Como un pulso

Isabel Alonso Dávila · Capítulo 1 de 5

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Como un pulso

Prólogo. Veinte años y un día

Prólogo

 

Veinte años y un día

 

El gesto fue muy breve, duró apenas un instante, pero los cuatro supieron

que con él acababan veinte años de mentiras. El notario había extendido su

pluma a Daniel mientras este todavía buscaba algo que escribiera en los

entresijos de su desordenado macuto caqui y, ahora, la exigua firma aparecía

estampada al final del documento que se había leído a los presentes. Algo

infantil, como un borroncito tímido, pensó Julia de aquella firma, mirando a

su hijo con una ternura que pocas veces asomaba a sus grandes ojos oscuros.

Roberto y Simón habían permanecido muy quietos durante la lectura, dando

con ello una cierta solemnidad a un acto que todos han intentado vivir de la

manera menos enfática posible.

Roberto había perdido, por el camino del tiempo, el bigote que llevaba en

aquellos años de estudiante de medicina en la Universidad de Granada y su

casi inexistente labio superior quedaba ahora al descubierto, aunque todavía

parecía estar preguntándose por qué le habrían dejado tan desnudo. Ese labio

superior era el único rasgo disonante en una cara que, en todo lo demás,

parecía ir proclamando la seguridad en sí mismo de la que siempre había

hecho gala. Simón también aparecía pulcramente afeitado. Hacía ya algunos

años que no llevaba su barba de estudiante, aquella que le daba un cierto

toque andalusí que combinaba a la perfección con sus estudios de semíticas.

A Julia le había atraído desde el primer momento.

El notario salió del despacho moviendo con cierta dificultad las carnes

que le sobraban y que hacían que la camisa, que le quedaba perfecta en el

cuello y los hombros, adquiriera el aspecto de un saco desmadejado a la altura

del cinturón. Les acababa de decir que esperaran hasta tener listas las copias

del documento que en aquel mismo acto debía entregar a los presentes.

Al quedarse solos empezaron a sonar de nuevo aquellas voces que no

habían parado de oírse desde el momento en que los habían encerrado en

aquel pequeño habitáculo, nada solemne, de aquella oficina, también nada solemne, hasta que había entrado el notario con casi una hora de retraso.

Ahora fue Julia la primera en hablar.

—¿Te acuerdas de la notaría del abuelo, Dani? Qué diferente a esta, ¿no?

—La verdad es que no me acuerdo, mamá. Era muy pequeño cuando

murió el abuelo.

Julia había contado a Dani muchas cosas de su abuelo, pero él sabía que

recuerdos verdaderamente suyos tenía pocos. A veces pensaba, incluso, que

más que recuerdos reales tenía en su cabeza los que su madre había ido

colocando en ella o los falsos recuerdos que él mismo había construido

viendo las fotos que tenía Julia de su padre por toda la casa.

—Al abuelo lo veo siempre como aparece en esa foto que nos hiciste tú

—continuó Dani—, con el pelo gris peinado hacia atrás. Esa en la que

estamos él y yo en La Explanada, casi a la puerta de su casa.

—Ya sé la que dices. Pero ahí estaba ya delgadísimo. Ahora, eso sí,

impecable como siempre con un traje con chaleco.

—Me encanta esa foto. Yo voy andando ya solo, un poco adelantado. Pero

mi mano izquierda se retrasa y se levanta hacia la mano derecha del abuelo,

que, sin llegar a tocarme, aparece tendida hacia la mía, como si estuviera

preparado para ayudarme si hacía falta. Lo que siempre me ha llamado la

atención de esa foto es la frágil cuerda blanca que va de la mano del abuelo a

la mía, como si entre los dos estuviéramos arrastrando algún juguete que

hubiera quedado oculto tras sus enormes zapatos, negros y brillantes, que

hacen parecer a los míos, casi escondidos bajo la pequeña campana de mis

pantalones, diminutos.

—Pero cuánto detalle, Dani. Me dejas impresionado —dijo Roberto.

—Es que la he mirado y remirado miles de veces. Si hasta hice un trabajo

para la facultad sobre esa foto. Yo voy muy atento, como si me preocupara el

particular suelo ondulante, mientras que el abuelo mira con la misma

intensidad hacia mi cabeza, que aparece en claroscuro, iluminada desde el

lado izquierdo. Debía ser por la mañana —pareció concluir Dani

entrecerrando sus ojos verdes. Pero continuó—: Esa foto tiene punctum, que

diría Roland Barthes. Y el punctum es precisamente ese cordón blanco que va

de una mano enorme a otra minúscula.

