Conan el cimmerio
El castillo del horror .
cinturón de luz que rodea al mundo. He oído a los sabios de Zamora hablar de ellos. Algunos logran llegar a la tierra, pero cuando lo hacen, han de adoptar alguna forma terrenal. Un hombre como yo, con una espada como la mía, puede enfrentarse a cualquier tipo de engendro con garras y colmillos, sea infernal o terrenal. Ven, mis hombres me esperan del otro lado de la colina.
Livia se acurrucó, inmóvil y en silencio. No sabía qué decirle al hombre que la miraba con el ceño fruncido. Finalmente la muchacha dijo:
–He huido de ti. Pensaba engañarte; no tenía intenciones de cumplir mi promesa. Puedes castigarme, si quieres.
El cimmerio se sacudió el sudor y la sangre que le cubrían el rostro, envainó la espada y dijo:
–Levántate. Reconozco que mi trato no era limpio. No siento ningún remordimiento por lo que le hice a aquel perro negro de Bajujh, pero tú no eres una muchacha que se pueda comprar o vender. Las costumbres de los hombres varían de un lugar a otro, pero no hay que comportarse como un cerdo. Después de haber recapacitado, comprendí que obligarte a cumplir tu promesa sería lo mismo que forzarte. Además, no eres lo suficientemente fuerte como para vivir en estas tierras. Eres una mujer de ciudad, de libros y de costumbres civilizadas; no es culpa tuya, pero seguramente morirías en seguida en este ambiente. Y de nada me serviría una muchacha muerta. Ven, te llevaré hasta la frontera de Estigia. Desde allí podrás regresar a tu hogar, en Ofir.
–¿Mi hogar? ¿Ofir? ¿Mi gente? – repitió la joven mecánicamente-.
Ciudades, torres, mi hogar…
Súbitamente las lágrimas inundaron sus ojos y, cayendo de rodillas, Livia se abrazó a las piernas del cimmerio llorando desconsoladamente.
–Por Crom, muchacha -dijo él turbado-. No hagas eso. ¿Crees que te estoy haciendo un favor al llevarte fuera de este país? Pues no; ¿no te he explicado ya que no eres la mujer adecuada para el jefe guerrero de los bamulas…?
El castillo del horror
Antes de poder llevar a cabo sus proyectos de crear un imperio negro
bajo su mando, Conan ve frustrados sus planes por una sucesión de
acontecimientos catastróficos y especialmente a causa de las intrigas de
los enemigos que tiene entre los bamulas. Muchos de ellos están
resentidos por su creciente influencia en la tribu, y más aún tratándose de
un extranjero. Obligado a huir, se dirige hacia el norte atravesando la
selva ecuatorial y las vastas y fértiles praderas, hasta llegar al reino
semicivilizado de Kush.
1. Ojos ardientes
Más allá de los insondables desiertos de Estigia se encuentran las vastas praderas de Kush. Durante cientos de leguas no se ven más que interminables extensiones de tierra cubiertas de espesa hierba. Aquí y allá se alza algún árbol solitario que rompe la suave monotonía de la planicie: acacias espinosas, dragos de hojas afiladas, lobelias de color esmeralda y tártagos venenosos. De vez en cuando un riachuelo se abre paso a través de la pradera, dando lugar a un bosquecillo a lo largo de sus orillas. Manadas de cebras, antílopes, búfalos y otros habitantes de las sabanas cruzan el llano y pastan en sus campos.
Las hierbas susurraban y se mecían al impulso de los vientos que soplaban bajo un cielo insondable de color cobalto oscuro, en el que ardía intensamente un sol tropical. De cuando en cuando las nubes parecían hervir en las alturas; una breve tormenta rugía y tronaba con una furia estremecedora, para desvanecerse en el cielo azul con la misma rapidez con la que había llegado.
Una figura solitaria y silenciosa recorría la planicie sin límites al morir el día. Era un joven gigantesco, cuyos músculos de acero se marcaban bajo su piel bronceada, en la que destacaban algunas cicatrices de viejas heridas. Tenía espaldas anchas y piernas largas, y el pequeño taparrabo que llevaba por toda vestimenta, además de las sandalias, ponía de manifiesto su espléndido físico. El pecho, los hombros y la espalda estaban tan quemados por el sol que parecía un negro habitante de aquellas tierras.
Los rizos de su negra cabellera rebelde enmarcaban un rostro hosco e impasible. Debajo de sus oscuras cejas se movían inquietos unos ardientes ojos azules de fiera mirada, observándolo todo mientras avanzaba por la llanura con paso ágil e incansable. Pronto caería la noche en Kush, y el peligro y la muerte se cernirían sobre la tierra con sus alas amenazadoras en busca de su presa.
Pero el viajero solitario, llamado Conan el cimmerio, no tenía miedo. Bárbaro entre los bárbaros, criado en las montañas inhóspitas de la remota Cimmeria, tenía una resistencia de hierro y la fiera vitalidad de la naturaleza salvaje, lo que le permitía sobrevivir allí donde los hombres civilizados hubieran muerto miserablemente, a pesar de ser más sabios, corteses y refinados. Aunque hacía ocho días que Conan se había puesto en camino, sin más alimentos que la caza que se procuraba con el arco bamula que llevaba cruzado a la espalda, sus fuerzas estaban muy lejos de llegar al límite.
