Debut
(2008) Tu labio superior
or qué eres tan distante?
—No sé a quién te refieres.
—A la que rima conmigo.
—Aquí no hay nadie más que yo y mi soledad.
—¿Por Dios, Nacho, qué rima con mi nombre?
Hasta aquí. No puedo contar más. La historia interna de las canciones viola la
intimidad de otras personas, y yo le tengo mucho aprecio a mi garganta.
Creedme si os digo que cada canción es tan solo la punta de un iceberg que se
hunde en un océano de corazones hambrientos, el puño de una espada capaz
de atravesar la roca y convertirla en azúcar. Y también creedme si os digo que
los que escribimos canciones tenemos mucho cuento.
Durante unos cuantos años los SMS reinaron en las ondas y las almas antes de
que el guasap se impusiera y se cargara la poesía cotidiana al eliminar el
momento de reflexión necesario para detenerse a escribir y reescribir un buen
SMS: fino, certero y conciso. El guasap aplastó a la poesía con inmediatez,
gratuidad y emoticonos. Luego Instagram la remató sustituyendo la palabra
por una foto. Pero antes de eso hubo un tiempo en el que todos —o por lo
menos los que estábamos en el mercado— echábamos el rato escribiendo con
esmero mensajes enigmáticos que el receptor debía leer e interpretar antes de
responder con triple efecto: se trataba de seducir sin mostrarse vulnerable.
A mí, que se me da mejor marear perdices que comérmelas estofadas, esto
me pilló en plena tormenta emocional. Le di tanto a las diminutas teclas que
no tuve ni que comprar cuadernos cuando me puse a componer canciones otra
vez. Entre el 2006 y el 2011 los versos se escribían solos mientras lanzaba
flechas incendiarias a diestro y siniestro.
Pena, euforia, resentimiento, deseo, tristeza, orgullo, incertidumbre, ansiedad.
Igual que cuando estaba embarazada veía embarazadas por todas partes, ahora
solo me cruzo con personas que sufren una crisis sentimental. Ellos quieren
contar su historia. Yo estoy deseando escucharla, sobre todo para entender la
mía. Empiezo a recopilar testimonios y a sacar conclusiones. La primera: ¿Es
posible pasar por un proceso de separación sin perder la compostura (por no
decir la dignidad) en algún momento? La segunda: ¿Hay alguien dispuesto a
admitir que hay una pequeñísima posibilidad de que la culpa no sea del otro?
La tercera: ¿De dónde ha salido esa estupidez de que un clavo quita otro
clavo? Yo voy acumulando clavos, chinchetas y tornillos taladrados con su taco del doce por todo el cuerpo y todos me duelen. A ver cómo lo explico
cuando pase por el arco de metales del aeropuerto. La cuarta y más
importante: ¿Alguien está midiendo el impacto emocional que ha causado la
irrupción del teléfono móvil en la población? Este tema me preocupa
especialmente.
Como soy una persona (ejem) sumamente racional aunque esté pasando por
un momento (digamos) un poco inestable, me dedico a examinar a los demás
para entender mi deriva. Les observo ahí, desnudos en sus vitrinas,
exponiendo sus vergüenzas impúdicamente, buscando compasión y venganza,
obsesionados con los detalles, dolientes y egoístas como adolescentes, de
flamante luto por lo destruido, excitados por lo próximo, repitiendo errores
como estribillos. Sexo, claro, sexo en portales, hoteles, callejones, taxis. (Esta
es la parte más divertida). Me adentro en el mundo de los desesperados, las
rondas nocturnas, los traicionados y los traidores bailando el mismo compás,
bajos instintos disfrazados de cualquier otra cosa, la sangre a punto de
ebullición, todo tipo de excesos y, al final del pasillo, un terapeuta
observándote por encima de las gafas.
