Corazón de mariposa

Andrea Tomé · Capítulo 21 de 21

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Corazón de mariposa

Epílogo

 

Es primavera. Puedo sentir los rayos del sol acariciando el vello suave de mis brazos, apenas cubiertos por un vestido camisero que pertenece a Blanca, que es enorme es de mi talla y permite que el calor de Santiago sueñe con teñirme del color del verano. Puedo escuchar las voces de los niños que ríen, los adultos charlando animadamente desde su lugar en las terrazas, las hojas de los árboles de la Alameda crujiendo justo detrás de mí. No puedo ver nada porque las manos de Kenji están tapando mis ojos ahora.

—En serio, chicos, estoy cansada —protesto. Siento las baldosas de piedra de las calles del casco histórico bajo la suela fina de mis botas marrones—. Acabo de salir del hospital y lo último que me apetece ahora es dar un paseo hasta la catedral. Dejadlo, ¿vale?

Oigo los pasos fuertes y decididos de Spikey apenas un par de metros por delante de mí y de Kenji, y su risa escandalosa que hace vibrar mis tímpanos.

No podía creérmelo cuando vi el coche de Grasa aparcado frente a las puertas dobles de Conxo y a Kenji y a Spikey fumando tranquilamente sobre el capó, como si no estuviera prohibido, como si yo nunca me hubiese ido. No me había esperado que Kenji pudiera volver. Estaba segura de que nadie aguardaría por mí cuatro meses más, de que volvería a Santiago sin esperanzas, sin fuerzas y sola. Pensaba que sería el coche de Néstor y no el de Grasa el que me llevaría de vuelta a casa.

—Hazme caso, te gustará —me susurra Kenji al oído, haciéndome cosquillas con los piercings de su labio. La textura rugosa de sus yemas tiembla sobre mis párpados.

—¡Si no sé ni adónde vamos! —exclamo—. Además, me da la sensación de que acabaré por los suelos en cualquier momento.

Corre una brisa ligera, tan típica de las tardes que con parsimonia se convierten en noches, que revuelve mi cabello y hace levantar la falda de mi vestido, dejando a la vista mis piernas enormes.

—No vas a caerte —contesta él—. Estoy justo detrás de ti, ¿recuerdas? Además, siempre puedes guiarte por la voz de Spikey. Es un fantástico perro guía.

Blanca me habló sobre Kenji una vez, dos semanas antes de que me liberaran, cuando una enfermera de rizos saltarines anunció lo gorda que estaba que pesaba sesenta y un kilos. Él, como yo, como todos los demás, no había dejado de avanzar durante esos ciento veinte días en los que una estación dio paso a otra. A su padre lo habían metido en la cárcel a causa de unos asuntos turbios que habían ocurrido tras una de sus muchas noches de borrachera, así que él había vuelto a vivir con Laura y, por lo que sabía, seguía trabajando en el Dragón. No me comentó nada de lo que había hecho con el dinero de Grasa, pero yo podía hacerme una idea más o menos clara de ello.

—¿No quieren probar un trozo de tartita de Santiago? —repiten incansablemente dos voces femeninas a mi izquierda mientras caminamos en línea recta, sorteando los cuerpos de los peregrinos y las familias que sacan a sus hijos a pasear. Sé que nos acercamos a la catedral no solo porque recorro recorría recorreré el mismo camino cada mañana para llegar a la facultad, sino también porque ese olor a tapas de pulpo y a puestos ambulantes de helados es inconfundible.

—Oh, yes! Thank you very much, pretty girl! —muge Spikey entre saltitos, y un segundo después lo oigo masticar, entre la música de una guitarra que suena a mi derecha, tocando una versión un tanto desafinada del Raunchy de Bill Justis.

—No das el pego como turista ni aunque te esfuerces un millón de años — bromea Kenji, su mejilla mal afeitada contra la mía. Puedo oler su colonia deportiva, mezclada con la nicotina que proviene del interior de su boca y el chicle de menta que no deja de mascar—. Creo que hasta un mafioso ruso tendría menos acento que tú.

