar a esa nueva vieja izquierda que se cree moderna, traducir su lenguaje e indicar pautas para poder comunicarse con ella. No aspiro a que después de estas páginas se comprenda lo incomprensible, pero sí que tengamos una guía de supervivencia en este mundo «bienintencionado», paternalista e igualitario en el que pretenden hacernos vivir «libremente».