De vuelta a casa

Jim Harrison · Capítulo 1 de 17 · parte 1/5

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De vuelta a casa

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

A Peter y Molly Phinny

Primera parte

1

John Wesley Northridge II

21 DE OCTUBRE DE 1952

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Es fácil olvidar que, por lo general, nuestra muerte se produce a un ritmo sólo siete veces más lento que la de nuestros perros. La sencillez de esta proporción es algo que percibí a una edad muy temprana de mi vida, pues me crié en una región tan aislada que los amigos más íntimos de mi infancia fueron los perros. Ése es el motivo de que siempre haya sido poco locuaz, aunque de haber tenido las cuerdas vocales colocadas de otro modo es muy posible que hubiese podido gruñir, ladrar o aullar al husmear algún peligro invisible más allá de la luz que creemos nos rodea, pero que muy a menudo nos protege. Mi madre era una sioux oglala (entre sí se llaman lakotas) y mi padre un huérfano del este: un caucasiano blanco como la nieve de marzo, de ésa bajo la cual no crees que nunca nazca la primavera, con ataques intermitentes de locura por una vida dedicada en gran parte a ayudar a los nativos a conciliarse con sus conquistadores. Después de que le desmovilizaran al concluir la guerra civil [¡sic!], y hasta diciembre de 1890, se dedicó en cuerpo y alma a esta tarea, eligiendo la botánica como instrumento de liberalización, y esto en una región como la de las Grandes Llanuras, poco propicia para el cultivo de los árboles frutales y los arbustos productores de bayas característicos del este. El hecho de que fracasara por completo en la misión que se había impuesto en la vida sólo contribuye a incrementar la veneración que siento por él, aunque me resultó mucho más fácil vivir en su compañía una vez hubo muerto que mientras estaba vivo, sobre todo por culpa de los ataques de irracionalidad que le sobrevinieron durante los últimos veinte años de su existencia.

Siempre he dedicado los domingos a la reflexión, un hábito que rne fue impuesto desde la niñez, al abandonar mi padre la iglesia y entregarse a mi educación con un vigor que debería calificar de bastante molesto. Poco a poco se había dejado convencer por las creencias nativas de que cada día debe ser domingo por lo que respecta a la devoción, y el hecho de que sus impulsos religiosos carecieran de un objetivo inmediato me convirtió en su presa más adecuada. ¿Qué jovencito preferiría sinceramente que le leyeran las opiniones de Emerson sobre la «Autoconfianza», sentado junto al fuego en las largas tardes de invierno, o en verano cuando tarda en oscurecer, mientras podría estar correteando por las colinas, al otro lado del río Niobrara, buscando puntas de flecha con los perros? Había una perra airedale terrier, llamada Kate, que sabía cómo encontrarlas siempre que no fuera en busca de algo para cazar o comer, y ladraba con insistencia ante

cualquier piedrecita extraña de punta afilada. De manera que todos los domingos por la tarde me sentaba a la mesa de la cocina para reflexionar acerca de la semana que acababa de concluir, y en mi primera libreta, de tapas color azul grisáceo, anoté con letra infantil: «No qiero estar aqí».

Ayer por la mañana, cuando empecé a escribir esto, me desperté sobresaltado, convencido deque había oído el coche de mi hijo John Wesley subir por el largo camino de dos carriles que conduce hasta la casa, pero luego pensé que hace ya dos años que murió y que debía de ser el camión de la leche, traqueteando por el tramo de la carretera que pasa a casi dos kilómetros al este de aquí.

Aun así, salté de la cama con el corazón palpitando, esperanzado, hasta que su rostro, desde la foto que tenía sobre la cómoda, me habló con mayor rotundidad de la que me había hablado en toda su vida. Panmunjon, Corea.

Sin embargo, su hija, mi nieta, me había preguntado el día anterior por qué mis padres murieron con sólo tres días de diferencia allá en febrero de 1910. Dalva tiene apenas once años, y supongo que sentía curiosidad porque una tormenta de octubre había cercenado las hojas de la arboleda de lilas donde se encuentra el cementerio de la familia, y esto hizo que volviera a interesarse por los que están enterrados allí, así como por su padre aunque su cuerpo no esté allí, dado que sus restos reposan todavía en la ladera de una colina nevada en Corea del Sur. De todos modos, al saltar de la cama con tanta precipitación sentí que mi corazón empezaba a palpitar con celeridad, hasta el punto de que rebotaba literalmente contra las paredes del saco que lo envuelve, y experimenté la más estremecedora sensación de mortalidad que haya sentido en mi vida, salvo en los escarceos de violencia física que durante mi juventud tuve por Arizona, México y Francia, por no mencionar a los dos bravucones borrachos que en 1913 lancé al río East de Nueva York, después de una enconada pelea. Las fricciones con la muerte son tan memorables, que varias décadas después aún puedes recordar los poros de la cara del enemigo que tuviste ante ti.

No obstante, nadie formula una pregunta con mayor seriedad que las criaturas de once años, y se merecen que la contestemos con amabilidad, en la medida que su atención es casi dolorosa, dado que aguardan una respuesta en vez de urdir la siguiente pregunta. Dalva suele hacer esas mismas preguntas, o parecidas, en relación con los caballos que tuvimos en el pasado, pues le encantan las historias familiares: por ejemplo, ¿cómo

alimentábamos Lundquist y yo, en 1934, a un semental belga para lograr que pesara mil doscientos cincuenta kilos: supuestamente el más grande del país, si no del mundo, en aquel entonces? Sin embargo, la pregunta de por qué mis padres fallecieron con sólo tres días de diferencia no puede responderse con un: «Porque la edad y las enfermedades los debilitaron hasta que les falló el corazón». Hay que integrar este acontecimiento en una historia, que por otro lado no puede ser sencilla: con once años, Dalva ya lee a Dickens y a las hermanas Bronté, y una realidad retratada con descuido y utilizando colores pastel no sería suficiente.