Conan estaba habituado a la vida dura y espartana de la estepa.
Aunque había conocido la comodidad y el lujo en muchas ciudades del mundo civilizado, no los echaba de menos. Siguió avanzando hacia el lejano horizonte, ahora oscurecido por una densa bruma de color púrpura.
Detrás de él quedaban las selvas impenetrables en las que crecían fantásticas orquídeas entre el sombrío follaje y donde las tribus negras llevaban una vida precaria; donde reinaba el silencio sólo interrumpido por el rugido del leopardo acorralado, el gruñido del jabalí, el trompetazo metálico del elefante y los chillidos de algún mono furioso.
Había vivido allí durante más de un año, como jefe guerrero de la poderosa tribu bamula. Finalmente los astutos brujos negros, envidiosos de su creciente poder y resentidos por el desprecio no disimulado que manifestaba hacia sus dioses y sus ritos crueles y sanguinarios, habían envenenado la mente de los bamulas, a los que indispusieron contra su jefe blanco.
El hecho se había producido de la siguiente manera. Las tribus de la selva estaban pasando por un interminable período de sequía. Al mermar la corriente de los ríos y secarse los pozos, estalló una guerra sangrienta entre las distintas tribus negras, cada una de las cuales deseaba asegurarse las fuentes del precioso líquido. Ardieron aldeas, clanes enteros fueron aniquilados, y a continuación vino la secuela habitual de la sequía, del hambre y de la guerra: las plagas que asolaron la región.
Las lenguas maliciosas de los astutos hechiceros, atribuyeron todas estas calamidades a la presencia de Conan. Aseguraron que había sido él quien había atraído todos estos desastres sobre los bamula. Los
dioses estaban enojados al ver que un extranjero de piel blanca había usurpado el trono a una larga dinastía de jefes bamulas. Dijeron que había que matar a Conan con miles de tormentos sobre los negros altares de los dioses demoníacos de la selva, o de lo contrario no quedaría un solo bamula con vida.
Sin dejarse intimidar por el horrendo destino que proyectaban para él, Conan dio una respuesta rápida y aplastante. Acabó con la vida del sumo sacerdote y hechicero principal de la tribu con su enorme espada afilada. Luego derribó el ídolo manchado de sangre del dios bamula sobre los chamanes y huyó hacia la densa selva. Avanzó con dificultad hacia el norte hasta que, después de andar muchas leguas, llegó a la zona en la que el frondoso bosque comenzaba a ralear, hasta dar paso a vastas praderas. Ahora intentaba cruzar a pie la sabana para llegar hasta el reino de Kush, donde su fuerza titánica y el filo de su espada le podrían proporcionar una plaza al servicio de los oscuros monarcas de esa antigua tierra.
De repente dejó de pensar en el pasado para volver al presente, ante la inminencia del peligro. Su primitivo instinto de supervivencia puso al cimmerio sobre aviso. Se detuvo y miró a su alrededor, hacia las sombras alargadas que arrojaba el sol poniente. Se le pusieron los pelos de punta en presencia de una amenaza invisible. El gigantesco bárbaro aspiró suavemente el aire a través de su sensible nariz y escrutó el entorno con sus ojos agudos y fogosos. Aunque no alcanzó a ver ni oler nada extraño, su instinto de bárbaro le decía que un misterioso peligro se cernía sobre él. Sintió que unos ojos invisibles le miraban de cerca y se volvió a tiempo para ver un par de enormes esferas luminosas que brillaban en la oscuridad.
Pero las relucientes cuencas desaparecieron en seguida. Esta visión fue tan breve que estuvo a punto de considerarla como un producto de su imaginación. Siguió caminando, pero ahora estaba en guardia. Poco después, unos ojos resplandecientes volvieron a espiarlo desde la densa vegetación. Una sombra oscura y sinuosa se deslizó detrás de él con pasos sigilosos. Le seguían los leones de Kush, hambrientos de carne fresca y sedientos de sangre caliente.
2. El circulo de la muerte
Una hora más tarde, la noche había descendido sobre la sabana y sólo quedaba una estrecha franja de un resplandor rojizo en el horizonte occidental sobre el que alzaba su retorcido tronco oscuro algún árbol aislado. Conan se hallaba en el límite de sus fuerzas. Por tres veces las leonas se abalanzaron sobre él desde las sombras y tres veces el cimmerio las rechazó con las flechas mortíferas de su arco.
Aunque resultaba difícil apuntar en la oscuridad, el poderoso rugido de las fieras le indicó las tres veces dónde se hallaba su blanco, si bien no sabía si había matado o sólo herido a los temibles animales.
Pero ahora se le habían terminado las flechas y sabía que era sólo una cuestión de tiempo. Los silenciosos felinos lo atacarían inexorablemente. En ese momento seguían su rastro unos ocho o diez leones, y hasta el valiente bárbaro sintió una punzada de desesperación.