Nada serio en realidad. Aunque las manecillas giran en todas direcciones
están bien sujetas en el centro. Es idiota, divertido a ratos. En fin, un mundo
de locos, la falta absoluta de sensatez. Y yo, que estaba tan cómoda comiendo
palomitas en la grada de los adultos, de repente me encuentro en el centro de
la pista haciendo cabriolas con un maillot minúsculo. (Caramba, se me ve
todo). Creo que estoy perdiendo los papeles y además el hilo de lo que iba a
contar. Ah, sí, que el amor es el mejor pretexto para hacer canciones y se
requiere experiencia de campo. Bienvenida sea la justificación.
Lo que había augurado en tantas canciones de ruptura acabó por suceder, y
fue más triste que todas esas canciones sonando simultáneamente por la
megafonía de la estación de Chamartín la noche de fin de año. Pero a cambio
recibí un regalo inesperado.
Los niños eran muy pequeños aún. Cuando se iban con Bicho, me
agarraba una forma de tristeza completamente nueva, aguda, más bien un
dolor de vísceras, como si me hubieran arrancado el hígado sin anestesia.
Pero después de una crisis de llanto monumental, podía dormir a pierna suelta
toda la noche, recuperar fuerzas, y a la mañana siguiente ponerme a trabajar
con la tranquilidad de que nadie me iba a interrumpir. Además, sin sentirme culpable. Los niños estaban encantados con su padre. La soledad es solo
tiempo y espacio que hay que volver a llenar.
En mi experiencia, las primeras treinta horas de trabajo se van solamente en
calentar la maquinaria. Al tercer día, el músculo se tensa y aparecen los
hallazgos. Lo que tiene nervio irrumpe en el quinto. En ese punto, no hay que
abandonar hasta completar lo que se esté haciendo. Se puede salir unas horas,
un día máximo. Pero entrar y salir constantemente del trabajo supone perder
no solo la concentración, sino algo mucho más importante: la fe.
¡Demonios, si ahora mismo está volviendo a pasar! Llevo meses
trabajando en este libro. Cada tanto tengo que interrumpir porque hay
ensayos, conciertos, un viaje, visitas, accidentes caseros, tareas de madre, de
hija, yo qué sé, o todo junto. Lo dejo por unos días. Cuando lo retomo, un
lunes por ejemplo, corrijo lo que está escrito y pienso que no tengo nada que
añadir.
«Ya está. Esto es lo que doy de sí. El viernes se lo envío al editor y
SANSEACABÓ». El martes me deprimo un poco. Me parece flojo. El miércoles
vislumbro cambios algo más drásticos. Tacho y anoto. El jueves es cuando
empieza lo bueno. Mi cabeza rompe a herrvir y ntonces lps dedos n dan de s
para escribor todo lo que se me esta ocuriendo porque uso nada mas ls dedos
corazon (justr los que no uso enel piano que raro) pero corro para que no se
excapee niguna idea iteresante. A la mañana siguiente hago limpieza. No
entiendo la mitad de lo que he escrito, claro. Del resto, descarto lo mediocre y
queda lo que vale. Entonces me pongo a darle forma hasta que llega otro
mensaje de Claudio, mi amado editor. «Querida, ¿no ibas a mandarme el
viernes el manuscrito?». Entonces entono la vieja cantinela… casi, casi, en
una semana más… la la la. Este ciclo sucede varias veces con cada proyecto.
El trabajo creativo no es respetado ni por los que lo hacemos. Cualquier
asunto parece más importante que escribir una canción, un poema o un libro.
Algo que en realidad nadie te ha pedido que hagas. ¿Por qué te empeñas en
hacerlo? ¿Es por darte gusto a ti mismo? ¿Por obtener reconocimiento? ¿Qué
función social cumplimos los artistas? ¿Basta con proclamarse artista para
serlo? Si tu trabajo no produce renta económica, ¿se puede considerar
trabajo? Aun así, ¿es un trabajo digno o es una frivolidad? Si es rentable, si se
convierte en un negocio, ¿sigue siendo arte? Se pueden reducir todas las
profesiones del mundo a dos campos: en uno se mejora la vida de la gente, y
en otro se les venden cosas que no necesitan. ¿En qué campo estamos los
artistas? Y una última: ¿es justo que un niño se vaya a la cama sin historia y sin canción porque su madre anda jugando al punk por ahí? Por lo menos esta
ya no me la hago en fines de semana alternos.