Por otra parte, la semana anterior había ocurrido algo bastante extraño, que me produjo una gran inquietud. Lundquist y yo habíamos viajado tres horas en coche hacia el noroeste con mi perra Tess, el único terrier inglés que me queda, para lo que con toda probabilidad será para ambos la última cacería de pájaros, ya que la perra tiene doce años y yo sé desde hace un año que cuando Tess se haya ido la caza se habrá terminado para mí.

Habíamos salido antes del amanecer y llegamos a nuestra primera parada cerca de Parmelee, al otro lado de la frontera con Dakota del Sur, desde donde pretendíamos seguir hasta Gordon para visitar algunas zonas de maleza en las que se oculta la caza, y donde la perra tuvo hace tiempo sus días de gloria. A los perros pajareros les gusta visitar de nuevo los escenarios en donde fueron felices, tal como nos sucede a las personas.

Como era de esperar, Lundquist protestó ante la idea de ir a Parmelee: según él, tres miembros de su familia habían perdido la vida en la masacre de New Ulm, en Minnesota, cien años atrás, y tenía miedo de los lakotas.

Tess levantó a un urogallo de cola puntiaguda y yo le disparé, pero sólo conseguí herirlo, de modo que tuvimos que seguirle la pista en medio de juncias y espinos durante media hora, maldiciendo a Lundquist, que se había despistado como si persiguiera una estrella lejana en pleno día. Tess descubrió de nuevo el ave herida pero, debido a su buena disposición, se negó a rematarla. Cogí al urogallo del cuello y se lo retorcí, percibiendo el chasquido de las frágiles vértebras debajo del pulgar. Por alguna extraña razón, sentí el impulso de besar al animal, pero experimenté un vahído y me quedé medio en cuclillas el tiempo suficiente para preocupar a la perra. Un anciano a punto de arrodillarse en un lodazal, diciéndole adiós a la caza después de medio siglo, sin duda debe de ser una imagen bastante melancólica. Hacer revivir al urogallo fue sin duda un impulso inesperado y

sentimental, no menos absurdo por el hecho de sentirlo de verdad. En este mundo espantoso hay más sentimentalismo por las matanzas que por la maternidad.

Cuando me erguí y me encaminé hacia el coche, el día, que había comenzado soleado y cálido para mediados de octubre, se había vuelto gris y frío, con un viento que empezaba a soplar del noroeste. El corazón, que tan ansioso se había mostrado por emprender aquella última cacería, tenía que hacer grandes esfuerzos para llevarme de regreso hasta el coche, al parecer situado cada vez más lejos, y las piernas con las que había llegado a recorrer cincuenta kilómetros en un solo día se enredaban con las briznas de la corta hierba y daban traspiés con las flores muertas. Me dije que había transcurrido tan sólo una semana desde que hiciera el amor con especial intensidad, pero eso no fue suficiente para impulsarme hasta el coche, transformado ahora en un punto reluciente sobre una loma lejana. En ese mar de hierba siempre hay que aparcar en lo alto de una loma para obtener una mejor orientación, así uno no se pierde en el reseco y ondulante paisaje, de un color que los pintores llaman «siena tostada». Tomé un par de tragos de la botella de whisky ante la mirada desaprobatoria de Lundquist, que había conectado la calefacción del coche y comía un emparedado de manteca de cacahuete, cebolla y mostaza con un entusiasmo que, me atrevería a decir, nadie más podría compartir. Trabaja conmigo desde 1919, y su vida está organizada mediante ritos muy especiales: siempre bebe agua antes del whisky. Nunca discutimos, pero, como suele ocurrir entre amigos, nos lanzamos indirectas respecto a nuestros hábitos y creencias. «¿Y vas a beber el whisky antes?» No importa que haya hecho eso mismo cientos de veces y en su presencia.

Dormité un rato mientras Lundquist conducía de vuelta a casa, después de abandonar el plan de pasar todo el día cazando. Desperté en cuanto paró el coche y se bajó, y me invadió la sensación de que no habíamos avanzado demasiado. El motor seguía en marcha, así como los limpiaparabrisas, y noté las espinillas demasiado calientes a causa de la calefacción. Lundquist estaba hurgando en el maletero, y al abrir los ojos vi que se alejaba con un saco de harpillera unos cincuenta metros, hasta donde dos docenas de hombres, mujeres y niños recolectaban patatas bajo una mezcla de llovizna y aguanieve. Tres muchachitos, insensibles al mal tiempo, mantenían una batalla de patatas. En mi niñez yo había recolectado muchas patatas bajo un

tiempo inclemente, y no solía producirme mucha alegría: era un trabajo y, en ese caso, un trabajo para subsistir. Aunque John Neihardt, el poeta y erudito norteamericano, me contó que hasta el legendario hechicero lakota Alce Negro recolectaba patatas en cuanto llegaba el otoño, y además con un humor que superaba al de cualquiera, si exceptuamos al de aquellos muchachitos.

Captó entonces mi atención un anciano vestido con ropas muy gastadas, el cual tenía un brazo tieso que le impedía recoger patatas a la misma velocidad que los demás. Incluso desde aquella distancia, observé la curiosa curvatura del puente de su nariz y el pómulo hundido, provocado por la coz de una vaca cuando apenas tendríamos diez años. No cabía duda de que se trataba de Smith, un nombre que él había adoptado en broma, ya que se trataba de un apellido muy corriente entre los blancos y le podía proporcionar un ligero anonimato. Era descendiente de la familia de Samuel Caballo Americano y, aunque yo conocía su verdadero nombre, no podía divulgar su secreto hasta después de transcurridos cincuenta años. Le había visto por última vez en 1906; ambos teníamos dieciocho años y él partió para Europa como jinete cómico en una compañía de cowboys y guerreros, uno de los últimos espectáculos del salvaje oeste que efectuaban giras por el extranjero.

