Como un pulso
Primera parte. Lobos en la plaza
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
Primera parte
Lobos en la plaza
—Terminamos, por fin —dijo Julia soltando un suspiro—. Podemos bajar
a tomar algo al bar, que buena falta nos hace. Los de la furgoneta no vendrán
hasta las siete.
Mientras decía esto, Julia consultó su reloj Omega de esfera azul oscuro,
el que había impuesto como regalo de pedida y que su madre consideró
siempre demasiado masculino. Julia se había negado a recibir el tradicional
anillo. «Si a Roberto le regaláis un reloj, yo también quiero un reloj», había
argumentado entonces. Comprobó que eran las seis y cuarto.
—Roberto, bajad vosotros primero en el ascensor, anda, que no cabemos
todos. Así yo doy una última vuelta a la casa y compruebo que no nos
hayamos olvidado de meter nada en las cajas.
Julia dejó abierta la puerta del apartamento y empezó a recorrerlo con la
prisa enganchada a sus pies. Abrió uno por uno los armarios de la pequeña
cocina, con la rapidez que solo se tiene cuando no hace mucho que se han
cumplido los veinte años. Comprobó que no se habían dejado nada. Hizo lo
mismo, y con la misma precipitación, en el cuarto de baño y, después, en los
dos dormitorios y el estudio. Sin embargo, cuando empezó a repasar con la
vista la sala de estar-comedor que era el centro de todas aquellas habitaciones
y vio la cama nido que les había servido de sofá y de sofá cama durante los
dos años en que habían vivido allí, hasta terminar sus carreras, no pudo evitar
detenerse y recordar a su madre, durmiendo en «ese trasto», como lo había
llamado en la única ocasión en que había venido a visitarlos desde Alicante.
—Pero ¿cómo habéis podido elegir un sitio así para vivir, Julia? ¡Un
barrio obrero! Con lo bien situado que estaba aquel pisito que os alquilamos
nosotros al lado de la Facultad de Medicina. Además, no quiero ni
imaginarme cómo se pondrá esto cuando llueva, sin asfaltar como está. Y
¿cómo dices que se llama? ¿La Chana? Pero ¿qué nombre es ese para un
barrio? Si parece el nombre de una cabaretera de baja estofa. Es que no tienes
cabeza, hija mía —había dicho Florita nada más aparcar su Mini Morris verde botella y dar un rápido beso a Julia, que había introducido la cabeza en el
coche para poder saludar a su madre.
—Pues porque nos gustaba más esta casa, mamá. ¿Te acuerdas de que la
otra era toda interior? Ya verás las vistas que tiene esta desde la terraza. Se ve
Sierra Nevada y cómo va cambiando de color a lo largo del día. A la hora en
que está más bonita es a la puesta de sol, cuando se empieza a poner de color
rosa para ir girando poco a poco hasta un morado pálido —había respondido
Julia mientras sacaba el neceser de su madre del maletero, y Florita apagaba
en el cenicero del coche el Nobel que acababa de encender y al que solo había
llegado a dar dos caladas.
Enlazando un gesto con otro, como si lo raro fuera que no pudiera hacer
las dos cosas al mismo tiempo, Florita se pintó a continuación los labios, con
una barra de un rojo intenso que acababa de sacar de la guantera del coche,
mirándose en el minúsculo espejo retrovisor. «Era el único maquillaje que
utilizaba, pero la verdad es que el carmín en los labios le quedaba muy bien»,
recordó Julia y pensó que, algunas veces, había intentado imitar ese peculiar
estilo de su madre sin llegar nunca a conseguirlo. El carmín, en los labios de
Julia, solo conseguía ser un rasgo disonante en su cara lavada, mientras que,
en los de su madre, parecía encontrar el lugar más cómodo en el que pasar el
día.
—¿Quieres? —preguntó Florita, como lo había hecho tantas otras veces,
ofreciendo la pequeña barra en su funda dorada a su hija.
—No, ahora no —contestó Julia mientras percibía cómo en el rostro de su
madre se dibujaba el gesto de desilusión que aparecía cuando le proponía algo
a su hija y esta lo rechazaba.
—Pues, con el pelo tan corto, no estaría mal que usaras un poco de carmín
cuando llevas pantalones, hija, que así pareces un chico. Además, con lo bien
que te quedaría. Si llevaras, por lo menos, faldas pantalón en vez de esas
faldas tan cortas que te pones cuando quieres…
—Mamá, por favor, no empecemos, que acabas de llegar —dijo Julia—.
Creo yo que con los pendientes ya es suficiente para dejar claro que soy una
mujer, ¿no te parece? Y no siempre voy con pantalones o minifaldas, que en
verano me pongo vestidos. Además, me parece a mí que la primera culpable
de que yo lleve el pelo tan corto eres tú, que me llevabas al peluquero y le
decías que me lo cortara a lo garçon. No sé si recuerdas que alguna vez te
pedí llevarlo largo y tú, sin hacerme el menor caso, me lo cortabas casi como
a mis hermanos.
Julia seguía enganchada en aquel recuerdo cuando Florita, camino del
ascensor, lo interrumpió para retomar el tema del piso que habían elegido
Julia y Roberto para vivir. No era precisamente su estilo dejar las cosas en
tablas, sino vencer al contrincante por agotamiento.
—Lo de las vistas de Sierra Nevada me parece una solemne tontería,
Julia. Cada vez te estás poniendo más cursi, hija. A ver si vas a acabar
pareciéndote a tu tía abuela, Teresa la Mística la llamaban en Medina, ¿te
acuerdas?
—Pues no me puedo acordar porque yo no había nacido, pero me lo has
contado tantas veces… —Florita no dejó a Julia terminar la frase.
—Vosotros no podéis vivir en un sitio así y punto. ¿Qué han dicho los
padres de Roberto?
—No han dicho nada porque no han venido —contestó Julia con la voz
cansada de quien ya se ha dado cuenta de que el fin de semana se le va a
hacer muy largo.
