Debut

Christina Rosenvinge · Capítulo 9 de 14

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Debut

(2008) Tu labio superior

or qué eres tan distante?

—No sé a quién te refieres.

—A la que rima conmigo.

—Aquí no hay nadie más que yo y mi soledad.

—¿Por Dios, Nacho, qué rima con mi nombre?

 

Hasta aquí. No puedo contar más. La historia interna de las canciones viola la

intimidad de otras personas, y yo le tengo mucho aprecio a mi garganta.

Creedme si os digo que cada canción es tan solo la punta de un iceberg que se

hunde en un océano de corazones hambrientos, el puño de una espada capaz

de atravesar la roca y convertirla en azúcar. Y también creedme si os digo que

los que escribimos canciones tenemos mucho cuento.

 

Durante unos cuantos años los SMS reinaron en las ondas y las almas antes de

que el guasap se impusiera y se cargara la poesía cotidiana al eliminar el

momento de reflexión necesario para detenerse a escribir y reescribir un buen

SMS: fino, certero y conciso. El guasap aplastó a la poesía con inmediatez,

gratuidad y emoticonos. Luego Instagram la remató sustituyendo la palabra

por una foto. Pero antes de eso hubo un tiempo en el que todos —o por lo

menos los que estábamos en el mercado— echábamos el rato escribiendo con

esmero mensajes enigmáticos que el receptor debía leer e interpretar antes de

responder con triple efecto: se trataba de seducir sin mostrarse vulnerable.

A mí, que se me da mejor marear perdices que comérmelas estofadas, esto

me pilló en plena tormenta emocional. Le di tanto a las diminutas teclas que

no tuve ni que comprar cuadernos cuando me puse a componer canciones otra

vez. Entre el 2006 y el 2011 los versos se escribían solos mientras lanzaba

flechas incendiarias a diestro y siniestro.

 

Pena, euforia, resentimiento, deseo, tristeza, orgullo, incertidumbre, ansiedad.

Igual que cuando estaba embarazada veía embarazadas por todas partes, ahora

solo me cruzo con personas que sufren una crisis sentimental. Ellos quieren

contar su historia. Yo estoy deseando escucharla, sobre todo para entender la

mía. Empiezo a recopilar testimonios y a sacar conclusiones. La primera: ¿Es

posible pasar por un proceso de separación sin perder la compostura (por no

decir la dignidad) en algún momento? La segunda: ¿Hay alguien dispuesto a

admitir que hay una pequeñísima posibilidad de que la culpa no sea del otro?

La tercera: ¿De dónde ha salido esa estupidez de que un clavo quita otro

clavo? Yo voy acumulando clavos, chinchetas y tornillos taladrados con su taco del doce por todo el cuerpo y todos me duelen. A ver cómo lo explico

cuando pase por el arco de metales del aeropuerto. La cuarta y más

importante: ¿Alguien está midiendo el impacto emocional que ha causado la

irrupción del teléfono móvil en la población? Este tema me preocupa

especialmente.

 

Como soy una persona (ejem) sumamente racional aunque esté pasando por

un momento (digamos) un poco inestable, me dedico a examinar a los demás

para entender mi deriva. Les observo ahí, desnudos en sus vitrinas,

exponiendo sus vergüenzas impúdicamente, buscando compasión y venganza,

obsesionados con los detalles, dolientes y egoístas como adolescentes, de

flamante luto por lo destruido, excitados por lo próximo, repitiendo errores

como estribillos. Sexo, claro, sexo en portales, hoteles, callejones, taxis. (Esta

es la parte más divertida). Me adentro en el mundo de los desesperados, las

rondas nocturnas, los traicionados y los traidores bailando el mismo compás,

bajos instintos disfrazados de cualquier otra cosa, la sangre a punto de

ebullición, todo tipo de excesos y, al final del pasillo, un terapeuta

observándote por encima de las gafas.