Salté limpiamente del coche y di un traspiés en la cuneta, pero mis piernas recuperaron fuerzas a medida que me acercaba a él. Cuando me hallaba a mitad de camino y todavía faltaban unos treinta metros, Smith se volvió y me reconoció, pero desvió la mirada con gesto inexpresivo, provocando en mí cierta inquietud. Aun así, seguí avanzando y le llamé por su nombre:

–Me alegro de verte -le dije utilizando mis conocimientos rudimentarios del lakota, al tiempo que maldecía el hecho de que mi Padre me hubiese alejado todo lo posible de esta lengua.

Al contestar, su voz sonó tan suave y firme como siempre, sin los ligeros temblores que yo había empezado a descubrir en la mía. Deseaba abrazarlo, pero sus palabras fueron en extremo hirientes: se alegraba de ver que yo seguía con vida, y me agradeció la amabilidad que mi familia le había demostrado durante tanto tiempo, amabilidad que no le había permitido prepararse para las brutalidades de la vida que le aguardaban después. Ahora era un wicasan wanca, un hechicero al que no le estaba

permitido hablar con los blancos, y, aunque yo fuera medio lakota, vivía como un blanco, y eso era lo que importaba. En aquellos momentos prefería que yo me marchara, pero dijo que me haría una visita el último año de mi vida, en cuanto hubiese superado todas la diferencias que su existencia había provocado. Hizo una ligera inclinación de cabeza y siguió recolectando patatas. Sentí entonces el impulso infantil, aunque sin duda bastante natural, de preguntarle cuál sería el último año de mi vida, pero comprendí que esto sería un error y me fui, aunque de nuevo con el paso vacilante al pensar que había considerado a aquel hombre el mejor amigo de mi vida.

Esta mañana, al despertarme con la primera luz del día, tan débil que apenas era un trazo borroso, vi que mi mundo estaba cubierto por una gruesa capa de escarcha. Había dormido con intermitencias, medio obsesionado por la pregunta de Dalva sobre la muerte de mis padres. El deseo de dar con una sabia respuesta seguía camuflándose con los recuerdos en la oscuridad, así que tuve que encender la luz para regresar a eso que consideramos el mundo real, una ficción bastante agradable. Me puse la bata de lana, aunque se me olvidaron las zapatillas, y crucé por el estudio, donde los airedales terrier yacían espatarrados sobre una piel de búfalo.

Sólo la perra más joven, Sonta, se levantó para saludarme en cuanto me vio.

Los demás se contentaron con un gruñido colectivo ante la interrupción de sus costumbres en un momento en que no se percibía peligro alguno.

Tropecé al golpear con el dedo gordo de un pie y tuve que sujetarme del quicio de la puerta, al tiempo que procuraba no dañar con mis dedos un cuadro de Maynard Dixon, una pequeña obra de sus últimos tiempos por la que sentía especial cariño.

Sonia se quedó en los peldaños del porche y yo deambulé por la brillante hierba congelada. El frío no tardó en atravesar mis pies y fui dando saltitos, aunque no muy altos. Me acerqué lo bastante a la arboleda de lilas como para ver las tumbas, luego di media vuelta y descubrí que mis pies habían fundido en parte la escarcha, y la coreografía de mis saltos me recordó el juego del infernáculo al que jugábamos antes de que abandonara la escuela para siempre. Era difícil retroceder con precisión sobre mis pasos, pero lo conseguí saltando a derecha e izquierda con mis pies entumecidos, riendo ante mi torpeza, ante mi bamboleante danza de la escarcha.

Metí los pies en un enorme caldero lleno de agua caliente, mientras bebía mi café y observaba cómo la helada desaparecía poco a poco bajo el sol no demasiado intenso de octubre. Paul, el mayor de mis dos hijos, ha viajado varias veces a Sudamérica en invierno: para estudiar geología, aunque me temo que su principal interés era ir al encuentro de unos días más prolongados. De pequeño decía que, de haber podido escoger, hubiese preferido que todos los días pertenecieran al solsticio de verano. Otros inviernos viajaba con su madre a Arizona, mientras que John Wesley solía quedarse conmigo en la granja. Es indudable que se trata más de un rancho que de una granja, pero me gusta llamarla así por la inercia, tan arraigada, del prejuicio popular contra los rancheros. Hubo una vez en que a una insoportable mujer de Kentucky le dije que dirigía un balneario para el engorde de vacas. Eso fue en el Derby de 1947, donde me encontraba con unos cuantos aficionados a las carreras de caballos y tuve la impresión de que aquella mujer hubiese preferido que yo fuera el director de una industria en lugar de un pintor fracasado con cierta habilidad para cultivar la tierra. He considerado siempre que la codicia es el vicio humano más fácil de identificar, y fui su víctima durante demasiado tiempo. Mi padre, para quien Dios era más real que la vaca lechera que teníamos en el establo, también fue culpable en este aspecto, si bien se le puede excusar porque vio a los lakotas sufrir horrores a causa de la falta de tierra. Incluso el gran enemigo de los nativos que fue el general Philip Sheridan reconoció que

«una reserva es tan sólo un pedazo de tierra sin valor, rodeada de sinvergüenzas». Hacia el final de su vida, mi padre pudo regocijarse con la opinión radicalmente desfavorable que Henry Adams tenía del

«movimiento occidental», mientras a mí su libro (La educación de Henry Adams) me parecía demasiado profuso en ironías y escaso en los colores elementales que la vida es capaz de ofrecer a quienes poseen una curiosidad sin límites. Supongo que el pobre Adams nunca llegó a recuperarse del suicidio de su esposa, aunque es bastante discutible que alguien pueda recuperarse de algo. Yo todavía doy un respingo al oír el disparo de un antiguo rifle, y un recuerdo errante de Adelle, muerta hace ya cuarenta y un años, aún consigue que mi cuerpo se ponga rígido por la aflicción. Sin embargo, en otras ocasiones, sobre todo al ir de paseo, puedo oír su voz con una musicalidad semejante a la de las currucas zarcerillas que pueblan los matorrales a lo largo del Niobrara. Los muertos no suelen prestarse a que

los convirtamos en una cómoda evocación cuando los amamos con tanta intensidad.