Julia quiso apartar el recuerdo, pero volvió a fijarse en la cama nido, que
seguía en su sitio en el centro de la sala, cubierta ahora con cajas de libros
dispuestas para el traslado. Y no pudo evitar recordarla preparada para que
durmiera en ella Florita con uno de los juegos de sábanas de batista que había
encargado marcar con las iniciales de su hija antes de la boda. «Al menos de
las sábanas no se pudo quejar», pensó Julia mientras una media sonrisa dejaba
a la vista la ordenada hilera de sus dientes superiores.
Su posición central en la casa durante las noches de aquel larguísimo fin
de semana en el que Florita había dormido en la sala de estar de la casa de su
hija y su yerno en el barrio de La Chana de Granada le había permitido
dedicarse a hacer sus propios análisis de la situación y, equivocándose, como
siempre, pensó Julia, llegó incluso a advertir a su hija de que Roberto y
Dolomitas, «como la llamáis vosotros», añadía siempre Florita después de
decir ese nombre, se entendían a sus espaldas.
—Pero ¿por qué te has traído a vivir contigo a esta chica? Es que no tienes
cabeza, hija mía. —La referencia a la falta de cabeza solía coronar las frases
de Florita con demasiada frecuencia, como si la única persona en el mundo
que la tuviera bien puesta fuera ella.
—Pues creo que te podrías ahorrar la pregunta, ¿no? Sabes perfectamente
que Roberto está en su larguísima mili en Cartagena y solo viene algún fin de
semana de tarde en tarde. Y a mí no me gusta vivir sola. Eso también lo sabes.
Además, Dolomitas es estupenda y nos llevamos muy bien todos, también con
Miguel Ángel, su novio —dijo Julia subrayando con el tono la última palabra.
A pesar de que todavía había tenido fuerzas para dar esa respuesta, Julia
recordaba ahora que, como siempre, había dejado también aquella vez que
fuera su madre la que creyera que había ganado la batalla y pensó que, en
realidad, la distancia que había entre su mundo y el de Florita hacía imposible
cualquier intercambio sincero de puntos de vista. Por eso, también en aquella
ocasión, Julia había optado simplemente por escucharla, intentado mantener
la calma hasta que el Mini verde desapareciera de nuevo camino de Alicante y
dejara una estela de paz flotando tras el tubo de escape. «Los huéspedes gusto
dan, sobre todo cuando se van», habría dicho su abuela de Medina.
Julia volvió a mirar su reloj y se dio cuenta de que habían pasado diez
minutos casi sin enterarse. De vuelta a las prisas fue a cerrar la puerta de la
terraza y, mientras miraba hacia las montañas a lo lejos, que ahora casi no
tenían nieve, deslizó la mano sobre la cretona de su vestido a la altura del
vientre y se sorprendió hablando en alto:
—A ti sí que te gustará ver los cambios de color de Sierra Nevada al
atardecer, estoy segura. No te vas a parecer a tu abuela, ¿verdad? Y yo te voy
a traer a Granada a ver las puestas de sol, te lo prometo.
Cerró la puerta y bajó al bar a reunirse con los demás. Ella también
necesitaba con urgencia comer algo.
Julia entró en El Regreso, aquel bar que con tanto esmero habían montado
sus vecinos. Eran de Dílar y hacía poco que habían vuelto de la emigración a
Alemania. ¡Habían cenado allí tantas veces patatas a lo pobre con pimientos y
huevos fritos! Julia vio a Roberto y Dolomitas en la mesa que daba a la
cristalera grande, desde la que se veía la puerta de la casa. «Por si llegan los
de la mudanza, claro. Bien pensado». Antes de sentarse, se acercó a la barra.
—Ponme un botellín de Alhambra y medio bocadillo de tortilla de patatas.
Pero con vaso para la cerveza, por favor, como siempre, que no me gusta nada
beberla a morro.
—Enseguida te lo llevo, Julia —le dijo el más joven de los dueños
mientras cortaba ya el bollo de pan en dos mitades.
Julia se sentó en la única silla que quedaba libre, de espaldas a la
cristalera.
Cuando le estaba dando el segundo mordisco al bocadillo, comprobó que
un grupo de albañiles, que tomaban carajillos en la barra, volvían las cabezas
al unísono hacia la puerta. Imitó su gesto, se giró y vio que en la puerta había
apostados dos policías uniformados y que dos hombres con traje entraban en
aquel momento en el bar y se dirigían con rapidez hacia su mesa mientras
sacaban sus placas.
—¡Policía! —dijeron los dos hombres trajeados casi a la vez.
En el momento en que los sacaron, ya esposados, pudieron comprobar que
el despliegue era brutal. Dos coches «zeta» de la Policía estaban aparcados a
la puerta de El Regreso. A Roberto y Dolomitas los metieron juntos en uno de
ellos. Pusieron la sirena y se alejaron con rapidez hacia el centro de Granada.
A Julia la dejaron allí y le pidieron la llave del piso. Nada más dársela se
dio cuenta de que acababa de cometer el primer error. No debería haberles
dado las llaves. Tenía que serenarse y empezar a hacer las cosas bien.
En la media hora en que estuvo de pie a la puerta de la casa, custodiada
por dos grises, pudo comprobar que, en el bar, todo el mundo parecía seguir
con sus rutinas. Evitaban mirar hacia donde ella se encontraba. Cuando le
devolvieron las llaves, uno de los dos policías de paisano, Julia suponía que
sería de la Brigada Político-Social, le dijo que subiera con ellos al piso.
Querían registrarlo. Mientras subían en el ascensor, Julia preguntó:
—¿Y la orden judicial? Porque sin orden judicial no pueden entrar.
—No tenemos la autorización, todavía —subrayó el policía con el tono la
última palabra—. Pero no te preocupes, que mañana te la enseñaremos.
—Pues me la tienen que mostrar ahora. Si no, este registro será ilegal. —
Solo consiguió que el social que la llevaba del brazo le diera un empujón
malhumorado y la hiciera entrar a la fuerza en la casa.
Lo que no sabían aquellos policías es que Roberto ya había dado de baja
la luz eléctrica del apartamento y que el progresivo descenso de la luz natural
no les iba a permitir acabar con el registro. Así que, después de estar un buen
rato abriendo cajas y haciendo montones con los libros y papeles, mientras
Julia miraba ostentosamente por la ventana señalando con su falta de atención
que aquel registro estaba mal hecho desde el principio, decidieron que no
podían continuar.
