De vuelta a casa

Jim Harrison · Capítulo 2 de 17 · parte 1/3

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De vuelta a casa

Capítulo 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

delante de mí, imaginé a Adelle hasta que adquirió forma específica. Pero de nuevo su sonrisa no era completa y, sin poderme contener, empecé a llorar, aunque no con el llanto colérico que me había asaltado por la muerte de John Wesley, sino porque Adelle estaba entre los dos cedros y yo no podía estrecharla entre mis brazos.

Lo que más valoro es lo que no puedo saber. ¿Cuál fue el entramado de sus últimas horas? ¿Me consideraba un cobarde por el hecho de haber transigido con su madre? Las cartas que me envió durante las dos semanas que siguieron a su marcha de la granja no lo daban a entender, pero para Adelle la diferencia entre el todo y la nada era muy estrecha. Lo que se pudo obtener con las declaraciones de los testigos fue lo siguiente: un caluroso jueves por la tarde había lanzado los libros de texto por el embarcadero donde atracaba el buque a vapor, luego había dado esquinazo al hombre contratado para seguirla, aprovechando la aglomeración de gente que salía del trabajo en el centro de la ciudad. Al llegar a la zona norte, había conseguido que dos granjeros la llevaran en su carro: dos hermanos que se dirigían al norte, de regreso a casa después de una jornada completa en el mercado. Había hablado con ellos en un tono lento pero afable, y aquella lentitud era debida a la naturaleza del medicamento que llevaba consigo, el láudano, que utilizaban con regularidad para sedarla. Los granjeros aseguraron que había bajado cerca de De Soto, aunque pasado Fort Calhoun, y que se había limitado a quedarse en la penumbra a un lado del camino. Era evidente que había bajado por el sendero de tierra hasta el Misuri, dado que allí, sobre la hierba de la orilla, habían encontrado sus ropas. A la tarde siguiente, un pescador descubrió su cuerpo río abajo.

Walgren me trajo el telegrama, y juntos cogimos el tren para Omaha, con lo cual llegamos a casa de Morgan a última hora de la tarde. Abracé a Martha, su madre, y a Neena, que temblaba sin poderse controlar. Ellas me acompañaron al salón, donde Morgan permanecía de pie junto al féretro abierto con dos amigos de la empresa. Me acerqué al ataúd y besé los labios sin vida de Adelle. Luego di media vuelta para marcharme y Morgan me siguió. Dominado por la furia, no pude evitar zarandearle como a un muñeco de trapo. Martha y Neena me contuvieron y me despedí de ellas con un beso. No asistí al funeral.

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John Wesley Northridge II

NOVIEMBRE DE 1956

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Smith llegó ayer por la mañana. Como es natural, esto me asustó, aunque sólo por un momento. ¿Cómo puede saber, o al menos fingirlo, que su visita señala el último año de mi vida? Oscilo entre la irritabilidad y el temor reverencial por lo que se refiere a ese hombre, el amigo más antiguo que tengo en una época en que la mayoría de mis amigos, por pocos que fueran, ya han desaparecido.

Estaba sentado en el estudio poco después del alba, tomando mi café y mirando por la ventana el débil amanecer, cuando Lundquist entró para anunciar que había un piel roja en el portón del camino de la entrada.

Lundquist enrojeció de manera perceptible después de pronunciar aquel término, pues sabe lo mucho que me irrita esta jerga. Añadió que aquel hombre tenía hipnotizados a los perros, que todos estaban sentados frente a él, y que no habían reaccionado al pasar él y su vieja perra Shirley con el coche por su lado. Antes me estaba preguntando por qué los perros no habían regresado después del paseo matutino para mear. Los cuatro airedales oscilan entre la mediana edad y la vejez, y sólo Sonta aparenta cierto vigor. En muchos aspectos es un incordio, pero yo también lo soy, aunque en los últimos tiempos he hecho acopio de valor para intentar no serlo, debido a los numerosos problemas que intentaré explicar.

Pero vayamos primero a Smith. Él es la razón de que anoche empezara otra vez a escribir esto. Si uno sospecha que va a morir dentro de un año, sin duda pensará que hay algunas cosas más que vale la pena explicar.

Lundquist sugirió que, si el indio se acercaba, cogiéramos una de ^s escopetas, pero yo le dije que no, que debía d,e ser Smith. Y entonces se acordó de que era el lakota del que le había hablado bajo la lluvia, en el campo de patatas, de eso hacía cuatro años, después de llevar a Tess a su última cacería. Lundquist pidió disculpas por haberle llamado «piel roja», y añadió que eso se debía a la televisión, una pasión de Frieda que casi había superado la que sentía por la religión. Lundquist prefería ir al cine una vez a la semana, después de que cambiaran la programación en el pueblo, porque según él en la televisión las cosas se veían más pequeñas que en la vida real. En cambio yo prefería la radio, pues me permitía seguir pintando mis propias imágenes del mundo, aunque por supuesto a través de mi ojo mental.

Monté en mi camioneta Studebaker de 1948 y recorrí el largo trayecto del camino de entrada pensando que se había vuelto un montón de chatarra,

pero que la prefería así. Smith estaba en la parte interna del portón, dando un discurso a los airedales como si fuera un profesor. A diferencia del gélido recibimiento que obtuve en el campo de patatas, en cuanto bajé de la camioneta me dedicó una amplia sonrisa.

–Ésa es la camioneta de un piel roja. ¿Acaso escondes tu dinero para que no se entere el Gobierno? – preguntó.

–No, lo que ocurre es que me importa una mierda. Funciona tan bien como yo.

Nos estrechamos la mano, luego él me abrazó y no pude evitar sentirme azorado. Después extendió la mano y dijo que había sido al lado de aquel árbol muerto que habíamos tirado de Sally y nos habíamos ganado un dólar.

Sally era una enorme yegua de tiro que debía de pesar más de mil kilos, por la que habíamos apostado en una competición contra un castrado de raza Clydesdale propiedad de un vecino. Sally no estaba dispuesta a ceder y en su lucha arrastró al castrado a mitad de camino hacia la cuneta. El otro chico intentó cortar la cuerda para salvar a su caballo, y Smith tuvo que montar encima de la yegua y tirarle de las orejas. Al final logramos separarlos, pero Sally intentó cocear de nuevo al castrado. Al sujetarla Smith del cabestro, la yegua intentó desembarazarse de él sacudiendo su enorme cuello y dando vueltas en círculo. Incluso cuando logramos recuperar el control y nos la llevábamos, ella no hacía más que girar la cabeza para dirigir su malévola mirada hacia el castrado.