Naomi ha telefoneado de la escuela rural donde imparte clases para preguntar si Dalva puede venir a cenar. Ella tiene que acompañar a Ruth a un recital de piano, algo que Dalva aborrece porque no hacen más que tocar las mismas piezas una y otra vez. Esta chica no está dotada para las gracias de la repetición, y yo tampoco, aunque existen castigos especiales para esa desazón. Tendré que hacer yo mismo la comida, ya que la mujer de Lundquist, que cuida de la casa, se ha ido a Lincoln, la capital, a una conferencia luterana. Esta mujer está siempre en un estado de gran enojo espiritual, y la lista de sus fobias sería tan extensa como la guía telefónica de Omaha. Se llama Frieda y a su hija le puso ese mismo nombre, aunque Lundquist me contó que él hubiese preferido llamarla Victoria, por motivos que no quiso explicar. Frieda tiene una constitución que recuerda la de las cerdas de Hampshire, y habla con una irritante voz chillona. No obstante, en algunas ocasiones es hasta simpática, y una experta en el cultivo de las flores; y a mí me encantan las flores.

Pienso que es el momento ideal para descongelar el urogallo que cacé la semana pasada, pues Dalva disfruta con eso que ella llama «comida india»

y que en su casa no puede comer, ya que Naomi es creyente, naturalista por afición, y no permite que en su cocina entre nada salvaje. En una ocasión le pregunté en broma si su Dios quiere más a los ciervos que a las vacas, pero ella va de tan buena fe, que no suelo martirizarla al respecto. Hubo una época en que yo criaba las mejores reses del estado, y tampoco habría estado dispuesto a dar mi brazo a torcer. Hará unos pocos años, Dalva bajó de la camioneta de Lundquist y entró en casa corriendo, con el corazón y el hígado de un ciervo dentro de una ensangrentada bolsa de papel.

–¡Son como los nuestros y ahora podremos comerlos para almorzar! –

exclamó casi gritando.

Lundquist solía recogerla los fines de semana camino del trabajo, y como mínimo un par de veces al año se encontraban con un ciervo atropellado en la cuneta, producto del exceso de velocidad de algún borracho que, a altas horas de la noche, pretendía adelantar a sus propios faros por una carretera secundaria y atrepellaba al animal.

En algún recoveco del fondo de mi mente estoy eludiendo la pregunta del día: la muerte de mis padres. Dalva conoce el fin de la historia de su

padre y desea saber el de los míos. No es una conversación muy agradable para la cena, pero a los crios les tienen sin cuidado estas distinciones.

Ya es hora de almorzar y me he saltado el desayuno contemplando la descongelación de la escarcha. Aún llevo puesta mi vieja bata de lana azul marino, con el dobladillo deshilacliado allí donde Sonia solía tirar de ella cuando era un cachorro, arrastrándola desde el dormitorio hasta la cocina a la hora del café de la mañana; una costumbre que ponía histérica a Frieda.

No puedo seguir aquí sentado contemplando cómo se descongela un urogallo, aunque resulta tentador sentirse un viejo chino de La montaña de jade. Tardé mucho en descubrir el placer de estar sentado sin pensar en nada, o en casi nada. Ya en el estudio, de la caja de seguridad que hay detrás de la librería, protegida por una difícil combinación -1, 2, 3-, saco la libreta adecuada. Al salir de la estancia hago una pausa frente a los cuadros de Burchfield y de Charley Russell, ambos adquiridos por una nimiedad cuando mí mundo era joven, y el de ellos también. Con la edad ya no necesito hacer juicios comparativos respecto a sus méritos, perdido ya el apremio por ser justo. Uno es uno y el otro es el otro. Con la edad, uno pierde el sentido de la supuesta inevitabilidad del arte y de la vida. Los momentos más intensos ya no se engarzan mediante un destino imaginario.

El sentido de la proporción entre experiencias buenas y experiencias malas pierde todo su atractivo. Lo malo es malo y dejas que pase. Lo bueno es algo que recibes con alegría mientras pasa con gran celeridad. Los debates mentales se vuelven más lúcidos y se amortiguan con las imágenes particulares que los acompañan, irracionales en cierto sentido, y que escapan a la lógica ordinaria. El dinero se reduce a puro dinero. El miedo se hace reconocible, deja de ser algo vago; es penetrante, y su finalidad es buena también. Si la sabiduría existe como tal, se ve menguada por el cansancio. En las raras ocasiones en.que repaso una antigua libreta, como estoy haciendo ahora, el sudor se me sube a las raíces del pelo, al tiempo que me pregunto: «¿Qué hará ahora ese estúpido?». En mis anotaciones hay una doble melancolía hasta el momento en que partí hacia la primera guerra mundial, a la edad relativamente madura de treinta y un años. Hasta entonces, las libretas aparecen llenas de bocetos; casi en cada página, de hecho. Hay más dibujos que texto. El mundo contemplado, más que analizado. Resultaría casi agradable pensar que la guerra contribuyó a que abandonara lo que yo creía mi vocación artística, pero la verdad es que mi

talento no era lo bastante sólido, ni obsesivo, para superar la desilusión.

