Como un pulso
Prólogo. Veinte años y un día
Prólogo
Veinte años y un día
El gesto fue muy breve, duró apenas un instante, pero los cuatro supieron
que con él acababan veinte años de mentiras. El notario había extendido su
pluma a Daniel mientras este todavía buscaba algo que escribiera en los
entresijos de su desordenado macuto caqui y, ahora, la exigua firma aparecía
estampada al final del documento que se había leído a los presentes. Algo
infantil, como un borroncito tímido, pensó Julia de aquella firma, mirando a
su hijo con una ternura que pocas veces asomaba a sus grandes ojos oscuros.
Roberto y Simón habían permanecido muy quietos durante la lectura, dando
con ello una cierta solemnidad a un acto que todos han intentado vivir de la
manera menos enfática posible.
Roberto había perdido, por el camino del tiempo, el bigote que llevaba en
aquellos años de estudiante de medicina en la Universidad de Granada y su
casi inexistente labio superior quedaba ahora al descubierto, aunque todavía
parecía estar preguntándose por qué le habrían dejado tan desnudo. Ese labio
superior era el único rasgo disonante en una cara que, en todo lo demás,
parecía ir proclamando la seguridad en sí mismo de la que siempre había
hecho gala. Simón también aparecía pulcramente afeitado. Hacía ya algunos
años que no llevaba su barba de estudiante, aquella que le daba un cierto
toque andalusí que combinaba a la perfección con sus estudios de semíticas.
A Julia le había atraído desde el primer momento.
El notario salió del despacho moviendo con cierta dificultad las carnes
que le sobraban y que hacían que la camisa, que le quedaba perfecta en el
cuello y los hombros, adquiriera el aspecto de un saco desmadejado a la altura
del cinturón. Les acababa de decir que esperaran hasta tener listas las copias
del documento que en aquel mismo acto debía entregar a los presentes.
Al quedarse solos empezaron a sonar de nuevo aquellas voces que no
habían parado de oírse desde el momento en que los habían encerrado en
aquel pequeño habitáculo, nada solemne, de aquella oficina, también nada solemne, hasta que había entrado el notario con casi una hora de retraso.
Ahora fue Julia la primera en hablar.
—¿Te acuerdas de la notaría del abuelo, Dani? Qué diferente a esta, ¿no?
—La verdad es que no me acuerdo, mamá. Era muy pequeño cuando
murió el abuelo.
Julia había contado a Dani muchas cosas de su abuelo, pero él sabía que
recuerdos verdaderamente suyos tenía pocos. A veces pensaba, incluso, que
más que recuerdos reales tenía en su cabeza los que su madre había ido
colocando en ella o los falsos recuerdos que él mismo había construido
viendo las fotos que tenía Julia de su padre por toda la casa.
—Al abuelo lo veo siempre como aparece en esa foto que nos hiciste tú
—continuó Dani—, con el pelo gris peinado hacia atrás. Esa en la que
estamos él y yo en La Explanada, casi a la puerta de su casa.
—Ya sé la que dices. Pero ahí estaba ya delgadísimo. Ahora, eso sí,
impecable como siempre con un traje con chaleco.
—Me encanta esa foto. Yo voy andando ya solo, un poco adelantado. Pero
mi mano izquierda se retrasa y se levanta hacia la mano derecha del abuelo,
que, sin llegar a tocarme, aparece tendida hacia la mía, como si estuviera
preparado para ayudarme si hacía falta. Lo que siempre me ha llamado la
atención de esa foto es la frágil cuerda blanca que va de la mano del abuelo a
la mía, como si entre los dos estuviéramos arrastrando algún juguete que
hubiera quedado oculto tras sus enormes zapatos, negros y brillantes, que
hacen parecer a los míos, casi escondidos bajo la pequeña campana de mis
pantalones, diminutos.
—Pero cuánto detalle, Dani. Me dejas impresionado —dijo Roberto.
—Es que la he mirado y remirado miles de veces. Si hasta hice un trabajo
para la facultad sobre esa foto. Yo voy muy atento, como si me preocupara el
particular suelo ondulante, mientras que el abuelo mira con la misma
intensidad hacia mi cabeza, que aparece en claroscuro, iluminada desde el
lado izquierdo. Debía ser por la mañana —pareció concluir Dani
entrecerrando sus ojos verdes. Pero continuó—: Esa foto tiene punctum, que
diría Roland Barthes. Y el punctum es precisamente ese cordón blanco que va
de una mano enorme a otra minúscula.