Serían las ocho y media de la tarde cuando los dos policías de la Social la
bajaron y la introdujeron en el asiento de atrás del 1500 de color gris. Se
sentaron uno a cada lado de Julia, junto a las puertas.
La sirena gritando enloquecida por las calles de Granada provocaba un
estruendo que hacía que se giraran todas las cabezas. Ella, a través del
parabrisas delantero, miraba a los transeúntes como si todavía le costara creer
que ya no era una más entre aquella gente que andaba libremente por la calle,
sino el objeto de sus curiosas miradas. Cuando estaban llegando a la
confluencia de Gran Vía con avenida de la Estación, el semáforo en rojo le
hizo albergar una cierta esperanza. Volvió la cabeza hacia la puerta de la casa
de los padres de Simón deseando con todas sus fuerzas que él saliera justo en ese momento a la calle y pudiera vislumbrarla en el asiento trasero de aquel
Seat 1500. Pero la enorme puerta de madera de la casa permaneció cerrada y
el coche de policía solo aminoró la marcha, saltándose el semáforo, con lo
que la posibilidad de avisar a Simón con un imperceptible gesto quedó
truncada.
Julia no volvió a saber de los demás hasta tiempo después. Con Dolomitas
se encontraría nueve días más tarde, en el furgón que las llevaba de la
comisaría central de Granada a los juzgados de plaza Nueva. Con Roberto
unos diez días después, cuando vino a verla a la cárcel de Granada. Y con
Simón… Con Simón se cruzaría algunas cartas en la cárcel de Granada, que
llegaron por métodos inverosímiles desde el pabellón de hombres al de
mujeres. Pero eso sería más adelante. Ahora, el 1500 de la Policía en que la
llevaban estaba parando ante la puerta de la comisaría central de Granada, la
de la plaza de los Lobos. Sacaron a Julia sin miramientos y la llevaron a
empellones hacia el interior de la planta baja del edificio.
Julia no conocía por dentro aquel lugar porque siempre había evitado
pisarlo. Nunca se le había ocurrido ir allí a hacer ningún trámite
administrativo. Por el aspecto podría haberse encontrado en cualquier oficina
de la Administración, con sus suelos de terrazo brillantes de tanto pasar la
fregona con lejía una y mil veces y sus pequeñas ventanillas de atención al
público. De todas maneras, las esposas que rodeaban sus muñecas no le
dejaron perderse mucho tiempo en esas disquisiciones. Nada más entrar y tras
un fugaz paso por una de las ventanillas en la que los policías de la Social que
la llevaban, uno de cada brazo, dijeron que entregaban a la detenida Julia
Ávila Sanz, dos policías uniformados de gris la condujeron hacia las escaleras
que se encontraban al fondo del vestíbulo. Cuando estaban a punto de
alcanzar el primer peldaño, Julia gritó que quería avisar a sus padres. Ante el
gesto de duda de los dos grises, que se volvieron en busca de consentimiento,
el brazo derecho de uno de los sociales se extendió y su mano movió los
cuatro dedos hacia delante y hacia atrás en un gesto que los grises
comprendieron perfectamente. Siguieron adelante, pese a las protestas de
Julia.
En el tramo que separaba la planta baja del semisótano, se produjo una
transformación radical del espacio, que parecía contener un cambio en el
tiempo de más de tres décadas. Las escaleras, que partían con un tamaño que
permitía a los dos policías llevar a Julia cogida uno por cada brazo, perdieron
a partir del primer rellano la mitad de su ancho, por lo que uno de los policías
tuvo que rezagarse. Volvieron a disminuir de tamaño al pasar del segundo rellano. Así lo que había empezado por ser un grupo de tres personas, que
caminaban al unísono, terminó por convertirse en una fila india. El último
tramo terminaba en un estrecho pasillo que llevaba a un cuartucho. Allí, otro
gris, que parecía más grande de lo que era en aquel espacio minúsculo, leía el
Ideal de Granada, que, abierto, ocupaba casi por completo la pequeña mesa de
madera tosca en la que lo tenía apoyado. Julia volvió a escuchar la misma
cantinela: se hacía entrega de la detenida Julia Ávila Sanz. El gris lector del
periódico, mayor que los otros y con algunas canas que le daban un aire de
tranquilidad respetable, hizo dejar a Julia sus pertenencias, así las llamó él, en
una caja de cartón. Se limitaban a lo poco que había dentro del bolso
bandolera, tejido a mano, más el reloj Omega y los pendientes de perlas.
Después de que Julia firmara la lista de objetos en depósito, que con cierta
dificultad había tecleado el policía con solo dos dedos en una cochambrosa
máquina de escribir, este la condujo a través de un pequeño patio rectangular,
con aspecto de haber quedado a medio construir hacía ya mucho tiempo. Sus
paredes estaban cubiertas por un rugoso cemento a la vista y una sucia
bombilla de cuarenta vatios, llena de gotas de pintura, constituía la única
iluminación. Un canal de desagüe al aire libre recorría su centro. En uno de
los lados largos de aquel patio, el que estaba frente a la puerta del cuartucho
que ocupaba el guardia, había cinco pequeñas puertas de madera, pintadas de
gris y cerradas con unos candados que enlazaban dos arandelas. Tenían un
ventanuco rectangular, cubierto por una rejilla, en la parte superior de cada
una de ellas. En uno de los lados cortos del patio, el que lo cerraba a la
derecha, tras la única puerta abierta y sin candado, se dejaba entrever una
sucia letrina.
El policía abrió primero la celda más cercana a la letrina, pero cambió de
opinión y decidió alejar a Julia de aquel olor pestilente, abriendo la celda que
se encontraba al otro lado del patio. Todas las demás celdas parecían estar
vacías. Esperó a que Julia entrara en la celda con una amabilidad que
contrastaba con los empujones que le habían dado los de la Social tras sacarla
del 1500. Y, mientras cerraba el candado, dijo:
—Así que te llamas Julia. Yo a ti te conozco. Te examinaste del carné de
conducir el mismo día que yo. Debe hacer ya como tres años, creo. Me
acuerdo porque pensé que era imposible que tuvieras los dieciocho. Y,
encima, tú aprobaste y a mí me suspendieron.