La primavera de Santiago huele a hojarasca y a libertad, suena a mil lenguas distintas pronunciadas por mil voces distintas, sabe a granizados en terrazas y a refrescos light frente a la entrada de un bar. Oigo a los peregrinos suspirar y comentar lo difícil que ha sido el camino, los flashes de las cámaras de los turistas asiáticos (sé que serán asiáticos) y la respiración calmada de Kenji contra mi columna vertebral.

—¿Qué tal por Hungría? —me sorprendo preguntando. Puedo sentir la grasa la salud que rebosan mi vientre hinchado y mi trasero abombado. La ropa interior me aprieta porque ya no es de mi talla. Mis antiguos vaqueros de la talla 32 se han convertido en la 38 que utiliza mi hermana.

—Eh… muy bien, ¿verdad, Spike? —duda Kenji, y noto cómo cabecea en dirección al horizonte, por donde camina el camarero de pelo escandaloso.

—¿Fuisteis juntos?

Seguimos recto. Recto. Recto. Recto. Mis ojos solo ven el rojo del sol, pero sé que seguimos en la ciudad vieja. Todavía percibo las voces de diversión, la música animada (ahora de un acordeón) y el aroma de la comida (ahora churrasco y patatas asadas).

—Naturalmente. —Spikey ríe—. No podía dejar a este tunante suelto por ahí.

—Hum… ¿Y qué hicisteis? ¿Visitasteis el carnaval?

Las puntas de los zapatos de Kenji colisionan rítmicamente contra mis talones. Caminamos a tropezones, serpenteando como un dragón chino entre los pies calmados de todas aquellas personas que visitan la ciudad. El viento y el sol se cuelan a través de mis medias, demasiado pequeñas, que me hacen daño en las caderas.

—Sí, sí. Fue magnífico. —La voz de Kenji silba hasta el interior de mis oídos, provocándome escalofríos. Las dependientas de las tiendas de recuerdos ahora ofrecen pedras de Santiago y sé que Spikey no se corta en coger una porque escucho sus dientes troceando el chocolate y las almendras—. Esos tipos disfrazados realizaron un baile con fuego y todo lo demás…

—Y comimos gulash —apostilla Spikey con la boca llena de los bombones. Una bicicleta pasa entre nosotros y Kenji tira levemente de mí hacia la derecha, acariciando el espacio entre mis cejas con sus dedos.

—A montones.

—Bebimos cerveza húngara…

—Sin parar. Y… hum, visitamos los museos de Budapest.

—Un aburrimiento.

—Baretos musicales…

—Ni se comparaban al Dragón Fe.

—Algo… algo relacionado con los judíos, ¿no? Un monumento a los que murieron en los campos de concentración o algo así.

—Shí —boquea Spikey, tragando ruidosamente la última pedra que pudo atrapar con sus dedos largos y finos.

Las voces de ambos chicos (una aguda, otra grave) confluyen y se entrelazan con las risas y los comentarios en inglés, francés y alemán de las personas que pasan a nuestro lado. Oigo las campanas de la catedral repiquetear siete veces tan cerca de nosotros como si estuviésemos encerrados en la torre del campanario. El ambiente opresor y ruidoso de las calles del centro histórico, asimismo, ha sido intercambiado por una sensación más abierta, más libre, más luminosa incluso. Supongo que ya habremos llegado a la plaza del Obradoiro, donde se extienden la fachada de la catedral, el Pazo de Xelmírez, el Pazo de Raxoi, el Hospital de los Reyes Católicos y el Colexio de San Xerome.

Lanzo un suspiro que se pierde en la brisa primaveral.

—De verdad, llevo dos años en Compostela —mascullo—. Me conozco la catedral al dedillo. Puedo nombraros de memoria todas las esculturas del Pórtico de la Gloria.