En la luz de noviembre hay cierta debilidad que hace que el perfil de las cosas desaparezca. Incluso una pisada o una voz suenan más débiles. Smith se volvió para liberar a los perros, y éstos se acercaron a saludarme.

–Es muy probable que el año que viene, por esta misma época, estemos ya muertos -comentó con lo que podríamos calificar de risa entre dientes.

–A mí ya me va bien. Hace tiempo que estoy agotado.

Por cortesía no podía preguntarle cuáles eran sus intenciones, así que dejamos que los recuerdos fueran desgranándose a medida que contemplábamos el campo.

–Willow te envía saludos. Está cerca de Lodge Pole, en Fort Belknap, allá por Montana.

Esta noticia produjo una absurda oleada de calor en mi viejo cuero cabelludo.

–¿Necesita ayuda? – pregunté, insatisfecho con mi respuesta.

–Diablos, no. Posee un pequeño terreno y una docena de vacas. Compró la tierra con lo que tu padre le dejó. Yo gasté lo mío en una fiesta que duró una semana, y después de cincuenta años la cabeza todavía me duele. – De nuevo se rió, pero interrumpió la risa con brusquedad-. Aunque yo sí necesito una cosa que tienes desde los viejos tiempos.

A continuación nos dirigimos con la camioneta hacia la casa. Yo ya sabía lo que quería Smith, pues la verdad era que lo había recuperado del sótano el día después de que le viera en el campo de patatas. Era la garra de un enorme oso gris, sin ningún adorno, que había pertenecido a Oso Coceador, al que un juez había condenado por unos supuestos delitos a servir durante dos años en el espectáculo El Salvaje Oeste de Buffalo Bill.

Mi padre se la había regalado a Smith en la primavera de 1906, cuando éste se preparaba para unirse a un espectáculo del salvaje oeste que se dirigía a Europa. Smith no quiso llevársela porque podía emborracharse y perderla o venderla; además, según me confió, las cosas antiguas le daban un poco de miedo. La guardaba en la caja fuerte, dentro de una pequeña bolsa de piel de antílope, al lado de la foto y los dibujos de Adelle.

Sentados en el estudio, observamos la garra sobre el desnudo escritorio de roble, y Smith volvió a ponerla dentro de la bolsa al tiempo que movía la cabeza de un lado al otro.

–Vi una igual en agosto, mientras visitaba a unos compañeros en Wind River, y me acordé de la que tenía aquí. He oído decir que esta era su ruta de salida en el pasado.

Le conté que en California, mucho antes de que llegáramos a aquel estado, cuando todavía formaba parte de México, los vaqueros españoles solían organizar peleas entre osos grises y toros de cuernos largos. Entonces planeó la muda pregunta de quién solía ganar, y también la muda respuesta de que ninguno de los dos. Mi padre se había tropezado con Custer y Ludlow durante la primera expedición gubernamental a las Black Hills, y Ludlow y un grupo de hombres, entre los cuales estaba Golpe de Cuchillo, un guía cheyene, habían perseguido a un oso gris a lo largo de dieciséis kilómetros, lo habían cogido, lo habían atado y lo habían soltado después de que el científico que acompañaba a la expedición, George Bird Grinnell, inspeccionara a la bestia. En aquella época, los cowboys no eran como los de hoy en día, que pasan las noches en el pueblo.

–Maté a demasiada gente en la Gran Guerra -comentó Smith, acercándose a la ventana-. Nos quitaron los caballos porque no servían contra los boches. Me convertí en un carnicero; en eso me convertí… Una de las cosas más hermosas que vi fue la caballería polaca, pero los aniquilaron a casi todos. Intenté alistarme en la segunda guerra mundial, y no me lo permitieron. En los años treinta estuve domando caballos en Fort Robinson… -Hizo una pausa en la que pudimos escuchar el susurro de las últimas hojas al ser arrastradas por el patio-. Tú no lo has hecho nada mal, teniendo en cuenta cómo empezamos. Aunque me han contado que, por tu manera de comportarte, has tenido suerte de que no te pegaran un tiro.

Yo había tenido algunos años bastante buenos, unos seis o siete, entre la muerte de Adelle y el día en que, sin haberlo planeado y después de un hartazgo de whisky, me alisté para ir a la primera guerra mundial. Como de pasada, traje a colación el hecho de que nuestro viejo cobertizo y los perros me hubieran salvado la vida, más o menos un mes después de que nos encontráramos en el campo de patatas. Le resumí la historia de mi larga caminata, y del recuerdo de Adelle, concluyendo con la tormenta y mi corazón palpitando frenético mientras me acurrucaba en el suelo junto a los cuatro perros para calentarme. Debido a las razones que pudiera tener como wicasan wanka, es decir, como hechicero, mi historia pareció animarle.

–Hay cosas peores a que te mate un fantasma -comentó, y añadió que sin duda los perros adivinaron lo que sucedía, por eso se habían quedado allí conmigo.

De inmediato me sorprendí ante aquellas dos versiones de lo sucedido: la mía y la de Smith. Tal vez la verdad, por inútil que fuera, se hallara entre las dos. Si admitía la de Smith, era muy posible que yo estuviese loco, aunque no podía considerar que esto fuera un problema apremiante.

Entonces, ante su insistencia, volvimos a abrigarnos y anduvimos los casi dos kilómetros que nos separaban del cobertizo. A mitad de camino nos paramos en el campo más grande y Smith estudió el cielo, de un gris opaco y casi sólido, aunque mucho más claro que el gris pizarroso. Me preguntó si había advertido que el cielo era un inmenso «pastizal de luz», y le contesté que no, pero que sin duda era una sorprendente manera de verlo.

–Bueno, pues eso es lo que es -replicó.