Pensó que aun cuando su espada diera cuenta de uno o dos de los atacantes, el resto podría despedazarlo antes de que él pudiera defenderse. Conan ya se había enfrentado con leones anteriormente y conocía su fuerza colosal, que les permitía arrastrar una cebra muerta con la misma facilidad con que lo hace un gato con un ratón. Aunque Conan era uno de los hombres más fuertes de su tiempo, una vez que un león clavara las garras y los dientes en su carne, esa fuerza sería tan efectiva como la de un niño.
El cimmerio echó a correr. Mantuvo el ritmo durante casi una hora y recorrió muchas leguas a grandes pasos. Al principio avanzó sin dificultad, pero ahora se hacía sentir la huida a través de la selva, así como los ocho días de marcha. Su mirada se tornaba borrosa y le dolían las piernas. Con cada latido de su corazón parecían desvanecerse las pocas fuerzas que le quedaban.
Suplicó a los dioses bárbaros que hicieran salir la luna detrás de las nubes tormentosas que cubrían la mayor parte del cielo. Rogó por que un árbol o una colina rompieran la uniformidad de la planicie, o siquiera una roca contra la cual apoyar su espalda, lo que le permitiría resistir el ataque de los leones.
Pero los dioses no le escucharon. En aquella zona no había más que pequeños árboles llenos de espinas de unos dos metros de altura, que extendían sus ramas horizontalmente como si fueran hongos. En caso de que consiguiera trepar esos árboles, a pesar de las espinas, los leones
podrían saltar fácilmente sobre él y arrojarle al suelo. Los únicos montículos que se veían allí eran nidos de termitas, algunos de cierta altura, pero muy pequeños para fines defensivos. No le quedaba más remedio que seguir corriendo.
A fin de aligerarse, Conan había desechado el enorme arco de caza en cuanto hubo lanzado la última flecha, si bien sintió gran pesar por tener que deshacerse de un arma tan espléndida. Luego se libró del carcaj y de las correas de cuero. Ahora sólo le quedaban el simple taparrabo de piel de leopardo, unas sandalias, la bota de piel de cabra para el agua y la pesada espada que llevaba en la mano. Tener que abandonar esta arma habría significado renunciar a su última esperanza.
Los leones casi le pisaban los talones. Podía percibir el fuerte olor de sus cuerpos y oír su jadeante respiración. En cualquier momento se abalanzarían sobre él, y tendría que iniciar la violenta lucha final en defensa de su vida.
El bárbaro esperaba que los leones siguieran su antigua táctica de ataque. El macho más viejo, es decir, el jefe del grupo, avanzaría directamente detrás de él, y los machos jóvenes lo harían por los flancos. Las leonas más rápidas correrían por delante y a ambos lados, formando una media luna, hasta que estuvieran muy por delante de él; luego cerrarían el círculo y lo atraparían. En ese momento todos los animales se abalanzarían a la vez sobre su presa, impidiéndole cualquier tipo de defensa.
Súbitamente la tierra se inundó de luz. La esfera plateada de la luna apareció por encima de las nubes e iluminó la planicie, bañando el cuerpo del gigantesco bárbaro con su pálido fuego, haciendo resaltar los tensos músculos de los leones que avanzaban velozmente e inundando su sedosa pelambre con un resplandor fantasmagórico.
El ojo avizor de Conan notó la presencia de un león delante de él, a la izquierda, y comprendió que el círculo estaba casi completo. Cuando se disponía a rechazar el ataque, advirtió con asombro que aquella leona se alejaba un poco y se detenía. En dos saltos la dejó atrás. Siguió avanzando y vio que la joven leona de su derecha también se paraba en seco. El animal se quedó inmóvil sobre la hierba, agitando la cola. Un
curioso sonido, mitad rugido y mitad lamento, surgió de su boca a través de los afilados colmillos.
Conan aflojó el ritmo de su marcha para mirar hacia atrás y comprobó sorprendido que toda la manada de leones se había detenido, como si una invisible barrera les impidiera el paso. Estaban quietos, en fila, gruñendo y enseñando los colmillos, que parecían cuchillos de plata bajo la luz de la luna.
Conan frunció el ceño con gesto de asombro y entrecerró los ojos pensativo. ¿Qué era lo que había detenido a toda la manada en el preciso momento en que tenía a su presa acorralada? ¿Qué fuerza invisible había anulado su furia? Conan se quedó quieto frente a ellos con la espada en la mano preguntándose si los felinos volverían a la carga. Pero los leones se quedaron donde estaban, gruñendo y rugiendo, con la boca llena de espuma.
Entonces el bárbaro observó algo extraño. El lugar en el que los animales se habían detenido parecía establecer una línea de demarcación en la planicie. A un lado crecía una hierba alta, densa y lujuriosa, pero a partir del invisible límite la hierba se volvía rala, incipiente y raquítica, dejando grandes claros de tierra pelada. Aunque Conan no alcanzaba a percibir los colores a la luz de la luna, tuvo la impresión de que la hierba que había a su lado no presentaba el color verde normal de las plantas. En lugar de ello, las briznas estaban secas y tenían un color grisáceo, como si carecieran de vitalidad.
Pudo ver asimismo que la zona de las hierbas muertas for maba una curva a ambos lados de donde él se encontraba, creando un amplio círculo de muerte.