—¿Punctum?, pero ¿qué es eso? —preguntó Simón mientras dirigía a

Julia una mirada risueña que contribuyó a que sus ojos se achinaran aún más

—. Creía que lo sabía todo sobre Barthes y ahora vienes tú a enseñarme algo

nuevo.

—Nada, una cosa que aprendí en un curso de fotografía que me pagó mi

madre un verano. Pero que conste que lo hizo para ver si dejaba de meterme

en líos pintando grafitis y me dedicaba a fotografiar los que hacían los demás.

Bueno, «documentar», lo llama ella. La verdad es que en el curso no aprendí

mucho de fotos, pero nos hicieron leer ese libro y resulta que, «contra todo

pronóstico», como habría dicho mi abuela, me gustó. Gracias, mamá —

añadió Dani.

—De nada, hijo —dijo Julia con un tono que parecía indicar que esa

fórmula de cortesía, utilizada con ironía, aparecía con frecuencia en los

diálogos entre madre e hijo, como un legado, en forma de cita, de la

generación anterior.

—Que no, no te rías, que esta vez te estoy dando las gracias de verdad. Es

que el de Barthes es uno de los pocos libros que conservo en mi estantería —

explicó Dani dirigiendo su mirada hacia Simón—. Y eso que, mi madre

primero y tú después, no habéis parado de regalarme libros toda mi vida. Pero

los otros los presto y los pierdo, y el de Barthes no lo he prestado nunca y

creo que ya lo he leído como siete veces. Para que luego digáis que juego

demasiado al Quake y que leo demasiado poco.

—Pero ¿de qué libro de Barthes hablas?, me tienes en ascuas —insistió

Simón.

—¡Ah! Creía que lo sabrías. Así que no lo sabes todo, menos mal. Es La

cámara lúcida y explica que el punctum tiene que ver con la emoción que

despierta algún detalle en el que mira una foto. O algo así, vamos. Es una

cosa que quien hace la foto no ha buscado, pero que sale de la imagen para

clavarse en quien la mira, como una punzada en el rostro, dice Barthes. El que

mira la foto lo ve, pero quien hizo la foto no lo vio cuando apretó el

disparador de la cámara, como seguramente mi madre no vio la cuerda blanca

entre la mano del abuelo y la mía el día en que nos hizo esa foto.

—¿Y qué líos eran esos en los que te habías metido, Dani? No sabía nada

—dijo Simón volviendo los ojos hacia Julia, que parecía no estar escuchando

las explicaciones de su hijo.

—Perdona. Es que no te lo había contado. —Julia se removió un poco en

la silla—. Cuando Dani tenía dieciséis años, una tarde llamó la Policía

municipal de L’Hospitalet a casa para decirme que lo tenían detenido. Lo

habían encontrado pintando las paredes que hay junto a las vías del tren que

salen de la estación de Sants. Peligrosísimo. Y encima ilegal. Me cogí un

cabreo descomunal y, cuando Dani llegó a casa, le dije que hiciera lo que quisiera, pero que mientras fuera menor de edad no quería que me tuviera que

llamar ni una vez más la Policía por su culpa.

—Bueno, me parece que tiene a quién parecerse —intervino Roberto,

intentando ganarse la complicidad de Dani—. Aunque, claro, Julia, seguro

que tú dirás que lo nuestro era otra cosa, que lo nuestro iba en serio, que era

importante, aunque yo ya no esté tan convencido. —Julia desvió la mirada y

Roberto se dirigió a Dani—. ¿Y qué?, ¿seguiste pintando paredes?

—La verdad es que sí. —Mirada agradecida a Roberto por salirle al quite

—. Pero ahora tengo más cuidado para que no me pillen. Además, a partir del

curso de fotografía, empecé también a «documentar» las paredes, para no

defraudar a mi madre. —Con esta frase hizo reír a todos—. La Policía la

volvió a llamar otra vez, pero a medianoche. Y no por los grafitis.

—No, esa vez fue peor —dijo Julia—, pero hablemos de otro tema, anda,

que este no me gusta nada.

—¿Por qué no hablamos de la cámara de fotos réflex que me regalaste

ayer por mi veinte cumpleaños? —propuso Dani.

—No, de eso tampoco. Nos tendrás que dejar hablar a los demás, ¿no te

parece? —Julia posó su mano derecha sobre las nerviosas y frágiles manos de

su hijo.