Al llegar al cobertizo señaló a Sonia y dijo que sin duda ella era la que más había ayudado, y tenía razón: después de medio cubrirla con mi abrigo,

se había tendido contra mi pecho. Luego Smith empezó a cavar en el suelo con una navaja automática muy grande, de las que los franceses llaman mouche, por la mosca plateada que hay en el mango. Pero se detuvo pensativo, a continuación se arrastró hasta la esquina más apartada del cobertizo y clavó la navaja en el suelo, hasta donde le fue posible, sonriendo al sentir que chocaba contra algo metálico. Fue clavándola en la tierra hasta que ésta se ablandó, extrajo la cajita de hojalata, la abrió y dejó al descubierto la foto de la bailarina con los pechos desnudos. Intenté hacer una broma, pero me hizo callar, tratando la foto como si fuera un objeto sagrado. Después me la devolvió, y fue como si poseyera el mismo erotismo denso, rozando casi la melancolía, que tuvo para mí cuando era un muchacho. Aquélla era una cuestión acerca de la cual había dejado de fantasear, le dije a Smith, y él inclinó la cabeza agradecido, cogió de nuevo la foto, la puso dentro de la caja de hojalata y volvió a enterrarla, cubriendo con ramitas y hojas la tierra recién removida. Me asombraba lo claro que podía ser Smith sin aclarar nada, o emitiendo aquellas opiniones en tono apenas audible, como era nuestra costumbre.

De regreso a la casa, Smith se detuvo para examinar el cielo en el mismo sitio de antes, y comentó que en el pasado ya solía gustarle aquel lugar. Pensé que a otra persona le habría sido difícil localizarlo, dado que estaba algo desviado del centro del pastizal y no se diferenciaba en nada de lo que había a su alrededor. De pronto empezó a hablar en términos afectuosos de la religiosidad de mi padre, que no excluía el mundo de los lakotas ni el de cualquier otra tribu. Una Parte de la explicación de Smith era que mi padre había creado un hermoso lugar sobre la tierra utilizando recursos naturales, y añadió que mis primeras aspiraciones para convertirme en pintor utilizaban este mismo concepto. Fue lo bastante considerado para no preguntarme por qué había renunciado a mi vocación después de la guerra, Pero le dije que la guerra sin duda me había hecho tener los pies sobre la tierra. El dolor y el horror de la guerra nos habían curtido, y en torno a la época en que le encontré en el campo de patatas yo había empezado a entender de nuevo la vida sin encolerizarme por lo menos una vez al día.

A lo lejos, entre los árboles, vi a un hombre apoyado contra un viejo coche, cerca del portón de la entrada.

–Es mi nieto -explicó Smith-, el joven más cabreado que Dios ha puesto sobre la tierra.

Desgraciadamente, eso me hizo pensar en Duane, que había desaparecido hacía unos dos meses. Smith empezó a hacer bromas de la época en que ambos teníamos unos diez años y, cansados de jugar siempre a vaqueros, queríamos convertirnos en indios. Mi padre nos ayudó sacando trajes del estudio, entonces cerrado con llave, encendió una hoguera en el corral y nos disfrazó de guerreros. Mi madre nos pintó la cara, y por la noche bailamos alrededor del fuego hasta quedar exhaustos, mientras nuestros padres nos enseñaban los pasos. De pronto, mi madre se echó a llorar y corrió hacia la casa, y esto supuso el fin de nuestro juego para siempre.

Estábamos cerca del coche de Smith cuando Dalva se acercó al galope por la carretera encima de su caballo castrado, y Sonia salió veloz a recibirla. Dalva estaba embarazada y se suponía que no debía montar a caballo, pero ponerle objeciones le corresponde a su madre, no a mí. El hecho de no tener que sermonear a nadie, incluido a uno mismo, supone un gran alivio. Dalva bajó del caballo para saludar a Smith.

–He oído hablar mucho de usted -le dijo sonriente, luego miró sobresaltada al joven apoyado en el coche, creyendo que podía ser Duane, y de inmediato volvió a montar, incapaz de añadir nada más. Se despidió mediante un gesto de la mano y una sonrisa, y se marchó.

–Esta jovencita está pasando un mal momento -dijo Smith, con expresión sombría en su rostro, y se volvió hacia mí en busca de una explicación.

Le di una versión resumida y bastante general de cierto joven que había marchado del pueblo en septiembre. Me contestó con dolor que conocía al joven de Parmelee, y también a su madre, Rachel. Había oído decir que su padre era uno de los tres cazadores que ella había conocido cerca de Buffalo Gap, poco antes de la guerra. Me miró fijamente a los ojos y se echó a reír al ver mi aspecto afligido, para luego concluir que no somos más que animales, igual que los demás. Las personas, la tierra, montañas, ríos, praderas, animales, no estaban allí para nuestro beneficio, sino para el suyo propio. Asentí con espontánea coincidencia de parecer y de pronto deseé, por vez primera, no haber renunciado a mi arte. Lo único que tenía importancia era lo que yo hiciera con las manos y con el corazón. Nada

más. ¿Por qué había confundido el motivo de mi desolación, si todo lo demás en el mundo escapaba a mi control?

Smith aún me miraba con fijeza cuando por fin logré salir de mi ensimismamiento, y los dos nos dirigimos hacia el coche. Su nieto tenía músculos de acero en el rostro, pero se mostró muy educado. Temblaba bajo la delgada cazadora tejana, así que me saqué el grueso chaquetón de piel de borrego.

–Cambiémoslos -le dije.

Miró a su abuelo en busca de aprobación e hicimos el cambio.

Comprobamos los bolsillos para sacar nuestras pertenencias, y me devolvió el pañuelo rojo para el cuello y una manzana Mclntosh dañada. Yo le devolví un billete de dólar estrujado hasta ablandarse, una navaja automática y un paquete de una popular marca de preservativos.

–Esto no lo voy a necesitar -le dije en broma.

–Yo diría que sí. He olido el perfume de su novia en el cuello del chaquetón -replicó el jovencito.

Smith olisqueó y asintió, y yo hice lo mismo. El olor a lilas de Lena estaba allí presente.

–Puede que nos veamos en el otro lado -dijo Smith, y los dos se marcharon.

Había un leve olor a queroseno en la cazadora vaquera y tuve que permitir que los perros la olisquearan.

A diferencia de lo que podía esperarse, encontré del todo liberador pensar que sólo me quedaba un año de vida. De inmediato me puse a dibujar un gorrión que había encima del acerolo al otro lado de la ventana, y para celebrar el tosco intento me hice una tostada, sobre la cual extendí la excelente jalea de acerola que Frieda hacía cada agosto. Dibujé once versiones del gorrión, la mejor tenía una mancha de jalea cerca de la rama.