La soledad impuesta (y convenientemente domesticada) se tradujo en más de
treinta canciones, siete cuadernos de diarios y una docena de cuentos escritos
en año y medio, además de varias colaboraciones artísticas, entre las que
estuvo la de Nacho Vegas, que ocupó un verano (fatal) y un otoño (no tan
desastroso), también dos cursos de iniciación al esquí (principiante e
intermedio) y una vida personal insólitamente ajetreada que incluía líos,
amantes, novios, exnovios, 2X (2X = ex+ex: cuando te vuelves a liar con un
ex) y escenas clasificadas para adultos que estoy omitiendo
intencionadamente por si no os habéis dado cuenta. Puedo cantar mis
intimidades, pero ¿contarlas? Ni hablar, nej, nicht, nåo. Y ahora podéis coger
este libro y tirárselo a la cabeza al librero con este argumento: Pero ¿QUÉ PUTA
MIERDA DE DIARIOS SON ESTOS QUE NO TIENEN CARNAZA?
Bueno. Está bien. Para los lectores que se sientan verdaderamente estafados,
ahí va una chuleta. Pero solo una.
El invierno de 2006 se presentaba largo y oscuro, superar una separación
lleva su tiempo. Una amiga me llevó a rastras a la fiesta de un fotógrafo.
Como no conocía a nadie, me quedé pegada a una columna rascando con la
uña la etiqueta de la cerveza. Al rato noté que a mi izquierda había otra
figurilla camuflada. De perfil parecía un miliciano emboscado —solo era
visible una melena ensortijada, el cuello de una chaqueta de militar y una
nariz bien trazada—, pero de frente, al volverse hacia mí con una sonrisa
amplia e inocente, me pareció más bien un playmobil del Che Guevara. Este
chico, que se llamaba Ulises, se convirtió en mi alegre compañía ese invierno.
Nos hicimos muchas confidencias. Estaba enamorado de una francesa que le
había mandado a paseo, yo estaba pasando por una zona de baji-bajos, así que
nos entendimos de maravilla. Una noche que no paraba de lamentarme
mientras masticaba una hamburguesa, Ulises me dijo algo que hizo clic en mi
cabeza: «¿No deberías tomarte las cosas más a la ligera?».
Este chico tenía unos treinta y tantos años, era periodista pero se había
quedado en paro, compartía piso con otros tres y no podía comprarse ni un par
de vaqueros. Su futuro se veía mucho más borroso que el mío y, sin embargo,
nada podía borrarle su amplia sonrisa porque… estaba pintada con rotulador
indeleble como he dicho antes. Por suerte para mí —y para la francesa—, esta
figurilla del Che no era de plástico, tenía articulaciones en los codos y en las rodillas, además se le podía quitar algo más que la chaqueta y el casco. Esto
lo pude comprobar la noche que por fin subí a su habitación. Al despedirnos
dijo algo que había dicho otras veces riéndose: que no se creía nada de mí.
Empecé a canturrear esa frase de vuelta a casa y, cuando llegué, ya tenía
«Negro cinturón» escrita.
A partir de ahí, a lo largo de los meses siguientes, empezaron a brotar
como palomitas otras muchas canciones, versos y relatos con una facilidad
pasmosa. Algo nunca visto antes.
¿De dónde venía la inspiración? ¿Era energía acumulada? ¿La nueva
soledad? ¿Las nuevas compañías? ¿Despecho? ¿Deseo? ¿Necesidad
económica? ¿Eran simplemente ganas de hacer ruido, de que todo el mundo
volviera la vista hacia mí exclamando «¡Oh, ha vuelto! ¡Cuánto la echábamos
de menos!»? ¿Había alcanzado por fin la ansiada madurez artística?
Tengo que admitir que hubo un factor —que no he mencionado hasta
ahora— que pudo influir en que esa época fuera tan exageradamente
fructífera.