3- La ciudadela negra
Aunque le dolían todos los músculos del cuerpo por la agotadora carrera, la breve pausa le dio fuerzas a Conan para continuar la marcha. Puesto que no conocía la naturaleza de la línea invisible que había detenido a los leones, no sabía durante cuánto tiempo aquel misterioso influjo seguiría manteniendo a raya a los animales. Por consiguiente, decidió poner la mayor distancia posible entre él y la manada.
No tardó en divisar una oscura mole delante de él. Siguió caminando con más cuidado, con la espada en la mano y la mirada
atenta a cualquier detalle de aquella inmensa región. La luna seguía brillando, pero su luz había perdido intensidad debido a la presencia de una bruma que se iba acentuando poco a poco. Por ello al principio no pudo saber qué era esa mole negra e informe que se alzaba hierática entre las hierbas muertas. Parecía el ídolo gigantesco de un culto demoníaco y primitivo tallado en la montaña por manos desconocidas en el origen de los tiempos.
Al acercarse, Conan pudo apreciar que se trataba de un imponente edificio parcialmente destruido, de una ciudadela erigida por seres ignotos con fines inconcebibles. Parecía un castillo o una fortaleza, pero de un estilo arquitectónico que Conan jamás había visto. Era de piedra negra, creando un conjunto muy extraño que chocaba a primera vista.
Luego había unas líneas curvas que parecían sutilmente asimétricas e intencionadamente torcidas. La enorme fortaleza daba la impresión de una caótica falta de orden, como si los constructores no hubieran estado en su sano juicio.
Conan apartó la mirada del extravagante edificio, cuya sola visión le producía vértigo. Ahora creía entender por qué los animales del llano habían evitado acercarse a la mole semiderruida: de ella emanaba un aura de amenaza y de horror. Tal vez esa negra ciudadela estaba en aquella planicie desde hace miles de años y los animales habían llegado a temerla y a evitar sus sombríos recintos, hasta que con el tiempo dichos hábitos se habían convertido en algo instintivo.
Unas densas nubes tormentosas volvieron a velar súbitamente la eterna faz de la luna. Un trueno distante resonó en el cielo. Conan alzó la vista y percibió el zigzagueante fulgor de los relámpagos entre hirvientes masas de nubes. Estaba a punto de estallar una de las breves y tempestuosas tormentas de la sabana.
Conan vaciló. Por un lado, sentía curiosidad y deseos de entrar en la fortaleza derruida para cobijarse de la tormenta. Pero por otro, su mente bárbara albergaba una aversión atávica por ¡o sobrenatural. Por lo que se refería a los peligros terrenales, era valiente hasta la imprudencia, pero los peligros de otros mundos le producían escalofríos. Y había algo en ese misterioso edificio que apuntaba a lo sobrenatural. Podía percibir la amenaza en las capas más profundas de su consciencia.
El ruido ensordecedor de un trueno terminó por decidirlo.
Procurando dominarse, el cimmerio entró en la ciudadela por el oscuro portal, con la espada desenvainada en la mano.
4. Los hombres-serpiente.
Conan cruzó la gran sala de entrada, de elevado techo abovedado, sin hallar el menor rastro de vida. Polvo y hojas muertas cubrían las losas negras. Montones de escombros se apilaban en los rincones y al pie de las elevadas columnas de piedra. Por muy antiguo que fuese el edificio, era evidente que ningún ser humano había vivido en él desde hacía muchos siglos.
El enorme vestíbulo, que la luna iluminó en otra de sus breves apariciones, era relativamente alto y tenía una balaustrada en el segundo piso. Curioso por conocer las características de aquel castillo enigmático que se hallaba a tantas leguas de distancia del edificio más cercano, Conan recorrió los pasillos, que se curvaban sinuosamente como el rastro de una serpiente y observó las polvorientas habitaciones, de las que no podía ni remotamente adivinar el uso al que habían sido destinadas.
El castillo era imponente incluso para el cimmerio, que había estado en el templo del dios-araña, en la ciudad zamoria de Yezud, y en el palacio del rey Yildiz, en Aghrapur. Algunos muros -un ala entera, en realidad- se habían derrumbado quedando reducidos a un montón de escombros negros. Pero el sector más o menos intacto constituía el edificio más grande que Conan había contemplado en toda su vida. Era imposible adivinar su antigüedad. El ónice negro de que estaba construido no se parecía en nada a las piedras que conocía el cimmerio.
El mineral debió de haber sido llevado hasta allí desde algún lugar remoto no se sabía con qué fin.
Algunas de las características sobresalientes de la extraña arquitectura del edificio le recordaron a Conan las antiguas tumbas de la tierra maldita de Zamora. Otros detalles le traían a la memoria los templos prohibidos que había visto en Hirkania en su época de mercenario al servicio de los turanios. Pero era imposible saber si el castillo había sido erigido para servir como tumba, fortaleza, palacio o templo, o si se trataba de una combinación de todo ello.
Por otro lado, el edificio presentaba una serie de incongruencias que provocaban en Conan una oscura inquietud. Aun cuando la fachada parecía haber sido construida según los cánones de una geometría desconocida, el interior presentaba detalles más extraños aún. Así, por ejemplo, los escalones que conducían al piso de arriba eran mucho más anchos y bajos de lo que parecía necesario para un pie humano. Las puertas eran demasiado altas y angostas, de modo que Conan tuvo que pasar de lado a través de ellas.