Me sentí menos solo de lo que me había sentido en muchos años. Empecé de manera tentativa a perdonarme Por haber sido un estúpido tan colérico y cerril durante un gran periodo de mi vida, en parte porque el perdón parecía agotar las alternativas. Dejé a un lado los dibujos con inmutable satisfacción, sin Aportarme si era de manera provisional o no. El gorrión pasó volando ante la ventana, y la duración de su vuelo fue como si representara la duración de mi vida, aparte de representar el simple vuelo de un gorrión ante la ventana. Saqué de la caja fuerte la foto de Adelle y la

deposité encima del escritorio para contemplarla desde todos los ángulos.

Me quedé dormido con la mejilla -aunque debería decir la papada- apoyada sobre la foto.

Estaba en mitad de un sueño que trataba de un perro que se había extraviado, y en ese momento Dalva depositó una taza de té encima del escritorio. Cuando encontramos aquel perro, con el improbable nombre de Ed (idea de Lundquist), llevaba una semana caído dentro del pozo de la granja abandonada que había detrás de nuestra propiedad. Teniendo en cuenta el estado de debilidad en que se encontraba, se le veía satisfecho de poder viajar a casa doblado sobre el acolchado, detrás de la perilla de la silla de montar.

Dalva me tocó en el hombro para que me incorporara, pero no quería hacerlo, por temor a que viera la fotografía de Adelle, así que le dije que me trajera un vaso de agua. Dalva le había comentado a Naomi sus deseos de suicidarse, así que no necesitaba el estímulo de Adelle. Deslicé la foto dentro de un cajón del escritorio, y ella regresó con el agua, recordándome que Naomi vendría con Ruth y una amiga de ésta, de la escuela, que se llamaba Carol Johnson. Naomi quería que viera mis cuadros, pues ella me había enseñado los dibujos de aquella jovencita, que consideré de cierto mérito, junto con una redacción («Por qué deseo ser pintora») realmente extraordinaria para alguien tan joven. Me había recordado el nivel del discurso de graduación de segunda enseñanza que había hecho la novelista Willa Cather, y que un amigo de la Universidad de Nebraska me había recomendado.

Al cabo de poco llegaron las tres, y en la chica reconocí a la granujilla de cara delgada que lavaba platos en el café de Lena, donde trabajaba su madre. Supuse que ella y Ruth se habían sentido atraídas debido a la obsesión de Ruth por el piano. Mientras yo enseñaba las pinturas a la chica, Naomi hablaba con Frieda en la cocina, y Dalva estaba arriba poniendo música de Bob Wills en la Victrola, algo que hacía que Ruth pusiera los ojos en blanco avergonzada. Yo me sena tía turbado por otros motivos, pues su música poseía la textura emocional de las piezas que tanto nos gustaban a Davis y a mí en nuestros viajes por México… Y con Carol a mi lado no andaba muy lejos de aquella ocasión en que estuve junto a la mujer francesa que hablaba sobre Courbet. Estos pensamientos no eran sólo la sensación de un momento, sino que no paraban de importunar mi mente. La chica se

demoró largo rato delante de una de las pinturas menores de Stuart Davis, a continuación delante de un Burchfield que yo había comprado por trescientos dólares, y que a ella le pareció espantoso, por razones comprensibles. Se sonrojó intensamente frente a un dibujo de Modigliani, pero se recobró delante de una obra de Gottardo Piazzoni y otra de Dixon.

El hecho de que yo hubiese conocido a estos dos la sorprendió, aunque no era para tanto. En el San Francisco de aquella época a uno le bastaba con invitar a unas copas, blasfemar contra los enemigos comunes y discutir sobre la técnica para conocer a otro pintor. Tal como estaban las cosas, la fama residía en el futuro, y eran otros quienes la organizaban, sobre todo los marchantes.

Acabábamos de sentarnos para cenar cuando ella, en un susurro, me preguntó si me gustaba Picasso. Le contesté que existían siete Picassos, y que había al menos cinco que me gustaban. Naomi sintió la necesidad de explicar eso, y yo observé cómo la muchacha picoteaba la comida, los dedos enrojecidos por el trabajo de lavar platos. Confiaba en ir al Art Institute de Chicago en cuanto se graduara, y preguntó si a mí me había gustado estudiar allí. Le contesté que sin duda era un buen lugar, pero que en aquel entonces ningún sitio me gustaba. Después de cenar le impartí una lección de dibujo en mi estudio mientras Ruth tocaba el piano. Le enseñé los once gorriones de aquella tarde y lo que había de malo en cada uno de los dibujos. Estaba tan concentrado, que no me di cuenta de que Naomi y Dalva estaban detrás de Carol y me observaban con atención. Nunca había actuado como un artista delante de ellas y decidí no hacerles caso, como si me hubieran pillado haciendo algo tan sencillo como servirme una copa.

Después de que me dieran las gracias y se fueran en medio de la oscuridad, recordé con gran nitidez aquel sentimiento juvenil en la boca del estómago, el temor indescriptible de mis primeros días en el Art Institute.

Davis aún no había llegado para el curso de otoño y yo era incapaz de orientarme en una ciudad tan grande como Chicago. Un abogado de allí, que representaba a mi padre en el negocio de los viveros, me había conseguido unas habitaciones que yo sospechaba eran más bonitas de lo que debían, en parte por mis ideas románticas sobre la vida bohemia que esperaba llevar. Creo que estábamos en 1903, y el ruido de Chicago era demencial para alguien habituado al silencio de la pradera, con el que podías oír los latidos del corazón del caballo por encima de su respiración,

un escribano triguero a lo lejos o una vaca bajando hasta el arroyo a un kilómetro de distancia, e incluso la delicada brisa acercándose por encima de un mar de hierba. Pasé los primeros días en el silencio del museo, lo cual sólo sirvió para intimidarme más ante el miedo al fracaso. Durante un ventoso atardecer caminé hacia el norte por la orilla del lago Michigan, y las olas eliminaban del aire los demás ruidos. Por extraño que parezca, conseguí hablar durante unos agradables minutos con la dependienta de una tienda, que era de Kansas y hacía lo mismo que yo. Más adelante, ya por la playa, me maldije por no haber averiguado cómo se llamaba ni dónde vivía, pero la enormidad de aquella ciudad me había hecho tan tímido que apenas me atrevía a pedir en voz alta la comida. Por fin, el cuarto día después de mi llegada se celebró una recepción para los nuevos estudiantes, en la que había representantes de todos los estados del medio oeste, y a la que asistimos envarados dentro de nuestros trajes nuevos. Un tipo de aspecto decadente, llamado Simmons y de la misma Chicago, se hizo cargo de mí y me llevó a un restaurante italiano, donde servían muy barato un enorme plato de deliciosos espaguetis y un gran vaso de vino tinto de escasa calidad. Pero era un sitio extranjero, en donde las conversaciones en italiano de los trabajadores nos hacían sentir muy «artistas».

