Convulsión
A.B.
correo abierta para el tratamiento de Butler, había un mensaje del senador.
Stephanie se acercó para mirar por encima del hombro de Daniel mientras lo abría.
Mis queridos doctores:
Confío en que este mensaje los encuentre ocupados con los preparativos de mi tratamiento. Yo también he estado productivamente ocupado y me alegra informarles de que los custodios de la Sábana Santa se han mostrado muy dispuestos, gracias a la intervención de un colega muy influyente. Tienen que viajar a Turín a la mayor brevedad posible. Cuando lleguen, tendrán que llamar a la cancillería de la archidiócesis de Turín y preguntar por monseñor Mansoni. Informarán a monseñor de que son ustedes mis representantes. Tengo entendido que monseñor arreglará un encuentro en un lugar apropiado para hacerles entrega de la muestra sagrada. Por favor, comprendan que esto debe hacerse con la mayor discreción y secreto, para no poner en un compromiso a mi estimado colega. Reciban los saludos de su más cordial amigo.
A.B.
Daniel se entretuvo un momento para borrar el mensaje. Stephanie y él habían decidido borrar todos los mensajes del senador para reducir al mínimo cualquier rastro de su actividad. Después de borrarlo, miró a su compañera.
–El senador está cumpliendo su parte a rajatabla.
–Estoy impresionada -admitió Stephanie-, y también nerviosa. El asunto
está adquiriendo un muy claro toque de intriga internacional.
–¿Cuándo estarás preparada para marchar? Alitalia tiene vuelos a Roma todas las tardes con conexiones a Turín. Recuerda que tienes que llevar todo lo necesario para un mes.
–Hacer las maletas no es problema. Mis dos problemas son mi madre y el cultivo del tejido de Butler. Como te dije, tengo que pasar algún tiempo con mi madre. También quiero que el cultivo esté en un punto en el que Peter pueda continuar supervisándolo.
–¿Cuánto tiempo calculas para el cultivo?
–No mucho. Tal como lo vi cuando vine, me daré por satisfecha si está mañana por la mañana. Solo quiero asegurarme de que se está formando una monocapa auténtica. Entonces Peter podrá mantenerla y criopreservarla. Mi plan es que me envíe una parte a Nassau en un contenedor de nitrógeno líquido cuando estemos preparados para utilizarlo.
Mantendremos aquí el resto por si lo necesitamos en el futuro.
–No seamos pesimistas. ¿Qué hay de tu madre?
–Mañana estaré con ella unas cuantas horas. Siempre está en casa los domingos. Cocina para toda la familia.
–Entonces, ¿es posible que estés preparada para partir mañana por la noche?
–Por supuesto, si hago las maletas esta noche.
–Pues volvamos al apartamento ahora mismo. Haré todas las llamadas desde casa.
Stephanie fue al laboratorio para recoger el ordenador portátil y el abrigo.
Después de asegurarse de que Peter vendría a la mañana siguiente para hablar del cultivo del senador, volvió a la recepción. Se encontró con que
Daniel la esperaba impaciente, con la puerta abierta.
–¡Vaya, sí que tienes prisa! – comentó Stephanie. Por lo general era ella quien tenía que esperar a Daniel. Cada vez que iban a alguna parte, él siempre encontraba alguna cosa más que hacer.
–Son casi las cuatro, y no quiero darte ninguna excusa para no estar lista para marcharte mañana por la noche. Recuerda lo que tardaste para hacer las maletas cuando fuimos a Washington solo por un par de noches, y ahora nos vamos un mes. Estoy seguro de que tardarás más de lo que crees.
Stephanie sonrió. No se equivocaba porque, entre otras cosas, tenía que planchar algunas prendas. Además, acababa de recordar que tendría que pasar por la perfumería. Sin embargo, lo que no se esperaba fue la conducción temeraria de Daniel en cuanto se pusieron en marcha. Se atrevió a mirar el velocímetro cuando pasaban como una exhalación por Memorial Drive. Iban casi a ochenta en una zona donde la velocidad máxima era de cincuenta.
–¡Eh, afloja un poco! – alcanzó a decir Stephanie-. Estás conduciendo como uno de esos taxistas de los que tanto te quejas.
–Lo siento -se disculpó Daniel. Aminoró un poco.
–Te prometo que estaré lista a tiempo, así que no es necesario que arriesguemos nuestras vidas. – Stephanie miró a Daniel para ver si se había dado cuenta de que ella intentaba ser graciosa, pero su expresión no cambió.
–Estoy ansioso por acabar con todo este desgraciado asunto ahora que tengo la sensación de que estamos en marcha -comentó sin apartar la mirada de la carretera.
–Se me acaba de ocurrir algo que debería hacer -dijo Stephanie-. Voy a programar el móvil para enviar un aviso cuando llegue un e-mail de Butler.
De esa manera podemos conectarnos a la red inmediatamente.
