De oca a oca
Blanco
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Grandes nubes blancas se descuelgan del cielo como si fueran las alas de un
gigantesco pájaro de algodón. Justa ha evitado la carretera que, desde hace
pocos años, atraviesa como una herida el corazón del monte. Trata de
descubrir entre los matojos el camino que partía de la iglesia y conducía a la
choza de Amadora, su madrina. Era un camino natural, construido por el ir
y venir de las gentes. Ahora, con los nuevos inventos de la civilización:
televisores, molinillos eléctricos, coches…, la gente ha olvidado los lugares
a los que acudía a recibir calor y energía. La naturaleza se ha ocupado de
invadir el camino, de borrar su rastro. Ella ha hecho lo mismo con el hilo
que trazaba su vida. Ahora se encuentra perdida, sin saber a qué sujetarse.
Le gustaría volver al origen. Pero ¿cómo regresar al lugar que ya no existe?
Ha cerrado los ojos demasiado tiempo, ha vivido aislada en su molino sin
querer enterarse de las máquinas que horadaban las montañas que rodean el
valle de Olmeda para comunicarlo con el exterior, con el resto del mundo.
Pero sus hijos ya no quieren vivir el aislamiento que ella se impuso, ellos
tienen los ojos abiertos y reclaman los utensilios de los nuevos tiempos. Son
hijos de la nueva era y no se conforman con las toscas herramientas que ella
les presenta. Por primera vez sospecha que se ha equivocado con ellos. Va
armada de un machete con el que intenta reconstruir el camino, salvándolo
de las zarzas y las aulagas invasoras. Quiere hacer lo mismo con su vida.
Ha tratado de explicar a sus hijos los valores que la sustentan, y no ha
podido. Su cerebro se ha encargado de enmarañar los recuerdos que la
conducen al pasado: un montón de insignificancias que se juntan, se
fecundan, crecen y van cerrando cada etapa sin posibilidad de retorno.
Quiere salvar algo de todo ese embrollo y para ello acude a la braña de su
madrina. Amadora se salta las reglas de la cronología y juega con el tiempo,
como si no perteneciera a él, como si estuviera situada por encima, como las nubes algodonosas que se van convirtiendo en una capa homogénea y
densa.
Ha llegado a un claro del bosque y se sienta en un tronco a descansar. A
partir de ahí, la vegetación clarea y el camino ya no ofrece dificultad.
Intenta ordenar sus pensamientos desde un principio para que no vuelen
erráticos, para recobrar su identidad y conjurar el pánico a la locura.
Ella es hija de Aurelia, que en un tiempo llamaron «la loca», y de
Germán, «el vinatero». Ninguno de los dos supo ejercer en la infancia de su
hija la función que les correspondía. De ahí nace su primera confusión.
Nadie en el pueblo la llama por su nombre: Justa Prado. La llaman
Monteserín, el apellido de su madre, ligándola directamente a su abuelo, el
molinero. Ello puede deberse a que Aurelia y Germán delegaron sus
funciones paternales en los abuelos molineros. O también puede deberse a
que la familia Monteserín lleva generaciones siendo el eje del pueblo, el
palo del pajar, como dicen algunos, y se les hace duro soltar ese apellido
que tan profundo ha enraizado en la tierra y en los corazones.
A la abuela Lisa no le gustaban las confusiones. En los tiempos que
Justa pasaba en el molino, no dejaba de repetirle cada noche: «Tienes que
decir a las gentes que tú te llamas Justa Prado. Debes llevar el apellido de tu
padre, que es un hombre bueno que tuvo la desdicha de cruzarse con la
locura de tu madre».
«Justa Prado», «la locura de tu madre», repetía ella en las noches
blancas, tratando de acompasar las frases a los golpes de agua que movían
las ruedas del molino.
El humo de la choza de Amadora se eleva hacia el cielo blanco
confundiéndose con él. Hace mucho tiempo, demasiado, que no visita a su
madrina. Culpa por ello a la intromisión de Juana, una vecina del pueblo
que vino un día a instalarse en la vivienda de Amadora, a contaminar con su presencia un lugar que Justa consideraba sagrado. Y Justa no quiere
intrusos que presencien su desmoronamiento, que interrumpan la corriente
de intimidad de sus conversaciones con Amadora como hace Juana, que
interviene constantemente, imponiendo en el diálogo entre ellas dos su
pensamiento irracional cargado de prejuicios pueblerinos.
La temperatura se ha vuelto amable. Seguro que va a nevar, piensa Justa.
¿Se acordará Ignacio de meter las ocas en el gallinero? No puede contar con
la colaboración de su marido. Ella y él se han convertido en dos polos
opuestos y enfrentados. Al pensar en él vuelve a sentir frío y soledad.
Prefiere volver el pensamiento hacia Bernal, el amigo de la infancia y de la
adolescencia. Lo imagina ahora abriendo un camino desde la distancia hacia
ella. Han pasado muchos años desde que lo vio por última vez. Tienen
mucho que desbrozar los dos para volver a encontrarse. La maraña de
zarzas con que ella cerró esa etapa de su vida es demasiado espesa para
franquearla libremente. Pero él debe de tener un machete poderoso, porque
últimamente se le presenta en sueños, a mitad de una conversación o en la
letra de una canción. ¿Estará buscando su corazón helado refugio en la
ternura de aquellos tiempos?
La puerta de la choza cede a la ligera presión de su mano. La figura
enlutada de Juana está de espaldas, afanándose con el fogón de leña. «Pasa,
Justa», dice la voz de Amadora, que está sentada en una silla frente a la
única ventana, perdida la blanca mirada en el cielo infinito.
La tranquilidad del lugar no colabora al apaciguamiento de Justa. Se
sienta en la silla que Juana coloca junto a Amadora y busca las palabras
para empezar a hablar. La congoja de los últimos días se agolpa en su
garganta y desborda finalmente en una crisis de llanto. Amadora espera en
silencio, mientras Juana prepara una infusión musitando oraciones
entretejidas de suspiros, como si pidiera perdón a Dios por participar en un
rito pagano. La infusión caliente sirve para reconfortarla. No sabe de dónde
brotan las palabras que no había pensado antes.
—Quiero irme, Amadora.
La voz de Amadora ha perdido la fuerza de otros tiempos y se ha
convertido en un susurro apenas audible.
—Vete.
La respuesta la asusta. A Amadora no se la puede consultar en vano.
¿De dónde le habrá nacido la idea de que quiere marcharse?
Balbucea unas palabras intentando retractarse.
Amadora espera en silencio a que se aclare el pensamiento de Justa.
—La estás mareando, hija, ¿para qué le dices que quieres marcharte si
no quieres?
Justa intenta ignorar la intervención de Juana. Sigue dirigiéndose
exclusivamente a Amadora.
—Necesito escapar de algo, pero no quiero convertir mi vida en una
huida sin sentido.
—¿Por qué buscas un escape?
—Porque ya no sé cómo seguir viviendo.
—Entonces debes marcharte. Vete y averígualo. Alguien de fuera te
hará ver las cosas claras.
—No sabría adónde ir, no me siento capaz de hacerlo.
—Sí sabes adonde ir, y sí puedes hacerlo.
Goterones de humedad resbalan por la ventana. Justa no puede apartar la
mirada de ellos, sigue sin ver claro. Amadora vuelve a hablar.
—Antes de marchar hay que preparar el equipaje. Deja que te ayude.
—¿Qué equipaje?
—Recoger los cabos sueltos.
¡Cuántos cabos sueltos ha dejado ella colgando a lo largo de su vida!
Quizá Amadora la esté entendiendo, quizá ella logre ayudarla.
—La confusión viene de muy lejos.
La anciana se levanta y se coloca detrás del respaldo de su silla. Justa
siente sobre las sienes la presión de sus dedos descamados. Amadora sigue
hablando, y Justa tiene que hacer un esfuerzo inmenso para oírla. Otras
voces aparecen a su alrededor, a las que ella contesta con voz infantil. Ya está Amadora jugando con el tiempo. Le invade una sensación de vértigo y
trata de asirse al presente, pero no puede.
