Cómo me quedé calvo

Arnon Grunberg · Capítulo 3 de 22

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Cómo me quedé calvo

Otto también alquila habitaciones

 

Un hombre se sentó al lado de Mica. Un hombre menudo con una gorra. Una de esas gorras inglesas. Nadie en Viena lleva ese tipo de gorras.

Tenía las mejillas hundidas. Su boca era una línea.

—Marek —dijo Mica—, te presento a Otto.

Deposité las copas sobre la mesa y le estreché la mano.

Llevaba la muñeca cargada de joyas.

Y el cuello lleno de colgantes.

Permanecí de pie.

—Siéntate, Marek —me ordenó Mica—, no nos gusta alzar la vista para verte.

Acerqué una silla de otra mesa.

—Otto es escultor —prosiguió.

Yo incliné la cabeza.

Otto permanecía callado. Me examinaba con atención.

Llevaba consigo una bolsa de plástico llena de frutas.

A mí nunca se me habría ocurrido entrar en una coctelería con una bolsa de plástico llena de frutas. La vergüenza alimentaba mi cuerpo. A mamá le hacían gracia los hombres que desconocían la vergüenza, sobre todo si eran pobres y artistas. Los artistas ricos, por el contrario, sí la conocían, necesariamente, porque el dinero genera vergüenza.

Mientras miraba las frutas, supe que era hora de volver a casa. Papá y Eleonore debían de haber empezado a cenar y sin duda Eleonore habría comentado: «Este chico no es feliz, se le nota en todo. ¿Tiene ya novia?».

Seguro que papá permanecía en silencio, porque para él la infelicidad era una enfermedad para la que no se había descubierto todavía una vacuna. Y hablar de la infelicidad era algo así como mentar al diablo.

Otto sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta.

—Otto también alquila habitaciones —me informó Mica.

Y de nuevo incliné la cabeza.

Otto era escultor, Otto alquilaba habitaciones. Sólo pude reaccionar con una inclinación de cabeza a semejante información. Cualquier palabra que pronunciara en ese contexto sería malinterpretada.

Uno de los hombres en cuyos calcetines me había estado fijando soltó una sarta de tacos y yo me quedé mirando la maleta, que no era una maleta de acordeón.

—Tengo que irme —insistí.

Otto dio una calada a su cigarrillo. Miré el humo que echaba lentamente por la boca.

Llevaba un broche en el jersey. Un planeador de plata con unos pequeños diamantes incrustados en la cola.

—El matrimonio es una cárcel —afirmó Otto despacio.

—Le esperan para cenar —explicó Mica.

—¿A qué te dedicas? —me preguntó Otto.

—Estudio —contesté— y doy clases particulares.

Otto sonrió. Eso de las «clases particulares» parecía hacerle gracia.

También lucía unas joyas en las orejas, me fijé en ese momento. Sus labios eran tan finos que casi parecían inexistentes. Me miró como si esperara algo de mí.

—Otto, no asustes al chico —intervino Mica.

Hice ademán de dirigirme a la barra.

—No pagues, Marek. Ya lo haré yo —dijo Otto.

Hablaba con un ligero acento que no supe identificar. Y esa voz ronca. Hablar parecía costarle un gran esfuerzo.

Arrimé la silla, una vieja costumbre, vestigio de mi educación. La bolsa con la fruta cayó al suelo. Un instante después, me encontré en cuclillas recogiendo los limones, las peras, las ciruelas y las cebolletas.

Mica se reía.

Los clientes de Las Cuatro Rosas me miraban.

Hasta el hombre que había proferido los tacos a gritos permanecía en silencio.

—Lo lamento —me excusé—. Lo lamento.

—No importa —repuso Mica—. Otto lo lava siempre todo cuidadosamente.

Un par de ciruelas habían rodado hacia el otro extremo del bar y habían quedado aplastadas. Me ofrecí a pagarlas, pero Mica intercedió.

—Pero, bueno, qué educado eres.

—¿Qué contiene la maleta? —pregunté, tras llenar la bolsa de Otto.

Otto no había hecho el más mínimo ademán de ayudarme. Mica tampoco. Eran personas mayores y tal vez los dos cojeaban.

—Ropa —contestó ella.

Sonreí, qué otra respuesta cabía esperar, era natural: las maletas, salvo contadas excepciones, contenían ropa. Algunas maletas contenían cuerpos humanos.

—Ropa lavada y bien planchada —aclaró Mica.

—Gracias por haberse tomado la molestia de plancharla, es usted muy amable — me oí decir a mí mismo.

Suelo tragarme las preguntas por temor a las respuestas y para no resultar maleducado. Quizá mamá había prestado la mitad de su vestuario a uno de sus artistas pobres y éste, después de pensárselo un par de años, había decidido devolver la ropa. ¿O es que no ordenaba nunca su casa y no había encontrado la ropa hasta ese momento?

—Habíamos acordado tutearnos, Marek. Cada vez que me tratas de usted, me siento horriblemente vieja. Si no la quieres, puedo venderla y quedarte el dinero.

—¿Cómo?

—La ropa.

—No —contesté—. No es necesario.

Sonó el teléfono, y la camarera lo cogió. Oí cómo le soltaba un bufido a su interlocutor. Su profesión requería soltar bufidos a mucha gente. Tal vez fuera una profesión adecuada para mí, pues, a juicio de Pavel, me hacía falta aprender a hablarle a la gente en un tono más brusco para quitármela de encima.

—Otto tenía muchas ganas de conocerte —reconoció Mica—. Ahora ya te conoce.

Primero le estreché la mano a Mica, luego a Otto; a continuación cogí la maleta y abandoné Las Cuatro Rosas.