–Buena idea -aprobó Daniel.
Aparcaron delante mismo de la casa. Daniel apagó el motor y se apeó a toda prisa. Ya estaba casi en la puerta en el momento en que Stephanie acababa de recoger el ordenador del asiento trasero. Ella se encogió de hombros.
Daniel se convertía en el típico profesor despistado cuando se centraba en una cosa. Podía olvidarse de ella totalmente, como ocurría ahora. Pero Stephanie no se lo tomaba como algo personal. Lo conocía muy bien.
Daniel subió las escaleras de dos en dos mientras decidía si primero llamaría a la línea aérea para reservar los billetes y luego se pondría en contacto con la gente de la clínica. Consideró que reservar hotel para una sola noche de estancia en Turín sería suficiente. Entonces recordó que debía pedirle a Spencer el número de la cuenta de su banco en Nassau y dejar resuelto el tema del dinero.
Llegó al rellano del tercer piso y se detuvo mientras sacaba las llaves. Fue en aquel momento cuando advirtió que la puerta del apartamento estaba entreabierta. Durante una fracción de segundo, intentó recordar quién había sido el último en salir aquella mañana: él o Stephanie. Entonces recordó que había sido él, porque había vuelto para recoger el billetero. Recordaba claramente haber cerrado la puerta con una doble vuelta de llave.
El ruido de la puerta principal al abrirse y cerrarse subió por la caja de la escalera seguido por las pisadas de Stephanie en los viejos escalones. No se escuchaban más ruidos en la casa. Los vecinos del primer piso se había marchado al Caribe de vacaciones y el del segundo nunca estaba en casa durante el día. Era un matemático que estaba siempre en el centro de informática del MIT y solo iba a casa a dormir.
Con mucho cuidado, Daniel abrió la puerta para ver mejor el recibidor.
Ahora veía todo el pasillo hasta la sala. Como el sol estaba a punto de ponerse, el apartamento estaba a oscuras. De pronto, vio el destello de una linterna cuando el rayo iluminó la pared de la sala. Al mismo tiempo,
escuchó cerrarse uno de los cajones de su archivador.
–¿Quién demonios está aquí? – gritó a voz en cuello. Estaba indignado por el hecho de que un intruso se hubiera metido en su apartamento, pero no era tonto. Aunque era obvio que el intruso había entrado por la puerta principal, estaba seguro de que había recorrido todo el piso y había encontrado la salida de emergencia que daba a la escalera de incendios en el estudio.
Mientras cogía el móvil para llamar a la policía, esperaba que el ladrón escapara por aquella ruta.
Para su gran sorpresa, el intruso apareció inmediatamente en la línea de visión de Daniel y lo cegó con la linterna. Intentó protegerse los ojos con una mano. No lo consiguió del todo, pero sí lo suficiente para ver cómo el hombre avanzaba hacia él a toda velocidad. Antes de que pudiera reaccionar fue apartado bruscamente por una mano enguantada, con tanta fuerza que rebotó en la pared. Le zumbaron los oídos mientras recuperaba el equilibrio.
Vio a un hombre alto y fornido vestido con prendas negras ajustadas y la cabeza cubierta con un pasamontañas del mismo color que bajaba las escaleras sin hacer ni un ruido. Al grito de sorpresa de Stephanie le siguió el ruido del portazo cuando el intruso escapó del edificio.
Daniel corrió a la balaustrada y dirigió su mirada hacia abajo. En el rellano del segundo piso, Stephanie estaba pegada a la puerta del apartamento del matemático con el ordenador portátil apretado contra el pecho. El rostro se le había quedado sin sangre del susto.
–¿Estás bien? – le preguntó.
–¿Quién demonios era ese? – replicó ella.
–Un maldito ladrón -respondió Daniel. Se volvió para mirar la puerta.
Stephanie subió el último tramo y miró por encima de su hombro-. Al menos, no rompió la puerta -añadió el científico-. Sin duda tenía una llave.
–¿Estás seguro de que estaba cerrada?
–¡Absolutamente! Recuerdo muy bien que cerré con dos vueltas de llave.
–¿Quién más tiene llave?
–Nadie -respondió Daniel-. Solo hay dos. Fueron todas las que mandé hacer cuando compré el apartamento y cambié las cerraduras.
–Tuvo que abrirla con una ganzúa.
–Si lo hizo, entonces se trata de un profesional. Pero ¿por qué iba un profesional a entrar en mi apartamento? No poseo nada de valor.
–¡Oh, no! – exclamó Stephanie repentinamente-. Dejé todas las joyas que tengo encima del tocador, incluido el reloj de brillantes de mi abuela. –
Apartó ligeramente a Daniel y se dirigió al dormitorio.
Daniel la siguió por el pasillo.
–Eso me recuerda que fui lo bastante idiota como para dejarme encima de la mesa todo el dinero que saqué anoche del cajero automático.