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Está sentada junto al fuego, en la oscuridad de la cantina, balanceando sus
piernas flacas que no alcanzan el suelo. Flora, una mujer oscura de la que
había perdido el recuerdo, le está contando una historia, y otros hombres y
mujeres, que no distingue bien en la penumbra, se calientan alrededor del
fuego.
—A las mujeres nos subían al humo…
—¿Y flotabais?
—No, cariñín, no. No flotábamos. Lo llamábamos así, el humo. Verás,
estábamos tal que así, como estamos nosotras ahora junto al fuego, y venían
unos cuantos jóvenes y te cogían, ¡y arriba! Te ponían ahí en ese cañizo, y
te ahumaban lo que querían.
—¿Y vosotras qué hacíais?
—¡A ver qué íbamos a hacer! Pues nada, llorar algunas. ¡Qué vergüenza
pasaban, Dios mío! Como no había dinero ni había nada, muchas mujeres
no llevaban ni bragas…
Justa pierde en ese momento todo contacto con el presente. Es una niña
pequeña, más chica de lo que corresponde a su edad de cuatro años.
Gorrión, la llama su abuelo, y más tarde en el colegio los niños la apodarán
cara de pájaro, porque tiene unos ojos grandes, que parecen estar siempre
alerta, y una naricilla afilada.
No entiende las historias que se cuentan junto al fuego bajo de la
cantina, y su mente imaginativa va construyendo monstruos en el humo al
hilo de la conversación. En el fuego de la cantina siempre humea un pote de
caldo que Antonia, la Candela, ofrece generosamente para reponer al
visitante. Según sus posibilidades el caldo es más o menos substancioso. A
veces contiene solo berzas y patatas y algún que otro hueso, pero cuando vienen a verla sus hijos, cargados de regalos, Antonia enriquece el caldo
con carne, chorizos y tocino. Nunca la Candela guarda nada para sí. De la
misma manera distribuye las ropas: mantas, sábanas, toallas. Siempre
encuentra a otro más necesitado que ella.
Flora sigue hilando sus historias. Justa posa la mirada en la pared de la
cocina, negra y desconchada. Formados en el vapor y el humo, ve aparecer
monstruos y fantasmas de su imaginación. Es una película en blanco y
negro, animadas las imágenes por el incesante vaivén de las llamas. Ve
mujeres debatiéndose y gritando, mientras hombres perversos las arrancan
del escaño para subirlas al cañizo.
—Calla, Flora, esas no son cosas para contarle a una niña, ¿no ves que
parece un pajarillo asustado? — interviene Bernarda, la mujer que tiene
sentada a su otro lado.
—No, no te calles, Flora, que a mí me gusta. Yo no soy un pájaro.
Las dos mujeres tienen la cara colorada por el calor de las llamas, y
unas manos fuertes y callosas. Flora se ríe recio, como los hombres, y le
gusta asustar un poco a Justa con sus recuerdos.
—Ellos se ponían debajo del cañizo y miraban para arriba. Y
aprovechaban, al subirte, para meterte mano.
—¿Qué es eso?
—Pues meterte la mano debajo de la falda, y tocarte el culo, y
pellizcarte, y eso…
Genaro también ríe y su sombra desdentada se proyecta en la pared
agrandada por el reflejo de la llama.
—¿Él también?
—¡Pues claro! ¡Mira cómo ríe! Ese es de los de entonces. Pero no vayas
a creer que eran peores que los de ahora. Aquello era una forma de
divertirse. Era una broma, ¿entiendes, cariñín?
—¿Una broma?, ¿os divertía eso?
—¡Cómo nos iba a divertir eso! — vuelve a intervenir Bernarda —. No
nos gustaba, pero había que pasar por ello, porque era tradición. Lo hacían
por carnaval.
Justa se queda pensativa; ella creía que las bromas eran otra cosa, algo
que se hacía para hacer reír, no para hacer llorar, pero no lo dice. No le gusta sentirse diferente y no habla por miedo a que se burlen de ella. En la
cantina de la Candela las palabras son distintas a las de su casa. Lo mejor es
escuchar y aprender.
Están asando castañas. Los hombres y mujeres las pelan y le ofrecen a
ella. Tienen todos las manos ásperas y grandes, ella pequeñitas y suaves.
Quiere ser una de ellos, pero en todo se siente diferente. Las palabras la
separan, las manos son distintas, los monstruos siguen bailando en el humo,
distorsionándose, y solo ella los ve. Los mayores se ríen de ella, la regañan
cuando hace algo que no les parece conveniente. En la pared hay un
agujerito que le pertenece, lo ha trabajado con la uña y con un poco de
saliva, día tras día. Es suyo. El primer día se asustó y quiso borrarlo para
que no lo vieran, pero no se podía borrar un agujero. Nadie lo vio. Es
pequeño, como ella, perdido en medio de los grandes desconchones
informes. Se va ahumando poco a poco, integrándose a los demás rotos y
manchas. Es redondito y suave como su mano.
Afuera se oye cantar. Son los mozos y mozas del pueblo que bajan de la
siega.
¡A mí me dueeele, a mí me duele,
la mano de la segada…
Y a ti te dueeele…
A ti te dueele el culo de estar sentada!
Risas.
Se abre la puerta de la cantina y entra la Candela. Aparece rebosante de
risa y de canto, cargada con grandes brazadas de leña.
Justa corre a su encuentro, liberada. Todo se vuelve luminoso cuando
Antonia está presente.
—Deja, deja. No te vayas a herniar.
—Tú también ayudabas cuando eras pequeña.
—Eran otros tiempos. Entonces había que ser fuerte para sobrevivir.
—Yo también lo soy.
Suso y Genaro son feos y se ríen de ella.
—No les hagas caso. Ya lo creo que vas a ser fuerte, para ello tienes que
comer mucho caldo.
—Es una canija. Me parece a mí que esta no medra ni aunque se tome
todo el caldo del puchero.
—Calla, Genaro, más valiera que te lo hubieras tomado tú a tiempo.
Antonia suelta el montón y Justa se acerca, coge uno de los haces y se
pasea con él por la cantina.
—¡Miradla!, podéis reíros, pero es más fuerte que vosotros. Puede que
sea pequeña, pero es una Monteserín y eso se lleva en la sangre.
—De Monteserín nada. Esta es una Prado.
—Y también Monteserín.
—Ven aquí —dice Suso, conciliador —. Di que tú eres la reina, ya seas
Monteserín o lo que seas, y que vales más que todos nosotros juntos.
Justa no se acerca a Suso y se refugia en los brazos de Antonia, que se
ha sentado junto al fuego. Le gusta su cuerpo mullido, los pechos generosos
y cálidos, los brazos fuertes que la rodean con amor.
—Cuéntame lo de los carnavales, Antonia — dice con voz mimosa —,
¿os quemaban cuando os subían al humo?
—Os tengo dicho que vigiléis lo que habláis delante de la niña. Vuelve
a dormir mal y a gritar por las noches.
—Pues no será por lo que yo le cuento. ¿Verdad, carmín, que no? Otras
razones tiene para gritar que no voy a decir aquí. No nos quemaban nunca,
cariñín, di que no. Se echaban solo ramas verdes para que hiciera más
humo. Y no te creas que los hombres se libraban. A ellos también les tocaba
por Reyes.
Ella tenía razones para gritar, aunque no las sabía, y los que las sabían
no se las iban a decir. ¿Cómo conseguirían las mujeres subir a los hombres
al humo?
Mira a Genaro de reojo. Solo le quedan tres dientes amarillos y grandes.
—No podían con nosotros y tenían que engañarnos — le explica —. Nos
decían: súbete y bájame unos chorizos de aquellos colgaos… Y cuando
estabas arriba, ¡pumba!, retiraban la escalera.
—Pero los hombres llevaban pantalones y ya no era lo mismo.
No era lo mismo porque no se les veía nada. A las mujeres se les veía todo
porque no tenían dinero para comprar bragas. Era por lo de la guerra.