—Pues yo no me acuerdo de usted.
—Bueno, pues me presento: me llamo Antonio. Pero, si necesitas algo no
me llames por mi nombre. Grita: «Guardia», que puede ser que no sea yo el que esté en ese momento y algún compañero pensará que te he dado
demasiadas confianzas. —Y, mientras cerraba el candado, sonrió, mirando a
Julia a los ojos por la estrecha ventana de la parte superior de la celda, antes
de dirigirse de nuevo a su periódico.
En aquel sucio espacio de dos por cinco metros iba a pasar Julia nueve
interminables días. Y lo único que podía hacer era maldormir, malcomer,
pedir que le abrieran la puerta para ir a la letrina y recorrer arriba y abajo los
escasos metros del lado largo de la celda, hasta caer rendida. Y pensar, pensar
mucho, pensar demasiado, porque no podía detener el flujo continuo de
palabras que se iba formando en su cabeza, un ovillo difícil de deshacer.
Al día siguiente por la mañana, Julia solo había intercambiado algunas
palabras con aquel guardia uniformado del carné de conducir, cuando había
abierto su celda para pasarle un plato de latón con puré de patatas y un trozo
de pan. También le había abierto cuando pidió ir a la letrina por la mañana,
una letrina que ya estaba muy sucia la noche anterior y que nadie había
limpiado después. Cuando hacía poco tiempo que se había despertado en el
asqueroso camastro y había llamado al guardia, un policía de paisano, que le
pareció que no era ninguno de los que les habían detenido, la sacó de la celda
y la subió a la planta baja. Allí la esposó y la condujo a un patio interior
donde aparecían estacionados tres coches zeta y siete particulares: un Simca
mil, dos Seiscientos, un cuatro latas, un Gordini, un Seat 124 y, reinando
sobre el grupo, un tiburón.
El policía introdujo a Julia en el asiento trasero de uno de los coches zeta,
en el que ya estaba un gris en el puesto del conductor y otro policía de
paisano en el del copiloto. El social que la había llevado se sentó con ella en
el asiento trasero. Julia juntó al máximo sus piernas para intentar que no
escapara el olor que estaba segura de que desprendía.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—Menos preguntitas, lista, que enseguida lo sabrás —contestó el policía
que la había metido en el coche.
El conductor puso la marcha atrás y empezó a hacer las maniobras a las
que obligaba aquel espacio, tan lleno de coches, para encarar el portón que
daba a la calle. Justo antes de salir, Julia pudo ver su 127 estacionado en un
rincón de aquel patio y preguntó qué hacía allí su coche.
—¿Otra preguntita? —le dijo el de la Social que iba en el asiento del
copiloto—. Ya sabíamos que eras muy habladora, pero me parece que estás
superando nuestras expectativas.
—Yo creo que con que sepas que tenemos la autorización pertinente ya
tienes suficientes respuestas —le contestó el policía que iba sentado a su lado
—. Así que, ahora, tranquilita, que ya tendrás tiempo de hablar cuando
empecemos a interrogarte.
—¿Y cuándo va a ser eso? —dijo Julia sin poder evitar que su tono sonara
insolente.
El policía no le contestó, sino que se dirigió a su compañero:
—Me parece a mí que esta está pidiendo a gritos un poco del tratamiento
del jarabe ese que nos da tan buenos resultados. Cómo se nota que es el
primer día que la tenemos con nosotros. Ya la iremos colocando en su sitio,
¿no crees? —ante la falta de respuesta del compañero, añadió mirando esta
vez a Julia—: Tú, tranquila, que me parece que vamos a tener tiempo de
sobra. Con el permiso de su señoría, claro.
El coche zeta giró alrededor de tres de los cuatro lados de la plaza de los
Lobos, sin que Julia pudiera ver a ningún peatón ni a ninguna persona
disfrutando de las primeras horas del día en alguno de los bancos de la zona
ajardinada que ocupaba el centro de la plaza. Ni un solo bar ni una sola
tienda. Estaba claro que aquella plaza era de los lobos y para los lobos y que
no era solo ella la que intentaba no pisarla.
Al salir de la plaza, el coche se dirigió hacia Gran Capitán y, de allí, a la
plaza del Triunfo, desde la que, tras un giro a la izquierda, encaró la Gran Vía.
Julia pudo entonces comprobar que, en realidad, estaban rehaciendo el mismo
camino que habían recorrido el día anterior, pero esta vez en sentido inverso.
Al pasar por la esquina de la Gran Vía con la avenida de la Estación, volvió a
mirar hacia la puerta de la casa de los padres de Simón y de nuevo se
encontró con una foto fija en la que ningún movimiento daba señales de vida.
Al llegar al bloque uno de la barriada de la Encina, en el barrio de La
Chana, el gris que conducía el coche zeta aparcó ordenadamente en el solar
que había delante de la casa. Primero bajó el social que iba en el asiento del
copiloto y se dirigió hacia la parte trasera del coche. Julia se giró en su asiento
y pudo ver cómo el policía abría el maletero y sacaba algo de allí,
dirigiéndose hacia la puerta del bloque. Entonces observó cómo apoyaba una
pequeña mesa plegable y un pequeño sillín de trípode, también plegable, en el
lado derecho de la puerta y volvía hacia el maletero que había dejado abierto.
Sacó entonces una funda dura de color gris en la que se podía leer: «Olivetti».
Solo después de haber concluido esta operación, se bajó el gris que había
conducido y abrió la puerta más cercana a Julia.
—Anda, baja —le dijo.
Cuando Julia estuvo fuera, bajó del coche el social que había ido a su lado
durante el trayecto y la llevó hacia la puerta del edificio mientras el otro
policía de paisano pulsaba el timbre del interfono del sexto D.
—Buenos días, señor —dijo una voz masculina en un tono respetuoso.
—Abra la puerta, agente —dijo el social que transportaba la Olivetti.
—A sus órdenes, señor —un sonido metálico, que irritó profundamente a
Julia, permitió la apertura de la puerta.