—Y ¿fotos de tu madre, también tienes muchas en casa, Julia? —preguntó

Roberto, nombrando por primera vez la ausencia que les había permitido estar

ahora ahí, en la notaría, esperando la entrega de las copias del documento que

acababa de firmar Dani.

—Pues la verdad es que de mi madre no tengo casi fotos. —Julia se quitó

las gafas y se frotó los ojos, como si le sorprendiera un cansancio agazapado

hasta ese momento—. Bueno, ahora que lo pienso bien, tampoco es

exactamente verdad lo que acabo de decir. El día del funeral nos repartimos

entre todos los hermanos las fotos que ella tenía enmarcadas en su casa de

Medina: Florita en el viaje que hizo a Lourdes con sus amigas al poco de

quedarse viuda; Florita y mi padre con sus ochos hijos en las innumerables

fotos que nos hacíamos para el carnet de familia numerosa y que iban

marcando nuestro crecimiento con una periodicidad matemática.

»Si es que casi parecían salidas de una exposición de fotos de las

hermanas Brown de Nicholas Nixon; Florita con cada uno de sus diez nietos,

pero con la expresión cada vez más perdida; Florita en las bodas de todos sus

hijos… Bueno, otra vez estoy faltando a la verdad, porque ella no aparecía en

la foto que tenía enmarcada del día de nuestra boda, Roberto. Además,

cuando nos separamos, retiró la que puso al principio, en la que estábamos tú y yo en el altar, y la sustituyó por una en que aparecía yo sola con el traje de

novia blanco que me hizo coser en Menargues, “el mejor sastre de Alicante”,

como decía ella, y que me obligó a llevar aquel día. ¿Te acuerdas de las

discusiones que tuvimos por el vestido, Roberto?

—Bueno, y por casi todo: que si la boda en la catedral y su empeño en que

nos casara el padre Fructuoso, aquel capuchino predicador, al que su familia

había escondido «de los rojos» en la Guerra Civil, que ya había casado a tu

hermano el mayor y que después casaría a todos los demás.

—Y también sobre los invitados y sobre el restaurante, el Montíboli de

Villajoyosa, ¿recuerdas?… Terminó por vencernos por agotamiento y

consiguió que pasáramos por todo lo que ella quería —añadió Julia.

—Menos por lo de la nota en el ABC, ¡qué ridiculez! —puntualizó

Roberto, que parecía entre irritado y divertido al evocar ese recuerdo.

—Ah, sí. Eso sí que no —dijo Julia—. ¿Te imaginas?, qué vergüenza. De

todas maneras, difícil hubiera sido que alguno de nuestros amigos leyera los

ecos de sociedad del ABC, ¿no crees? Bueno, y tampoco transigí en el largo

del vestido. De blanco, vale, pero, al menos, de corto. Por eso puso en la

estantería una foto con encuadre americano, para que no se me vieran las

piernas.

—Pues no tienes tú unas piernas como para esconderlas en ninguna foto

—intervino Simón, consiguiendo el asentimiento de Roberto.

—No me digas que os vais a poner a hablar de mis piernas ahora, Simón.

Bueno, el caso es que todas las fotos de mi madre que me han tocado en el

reparto, con punctum o sin él —dijo Julia acariciando la cabeza de Dani, que

parecía algo enfurruñado—, todavía están en la caja en la que llegaron desde

Medina a Barcelona. Es que no he tenido ganas de abrirla. Ya decidiré si hay

alguna que quiero ver todos los días en la estantería. Que no creo.

—Pues las que no quieras me las das a mí, que yo no tengo tantos

problemas con las fotos de la abuela. ¡Cómo te pasas, mamá! No creo yo que

sea para tanto. Además, todo el mundo dice que has salido a ella. Pero, bueno,

si seguimos con el tema fotos, tengo que deciros que a mí la foto que más me

intrigaba es una Polaroid descolorida en la que mi madre está

superembarazada, con unos pantalones de campana de color verde, como de

punto, y una casaca a rayas haciendo juego, que le llega por debajo de las

caderas. Está con vosotros dos y con Susi. Y, al fondo, el peñón de Ifach.

Pero ¿qué hacíais ahí?, ¿por qué os hicisteis una foto en un sitio tan feo?, digo

yo.

—Entonces no era tan feo, Dani —dijo Julia, molesta con las afirmaciones

tan tajantes que había empezado a hacer su hijo desde hacía poco tiempo—.