Antonia se lo contaba cuando ella no quería comer. Le hablaba del hambre
de la guerra y de los niños que todavía morían de hambre en otras guerras.
Ella proponía a la Candela que mandaran su comida a esos niños
hambrientos porque ella no necesitaba comer. Y los mayores decían que no,
que eso no era así, y que ella se moriría si no comía y que no tenía derecho
a morirse porque la vida se la había dado Dios. ¡Qué ganas de complicar las
cosas! A lo mejor se moría hoy porque no había comido ni tenía hambre
para cenar. Ella se parecía a su madre y por eso tenía razones para gritar.
Las hijas se parecen a sus madres, y Aurelia, la suya, se había quedado por
la noche gritando en su alcoba y golpeando las paredes. Por eso su padre, el
vinatero, la había llevado allí, para que la cuidara Antonia. La había
envuelto en una manta y había cruzado un trozo de noche con ella en brazos
hasta la cantina. «Toma, Candela, cuídamela, ya sabes lo que pasa». «¿Qué
le pasa a mi madre?». «No le pasa nada, cariño, no le pasa nada». Y
Antonia se había metido, vestida y todo, con ella en la cama. Ella sabía que
sí, que algo le pasaba a su madre. Gritaba porque se había muerto
Raimundo cuando tenía diez años y ella aún no había nacido. Su madre
siempre lloraba y hablaba de Raimundo. Si ella se muriera de hambre
también hablaría de ella y lloraría y golpearía las paredes gritando su
nombre. ¿Dónde estaría ella cuando murió Raimundo? ¿En el
pensamiento?, ¿o en la tripa de su madre? Cuando Bernarda tenía la tripa
muy gorda le dijo que tenía un niño dentro, que los niños están en las tripas
de las madres antes de nacer. Y era verdad, después nació Pedrín, y
Bernarda ya no tenía la tripa gorda. Las mujeres de humo de la pared
parecen hincharse. Tienen tripas gordas con niños dentro, y tetas grandes
como las de Antonia. A lo mejor se caen los niños porque sus madres no
tienen ni bragas, porque no tienen dinero. Y los hombres tienen dientes
amarillos y ríen como Genaro y les crecen cuernos y patas de cabra, como
los del cuadro del libro del abuelo, y las mujeres se deshacen en el humo
cuando las suben para arriba.
—Tómate el caldo, cariño —le dice Antonia, sentada frente a ella con un
cuenco en la mano.
Justa no puede comer porque tiene una bola dentro que le llena todo el
estómago, y cierra la boca para que no entre la cuchara.
La Candela insiste un poco y se levanta. Dice que le va a preparar una
torta de harina de esas tan ricas que le gustan a ella. Justa siente ganas de
llorar cuando oye el ritmo de los golpes de Antonia amasando la torta,
porque la Candela es buena y la quiere, y ella se va a morir y la va a dejar
muy triste porque tampoco tiene hambre de comer la torta, y ella quiere
hacerse fuerte para que los hombres no la suban al humo y la hagan
desaparecer.
—Y ahora —dice Antonia, que ya ha asado la torta en el fuego y le
mete un pedazo en la boca —, te voy a contar yo cómo eran los carnavales.
Justa coloca el trozo de torta en el carrillo interno, detrás de los dientes,
para que no se note que no traga, y escucha interesada.
—Era una fiesta preciosa, no hagas caso de lo que te cuentan estos.
— Le ofrece un trago de leche y Justa logra colar el trozo de torta para
dentro —. La fiesta empezaba temprano, cuando los mozos subían al monte
a buscar la hoguera. — Se pone en pie para escenificar —. Cortaban todo lo
seco y llenaban un carro. — Justa contempla embelesada los gestos de
Antonia alargados en la sombra de la pared —. Y luego bajaban por lo más
pendiente. Iba el carro cargado hasta arriba de leña…
—¿Y los niños?
—Los niños también. Y los había pequeñitos que apenas sabían andar…
A los niños los colocaban detrás, por parejas. Entonces Olmeda estaba llena
de niños. Los había de todos los tamaños. La cuerda la ataban para atrás y
bajaban en pareja, el palo atravesado, cada dos juntos. Y así iban
descendiendo por edades hasta los más chiquitines, se agarraban por detrás
y bajaban a rastras. Y empezaban las competiciones tirando para adelante y
para atrás, los unos queriendo hacer retroceder a los otros. Y el resto del
pueblo se reunía abajo, y cada uno jaleaba a los suyos. Y se cantaban
canciones. Y cuando llegaban abajo se hacía la hoguera para el carnaval.
—Ahora también.
—Sí, ahora también. Pero ya nada podrá ser igual que antes. Ocurrieron
muchas cosas, y aquella inocencia se perdió para siempre.
Todos miran a la lumbre. En sus llamas aparecen la hoguera de
carnaval, la música y los panderos.
—Y abajo esperaban las mujeres con la cara tapada o pintada con
ceniza…
—Nos ponían como a Jesucristos — dice Flora. Y coge un puñado de
ceniza y se acerca a la Candela con intención de pintarle la cara. Antonia
forcejea en medio de grandes carcajadas. Al final quedan las dos
embadurnadas y muertas de risa.
—Y tocaban panderetas mientras esperaban a los carros, y bailaban en
el campo de la feria… Era una fiesta tremenda…
—Y lo de los píntanos, Candela, cuéntale lo de los píntanos.
—¡Y lo de la harina!
—¿Solo pintaban a las mujeres?
—No, las mujeres a los hombres y los hombres a las mujeres…
—E incluso se lo hacían entre ellos mismos. A lo mejor estaba un tío
hablando y otro le escuchaba hablar, pero la mano la tenía en el bolsillo
llena de harina, y cuando el otro se distraía, ¡paf!, se la metía en la boca.
—La harina era lo de menos, a mí me gustaba lo de los píntanos.
—¡Ah, sí! ¿Te acuerdas de mi suegro, que era tan respetuoso, de
aquellos patriarcales…? Él nunca se unía a las juergas, pero el día de
carnaval salía a echar la harina y a correr los píntanos.
—¿Qué eran los píntanos?
Sin darse cuenta, Justa ha terminado la torta y la leche.
—Era el lino antes de hilar, el hilo que se cosechaba…, lo llevaban en el
bolsillo, y sacaban uno, le prendían fuego y te lo tiraban.
—¿Y te quemaban?
—¡No pasaba nada! Te lo tiraban a la cabeza, por ejemplo, el pelo te lo
quemaban, a lo mejor…, ¡pero nada!
—Y el abuelo de esta, por muy Monteserín y muy sabio que fuera, eso
tampoco se lo perdía nunca.
—Y la Candela cantaba y bailaba mejor que ninguna… Los hombres se
la comían con los ojos.
—Y el molinero…
—¡Calla!, que hay ropa tendida.
Justa vuelve a sentir una punzada dentro. Sabe que ella es la ropa
tendida por la forma en que la miran, y que no van a contar lo que pasaba
con el molinero porque es su abuelo.
—Antonia, tengo ganas de vomitar…
—Aguanta un poco, cariño. — Justa vuelve a sentirse distinta, sola
frente a todos. Trata de aguantar y no puede, sale corriendo fuera y vomita.
Antonia le lava la cara en la pila y la coge de la mano.
—¡Venga!, ya lo hemos intentado. Ahora vamos a dormir, que el dormir
también alimenta. Mañana comerás, te prepararé un buen tazón de migas de
castaña y ya verás qué bien te entra con leche calentita.
La alcoba está helada. Antonia frota el cuerpecito de Justa y le pone el
camisón de franela que le hizo la abuela. Se acuesta vestida a su lado y la
aprieta contra su pecho caliente. Justa cierra los ojos y se adentra en el
sueño.
Cuando los abre, se encuentra en la choza del monte frente a un fuego
diferente donde también bailotean las llamas. Han pasado cerca de cuarenta
años. Amadora está sentada junto a ella con la mirada perdida hacia el
interior. Siente sus dedos descarnados y frágiles palpándole el pulso.