—Calla y deja de protestar —me ordena Kenji, apretando su nariz alargada contra mi pómulo. El frío de su pendiente me pone los pelillos de la nuca de punta—. Yo tampoco tengo ningún interés en entrar en la catedral. A estas alturas del año, siempre está atestada y, además, el olor a incienso del Botafumeiro me marea. Ahora gira a la izquierda.

Cada vez más cerca, oigo la música celta de alguna gaita y, para cuando quiero adivinar adónde podríamos estar dirigiéndonos, Spikey comienza a repetir la palabra «escalón» incansablemente. Oigo las palomas revolotear a mi alrededor, a los niños correr, a los turistas maravillándose. Huelo a tapas y a cañas. Estoy casi segura de que estamos en la plaza de la Quintana, al este de la catedral.

—Sigue recto —murmura Kenji, y yo obedezco. Siento mis pisadas tan pesadas sobre la calzada grisácea y todo el sol del mundo achicharrándome la cabeza. Las rodillas me tiemblan, chocando entre sí, pero ninguno de los dos muchachos que caminan conmigo parece notarlo. Creo que me derrumbaré de un momento a otro. No sé quién soy. Mi cuerpo ya no es el de una anoréxica y me mente sí tampoco. Mi mente… está dividida. Me doy tanto asco y me odio tanto… y me arrancaría la piel a tiras si encontrase las fuerzas para hacerlo. Pero, al mismo tiempo, siento un miedo inútil y lacerante al futuro. Miedo de las recaídas, de que mis seis años de enfermedad se conviertan en siete, ocho o nueve. Miedo de transformarme en una losa de mármol y en un ramo de flores rosas que comienzan a marchitarse. Miedo de no dejar de engordar, miedo de volver a bajar a los cuarenta y cinco kilos, miedo de mi pesaje semanal, miedo de admitir que no estoy bien.

—¡Escalón! —canturrea Spikey, y luego lo repite tantas veces que pierdo la cuenta alrededor del número trece. Kenji todavía tapa mis ojos, pero ahora tengo la certeza de que estamos en la Quintana de Vivos, la parte superior de la plaza, y de que acabamos de abandonar la Quintana de Muertos, la parte inferior, donde se encuentran las cafeterías y dos de las entradas al templo del Apóstol.

—Tuerce a la derecha —me dice Kenji mientras huele el perfume a jabón hospitalario dermatológicamente testado que impregna mi pálido cuello.

Damos cien pasos (los cuento con dificultad entre las copas que chocan y las fotografías que toman a mi alrededor) e, inesperadamente, nos detenemos. Kenji deja caer una de sus manos y, sin darme tiempo a abrirlos, me cubre los ojos con la palma abierta de la otra. Noto que rebusca algo en el bolsillo trasero de sus vaqueros y, medio segundo después, oigo un «clonc», como si algún objeto de metal acabase de precipitarse entre nuestros pies.

—¡Mira que eres torpe, Ken! —barbota Spikey entre sus carcajadas de cerdito. Su aliento huele a los dulces que ha ido tomando por el camino y no quiero respirar porque me muero de hambre y aun así sé que no me apetece volver a comer seguro que estaban deliciosos.

—Bueno, no es tan sencillo sacarte unas llaves del bolsillo cuando estás tapándole los ojos a otra persona, ¿sabes? —se impacienta el chico, tratando de agacharse sin soltarme.

—¿Unas qué? —salto con fiereza.

—Oh, venga, pero si ya puede mirar…

Aunque Kenji no contesta, sus brazos caen flácidos a ambos lados de sus piernas, liberándome. Parpadeo tres veces, y mi visión muta del rojo al blanco. La cegadora luz del sol me hace daño en las pupilas, que comienzan a lagrimear. Parpadeo tres veces más y el blanco toma la forma de un edificio de piedra. De su puerta, pintada de verde, cuelga un tirador de latón en forma de león.

