«Deja de decir mentiras»
«Deja de decir mentiras»
Philippe Besson
«Deja de decir mentiras»
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Título original: «Arrête avec tes mensonges»
Philippe Besson, 2017
Traducción: Palmira Feixas, 2018
Revisión: 1.0
16/05/2019
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En memoria de Thomas Andrieu (1966-2016)
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«No se trataba de atraer al deseo. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca.
Era el entendimiento inmediato de la relación
sexual o no era nada».
MARGUERITE DURAS, El amante
«Él dijo: había decidido dejar de amar a los
hombres, pero tú me gustaste».
HERVÉ GUIBERT, Loco por Vicent
«Llegué a la dolorosa conclusión de que las
posibilidades potenciales habían pasado, de que se había acabado hacer lo que querías cuando querías.
El futuro ya no existía. Todo formaba parte del
pasado y ahí iba a quedarse».
BRET EASTON ELLIS Lunar Park
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Un día, puedo decir exactamente cuándo, sé la fecha, con precisión, un día me encuentro en el vestíbulo de un hotel, en una ciudad de provincias, un vestíbulo que hace las veces de bar, estoy sentado en una butaca, conversando con una periodista, entre los dos hay una mesilla baja, redonda, la periodista me entrevista a propósito de mi novela Decirte adiós, que acaba de publicarse, me hace preguntas sobre la separación, sobre el hecho de escribir cartas, sobre el exilio que consuela o no, yo contesto, sé las respuestas a esas preguntas, contesto casi sin prestar atención, las palabras me salen fácilmente, mecánicamente, aunque pasee la mirada por la gente que cruza el vestíbulo, las idas y venidas, las llegadas y las partidas, me invento la vida de esa gente que se marcha, que llega, intento imaginar de dónde vienen, a dónde se van, siempre me ha gustado eso, inventarme la vida de desconocidos con quienes apenas me he cruzado, interesarme por siluetas, casi es una manía, creo que empecé a hacerlo de niño, sí, fue en mi más tierna infancia, ahora me acuerdo, a mi madre le preocupaba, decía: deja de decir mentiras, decía mentiras en lugar de historias, y sigo igual, así que años más tarde continúo haciendo lo mismo, formo hipótesis mientras contesto las preguntas, mientras hablo del dolor de las mujeres abandonadas, son dos cosas que puedo disociar, que puedo hacer a la vez, cuando distingo a un hombre de espaldas, que arrastra una maleta con ruedas, un hombre joven disponiéndose a salir del hotel, la juventud emana de su porte, de su ropa, y esa imagen me perturba enseguida, porque es una imagen imposible, una imagen que no puede existir, podría equivocarme, desde luego, al fin y al cabo, no le veo la cara, no hay manera de vérsela desde mi asiento, pero es como si estuviera seguro de esa cara, como si supiera qué aspecto tiene el hombre, y lo repito:
es imposible, literalmente imposible, y, sin embargo, pronuncio un nombre, Thomas, lo grito más bien, Thomas, y la periodista que tengo enfrente se asusta, estaba inclinada sobre su cuaderno, enfrascada, garabateando unas notas, transcribiendo mis palabras, y de repente levanta la cabeza y se le tensan los hombros, como si le hubiera gritado a ella, debería disculparme pero no lo hago, arrollado por la imagen en movimiento, esperando que el nombre que he gritado surta efecto, pero el hombre no se da la vuelta, prosigue su camino, debería deducir que me he equivocado, esta vez de verdad, que ha sido un espejismo, que el vaivén ha provocado ese espejismo, esa ilusión, pero no, me levanto de un salto, me lanzo a la caza del fugitivo, no me mueve la necesidad de comprobarlo, pues en ese momento aún estoy convencido de tener razón, de tener razón contra la razón, contra la evidencia, alcanzo al hombre en la acera, le pongo la mano en el hombro, se da la vuelta y.
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