Uno de los sociales se dirigió, con Julia cogida del brazo, hacia el
ascensor y abrió la puerta para que pudiera entrar su compañero con la mesa,
el sillín y la Olivetti. Algo apretados, subieron hasta el séptimo piso y se
dirigieron a la puerta de la casa de la que habían sacado a Julia el día anterior.
Allí los estaba esperando, vestido de paisano, el tímido policía nacional que
había sido su vecino de abajo durante dos años.
—Quite el precinto y abra con la llave maestra, agente. Que vamos a
proceder al registro —dijo el social de la Olivetti.
—¿Y la orden de registro? —volvió a preguntar Julia interrumpiendo la
acción. El social le extendió un folio con el gesto de quien se siente hastiado
de tener que cumplir con las escasas normas que no se puede saltar.
—Aquí tienes la autorización, lista.
Julia leyó el escrito con todo detenimiento:
AUTORIZACIÓN DE ENTRADA Y REGISTRO.- EL JEFE DE LA BRIGADA
REGIONAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL DE LA JEFATURA SUPERIOR DE POLICÍA DE LA REGIÓN DE ANDALUCÍA ORIENTAL, CON SEDE EN ESTA CAPITAL, INSPECTOR JEFE DEL CUERPO GENERAL DE POLICÍA, titular del carné profesional número 4375, de conformidad con lo dispuesto en el artículo 14 del Decreto-Ley 10/75, de 26 de agosto, sobre prevención del terrorismo, EXISTIENDO indicios suficientes de que en el domicilio sito en la avenida de Badajoz, bloque n.º 1, 7.º D, donde habita JULIA ÁVILA SANZ, nacida el 23 de noviembre de 1953 en Valladolid, hija de Dionisio y Flora, estudiante, casada, por ser miembro de una de las organizaciones declaradas fuera de la ley en el artículo 4.º del mencionado Decreto-Ley y puedan encontrarse en dicha vivienda efectos e instrumentos para la comisión de delitos de terrorismo, libros, documentos o propaganda relacionada con esta figura delictiva, por razones de máxima urgencia y CONSIDERANDO la existencia de grave riesgo para la vida de los ciudadanos, el orden público y la convivencia social, en evitación de que, de inmediato desaparezcan o se oculten elementos útiles para la investigación.
AUTORIZA la entrada y registro en el domicilio antes mencionado a los funcionarios de la
Brigada Regional de Investigación Social de esta jefatura superior, inspectores de segunda clase del Cuerpo General de Policía, titulares del carné profesional número A12GO, 6277 y 8606, respectivamente, los que procederán a verificar inmediatamente dicha diligencia, haciendo uso de cuantas medidas fuesen precisas para ello, debiendo levantar ACTA, la que, junto con lo que se ocupe, se remitirá al Ilmo. Sr. magistrado Juez del Juzgado de Instrucción de Guardia, al que se da cuenta inmediata de haber sido adoptada esta determinación. En Granada, a 11 de octubre de 1975. AUTORIZA Y FIRMA EL JEFE DE LA BRIGADA REGIONAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL DE LA JEFATURA SUPERIOR DE POLICÍA DE GRANADA.
Cuando Julia acabó la minuciosa lectura, opuso a la cara de impaciencia
de los dos sociales que estaban esperando la pregunta obvia:
—¿Así que no han conseguido la orden judicial?
—Por las prisas, guapa, pero con esta autorización nos basta y nos sobra.
Tan enterada que pareces ¿y no te han informado en el partido de que con el
decreto ley de agosto de prevención del terrorismo podemos entrar sin orden
judicial? ¿O es que una persona tan informada como tú no conoce las últimas
novedades? Además, ¿no acabas de leer que se ha dado cuenta al juez de
guardia? Bah, no perdamos más tiempo —dijo el social abriendo la puerta.
—Me imagino que no han podido convencer a ningún juez de que yo soy
una terrorista, ¿no? —dijo Julia mientras cruzaban el umbral.
—Creo yo que tenemos aquí un hueso duro de roer —oyó Julia que le
decía un social al otro en un susurro.
Dentro del apartamento, Julia pudo ver que sus muebles ya no estaban.
Pero en la sala de estar aparecían, en desorden y abiertas, varias de las cajas
de libros y papeles. Eran los que los de la social habían seleccionado la tarde
anterior antes de que la falta de luz les impidiera continuar con el registro.
El social de la Olivetti abrió la mesa plegable al lado de la puerta
acristalada que daba a la terraza, colocó el sillín detrás de ella y desenfundó la
pequeña máquina de escribir.
—Necesitamos dos testigos —dijo entonces el otro social—. Agente,
llame a las puertas de las vecinas que le hemos dicho.
Y, mientras el agente se dirigía a la salida del apartamento, el social de la
máquina de escribir tomó asiento y empezó a teclear:
ACTA DE ENTRADA Y REGISTRO. En Granada, siendo las diez horas y treinta minutos
del día 11 de octubre de 1975, los inspectores de segunda clase del Cuerpo General de Policía titulares de los carnés profesionales números 6277 y 8606, ambos afectos a la Brigada Regional de Investigación Social de la jefatura superior de policía de la región de Andalucía Oriental, con sede en dicha capital, se personaron en la casa sita en avenida de Badajoz, bloque número uno, piso séptimo, letra D, donde habita JULIA ÁVILA SANZ, nacida el 23 de noviembre de 1953 en Valladolid, hija de Dionisio y Flora, casada, licenciada en Filosofía y Letras, con el fin de dar cumplimiento a la autorización de entrada y registro expedida por el señor jefe de la citada brigada, en la que, de conformidad con lo establecido en el artículo 14 del Decreto-Ley 10/75, de fecha 26 de agosto, sobre prevención del terrorismo, se dispone la entrada y registro en dicho domicilio.
—¿Han llegado ya los vecinos? —casi gritó el policía mientras tecleaba la
última línea de guiones y espacios con la vista levantada del teclado y dejando
por un momento el ensimismamiento al que le había tenido sometido la
redacción de documento.
—Sí, sí, aquí estamos, señor —dijo la vecina de al lado con un tono que
parecía querer mostrar un gran respeto por la autoridad, pero que en realidad
transmitía un miedo reverencial.