Durante mucho tiempo mi alma permaneció congelada, pero al recuperar su calor yo estaba ocupado en otras cosas.

7 de feb., 1910. – Subo desde muy al sur del río Magdalena, en Sonora, y me dirijo hacia Nogales. Al anochecer hace un frío espantoso y utilizo la manta del caballo para ponerla encima del petate, después de haber reunido hierbas para lograr un acolchado debajo. En las proximidades del camino escasea la leña, así que tuve que internarme algo más por un cañón y logré realizar tres bocetos antes de que el sol se ocultara. Me dolerá tener que desprenderme de este caballo, ya que después de toda una vida entre esos animales, éste es el más inteligente que he tenido. Un ruano castrado que, sin dejar de masticar su hierba, mira por encima de mi hombro mientras dibujo. Pienso que podría entrenarlo para que me traiga leña, pero mi seguridad depende de que le mantenga trabado. No se ha dejado acobardar por la manada de coatíes (aquí los llaman «chulos») que echaron a correr por un cañón lateral al llegar nosotros. Son unas extrañas criaturas, una especie de cruce entre nutria y mapache. En torno al mediodía me detengo en una hacienda para llenar de agua mi cantimplora y conozco a un joven ranchero mexicano muy interesante, de más o menos mi edad, que estudió en la Universidad de Kansas durante dos años. Me dice que es un buen momento para abandonar México, pues la insistencia de Porfirio Díaz a presentarse de nuevo a la presidencia traerá problemas, si no la revolución.

Admira mi caballo y se sorprende al decirle yo que desde septiembre, en que salí de Mazatlán, he viajado siempre a lomos de este animal. La mejor explicación que puedo ofrecerle es que voy de un sitio para otro realizando bocetos cuando hace frío, y que durante los meses de verano me dedico a pintar y a comerciar con caballos. Basta con ver en sus ojos la expresión de lejanía para comprender cuánto le gustaría abandonar su gran hacienda y cabalgar más allá del horizonte. Tanto sus padres como su esposa viven en Hermosillo, ya que prefieren la vida en sociedad a la de un rancho. Hace señas a una joven criada para que me sirva algo de comer y luego, algo turbado, me confiesa que en su adolescencia quiso ser poeta. La sirvienta ha depositado a su bebé encima de una almohada a la sombra, pues aquí los días son tan calurosos como frías las noches, y me lo quedo mirando, ansioso por dibujarlo. El pequeño empieza a llorar, así que hago el gesto de ir a consolarlo, pero el hombre me sujeta del brazo y me dice que el niño

está desfigurado, que la muchacha cree que esto es debido a que lo tuvo sin estar casada. La sirvienta regresa y descubro que es de una belleza deslumbradora. Me sirve limonada y un plato de estofado, luego se acerca a coger al bebé y entreveo que éste tiene torcida la cara. El pequeño intuye que he descubierto su secreto y desvía la mirada. La joven me mira con actitud bastante desafiante y yo le tiendo los brazos. Se me acerca, deposita en ellos al crío y yo lo sujeto contra mi pecho. Todos guardamos silencio, hasta que la joven formula una pregunta en español y el hombre me la traduce, diciendo que le gustaría que yo le cante una canción de buena suerte. No se me ocurre nada apropiado, y entonces me acuerdo de un poema de Stevenson, el favorito de mi madre lakota, que ella solía leerme: Cuando la luna y las estrellas se ocultan

y el viento sopla desaforado,

durante la noche lluviosa y oscura

un hombre se aleja cabalgando.

Dejo a un lado mi diario y me visto para recuperar la calma. En 1921, al visitar de nuevo la zona, encontré aquella hacienda, pero se hallaba en ruinas, el estuco lleno de agujeros de bala. Estuve dando vueltas por Hermosillo con la esperanza de encontrarme con ellos, pero no fue así.

Ignoraba sus nombres para poder investigar; sin embargo, tuve la sensación de que aquella tarde en que me pidieron que me quedara tendría que haber accedido. Estamos convencidos de que la vida es algo sólido, y nos asombramos cada vez que el tiempo nos convence de que es algo líquido…

Si el viejo Heráclito aseguraba que es imposible cruzar el mismo río una sola vez, más lo será cruzarlo dos veces.

10 de feb., 1910. – Me alojo en el hotel Moctezuma de Nogales, Arizona, donde hace cinco meses me apeé del tren para internarme en este otro mundo. Hay varias cartas de tono lastimero procedentes de casa, con las que me envían excesivo dinero, y luego un telegrama de Walgren, nuestro vecino, uno de los carpinteros suecos que construyeron nuestra casa y que más adelante se convirtió en abogado de la gran comunidad de emigrantes que pueblan en la zona. Es un viejo bastardo, severo y austero, que nunca deja escapar la oportunidad de soltar un sermón. Mis padres se encuentran bastante enfermos, y compruebo que el telegrama tiene más de un mes, ya que lo enviaron poco después de Año Nuevo. Efectúo el corto trayecto hasta la estación para comprar el pasaje, y miro con pesar al otro

lado de la frontera, hacia la lejana granja situada en la ladera de la colina en donde he dejado mi caballo. He pagado un año de estancia y les he dicho que lo saquen a pasear por el campo, lo cual ha llenado de dicha a un muchachito de unos diez años, que de inmediato se ha puesto a cepillarlo.

¿Qué será de mi caballo si estalla una revolución? Ni Walgren ni mis padres tienen teléfono; apenas los hay en nuestra zona. Envío sendos telegramas a Walgren y al shériff del condado, que no siente ningún aprecio por mí, avisándoles de mi regreso a casa.