Nada serio en realidad. Aunque las manecillas giran en todas direcciones

están bien sujetas en el centro. Es idiota, divertido a ratos. En fin, un mundo

de locos, la falta absoluta de sensatez. Y yo, que estaba tan cómoda comiendo

palomitas en la grada de los adultos, de repente me encuentro en el centro de

la pista haciendo cabriolas con un maillot minúsculo. (Caramba, se me ve

todo). Creo que estoy perdiendo los papeles y además el hilo de lo que iba a

contar. Ah, sí, que el amor es el mejor pretexto para hacer canciones y se

requiere experiencia de campo. Bienvenida sea la justificación.

 

Lo que había augurado en tantas canciones de ruptura acabó por suceder, y

fue más triste que todas esas canciones sonando simultáneamente por la

megafonía de la estación de Chamartín la noche de fin de año. Pero a cambio

recibí un regalo inesperado.

Los niños eran muy pequeños aún. Cuando se iban con Bicho, me

agarraba una forma de tristeza completamente nueva, aguda, más bien un

dolor de vísceras, como si me hubieran arrancado el hígado sin anestesia.

Pero después de una crisis de llanto monumental, podía dormir a pierna suelta

toda la noche, recuperar fuerzas, y a la mañana siguiente ponerme a trabajar

con la tranquilidad de que nadie me iba a interrumpir. Además, sin sentirme culpable. Los niños estaban encantados con su padre. La soledad es solo

tiempo y espacio que hay que volver a llenar.

 

En mi experiencia, las primeras treinta horas de trabajo se van solamente en

calentar la maquinaria. Al tercer día, el músculo se tensa y aparecen los

hallazgos. Lo que tiene nervio irrumpe en el quinto. En ese punto, no hay que

abandonar hasta completar lo que se esté haciendo. Se puede salir unas horas,

un día máximo. Pero entrar y salir constantemente del trabajo supone perder

no solo la concentración, sino algo mucho más importante: la fe.

¡Demonios, si ahora mismo está volviendo a pasar! Llevo meses

trabajando en este libro. Cada tanto tengo que interrumpir porque hay

ensayos, conciertos, un viaje, visitas, accidentes caseros, tareas de madre, de

hija, yo qué sé, o todo junto. Lo dejo por unos días. Cuando lo retomo, un

lunes por ejemplo, corrijo lo que está escrito y pienso que no tengo nada que

añadir.

«Ya está. Esto es lo que doy de sí. El viernes se lo envío al editor y

SANSEACABÓ». El martes me deprimo un poco. Me parece flojo. El miércoles

vislumbro cambios algo más drásticos. Tacho y anoto. El jueves es cuando

empieza lo bueno. Mi cabeza rompe a herrvir y ntonces lps dedos n dan de s

para escribor todo lo que se me esta ocuriendo porque uso nada mas ls dedos

corazon (justr los que no uso enel piano que raro) pero corro para que no se

excapee niguna idea iteresante. A la mañana siguiente hago limpieza. No

entiendo la mitad de lo que he escrito, claro. Del resto, descarto lo mediocre y

queda lo que vale. Entonces me pongo a darle forma hasta que llega otro

mensaje de Claudio, mi amado editor. «Querida, ¿no ibas a mandarme el

viernes el manuscrito?». Entonces entono la vieja cantinela… casi, casi, en

una semana más… la la la. Este ciclo sucede varias veces con cada proyecto.

El trabajo creativo no es respetado ni por los que lo hacemos. Cualquier

asunto parece más importante que escribir una canción, un poema o un libro.

Algo que en realidad nadie te ha pedido que hagas. ¿Por qué te empeñas en

hacerlo? ¿Es por darte gusto a ti mismo? ¿Por obtener reconocimiento? ¿Qué

función social cumplimos los artistas? ¿Basta con proclamarse artista para

serlo? Si tu trabajo no produce renta económica, ¿se puede considerar

trabajo? Aun así, ¿es un trabajo digno o es una frivolidad? Si es rentable, si se

convierte en un negocio, ¿sigue siendo arte? Se pueden reducir todas las

profesiones del mundo a dos campos: en uno se mejora la vida de la gente, y

en otro se les venden cosas que no necesitan. ¿En qué campo estamos los

artistas? Y una última: ¿es justo que un niño se vaya a la cama sin historia y sin canción porque su madre anda jugando al punk por ahí? Por lo menos esta

ya no me la hago en fines de semana alternos.