Daniel entró en el despacho. Para su estupor, el dinero estaba exactamente donde lo había dejado: exactamente en el centro de la carpeta. Lo cogió, y cuando lo hizo se dio cuenta de que habían movido todo lo que se encontraba encima de la mesa. Admitía que no era la persona más pulcra en el mundo, pero era extremadamente bien organizado. Podía haber montones de correspondencia, facturas y revistas científicas sobre la mesa, pero sabía su ubicación exacta, aunque no el orden dentro de cada montón.
Su mirada se fijó en el archivador de cuatro cajones. Hasta las fotocopias de los artículos científicos apiladas sobre el mueble a la espera de ser archivadas habían sido movidas. No las habían movido mucho, pero su posición era otra.
Stephanie apareció en el umbral. Parecía más tranquila.
–Debimos llegar a casa justo a tiempo. Al parecer, no tuvo la oportunidad de entrar en el dormitorio. Todas mis alhajas estaban donde las dejé anoche.
Daniel le mostró el fajo de billetes.
–Ni siquiera se llevó el dinero, y no hay duda de que entró aquí. Stephanie se rió con una risa hueca.
–¿Qué clase de ladrón era este?
–No me parece en absoluto divertido -afirmó Daniel. Abrió uno tras otro los cajones del archivador y la mesa para verificar que los habían revisado.
–A mí tampoco me parece divertido -protestó Stephanie-. Solo intento usar el humor como una manera de calmar mis verdaderos sentimientos.
–¿De qué estás hablando?
Stephanie sacudió la cabeza. Le costaba respirar. Consiguió controlar las lágrimas, aunque temblaba visiblemente.
–Estoy muy alterada. Este tipo de acontecimientos inesperados me perturban. El hecho de que alguien entrara aquí, que invadiera nuestra intimidad, me provoca una sensación como si me hubiesen violado. Pone de manifiesto que estamos viviendo en medio del peligro, incluso cuando no lo percibimos.
–Yo también estoy afectado, aunque no filosóficamente. Me altera porque aquí hay algo que no comprendo. Tengo muy claro que el intruso no era un simple ladrón. Buscaba algo determinado, y no tengo idea de qué puede ser.
Eso es preocupante.
–¿No crees sencillamente que llegamos antes de que pudiera llevarse alguna cosa?
–Llevaba aquí bastante tiempo, desde luego el suficiente para apropiarse de las cosas de valor, si eso era lo que buscaba. Tuvo tiempo para revisar la mesa y quizá incluso el archivador.
–¿Cómo lo sabes?
–Sencillamente lo sé debido a que soy compulsivo. Este hombre era un profesional, y buscaba algo en particular.
–¿Te refieres a algo así como la propiedad intelectual, quizá asociada al RSHT?
–Es posible, pero lo dudo. Todo eso está protegido por las patentes.
Además, en ese caso, no hubiese venido aquí, sino a la oficina.
–¿Qué nos queda?
–No lo sé -admitió Daniel, y se encogió de hombros.
–¿Llamaste a la policía?
–Comencé a marcar el número, pero entonces fue cuando salió corriendo.
Ahora no sé si llamar o no.
–¿Por qué no? – preguntó Stephanie, sorprendida.
–¿Qué podrían hacer? El hombre ya se ha marchado. No parece faltar nada, así que no hay nada que denunciar al seguro, y además no tengo muy claro de que quiera responder a un montón de preguntas referente a nuestras actividades en los últimos tiempos, si es que sale el tema. Además, nos vamos mañana por la noche, y no quiero que nada nos retrase.
–¡Espera un momento! – exclamó Stephanie-. ¿Qué pasa si este episodio tiene algo que ver con Butler?
Daniel miró a su amante con los ojos muy abiertos.
–¿Cómo y por qué podría involucrar a Butler?
Stephanie sostuvo la mirada de su compañero. El sonido del motor de la nevera al ponerse en marcha en la cocina rompió el silencio.
–No lo sé -respondió finalmente-. Solo estaba pensando en sus relaciones con el FBI y en que te hizo investigar. Quizá todavía no han acabado.
Daniel asintió mientras consideraba la idea de Stephanie; se dio cuenta de que no podía descartarla sin más, aunque parecía un tanto estrafalaria.
Después de todo, el encuentro clandestino con el senador, dos noches atrás, también había sido estrafalario.
–Intentemos olvidar todo este incidente por el momento -propuso Daniel-.
Tenemos mucho que preparar, así que manos a la obra.
–De acuerdo -dijo Stephanie, y se armó de valor-. Quizá ocuparme del equipaje me ayudará a relajarme. En cualquier caso, creo que deberíamos llamar a Peter, no vaya a ser que a este personaje se le ocurra asaltar la oficina.
–Buena idea. Pero no le diremos nada de Butler. Tú no le has dicho nada,
¿verdad?
–No, ni una palabra.
–¡Perfecto! – afirmó Daniel, y cogió el teléfono.
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