De vuelta en el hotel, clasifico mis dibujos y los empaqueto, luego me doy el primer baño caliente en un mes. Noto un nudo en la garganta y por debajo del esternón a causa de lo de mis padres, pero también por la turbadora imagen de una muchacha que esta mañana vi cómo de un ágil salto montaba un caballo al estilo apache. Al ver que la estaba observando me sonrió, luego tiró de las riendas y se alejó a gran velocidad, con el cabello flotando al aire, hacia la cumbre de una colina, donde, como es lógico, no se volvió para dedicarme otra mirada. Con una ya era suficiente.

¡Los padres agonizando y el fantasma del sexo! En cierto modo, mi padre siempre se opuso a mi obsesión por el arte, sobre todo a una edad tan temprana, y en cambio se siente feliz ante el evidente talento que he demostrado como negociante en ganado y en terrenos, con lo cual me gano la vida desde que cumplí catorce años. En su opinión, ambas cosas, arte y dinero, no armonizan. Cuando yo era sólo un muchachito que lo fisgoneaba todo, aprovechaba las salidas de mi padre para examinar los documentos que él ocultaba bajo llave, relacionados con el negocio de los viveros de plantas que inició después de la guerra civil. Escondía la llave debajo de la alfombra, al lado de su sillón, pues siempre ha sido muy amante de estos secretos, convencido quizá de que los negocios no armonizaban demasiado con su devoción. Dado que desde muy temprano exterioricé mi interés por dedicarme a la pintura, mi padre eligió la misión de hacer comentarios marginales acerca de las «imágenes grabadas»: sobre la posible blasfemia de Edison al recrear la voz humana, el engaño de las artes fotográficas, el error de la pretensión de grabar imágenes «en movimiento», y el profundo peligro que constituía de por sí el automóvil al cambiar de manera radical el sentido del tiempo, que antes dependía en gran medida de las distancias. O

al menos eso decía él…

Pico la cebolla y la pongo en la sartén para sofreiría con mantequilla, y luego añado unas hojas de salvia fresca de las macetas de hierbas aromáticas que Frieda cultiva en el alféizar de la ventana. Además, ella también bate una mantequilla de la que no se encuentra otra igual ni en Chicago ni en Nueva York, sino que para encontrarla es preciso viajar a un lugar tan lejano como Normandía. Pico la molleja del ave y la mezclo con la cebolla en la sartén, después corto un trozo de pan a cuadraditos y se los añado. A Dalva le gusta el relleno del ave tostado, no «pegajoso». Sólo se come el nabo de Suecia si está majado con patatas, y de las coles de Bruselas no quiere oír hablar a menos que estén partidas en dos y fritas en vez de hervidas. Hay pocas cosas en la vida a las que no dedique toda su atención. Consigue que Sonta cruce a nado el Niobrara mientras yo no logro siquiera que cruce un riachuelo. Siendo sólo un cachorrito, Lundquist solía llevarla en brazos para protegerla contra los gansos del corral. Ya de adulta, mató un único ganso para vengarse. Pienso en mi amigo Davis, un excelente cocinero de campaña que murió durante el primer viaje que hice a México en 1909. Era de Omaha y tenía mucho más talento que yo como dibujante, pero era extremadamente temerario y capcioso. Nos hallábamos cerca de El Salto, al oeste de Durango, acampados en un desfiladero entre montañas escarpadas: dos típicos llaneros, pero yo andaba con cuidado y él no. Estábamos a finales de la primavera y había demasiadas serpientes de cascabel para que la exploración resultara cómoda, salvo con el frío de la mañana. Yo dibujaba al calor del mediodía mientras Davis no paraba de beber tequila para combatir un dolor de muelas. Entonces dijo que iba a subir a lo alto de la montaña para tomar el aire. Esto me irritó, así que le contesté:

–Hazlo, estúpido, y te romperás la cabeza.

Y esto es lo que pasó, aunque no sólo esto. Me llamó desde lo alto de un precipicio situado unos ochocientos metros más arriba, o como mínimo me lo pareció, y al levantar los ojos para mirarle vi cómo daba un traspiés, luego que caía hacia delante, gritaba y se deslizaba cabeza abajo por una barranca. Es curioso, pero junto a su cuerpo, despellejado por completo en medio de los harapos ensangrentados de su ropa, había una enorme serpiente. Tenía la cara tan destrozada que no pudo pronunciar unas últimas palabras, aunque los ojos todavía se movieron unos instantes en cuanto llegué a su lado.

25 de feb., 1910. – Hace ya una semana que regresé a casa, y los últimos treinta kilómetros tuve que hacerlos en medio de una espantosa ventisca de nieve, con un caballo prestado. Pero a última hora de la tarde, cuando a una distancia de cinco kilómetros divisé la zona de árboles que habíamos plantado, de pronto el viento empezó a soplar del sur como si estuviera preguntándome a qué venía tanta preocupación, y la temperatura subió de cinco grados bajo cero a cinco sobre cero.