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Amadora tiene el pelo blanco, recogido en una trenza. Con la edad, sus
pómulos altos y sus ojos rasgados se han acentuado y le dan un aire
oriental. Sonríe a la silueta de Justa, que acaba de ponerse en pie. Solo
percibe bultos y sombras.
Juana se acerca secándose las manos en el delantal. Tiene la cara
regordeta, con mofletes colorados y piel agrietada por el aire frío del monte.
Sobre el vestido negro lleva anudado un delantal de rayas grises.
—Bueno, hija, no canses más a tu madrina que no está ella para estas
cosas.
—¿Qué ha pasado, Amadora?, ¿cómo he podido revivir un capítulo de
mi vida que tenía olvidado? He vuelto a ser niña, a sentir como sentía, a
hablar como hablaba…
Amadora le acaricia la cara.
—Te ha llevado ella —vuelve a intervenir Juana —. Tú no preguntes,
que a ella no le gusta dar explicaciones. Es como la televisión, ¿no sabes?
Ella aprieta un botón y te lleva adonde quiere.
Amadora empieza a hablar. Su voz es como ella, quebradiza y flaca.
—No existe ahora ni antes, todo es lo mismo.
—Ya veo.
Justa se siente desconcertada. ¡Es tan difícil seguir a veces el
pensamiento de Amadora! La cabeza le da vueltas y se siente muy cansada.
—Descansa —susurra Amadora.
Justa se recuesta en el banco y contempla a su madrina. No se parece a
nadie del lugar. Viste ropas claras y parece desprender una luz blanquecina.
Juana se ocupa de ella, y lo hace con un cuidado escrupuloso, como si se
tratara de una santa de altar. A Justa, sin embargo, le gustaría que Juana
desapareciera cuando ella visita a Amadora. Quisiera recuperar la intimidad
de antes, cuando su madrina le pertenecía por completo.
—Yo recordaba una infancia feliz. No sabía que a esa edad ya había
aprendido a sufrir, que conocía la angustia…
—La mente selecciona, borra lo que se le antoja. ¿Qué te hacía sufrir?
—La diferencia, las palabras. Me sentía diferente al entorno, veía
monstruos en el humo. No sé, era un mundo esperpéntico el que me
rodeaba.
—Eso son las barreras.
—¿Qué barreras?
—Las que levantas para protegerte. Ahora mismo lo estás haciendo.
—¿Qué estoy haciendo ahora?
La voz de Amadora va cogiendo fuerza, ya no es un hilillo apenas
perceptible. Últimamente parece que necesite tiempo para arrancar a hablar,
como si necesitara calentar motores.
—Lo mismo que cuando eras pequeña. Te sientes distinta a Juana. Y no
es verdad. Juana es lo mismo que Justa y lo mismo que Amadora. Solo nos
separan las barreras.
—¿Y esas barreras dónde están?
—No existen. Solo están en la imaginación. Recupera a la niña que
fuiste, y pregúntale por qué ha dejado de amar.
—¿Lo ves, hija? Es una sabia muy sabia, dice unas cosas preciosas que
solo ella entiende. — Juana da un mordisco a una manzana y mastica
ruidosamente. Ajusta le saca de quicio su presencia. Le gustaría poder
gritar: ¡Fuera de aquí!, o por lo menos suplicarle que saliera a dar una
vuelta mientras ella está con su madrina. Pero no puede hacerlo, sabe que
no contaría con la aprobación de Amadora porque ella nunca contradice a
Juana.
—Cuando he venido aquí —se resigna a hablar delante de Juana, que
pone el oído atento —, quería morirme. Ya no sé vivir, ya no tengo ganas.
—¡Jesús, qué cosas dices!, con los hijos tan preciosos que tienes y ese
marido que no estorba porque nunca está en casa, y lo bien que vendes los
palos esos que haces, y el molino que es tuyo y todo… ¡Si te viera mi pobre
Francisco!, con lo orgullosa que te conoció…
Amadora respeta el discurso de Juana y Justa se siente mordaz.
—Espero que no hayas olvidado que tu marido, el pobre Francisco,
como le llamas ahora, era una mala persona que te hacía la vida imposible,
y que no dejaste el pellejo a su lado gracias a la protección de Amadora.
Juana pierde seguridad.
—Yo siempre he querido a Amadora, para mí no hay nadie más, a mí ya
nadie me espera. No tiene sentido que me mueva de su lado.
Justa suspira desalentada. De nada sirve meterse con Juana, que ahora
parece un animalillo acorralado. Amadora ha dejado de sonreír.
—Perdóname, Amadora. Es que yo no sirvo para acomodar mi vida
disfrazando los hechos como lo hace Juana…
—Esos trucos no valen y Juana lo sabe.
Se hace un silencio. Justa tiene un nudo en la garganta, se siente
desamparada.
—Te voy a ayudar. Se lo prometí a mi hermano.
—¿Te pidió eso el abuelo?
—Me pidió que fuera tu madrina. Sabía que ibas a sufrir, sabía que yo te
podría ayudar.
—Antonia siempre me decía que ella era también en cierto modo mi
madrina, porque tú no asististe al bautizo y ella me sostuvo en la pila.
—Y tiene razón. Por entonces yo ya no bajaba al pueblo, y a ti te ha
venido bien tener a alguien más cercano. Cada una nos hemos ocupado de
nuestra parte.
—Hay un momento, en la escena que me has hecho revivir, que me ha
impresionado. Cuando Antonia asomó por la puerta de la cocina, se disipó
mi angustia infantil. De pronto he pensado que quizá la llamen la Candela
por la luz y el calor que desprende.
—Ese calor es el amor. El amor es poderoso, Justa. Genera un calor
capaz de fundir todas las barreras, pero ¡cuidado!, cuando no tiene salida se
mete hacia dentro y abrasa.
¿Qué quiere decir Amadora? No se para a descifrarlo. El significado
puede llegarle más tarde, en cualquier momento, como le ha ocurrido en
ocasiones anteriores.
—¡Qué cosas tan bonitas dice!, ¿verdad, hija? No la hagas hablar más,
¿no ves que está muy cansada?
—He abierto la brecha, Justa. Empieza a circular por ella.
Ha sido un último esfuerzo. Justa toma las manos de su madrina entre
las suyas. Contempla sus ojos desvaídos, que han vuelto a retirarse al
interior. La sonrisa de Amadora ya no le pertenece, está dirigida a otro
mundo.
—Vamos, vamos —insiste Juana.
Justa abre la puerta, presionada por el suave empujón de Juana. Fuera
reina una luz extraña, blanca y difusa. Empiezan a caer suavemente los
primeros copos de nieve.
—¡Hala!, que no vaya a enfriarse la madrina. — Otro empujoncito de
Juana rompe el encanto del momento —. Y abrígate bien que hace frío.
Justa se arrebuja en el mantón de lana. El silencio es una gran paz que
se adueña de ella. Una paz que lo abarca todo, hasta la presencia de Juana
en la choza. ¿Qué sería de Amadora sin Juana? La mujer empezó a asistirla
cuando se percató de que sus ojos, cada vez más blancos y opacos, ya solo
miraban hacia dentro. Gracias a ella, Amadora puede permanecer en su
lugar, caliente y aseada. ¿Hablarán cuando estén a solas? ¡Ojalá cuaje la
nieve! Le gustaría envolver su experiencia en el manto blanco del silencio.