—¡¿Qué es esto?! —exclamo, intentando recuperar la respiración. Esta no es mi casa, ni la de Kenji, y, hasta donde yo sé, Spikey vive en la zona sur, unas cuantas calles por debajo de la Alameda—. Kenji, ¿qué diablos es esto?

—Dos mil quinientos euros. —El chico sonríe mientras introduce la llave (alargada, oxidada) en el hueco de la puerta y la gira. Ahora, ante nosotros, se extiende un portal de baldosas coloridas que de algún modo me recuerda a las vacaciones de verano en las costas de Cádiz.

—¿Qué? —chillo mientras Kenji tira de mí, obligándome a subir los escalones estrechos—. No. ¡No! Dos mil quinientos euros son Hungría y el carnaval de Busójárás y…

—Francamente, Victoria, si viajase a Hungría no me gastaría mi pasta en gulash y cervezas…

—Pero… el dinero de Grasa…

No sé lo que está ocurriendo a mi alrededor. Frente a mí solo tengo la sonrisa anchísima de Spikey y los ojos venenosos de Kenji, recorriendo mi rostro pasmado a la velocidad del sonido.

—Bueno, hay que pagar una pequeña fianza cuando alquilas un piso, ¿sabes? La cuota mensual será un poco cara, pero podremos pagarlo entre cuatro.

—¿Qué?

No puedo dejar de repetir la misma palabra mientras vamos ascendiendo pisos, abandonando el primero, el segundo…

—Bueno, no iba a dejar a mi hermana sola en esa casa. —Su voz se endurece, solo un poco—. Y el sueldo de Spikey nos vendrá de perlas para pagar el alquiler. Además, ya iba siendo hora de que tu hermana se fuese a vivir con Néstor.

—Eso sin tener en cuenta que mi presencia os alegrará los días —apostilla el camarero con dos movimientos de cabeza—. Tengo esa particularidad.

Nos detenemos en el cuarto piso, junto a la puerta B. Kenji abre la puerta muy lentamente, casi a propósito, y pronto me embriaga un olor a humedad y polvo que se me hace extrañamente atractivo.

Doy dos pasos hasta adentrarme en el piso. El suelo del pasillo, oscuro y angosto, es de madera y cruje bajo mi peso sofocante mis pies. A mi izquierda hay un cartel medio descolgado que reza las palabras Üdvözöljük Magyarországon.

—Significa «Bienvenidos a Hungría» —afirma Spikey con sencillez, encogiéndose de hombros.

—¿Eh?

Kenji señala con dos dedos las tablillas que se descorren bajo nosotros y entonces me doy cuenta. Hay flechas pegadas por el suelo, deteniéndose ante cada una de las puertas (todavía cerradas) de la vivienda. De cada marco cuelga un cartelito con el nombre de una ciudad húngara.

—Hollókõ —leo despacio, y Kenji me abre la primera puerta.

—La cocina —anuncia. En sus paredes y en su techo han pegado fotografías de lo que parece ser una villa de campesinos, con colinas verdes, casitas de cuento de los hermanos Grimm e iglesias diminutas.

Doy tres pasos al frente.

—Budapest.

Una segunda puerta se abre, recibiéndome con instantáneas de calles abarrotadas, cafeterías coloridas y sinagogas que brillan con tonalidades doradas.

—El salón.

Tres pasos más, como una bailarina.

—Gyõr.

Kenji tira de la tercera puerta, repleta de imágenes de plazas soleadas, tejados anaranjados y edificios de tonalidades amarillas.

—La habitación de Laura y Spikey.

Cinco pasos, entre unas carcajadas que no dejan de salir de mi boca. Me siento como si caminase en un sueño, como si mis piernas fuesen a dormírseme, como si los segundos cayesen como la nieve sobre mis hombros.

—Baradla.

La cuarta puerta se abre con un chirrido y descubro polaroids de una cueva vagamente iluminada por unas sombras ocres. Veo estalactitas y estalagmitas a mi izquierda y a mi derecha.