 

La soledad impuesta (y convenientemente domesticada) se tradujo en más de

treinta canciones, siete cuadernos de diarios y una docena de cuentos escritos

en año y medio, además de varias colaboraciones artísticas, entre las que

estuvo la de Nacho Vegas, que ocupó un verano (fatal) y un otoño (no tan

desastroso), también dos cursos de iniciación al esquí (principiante e

intermedio) y una vida personal insólitamente ajetreada que incluía líos,

amantes, novios, exnovios, 2X (2X = ex+ex: cuando te vuelves a liar con un

ex) y escenas clasificadas para adultos que estoy omitiendo

intencionadamente por si no os habéis dado cuenta. Puedo cantar mis

intimidades, pero ¿contarlas? Ni hablar, nej, nicht, nåo. Y ahora podéis coger

este libro y tirárselo a la cabeza al librero con este argumento: Pero ¿QUÉ PUTA

MIERDA DE DIARIOS SON ESTOS QUE NO TIENEN CARNAZA?

 

Bueno. Está bien. Para los lectores que se sientan verdaderamente estafados,

ahí va una chuleta. Pero solo una.

El invierno de 2006 se presentaba largo y oscuro, superar una separación

lleva su tiempo. Una amiga me llevó a rastras a la fiesta de un fotógrafo.

Como no conocía a nadie, me quedé pegada a una columna rascando con la

uña la etiqueta de la cerveza. Al rato noté que a mi izquierda había otra

figurilla camuflada. De perfil parecía un miliciano emboscado —solo era

visible una melena ensortijada, el cuello de una chaqueta de militar y una

nariz bien trazada—, pero de frente, al volverse hacia mí con una sonrisa

amplia e inocente, me pareció más bien un playmobil del Che Guevara. Este

chico, que se llamaba Ulises, se convirtió en mi alegre compañía ese invierno.

Nos hicimos muchas confidencias. Estaba enamorado de una francesa que le

había mandado a paseo, yo estaba pasando por una zona de baji-bajos, así que

nos entendimos de maravilla. Una noche que no paraba de lamentarme

mientras masticaba una hamburguesa, Ulises me dijo algo que hizo clic en mi

cabeza: «¿No deberías tomarte las cosas más a la ligera?».

Este chico tenía unos treinta y tantos años, era periodista pero se había

quedado en paro, compartía piso con otros tres y no podía comprarse ni un par

de vaqueros. Su futuro se veía mucho más borroso que el mío y, sin embargo,

nada podía borrarle su amplia sonrisa porque… estaba pintada con rotulador

indeleble como he dicho antes. Por suerte para mí —y para la francesa—, esta

figurilla del Che no era de plástico, tenía articulaciones en los codos y en las rodillas, además se le podía quitar algo más que la chaqueta y el casco. Esto

lo pude comprobar la noche que por fin subí a su habitación. Al despedirnos

dijo algo que había dicho otras veces riéndose: que no se creía nada de mí.

Empecé a canturrear esa frase de vuelta a casa y, cuando llegué, ya tenía

«Negro cinturón» escrita.

A partir de ahí, a lo largo de los meses siguientes, empezaron a brotar

como palomitas otras muchas canciones, versos y relatos con una facilidad

pasmosa. Algo nunca visto antes.

¿De dónde venía la inspiración? ¿Era energía acumulada? ¿La nueva

soledad? ¿Las nuevas compañías? ¿Despecho? ¿Deseo? ¿Necesidad

económica? ¿Eran simplemente ganas de hacer ruido, de que todo el mundo

volviera la vista hacia mí exclamando «¡Oh, ha vuelto! ¡Cuánto la echábamos

de menos!»? ¿Había alcanzado por fin la ansiada madurez artística?

Tengo que admitir que hubo un factor —que no he mencionado hasta

ahora— que pudo influir en que esa época fuera tan exageradamente

fructífera.

Un día la tutora de mi hijo mayor me convocó a una reunión.