Los dos han fallecido y he tenido que enterrarlos yo mismo, lo cual ha contribuido a que enfermara de agotamiento, y por el espanto de tener que luchar por mantenerlos con vida cuando lo que deseaban era justo lo contrario. Es indudable que habían esperado a que yo llegase, y eso hizo que me avergonzara y les pidiera perdón, pero mi padre me ordenó que callara, y luego utilizó una broma bíblica: «Hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos, pero ahora tendrás que hacerlo tú». Me sorprendió que ninguno de los dos hubiese comido en varios días, a pesar de que la despensa estaba llena. Bebían grandes cantidades de té lakota, que les provocaba una cierta soñolencia pero no ayudaba a calmar el dolor de mi padre. A mi madre siempre la he llamado Margaret, a pesar de que ella utilizaba su nombre lakota: «Pájaro Diminuto». Comprendí que, a pesar de tener veinte años menos que los setenta y cinco de mi padre, no deseaba permanecer mucho más tiempo en la tierra después de que él se marchara, así que decidí vigilarla de cerca. Aparte de Walgren, el único amigo de mi padre en la región era el joven médico, un estudioso aficionado a los temas indios, que les había dejado unas medicinas para el dolor que mi padre había rechazado, pues deseaba estar «plenamente consciente» en el instante de entrar en «el reino». Ignoro si eso era cuestión de valor o de temeridad, pero coincidía con las medidas extremas que habían regido la vida de aquel hombre. Le serví un vaso de whisky, y eso le fue de gran ayuda a pesar de que hizo que se sintiera peor. Aquella misma tarde, ante mis propios ojos, iba a convertirse en un fantasma. Me dijo que, si bien sabía que yo era capaz de cuidar de mí mismo, tendría las espaldas bien protegidas, y que el gran pecado de su vida había sido la codicia. Le aseguré que sin duda nadie más lo habría advertido, porque a pesar de que la casa y la propiedad eran hermosas y sólidas, habíamos vivido con sencillez. Él no quiso escucharme y se echó a llorar. Rezamos ante la chimenea, con Margaret entre los dos.

Era indudable que no quedaba tiempo para mandar llamar a sus viejos

amigos de la reserva, a las decenas de personas que durante años se habían detenido allí en sus correrías secretas. Se quedó dormido mientras rezaba y tuve que sujetarle para que no se desplomara sobre el fuego; luego me lo llevé a la cama. Margaret me entregó después una piedra dentro de una pequeña bolsa de cuero. Nos quedamos levantados hasta muy tarde, para que yo le contara cosas de México y le enseñara mis cuadernos de dibujos.

Todo transcurrió sin novedad hasta que, al amanecer, me zarandeó al tiempo que gritaba señalando al otro lado de la ventana, donde mi padre danzaba por el corral vestido tan sólo con los calzoncillos largos. Me apresuré a salir también en ropa interior, y me lo encontré aullando, ensangrentado e incontinente, bailando en círculos sobre la nieve. Apenas podía dominarlo, y, primero mediante gestos y luego a gritos a través de la ensangrentada barba, comprendí que deseaba que bailara con él siguiendo el círculo, cosa que hice antes de cargarlo para llevármelo al interior de la casa, sorprendido de lo poco que pesaba y, a pesar de eso, de la fuerza brutal que poseía. Le obligué a ingerir la medicina tapándole la nariz para que tragara. Había cabalgado tan sólo unos pocos kilómetros en dirección a la casa de Walgren, cuando me encontré con que éste y el médico venían en mi dirección. Al llegar al rancho, mi padre estaba tendido de espaldas sobre la nieve, ya muerto, con la cabeza apoyada en el regazo de Pájaro Diminuto.

Lo único que pudo hacer el médico fue preguntarme qué era lo que ella cantaba. Le dije que lo ignoraba: yo sólo era un hombre blanco, con independencia de qué demonios significara eso.

Dejo a un lado mi diario, pues unas lágrimas reprimidas son un pobre aperitivo para la cena. La imagen que yo tenía de mi padre se había convertido en algo tan extraño que, en cuanto pensaba en él, también veía con mi ojo mental una cabra montes en un saliente de las Pinacates. Su sangre era tan fría como caliente era la de Davis, cada vez más caliente bajo el calor de la tarde, al arrastrarlo hacia el caballo y luego llevármelo a El Salto.

Me sirvo mi ración diaria de whisky Canadian y me lo quedo mirando, dubitativo, durante un buen rato. Después lo tiro por el lavabo y abro una botella de excelente vino tinto. Un Ducru-Beaucaillou comprado en Chicago, porque me gusta el sonido de su nombre y porque resulta más que aceptable. Mi padre hacía un espantoso vino de ruibarbo que logró mantenerme apartado de la bebida durante años.

Walgren se había empeñado en ayudarme a cavar la tumba, pero padecía de artritis, y la temperatura había descendido por debajo del punto de congelación. El suelo ya estaba helado antes de que empezara a nevar, lo cual me obligó a utilizar una piqueta para los primeros treinta o cuarenta centímetros. A Walgren le castañeteaban los dientes mientras admiraba la calidad de la capa superior del suelo, y tuve que rogarle que entrara en la casa. El médico había venido para el entierro, y los cuatro permanecimos de pie en medio del borrascoso atardecer. Me miraron para que pronunciara unas palabras, pero me sentía incapaz y me limité a inclinar la cabeza.

Walgren volvió a entrar en la casa, pero Margaret se quedó allí afuera, cantando en su lengua nativa, mientras el médico y yo llenábamos la tumba.

Dos noches después, Margaret me arropó en la cama como si yo todavía fuera un niño y, en cuanto me quedé dormido, salió furtivamente de la casa.

Nada más despuntar el día seguí su rastro durante unos cinco kilómetros, hasta llegar a un manantial junto a un riachuelo que iba a dar al Niobrara.

Estaba sentada erguida, apoyada la espalda en un árbol entre matorrales, apenas vestida y medio muerta. Con aquello demostraba cierto sentido del humor, pues cuando yo era un muchacho la importunaba sin cesar para que me llevara allí, a nuestro lugar de acampada favorito, y al final me había guiado a donde yo quería ir. En aquel lugar habíamos tenido una tienda india hasta mis dieciocho años, en que unos cazadores furtivos la profanaron. Dado que mi padre siempre estaba dispuesto a perdonar a todo el mundo, excepto al Gobierno de los Estados Unidos, yo mismo fui en su busca a una taberna rural y pagaron caro su delito.

Pongo el urogallo en el horno, impaciente ya ante la llegada de mi nieta.