Allí de pie, viendo como el coche de Naomi desaparecía, se me ocurrió que Carol Johnson encontraría Chicago tan extraño como yo, dando por supuesto que fuera a estudiar allí al cabo de unos pocos años. Volví a entrar en la casa, y por un momento sentí compasión por aquella pobre muchacha; no porque fuera pobre, sino por sus sueños, que tanto me habían trastornado. Contemplé el no excesivo talento de los dibujos del gorrión desperdigados sobre el escritorio y me vi obligado a reír ante mi melindroso sentimentalismo. Por supuesto que ella debía soñar. Sólo nuestros sueños proporcionan cierta coherencia a la vida. La fantasía política común consistía tan sólo en mantener los Estados Unidos como un lugar seguro donde poder trabajar, sin duda una cuota muy poco atractiva para una chica obligada a rascar sartenes en un café. En el pasado, cuando yo marcaba reses, domaba caballos, cavaba zanjas para el regadío o me limitaba a limpiar con la azada el huerto de mi madre, podía imaginarme como uno de los campesinos de Millet, o, mejor todavía, como Turner observando la niebla que se alzaba por encima de las gabarras; a lo largo del Támesis.

Después de la muerte de Adelle, me di cuenta de que a menudo permitía que el alcohol empezara a destruir mis sueños. Era como si éstos necesitaran que se les amortiguara en aquella atmósfera de turbulenta oscuridad, aparte de que la gran cantidad de alcohol que yo ingería había menguado de tal forma la claridad de los sueños que, al alistarme para la primera guerra mundial, era como un robot que siguiera la estructura de una esperanza, en vez de sentir la propia esperanza. Es indudable que no tenía agallas para entender que lo que pretendía era morir, aunque si hubiese tenido la más mínima certeza de que existía otra vida en la que podría ver a Adelle, me había metido de inmediato una bala en la cabeza.

Al principio el alcohol me dio una ilusión de coherencia, dado que mantenía todo, incluida la pena, en un lugar específico donde poder darle vueltas en la cabeza continua e inútilmente. En momentos como ésos bebemos para no enloquecer, pero más adelante descubrimos que hemos caído en otro tipo de locura. También llegué a especular que mi otra mitad lakota me había predispuesto para aquella fatal y terrorífica sed, con cierto énfasis en el fatalismo. Por supuesto que es una presunción identificarnos con otra cultura si es impensable que vivamos como ellos, pero Davis, pocas noches antes de precipitarse por el barranco, alrededor de la hoguera del campamento, me había echado en cara la idea de que yo «pintaba como un indio». Lo que quería decir era que yo hacía lo que en terminología moderna serían cuadros casi abstractos de la naturaleza, aunque sin el toque de un ilustrador. No había formas tranquilizadoras en mis praderas y mis cielos, algo reminiscentes de la obra contemporánea de Ad Reinhardt y Robert Motherwell que había podido ver en las revistas actuales. Yo nunca he contemplado la naturaleza como un sermón destinado a impulsar nuestros cansados traseros hacia el cielo, ni como el alivio que proporciona la mutua eliminación de piojos, ni como un bálsamo a una existencia dedicada a comprar barato y vender caro. La Biblia de mi padre estaba equivocada de principio a nn. La tierra no se había hecho para nuestro solaz, sino para su propia magnificencia evolutiva, de la que todos formamos parte. Ya me estoy expresando como Naomi, que a menudo se pregunta alzando la voz por qué cada hectárea del oeste debe acomodarse al ganado, a expensas de todas las demás criaturas. El pueblo de mi madre había visto cómo lo sacrificaban en beneficio de las reses, y en cambio

podrían haber vivido felices con ellas si se les hubiese permitido compartir las tierras, en vez de arrebatárselas.

Días atrás, en que Dalva se había quedado a pasar la noche, me sentí incapaz de darle una respuesta al preguntar por qué motivo «nada parecía armonizar». Había perdido la capacidad de explicarse cada momento, y no digamos cada hora o cada día. Yo no interpreté eso como una depresión provocada por la biología de su embarazo, recordando cómo en mi propia existencia Neena se había aprovechado de esta condición, dedicando a la lectura todas sus horas, en vez de la mitad. En una época en que era difícil encontrar ayuda doméstica, Neena era incapaz de aguantar al servicio más allá de varios días, de manera que encargué por correo docenas de libros de cocina, y tuvimos que aprender a cocinar. Le conté esto a Dalva y le hizo mucha gracia, pero luego añadí, por simple honestidad, mi propia tanda de preguntas. Tu mundo carece de sentido porque no está hecho para el tiempo presente, le dije. Por varias razones -religiosas, sociales y económicas-, nos han enseñado a mantener la conciencia en funcionamiento por una especie de carriles, algo similar a las vías del tren. Era una comparación algo torpe, pero quería que ella lo entendiera. Para nosotros es conveniente que accedamos a permanecer en estos carriles, pero luego tu amor se marcha y tú sólo tienes quince años y estás embarazada, y la realidad que has admitido cae patas arriba, sobre todo porque en el fondo no era muy real, sino la manera más cómoda de contemplar la vida.

–¿Entonces a quién puedo recurrir? – me preguntó, y deseé que Smith estuviera allí presente, en lugar de presentarse varios días después.

Le contesté que a su «espíritu» antes que a la «nada». Pero seguía siendo una respuesta pobre, así que la formulé a la luz de cómo nos sentimos al despertar, todavía impregnados con los vestigios de los sueños felices, y de cómo entonces el mundo se nos muestra tan encantador que nuestra mente interpreta de forma errónea su falta de intencionalidad hacia nosotros. Al llegar a este punto percibí a Adelle en la boca del estómago, elevándose poco a poco hacia mi mente, y desvié la mirada, abrumado por completo. Nos hallábamos en la cocina y abrí un armario, fija la mirada en un tarro de maíz para palomitas que Naomi había cultivado. A través de mi nuca, Dalva debió de leer mi desesperación.