—Es un niño muy inteligente, pero está siempre distraído, se le olvidan

las cosas. No interviene en clase. En medio del examen se queda mirando los

pajaritos por la ventana y deja la hoja en blanco.

Mientras la profesora hablaba sucedió algo muy extraño: su rostro empezó

a perder foco, su voz empezó a sonar lejana, con un eco que repetía:

«pajaritos… pajaritos… pajaritos…», y en mi cabeza se formó un remolino

en forma de déjà vu.

—Rosenvinge. Deja de mirar los pajaritos.

—¿Qué pajaritos?

No estaba mirando pajaritos. Estaba imaginando. Si la profesora me

hubiera pedido que contara lo que había ante mis ojos, habría registrado

inmediatamente mi mochila en busca de los tripis.

Las imágenes fueron cambiando de forma con los años. Animales

mitológicos, superhéroes, incluso en una época mística, ángeles y el

mismísimo Jesucristo. Castillos fabulosos. Seres sobrenaturales. Enviados de

Asgard, del Olimpo, de Camelot, de la Tierra Media, de organizaciones

secretas, de mundos subterráneos venían a comunicarse conmigo mientras

estaba sentada en el pupitre. Se requería mi presencia ante los dioses y yo me

iba tras ellos.

—La niña es lista, pero es una vaga. Está siempre en la inopia. No hace

los deberes. Ni siquiera se sabe las tablas de multiplicar.

—¡Pero si ha sacado un suficiente en lengua! —respondía mi madre

blandiendo unas notas con seis suspensos.

—Lo único que hace son las redacciones.

 

Al salir de la entrevista con la profesora de mi hijo, pedí cita en el Centro de

Atención a la Diversidad Académica. Después de un test que duró seis horas

repartidas en dos días, volvieron a citarnos.

—El niño tiene TDA del subtipo inatento, leve y sin hiperactividad.

—¿Qué es eso?

—Es muy inteligente, pero se distrae con mucha facilidad. Se pueden

hacer dos cosas. Estar muy encima de él para que haga los deberes y

mantenga el ritmo de la clase, o bien medicarle.

—¿Qué tipo de medicación?

—Metilfenidato hidrocloruro de liberación prolongada.

O sea, anfetaminas.

—Olvídese de las pastillas. Me quedo con la primera opción. ¿Qué causa

el déficit de atención?

—Seguramente es hereditario.

El gráfico característico que revela este diagnóstico en los test tiene forma

de zeta. Es decir, la valoración de los primeros campos de las capacidades

intelectuales, comprensión verbal, razonamiento perceptivo, están por encima

de la media. Sin embargo, memoria de trabajo cae en picado y velocidad de

procesamiento vuelve a escalar como una montaña rusa.

A los tres días, la firma del zorro apareció también en los resultados de mi

test envuelta en llamas.

—Mira, cielito. Yo también tengo una zeta. Somos superhéroes.

Después de una charla con el neurólogo (sobre mi caso esta vez)

decidimos que, puesto que yo no tenía a nadie que me ayudara con las tareas,

podía probar con la medicación.

 

En términos alquimistas, el eclipse solar es la boda entre el sol y la luna. Solo

ocurren durante la primera fase del ciclo lunar, con la luna nueva. Este

período conjura la energía del crecimiento, del inicio. Es el momento ideal

para depurar el pasado y confiar en el futuro. Hay que hacer sitio para lo

nuevo.

El 4 de octubre de 2005, mucho antes de que empezara este capítulo, hubo

un eclipse de sol anular. Cuando la luna se encuentra en su apogeo (máxima distancia respecto a la tierra) se produce ese fenómeno. La luna se posiciona

delante del sol, pero, al no coincidir sus diámetros, el disco solar forma un

anillo de fuego detrás de ella.

El eclipse parcial comenzó una hora antes de la fase de totalidad. Cogí a

mi hijo pequeño en brazos y bajé a la plaza para verlo mejor. La silueta de la

luna se estaba posicionando frente al sol. Según se acercaba la fase de

totalidad, la luz diurna se volvió más fría, luego empezó a disminuir. Los

pájaros se quedaron quietos y los perros se metieron entre las piernas de sus

amos. Hacía frío. La temperatura había bajado dos o tres grados de golpe.