—Ah, sí, ya veo. Vale, vale, pues podemos seguir. —Y aporreó de nuevo
las teclas de la Olivetti: «Una vez en este, los funcionarios actuantes
requirieron la presencia, en calidad de testigos de doña…».
—A ver, sus nombres y apellidos —se oyó de nuevo la voz tonante—.
¿Han traído sus DNI?
—Pilar Albolote Sierra. Sí, sí, aquí están —contestó la vecina las dos
preguntas casi a la vez, evitando la mirada de Julia, mientras alargaba los
documentos de ella y de la otra vecina que la acompañaba hacia la mano
extendida del policía.
«Pilar Albolote Sierra», tecleó el subinspector. Y continuó escribiendo
mientras consultaba los datos de los DNI:
Nacida en Freila (Granada) el día 2 de mayo de 1942, hija de Pedro y Josefa, casada, sus
labores, con domicilio en la avenida de Badajoz, bloque primero, sexto F; y de doña Angustias López Giménez, nacida en Rute (Córdoba) el 27 de junio de 1945, hija de Juan y Teresa, casada, sus labores, con domicilio en el mismo inmueble, piso sexto E, en cuya presencia, así como en la de JULIA ÁVILA SANZ, cuya filiación consta anteriormente, a quien se mostró y leyó la referida autorización de entrada y registro y para cuyo servicio dio toda clase de facilidades, se procedió a efectuar un minucioso registro en todas las habitaciones que componen la vivienda, dando el siguiente resultado: se halló un folio escrito a mano que comienza: «La Junta Democrática es el comienzo efectivo de la realización del Pacto»; un folio escrito a multicopista que comienza: «Carta a la opinión pública de los estudiantes del Plan 1974 de Medicina de Granada»; otro folio a multicopista titulado Declaración de la Junta Democrática de España al pueblo español; cinco folios a multicopista bajo el título de Selectividad; tres folios a multicopista titulados Manifiesto de la Reconciliación, firmados por Junta Democrática de España; tres folios a multicopista bajo el título Nuestra visitón de la coyuntura; un folio escrito a máquina titulado Comunicado de la Junta Democrática de Andalucía; seis folios a multicopista bajo el título Entrevista de Rinascita; dos folios de un llamado Boletín de las fuerzas armadas misión; un ejemplar de la revista Horizonte —fecha 23 de abril de 1975—; dos ejemplares de la revista Nuestra Bandera; un folleto titulado API, de fecha 8 de marzo de 1975; un ejemplar de la revista Senda; otro ejemplar de la revista La voz del campo andaluz; un ejemplar de la publicación Unidad; cuatro ejemplares de Mundo Obrero; dos ejemplares de Granada Roja; tres ejemplares de Viento del pueblo.
Cuando Julia escuchó al de la social decir el nombre de esta cabecera, el
poema de Miguel Hernández llegó a su cabeza como un puñal ensangrentado
de luz y tuvo que contenerse para no murmurar unas palabras que se sabía de
memoria: «Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me
esparcen el corazón y me aventan la garganta». Alentada con la fuerza de esas
palabras, volvió a centrarse en lo que interesaba en ese momento y sus oídos
volvieron al sonido de la máquina de escribir y a la voz monótona que repetía en alto lo que las teclas estampaban sobre el papel al golpear sobre la cinta
entintada.
Un ejemplar de Venceremos; un ejemplar incompleto de Sindicalismo y movimiento obrero;
un libro titulado Acerca de Engels; otro, titulado, Quatre Essais Philosophiques; otro, titulado, Les Grandes Ouvres Politiques, otro, titulado, El fin del Mundo Antiguo, otro, titulado L’Economie de l’URSS; un folleto titulado, La Societé Française en Crise; otro, titulado, Algunas notas políticas de la Revolución española; un libro, titulado, Las luchas de clase en Francia de 1848 a 1850, otro, titulado, La Republique Democratique Allemande; otro, titulado, Traité d’Economie Marxiste; otro, titulado, Manifiesto del Partido Comunista; otro, titulado, Psichologie de Masses du Fascisme; otro, titulado, Ecrists militaires de Mao Tse Toung; otro, titulado, Les Internationales Ouvrieres; otro, titulado, Citas del Presidente Mao Tse Toung; otro, titulado, Recherches Psycologiques en URSS; otro, titulado, Ecrits Choisis en Trois Volumes…
Los títulos en francés se llevaron la cabeza de Julia muy lejos, a un tren
repleto camino de Portbou. Su primer viaje con Roberto, que había sido
también su primer viaje al extranjero, a París. Hacía de eso cuatro años. Julia
acababa de terminar primero de Comunes y Roberto tercero de Medicina. Ella
había trabajado todo el mes de julio dando clases particulares, y Roberto
contaba con algunos ahorros, pero habían decidido que llegarían a París en
autostop, para no gastar todo su dinero en el viaje. En autostop, sí, pero,
después de más de diez horas, solo habían logrado llegar a Peñíscola, así que,
al borde de la insolación, decidieron que seguirían en tren, aunque tuvieran
que buscar algún trabajo en París para poder comer durante el mes de agosto.
El vagón al que se subieron en Peñíscola les puso en contacto con una
realidad que nunca hasta entonces habían tocado, la de los trenes abarrotados
de emigrantes españoles que volvían a Francia después de sus vacaciones.
Todos los asientos ocupados, tuvieron que viajar hasta Portbou en un pasillo
atestado de maletas y pasajeros. Roberto de pie y Julia sentada sobre su
mochila. Una vez cruzada la siniestra frontera, hubo sitio para todos en el tren
francés. Además, se soltaron las lenguas, y Julia y Roberto aprendieron por
primera vez cómo se hablaba de política con desconocidos cuando se vivía en
un país democrático. El emigrante que compartió con ellos el queso
manchego que llevaba y que más tarde se bajaría en Narbonne les dijo que él
era antifranquista y que esperaba que ellos lucharan por la libertad en España.
Tímidamente, Julia y Roberto le dijeron que ya lo estaban haciendo y, a partir
de ese momento, no comieron solo queso, sino que lo acompañaron con un
vino de Valdepeñas que a Julia le supo a gloria.