—¿Punctum?, pero ¿qué es eso? —preguntó Simón mientras dirigía a
Julia una mirada risueña que contribuyó a que sus ojos se achinaran aún más
—. Creía que lo sabía todo sobre Barthes y ahora vienes tú a enseñarme algo
nuevo.
—Nada, una cosa que aprendí en un curso de fotografía que me pagó mi
madre un verano. Pero que conste que lo hizo para ver si dejaba de meterme
en líos pintando grafitis y me dedicaba a fotografiar los que hacían los demás.
Bueno, «documentar», lo llama ella. La verdad es que en el curso no aprendí
mucho de fotos, pero nos hicieron leer ese libro y resulta que, «contra todo
pronóstico», como habría dicho mi abuela, me gustó. Gracias, mamá —
añadió Dani.
—De nada, hijo —dijo Julia con un tono que parecía indicar que esa
fórmula de cortesía, utilizada con ironía, aparecía con frecuencia en los
diálogos entre madre e hijo, como un legado, en forma de cita, de la
generación anterior.
—Que no, no te rías, que esta vez te estoy dando las gracias de verdad. Es
que el de Barthes es uno de los pocos libros que conservo en mi estantería —
explicó Dani dirigiendo su mirada hacia Simón—. Y eso que, mi madre
primero y tú después, no habéis parado de regalarme libros toda mi vida. Pero
los otros los presto y los pierdo, y el de Barthes no lo he prestado nunca y
creo que ya lo he leído como siete veces. Para que luego digáis que juego
demasiado al Quake y que leo demasiado poco.
—Pero ¿de qué libro de Barthes hablas?, me tienes en ascuas —insistió
Simón.
—¡Ah! Creía que lo sabrías. Así que no lo sabes todo, menos mal. Es La
cámara lúcida y explica que el punctum tiene que ver con la emoción que
despierta algún detalle en el que mira una foto. O algo así, vamos. Es una
cosa que quien hace la foto no ha buscado, pero que sale de la imagen para
clavarse en quien la mira, como una punzada en el rostro, dice Barthes. El que
mira la foto lo ve, pero quien hizo la foto no lo vio cuando apretó el
disparador de la cámara, como seguramente mi madre no vio la cuerda blanca
entre la mano del abuelo y la mía el día en que nos hizo esa foto.
—¿Y qué líos eran esos en los que te habías metido, Dani? No sabía nada
—dijo Simón volviendo los ojos hacia Julia, que parecía no estar escuchando
las explicaciones de su hijo.
—Perdona. Es que no te lo había contado. —Julia se removió un poco en
la silla—. Cuando Dani tenía dieciséis años, una tarde llamó la Policía
municipal de L’Hospitalet a casa para decirme que lo tenían detenido. Lo
habían encontrado pintando las paredes que hay junto a las vías del tren que
salen de la estación de Sants. Peligrosísimo. Y encima ilegal. Me cogí un
cabreo descomunal y, cuando Dani llegó a casa, le dije que hiciera lo que quisiera, pero que mientras fuera menor de edad no quería que me tuviera que
llamar ni una vez más la Policía por su culpa.
—Bueno, me parece que tiene a quién parecerse —intervino Roberto,
intentando ganarse la complicidad de Dani—. Aunque, claro, Julia, seguro
que tú dirás que lo nuestro era otra cosa, que lo nuestro iba en serio, que era
importante, aunque yo ya no esté tan convencido. —Julia desvió la mirada y
Roberto se dirigió a Dani—. ¿Y qué?, ¿seguiste pintando paredes?
—La verdad es que sí. —Mirada agradecida a Roberto por salirle al quite
—. Pero ahora tengo más cuidado para que no me pillen. Además, a partir del
curso de fotografía, empecé también a «documentar» las paredes, para no
defraudar a mi madre. —Con esta frase hizo reír a todos—. La Policía la
volvió a llamar otra vez, pero a medianoche. Y no por los grafitis.
—No, esa vez fue peor —dijo Julia—, pero hablemos de otro tema, anda,
que este no me gusta nada.
—¿Por qué no hablamos de la cámara de fotos réflex que me regalaste
ayer por mi veinte cumpleaños? —propuso Dani.
—No, de eso tampoco. Nos tendrás que dejar hablar a los demás, ¿no te
parece? —Julia posó su mano derecha sobre las nerviosas y frágiles manos de
su hijo.