Llevaba en el bolsillo un disco de obsidiana, la piedra que utilizaban los

aztecas para mirar los eclipses. Estuve mirando un rato, hasta que me di

cuenta de que lo realmente extraordinario no estaba en el cielo, sino a mi

alrededor. Los viandantes se habían quedado quietos, como si el tiempo

también estuviera en suspenso. Algunos elegían vivirlo en solitario y otros se

agrupaban en círculos. Un taxista aparcó sobre la acera para mirarlo a través

del espejo retrovisor. No era para menos. En el verano prorrogado de Madrid,

donde escasean las sombras y el pavimento multiplica la sensación de asfixia,

de repente había irrumpido un relámpago alargado de luz islandesa, fría,

quieta. Parecía el preámbulo de una catástrofe, pero también un paréntesis en

la existencia. Un milagro.

Entre mis brazos, mi niño se impacientaba. No sentía ningún interés en el

asunto. Al año y medio solo interesa lo que pasa a un metro y medio máximo.

Qué inteligencia tan refinada.

Me pregunto en qué momento uno se hace consciente de la temporalidad

de las cosas. La verdadera maldición de Dios no fue expulsarnos del paraíso,

donde éramos felices en nuestra inconsciencia como los animales, que solo

piensan en comida y sexo, sino hacernos conscientes de que todo se acaba.

La distancia adecuada

Anoche (el puñal y la memoria)

Eclipse

Tu boca

Las horas

 

Nadie como tú

Negro cinturón

 

Tres minutos

Animales vertebrados

 

Por la noche

Alta tensión

Canción secreta

A contrapelo

La muerte sentimental

Nana de agosto

 

La distancia adecuada

 

Nunca para ti es quizás.

Yo no me equivocaba.

La desazón se va a llevar

en esta temporada.

Tal vez no debí dejar

que jugaras con mi falda.

Qué difícil es guardar

la distancia adecuada.

Esa señorita

que rima conmigo,

que te ronda siempre alrededor,

es tu favorita,

te lleva consigo

y te gusta más que mi canción.

Tu llave está en la recepción.

Ya es de madrugada.

Pongo la televisión.

y espero tu llamada.

La evidencia en gotas cae

por mi jersey de Prada.

La lección que ya aprendí,

siempre es olvidada.

Esa señorita

que rima conmigo,

que te ronda siempre alrededor,

es tu favorita,

y puede contigo

y te gusta más que mi canción.

Me muero por estar

contigo al natural.

Saber quién eres tú,

saber por dónde vas.

 

Anoche (el puñal y la memoria)

 

Siento que digas que yo no te quise bien.

Cuentas mis faltas, llevas más de cien.

Yo que sabía que tenía un rehén.

Las cosas que te daba las mirabas con desdén.

 

Cuando vuelvo a casa intento recordar

qué era lo que anoche tenía que olvidar.

¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?

Ya es mañana, qué más da.

 

Ahora me paso las noches por ahí.

Sé que hay alguien que también me busca a mí.

Difícil encontrarlo con tanto reptil.

Yo busco en cada esquina y en cada cuchitril.

 

Cuando vuelvo a casa intento recordar

qué era lo que anoche tenía que olvidar.

¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?

Ya es mañana, qué más da.

 

Mira mis ojos, dime lo que ves.

Veo una penita más grande que un ciempiés,

yo quiero aplastarla con la punta de este pie.

 

Cuando vuelvo a casa intento recordar

qué era lo que anoche tenía que olvidar.

¿Fui yo la apuñalada o yo clavé el puñal?

Ya es mañana, qué más da.

Eclipse

 

Dices que me querrás.

Dices que me querrás.

Tocas tu corazón.

Dices que me lo das.

 

Aún no sé si eres tú.

Aún no sé si eres tú

el que viene hacia mí

entre la multitud.

 

Sabes cómo agarrar.

Sabes cómo agarrar

lo que escapa de ti,

suave sin apretar.

 

Dices que me querrás.

Dices que me querrás.