Las paredes estaban adornadas con bajorrelieves que formaban sinuosos arabescos geométricos de una complejidad asombrosa e hipnótica. El cimmerio advirtió que tenía que apartar la mirada haciendo un gran esfuerzo de voluntad, para que su mente no quedase atrapada por aquellos enigmáticos símbolos.
En realidad, todo lo que había de extraño y misterioso en aquella fortaleza de piedra le recordaba a Conan a una serpiente: los sinuosos corredores, la tortuosa decoración y hasta cierto olor a ofidio que parecía flotar en el ambiente.
Conan se detuvo y frunció el ceño. ¿No habrían erigido aquel castillo desconcertante los serpentinos moradores de la antigua Valusia? La era en que vivieron aquellos seres anteriores a la aparición del ser humano sobre la tierra estaba enterrada en el pasado más ignoto, en las brumas de los tiempos, y se remontaba a la época en la que los gigantescos reptiles reinaban en la tierra. El pueblo de las serpientes había dominado el mundo antes de que fueran creados los Siete Imperios, antes del Cataclismo y antes de que Atlantis se hundiera en las profundidades del Océano Occidental. Desaparecieron mucho antes de que apareciese el hombre…, pero no del todo.
En torno a las hogueras de los campamentos, en las inhóspitas montañas de Cimmeria y más tarde en los patios de mármol de los templos nemedios, Conan había oído hablar de la leyenda de Kull, el rey de Valusia, una ciudad del reino de Atlantis. El pueblo de las serpientes había sobrevivido en algunas partes gracias a sus artes mágicas, que le permitían aparecer ante los demás como seres humanos corrientes. Pero Kull había descubierto su secreto y se deshizo de ellas con la ayuda del fuego y de la espada.
Por consiguiente, ¿no sería aquel castillo negro, con su insólita arquitectura, una reliquia de tiempos remotos, cuando los hombres lucharon con aquellos reptiles sobrevivientes de otras eras por el dominio del planeta?
5. Sombras susurrantes.
La primera tormenta no descargó sobre el castillo negro. Sólo algunas gruesas gotas golpearon sobre la piedra y entraron por algunos agujeros que había en el techo. Luego disminuyeron los truenos y los relámpagos, y la tempestad se alejó hacia el oeste, dejando que brillara la luna nuevamente y su tenue fulgor penetrara por algunas grietas de las paredes.
Conan se acostó en una esquina de la balaustrada que había en el enorme vestíbulo y durmió inquieto, revolviéndose como un animal que percibe vagamente la proximidad del peligro. Cierto instinto de prevención impidió que durmiera en el vestíbulo, cerca de las elevadas puertas abiertas de par en par. Él tampoco confiaba en la misteriosa fuerza invisible que mantenía alejadas a las fieras de la sabana.
Se despertó sobresaltado una docena de veces, aferrando su espada y escrutando las sombras con la mirada, y una docena de veces comprobó que no había nada anormal en la sombría vastedad de la antigua ruina. Pero cada vez que se acomodaba para volver a dormirse, le parecía ver tenues sombras a su alrededor, y creía escuchar misteriosos murmullos.
Al tiempo que lanzaba una maldición contra sus dioses bárbaros y contra los once infiernos de color escarlata de su mitología, volvió a echarse, dispuesto a conciliar el sueño. Finalmente se quedó profundamente dormido y tuvo un sueño muy extraño.
Le pareció que aunque su cuerpo dormía, su espíritu estaba completamente despierto. Para los ojos inmateriales de su ka, como llamaban los estigios al alma, el sombrío balcón estaba iluminado por un tenue fulgor de color sangre, que procedía de alguna fuente invisible. No se trataba de los rayos plateados de la luna que se filtraban por las grietas de la piedra, ni era el pálido resplandor de los relámpagos lejanos. En aquella roja luminosidad el espíritu de Conan alcanzó a percibir sombras movedizas que revoloteaban como murciélagos entre las negras columnas…, unas sombras con ojos
luminosos llenos de un hambre insaciable…, sombras que susurraban una cacofonía inaudible, entre risas burlonas y gritos bestiales.
El espíritu de Conan comprendió de algún modo que aquellas sombras susurrantes eran los espectros de miles de seres sensibles que habían muerto entre las paredes de aquel antiguo edificio. No podía decir cómo lo sabía, pero para su ka era un hecho indiscutible. El pueblo desconocido que había erigido aquel enorme edificio -fueran serpientes de la leyenda valusia o cualquier otra raza olvidada- habían empapado los altares de ónice negro con la sangre de miles de hombres.
Los fantasmas de sus víctimas estaban encadenados para siempre a aquel castillo del horror. Tal vez se hallaban sujetos a la tierra por algún poderoso hechizo prehumano, quizás el mismo que mantenía alejados a los animales salvajes que habitaban la sabana.
Pero aquello no era todo. Los fantasmas del castillo negro tenían hambre de sangre humana…, de sangre joven… como la de Conan.