A través de la ventana de la cocina, y en la fría brisa de otoño, siento por un instante que en el espacio que separa el sitio donde estoy sentado y el cementerio familiar podría ver cómo el tiempo se desplaza en el aire. Soy consciente de que es una estupidez, pero me llama la atención el hecho de que el tiempo no vaya nunca hacia atrás, salvo en la frágil estructuración de la memoria. Todo el mundo pretende «seguir hacia delante», con independencia de lo que esto signifique, y a pesar de la aversión que sienten por aquello que ya han hecho. En la época en que enterré a mis padres hubiese dado cualquier cosa (un gesto sin sentido, puesto que carecemos de algo apropiado con que aplacar a esos dioses) por ser pintor, o incluso escritor, aunque no sería ni lo uno ni lo otro, atrapado quizás en ese otro

mundo intermedio que es el espacio propio que crean los espíritus desesperadamente inquietos. Durante un breve espacio de tiempo quise culpar de ello a la mezcla de genes blancos y nativos que hay en mí, pero esta configuración no influye en absoluto en el don artístico, como no sea para caer a través de la fina capa de hielo que lo convierte todo en un cómico baño de autocompasión, sin duda la más destructora de las emociones humanas.

El médico me ayudó a empezar a cavar la fosa de mi madre, pero era un pobre inútil con la pala y no paraba de hacer preguntas inapropiadas para lo que estábamos haciendo. ¿Le dejaría leer los diarios que mi padre le había dicho que guardaba? ¿No sería mejor entregar a un museo su colección de objetos? Ese tipo de cosas. Siempre me ha sorprendido la capacidad de la gente para importunar en las ocasiones más sagradas. Enojado, le envié para casa. Sin embargo, antes de que pudiera echar la última palada, Walgren vino a verme para saber cuándo podríamos discutir el testamento de mi padre. También le eché de allí. Así que enterré yo solo a mi madre, lejos de sus antepasados, aunque del todo consciente de que su espíritu los visitaría, si es que no lo había hecho ya.

Justo antes de que anocheciera, nada más entrar en la casa después de haber permanecido arrodillado sobre la tierra recién removida, y sin que de nuevo supiera qué decir ante la tumba, de repente me sentí enfermo a causa de lo que más tarde determinaron como una variedad de malaria que había cogido allá en México. Estuve medio delirando por espacio de varios días, y tanto la mente como los sueños daban unos giros tan extraños, que en dos ocasiones intenté hacer un boceto de mis delirios. La hermana pequeña de Smith, de quien había estado muy enamorado a los catorce años, venía a verme por si necesitaba algo. Se llamaba Willow, y sus padres eran unas personas muy tradicionales, amigos íntimos de los míos desde hacía muchos años. En cuanto averiguaron nuestro amor, la enviaron a Manderson, a unos trescientos kilómetros de casa, con una tía suya, o al menos eso es lo que me dijeron. Pero al ir en su busca no hallé rastro alguno. Esto sucedió a finales de la primavera de 1900 y no volví a dirigir la palabra a mis padres hasta el invierno. Mientras, me dedicaba a construir mi propia vivienda junto al establo y me ganaba la vida negociando con caballos. Fue el primer golpe mortal que recibí en la vida. Los padres de Willow no me querían cerca de su hija porque era medio blanco; más

adelante, otros padres tomarían la determinación de rechazarme porque era medio «salvaje», y pronunciarían este calificativo con evidente terror.

27 de feb., 1910. – Visiones extrañas, completamente pavorosas, como si yo, u otro cualquiera, pudiese pintar el panorama de esta fiebre. En el interior de una trilladora. Primero en la reserva, tendría yo tres o cuatro años, después de descuartizar el lote de reses del Gobierno halábamos de sus entrañas en una especie de juego del tiro de cuerda. Los hombres comían tajadas de corazón crudo. Las mujeres nos quitaban los intestinos después de que los perros nos llevaran a rastras en un intento por arrebatárnoslos. Al despertar, el agua que bebo me parece caliente aunque sé que está fría, pues la casa, sin un fuego que arda, está helada. Luego, con diez años de edad, me hallaba a media ascensión del Harney Peak y mi padre estaba empeñado en enseñarme un oso al que sólo divisábamos a lo lejos y a través de sus prismáticos, al borde de un prado junto al bosque.

Willow me despertaba al lado del manantial. Ambos estábamos desnudos después de nadar. La arena quemaba al mediodía, y diez millones de cigarras zumbaban en el aire… Ella me decía que había escuchado cómo sus padres pensaban llevársela a Manderson. Me lanzo escaleras abajo para atraparla, y despierto en el húmedo y frío suelo…

Dalva entra en el patio montando un caballo castrado color pardo, y los perros la saludan con gran escándalo. Me he quedado medio dormido al pie de las viejas escaleras y, por un momento, es como si Willow estuviera en este mismo patio cincuenta años atrás. Ante la insistencia de Dalva, Lundquist le ha montado una barra delante del porche para atar los caballos.

Entra presurosa en la casa y nos abrazamos, pero, al preguntarle qué ha pasado con el autobús escolar, en vez de responder me anuncia que pasará aquí la noche. Lo que Dalva decide, eso hace, lo cual nos ahorra un montón de mentiras. En cuanto le anuncio que no estoy en condiciones para montar a caballo bajo el frío viento de octubre, se apresura a guardar su caballo y regresa con la cartera.

Anoche, a mitad de una cena en la que Dalva comió mucho más que yo, me llevé mi merecido.

–Siempre que cuentas historias sobre tu vida -me dijo-, ¿por qué aparentas que eras una persona encantadora? Naomi dice que nunca lo fuiste. Todos en el pueblo aseguran que fuiste el hombre más temible de la región. Y en la iglesia los viejos afirman que eras peor que tu padre.

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