Un día la tutora de mi hijo mayor me convocó a una reunión.
—Es un niño muy inteligente, pero está siempre distraído, se le olvidan
las cosas. No interviene en clase. En medio del examen se queda mirando los
pajaritos por la ventana y deja la hoja en blanco.
Mientras la profesora hablaba sucedió algo muy extraño: su rostro empezó
a perder foco, su voz empezó a sonar lejana, con un eco que repetía:
«pajaritos… pajaritos… pajaritos…», y en mi cabeza se formó un remolino
en forma de déjà vu.
—Rosenvinge. Deja de mirar los pajaritos.
—¿Qué pajaritos?
No estaba mirando pajaritos. Estaba imaginando. Si la profesora me
hubiera pedido que contara lo que había ante mis ojos, habría registrado
inmediatamente mi mochila en busca de los tripis.
Las imágenes fueron cambiando de forma con los años. Animales
mitológicos, superhéroes, incluso en una época mística, ángeles y el
mismísimo Jesucristo. Castillos fabulosos. Seres sobrenaturales. Enviados de
Asgard, del Olimpo, de Camelot, de la Tierra Media, de organizaciones
secretas, de mundos subterráneos venían a comunicarse conmigo mientras
estaba sentada en el pupitre. Se requería mi presencia ante los dioses y yo me
iba tras ellos.
—La niña es lista, pero es una vaga. Está siempre en la inopia. No hace
los deberes. Ni siquiera se sabe las tablas de multiplicar.
—¡Pero si ha sacado un suficiente en lengua! —respondía mi madre
blandiendo unas notas con seis suspensos.
—Lo único que hace son las redacciones.
Al salir de la entrevista con la profesora de mi hijo, pedí cita en el Centro de
Atención a la Diversidad Académica. Después de un test que duró seis horas
repartidas en dos días, volvieron a citarnos.
—El niño tiene TDA del subtipo inatento, leve y sin hiperactividad.
—¿Qué es eso?
—Es muy inteligente, pero se distrae con mucha facilidad. Se pueden
hacer dos cosas. Estar muy encima de él para que haga los deberes y
mantenga el ritmo de la clase, o bien medicarle.
—¿Qué tipo de medicación?
—Metilfenidato hidrocloruro de liberación prolongada.
O sea, anfetaminas.
—Olvídese de las pastillas. Me quedo con la primera opción. ¿Qué causa
el déficit de atención?
—Seguramente es hereditario.
El gráfico característico que revela este diagnóstico en los test tiene forma
de zeta. Es decir, la valoración de los primeros campos de las capacidades
intelectuales, comprensión verbal, razonamiento perceptivo, están por encima
de la media. Sin embargo, memoria de trabajo cae en picado y velocidad de
procesamiento vuelve a escalar como una montaña rusa.
A los tres días, la firma del zorro apareció también en los resultados de mi
test envuelta en llamas.
—Mira, cielito. Yo también tengo una zeta. Somos superhéroes.
Después de una charla con el neurólogo (sobre mi caso esta vez)
decidimos que, puesto que yo no tenía a nadie que me ayudara con las tareas,
podía probar con la medicación.
En términos alquimistas, el eclipse solar es la boda entre el sol y la luna. Solo
ocurren durante la primera fase del ciclo lunar, con la luna nueva. Este
período conjura la energía del crecimiento, del inicio. Es el momento ideal
para depurar el pasado y confiar en el futuro. Hay que hacer sitio para lo
nuevo.
El 4 de octubre de 2005, mucho antes de que empezara este capítulo, hubo
un eclipse de sol anular. Cuando la luna se encuentra en su apogeo (máxima distancia respecto a la tierra) se produce ese fenómeno. La luna se posiciona
delante del sol, pero, al no coincidir sus diámetros, el disco solar forma un
anillo de fuego detrás de ella.