Pides la absolución.

Te vuelves a arrodillar.

 

Donde tú estás,

donde yo estoy,

no pido más

de lo que hay hoy.

 

No quiero hablar,

ni comprender,

solo esperar

que dure el eclipse.

 

Aquí está tu collar.

Aquí está tu collar.

Te daré de comer.

Te sacaré a pasear.

 

Yo que quería ser.

Yo que quería ser

doblegada por ti,

llevo el bastón en vez.

 

Donde tú estás,

donde yo estoy,

no pido más

de lo que hay hoy.

 

No quiero hablar,

ni comprender,

solo esperar

y obedecer.

 

Donde tú estás,

donde yo estoy,

no pido más

de lo que hay hoy.

 

No quiero hablar,

ni comprender,

solo aceptar,

y solo arder.

 

Donde tú estás,

donde yo estoy,

no pido más

de lo que hay hoy.

 

No quiero hablar,

ni comprender,

solo esperar

que dure el eclipse.

 

Tu boca

 

La luna se ha vuelto roja.

Hay llamas en el altar.

Los obispos se santiguan.

Me van a excomulgar.

 

Todo por este beso

que es la única verdad.

Iría hasta el mismo infierno

por medio minuto más.

 

Estúpidas despedidas,

no puedo decir que tu boca

es mi perdición.

¿Es que no lo ves?

Tu boca es mi perdición

y quiero perderme.

 

Escribe un pasado nuevo.

Olvida el futuro ya.

El cielo está de obras.

Nadie nos va a salvar.

 

Solo existe este beso

suave en la oscuridad,

que no dura tres minutos,

dura la eternidad.

 

Estúpidas despedidas,

no puedo decir que tu boca

es mi perdición.

¿Es que no lo ves?

Tu boca es mi perdición

y quiero perderme.

 

Sígueme, seguiré junto a ti.

Qué más da perderse aquí.

No digas nada, por favor di

si me despido, o voy contigo,

que tu boca es mi religión,

es mi nueva fe.

Tu boca es mi salvación,

ay, sálvame.

Tu boca es mi perdición.

¿Es que no me crees?

Tu boca es mi perdición

y quiero perderme.

 

Las horas

 

Esta mañana

pagué el alquiler.

Usa mi coche,

está en el taller.

Cuida del gato.

Riega el jazmín.

Y no me escribas,

no pienses en mí.

 

Porque a solas

nadie me cuenta las horas.

Soy invadida / invasora

de mi pequeño jardín.

 

Vuelo de noche,

es mejor para mí.

Llevo tus píldoras

para dormir.

Si cuando vuelva

aún me quieres querer,

estaré limpia,

sabré lo que hacer.

 

Porque a solas

nadie me cuenta las horas.

Yo soy la dueña

y señora

en mi jardín de amapolas.

El viento frío me adora.

No hay que segar, segadora,

deja la hierba crecer.

 

There’s no need to reap, reaper.

Let the grass grow.

There’s no need to reap, reaper.

Let the grass grow.

There’s no need to reap, reaper.

Let the grass

grow

wild.

 

Nadie como tú

 

Cada mañana me acuerdo de ti.

Cierro los ojos y vuelvo a morir.

Y muere toda la ciudad.

Deja de latir

con suavidad.

 

Dices que sufres tú mucho más que yo,

que te sientes como un desertor.

Pero ahí estás de pie,

diciendo adiós,

cazando otro tren.

 

Dentro de un año ya no estaré aquí.

Tu mujer no sabrá que yo fui

la sombra que oscureció

su (casi) ideal

historia de amor.

 

Solo tengo un jersey que no querías,

que me abraza

aunque tú ya no lo hacías.

 

Nadie como tú.

 

Negro cinturón

 

No te crees nada de lo que digo.

Solo quieres ser mi amigo.

Pasas el rato conmigo,

cine, y luego de bar en bar.

 

No tengo ni calderilla, dices

fumando una colilla.

Tu sonrisa entre patillas

de pirata en alta mar.

 

Y me enciendo como una cerilla,

hace tin mi campanilla,

cuando me rozas con la hebilla

de tu negro cinturón.