–No voy a quitarme la vida, porque decepcionaría a todo mundo.

Nunca en mi vida había oído una frase que me hiciera estremecer de tal modo.

En casa de Naomi pasamos un Día de Acción de Gracias dominado obligatoriamente por la consunción, dejando el pavo olvidado y apenas sin probar. No podíamos sobreponernos a la tristeza colectiva de que Naomi y Dalva iban a salir en coche, por la mañana temprano, hacia Marquette, en el estado de Michigan, donde un primo de Naomi, biólogo especialista en animales de caza, y su esposa, cuidarían de Dalva hasta que diera a luz, a finales de abril. La velada se hizo casi insoportable, pues nadie era capaz de hablar a plena voz, y Ruth se sentía tan abrumada que se fue a la salita para practicar, sin éxito, la sonata Claro de luna, de Beethoven, bajo un retrato de su padre. Al final todos nos dimos por vencidos, nos abrazamos y yo me fui hacia casa. Es indudable que para todos habría sido mejor si hubiésemos aullado en voz alta, como se habría atrevido a hacer una familia lakota.

Ese pensamiento estimuló mi mente, y al llegar a casa busqué en mis diarios para revisar lo que Rosenthal había dicho años atrás, durante nuestra merienda campestre, al contarle una anécdota de cuando yo tenía siete años, en realidad del día anterior a mi cumpleaños, y mi madre se enteró de que su hermano mayor había muerto cerca de Buffalo Gap. Encendió una pequeña hoguera en el patio, se sentó junto al fuego, se cubrió el cuerpo con cenizas y cantó y aulló toda la noche. Yo permanecía en la ventana de mi dormitorio, observando asustado cómo mi mundo se desintegraba en capas muy delgadas por culpa de su dolor y de los misteriosos sonidos de su canto. Mi padre salió al patio e intentó ponerle una estola en torno a los hombros, pero ella se la arrancó. Al amanecer vino mi padre a buscarme y me senté en pijama junto a mi madre, hasta que el sol asomó por encima de los árboles, momento en que ella se interrumpió con brusquedad. A continuación se dirigió hacia el abrevadero de los caballos, se zambulló en él, regresó a nuestro lado sonriendo y dijo que ya era hora de preparar el desayuno. Sentí una gran alegría, pues eso significaba que mi cumpleaños no pasaría inadvertido.

Al principio Rosenthal se había puesto algo melancólico con mi anécdota, pero después habló largo y tendido. Mi diario no reproduce su compulsiva elocuencia, pero vino a decir que debía sentirme afortunado por haber visto algo que con la era moderna se había extinguido hacía tiempo, un acontecimiento que ahora se consideraría arcaico, dado que casi todos

nos hemos distanciado y hemos renunciado a los rituales y experiencias altamente evolucionados que rodean el nacimiento, la muerte, la sexualidad, los animales, las prácticas religiosas, e incluso el arte y la locura. Sentí que comprendía en gran medida lo que quería decirme, excepto en lo referente al ámbito del arte, pero me lo explicó diciendo que en las culturas primitivas todo el mundo era un artista y un narrador de historias, sólo que algunos eran mucho mejores que los otros, como resulta obvio para todos.

Al otro lado de la ventana descubrí el considerable tamaño del disco encerado que formaba la luna, y apagué las luces del estudio para experimentar su peculiar calidez, al tiempo que recordaba divertido las reacciones asustadas que las historias de mis paseos a la luz de la luna provocaban en la escuela de bellas artes. A finales de un mes de mayo, Davis y yo habíamos viajado con su novia de ojos extraviados para tomar apuntes por la península Superior, al este de Ishpeming, y nos alojábamos en una población maderera a orillas del lago llamada Grand Marais, muy distinta del Grand Marais de Minnesota, y situada mucho más al este de Ishpeming. Fue allí donde di un paseo a la luz de la luna, mucho más alarmante que los que había dado en la granja.

En aquella época yo tenía grandes dificultades en la escuela con una clase de dibujo obligatoria, en la que nos pasábamos un helado día tras otro dibujando bustos de mármol de héroes griegos y romanos. Era una tarea progresiva, de modo que no podías pasar al siguiente busto hasta que no hubieras realizado como es debido el que estabas dibujando. Yo me hallaba atascado en el de Tácito hasta el punto de que mi alma aullaba mientras los demás pasaban a Plinio y Virgilio. El profesor era un inglés de talante militar, que se mostraba despiadado conmigo después de que yo preguntara en voz alta por qué teníamos que copiar una obra de arte en vez de dibujar al natural. Debido a esta impertinencia, me obligó a pasar toda una semana dibujando un pie de mármol. Al final me negué a continuar y suspendí el curso. Eso me valió una entrevista con el director, William M. R. French, que se mostró lo bastante amable para, a pesar de todas mis insuficiencias, permitirme pasar al grado tercero o superior. Aquél era mi tercer año con malos resultados, pero era un estudiante de pago y por lo general bastante útil gracias a mi habilidad para redactar descripciones en los folletos de las exposiciones de los alumnos, una habilidad no demasiado considerada, pero que alguien tenía que hacer y pocos eran capaces de llevar a cabo. En aquel

curso por fin me vi liberado de los bustos antiguos, de los fragmentos de esculturas y los adornos arquitectónicos y pasé a pintar y dibujar de lo que entre nosotros llamábamos «el natural».

Pero estábamos en primavera, y mi mano, que por fin se había liberado para hacer lo que quería, se paralizó dentro de una carne poco dispuesta a cooperar. Tuve la historia de amor más breve de mi vida con una chica de talento insuperable, considerada, junto con pavis, la más prometedora de los casi quinientos estudiantes. Me entristece tener que admitir que lo que nos separó fue el resentimiento que yo experimentaba por su talento. De no haber sido por la atención, si bien excéntrica, que me prestaba mi amigo Davis, lo habría mandado todo a paseo, habría metido el rabo entre las piernas y me habría largado a casa para siempre.