—El baño.

Solo queda una puerta, al fondo del pasillo, seis pasos más adelante. Kenji gira su pomo y, antes de que yo consiga leer el folio plastificado que cuelga de ella, asevera con una media sonrisa:

—Mohács. Nuestra habitación.

Huele a ambientador de violeta y rosas. Sus paredes, pintadas de un blanco impoluto, están repletas en su totalidad por fotografías del carnaval y de los monstruos dibujados en el antebrazo de Kenji. Hay una cama de matrimonio cubierta con una colcha azul, un pequeño escritorio de madera vieja, una ventana desde la que puedo ver la torre del reloj de la catedral y un armario empotrado. El muchacho sonríe cuando me fijo en este último.

—Es lo mejor —afirma, dándome un pequeño empujón para que me acerque a él. A su interior, donde están guardadas la ropa de Kenji y (no puedo evitar que mis labios se arqueen con delicadeza) la manta de navajo de Grasa. En la puerta de la izquierda hay un espejo de cuerpo entero, pero solo puedo verme el rostro, pues alguien ha colocado recortes de revistas a su alrededor.

—También hay fotos —me anuncia él, señalándome dos—. Eras una cría adorable, en serio.

Mi cara con tres, cuatro, cinco años me sonríe con inocencia. Noto que se me llenan los ojos de lágrimas al ver los días, las personas, los momentos de mi pasado abalanzándose de nuevo ante mí. Instintivamente, siento lástima por esa chiquilla con trenzas que se aferra a las manos de su padre como a la vida. Me dan ganas de abrazarla, acurrucarla y repetirle que es hermosa, como si no fuera yo misma.

—Oye, tu familia vendrá a eso de las ocho. —La voz de Kenji resurge de sus cenizas como un fénix—. ¿Te importa si mientras tanto estreno nuestro microondas y preparo una infusión?

Asiento con un gesto, cerrando la puerta del armario tras de mí. La melena alborotada de Tatiana y los inmensos ojos azules de Bely son los que me obligan a hacerlo. Alguien debió habernos obligado a detenernos antes de que hubiésemos alcanzado la velocidad de la luz y fuese demasiado tarde.

—Eso suena genial.

Oigo los pasos de Kenji alejándose, confluyendo con las voces de pito de unos dibujos animados que suenan desde el salón. Cojo aire antes de acercarme a la ventana y asomarme, sacando la mitad de mi cuerpo al aire fresco que rodea las calles de Compostela.

Puedo ver una diminuta plaza empedrada bajo mis pies y un grupo de niños que me saludan con la mano mientras juegan. Veo el cielo azul estrechándose sobre mis ojos y los pétalos de un árbol de cerezo que vuelan hasta alcanzar mi ventana. Y huelo. Huelo a naturaleza, a Galicia, a infancia, a luz, a serenidad, a… a todos los momentos de mi vida que se juntan hasta llegar a este.

Peso sesenta kilos. No, un poco más y estoy tan gorda que no volveré a pisar una playa en mi vida eso está bien. Uso una talla 38 que lograré que vuelva a ser una 32 es la que corresponde a mi complexión. Kenji se asustará de mí sonreirá cuando me vea desnuda. La gente no me reconocerá se alegrará de lo guapa que estoy ahora. Suspenderé el segundo cuatrimestre Esta vez lo haré mejor que la anterior.

Una lágrima salada recorre mis mejillas. Mi futuro es tan pálido como la sala de la clínica que abandoné. No sé lo que me espera.

Oigo unas pisadas cautelosas caminando hacia mí y, en lo que dura un parpadeo, siento las manos heladas de Kenji abrazando mi cintura, y su pelo, que huele a champú anticaspa masculino, acariciando mi pómulo.

—La infusión está enfriándose —anuncia besándome entre el cuello y el hombro —. He pensado que podríamos cenar con tu familia y, si luego te apetece, ir a dar una vuelta por ahí. Un tal Yeyo da un concierto detrás de la facultad de Historia y me han dicho que está muy bien.