—Y ¿fotos de tu madre, también tienes muchas en casa, Julia? —preguntó
Roberto, nombrando por primera vez la ausencia que les había permitido estar
ahora ahí, en la notaría, esperando la entrega de las copias del documento que
acababa de firmar Dani.
—Pues la verdad es que de mi madre no tengo casi fotos. —Julia se quitó
las gafas y se frotó los ojos, como si le sorprendiera un cansancio agazapado
hasta ese momento—. Bueno, ahora que lo pienso bien, tampoco es
exactamente verdad lo que acabo de decir. El día del funeral nos repartimos
entre todos los hermanos las fotos que ella tenía enmarcadas en su casa de
Medina: Florita en el viaje que hizo a Lourdes con sus amigas al poco de
quedarse viuda; Florita y mi padre con sus ochos hijos en las innumerables
fotos que nos hacíamos para el carnet de familia numerosa y que iban
marcando nuestro crecimiento con una periodicidad matemática.
»Si es que casi parecían salidas de una exposición de fotos de las
hermanas Brown de Nicholas Nixon; Florita con cada uno de sus diez nietos,
pero con la expresión cada vez más perdida; Florita en las bodas de todos sus
hijos… Bueno, otra vez estoy faltando a la verdad, porque ella no aparecía en
la foto que tenía enmarcada del día de nuestra boda, Roberto. Además,
cuando nos separamos, retiró la que puso al principio, en la que estábamos tú y yo en el altar, y la sustituyó por una en que aparecía yo sola con el traje de
novia blanco que me hizo coser en Menargues, “el mejor sastre de Alicante”,
como decía ella, y que me obligó a llevar aquel día. ¿Te acuerdas de las
discusiones que tuvimos por el vestido, Roberto?
—Bueno, y por casi todo: que si la boda en la catedral y su empeño en que
nos casara el padre Fructuoso, aquel capuchino predicador, al que su familia
había escondido «de los rojos» en la Guerra Civil, que ya había casado a tu
hermano el mayor y que después casaría a todos los demás.
—Y también sobre los invitados y sobre el restaurante, el Montíboli de
Villajoyosa, ¿recuerdas?… Terminó por vencernos por agotamiento y
consiguió que pasáramos por todo lo que ella quería —añadió Julia.
—Menos por lo de la nota en el ABC, ¡qué ridiculez! —puntualizó
Roberto, que parecía entre irritado y divertido al evocar ese recuerdo.
—Ah, sí. Eso sí que no —dijo Julia—. ¿Te imaginas?, qué vergüenza. De
todas maneras, difícil hubiera sido que alguno de nuestros amigos leyera los
ecos de sociedad del ABC, ¿no crees? Bueno, y tampoco transigí en el largo
del vestido. De blanco, vale, pero, al menos, de corto. Por eso puso en la
estantería una foto con encuadre americano, para que no se me vieran las
piernas.
—Pues no tienes tú unas piernas como para esconderlas en ninguna foto
—intervino Simón, consiguiendo el asentimiento de Roberto.
—No me digas que os vais a poner a hablar de mis piernas ahora, Simón.
Bueno, el caso es que todas las fotos de mi madre que me han tocado en el
reparto, con punctum o sin él —dijo Julia acariciando la cabeza de Dani, que
parecía algo enfurruñado—, todavía están en la caja en la que llegaron desde
Medina a Barcelona. Es que no he tenido ganas de abrirla. Ya decidiré si hay
alguna que quiero ver todos los días en la estantería. Que no creo.
—Pues las que no quieras me las das a mí, que yo no tengo tantos
problemas con las fotos de la abuela. ¡Cómo te pasas, mamá! No creo yo que
sea para tanto. Además, todo el mundo dice que has salido a ella. Pero, bueno,
si seguimos con el tema fotos, tengo que deciros que a mí la foto que más me
intrigaba es una Polaroid descolorida en la que mi madre está
superembarazada, con unos pantalones de campana de color verde, como de
punto, y una casaca a rayas haciendo juego, que le llega por debajo de las
caderas. Está con vosotros dos y con Susi. Y, al fondo, el peñón de Ifach.
Pero ¿qué hacíais ahí?, ¿por qué os hicisteis una foto en un sitio tan feo?, digo
yo.
—Entonces no era tan feo, Dani —dijo Julia, molesta con las afirmaciones
tan tajantes que había empezado a hacer su hijo desde hacía poco tiempo—.