 

¿Qué hora es?

Son más de las tres.

Me voy a casa, ya sabes por qué.

Ya debería estar en pijama.

Me estás matando con esta vida insana.

 

No te crees nada de lo que digo.

Solo quieres ser mi amigo,

pero metes la lengua en mi ombligo

para desesperarme aún más.

 

Tú aún llevas zapatillas

y yo no soy ya una chiquilla.

Aunque escondo la cuchilla

no te acabas de fiar.

 

Se me doblan las rodillas.

Me derrito como mantequilla.

Olvido un rato la astilla

que atraviesa mi pobre corazón.

 

¿Qué hora es?

Son más de las tres.

Me voy a casa, ya sabes por qué.

Acabarás por morder la manzana,

si no de qué tengo yo esta mala fama.

 

Oh, me encanta tu buhardilla.

La guitarra sobre la silla.

En el techo una bombilla,

en el suelo nada más que un colchón.

 

Se pueden tocar las estrellas

en el reflejo de las botellas.

Sé que estás pensando en ella

cuando hacemos el amor.

 

Ya eres más que un buen amigo.

Aún no te crees nada de lo que digo.

Soy adicta a este castigo

y (ay) a ese negro cinturón.

 

¿Qué hora es?

Son más de las tres.

Me voy a casa, ya sabes por qué.

Voy de cabeza toda la semana

y no me puedo levantar tarde mañana.

 

Te daré mi amor eterno

mientras dure el frío invierno.

No pienso volver al infierno

de la vida conyugal.

 

Tres minutos

 

Estoy en tu portal planeando una atrocidad.

Un momento de lucidez en un mar de tranquilidad.

Ahora veo que no me conoces, aunque dices ser mi capataz.

Basta ver tu mal hacer cuando tengo que aparcar.

Lo que tú llamas amor

es vanidad.

 

Estoy en tu portal planeando una atrocidad.

Solo parte de esta furia es de origen hormonal.

Lo que tú llamas amor

es propiedad.

 

Nadie viene y nadie va.

El instinto criminal

es mi dulce compañía

cuando tú no estás.

 

Enterré mi fe

junto a todo lo que sé

en tu labio superior.

Y es que estabas

tan chic de negro enterrador.

¿Esto es amor o

necesidad?

 

Animales vertebrados

 

Ella te pregunta dónde estás.

Tú le respondes: Aún detrás.

Hace rato que has perdido el compás

de la conversación.

 

Quieres irte pero no te vas.

La última noche duele más

de lo que pensabas y es quizás

porque no es tu decisión.

 

Ha salido el sol

arrogante y español.

En tu corazón

llueve a todas horas.

 

Tu caso está en los libros,

se te puede clasificar.

En tu ansia, tu tormento,

no hay nada original.

 

Piensas que en tu manga aún queda un as

que si hace falta sacarás

y el mundo rodará hacia atrás

por orden superior.

 

Ha salido el sol

arrogante y español.

En tu corazón

llueve a todas horas.

 

Por la noche

 

Por la noche

cuando muere el sol,

por la noche

cuando muere el sol,

qué sola me siento

si no está mi amor.

 

Anoche me acosté

sola en mi habitación,

anoche me acosté

sola en mi habitación,

mi amor abrazaba

a alguien que no era yo.

 

Al este sale el sol,

nuestra bendición.

Al este sale el sol,

nuestra bendición.

Cuánto he llorado

por no hacerlo mejor.

 

Ahora ya me voy,

que seas muy feliz,

ahora ya me voy,

que seas muy feliz.

Volveré algún día

con la lluvia de abril.

Alta tensión

 

Recortado en la alambrada:

traje negro,

un fular,

tu flequillo torturado,

mirada preglaciar.

 

Guardo esta fotografía

que te hice en un pinar.

Recostado sin querer

en un cartel:

 

NO TOCAR.

RED DE ALTA TENSIÓN.

 

Una mano está movida,

parece señalar

a la que hizo esta foto.

Amor tentacular.

 

Incapaces de matarlo

lo dejamos reventar.