Dibujo una sonrisa que no siento, apretando el puño (ahora cálido) de Kenji, dibujando con la punta de mis dedos el recorrido de sus venas, abultadas por el calor.

—¿Y qué pasa con los Toxic Lemon? ¿Ya se han retirado del mundo de la actuación?

—Bah, creo que no tocan los viernes. —Se ríe. Más allá de nosotros, sobre las avenidas ya crepusculares, vuela una bandada de mirlos—. Además, ese bajista suyo… no lo soporto. Está saliendo con una chica que me vuelve loco.

Sus labios y su nariz bajan con extrema delicadeza por mi piel erizada, y luego me besa. Inevitablemente, sin pedir permiso, me invade una sensación acogedora que llena el espacio entre mis pulmones y mi estómago. Es como si, por primera vez en mucho tiempo, realmente hubiese vuelto a casa.

—A esa chica le da mucho miedo no poder parar de engordar —confieso, todavía tan cerca de él.

—Pues no debería preocuparse tanto. Es preciosa.

Un grupo de tunos canta su repertorio de canciones gallegas en la plaza donde los chavales jugaban. Sus largas capas de terciopelo negro ondean en el aire, rodeando mágicamente las notas pausadas que salen de sus instrumentos.

—¿Y si ahora que descubro que vuelve a gustarme la comida no dejo de subir de peso? —inquiero con la voz entrecortada—. ¿Y si…?

Kenji inclina su sonrisa hacia mi oreja, y siento sus dientes húmedos detenerse sobre el agujero de mis pendientes.

—Eso es tan ridículo que te mereces una colleja. Mira, a mí los tacos me vuelven tan loco que mi vegetarianismo solo duró tres semanas, pero eso no significa que vaya a pasarme los días metiéndome recetas mexicanas entre pecho y espalda. Que la comida vuelva a gustarte es maravilloso.

Sus manos se entrelazan a la altura de mi ombligo, dándome pequeños toquecitos en la barriga con sus pulgares. Los tunos, debajo de nosotros, le cantan a una pareja de ancianos que se sonroja, dirigiendo la mirada a otra parte.

—Tengo que pasar cuatro años sin síntomas para que me den definitivamente el alta —me atrevo a admitir con los ojos cerrados, sencillamente sintiendo el calor y la primavera fluir junto a mí.

—Cuatro años, ¿eh? —me secunda Kenji, inusualmente alegre—. Eso suena bien. Creo que te dará tiempo a acabar la carrera y se pueden hacer muchas, muchas cosas en cuatro años. Después… después será lo que nosotros queramos. Todo irá bien, nos recuperaremos y haremos más ruido que la vida. No hay nada que no podamos soportar.

Su voz, muy lentamente, se pierde junto con los acordes de la guitarra y la música de las gaitas. Cuando abro los ojos a la plaza teñida ahora de violeta que se extiende bajo nuestra casa, un puñado de pétalos de cerezo cae sobre mi pelo. Como si con ellos llegase también algún tipo de sabiduría, de pronto siento que las brumas de mi futuro se disipan, dejándome ver la luz del sol.

Quizá nunca deje de ser anoréxica; quizá precisamente eso, la enfermedad, haya sido un rasgo inherente a mi personalidad desde siempre. Quizá jamás deje de escuchar esas voces en mi cabeza y quizá Kenji jamás deje de sentir la necesidad de cortarse la piel para librarse de sus sentimientos negativos. Pero también sé, con una certeza incalculable, que mientras vaya dando pasos adelante me daré de bruces con algo parecido a la felicidad. Sé que así será. Por tanto, eso, la felicidad, es el único destino posible para nosotros. No importan las veces que nos caigamos ni las piedras que encontraremos en el camino; siempre, como una trampa ineludible, estará esperándonos un argumento que nos permita apartar todo nuestro dolor y seguir viviendo.

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