El eclipse parcial comenzó una hora antes de la fase de totalidad. Cogí a
mi hijo pequeño en brazos y bajé a la plaza para verlo mejor. La silueta de la
luna se estaba posicionando frente al sol. Según se acercaba la fase de
totalidad, la luz diurna se volvió más fría, luego empezó a disminuir. Los
pájaros se quedaron quietos y los perros se metieron entre las piernas de sus
amos. Hacía frío. La temperatura había bajado dos o tres grados de golpe.
Llevaba en el bolsillo un disco de obsidiana, la piedra que utilizaban los
aztecas para mirar los eclipses. Estuve mirando un rato, hasta que me di
cuenta de que lo realmente extraordinario no estaba en el cielo, sino a mi
alrededor. Los viandantes se habían quedado quietos, como si el tiempo
también estuviera en suspenso. Algunos elegían vivirlo en solitario y otros se
agrupaban en círculos. Un taxista aparcó sobre la acera para mirarlo a través
del espejo retrovisor. No era para menos. En el verano prorrogado de Madrid,
donde escasean las sombras y el pavimento multiplica la sensación de asfixia,
de repente había irrumpido un relámpago alargado de luz islandesa, fría,
quieta. Parecía el preámbulo de una catástrofe, pero también un paréntesis en
la existencia. Un milagro.
Entre mis brazos, mi niño se impacientaba. No sentía ningún interés en el
asunto. Al año y medio solo interesa lo que pasa a un metro y medio máximo.
Qué inteligencia tan refinada.
Me pregunto en qué momento uno se hace consciente de la temporalidad
de las cosas. La verdadera maldición de Dios no fue expulsarnos del paraíso,
donde éramos felices en nuestra inconsciencia como los animales, que solo
piensan en comida y sexo, sino hacernos conscientes de que todo se acaba.
La distancia adecuada
Anoche (el puñal y la memoria)
Eclipse
Tu boca
Las horas
Nadie como tú
Negro cinturón
Tres minutos
Animales vertebrados
Por la noche
Alta tensión
Canción secreta
A contrapelo
La muerte sentimental
Nana de agosto
La distancia adecuada
Nunca para ti es quizás.
Yo no me equivocaba.
La desazón se va a llevar
en esta temporada.
Tal vez no debí dejar
que jugaras con mi falda.
Qué difícil es guardar
la distancia adecuada.
Esa señorita
que rima conmigo,
que te ronda siempre alrededor,
es tu favorita,
te lleva consigo
y te gusta más que mi canción.
Tu llave está en la recepción.
Ya es de madrugada.
Pongo la televisión.
y espero tu llamada.
La evidencia en gotas cae
por mi jersey de Prada.
La lección que ya aprendí,
siempre es olvidada.
Esa señorita
que rima conmigo,
que te ronda siempre alrededor,
es tu favorita,
y puede contigo
y te gusta más que mi canción.
Me muero por estar
contigo al natural.
Saber quién eres tú,
saber por dónde vas.
Anoche (el puñal y la memoria)
Siento que digas que yo no te quise bien.
Cuentas mis faltas, llevas más de cien.
Yo que sabía que tenía un rehén.
Las cosas que te daba las mirabas con desdén.
Cuando vuelvo a casa intento recordar
qué era lo que anoche tenía que olvidar.
¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?
Ya es mañana, qué más da.
Ahora me paso las noches por ahí.
Sé que hay alguien que también me busca a mí.
Difícil encontrarlo con tanto reptil.
Yo busco en cada esquina y en cada cuchitril.
Cuando vuelvo a casa intento recordar
qué era lo que anoche tenía que olvidar.
¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?
Ya es mañana, qué más da.
Mira mis ojos, dime lo que ves.
Veo una penita más grande que un ciempiés,
yo quiero aplastarla con la punta de este pie.
Cuando vuelvo a casa intento recordar
qué era lo que anoche tenía que olvidar.
¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?
Ya es mañana, qué más da.
Eclipse
Dices que me querrás.
Dices que me querrás.
Tocas tu corazón.
Dices que me lo das.
Aún no sé si eres tú.