Los copos se confunden con la flor temprana del almendro. A punto de
cumplir los cuarenta, ha vuelto a ser niña. Cuando iba a cumplir los quince
también deseó un cambio y ocurrió. Le gustaría poder descansar en aquel
agujerito de la pared…
Sigue nevando. Los copos revolotean en el aire y se deshacen al tocar la
tierra. No es tiempo de grandes nevadas. Aquel año que nevó tanto, ¡cuánto
disfrutaron Bemal y ella! Habían pasado la noche juntos en el almacén que
era el cuarto de Bemal. Toda la noche estuvo nevando, y cuando se
despertaron y quisieron abrir la puerta, la encontraron bloqueada por la
nieve. ¡Qué felicidad! Tuvieron que venir los hombres con palas para
sacarlos de allí. Los depositaron en casa Crispín, que estaba al lado. Para
entrar en la casa de Bernal había que dar la vuelta a la esquina y no se
podía, tan alto estaba el muro de nieve. Isidra la Crispina, les preparó la
cama del cuarto del americano, que lo llamaban así porque un americano lo ocupó durante un tiempo y dejó un armario lleno de cosas que nunca
regresó a buscar. «A lo mejor se murió», había dicho Bernal. «O no
encontró el camino de regreso», había contestado ella. Habían abierto el
ropero y sacado las cosas del americano. «No sirven para nada — había
dicho la Crispina —, quedaos lo que queráis». Para los dos niños, sin
embargo, aquello era un tesoro: lápices y cuadernos repletos de escritura,
una pila de libros en inglés, unas cartas de baraja distintas a las que ellos
conocían, una mochila preparada como para una excursión, con prismáticos
y cantimplora de cinc, tubitos de colores que no se podían abrir, aunque
estaban blandos al apretar, pinceles de varios tamaños, un frasquito de
aguarrás y otro de aceite, y dos telas pintadas. Al principio no dieron
importancia a las telas y las apartaron a un lado. Al día siguiente Bernal
descubrió una de ellas cuando se despertó. Había quedado inclinada sobre
la mochila y fue lo primero que vio al abrir los ojos. «No sé lo que es», dijo.
«A mí me gusta». Justa observó el cuadro y tampoco le encontró sentido.
También le gustaba. Fue su primera experiencia con el arte abstracto. «A lo
mejor está en inglés». Se rieron los dos. «Espera — dijo Justa —, creo que
no es así». Le dieron la vuelta. La pintura representaba un camino de tierra
que serpenteaba entre prados verdes, morados y azules, y que se abría al
horizonte. Sacaron la otra tela y le dieron vueltas. Se podía mirar de
cualquier lado. Contenía muchos colores, sobre todo azules, grises y
blancos agitados en un movimiento discontinuo que parecía un balanceo.
«Es el mar», dijo Justa, que lo había descubierto con la familia de Marga.
Era un mar sin principio ni fin, sin playa ni horizonte. «Me gusta», dijo
Bernal al cabo de un rato. Bernal eligió el camino, él no conocía el mar.
Justa prefería el mar, por donde había aparecido Roberto, el padre de
Raimundo. «El camino me puede llevar a cualquier parte — dijo Bernal,
orgulloso de su elección —, porque no se acaba». «Al final del camino está
el mar — dijo Justa —, cuando acabes tu cuadro te encontrarás con el mío».
«A lo mejor es al revés, detrás del mar puede empezar el camino». Y Justa
no lo discutió porque también podía ser. Se las quedaron y, cuando pudo
regresar a su almacén, Bernal pegó las telas en unas maderas
convirtiéndolas en cuadros. El abuelo de Justa les ayudó a hacer los marcos,
y cada uno lo colocó en su alcoba delante de la cama. Bernal consiguió una caja de cerillas, y calentando la pintura adherida a los tapones, consiguieron
abrir los tubos de pintura, y durante días se dedicaron a pintar las piedras de
la colección de Bernal, siguiendo las formas que las propias piedras
sugerían.
Las cosas olvidadas fluyen sin esfuerzo. Tengo que encontrar ese
cuadro, se dice, estoy segura de que no lo he tirado. Y luego piensa en
Juana y en que no la espera nadie, y le da pena porque es verdad. Los hijos
marcharon a la ciudad y el marido murió hace años. No volverá a meterse
con ella. A partir de ahora solo le agradecerá su dedicación a Amadora. El
bienestar de Amadora depende de Juana, y la vida de Juana pierde el
sentido sin Amadora.
Anda tan ensimismada que ha llegado al molino sin darse cuenta, y da un
respingo al oír la voz de Ignacio:
—¿Se puede saber dónde te habías metido?
Había olvidado que su marido estaba en casa. Acostumbrada a sus
largos viajes de marino, a Justa le parece que lleva una doble vida: de
libertad e independencia cuando él está fuera, y de opresión cuando está en
casa.
—Por ahí —contesta con un gesto vago que abarca el infinito.
—¿Sabes qué hora es?
—No.
Ha dejado de nevar. El cielo blanco se ha vuelto gris, cargado de lluvia.
Las vacas regresan a los establos. Se oyen las esquilas bajando del monte.
—Deben de ser las siete o por ahí.
—Has estado por ahí… Deben de ser las siete o por ahí… — El tono es
sarcástico. Últimamente Ignacio está siempre malhumorado —. Y tu hijo
Lucas enfermo, y yo sin saber qué hacer…
—¿Qué le pasa?
—Pues que al salir del instituto se ha ido por ahí y sin chaqueta, y
míralo, tiritando de fiebre.
A Justa le invade un enorme cansancio. ¿No podría presentarle Ignacio
las cosas de otra manera?
Lucas está sentado en el sillón de orejas, frente a la chimenea. Las
brasas se han consumido y el fuego está apagado. Justa se acerca a él y le
pone los labios sobre la frente.
—Quita.
Lucas se aparta con un gesto de la cabeza, mirando de reojo al padre.
De nuevo la soledad. El pequeño Lucas siempre pendiente de ella,
unidos los dos por mil lazos de sensibilidad y de amor, ha crecido y se
aparta. Se aparta para parecerse al padre y al hermano. ¿Por qué no pueden
respetarse todos y quererse? Amadora la ayudará a encontrar las respuestas,
ella la ayudará a empezar de nuevo, a saber querer y conseguir que la
quieran. De momento tiene que ponerse a la tarea, sabe que Lucas, a pesar
de su aparente hostilidad, la estaba esperando. Cree en ella y la necesita a su
lado aunque no se atreva a demostrarlo. Lo primero es el fuego. No hay una
imagen más desoladora que alguien tiritando frente a un fuego apagado.
¿No se le podía haber ocurrido a Ignacio encender el fuego?
Justa sale fuera y entra un haz de leña. Se recuerda de niña, paseando
delante de los viejos de la cantina con la leña entre los brazos, y sonríe.
¿Estará empezando a quererse? Quiere a Lucas, le gustaría poder abrazarlo,
mimarlo como cuando era niño.
—¿Te has puesto el termómetro?
—No, todavía no.
Sube al piso de arriba a buscarlo. Tiene que encontrar el cuadro,
seguramente estará en el desván. Ahora recuerda que Ignacio le pidió que lo
quitara de la pared. Decía que cuando estaba en tierra quería descansar del
mar. Y Justa estaba de acuerdo en que al mirarlo fijamente producía una
ilusión de balanceo. Lo quitó de la pared. El pobre Ignacio necesitaba tierra
firme después de tanto mar, eso lo comprendía. Lo guardó en algún sitio,
ahora no recuerda dónde, para volver a colocarlo cuando él no estuviera en
casa, y luego se olvidó.
—¿Qué os apetece cenar?
—Lo que tú prepares estará bien.
En eso Ignacio no es difícil, le gustan los guisos de Justa. Pero quiere
dominarla. No le gusta que visite a Amadora, esa vieja loca, como él la
llama, y sabe que ha ido allí. En el pueblo todo se sabe. A Justa no le importa que se entere, ella no se somete a los caprichos de Ignacio. No
están de acuerdo en casi nada. La sumisión significaría una derrota
definitiva.
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La lluvia golpea furiosamente la ventana de la alcoba. ¡Qué pena de nieve!
Toe, toe… La rama del cerezo parece querer saludarla. Ya no podrá volver a
dormirse. ¡Si por lo menos pudiera levantarse a trabajar! No quiere
despertar a Ignacio, que ronca apaciblemente a su lado.
Las imágenes se apoderan de su mente. No puede permanecer en la
cama mientras crecen las formas dentro de ella como si quisieran ahogarla.
Destapa un pie. El aire está congelado. No importa, encenderá la estufa del
taller. Trata de levantarse sigilosamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, duerme, no pasa nada. Enseguida vuelvo.