El extenuado cuerpo del cimmerio dormía encadenado por algún poderoso influjo mientras los espectros revoloteaban por encima de él, tocándole con dedos intangibles. Pero un espíritu no puede dañar a un ser humano vivo, a menos que previamente se manifieste en el plano físico y asuma una forma material. Aquellas sombras susurrantes eran débiles. Durante muchísimos años, ningún hombre había desafiado la antigua maldición que, según se decía, recaía sobre el que pusiera los pies sobre el castillo negro. Debilitados por tan prolongado período de hambre, no tenían fuerzas para materializarse convirtiéndose así en una horda de seres macabros y dañinos.
De alguna manera, el espíritu dormido de Conan se dio cuenta de todo esto. Mientras el cuerpo dormía, su ka observaba los movimientos en el plano astral y veía las sombras vampirescas que batían las alas inmateriales por encima de su dormida cabeza y amenazaban con garras intangibles su garganta palpitante. Pero a pesar de su mudo frenesí, no podían hacerle daño. Dominado siempre por el hechizo, Conan siguió durmiendo.
Después de un tiempo indefinido, se produjo un cambio en la rojiza luminiscencia del plano astral. Todos los espectros se apiñaron hasta constituir una masa informe de sombras. Aun cuando fueran seres muertos, desprovistos de inteligencia, el hambre los empujaba a una
alianza extraña y misteriosa. Cada uno de los espíritus poseía un vestigio de aquella energía vital que les permitía la materialización corporal. Ahora todos los fantasmas habían mezclado su pequeña dosis de energía con la de las sombras hermanas.
Paulatinamente se fue materializando una terrible figura alimentada por la fuerza vital de diez mil espectros. En la tenue penumbra del negro balcón en el que se encontraba Conan se comenzó a formar el ser, a partir de un remolino de sombrías partículas.
Y Conan seguía durmiendo.
6. El monstruo de cien cabezas.
Los truenos resonaban con un estrépito ensordecedor; los rayos iluminaban con fuegos sulfurosos la planicie en sombras, en la que se había extinguido el fulgor de la luna. Las densas nubes tormentosas se concentraron y empaparon los pastizales con una lluvia torrencial.
Los cazadores de esclavos estigios habían cabalgado toda la noche, avanzando hacia el sur en dirección a las selvas situadas más allá de Kush. Su expedición había resultado infructuosa hasta ese momento. Ni un solo negro de las tribus nómadas de cazadores y pastores había caído en sus manos. Fuese por la guerra o por la peste, lo cierto era que en toda la zona que atravesaron no vieron ni un ser humano. Tal vez los habían puesto sobre aviso respecto a la llegada de los negreros y las presuntas víctimas habían huido.
De todos modos, era evidente que iban a tener mejor suerte en las lujuriosas selvas del sur. Los negros del bosque habitaban en aldeas permanentes que los atacantes podían rodear y tomar por sorpresa.
Entonces las gentes de la selva caerían como los peces en una red. Los habitantes demasiado viejos, excesivamente jóvenes o gravemente enfermos que no pudieran soportar el viaje hasta Estigia, serían asesinados en el acto. Después conducirían a los restantes desventurados formando una larga cadena humana hacia el norte.
La caravana estaba formada por cuarenta guerreros estigios que vestían cotas de malla y usaban cascos de acero. Eran hombres de elevada estatura, musculosos, con rostro aguileño y piel cobriza.
Veteranos en incursiones, eran astutos, temerarios y crueles, y tenían menos escrúpulos para dar muerte a un extranjero que los que sienten la mayoría de los hombres en matar a un mosquito.
Ahora el primer chaparrón de la tormenta acababa de alcanzar a la columna. El viento azotaba sus capas de lana y agitaba las crines de los caballos contra sus rostros. El casi incesante brillo de los relámpagos los deslumbraba.
El jefe del grupo divisó el oscuro castillo que sobresalía en la llanura y que iluminaba la luz de los rayos. Dio una orden gutural y hundió las espuelas en los ijares de su enorme yegua negra. Los demás le siguieron y se dirigieron hacia la sombría ciudadela con un clamor de cascos, el crujir del cuero y el tintineo de la malla de acero. A causa de las pésimas condiciones del tiempo, los estigios no vieron el extraño aspecto de la fachada; tan sólo deseaban ponerse a cubierto antes de que quedaran completamente empapados.
Entraron en el castillo haciendo ruido, lanzando maldiciones y denuestos contra los elementos y sacudiendo el agua de sus capas. En pocos segundos, el tenebroso silencio del edificio fue interrumpido por el clamor de la tropa de guerreros. Hicieron un montón con las ramas que habían recogido algunos de ellos y con las hojas secas que cubrían el suelo, y después de oírse el chasquido del pedernal contra el acero, comenzó a chisporrotear una hoguera en el centro del gran vestíbulo, iluminando las paredes de piedra tallada con una cálida tonalidad anaranjada.
Los hombres se quitaron las húmedas túnicas y las pusieron a secar junto al fuego. Después hicieron lo mismo con las cotas de malla secándolas con trozos de tela. Luego abrieron las alforjas y clavaron sus blancos dientes en las hogazas de pan duro y rancio.
Afuera la tormenta rugía y los rayos lanzaban destellos. Pequeños chorros de agua que parecían minúsculas cataratas entraban a través de las grietas que había en el edificio. Pero esto preocupaba muy poco a los estigios.