Aún no sé si eres tú
el que viene hacia mí
entre la multitud.
Sabes cómo agarrar.
Sabes cómo agarrar
lo que escapa de ti,
suave sin apretar.
Dices que me querrás.
Dices que me querrás.
Pides la absolución.
Te vuelves a arrodillar.
Donde tú estás,
donde yo estoy,
no pido más
de lo que hay hoy.
No quiero hablar,
ni comprender,
solo esperar
que dure el eclipse.
Aquí está tu collar.
Aquí está tu collar.
Te daré de comer.
Te sacaré a pasear.
Yo que quería ser.
Yo que quería ser
doblegada por ti,
llevo el bastón en vez.
Donde tú estás,
donde yo estoy,
no pido más
de lo que hay hoy.
No quiero hablar,
ni comprender,
solo esperar
y obedecer.
Donde tú estás,
donde yo estoy,
no pido más
de lo que hay hoy.
No quiero hablar,
ni comprender,
solo aceptar,
y solo arder.
Donde tú estás,
donde yo estoy,
no pido más
de lo que hay hoy.
No quiero hablar,
ni comprender,
solo esperar
que dure el eclipse.
Tu boca
La luna se ha vuelto roja.
Hay llamas en el altar.
Los obispos se santiguan.
Me van a excomulgar.
Todo por este beso
que es la única verdad.
Iría hasta el mismo infierno
por medio minuto más.
Estúpidas despedidas,
no puedo decir que tu boca
es mi perdición.
¿Es que no lo ves?
Tu boca es mi perdición
y quiero perderme.
Escribe un pasado nuevo.
Olvida el futuro ya.
El cielo está de obras.
Nadie nos va a salvar.
Solo existe este beso
suave en la oscuridad,
que no dura tres minutos,
dura la eternidad.
Estúpidas despedidas,
no puedo decir que tu boca
es mi perdición.
¿Es que no lo ves?
Tu boca es mi perdición
y quiero perderme.
Sígueme, seguiré junto a ti.
Qué más da perderse aquí.
No digas nada, por favor di
si me despido, o voy contigo,
que tu boca es mi religión,
es mi nueva fe.
Tu boca es mi salvación,
ay, sálvame.
Tu boca es mi perdición.
¿Es que no me crees?
Tu boca es mi perdición
y quiero perderme.
Las horas
Esta mañana
pagué el alquiler.
Usa mi coche,
está en el taller.
Cuida del gato.
Riega el jazmín.
Y no me escribas,
no pienses en mí.
Porque a solas
nadie me cuenta las horas.
Soy invadida / invasora
de mi pequeño jardín.
Vuelo de noche,
es mejor para mí.
Llevo tus píldoras
para dormir.
Si cuando vuelva
aún me quieres querer,
estaré limpia,
sabré lo que hacer.
Porque a solas
nadie me cuenta las horas.
Yo soy la dueña
y señora
en mi jardín de amapolas.
El viento frío me adora.
No hay que segar, segadora,
deja la hierba crecer.
There’s no need to reap, reaper.
Let the grass grow.
There’s no need to reap, reaper.
Let the grass grow.
There’s no need to reap, reaper.
Let the grass
grow
wild.
Nadie como tú
Cada mañana me acuerdo de ti.
Cierro los ojos y vuelvo a morir.
Y muere toda la ciudad.
Deja de latir
con suavidad.
Dices que sufres tú mucho más que yo,
que te sientes como un desertor.
Pero ahí estás de pie,
diciendo adiós,
cazando otro tren.
Dentro de un año ya no estaré aquí.
Tu mujer no sabrá que yo fui
la sombra que oscureció
su (casi) ideal
historia de amor.
Solo tengo un jersey que no querías,
que me abraza
aunque tú ya no lo hacías.
Nadie como tú.
Negro cinturón
No te crees nada de lo que digo.
Solo quieres ser mi amigo.
Pasas el rato conmigo,
cine, y luego de bar en bar.
No tengo ni calderilla, dices
fumando una colilla.