Coge a toda velocidad los calcetines de lana, el jersey de marinero de
Ignacio y una manta, y sale de la habitación. ¡Por fin libre! Con tal de que
Ignacio no la siga. Cada vez soporta menos su presencia. Su ritmo es el
otro, el de cuando él no está en casa y puede trabajar y dejar de hacerlo a su
antojo. Aunque últimamente tampoco se siente bien cuando él no está. Es
como si un vacío creciera dentro de ella; como si asistiera a una fiesta desde
una barrera, sin poder participar; o como si la vida se le estuviera acabando
sin haberla vivido.
Desde que Amadora la sumergió en el pasado, no puede apartar de la
cabeza las formas dantescas que su imaginación de niña creaba en el humo.
Ese es el trabajo que tiene pendiente, que no puede esperar. Se siente
ardiendo de impaciencia. Sabe que algún día las sombras tomarán cuerpo y
se convertirán en una talla de madera, ¿cómo conseguir que la madera
pierda peso, que parezca flotar y esfumarse? Porque eso es lo que ella
quiere hacer, esa columna de humo ascendente… las mujeres convertidas en
humo, las mujeres gordas que de pronto pierden peso y se elevan hacia la
liberación, hacia la libertad… tiene que conseguirlo, le parece fundamental
hacerlo, como si en ello le fuera su propia salvación. Las formas empiezan a danzar en su mente convirtiéndose en una espiral ascendente. Sube las
escaleras de dos en dos, no quiere que se le escape la idea. Está tiritando.
Antes de encender la estufa saca unos leños carbonizados y un bote de
ceniza. En esa misma estufa calentaba el abuelo el café. Pone un pucherito
de agua y café a calentar. La columna sin fin de Brancusi, a ella también la
obsesionó cuando estudiaba de noche Arte en la Sorbona, ahora la quiere
construir ella, una columna de humo sin fin. Ignacio es grande y
últimamente ha engordado bastante. El jersey le sirve casi de abrigo. Se lo
arremanga bien para no mancharlo. Ahora tiene que resolver el problema de
la luz. No ha querido encender el generador para no despertar a Ignacio. No
se trata solo de generosidad. Con la presencia de Ignacio desaparece la
inspiración y la fuerza vital que la mueve. Y todo se llena de ese vacío que
avanza inexorablemente. Tiende el oído hacia la escalera. Los ronquidos
amansan su espíritu.
La luz de la vela crea el ambiente adecuado, pero no es suficiente. Justa
se sube a una silla y alcanza de un estante varios cabos de vela polvorientos.
Los va colocando estratégicamente para iluminar la única pared que está
libre. Corta un trozo grande de papel continuo y lo pega en la pared con
chinchetas. La luz de las velas bailotea sobre el papel. Justa admira el
efecto. Coge el tizón y empieza a dibujar a grandes trazos. El tiempo pasa
sin sentir. Nota un poco de frío en la espalda y se da la vuelta para cargar la
estufa. Se enfrenta de nuevo a su obra. Sátiros demoníacos cogen a las
mujeres y las suben al aire. ¿De dónde habrán salido esos sátiros cornudos?
A partir de una cierta altura las mujeres escapan de las manos alzadas de los
hombres y sus formas giran en la espiral hasta disolverse. Acerca una vela
al papel y dibuja con el humo. Consigue con ello el efecto deseado,
parecido al de las figuras en la pared. Las mujeres van tomando forma.
Tienen las tripas gordas y las tetas grandes y van estilizándose a medida que
se elevan. Coge un puñado de ceniza. Recuerda a Antonia y a Flora
tiznándose la cara y riendo. Ella también se embadurna la cara y corre a
mirarse en un trozo de espejo, y se ríe. Ahora pertenece a ellas, al mundo de
los adultos. Con los dedos manchados de ceniza termina de difuminar las
figuras de las mujeres.
De pronto, una sombra mayor que ninguna cubre todo el papel borrando
los reflejos de las llamas. Justa lanza un grito de terror que le brota de
dentro, como si arrancara de las entrañas y que la espanta porque no ha
confundido la sombra con un fantasma, ni con un sátiro cornudo. Ha
reconocido desde el primer momento la figura de Ignacio. Ha sido la
presencia de Ignacio la que ha provocado su grito de terror.
—¿Qué está pasando aquí? —vocifera Ignacio tras la reacción
desmesurada de su mujer.
Ya se oyen los pasos apresurados de Lucas subiendo la escalera. Ya está
ahí, parado en la puerta con los ojos enfebrecidos y el pelo revuelto.
Justa ve la escena que contemplan su marido y su hijo. La ve con los
ojos de ellos y se horroriza. El papel de la pared poblado de sátiros y
mujeres desnudas disolviéndose en humo; su propia cara tiznada de ceniza;
los reflejos danzarines de las llamas de las velas colándose entre las figuras,
dando movimiento a la escena.
Allí está su terror infantil que quería conjurar. Allí está desprendiéndose
del papel y colándose en la mirada de su hijo de quince años.
—Te dije que no fueras a visitar a Amadora, te lo dije.
—Amadora no tiene nada que ver con esto. Estaba trabajando y me has
asustado.
—¿Llamas a esto trabajo?
Ignacio arranca furioso el papel de la pared, rasgándolo por la mitad.
Justa siente impulsos de lanzarse sobre él, de arañarlo, de pisotearlo. La
contiene la presencia de su hijo y rompe a llorar.
Ignacio da media vuelta y baja las escaleras a grandes zancadas
gritando: «¡Esto tiene que acabar!, ¡esto tiene que acabar!».
Lucas se acerca a su madre y le pone la mano ardiente y temblorosa
sobre el hombro.
—Era el mejor dibujo que he visto en mi vida. Comprendo lo que estás
pasando.
—¡Lucas! —grita Ignacio desde abajo.
Y el chico da media vuelta para acudir a la llamada.
Justa se queda sola en el taller contemplando el milagro. Después de la
noche aparece el día, decía su abuela Lisa. ¿Habrá que pasar siempre un calvario para sentir alegría? Creía haber perdido a su hijo, y acaba de
recuperarlo. Lo demás no le importa. Ha recuperado a su pequeño Lucas, su
compañero del alma, al gran Lucas creador, sofocado también por la
incomprensión del padre. Lo recuerda de pequeño trabajando junto a ella,
con los grandes ojos negros brillando, no de fiebre, sino de pasión creadora;
ensamblando los trozos de madera que recogía del suelo y pintaba de
colores. Recuerda aquellos collares primitivos y magníficos que nacían de
su imaginación y sus manos. ¡Cuánto aprendió ella de la libertad creadora
de su hijo en aquellos tiempos!; pero luego aparecía Ignacio y lo echaba
todo por la borda: «¡No quiero que el chico haga estas chorradas!, ¡lo vas a
amariconar!». Y allí estaban los dos, frente a ella, tan distintos y tan
parecidos, con idénticos ojos negros y diferentes miradas. La del hijo,
sumisa y conciliadora, y la del padre, prepotente y chispeante de rabia. «Lo
que tienes que hacer, ¿me oyes, hijo?, ¡es dar patadas al balón!, y no andar
siempre prendido a las faldas de tu madre. Jugar con otros chicos. Se va a
acabar esta historia de vivir apartados en este molino. Los chicos no hacen
collares, ¿me has oído bien, Lucas?». Y luego desaparecía de la habitación
dando un portazo, furioso de haberse metido de nuevo con su hijo favorito.
Y ahí se quedaban ellos dos, Justa sin saber qué hacer con sus brazos, que el
hijo rechazaba, y Lucas tragándose las lágrimas que le quería ocultar.
Y poco a poco la opinión corrosiva del padre, que el hermano mayor se
afanaba en repetir en su ausencia, se apoderó de Lucas y le hizo apartarse
de su madre. No quiso volver a subir al taller donde la tentación era
demasiado grande. Rechazó el cariño de Justa y sus caricias. Ella
encontraba esbozos de dibujos escondidos debajo del colchón de su cama y
no decía nada, confiando en que la pasión creadora no se puede sofocar.