Cuando propuse el viaje de una semana por el norte, Davis se mostró entusiasmado, aunque sin un centavo en el bolsillo, lo mismo que su novia.

Sin embargo, eso no era un problema ya que, una vez más, mi padre era en extremo generoso con la asignación que me enviaba. Más adelante supuse que esto le daba la oportunidad de gastar una pequeña parte del dinero que conseguía con su negocio de los viveros de plantas, y una manera de repartir la culpabilidad que le provocaba el dinero. Yo haría lo mismo con mis hijos.

Aquella tarde de mayo, en cuanto los tres subimos al tren, me sentía asfixiado por la gente y me estremecía con el tipo de añoranza que tan bien conocen los que tienen diecinueve años. Si no podía disfrutar del gran vacío de la pradera al menos dispondría de una semana en los frondosos bosques del norte. Tengo la sospecha de que la naturaleza salvaje nos llama con mayor intensidad cuanto más tiempo hace que ha desaparecido de nuestras vidas, y en aquella época yo andaba desesperado por un paisaje sin gente.

Así que desvié los ojos y me dediqué a beber de una jarra de vino cuando el tren cruzaba por el infierno de humo y llamaradas de fuego de las acererías de Gary, Indiana, en su trayecto hacia el norte. Sarah, la novia de Davis, intentó bromear conmigo lanzando miradas de reojo mientras se levantaba la falda, pero yo estaba demasiado apático y destrozado para responder.

Seguía observando mi mano en torno al asa de la jarra de vino, preguntándome por qué no podía realizar las hazañas del genio que mi mente visionaba. Las manos de Gauguin y de Cézanne hacían sin duda lo que la mente de ellos les ordenaba, y es muy probable que afinaran los

niveles de percepción que la propia mente desconocía. En cambio, yo era un muchacho que lanzaba una pelota re«a al aire y no lograba recogerla ni la mitad de las veces. Para consolarme asistía a conciertos de música de cámara o de orquestas sinfónicas, y especulaba que sin duda eran muy pocos los capaces de anotar las melodías que la mente componía de manera consciente. En los dos volúmenes de William James no había nada que justificara semejante fenómeno, y pensé en escribir un ensayo en broma al estilo de Emerson, titulado Sobre la desobediencia de la mano. Llegué al punto de especular que mi mano había domado demasiados caballos, venteado demasiado heno y cavado demasiadas zanjas de regadío, y que esas labores me habían incapacitado para ejercer una vocación más elevada.

Tampoco podrían haberme ayudado las peleas a puñetazos a las que tan propenso era. Un mes antes, un fornido carnicero había pegado injustamente a Davis en una taberna cercana a la escuela, y yo le había tumbado a puñetazos en el suelo. La muñeca se me había hinchado de tal modo que estuve una semana sin poder dibujar.

Llegamos a Grand Marais a última hora de la tarde del día sil guiente, aunque gran parte del trayecto estuvimos durmiendo bajo los efectos del vino, excepto durante la animada travesía en transbordador por el estrecho de Mackinac. Nos habían advertido que nos levantáramos si queríamos ver la esclusa del canal Ste. Marie en Sault-Sainte Marie, pero yo estaba ansioso por contemplar las tierras salvajes. Fue preocupante descubrir cómo entre el estrecho y los doscientos kilómetros que lo separaban de Grand Marais habían talado gran parte del pino blanco, aunque de manera esporádica había alguna que otra zona que recordaba glorias pasadas.

En el pueblo encontramos un hotel sencillo, y a continuación cenamos una excelente trucha del lago. Davis y Sarah se retiraron a la habitación para sus asuntos amorosos, y yo me encaminé a pie hacia el este, aprovechando la fuerte brisa del lago Superior que mantenía a raya las nubes de mosquitos. A varios kilómetros del pueblo, cuando ya empezaba a anochecer, me detuve pensando que debía dar media vuelta, pero en aquel momento me alarmó una gran luz procedente del bosque, y que resultó ser la luna llena en el inicio de su ascensión. Hacia el este, a lo lejos, se veía el resplandor amarillo rojizo de un incendio en el bosque, del que nos habían hablado en el tren. Caminé en línea recta hacia aquella luna espectacular y me encontré con los restos de un campamento maderero, habitado en

aquellos momentos por dos viejos ojibwas, que se mostraron amistosos conmigo y me dieron una taza de su espantoso aguardiente casero. En el patio había un viejo jamelgo de color castaño, un decrépito caballo de tiro, y les ofrecí la generosa suma de cinco dólares para dar un paseo con él. Una suma tan exagerada les hizo gracia, pero el más viejo de los dos percibió de alguna manera mi linaje y dijo que a los «pieles rojas» les encanta la luna grande. Siguiendo sus indicaciones crucé un puente de madera, luego giré hacia el sur, dejando la luna a mi izquierda, y seguí por una trocha a lo largo de los acantilados del río Sucker. El caballo trotaba al ritmo justo para mantenerse por delante de los enjambres de mosquitos, y era lo bastante ancho para que montar a pelo resultara casi cómodo, pero era incapaz de mantener un paso armonioso y ligero.

No sé muy bien cómo definir el estado en que me encontraba, aunque esto apenas tiene importancia. Estaba en trance debido a la luna y el bosque, a los enormes troncos que semejaban fantasmas de árboles. La noche y la luna me habían liberado de mis problemas, y sentí con fuerza que debía seguir siendo un artista a pesar de que estuviera condenado al fracaso, aunque este pensamiento reflexivo se esfumó con la magnificencia del paseo nocturno. Al impulso de la más leve de las brisas me llegaba un intenso olor a perfume, y entré en un enorme claro de varios centenares de hectáreas, repleto de arbustos floridos, en su mayoría cerezos silvestres, cornejos y endrinos, según me enteré más adelante. Las flores eran blancas bajo la luz directa de la luna, y la visión me dejó paralizado, como si aquel intenso perfume fuera opio. Proseguí durante otra media hora por un sendero que serpenteaba entre aquellos arbustos embriagadores hasta llegar a un riachuelo. Allí bajé del caballo para dejar que bebiera, y me entretuve inhalando con fuerza un puñado de flores que había cogido de un arbusto.

–¡Dios mío! – reflexioné en voz alta-. ¿Acaso importa donde esté y lo que haga? En este momento simplemente estoy en este riachuelo, arrodillado y bebiendo agua, enjuagándome la cara a la luz de la luna, los sentidos alerta como los de cualquier viejo animal.