Además, ya te lo he explicado mil veces: tu tío Isaías se acababa de comprar
una Polaroid y la estrenó ese día. Habíamos quedado con él a mitad de
camino entre Valencia y Alicante, para ver la urbanización La Manzanera de
Bofill… —Julia no pudo continuar porque Dani la interrumpió como si no la
estuviera escuchando:
—Lo que más me interesa de esa Polaroid es pensar en cuántas
explicaciones distintas me has ido dando a lo largo de mi vida de los cuatro
que aparecéis en ella. Por cierto, que estáis los mismos que en esa foto en
blanco y negro tan bonita en que tenéis el 420 detrás con la vela mayor medio
izada en ese pantano de Granada.
—El pantano de Cubillas —aclaró Roberto.
—Bueno, pues eso, el pantano de Cubillas. Primero, resulta que Roberto
era mi padre y Simón y Susi dos compañeros de la Universidad de Granada.
Luego, que… —pero no pudo terminar la frase, porque Julia le cortó:
—Dani, que no somos tus amigos y todos nosotros nos sabemos esa
historia de memoria. Por eso estamos aquí, ¿no?
—Vale, paro ya. Pero quiero que me regales esa foto, mamá. La pondré en
mi estantería con el documento que acabo de firmar y el libro de Roland
Barthes. Tiene su punctum la cosa —dijo Dani riendo.
Justo entonces volvió a entrar el notario, con un aspecto aún más
desmadejado del que tenía cuando salió del pequeño despacho en que se
encontraban. Parecía que hubiera tenido que firmar en el intervalo quinientas
escrituras de propiedad de apartamentos de la playa de San Juan.
—Ya están las copias. Lo siento, pero debo leerles el documento de
notificación, antes de entregárselo. —Y empezó a leer a una velocidad que
parecía acercarse peligrosamente a la de la luz:
Acta de manifestaciones número setecientos ochenta y siete. En Alicante, mi residencia, a 24
de febrero de 1996. Ante mí, Juan Sobrino Fernández, notario de esta capital y del Ilustre Colegio de Valencia, comparece don Daniel Climent Ávila, estudiante, mayor de edad, soltero, vecino de Barcelona, con domicilio en calle Rosellón 188, 4.º y con DNI número 20 011 197 N. Interviene en su propio nombre y derecho. Me aseguro de su identidad por la documentación reseñada, de la que testimonio dejo unido a esta matriz. Tiene, a mi juicio, capacidad legal suficiente e interés legítimo para otorgar este acta de manifestaciones. Requerimiento: Interesa al señor compareciente que yo, el notario, recoja las siguientes manifestaciones, que verbalmente me hace, después de advertirle de las consecuencias de toda índole que podrían derivarse de la inexactitud o falsedad de las mismas…
Mientras seguía el sonsonete provocado por la rapidísima lectura del
notario, que volvía a repetir los nombres de Roberto y de Simón, sus domicilios, en Valencia y en Granada, y sus DNI, antes de que cada uno de
ellos fuera diciendo ordenadamente que aceptaba la notificación, Julia, sin
proponérselo, se vio buceando, como quien lo hace en las aguas heladas de un
lago y cree que va a terminar por perder el aliento, en aquella caja de fotos de
casa de su madre con la que había viajado en el talgo de Madrid a Barcelona
hacía poco más de un mes.
Diez minutos más tarde, cada uno con su documento en la mano, se
dirigieron hacia la puerta de la notaría. Ya en la calle, tomaron Eusebio
Sempere para dirigirse al club de regatas. La verdad es que Isaías lo había
organizado todo a la perfección. No solo había puesto en contacto a Julia con
aquel abogado de Alicante, amigo desde los años de la lucha antifranquista,
que los había ayudado a deshacer el nudo de aquella madeja enredada, sino
que también les había reservado mesa frente al puerto para comer un arroz
con alcachofas y sepia, el preferido de Julia. Simón y Dani caminaban
delante, y Julia pensó que cada vez se parecían más: espigados y con el
mismo paso elástico y tranquilo. Simón apoyaba su brazo sobre el hombro de
Dani. Seguramente seguían hablando de Barthes. Julia y Roberto iban detrás,
pero Dani pudo oír perfectamente lo que él le decía a su madre:
—Gracias, Julia, por todo esto. Ya sé que lo has hecho por mí y tengo que
decirte que me he quedado mucho más tranquilo. Mañana les explicaré todo a
mis hijos.