Tu sonrisa entre patillas
de pirata en alta mar.
Y me enciendo como una cerilla,
hace tin mi campanilla,
cuando me rozas con la hebilla
de tu negro cinturón.
¿Qué hora es?
Son más de las tres.
Me voy a casa, ya sabes por qué.
Ya debería estar en pijama.
Me estás matando con esta vida insana.
No te crees nada de lo que digo.
Solo quieres ser mi amigo,
pero metes la lengua en mi ombligo
para desesperarme aún más.
Tú aún llevas zapatillas
y yo no soy ya una chiquilla.
Aunque escondo la cuchilla
no te acabas de fiar.
Se me doblan las rodillas.
Me derrito como mantequilla.
Olvido un rato la astilla
que atraviesa mi pobre corazón.
¿Qué hora es?
Son más de las tres.
Me voy a casa, ya sabes por qué.
Acabarás por morder la manzana,
si no de qué tengo yo esta mala fama.
Oh, me encanta tu buhardilla.
La guitarra sobre la silla.
En el techo una bombilla,
en el suelo nada más que un colchón.
Se pueden tocar las estrellas
en el reflejo de las botellas.
Sé que estás pensando en ella
cuando hacemos el amor.
Ya eres más que un buen amigo.
Aún no te crees nada de lo que digo.
Soy adicta a este castigo
y (ay) a ese negro cinturón.
¿Qué hora es?
Son más de las tres.
Me voy a casa, ya sabes por qué.
Voy de cabeza toda la semana
y no me puedo levantar tarde mañana.
Te daré mi amor eterno
mientras dure el frío invierno.
No pienso volver al infierno
de la vida conyugal.
Tres minutos
Estoy en tu portal planeando una atrocidad.
Un momento de lucidez en un mar de tranquilidad.
Ahora veo que no me conoces, aunque dices ser mi capataz.
Basta ver tu mal hacer cuando tengo que aparcar.
Lo que tú llamas amor
es vanidad.
Estoy en tu portal planeando una atrocidad.
Solo parte de esta furia es de origen hormonal.
Lo que tú llamas amor
es propiedad.
Nadie viene y nadie va.
El instinto criminal
es mi dulce compañía
cuando tú no estás.
Enterré mi fe
junto a todo lo que sé
en tu labio superior.
Y es que estabas
tan chic de negro enterrador.
¿Esto es amor o
necesidad?
Animales vertebrados
Ella te pregunta dónde estás.
Tú le respondes: Aún detrás.
Hace rato que has perdido el compás
de la conversación.
Quieres irte pero no te vas.
La última noche duele más
de lo que pensabas y es quizás
porque no es tu decisión.
Ha salido el sol
arrogante y español.
En tu corazón
llueve a todas horas.
Tu caso está en los libros,
se te puede clasificar.
En tu ansia, tu tormento,
no hay nada original.
Piensas que en tu manga aún queda un as
que si hace falta sacarás
y el mundo rodará hacia atrás
por orden superior.
Ha salido el sol
arrogante y español.
En tu corazón
llueve a todas horas.
Por la noche
Por la noche
cuando muere el sol,
por la noche
cuando muere el sol,
qué sola me siento
si no está mi amor.
Anoche me acosté
sola en mi habitación,
anoche me acosté
sola en mi habitación,
mi amor abrazaba
a alguien que no era yo.
Al este sale el sol,
nuestra bendición.
Al este sale el sol,
nuestra bendición.
Cuánto he llorado
por no hacerlo mejor.
Ahora ya me voy,
que seas muy feliz,
ahora ya me voy,
que seas muy feliz.
Volveré algún día
con la lluvia de abril.
Alta tensión
Recortado en la alambrada:
traje negro,
un fular,
tu flequillo torturado,
mirada preglaciar.
Guardo esta fotografía
que te hice en un pinar.
Recostado sin querer
en un cartel:
NO TOCAR.
RED DE ALTA TENSIÓN.
Una mano está movida,
parece señalar
a la que hizo esta foto.