No regresa a la cama junto a Ignacio. Enciende la chimenea de la cocina
y se sienta en el sillón junto al fuego.
Se recuerda sentada en las rodillas del abuelo en ese mismo sillón
contemplando las láminas de un gran libro de Historia del Arte, que José
tenía siempre a mano para que su nieta lo pudiera hojear. Cuadros de faunos
y sátiros, de grandes bacanales y arrebatos amorosos… De allí debió de
extraer su mente infantil la figura de los sátiros persiguiendo a las mujeres,
para luego reproducirla en las imágenes del humo. ¡Qué máquina tan curiosa es la mente! Ese enlace de recuerdos ha salido ahora intacto en el
momento de la creación. Había conseguido lo que buscaba: esa mezcla de
terror y de liberación, y también el movimiento… Espera volver a encontrar
el momento para crearlo de nuevo. No era más que un esbozo, y los esbozos
son a menudo lo mejor del proceso creativo porque surgen sin restricciones
directamente del interior al papel. El momento había sido perfecto, casi
mágico. Probablemente le sea muy difícil volver a encontrarlo.
Hubiera sido mejor que Ignacio no faltara tanto en la casa, su vida le
parece dividida en dos tiempos y eso no puede ser bueno, una
esquizofrenia. Y para los hijos, lo mismo. Cuando él no está en casa se
sienten todos libres, relajados. Se reúnen en la cocina, aunque cada uno esté
a lo suyo. Ella cocina algunas veces, y otras se le olvida, y cada cual se
prepara algo. A menudo vienen amigos de los hijos a compartir la cena, y
luego dice Ignacio que los chicos están aislados. ¡Esto tiene que acabar!
¿Qué es lo que tiene que acabar? Ella también quiere que acabe algo, pero
hay que decidir el qué.
Ya no le duele tanto que Ignacio haya destrozado el papel. Valora la
vivencia creativa, que no ha podido quitarle, el momento en que se sintió
transportada y unida al mundo de Flora y Antonia, y se rio con ellas. Ya
estaba a punto de volar en el humo cuando las manos de Ignacio la asieron
y la hicieron retomar. Fue una sensación horrible, aunque no es lo peor. Lo
que más le duele son los hijos y el daño que la situación les está causando.
Pobre Matías, embarcado por ocho meses en un petrolero de mala muerte,
solo por querer parecerse al padre. Nunca ha tenido a su padre. Ella
tampoco tuvo padre durante muchos años, pero el día en que cumplió los
quince años salió al mundo en busca de un regalo y le encontró. Matías
anda sin rumbo, a la deriva. Se ha convertido en un chico taciturno, será por
lo de los muros y separaciones que dice Amadora, ¿cómo ayudarle a
abrirse, a sufrir menos? De pequeño no quería hablar y ello originó el
primer rechazo de su padre. A Ignacio se lo llevaban los diablos. ¡Tanta
perra por un hijo varón para luego rechazarlo de esa manera! No había
forma de hacerle entrar en razón. «Ten paciencia, espera un poco…». De
nada servía. Eso le pasaba, decía, por haberse emparentado con una
Monteserín. Él no quería tener un hijo mudo como Raimundo. Y si no era mudo, sino obstinado en no hablar, todavía peor. Lo primero, no habría
tenido más remedio que tragarlo; pero lo segundo, no estaba dispuesto a
consentirlo. Y era verdad que los médicos habían dado idéntico diagnóstico
en un caso como en el otro. La única razón de la mudez era el empeño en
no pronunciar palabra. No había más. Y ya no se podía decir, como ocurrió
con Raimundo, que la singularidad venía de la familia del padre. Roberto, el
padre de Raimundo, fue para todos un desconocido que llegó por mar de un
lugar remoto y enamoró a Aurelia cuando esta tenía dieciocho años. Y
partió hacia su tierra sin saber que había engendrado un hijo. A él y a su
familia se le podían achacar todas las rarezas de Raimundo sin riesgo a ser
contrariado. Ahora venía Matías a desmentirlo, a señalar con el puntero a
los Monteserín, como si no tuvieran bastante con lo de Amadora, con lo de
Aurelia, y quizá con lo de ella misma. Y Roberto quedaba limpio de
sospecha. No era justo. A ella siempre le dolió que el padre de Raimundo
saliera cada vez triunfante, que hubiera conservado un lugar preferente en el
corazón de Aurelia, a pesar de no haber conocido a su hijo, a pesar de
haberla abandonado. ¿Por qué no había logrado desbancarlo Germán, que
permaneció siempre a su lado? Parecía como si Germán y ella no
pertenecieran por derecho a la vida de Aurelia, y fueran solamente el
resultado de un acto involuntario. Decían las mujeres de la cantina que la
única vez que la vieron revivir, después de la desaparición de Roberto y la
muerte de Raimundo, fue cuando quedó embarazada por segunda vez. Se lo
miraba de otra forma — decían refiriéndose a Germán —, como agradecida
por un favor inmenso. Los ojos le brillaban como ascuas y volvía a ser la
mujer más guapa de Olmeda. Él también tenía otro aire: silbaba por la calle
y bromeaba con la gente, volvió a ser como siempre había sido hasta que
apareció Roberto, como era cuando Aurelia le hacía caso un día sí y otro
no, dándole pie a alimentar su esperanza.
El nacimiento de Justa vino a desmontar aquel estado de gracia. Si por
lo menos hubiera nacido chico — debió de pensar tantas veces Germán —,
ella lo habría ido queriendo con la ilusión de que le regresaba el otro. Pero
con una niña no había nada que hacer. Aurelia no quiso ni mirarla. Fue
entregada a Antonia para los primeros cuidados, porque tanto Germán como
los abuelos tuvieron que dedicarse a Aurelia, que quería dejarse morir.
El abuelo supo entonces que ella iba a sufrir, no era muy difícil
adivinarlo. Y por eso quiso que Amadora fuera su madrina, para que la
ayudara cuando fuera necesario. Con la ayuda de Amadora resulta fácil
hacer marcha atrás, alcanzar la primera barrera, la razón de sentirse
diferente, separada de los demás, ¿qué separación puede ser mayor que la
de ser rechazada por su madre por no ser quien ella quería, sino otra?
Pasados unos meses, cuando pareció que Aurelia ya estaba en condiciones,
se fueron los tres a vivir a la casa de Olmeda y fue entonces cuando
empezaron a darle a su madre aquellos ataques. Cuando no estaba enferma
era una mujer apagada, que no sonreía y hacía las cosas mecánicamente.
Solo parecía disfrutar tejiendo en un telar que ocupaba toda una habitación,
lira un lugar sagrado, adonde no se podía entrar a interrumpirla, mientras
ella pasaba horas tejiendo manías y colchas que el abuelo José vendía
después en las ferias. Ya se le ha ido la mente por otros derroteros. Quiere
forzarse a pensar en lo de Matías, pero Amadora ha abierto una brecha por
la que se escapan todos sus pensamientos tratando de conducirla al pasado
más remoto, a su infancia, a su nacimiento. ¿Qué sentido tiene rememorar
ese pasado en el que ya no puede actuar?
El presente es lo que cuenta, y el presente, ahora, es Matías.
El presente también eres tú, parece que le indica la voz de Amadora
convertida en conciencia.
Echa más leña al fuego y se levantan las llamas. Se acuerda de la escena
que acaba de vivir y siente resbalar las lágrimas por sus mejillas. ¿Cómo
afrontará el nuevo día? Lo primero es llamar a don Damián para que venga
a ver a Lucas. Ella no es experta en hierbas curativas, pero su abuela Lisa le
hizo aprender las fórmulas que consideraba más necesarias, y entre ellas
estaba la de curar las anginas. La visita de don Damián, sin embargo, es un
complemento del que no quiere prescindir, porque forma también parte de
la curación. Resulta reconfortante verle aparecer con su maletín, y examinar
cuidadosamente al enfermo. La descarga de responsabilidad. Después
cumplen una serie de ritos del pasado. Don Damián pasa a la cocina, donde
se sienta a extender su receta, y charlan un rato con un vasito de orujo
delante. Mientras tanto Justa hace el preparado de hierbas, y le comenta:
«¿Qué le parece si para empezar le diéramos el preparado de Lisa?». «¿Qué te voy a decir?», le contesta él. «Lisa era una buena sanadora. No sé para
qué me llamas. Haz lo que te parezca, pero si ves que la enfermedad no
remite, le das lo que yo he prescrito».