Además, ya te lo he explicado mil veces: tu tío Isaías se acababa de comprar

una Polaroid y la estrenó ese día. Habíamos quedado con él a mitad de

camino entre Valencia y Alicante, para ver la urbanización La Manzanera de

Bofill… —Julia no pudo continuar porque Dani la interrumpió como si no la

estuviera escuchando:

—Lo que más me interesa de esa Polaroid es pensar en cuántas

explicaciones distintas me has ido dando a lo largo de mi vida de los cuatro

que aparecéis en ella. Por cierto, que estáis los mismos que en esa foto en

blanco y negro tan bonita en que tenéis el 420 detrás con la vela mayor medio

izada en ese pantano de Granada.

—El pantano de Cubillas —aclaró Roberto.

—Bueno, pues eso, el pantano de Cubillas. Primero, resulta que Roberto

era mi padre y Simón y Susi dos compañeros de la Universidad de Granada.

Luego, que… —pero no pudo terminar la frase, porque Julia le cortó:

—Dani, que no somos tus amigos y todos nosotros nos sabemos esa

historia de memoria. Por eso estamos aquí, ¿no?

—Vale, paro ya. Pero quiero que me regales esa foto, mamá. La pondré en

mi estantería con el documento que acabo de firmar y el libro de Roland

Barthes. Tiene su punctum la cosa —dijo Dani riendo.

Justo entonces volvió a entrar el notario, con un aspecto aún más

desmadejado del que tenía cuando salió del pequeño despacho en que se

encontraban. Parecía que hubiera tenido que firmar en el intervalo quinientas

escrituras de propiedad de apartamentos de la playa de San Juan.

—Ya están las copias. Lo siento, pero debo leerles el documento de

notificación, antes de entregárselo. —Y empezó a leer a una velocidad que

parecía acercarse peligrosamente a la de la luz:

 

Acta de manifestaciones número setecientos ochenta y siete. En Alicante, mi residencia, a 24

de febrero de 1996. Ante mí, Juan Sobrino Fernández, notario de esta capital y del Ilustre Colegio de Valencia, comparece don Daniel Climent Ávila, estudiante, mayor de edad, soltero, vecino de Barcelona, con domicilio en calle Rosellón 188, 4.º y con DNI número 20 011 197 N. Interviene en su propio nombre y derecho. Me aseguro de su identidad por la documentación reseñada, de la que testimonio dejo unido a esta matriz. Tiene, a mi juicio, capacidad legal suficiente e interés legítimo para otorgar este acta de manifestaciones. Requerimiento: Interesa al señor compareciente que yo, el notario, recoja las siguientes manifestaciones, que verbalmente me hace, después de advertirle de las consecuencias de toda índole que podrían derivarse de la inexactitud o falsedad de las mismas…

 

Mientras seguía el sonsonete provocado por la rapidísima lectura del

notario, que volvía a repetir los nombres de Roberto y de Simón, sus domicilios, en Valencia y en Granada, y sus DNI, antes de que cada uno de

ellos fuera diciendo ordenadamente que aceptaba la notificación, Julia, sin

proponérselo, se vio buceando, como quien lo hace en las aguas heladas de un

lago y cree que va a terminar por perder el aliento, en aquella caja de fotos de

casa de su madre con la que había viajado en el talgo de Madrid a Barcelona

hacía poco más de un mes.

Diez minutos más tarde, cada uno con su documento en la mano, se

dirigieron hacia la puerta de la notaría. Ya en la calle, tomaron Eusebio

Sempere para dirigirse al club de regatas. La verdad es que Isaías lo había

organizado todo a la perfección. No solo había puesto en contacto a Julia con

aquel abogado de Alicante, amigo desde los años de la lucha antifranquista,

que los había ayudado a deshacer el nudo de aquella madeja enredada, sino

que también les había reservado mesa frente al puerto para comer un arroz

con alcachofas y sepia, el preferido de Julia. Simón y Dani caminaban

delante, y Julia pensó que cada vez se parecían más: espigados y con el

mismo paso elástico y tranquilo. Simón apoyaba su brazo sobre el hombro de

Dani. Seguramente seguían hablando de Barthes. Julia y Roberto iban detrás,

pero Dani pudo oír perfectamente lo que él le decía a su madre:

—Gracias, Julia, por todo esto. Ya sé que lo has hecho por mí y tengo que

decirte que me he quedado mucho más tranquilo. Mañana les explicaré todo a

mis hijos.