Amor tentacular.
Incapaces de matarlo
lo dejamos reventar.
A la espalda la advertencia:
CUIDADO,
NO TOCAR.
RED DE ALTA TENSIÓN.
Tu silencio,
tu pudor,
tu huella dactilar,
tu flequillo torturado,
que yo he torturado aún más.
Todo late en esta foto y yo
la vuelvo a acariciar.
Esta noche voy a verte
y no paro de temblar.
NO TOCAR.
NO TOCAR.
Canción secreta
I
Esta canción
no quiere existir.
No quiere que diga
lo que hay que decir.
La boca cerrada.
Se cierra el cajón.
Se cierra la puerta
de la habitación.
II
Las luces se apagan,
vuelve el terror.
El niño se esconde
bajo el edredón.
A quién llamar,
qué puede hacer,
le ataca el que le tiene
que defender.
III
Madre no sabe.
(No quiere saber).
Abriga a los niños.
Les da de comer.
Pone la mesa.
Plancha el mantel.
Cuchillo de plata.
La carne sin piel.
IV
El secreto se entierra
en el jardín.
Echa raíces
junto al jazmín.
El niño ha crecido.
Es un señor.
Aquí nadie olvida
ni pide perdón.
V
Y así está el secreto
aún sin lavar.
Vuelve a hacer daño.
Vuelve a ensuciar
a los que le quieren
y le hacen feliz.
Como hace muy poco
a mí.
VI
Aunque me duele,
no guardo rencor.
Aunque hubo sangre,
también hubo amor.
Dentro, dondequiera
que esté
beso a ese niño
que no pudo crecer.
VII
Esta canción
quiere hablar de amor.
Sonar en la radio,
en la televisión.
Tener estribillo
que guste a rabiar
en los festivales
al lado del mar.
VIII
Lo siento por todos.
Lo siento por mí.
Canto lo que nadie
quiere oír.
A contrapelo
Son las diez
y ella está desnuda,
aunque tú vestido.
Sin hablar dice: Ven.
Qué pena, tú ya te has ido.
Los ojos de ir a llorar,
las garras de terciopelo,
mejor dar un paso atrás
que otra noche a contrapelo.
Fumas en el portal.
Estás solo, estás a salvo.
No miras en el cristal
por miedo a notarte calvo.
Sin nadie con quien andar,
andar pero en paralelo,
sin cruzarse, sin arriesgar
más noches a contrapelo.
Y es que hablar en plural
a ti te cuesta tanto.
Pasas el temporal
sin mojarte ni el pie.
En el mundo real
nada crece sin sacrificio.
No recibes sin dar.
No hay paz si no hay armisticio.
Tú duérmete, Peter Pan,
el niño que pierde pelo.
Al que nadie va a perturbar
con noches a contrapelo.
La muerte sentimental
Andaré con cuidado,
es terreno por explorar.
Estudiaré cada hallazgo
que mi lupa pueda aumentar.
Déjame examinarte,
comprobar de qué material
están hechos esos cráteres,
que aún no me puedo acercar
sin tocar la herida.
No tocar la herida.
Como ves, en la palma
de tu mano está la señal.
El color de tu alma
tiene rastros de mineral.
Déjame estudiar
hasta el más diminuto lunar.
Deducir cada paso
de tu extraña muerte sentimental
sin tocar la herida.
No tocar la herida.
Nana de agosto
Ay, mi pequeño ratón.
De quién es esta mano,
de quién es esta voz
que suena detrás de mí.
Aunque te escondes,
te oigo reír.
Las horas se pasan
jugando los tres.
Si ellos no escuchan
lo digo en inglés:
I love you.
Ay, mi trocito de pan,
bolita de queso, preciosidad.
Te llevo dentro de mí
y aunque estés lejos
te puedo sentir.
The hours go faster
’cause we like to play.
If nobody listens
in Spanish I’ll say:
Te quiero.
Ay, mis rayitos de sol,
entre la arena brillan los dos.
Las olas vienen y van
y este castillo resistirá.