Detrás de la balaustrada que dominaba el gran salón, Conan permanecía despierto y en silencio; intensos temblores y escalofríos recorrían su poderoso cuerpo. Con los estampidos del trueno, el hechizo que se había apoderado de él y lo había mantenido dormido, se desvaneció. Ya despierto, buscó con la mirada el cónclave de espectros que viera tomar forma en sueños mientras dormía. Bajo el resplandor
de los relámpagos había creído ver una silueta amorfa al final del salón, pero no se preocupó de investigar más.
Mientras pensaba cómo podría descender del lugar en el que se hallaba sin pasar por donde estaba la cosa, los estigios penetraron en el vestíbulo dando voces y haciendo ruido. Con su presencia, la situación no era mejor que con los espectros.De tener una oportunidad, estarían encantados de capturarlo para venderlo como esclavo. Y a pesar de su fuerza titánica y de su destreza con las armas, Conan sabía que ningún hombre era capaz de luchar contra cuarenta enemigos armados al mismo tiempo. A menos que se abriera camino por sorpresa y consiguiera escapar, lo cogerían inevitablemente. Tenía dos posibilidades: una muerte rápida en una lucha desigual, o una vida amarga como esclavo de los estigios. En ese momento no sabía cuál de los dos males era el peor. Pero si bien los recién llegados atrajeron la atención de Conan apartándola de los espectros, los estigios, a su vez, atrajeron la atención de los espectros desviándola del cimmerio. En su hambre inexorable, los seres de las sombras ignoraron a Conan cuando vieron a los cuarenta negros acampados abajo. Allí había carne y fuerza vital suficiente para dejar satisfecha su fantasmal glotonería.
Volaron como hojas de otoño por encima de la balaustrada y descendieron hacia el vestíbulo.
Los estigios estaban acostados en torno a la hoguera y se pasaban botellas de vino unos a otros hablando en su idioma gutural. Aunque Conan sólo conocía unas pocas palabras de la lengua estigia, por la entonación y por los gestos de los hombres podía seguir hasta cierto punto el hilo de la conversación El jefe, un gigante de rostro afeitado, tan alto como el cimmerio declaró que no se aventurarían bajo la lluvia con semejante noche. Esperarían hasta el amanecer en aquella ruina.
El techo parecía conservarse en buenas condiciones en algunos lugares, y allí estarían mejor que en el exterior.
Después de vaciar algunas botellas más, los estigios, con la ropa seca y el estómago lleno, se dispusieron a descansar. El fuego ya no calentaba mucho, pues las ramas y las hojas secas que habían reunido ardieron durante poco tiempo. El jefe señaló a uno de los hombres y le dijo algo de modo tajante. El otro protestó, pero después de una breve discusión se puso de pie lanzando un gruñido y se colocó la cota de
malla. Conan se dio cuenta de que aquél era el elegido para montar la primera guardia.
Finalmente, el centinela se colocó a un lado del gran salón, donde las sombras se hacían más densas, con la espada en la mano y el escudo en la otra. De cuando en cuando recorría lentamente el salón, deteniéndose a veces para observar los sinuosos corredores o las puertas principales. Afuera la tormenta había amainado.
Mientras el centinela se encontraba en la puerta de entrada, con la espalda vuelta hacia sus compañeros, una figura amenazadora se fue formando entre los dormidos estigios. Luego se fue materializando a partir de nubes ondulantes y de sombras insustanciales. El ser que se iba formando paulatinamente estaba compuesto por la fuerza vital de miles de seres muertos. Se convirtió al fin en una forma aterradora, en un cuerpo enorme del que salían innumerables miembros y apéndices deformes. Una docena de patas cortas soportaban su monstruoso peso.
De la parte superior surgían decenas y decenas de cabezas, algunas con cierta apariencia humana, provistas de pelo hirsuto y cejas, y otras como meros bultos con ojos, orejas, bocas y narices colocados al azar.
La sola visión de aquel espantoso monstruo de cien cabezas bajo la tenue luz de la hoguera, era suficiente para helar la sangre del hombre más valiente de la tierra. Conan sintió que se le erizaban los pelos de la nuca al ver la escena.
El monstruo se balanceó en el aire apoyando sus patas traseras en el suelo. Luego descendió manteniendo un precario equilibrio y aferró a uno de los estigios con media docena de afiladas garras. El hombre se despertó y lanzó un alarido, pero lacosa ya estaba desgarrando a su víctima, salpicando a sus compañeros con los sangrientos despojos de su cuerpo.
7.Huida de la pesadilla
Un segundo después los estigios se pusieron en pie. A pesar de ser avezados guerreros, el monstruo que tenían delante provocaba gritos de horror en la mayoría de ellos. El centinela se volvió al primer alarido y se enfrentó con el monstruo empuñando la espada en la mano.
El jefe dio algunas órdenes, cogió el arma que tenía más cerca y atacó.
Entonces los demás, aunque sin armadura, sin escudos y llenos de
confusión, cogieron las espadas y las lanzas para defenderse contra el engendro que se balanceaba esparciendo la muerte entre ellos.
