Contragolpe

Andrew Garve · Capítulo 1 de 53

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Contragolpe

Primera parte. El plan

Andrew Garve

Contragolpe

El séptimo círculo - 357

ePub r1.0

Titivillus 03-08-2022

OceanofPDF.com

Título original: Counterstroke

Andrew Garve, 1978

Traducción: Martha Aboaf

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

 

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PRIMERA PARTE

 

EL PLAN

 

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1

LA NOCHE en que se supo lo de Sally Morland me sentía bastante deprimido. Pero me apresuro a aclarar a los posibles lectores que la autocompasión no va a ser el tema de esta historia. Nada de eso. Esa noche me encontraba en un agudo estado depresivo, por dos buenas y diferentes razones… y si no hubiera sido así, esta historia no existiría.

Había estado cenando con mi agente, John Borley. John invitaba… algo más que lógico, ya que comíamos en el legendario y carísimo Giglio, el lugar de moda desde hacía muchos años para los tipos importantes del ambiente teatral. Giglio —demasiado alto para ser italiano, buen mozo y de pelo acerado— fue cortés conmigo y amable con John. Tenía —¿y quién puede culparlo?— antenas sensibles para el status, las influencias y las buenas tarjetas de crédito, elementos con los cuales yo no podía vanagloriarme en ese momento. A decir verdad, condujo a John a un reservado que, desde el punto de vista unánime de los habitúes, era el lugar más deseado del restaurante. Allí uno podía observar a gusto sin parecer curioso a los ojos de todos los demás. En otros tiempos mejores yo mismo había gozado de ese privilegio varias veces.

John era un hombre rechoncho, tranquilo e inconfundiblemente próspero, que andaba alrededor de los sesenta. Para mí era bastante más que el astuto cobrador del diez por ciento que había manejado mis contratos durante unos cuantos buenos años para provecho mutuo; era también un amigo y un consejero.

Cuando llegaron los martinis dije en un falso tono indiferente:

—¿Se sabe algo de Friedman?

Se produjo una breve pausa.

—Sí, Bob —dijo John— llamó esta tarde. Me temo que con malas noticias… parece que cambió de idea.

Dije «Oh», y tomé un trago del martini. Era un golpe duro. Había esperado, casi rogado, que Friedman me hiciera una oferta en firme. Para mí hubiera significado la resurrección. Un buen papel en trece episodios de una serie policial de la TV… y me había dado la impresión de que los tenía en el bolsillo.

—¿Sabes quién obtuvo el papel? —pregunté.

John jugó con la aceituna.

—Sí. Creo que Félix Grant.

—Grant, ¿eh?, —y agregué de mala gana—. Lo va a hacer bien.

—No tan bien como lo hubieras hecho tú, Bob… Por supuesto que tenía sus ventajas.

Creo que sabía lo que John quería decir. Parece que Grant había heredado una jugosa fortuna. Podía permitirse ser visto en los mejores lugares con la gente más importante. El dinero le daba la seguridad y la independencia que impresionaban a los productores y los directores. No tenía que buscar trabajo… podía esperar que se le acercaran a ofrecérselo. Y se lo ofrecían. Era así de simple. Si se sabe que uno está luchando, lo dejan de lado. Si uno no necesita el trabajo, lo obtiene. Nada llama tanto al éxito como el éxito mismo. Si yo hubiera tenido un millón de dólares en el Banco también habría recibido un ofrecimiento.

—Lo siento mucho, Bob —dijo John—, hice todo lo que pude. Tiré de todos los hilos.

—Estoy seguro de eso, John…, —tomé otro trago de martini, deseando que fuera cicuta—. Es tan terrible no hacer nada. No estoy hecho para estar inactivo. Hace meses que no trabajo, aparte de los espectáculos veraniegos. Meses, John. Y no es porque sea pretencioso. Tú lo sabes. Haría cualquier cosa. Llevar una lanza en Stratford. Hacer del reloj en la panza del cocodrilo. Lo que sea. Estoy desesperado.

—Ya va a aparecer algo —dijo.

Esa frase sibilina no me engañó.

—Me pregunto… hay cientos como yo peleando por un trabajo. ¿Por qué tendrían que elegirme a mí? Después de todo no soy más que un actor del montón. Con un aspecto mediocre, talento mediocre, un verdadero mediocre.

John sacudió la cabeza.

—No es cierto. Eres esa ave extraña, fuera de lo común. Un actor inteligente. Puedes manejarte bien hasta sin un buen guion… Y, en tu tipo, eres uno de los mejores del ambiente.

—¿En mi tipo? ¿Qué significa eso? Nadie puede esperar ganarse la vida el resto de sus días imitando a políticos importantes.

—Mira, Bob, hace dieciocho meses, Robert Farran era un nombre familiar. La gente hablaba de ti y se reía con tus cosas en los ómnibus, en los bares, por sobre la cerca del jardín. «¿Viste anoche a Robert Farran? Estuvo sensacional». Y volverá a pasar. Estoy seguro. A la larga es la personalidad lo que cuenta. En este momento el negocio del entretenimiento anda mal… todos lo sabemos. En realidad todo anda mal. Pero no durará. No pasará mucho tiempo sin que tengas otra oportunidad… Pero por supuesto es importante que te mantengas en forma para cuando llegue. ¿Entiendes?

—No estoy muy seguro.

John encendió un cigarrillo.

—Entonces será mejor que te lo diga de frente —dijo—. Se corre la voz de que estás dándole mucho a la botella.

Lo miré, incómodo. No podía negarlo.

—A los directores no les gusta eso, como ya sabes.

Jugué con mi vaso vacío.

—¿Quieres decir que Friedman está enterado?

—No me sorprendería, Bob.

Así que era eso. Era la bebida y no la falta del millón de dólares lo que me había costado el trabajo. ¡Qué humillación! Pero todavía pensaba que un millón de dólares hubiera ayudado.

—Mis días están vacíos —dije—. Y las noches son muy solitarias.

—Lo sé, Bob. Créeme, te entiendo. Lo que ocurrió fue terrible. Una mala suerte espantosa. Tremendo. Pero los directores son tipos duros. No hacen concesiones por el dolor personal. Lo único que les interesa son los resultados. Si piensan que alguien está resbalando cuesta abajo, miran para otro lado… Tienes que salir de eso, muchacho. Hacerte fuerte. Si no… Bien, no necesito utilizar tantas sugerencias. Lo sabes tan bien como yo — levantó el enorme menú—. Elijamos, ¿estás de acuerdo?

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