Y en aquel preciso momento me asaltó un fuerte ataque de risa, ya que el caballo, después de beber, había trotado hacia el norte en su largo camino de regreso a casa. Intenté silbarle al ver que desaparecía entre los arbustos de flores blancas, pero no pude a causa de la nsa. Encendí una cerilla y al mirar la hora en el reloj de bolsillo vi que eran las dos de la madrugada.

Bebí de nuevo en el riachuelo para anticiparme a la larga caminata de regreso, que juzgué serían unos veinte kilómetros, a ritmo de perro, para dejar atrás las nubes de Mosquitos. Me alegré de haber mantenido las piernas y la respiración en forma gracias a las caminatas que a diario daba por Chicago, sobre todo por curiosidad y para calmar el embarullado cerebro que había llegado a la conclusión de que estaba llamado para ser pintor, aunque no forzosamente muy bueno.

Caminé con paso vivo hasta que, poco antes de las cinco, asomó la primera luz y, con la llegada de un frío viento procedente del lago Superior, los mosquitos se calmaron un poco. Por delante de mí, a um! centenar de metros, vi algo oscuro que se movía en medio de la trocha, luego se paraba y se quedaba inmóvil. Con un sobresalto en el corazón, mis ojos enfocaron una enorme osa sentada en medio del sendero, igual que un inmenso buda negro. El viento soplaba a mi favor, así que no podía olerme. Me aparté a un lado y me senté encima de un grueso tocón. Retozando alrededor de la osa había una sola cría, y comprendí que proseguir sería poco aconsejable, por utilizar un término suave. Entonces la cría se dispuso a mamar y la enorme madre se dejó caer de espaldas, empezando a mover las piernas en el aire con actitud juguetona. Llegaron varios arrendajos y a continuación un único cuervo. Cuando éste me vio, empezó a revolotear en círculos por encima de mi tocón, ahuecando la pelusa de las alas cada vez que las batía, al tiempo que lanzaba una tanda de estridentes graznidos, tal vez para avisar de mi presencia a la osa. Dirigí la mirada desde el cuervo a la osa y vi que ésta se ponía en pie, olisqueaba el aire, soltaba un resoplido y, a gran velocidad, seguida de la cría, se internaba entre los arbustos. Antes de proseguir, y por seguridad, aguardé otros quince minutos. De repente, sentí las piernas casi paralizadas por la fatiga, la boca seca y la cabeza latiéndome hasta casi dolerme. Pero lo importante era que mi mente se había apaciguado y que había sido testigo de una belleza consoladora, si bien del todo impersonal. Por fin había entendido una idea en la que todavía creo: que el arte está en lo más íntimo de nuestro ser, y que forma parte de la naturaleza de las cosas lo mismo que un árbol, un lago o una nube. Y si ignoramos eso, incluso como simples espectadores, amortiguamos la percepción de este breve tránsito. La mano que se balanceaba junto a mi costado y que antes había arrancado las flores y refrenado aquel penoso

caballo lo intentaría todo antes de quedarse inmóvil como harán todas las manos. Estaba en mi naturaleza.

Al llegar al campamento maderero abandonado, encontré a los dos ojibwas dormidos en el patio, sin duda después de haber ido al pueblo en busca de una jarra de aguardiente, o dos, con los cinco dólares que les había dado. El caballo asomó entre las sombras de un grupo de árboles, y en cuanto le hice una señal con la mano se internó todavía más en las sombras.

Encima de los peldaños de entrada a la choza había una botella de whisky, llena hasta casi la mitad, y tomé un par de tragos antes de continuar hacia el pueblo.

Más tarde, cuando expliqué la historia a Davis y a Sarah, y a mis conocidos entre los estudiantes de la escuela de bellas artes de Chicago, se mostraron asombrados ante mi falta de sentido común, pero se me ocurrió que esto se debía en gran medida a una cuestión de nacimiento y de disposición. La pradera y el bosque a la luz de la luna no me parecían tan amenazadores como Chicago, Nueva York o París, aunque ésta última me lo pareciera un poco menos. En estas ciudades, incluso entre personas muy educadas, el cuero cabelludo se me tensa, y sudo nervioso por el grado de atención que uno precisa para mantenerse lejos de los miles de problemas que se pueden presentar. Mi padre a menudo despotricaba contra el «sentido común», al que veía con frecuencia como una mezcla esencialmente mezquina de codicia y egoísmo, la necedad de la actitud tipo «¡Adelante, soldados de Cristo!» que había impulsado a millones de idiotas hacia el oeste, destruyendo por completo gran parte de la tierra y todas las culturas nativas. Por supuesto que él estaba un poco loco, pero también conocía la sólida práctica de la agricultura y las auténticas virtudes cristianas que habrían hecho del avance hacia el oeste algo muy distinto de la prolongada tragedia en que se convirtió. A escala mucho más pequeña e individual, no hay nada tan destructor como un artista que adquiere el sentido común antes de haber hecho estallar el mundo de sus percepciones y adquirido la gracia para volverlo a recomponer. En Harper's he leído que ahora se ha puesto de moda que las universidades contraten pintores, poetas y novelistas para que enseñen su oficio a los jóvenes, algo que requerirá de ellos gran cantidad de sentido común mientras se asfixian en la falsa ciénaga de las instituciones.

Que los dioses del arte se apiaden de ellos. El arte iría mucho mejor si se convirtieran en mendigos o en delincuentes comunes.

Hackleford ha telefoneado para decirme que ante nosotros tenemos dos días de buen tiempo. He aguardado bastantes días para efectuar este viaje a Omaha, ya que prefería las siete horas en coche con Lundquist, pasar allí la noche y regresar a la mañana siguiente. Pero Frieda últimamente se ha sumergido de tal modo en el mundo de violencia de la televisión que está demasiado asustada para quedarse sola. Como me detenga a su lado más de un segundo, empieza con la historia de los altercados que ha visto hace poco, ya sea en programas de ficción como en las noticias. Su predicador, un vendedor de muebles a tiempo parcial, originario de Tennessee, ha asegurado también a sus feligreses que los negros se están armando para cargar contra sus imaginarios opresores. Frieda se muestra algo escandalizada al oírme decir:

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