El mes de agosto en París pasó de chambre de bonne en chambre de
bonne, todas prestadas por gente cercana al partido cuando sus moradores no
estaban, y con Julia fregando platos por las tardes en el Bar Español de cerca
de Châtelet. El encargado, cuando Julia quería cambiar el agua del fregadero, le decía que era una remilgada y que había que ahorrar agua, con lo que ella
llegaba casi a la náusea cuando tenía que mover sus manos entre un agua
llena de granos de arroz flotando que habían llegado allí al introducir los
platos con los restos de paella.
París fue también, para Julia, los paseos por el Jardin de Louxembourg
cuando Roberto venía a buscarla al bar, los croque monsieur del Boulevard de
Saint Michel, la sorpresa de los trotoirs roulants en la estación de
Montparnasse, la imitación de las francesas que habían decidido que se podía
prescindir del sujetador y, sobre todo, las librerías: la Maspero de Saint
Michel, con los libros de Què-sais-je a unos precios increíbles, y la librería
española de Soriano, con los libros de Ruedo ibérico, que se convirtió en
lugar de encuentro y conversación.
También en su segundo viaje a París, pero esta vez sola, con pasaporte
falso y a un curso de formación de jóvenes universitarios comunistas en el
que conoció a muchos miembros del Comité Central —Carrillo, Santiago
Álvarez, Ignacio Gallego y tantos otros—, Julia había vuelto a visitar, en la
única tarde que tuvo libre, la librería de Soriano en compañía de Manuel
Azcárate. Pero esa vez no había comprado ningún libro prohibido. Las
normas de seguridad no le permitían poner en riesgo la organización y que su
pasaporte falso acabara en manos de la Policía en la frontera y los llevara a
descubrir en qué lugar se hacían aquellos documentos clandestinamente.
En el primer viaje las mochilas de Julia y Roberto habían vuelto al tren
cargadas con todos aquellos títulos que ahora leía torpemente el policía de la
social. Julia recordó el miedo que habían pasado en la frontera de Portbou por
si les encontraban los libros. De pronto, sin querer, sus recuerdos se posaron
en el doloroso momento en que una caja cargada con aquellos libros
comprados en Soriano había aparecido en el maletero del Ochocientos
cincuenta que conducía su hermano Daniel el día en que se mató en la
carretera entre El Grao y Gandía. Daniel se los tenía que llevar a la residencia
de Valencia. Pero los llevó un guardia civil al chalet de sus padres en Gandía.
Julia había intentado comprender por qué aquel guardia civil había hecho
entrega de la caja sin hacer ningún comentario y solo pudo pensar que no
habría querido añadir más dolor a aquella escena de una madre y un padre
destrozados por la muerte de un hijo y una familia rota por la muerte del
hermano. Tuvo que hacer un esfuerzo por apartar los recuerdos de ese día,
que la conducían siempre a un viaje por todos los territorios en los que sabe
anidar la culpa. Consiguió regresar desde ese viaje emprendido por su recuerdo a la voz del social, que seguía cantando títulos de los libros, que le
enseñaba su compañero, y aporreando la pequeña máquina de escribir.
—Otro titulado Sobre la defensa de la Patria socialista; un folleto titulado
«El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre», otro folleto
titulado «Elementos fundamentales para la crítica de la economía política»,
otro titulado «Guerra del pueblo, ejército del pueblo», otro titulado
«Cuba 68», un bote grande de tinta para multicopista, marca Korets.
Al llegar a este punto, volvieron a sonar las teclas con un ritmo que
significaba que el social estaba pulsando la del guion y la del espacio con una
rapidez que no tenía cuando escribía lo demás. Con una cara que proclamaba
lo harto que estaba de aquella lista interminable, levantó la vista y le dijo a su
compañero:
—Yo creo que ya tenemos bastante, ¿no te parece? Todo lo demás nos lo
llevamos y ya lo miraremos con más calma en comisaría.
—Tú verás, que tienes más mando que yo. A ver qué nos dicen luego allí.
—Pues que digan lo que quieran —y continuó escribiendo mientras
verbalizaba las palabras que iban quedando estampadas sobre el papel—.
Igualmente, se intervinieron, otros papeles y efectos, que, por su interés
policial, quedan depositados en esta brigada, para su estudio y examen y
posteriores averiguaciones. —Y, de nuevo, volvió a oírse el característico
sonido de las teclas de espacio y guion—. Concluido este registro, dos horas
después de su iniciación, se extiende la presente acta, la que, una vez leída por
todos los concurrentes, la firman en prueba de conformidad de lo que
certifico. —Más sonido de las teclas de espacio y guion.
Las vecinas, Pilar y Angustias, firmaron torpemente, sin leer el
documento, y con una cara de impaciencia que se podía deber tanto a la
situación en la que se habían visto obligadas a participar y en su cercanía a
dos señores subinspectores de policía como a estar pensando en que se les
estaba yendo la mañana y tenían la comida por hacer. Julia leyó
detenidamente aquellas dos abigarradas páginas.
—No pienso firmar este documento. Pero necesito ir al lavabo.
Una vez superada la sorpresa que le había producido la negativa a firmar
el acta, y con el gesto de impaciencia del que empieza a estar a punto de
perder los nervios, el policía mecanógrafo dijo:
—Sí, puedes ir al lavabo.
Julia entró en el lavabo y, con la prisa de quien sabe que no dispone de
mucho tiempo, empezó a llenar el bidé. Se lavó lo más rápido que pudo y
utilizó todo el papel de váter que necesitó para secarse. Se guardó el resto dentro de las bragas, bendiciendo que el rollo tuviera casi un cuarto del total.
Al menos tendría para dos o tres días. Cuando Julia salió del lavabo, la cara
de impaciencia del social mecanógrafo había llegado a los límites de lo
imaginable. La miró como quien piensa que si no desaparecía pronto de su
vista no se podría contener más. Volvió a meter los cuatro folios de la última
página del acta y las tres hojas de papel carboncillo que los separaban, y
añadió: «Diligencia. Para hacer constar que Julia Ávila Sanz, cuya filiación
consta, después de haber leído la anterior acta, manifiesta que se niega a
firmarla, negándose, así mismo, a explicar el motivo de su negativa. Conste y
certifico».
—Yo no me he negado a explicar el motivo de mi negativa. Es que nadie
me ha preguntado.