A la espalda la advertencia:

 

CUIDADO,

NO TOCAR.

RED DE ALTA TENSIÓN.

 

Tu silencio,

tu pudor,

tu huella dactilar,

tu flequillo torturado,

que yo he torturado aún más.

 

Todo late en esta foto y yo

la vuelvo a acariciar.

Esta noche voy a verte

y no paro de temblar.

 

NO TOCAR.

NO TOCAR.

 

Canción secreta

 

I

Esta canción

no quiere existir.

No quiere que diga

lo que hay que decir.

La boca cerrada.

Se cierra el cajón.

Se cierra la puerta

de la habitación.

 

II

Las luces se apagan,

vuelve el terror.

El niño se esconde

bajo el edredón.

A quién llamar,

qué puede hacer,

le ataca el que le tiene

que defender.

 

III

Madre no sabe.

(No quiere saber).

Abriga a los niños.

Les da de comer.

Pone la mesa.

Plancha el mantel.

Cuchillo de plata.

La carne sin piel.

 

IV

El secreto se entierra

en el jardín.

Echa raíces

junto al jazmín.

El niño ha crecido.

Es un señor.

Aquí nadie olvida

ni pide perdón.

 

V

Y así está el secreto

aún sin lavar.

Vuelve a hacer daño.

Vuelve a ensuciar

a los que le quieren

y le hacen feliz.

Como hace muy poco

a mí.

 

VI

Aunque me duele,

no guardo rencor.

Aunque hubo sangre,

también hubo amor.

Dentro, dondequiera

que esté

beso a ese niño

que no pudo crecer.

 

VII

Esta canción

quiere hablar de amor.

Sonar en la radio,

en la televisión.

Tener estribillo

que guste a rabiar

en los festivales

al lado del mar.

 

VIII

Lo siento por todos.

Lo siento por mí.

Canto lo que nadie

quiere oír.

 

A contrapelo

 

Son las diez

y ella está desnuda,

aunque tú vestido.

Sin hablar dice: Ven.

Qué pena, tú ya te has ido.

 

Los ojos de ir a llorar,

las garras de terciopelo,

mejor dar un paso atrás

que otra noche a contrapelo.

 

Fumas en el portal.

Estás solo, estás a salvo.

No miras en el cristal

por miedo a notarte calvo.

 

Sin nadie con quien andar,

andar pero en paralelo,

sin cruzarse, sin arriesgar

más noches a contrapelo.

 

Y es que hablar en plural

a ti te cuesta tanto.

Pasas el temporal

sin mojarte ni el pie.

 

En el mundo real

nada crece sin sacrificio.

No recibes sin dar.

No hay paz si no hay armisticio.

 

Tú duérmete, Peter Pan,

el niño que pierde pelo.

Al que nadie va a perturbar

con noches a contrapelo.

 

La muerte sentimental

 

Andaré con cuidado,

es terreno por explorar.

Estudiaré cada hallazgo

que mi lupa pueda aumentar.

 

Déjame examinarte,

comprobar de qué material

están hechos esos cráteres,

que aún no me puedo acercar

sin tocar la herida.

 

No tocar la herida.

 

Como ves, en la palma

de tu mano está la señal.

El color de tu alma

tiene rastros de mineral.

 

Déjame estudiar

hasta el más diminuto lunar.

Deducir cada paso

de tu extraña muerte sentimental

sin tocar la herida.

 

No tocar la herida.

 

Nana de agosto

 

Ay, mi pequeño ratón.

De quién es esta mano,

de quién es esta voz

que suena detrás de mí.

Aunque te escondes,

te oigo reír.

 

Las horas se pasan

jugando los tres.

Si ellos no escuchan

lo digo en inglés:

I love you.

 

Ay, mi trocito de pan,

bolita de queso, preciosidad.

Te llevo dentro de mí

y aunque estés lejos

te puedo sentir.

 

The hours go faster

’cause we like to play.

If nobody listens

in Spanish I’ll say:

Te quiero.

 

Ay, mis rayitos de sol,

entre la arena brillan los dos.

Las olas vienen y van

y este castillo resistirá.