Las espadas atravesaban patas deformes; las lanzas se hundían en el vientre hinchado y tambaleante. Pero, dando muestras de no sentir dolor alguno, el monstruo iba inmolando a un hombre tras otro. A algunos estigios les retorció la cabeza con múltiples manos estranguladoras. Otros fueron cogidos por los pies y sus restos sangrientos fueron lanzados contra las columnas.
Desde la balaustrada, el cimmerio veía a decenas de estigios aniquilados de manera espantosa. Las heridas que los hombres infligían al monstruo se cerraban instantáneamente. Las cabezas y los brazos cercenados eran reemplazados en seguida por otros iguales, que brotaban del cuerpo informe.
Viendo que los estigios no tenían posibilidad alguna frente al monstruo, Conan decidió escapar mientras el engendro estaba ocupado con ellos, antes de que lo viera. Considerando poco acertado entrar en el vestíbulo, Conan procuró buscar una salida más directa, y trepó por una ventana. Ésta le condujo a un techo formado por tejas rotas, donde un paso en falso podía hacerle caer a través de un agujero al piso inferior.
La tormenta se había convertido en una leve llovizna. La luna estaba casi en el cenit y volvía a iluminar intermitentemente. Conan miró hacia abajo desde el parapeto que había alrededor del tejado y vio una pared en la que los bajorrelieves proporcionaban un punto de apoyo apropiado para el descenso.
Con la agilidad de un mono, el cimmerio fue descendiendo lentamente por la extraña fachada hasta llegar al suelo.
Ahora la luna brillaba en todo su esplendor, iluminando el patio en el que se encontraban los caballos de los estigios. Los animales se movían y relinchaban inquietos al percibir los ruidos del combate mortal que tenía lugar en el gran salón. Por encima del fragor de la batalla llegaban los gritos de agonía de los negreros a medida que iban siendo eliminados uno a uno implacablemente.
Conan llegó al patio y echó a correr hacia la yegua negra que había pertenecido al jefe de los estigios. Lamentó no haber podido quedarse para saquear los cadáveres, porque necesitaba una armadura y otras
provisiones. La cota de malla que había usado cuando vivió con Belit, hacía tiempo que había quedado inservible a causa de los desgarrones y del óxido, y su huida de Bamula había sido demasiado apresurada para poder equiparse adecuadamente. Pero por nada del mundo habría vuelto el cimmerio a aquel vestíbulo en el que el horror de la muerte viviente seguía aniquilando a los hombres que quedaban.
Mientras el joven bárbaro desataba el caballo que había elegido, vio a uno de los negreros que salía gritando por la enorme puerta de entrada y cruzaba tambaleante el patio en dirección a él. Conan advirtió que se trataba del estigio que había montado la primera guardia. El casco y la cota de malla que llevaba puestos lo habían protegido lo suficiente como para sobrevivir a la masacre.
Conan decidió hablar con el hombre. No sentía ningún aprecio por los estigios; no obstante, si aquél era el único sobreviviente del grupo, estaría dispuesto a formar una alianza de bribones, por breve que fuese, hasta que llegaran a algún país civilizado.
Pero Conan no tuvo ocasión de proponérselo, ya que la espantosa experiencia que había vivido, lo había vuelto loco. Sus ojos centelleaban con un brillo demencial a la luz de la luna, y de sus labios caía espuma.
El hombre se abalanzó sobre Conan agitando una cimitarra en el aire, al tiempo que gritaba:
–¡Vuelve al infierno, maldito demonio!
El primitivo instinto de conservación del cimmerio le hizo entrar en acción sin pensarlo. Cuando el hombre estuvo cerca, Conan desenvainó la espada. El acero chocó contra el acero una y otra vez, haciendo saltar chispas. Cuando el estigio se dispuso a asestarle otro golpe más, Conan le atravesó la garganta con la punta de la espada. El hombre enloquecido emitió un gorgoteo, se tambaleó y cayó al suelo.
Conan se apoyó sobre la montura de la yegua jadeando. El duelo había sido breve pero feroz, porque el estigio vio duplicadas sus fuerzas por la enajenación que le dominaba.
Ya no se oía ningún grito de horror desde el interior de la fortaleza.
Sólo reinaba un silencio inquietante. Entonces Conan oyó unas pisadas lentas, pesadas, como de pies que se arrastraban por el suelo. ¿Acaso el monstruo había matado ya a todos los estigios? ¿Estaría avanzando hacia la puerta para salir al patio?
Conan no esperó para averiguarlo. Con dedos temblorosos desató la cota de malla del hombre muerto y se la quitó. También cogió el casco y el escudo del estigio, este último confeccionado con la piel de uno de los enormes animales de la sabana. Ató apresuradamente estos trofeos a la silla de montar, saltó sobre el corcel y, tras empuñar las riendas, hundió las espuelas en las costillas de la yegua. Salió al galope del derruido patio de la ciudadela y se encontró en la zona de las hierbas ralas y resecas. Cada paso del caballo le alejaba del antiguo castillo maldito.
En algún lugar, más allá del círculo de vegetación muerta, quizá seguirían merodeando los leones. Pero a Conan no le importaba demasiado. Después del horror de la ciudadela negra, no le impresionaba una simple manada de leones.
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