La está venciendo el sueño y el cansancio. Se arropa bien en la manta de
lana y cierra los ojos.
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—¿Qué andas buscando? —le pregunta Ignacio.
A él no le importa, y Justa no tiene ganas de contestarle. Lo hace porque
Lucas anda rondando como ánima en pena y no quiere que viva situaciones
de violencia entre ellos.
—Un cuadro. Aquel del mar, el que teníamos antes en la alcoba.
—¿Y para qué quieres ese cuadro ahora?
—Porque me apetece verlo.
—Justa, tenemos que hablar. — Pone esa voz amistosa que a ella tanto le
molesta, como si no hubiera pasado nada, como si tuvieran que hablar como
buenos amigos, como marido y mujer que tienen algo que contarse.
—Pues habla.
—No, ahora no, más tarde, cuando estemos solos.
Justa deja de rebuscar en el trastero. Ha visto cosas que le han removido
recuerdos, ya volverá más adelante. Todavía no ha encontrado el cuadro.
Entran los dos en la cocina. Lucas se levanta del sillón y se retira a su
cuarto. Justa hubiera preferido que se quedara, teme enfrentarse a solas con
Ignacio, pero sabe que, tarde o temprano, tendrá que hacerlo.
Ignacio echa leña al fuego y remueve nerviosamente las brasas.
—Quería decirte —arranca finalmente — que lo que ocurrió anoche no
es ninguna tontería.
—Por supuesto que no lo es.
—Me refiero a todo el tinglado que montaste, esa especie de
aquelarre…, parecía que estuvieras convocando a las meigas o al demonio
con aquellas velas encendidas y la cara tiznada… Me pregunto qué pasa
aquí cuando yo no estoy. Temo por mis hijos. Sé que es la influencia de
Amadora, Justa, te dije que no fueras a verla.
—No hay nada de lo que dices y lo sabes muy bien. Tenía encendidas
las velas para tener luz sin arrancar el generador. Todo por no despertarte. Y estaba tiznada porque se me ocurrió pintar con la ceniza. No hay más.
Justa se calla para retomar fuerza. No quiere permitir que se le quiebre
la voz.
—Tú destrozaste mi trabajo, Ignacio, y eso no tiene perdón. Dijiste que
querías que acabara algo y estoy de acuerdo contigo. Yo también quiero que
acabe esta situación. No permitiré que vuelvas a intervenir en mi trabajo, y
menos que te permitas destrozarlo.
—¡Tu trabajo! —vuelve a emplear ese tono despreciativo y sarcástico
que Justa odia —. Ese trabajo del que hablas es el resultado de una
enfermedad. Estás enferma. Solo salen de ti esperpentos como los que
tenías anoche dibujados, o como la loca esa con la tripa hueca y llena de
trapos. Me dan horror tus tallas. Ya sé que a la gente le gusta eso, les gusta
estrujar las mentes enfermas, sacar de ellas toda esa basura, para luego
lucirlo en sus casas bien ordenadas, diciendo que justa es una escultora muy
interesante, que vive encerrada en un molino, esculpiendo pesadillas.
—Me estás ofendiendo, Ignacio.
—No es ese mi deseo. Lo que quiero es que te des cuenta de lo que está
pasando, y por qué me voy siempre de esta casa con el corazón encogido y
temiendo por la salud mental de mis hijos.
—Tus hijos tienen mejor salud mental que tú.
—Quiero que vayas a ver a un médico, Justa. Eso sería lo más oportuno.
Justa se debate interiormente para que no funcionen los mismos
mecanismos de otras veces. Cuando Ignacio menciona su posible locura,
ella cada vez cae en la trampa y siente terror. Ignacio tiene varias cartas en
su mano: los ataques de su madre, los poderes de Amadora que los demás
no entienden, la singularidad de Raimundo… Todo ello está en la mente de
los vecinos de Olmeda. No le sería difícil empezar a correr la voz de que su
mujer está loca. Los Monteserín han sido siempre el punto de mira de los
demás. Por un lado, dice la gente, son los más cabales, y por otro, corre una
veta de locura por sus venas. Ella no irá a ningún médico recomendado por
Ignacio, con el que corra el riesgo de ser encerrada. Su salvación es
Amadora, ella la va a ayudar. Ignacio tiene que marcharse. Solo le quedan
diez días de estar en tierra. Después, cuatro meses en la mar. Tiene que
tener paciencia, fingir un acuerdo para que él se vaya tranquilo. A su regreso ella habrá recuperado las fuerzas, sabrá lo que quiere y lo impondrá.
Tiene a su amigo Felipe, él también puede ayudarla. Todo va a arreglarse.
—Si quieres que vaya a ver a un médico, iré solo por tranquilizarte,
pero te aseguro que no me pasa nada. Nuestros mundos son muy diferentes,
Ignacio, y no puedes comprenderme. Yo a ti tampoco te entiendo. Eso es lo
que tenemos que pensar durante nuestra próxima separación.
—¿Me prometes que irás a ver a un médico?
—Sí.
—Tengo el nombre de uno.
—El médico lo elijo yo.
—Tiene que ser un psiquiatra.
—Sé muy bien a lo que te refieres, no va a ser un ginecólogo, aunque no
me vendría mal con tanta abstinencia, pero te advierto que en esto también
entras tú. Lo primero que hace un psiquiatra es llamar al marido e investigar
sobre su desgraciada infancia, su vida amorosa, le tendrás que contar lo de
tus múltiples amantes y todo eso…, cómo son tu padre, tu madre, tu
hermana…
—Basta ya, Justa.
—Es así. ¿Cuándo quieres que vayamos?
—En estos días no voy a tener tiempo. Vete preparándolo para la vuelta.
Yo me ocuparé de Lucas hasta entonces.
—¿Qué vas a hacer, llevártelo en el barco?
—He hablado ya con un internado en Valle. Lo aceptan desde ya.
—¿Qué les has contado?, ¿que su madre está loca?
—No, les he hablado de la vida que lleva aquí tan aislado. El director
del internado es amigo mío.
Justa se siente desfallecer. No quiere separarse de Lucas, no quiere que
los hijos vuelvan a ser víctimas de su desacuerdo con Ignacio.
—¿Has hablado con él?
—No, aún no.
—No me parece bien sacarle a mitad de curso. Creo que debemos oír su
opinión y la de los profesores.
—Él hará lo que se le mande, y en cuanto a los profesores, hablaré con
ellos.
De nuevo el cansancio y el vacío inmenso que sigue avanzando
comiendo todo terreno cultivable. Ignacio ha cogido la chaqueta y sale de
casa. Le gusta decir siempre la última palabra.
Justa se acerca a la habitación de Lucas, le mira la garganta. Tiene unas
placas tremendas.
—Enseguida llegará don Damián.
—Cúrame tú, madre.
—Te iré haciendo el preparado, pero don Damián tiene que verte. Solo
así me quedo del todo tranquila, y tu padre, no digamos. Ya sabes que no
confía demasiado en mis curaciones.
—Lo he oído todo.
—¿Y qué te parece?
—Me parece bien lo del internado, tengo amigos allí.
Justa se siente triste.
—No soporto esta tensión, madre. No sabes cómo duele.
Sí lo sabe, sí. Ella habría querido evitar todo dolor a sus hijos.
—Él se va dentro de diez días.
—Pero luego vuelve. Y aunque se vaya, ya no es lo mismo que antes.
Me encuentro mal también contigo. No sé quién tiene razón y quién no. Es
agotador.
—Ahora estás enfermo. Cuando te pongas bueno, podrás decidir mejor.
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