—Muy bien. Pues eso, como tú dices: es que nadie te ha preguntado —
dijo el social—. Y ahora, cierra la boquita, anda, que tenemos prisa.
Ya en el ascensor, Julia consiguió decir:
—Hace más de quince horas que he salido de esta casa, cuando estaba
llena de muebles y cajas preparados para la mudanza. Los muebles ya no
están y no he tenido ningún control de las llaves. Alguien puede haber puesto
las cosas. Esto lo debería saber el juez, ¿no?
Los de la Social ni la miraron. La metieron en el coche y la volvieron a
llevar a comisaría, de nuevo con la sirena puesta, que parecían utilizar, más
para acallar cualquier frase que pudiera salir de los labios de Julia que para
señalar la presencia de un coche policial por las calles, desiertas a la hora de
comer. Al cabo de media hora, Julia estaba de nuevo en su celda. Necesitaba
aquel espacio de soledad para ordenar un poco su cabeza, que empezaba a dar
signos de fatiga. Quería soledad, pero no sabía en aquel momento que iba a
tener demasiada: nadie la volvió a llamar en los dos días siguientes, que
pasaron con toda la lentitud que añade a la percepción del tiempo el no tener
nada que hacer ni nada que leer. Solo podía pensar. Y ya no quería pensar
más. Pero, muchas veces, no lograba controlarse.
Al final del tercer día, Julia tuvo claro que la iban a tener allí más de
setenta y dos horas.
«A ver si no por qué no me han subido a declarar todavía ni una sola vez
—pensó— y me tienen en esta pocilga y sin poderme lavar. Quieren que
llegue bien degradada al interrogatorio, sucia y maloliente, desanimada y
débil. Joder, joder. Seguro que han conseguido que el juez me aplique la Ley
Antiterrorista. A mí, militante de un partido que no utiliza la violencia, que
está por la reconciliación nacional, por la lucha de masas. Está claro que estos jueces fascistas están al servicio del régimen y de la Policía: viva la
separación de poderes, joder. Me gustaría tener aquí delante a aquel
conferenciante francés, llegado de Bruselas, tan repeinado, con su traje de
sastrería cara y su corbata azul europeo, que vino a contarnos a la facultad lo
bueno que sería para España superar el marco del Acuerdo Preferencial de
1970 y caminar hacia la integración plena en el Mercado Común. Así podría
ver en esta celda a la estudiante que levantó la mano para hacerle la pregunta
obvia, la que todo el mundo estaba pensando y nadie se atrevía a hacer: que si
él pensaba que España podría entrar en el Mercado Común siendo una
dictadura, cuando los tratados de adhesión decían claramente que solo
Estados de derecho podían ser miembros. —En ese momento, el enfado de
Julia dentro de la celda, que había ido in crescendo, se amortiguó al recordar
la suave mano de Simón descansando sobre la suya cuando se sentó tras hacer
la pregunta al funcionario europeo. Pero enseguida volvió a alterarse—: Que
venga ahora aquí ese francés, tan educadito y tan tranquilito, y que me diga si
esto es un Estado de derecho, cuando ni siquiera les bastan las leyes de la
dictadura y tienen que ir proclamando estados de excepción cada dos por tres
y aplicando leyes antiterroristas a personas que no hemos participado en un
acto de violencia en la vida».
—No hay derecho.
Julia se dio cuenta de que las tres últimas palabras las había dicho en alto
y pensó que estaba empezando a perder los nervios. Volvió a Simón y recordó
lo que a ella le gustaba pasar la mano por su suave barba, casi adolescente.
Imitando el gesto sobre su propio rostro, logró calmarse un poco. «Simón,
¿dónde estás? ¿Sabrás ya que me han detenido?». Julia sintió cómo la culpa
por haber pensado solo en Simón se instalaba en su estómago con unos dedos
largos que arañaban el interior de sus paredes. Intentó llevar su cerebro a
donde debía, a Roberto. Y lo consiguió. Pensó en él, en si ya le habrían
interrogado y le estarían torturando.
Julia sabía que si eras mujer tenías más posibilidades de librarte de las
palizas en comisaría. Bastante machistas eran los de la Social como para no
considerarlas unas simples subalternas de los que de verdad hacían las cosas.
También conocía los métodos que utilizaba aquella gente porque, poco
después de haber iniciado su compromiso político clandestino, había caído
casi al completo la organización universitaria del PCE de Valencia, en la que
ella hacía poco tiempo que había entrado. A Julia no la detuvieron y pudo
participar en la redacción de un panfleto, que después imprimieron en ciclostil
y distribuyeron por las aulas de las facultades. Era mayo de 1971. Julia tenía dieciocho años. El panfleto hablaba de las detenciones de un grupo de
estudiantes por la Brigada Político-Social. Los detenidos estuvieron en la
Dirección Superior de Policía diecinueve días y sus denuncias ante el juez,
junto con el reconocimiento del médico forense una vez trasladados a la
prisión provincial de Valencia, pusieron en evidencia que les habían
torturado. Aquel panfleto reproducía las denuncias presentadas por Pepe
Gálvez, Vicente Vergara, Paco Camarasa, Benito Sanz, José Luis Monzón,
Ángel Guardia, Alfonso Martín, Ana Knecht, Juanjo López, Pedro
Carrascosa, Manolo Tello, Luis de Felipe y Jaime Escutia. Julia recordaba
todos sus nombres. Se había propuesto recordarlos siempre, porque sabía que
les habían hecho de todo: puñetazos en la cara, en el estómago, en los riñones
y en el hígado, golpes en la cabeza contra la pared, golpes en el cuello, golpes
en el mismo lugar de un brazo hasta producir un intenso dolor que los llevaba
a gritar desconsoladamente, tortas en las orejas hasta que les sangraban,
patadas en la boca y en los testículos. «¿Me golpearán también a mí en la
barriga?». Julia llevó sus manos hasta allí como si fuera el lugar de su cuerpo
que necesitara más protección. Recordó que el panfleto también decía que el
médico pudo ver, ya en la cárcel, los hematomas que tenían muchos de
aquellos chicos y las hinchazones que orlaban sus ojos. A Alfonso le habían